Un Respiro Necesario
Kiyohime estaba tan aliviada que casi permitió que Ryuu se deslizase de su espalda. En una situación mucho más común, habría estado avergonzada de tener a una persona presionándose contra ella, además de verse obligada a sostener sus tonificados muslos. No obstante, su recato yamanés no se veía por ningún lado gracias a lo desesperado de la situación.
Haciendo acopio de fuerza, se empujó a sí misma hacia el pueblo a la distancia. La diosa Dia y Primo iban un paso por detrás de ella, ofreciendo nada más que apoyo moral para la situación.
Al ser la más fuerte, aceptó felizmente la responsabilidad de cargar a Ryuu. Por desgracia, no podía recurrir al maryoku para mejorarse, porque eso venía con un aumento de temperatura. Y la enmascarada ya estaba prácticamente ardiendo, o esas fueron las palabras de la deidad; para Kiyohime, era temperatura ambiente.
Jadeando, y apenas comprendiendo las palabras de aliento de sus otras compañeras, continuó. Cada paso era más difícil que el anterior. Quería rendirse y tomar un pequeño descanso, no estaban demasiado lejos, ¿no? Primo podría correr y pedir ayuda...
Pero recordó la espalda de Ryuu entre ella y Laverna. Para su propia vergüenza, el miedo la paralizó y fue incapaz de protegerse a sí misma. No sabía qué hacer, cómo actuar. Había vuelto a ser esa pequeña e indefensa que se doblegaba ante la mirada de desprecio de su propio padre. Patética y lamentable.
Cuando más la necesitó Kiyohime, Ryuu, aunque dudó, la consoló. Y sin el más ínfimo titubeo, la defendió. Estaba dispuesta a matar por ella, a costa de su propia vida. La ryūshu no sabía si hubiera sido capaz de hacer algo así, no mentiría para sentirse mejor.
Así que esto era lo único que estaba en su capacidad. Caminar. Si no era capaz de regresar la cortesía, ¿cómo podría considerarse parte de la casta superior? Necesitaba moverse. Seguir. No pensar. Actuar.
Kiyohime casi saltó ante las voces desconocida. Parpadeó un par de veces, notando que estaba rodeada. Yōkai y humanos, e incluso uno que otro pallum, estaban en los alrededores. Vestían con sencillez y sin pretensiones, notando parches en sus ropas y algo de suciedad en sus manos.
La diosa se había adelantado y hablaba con el mayor de los hombres, cuyo cabello había pasado de su color original a las canas. El ceño fruncido solo sumaba a sus arrugas. Estaba prestándole tan poca atención que casi ignoró las orejas de conejo en su cabeza; era un usagishu.
El anciano del pueblo asintió y le murmuró algo a un hombre joven a su lado, quien también tenía orejas de conejo. Este se acercó a una aturdida Kiyohime, haciendo ademán de tomar a Ryuu. Esto la puso alerta de inmediato, retrocediendo un par de pasos y casi gruñéndole.
Sorprendido, también dio un paso atrás. No permitiría que se acercase. Ryuu odiaba el contacto. Necesitaba protegerla.
—Puedes tranquilizarte, niña —el anciano dio un paso al frente—. Estás a salvo aquí.
Kiyohime estaba sorprendida, pero por una razón diferente. «Niña», dijo. Había olvidado algo importante, en realidad. Se suponía que era una niña, al igual que Ryuu y Primo, en estándares de edad, por supuesto. Ninguna de ellas había cumplido catorce todavía.
No obstante, los eventos recientes arrojaron todo ese asunto a un lado. Ciertamente no se sentía como una niña en los últimos días.
Volvió a casi saltar cuando sintió la mano de la diosa en su hombro. Su cabeza estaba en las nubes. Se despertó desorientada el día en que ocurrió el desmayo de Ryuu, sus pensamientos se nublaron desde que comenzó a caminar con peso extra sin descanso durante tantas horas. Otra marcha forzada y una noche más sin dormir.
—Está bien, Kiyohime, podemos confiar en ellos.
Volvió a mirar a su alrededor. No parecían malas personas. Ninguno de ellos. Todos tenían distintos grados de preocupación grabados en sus rostros, pero mantenían la distancia. Las acciones de Kiyohime debieron ponerlos cautelosos, además de ser forasteros.
—Yo... la llevaré —murmuró.
La diosa la miró con dudas. Podía entenderlo. Ni siquiera cuando Ryuu se desmayó, incapaz de reconocer si estaba o no en peligro, a Kiyohime se le permitió acercarse; solo fue posible cuando la máscara fue puesta en su lugar. Esto la hizo enojar, pero entendió. Y sabía lo que estaba ocurriendo aquí.
—Me iré... cuando sea... tratada.
Jadeada casi con cada palabra, pero la diosa asintió a regañadientes. Necesitaba un descanso también, pero no hasta que Ryuu estuviese en una cama, atendida por quien las haga de médico en este lugar.
Y así volvió a empujarse a sí misma al límite. Todo fue borroso a partir de allí, y apenas recordaba cosas luego de separarse de Ryuu. Solo el sabor de la carne ahumada en su boca y el dolor de las extremidades cuando por fin consiguieron su descanso anhelado.
Kiyohime despertó temprano en la mañana, y ni siquiera le sorprendió el no ser la primera. Si estas personas de baja cuna se parecían a los empleados en su palacio, deberían haber comenzado sus labores domésticas. Podía escuchar movimiento en la casa, así que eso apoyaba su teoría.
Miró alrededor de la habitación. Era pequeña, al menos para sus estándares. Madera tosca, astillada y vieja. Lo mismo ocurría con los pocos muebles que había, que se reducían a una silla torcida y una mesa. Dormían en el suelo sobre un montón de paja y mantas descoloridas.
A través de la ventana, notaba pequeños copos cristalinos que caían con lentitud. No eran suficientes como para acumular la nieve y que resultase un problema, pero bastaban para disminuir todavía más la temperatura.
Primo seguía inconsciente, aferrándose a Kiyohime en busca de calor. Esta temperatura no ayudaba para nada a solucionar la fiebre de Ryuu; la pobre debería estar envuelta en tantas pieles. Y aunque quería ir de visita, por mucho que deseaba cerciorarse de su seguridad, la diosa Dia estaba allí y debería bastar.
Kiyohime se desenredó de la joven elfa con la maestría de alguien que se veía en la misma situación a menudo. Se estiró un poco para liberar la tensión de los músculos y procedió a cambiarse de ropa. No era nada cómoda, pero se trataba algo que le fue ofrecido por estas personas de buena voluntad.
Dio un último vistazo al lugar en el que durmió. No era a lo que estaba acostumbrada, e incluso la posada era mucho mejor. Pero era lo único que tenían por el momento, y necesitaba ser positiva. Gracias a que la ausencia de Ryuu obligaba a diosa a estar ocupada, Kiyohime se convertía la persona más responsable.
Fuera de la habitación y sentado en una silla mejor tallada, estaba el anciano que los había recibido; se hospedaban en la casa del líder del pueblo. Los recuerdos de Kiyohime eran borrosos por el agotamiento y la angustia, así que apenas recordaba el nombre de esta persona. Lo primero era lo primero, no obstante.
—Permítame agradecerle de todo corazón la bondad que usted y los suyos han mostrado por nosotras —hizo una reverencia para acompañar sus palabras—. Esta, Sanjō no Kiyohime, estará siempre en deuda con usted, cuyo nombre permanece desconocido.
—Chica —el hombre sonaba exasperado—, no hace falta que me hagas una obra de teatro. Soy Jax, y solo hice lo correcto. Cualquier persona decente haría lo mismo.
Era una mentira y ambos lo sabían. Una persona decente no necesariamente recibiría a cuatro desconcordias, de dudosa procedencia y heridas. Tal vez el hecho de que fueran tres niñas en compañía de una diosa evitaba la mayoría de las sospechas.
—Sea como fuere, se lo agradezco. ¿Existe algo que pueda hacer para retribuir su buena voluntad?
El hombre frunció el ceño. Realmente se agregaban muchas arrugas a su rostro cuando lo hacía. Ahora que lo pensaba, casi no conocía a personas de edad avanzada. Siempre se reunió con nobleza que no superaban los veinticinco, o que se veían eternamente jóvenes gracias a cierta herencia yōkai. Tampoco detallaba a los humanos durante sus paseos.
—Como dije, no es necesario que me pagues. No debes nada. Solo mostré decencia, nada más.
Sonaba ansioso, por decir lo menos, algo que parecía volverlo irascible. Y, aun así, estaba haciendo un esfuerzo en ser cortés con ella. Cualquier decidiría retroceder aquí y aceptar las palabras, pero tenía suficiente terquedad como para seguir adelante.
—Debo insistir —su voz fue firme.
No lo estaba haciendo solo por ella, a pesar de que su orgullo también la estaba volviendo insistente. Su objetivo era evitar molestar a Ryuu en mayor medida, quien estaba inconsciente e indefensa, a completa disposición de la misericordia de un grupo de desconocidos.
La enmascarada era orgullosa, casi tanto o más que Kiyohime. No le gustaría depender de estas personas, y mucho menos de forma gratuita. Así que quedaba en manos de la ryūshu ofrecer algo como pago. Después de todo lo que Ryuu hizo por ella, debería ser suficiente para eliminar cualquier deuda.
—¿No eres un dolor en el culo, niña? —masculló, irritado—. Bien, si quieres pagar o lo que sea, haz dos cosas por mí.
—Nómbrela, y si está en mi poder, me as...
—Sí, sí —interrumpió, para luego señalar la otra silla para ella—. Lo primero es que quiero saber qué demonios sucedió para estar heridas de esa forma.
Kiyohime mantuvo las manos quietas al recordar que no traía los tessen consigo. Supuso que le debía una explicación, ya que podrían ser un peligro para el pueblo.
—Bandidos.
Luego de la declaración, narró un pequeño resumen de la desventura con los asaltantes. Omitió ciertas partes, por supuesto, como su situación personal, la cual se quedaría entre ella y Ryuu, ya que nadie más necesitaba saberlo; y el hecho de que un bandido las dejó escapar.
Durante la pequeña historia, la única vez que su expresión cambió fue con la mención de los elfos. Solamente algo de reconocimiento, pero no la interrumpió ni una sola vez. O no tenía preguntas, o carecía de las ganas para realizarlas. Sea como fuere, lo único que ganó cuando concluyó fue un asentimiento.
—Había escuchado de Laverna y su grupo, pero nunca me topé con ellos. Pero, los elfos... Un gran problema para los viajeros, esos racistas —la mirada que le dio el anciano cargaba muchas más palabras no dichas—. Se creen mejores que el resto y justifican sus tonterías mediante discursos bonitos y mierda.
Kiyohime no dijo nada, porque sería atar su propia soga. Todos en el pueblo deberían estar al tanto de lo que ella era, o si no sabían lo que era una ryūshu, al menos ser consciente de que no era una simple yōkai. Sus instintos debían decirles que tuvieran cuidado, y el hombre quería saber su posición con respecto a las «castas inferiores».
—Una pena —continuó—, pero es lo que toca. Ahora, para mi segundo favor, quiero que ayudes con los deberes del pueblo.
—¿Perdón?
¿Era solo eso? No podía quitarse la sensación de que estaba siendo probada. Lo miró de forma interrogativa, y Jax decidió ser un poco más claro al respecto:
—Ayudar a las mujeres en sus tareas. Siempre necesitamos mano de obra por aquí. El invierno no es excusa para ser flojo.
—No es por expresar alguna queja, pero ¿será suficiente? Todo lo que ha hecho...
Tal vez no debería estar cargándose con trabajo que no era el suyo, ni aquello indigno de una persona de su procedencia, pero quería hacer algo. Nunca ha trabajado un solo día fuera de las lecciones, pero no debería ser más complicado que seguir las enseñanzas de Takemikazuchi.
—¿Nada te basta? —gruñó Jax—. Haz lo que te dije y luego, si quieres, podemos hablar sobre más carga para ti. Puedes encontrarlas en la casa de al lado, la izquierda. Ya no me molestes.
A pesar del despido grosero, hizo una reverencia antes de marcharse. Fue justo al salir de la casa, que una mujer abandonó el edificó antes mencionado. Viendo esto como una oportunidad, la ryūshu se acercó a paso rápido. Se trataba de una humana entre los veinte y los treinta, creía.
—Disculpe, señora.
—Oh —se escuchó sorprendida, y divertida—, creo que nunca me han llamado señora de forma tan educada —negó con la cabeza y le sonrió—. ¿Algo que pueda hacer por ti, cariño?
—El señor Jax me dijo que podría ayudarlas en sus labores diarias.
Esto la dejó sorprendida, y miró a Kiyohime de arriba abajo sin disimular. A pesar de aparecer con una vestimenta dañada y ahora usar ropa común, todo en ella gritaba nobleza. Salió de su estupor y le ofreció una sonrisa de disculpa.
—No hay mucho en lo que puedas ayudarnos directamente, al menos ahora, pero luego podrías ayudarnos a coser la ropa. Es demasiado vieja y necesita ser remendada —se cruzó de brazos, pensativa—. Por ahora, ¿por qué no te encargas de cuidar a los otros niños? Pareces lo suficientemente madura.
Kiyohime, que se sintió un poco abatida al no tener nada que hacer, se animó de inmediato ante lo último. Incluso ignoró el ser llamada niña otra vez, o que solo era una falsa tarea para mantenerla fuera de lugar.
—Será todo un placer.
¡Le encantaba esta tarea, y ni siquiera había comenzado! Podría incluso contarles historias de héroes como lo hizo con Haru, a los más pequeños siempre les gustaban. ¿Tal vez la historia de Tamamo no Mae? ¡Aquella hermosa mujer de cabello rosado era una leyenda viviente! Capitana de la Familia Amaterasu y algo así como la fundadora de Yamato.
Dia observó fijamente la caja. No fue una mirada intensa o evaluadora, a pesar de que lo que sea que estuviese dibujado en el papel le parecía ajeno. Como deidad, entendía cada lenguaje en el Mundo Inferior, o Genkai, como lo llamaban en Yamato, lugar de donde se originaba lo que solo podía suponer que era un sello.
Lo único que sabía con seguridad era que no se trataba de un idioma, y estaba ligado con su forma de usar la magia. Fuera de ese pequeño dato, y para su propia vergüenza, no era más que ignorante. Su hermana Atenea no estaría orgullosa de ella.
La mirada de Dia era indiferente, se atrevería a decir apática. Debería odiar esa cosa, la fuente de toda su desgracia, de la muerte de sus niñas. Era como una repetición de aquella broma de mal gusto que hizo Eris, pero con una caja en lugar de una manzana y una escala mucho menor de muertos.
Una parte de ella, nada digna pero más empática, hacía un berrinche para que estuviese enojada. Estaba en su derecho de estar enfurecida, debería estarlo, en lugar de sentirse tan vacía, sin propósito. Y esa misma parte gritaba para que liberase su divinidad y dejase caer el castigo divino sobre aquella asesina.
Pero no lo hizo. En lugar de eso, estaba aquí, sentada en una incómoda silla de madera, dentro de una pequeña habitación en un pueblo aleatorio, perdiéndose en sus pensamientos pesimistas y mirando el objeto que la hacía infeliz.
Cómo desearía poder romper esa cosa. Ya ni siquiera era por un simple deseo egoísta, uno bien merecido, para el caso. Se trataba, en su lugar, de un deber. Su obligación como deidad que velaba por los mortales era esa: asegurarse de que estas cosas no lastimasen a nadie.
E incluso si estaba segura de poder deshacerse del objeto mediante su divinidad, tenía un mal presentimiento. Algo le gritaba que sería un grave error. No solo por lo que podría liberarse, sintiendo algo parecido a la divinidad de esa cosa, sino también por un problema mayor: podría causar un gran daño colateral y herir sin querer a sus niñas.
Los dioses no solo sellaban su divinidad por el bien de la diversión. Un solo error de cualquier dios y podría haber toda una masacre. ¿Dejarlas solas por un tiempo, alejarse y destruirlo? Estarían en riesgo de ser atacadas por la asesina en ausencia de Dia y la caja. Consideró abandonarlo, por mucho que esto la convirtiera en una deshonra para Astraea y Atenea...
Oh, pero ni siquiera tenía idea de qué hacia esa caja. Solo la persona que la buscaba tan desesperadamente lo convertía en una amenaza inmediata. Estaba dispuesta a matar todo lo que se interpusiera en su camino, el pueblo y la posada como evidencias obvias de sus crímenes.
Así que no podrían quedarse demasiado tiempo. Si lo hacían, pondrían en peligro a estas personas que les abrieron la puerta sin demasiadas preguntas. Solo para ser recompensados con el hecho de que les ocultaron información. Menos de un año en el Mundo Inferior y ya era una mentirosa.
Sus ojos se posaron en la elfa inconsciente, y no se molestó en resistir el impulso de acariciarle el cabello. Casi quiso reír cuando la vio fruncir el ceño, como si el mero contacto fuese indeseado incluso en Hipnos. Tiró un poco de sus mejillas antes de dejarlo, no queriendo despertarla.
Si tenía que mentir por sus niñas, estaba más que dispuesta a hacerlo. Ryuu y Kiyohime podrían ser parte de su Familia por poco tiempo, pero eso no las dejaba fuera de su protección. No iba a dejar que otra muriera, no si estaba en su poder evitarlo.
La movía el miedo. Uno crudo y sin adulterar. Se desataba cuando el mero pensamiento de que estas pequeñas fueran heridas cruzaba por su mente, ya fuese durante el sueño o la vigilia. Esta era la razón por la cual no se atrevía a juzgar a la asesina.
Aquella mujer podría hacer lo imposible e innombrable por una miserable caja, y Dia no dudaría si era por sus niñas.
—Dia-sama —la voz que acompañó el golpe la hizo saltar de su asiento—, el almuerzo está listo.
Claramente no esperaba respuesta, porque pronto escuchó pasos que se alejaban. Por un momento dudó, mirando el rostro durmiente de Ryuu. Quería quedarse aquí y cuidarla, pero conocía sus propias limitaciones. Este cuerpo todavía se veía obligado por las necesidades mundanas, la mayoría de ellas, al menos.
Con un suspiro, guardó la caja en una bolsa que colgaba de su cintura y abandonó la habitación. Se aseguró de que no fuera posible echar un vistazo al interior. Ryuu quería seguir manteniendo su identidad en secreto de la mayoría de las personas, lo que incluía a Kiyohime por alguna razón.
La casa estaba vacía, no podía ver al anciano del pueblo en ninguna parte. La única presencia era Kiyohime, que estaba sentada en una silla junto a la mesa. Debió haber almorzado, o pospuesto la comida, porque sus manos estaban ocupadas.
La diosa hizo una doble toma. La ryūshu tenía en su mano aguja e hilo, tarareando una suave melodía mientras remendaba una rasgadura en la capa de Ryuu. En lugar de cualquier irritabilidad que una niña noble pudiera tener por realizar labores domésticas por debajo de su posición, ella tenía una suave sonrisa, por si la melodía no era suficiente indicativo de su humor positivo.
En realidad, no lo había pensado mucho, pero su niña no era una noble común. Los que había observado desde Tenkai se caracterizaban por ser derrochadores sin empatía, arrogantes, perezosos y muchos otros atributos negativos.
Si bien Kiyohime era arrogante, no parecía lo demás.
—No sabía que disfrutabas coser —preguntó Dia, sonriendo.
—Es relajante —fue su respuesta, ocultando sus mejillas con la capa—. Me gusta este tipo de tranquilidad.
Negando con la cabeza, Dia decidió pasar un poco de tiempo con la niña que más había descuidado. Desgraciadamente no podría ser mucho, todavía estaba en deber de enfermera.
