Adiós a la Paz
En una situación normal, se estaría pavoneando por la atención recibida, incluso con la mera curiosidad. Estaba segura de que estas personas nunca habían visto un noble, y los yōkai mucho menos sentido una ryūshu. Pero no era una situación normal.
El recuerdo de lo que le hizo Laverna seguía tan vívido que apenas evitaba estremecerse. La situación era diferente, por supuesto, porque estas personas no la miraban con malas intenciones mientras paseaba. Había incluso niños entre ellos, menores o de su edad, a quienes acompañó el día anterior.
Se suponía que estaba aquí para relajarse, ya que le dieron tiempo libre de sus deberes temporales a pesar de su negativa. No disfrutaba lavar la ropa de personas aleatorias ni nada por el estilo, o remendar sus ropas, o lavar los platos... El punto era que encontraba atrayente la monotonía de una tarea repetitiva.
Y como decían los marineros de occidente, mostrarle el dedo medio metafórico a su padre. Era divertido imaginar su indignación si la viera «arrastrar» por el barro el nombre del clan Sanjō al realizar labores no solo de plebeyos, sino para plebeyos. Y las hacía bien, si tenía que ser sincera al respecto.
Independientemente de querer convertir las artes marciales en verdadero arte, o sus deberes de nobleza, las tareas del hogar… Tal vez si lo estuviera haciendo para personas como Haru o Mikoto, se sentía mucho más gratificante.
Desgraciadamente, la pequeña distracción no sirvió, porque su mente volvió a la situación con los bandidos sin importar la distancia que los separaban. Sabía que su pequeño exilio no iba a ser un asunto divertido o simple turismo. Se llamaba exilio por una razón, no se suponía que fuese algo entretenido en primer lugar.
No obstante, a pesar de que había considerado que podría ser asesinada o lisiada, los riesgos comunes, hubo algo para lo que nadie la preparó. Era una dama noble, después de todo, y el pudor de su tierra natal convertía varios temas en tabú. La violencia, por ejemplo, no lo era, a diferencia del sexo. Así que nunca se le pasó por la cabeza una violación.
Se estremeció de solo pensarlo. Había estado preparada incluso para ser amputada de ser necesario, y se mentalizó para que el apuñalamiento fuese un asunto de rutina. Era resistente, después de todo. Pero la perspectiva de ser mancillada, de perder su pureza, debilitaba sus piernas. Era un terror completamente nuevo y para el que nunca fue preparada.
Estaba segura de que, cuando la situación se calmase, tendría pesadillas de ese día. La perseguiría durante años, por mucho que odiara su propia debilidad. Pero, por mucho que fuese asqueroso admitirlo, debería estar agradecida por la experiencia. Le abrió los ojos a una verdad que nunca había considerado, o no quiso hacerlo.
Y pensar que había estado preocupado por el hecho de que alguien quisiera matarla por su carne y sangre. La perspectiva de ser un ingrediente no era apreciada, pero la muerte casi parecía una misericordia, en realidad. Otro asunto que le debía a Ryuu, si su deuda podía saldarse algún día. Odiaba esconder su herencia de la que estaba tan orgullosa, pero, si era para evitar una repetición de ese momento, lo haría gustosa.
Kiyohime se detuvo cuando se dio cuenta de que ya no era el centro de atención. Las personas miraban hacia una de las entradas del pueblo, la que apuntaba hacia la montaña, una que no era demasiado alta y estaba rodeada por un bosque. Libre de elfos, si tenía que creer en los locales.
Movida también por la curiosidad, pasó junto a los que estaban cuchicheando más lejos. Los murmullos entremezclados convertían el hecho de espiar en una tarea complicada. ¿De qué servían los sentidos mejorados si apenas entendía lo que otros estaban diciendo?
Negando con la cabeza, se acercó al clamor. Vio un par de orejas de conejo reconocibles, pero ahora tampoco captaba de lo que estaban hablando debido al ruido de los alrededores. Con el ceño fruncido, se acercó más; podrían necesitar su ayuda, no lo hacía porque estuviera aburrida. Ni un poco.
Se dio cuenta de que alguien estaba sollozando en voz baja. Era una mujer mayor, ¿tal vez cuarenta? ¿Por qué era tan difícil determinar la edad de los humanos? La mujer estaba pegada al pecho de un hombre más joven, tal vez su hijo. Le estaba dando palmaditas en la espalda, intentando calmarla con susurros.
El hombre debía ser apuesto, pero toda la capa de suciedad que lo cubría hacía difícil detallarlo. Su ropa estaba llena de agujeros, y lo que debería ser gris era marrón con algo de verde, hojas y hierba que se le había pegado encima. No estaba armado, pero había una pequeña funda en su cintura, debía ser para un hacha.
—¿Nadie más lo logró? —preguntó Jax, aliviado a pesar de intentar ocultarlo.
—Nadie más, solo yo logré salir. Lo siento... Si tan solo... —su voz tembló hacia el final, con los ojos húmedos.
—No pienses en eso, chico —se acercó y le palmeó el hombro—. Lo importante es que estás aquí. ¿Cómo escapaste? ¿Qué sucedió en la montaña?
—Y-yo... Cavé y oculté mi rastro con tierra —eso explicaba su aspecto, en realidad—. Y e-era... un dragón.
Kiyohime se puso rígida, pero no fue la única. Estaba tan silencioso que se podía escuchar la caída de un alfiler. Las respiraciones eran ruidosas. La gente se miraba entre sí, como si buscasen una respuesta. Solo fueron unos cuantos segundos, porque pronto hubo pánico.
Cubriéndose las orejas, miró cómo la gente parecía estar al borde de las lágrimas. Y no los culpaba, en realidad. No obstante, Jax gritó algo que hizo reinar el silencio una vez más, momento en que Kiyohime descubrió sus orejas para seguir la conversación, al menos cuando se aseguró de que no sería dejada sorda.
—Y nos reuniremos en mi casa —pareció haberse perdido una parte—. Sé que quieres descansar —se dirigió al hombre, que se había separado de su histérica madre—, pero necesitaremos que nos hablas de lo ocurrido con mayor detalle.
Aunque reticentes, la gente volvió a sus hogares, no sin hablar en voz baja. La curiosidad había pasado a un miedo aplastante, y el momento relajante de Kiyohime había muerto de forma brutal.
Soltando un largo y pesado suspiro, siguió a Jax. No era el único, porque iba acompañado no solo del explorador, o lo que creía que era un explorador, sino también por las personas de mayor edad en el pueblo. Todos tenían arrugas y ese mismo aire de «deja de molestarme» del viejo usagishu.
La casa se sintió apretada con tantas personas dentro, pero encontró una esquina en la cual posicionarse sin molestar a los presentes. La diosa sacó la cabeza de la habitación donde dormía Ryuu, preguntando con la mirada; tuvo que hacerle una señal para explicarle luego. No le dio demasiada importancia y volvió a cuidar de la paciente.
Primo también estaba allí, sin saber qué hacer o decir, pero intentó hacerse lo más invisible posible. Recibieron miradas extrañas por su presencia, pero nadie intentó sacarlas de la reunión. Estaba segura de que era la envidia de muchos niños que querían participar en reuniones para adultos.
Uno de los hombres, desconocido para Kiyohime, le hizo la misma pregunta al joven —en comparación con los ancianos— explorador. O cazador, ahora que escuchaba. Aunque parecía mortificado por lo ocurrido, comenzó su relato.
—Fuimos a buscar las trampas, queriendo saber si logramos capturar algo para hacer más fácil el invierno. Pero notamos que había algo extraño, además de que todas las trampas fueron destrozadas. Tal vez un kobold, aprovechando nuestras presas, o goblins. Realmente no le dimos mucha importancia, excepto por el rastro de sangre. Ni siquiera notamos las huellas, si había huellas en primer lugar.
»Decidimos buscar en los alrededores. Si eran criaturas, serían una amenaza y tendríamos que volver para informar —el hombre se escuchaba mortificado en este punto—. Fue mi idea... Si yo no... Oh, dioses...
Otro de los ancianos se levantó, dándole palmadas en la espalda mientras lloraba. Mascullaba cosas sobre sus compañeros, sobre que algunos tenían hijos o esposas. Kiyohime sintió que se le hacía un hoyo en el estómago por las familias que quedaron atrás.
La pausa no duró demasiado, ya que el cazador sorbió con fuerza y decidió continuar con el relato. A pesar de que estaban impacientes por saber más, nadie lo presionó al respecto. La culpa que sentía debía ser suficiente para destrozarlo.
—Lo seguimos montaña arriba. Fue cuando nos dimos cuenta de las garras. Era demasiado tarde. Era un dragón, una cría —esto llevó a varios suspiros de alivio, que no duraron mucho—. N-ni si-siquiera tu-tuvimos una o-oportunidad —negó con la cabeza, saltando esa parte—. Ca-caía un poco por la pendiente. Había un tronco hueco en el que pude refugiarme luego de cubrirme de tierra. Pasé el resto del día y la noche, no me sentía demasiado seguro en volver. Cuando supe que se había ido, corrí de regreso.
Eso fue todo, y se le pidió que se retirase. Aunque cabizbajo y obviamente deprimido, el hombre obedeció la orden de sus mayores. Esto dejó atrás un silencio ominoso en la habitación. Y los entendía perfectamente.
Kiyohime sabía casi todo lo que se había investigado sobre dragones, ya que eran parientes lejanos. Una especie con muy pocos miembros adultos. La mayoría moría en su infancia, ya que tenían una manera demasiado brutal de criar a la futura generación. Ser fuerte venía con sacrifico, después de todo.
Las madres abandonaban a las crías para que sobrevivieran por su cuenta. La mayoría, por supuesto, no lo lograba. Eran asesinados por mortales u otras criaturas por un territorio. No obstante, no era una tarea fácil, siendo esa la razón por la cual había un silencio sepulcral en el lugar.
A pesar de ser solo un infante, debería tener el poder de un nivel dos y más inteligente que la criatura promedio. Era una amenaza en toda regla, especialmente para los asentamientos aislados que no contaban con ninguna Familia a la cual pedir ayuda.
—Debemos deshacernos del dragón —declaró Jax, como si eso fuera lo que se necesitaba para abrir la conversación—. No podemos permitir que se quede allí y crezca hasta la edad adulta.
Por supuesto que era más fácil decirlo que hacerlo. Podía decir que ninguno de los presentes contaba con una falna, habilidades marciales o magia que sirvieran para cerrar la diferencia.
—¿Qué se supone que hagamos? —preguntó un viejo nekomata—. Ninguno de nosotros es un luchador o algo parecido. Nos matará en el momento en que lleguemos allí. Solo le daremos más comida.
Aunque a regañadientes, la mayoría estuvo de acuerdo con sus palabras. Una visión negativa, pero que no escatimaba en la verdad.
—No necesitamos matarlo —agregó un humano con cicatrices en el rostro—. Con expulsarlo es más que suficiente. Tampoco es que podamos hacer más.
No sabía si fue un intento de agregar humor a la situación, pero nadie se estaba riendo. Los ojos de todos estaban en él, escudriñándolo hasta que Jax volvió a hablar:
—¿Tienes alguna propuesta?
—¿Por qué no lo espantamos con fuego? Podríamos quemar una sección del bosque y expulsarlo hasta el otro lado de la montaña.
Un incendio no controlado podría causar más daño que bien, a pesar de que dudada que se expandiera en pleno invierno. No obstante, seguía siendo una buena idea, si estuviesen tratando con otra clase de monstruo.
—¿Y si es un dragón de fuego? —preguntó alguien.
Nadie tenía una respuesta para eso, así que otro vino con una idea diferente.
—¿Qué hay de atraerlo lejos de la montaña?
—¿Y a quién enviarás de voluntario? Es un dragón. Mayor resistencia y velocidad que cualquiera de nosotros, por mucho que conozcamos mejor el área.
Nuevamente el ambiente se volvió pesado, y ninguna de las otras ideas fue igual de bien recibida. Tenían mérito, por supuesto, como cualquier táctica desesperada. Pero sería difícil o imposible de ejecutar. Así se extendió, al menos hasta que Kiyohime no fue capaz de soportarlo más e hizo una estupidez.
—Mis señores —todas las cabezas se giraron en su dirección—. Me ofrezco como voluntaria.
La miraron como si le hubiera crecido una segunda cabeza, algunos con la boca completamente abierta o las cejas casi hasta el límite de su frente. Primo no fue una excepción, pero ignoró a la joven elfa a favor de los mayores en la habitación.
No era sorprendente esta reacción, porque habría hecho lo mismo en respuesta a otra persona. Estaba esperando ser cuestionada, pero Jax se aclaró la garganta para llamar la atención de los presentes. Apenas fue efectivo, pero se conformó y dijo:
—Váyanse por ahora.
Querían quedarse, sus ojos curiosos, e incluso ofendidos, lo decían. Que una mujer, supuso, incluso una niña, se atreviera a hablar en una reunión de hombres, no era algo bien recibido. Mantuvo la cabeza en alto y solo los observó salir, no dispuesta a permitirles amedrentarla.
Sus ojos se centraron en Jax hasta que la habitación quedó completamente vacía. Luego les hizo una pequeñe señal para que tomaran asiento. Se sintió como una repetición del día anterior, teniendo en cuenta que el anciano estaba en la misma posición, solo que con la presencia de Primo como un extra.
Sentándose remilgadamente, miró al usagishu a los ojos sin dudar ni por un momento. En lugar de juzgarla como esperaba que sucediera, teniendo en cuenta su interrupción, había evaluación en sus ojos. Y curiosidad. Ella esperó a que iniciara la conversación una vez más, lo que se estaba postergando.
No se puso nerviosa, a diferencia de la joven elfa. Podría ser diferente a lo que ocurría en su hogar, pero solo podía verlo como una situación de poder. El silencio demostraba que tenía el control de la situación. O solo estaba imaginando cosas y ser noble la estaba afectando más de lo que debería.
—¿Te estás ofreciendo de voluntaria? —preguntó por fin, buscando confirmación.
—Lo hago, buen señor.
—¿Acaso no escuchaste nuestra conversación, o tienes un problema en la cabeza?
Ni siquiera se ofendió por las duras palabras. Era solo el sentido común mezclado con algo de rudeza. Tampoco iba a pedir modales palaciegos a un pueblerino, así que, en su magnanimidad, lo dejó pasar como algo surgido en el calor del momento.
—Esa es la razón por la cual me ofrezco voluntaria. La Familia Dia es la única a kilómetros a la redonda —la mueca del hombre fue una afirmación a sus palabras—, así que no hay nadie más que pueda venir en su ayuda.
—Es un dragón —dijo, como el que hablaba con un niño que no entendía.
Kiyohime decidió no ofrecer una respuesta esta vez, y en su lugar, solo sonrió. Oh, si tan solo supiera. No obstante, se guardaría esa información por cuestión de seguridad.
—No debería preocuparse por mí. En su lugar, le ruego que prepare al pueblo ante cualquier eventualidad.
Era obvio que no quería hacer caso a sus palabras, pero optó por asentir a regañadientes. Se puso de pie sin dejar de mirarla como alguna cosa extraña, y solo se libró de aquellos ojos cuando abandonó la casa. Esto le permitió relajarse un poco en el asiento, aunque no suspiró.
—Kiyohime...
Se había olvidado de Primo. Esta vez suspiró y le pidió amablemente que buscase a la diosa para tener una conversación. Dudó, pero golpeó la puerta de habitación, tal vez un poco demasiado fuerte. Estaba nerviosa y sus brazos temblaban.
Hubo un pequeño intercambio con la diosa Dia antes de que los ojos de esta se abrieran como platos. Prácticamente azotó la puerta, apareciendo frente a Kiyohime como un rayo. Esta se echó hacia atrás, sorprendida por su velocidad y la intensidad en aquella mirada normalmente tranquila.
—Te lo prohíbo.
Con los ojos abiertos como platos, Kiyohime observó a la Diosa. Parecía desesperada, hasta diría que histérica. Se sentía como si estuviese sosteniendo la madera de la mesa y la silla con el único propósito de no poner las manos en los hombros de la ryūshu.
—Con todo respeto, Dia-sama, estas personas necesitan ayuda.
—No me importa.
Esta vez se quedó boquiabierta. ¿No era esta la mujer que estaba dispuesta a arriesgarse para escoltar una caja que las ponía al filo de la muerte? ¿Por qué estaba actuando de forma tan insensible de repente? Pudo darse cuenta de que Primo estaba mirando igual de sorprendida, como si no pudiera creer lo que ocurría.
—Dia-sama, nos han brindado refugio y podemos pagarles en su momento de necesidad —intentó razonar.
—No pienso arriesgarte luchando contra un dragón. No importa si es una cría.
—Mi plan no es luchar contra el dragón infante —declaró, confundiendo a las presentes.
Kiyohime tenía confianza en su herencia, en la superioridad en comparación a las otras razas, pero no era estúpida. ¿Luchar contra algo que la superaba en fuerza, resistencia y durabilidad? Su maestro le enseñó a reconocer una batalla perdida cuando veía una.
—Explícate —exigió Dia-sama, como si fuera la única oportunidad que tenía.
—Pienso llevarlo hasta la otra parte de la montaña. Tengo la resistencia física suficiente para escapar de la batalla y usarme como carnada para guiarlo. No es necesario ganar, solo debo alejarlo lo suficiente del pueblo para que no sea un problema para los habitantes.
Tenía otro plan, que de hecho era su primera opción, pero decidió mantenerlo cerca de su pecho. La posibilidad de que diera resultado era extremadamente baja, algo que había escuchado solo en rumores sin fundamentos.
—¿Y si es un dragón de fuego?
No era descabellado, aunque necesitaba entrar en cierto grado de edad para desarrollar las glándulas necesarias para escupir fuego. No obstante, esa parte estaba cubierta.
—Soy resistente al fuego.
Tal vez si usaban magia estaría en problemas, pero solo una pequeña fracción de los dragones y a una edad muy avanzada serían capaces de tal prodigio. Por mucho que un infante estuviera lo suficientemente desarrollado como para escupir fuego, este se consideraba, como mínimo, a mitad del nivel dos; seguía siendo manejable.
La diosa no tenía nada que decir. Se estaba mordiendo el labio, y claramente estaba dispuesta a recurrir a su rango para prohibir las acciones de Kiyohime. Pero, antes de que pudiera hablar, la puerta que llevaba a la habitación de Ryuu se abrió.
—Iré...
Todas se giraron para ver a la enmascarada. Era obvio que había mejorado mucho en comparación con antes, e incluso su postura parecía lista para una batalla. Quien la viera no sabría que se había desmayado dos días antes.
Kiyohime, a pesar de sonreír al verla de pie, no se dejó engañar por eso o la declaración escandalosa que salió de sus labios. Su respiración era pesada y laboriosa, por mucho que intentase disimularlo. Lo hacía bien, pero no podría engañar a alguien especializada en niños testarudos.
Dia-sama, antes de casi volar al lado de Ryuu, le lanzó una mirada a la ryūshu que claramente decía que esta conversación no había terminado. Hubo un par de palabras susurradas antes de que la enmascarada se dejase guiar dentro de la habitación.
Kiyohime frunció el ceño. Sabía que era peligroso, casi bordeando la estupidez, pero no iba a quedarse con los brazos cruzados. Y mucho menos ahora que parecía que Ryuu iba a lanzarse de cabeza a una batalla.
—Yo también iré —declaró Primo, con el rostro serio.
La ryūshu ni siquiera consideró negarse a la petición, porque sería hipócrita de su parte. Solo sonrió a la joven elfa, feliz de tener un aliado para la difícil tarea de convencer a la diosa sobreprotectora.
§
Notas
Feliz Navidad, o lo que sea que celebren.
Tiempo sin una nota como esta. Estoy seguro de que habrán notado que la historia parece ir a toda máquina; no es que me esté aburriendo o algo así, es a propósito, por así decirlo. Igual que con P: ZO, si no puedo experimentar con un fanfic, no hay otro lugar. Quiero marcar un tono más rápido debido a su situación, intentando establecer dicha urgencia a través de una forma frenética de contar la historia; apenas tiempo para asentarse, pensar o hablar. A diferencia de los primeros capítulos, cuando Kiyohime describía todo, apenas tiene tiempo de mirar las cosas.
Quedan pocos capítulos antes de terminar la primera parte e irme un rato de vacaciones. Lo más probable es que vuelva con P: ZO, o algún one shot que tengo almacenado y nunca publiqué.
