Pariente


—¿Es realmente necesario que hagas esto? —preguntó Dia.

Cuando escuchó la noticia el día anterior, sintió que iba a morir de un infarto, a pesar de ser imposible. Los cuerpos mortales eran un inconveniente, si ni siquiera podía manejar una noticia. Aunque, en su propia defensa, era lo suficientemente impactante; su niña quería luchar contra un dragón, un infante, pero un dragón.

Podía tener toda la sangre, carne, núcleo y alma de dragón que quisiera, pero no dejaba de tener limitaciones mortales. Era más resistente que Primo, y tal vez incluso Ryuu, pero moriría como cualquier otra persona.

—Estamos en deuda con estas personas, Dia-sama.

Sus ojos revelaban la convicción de sus propias acciones. Era como si nada pudiera hacerla cambiar de parecer. Pero eso no significaba que la diosa no iba a intentarlo, no cuando todo estaba en juego aquí y ahora.

—No significa que debas arriesgarte por eso. No existe deuda lo suficientemente grande como para arriesgarte de esa manera —intentó razonar.

—Se equivoca, Dia-sama —negó con la cabeza, y luego la miró a los ojos—. La vida de Ryuu-san lo vale, quien arriesgó la suya para proteger mi honor, mi dignidad y mi pureza. Es mi deber proteger ahora su honor y dignidad, cuando es su vida la que fue salvada, y su nombre el que será censurado por ingratitud.

No tenía nada que decir. Le gustaría simplemente argumentar que solo se trataba de una fiebre inofensiva, pero sería una mentira. El sanador, que conocía lo suficiente sobre alquimia, evitó que la situación pasara a mayores, y dormir fuera del frío del invierno fue de muchísima ayuda.

Todo era culpa de Dia y su negligencia. Al saber que Ryuu era una elfa, debió tomar las medidas adecuadas. La mayoría de su raza no abandonaban el bosque al que llamaban hogar, y el Árbol Sagrado mantenía el aire puro y rico en magia. Abandonar ese ambiente para pasearse por la suciedad del mundo exterior, carente de la conexión con la magia a la que estaba acostumbrada, la afectaría tarde o temprano.

Hablaba de la tenacidad de Ryuu el haber resistido durante tanto tiempo. La carne, para un estómago que solo estaba acostumbrado a la fruta más pura, fue la gota que derramó el vaso. Pero no podía revolcarse en su autodesprecio, no cuando estaba en medio de una conversación importante.

—No quiero que vayas —tiró a la basura cualquier lógica, y decidió ser irracional.

Kiyohime hizo buenos puntos en su argumento. No tenía que luchar, solo alejar al dragón y sería más que suficiente para todos. Y ahora que estaba descansada y bien alimentada, no debería ser una tarea más difícil que las marchas forzadas.

—Lo sé —dijo con una sonrisa, haciendo que Dia se sintiera como una niña—. Yo... yo tampoco —confesó, algo que casi animó a la diosa de no ser por las siguientes palabras—: Me gusta aquí, esta... tranquilidad. Una que estoy obligada a proteger, habiéndola disfrutado de forma tan egoísta.

Dia no pudo hacer otra cosa que apretar los dientes. No era justo. ¿Por qué sus niñas tenían que correr tantos riesgos? Ya había perdido tanto... Y lo peor era que solo podía estar orgullosa de Kiyohime, cuando quería enojarse, patalear y regañarla por sus acciones irresponsables.

Aquel sentido de justicia y deber era algo que Dia admiraba.

—Astraea estaría demasiado contenta al verte, ¿sabes? —dijo, suspirando.

—¿Astraea-sama?

—Es mi media hermana mayor, la Diosa de la Justicia y el Espíritu de la Moral.

Sabía que estaba en Orario, otra de las razones por la cual insistía en que esa fuera su dirección. Era estúpido, e impropio para una deidad, pero estaba buscando el abrazo de su hermana mayor. La seguridad que le brindaría, y por fin, llorar todo lo que había estado reteniendo hasta ahora.

—Es la mejor hermana que podría pedir. No es tan estricta como Atenea.

—Suena como una persona maravillosa —Kiyohime estaba sonriendo ampliamente—. ¿Cree poder hablarme sobre ella cuando venga, Dia-sama?

Podría ser infantil, pero la diosa podía ver a kilómetros de distancia lo que estaba intentando aquí. Una distracción, a pesar de no ser muy obvia al respecto, y sellarlo todo con una promesa. Dar la palabra daba cierta sensación de seguridad, como si fuera a cumplirse con el mero poder de la voluntad. Debería verse tan patética si su niña era la que intentaba consolarla.

—Por supuesto —y, a pesar de todo, funcionó—. Es una promesa, entonces. ¡Sabrás lo maravillosa que es la hermana Astraea! Y también te hablaré de Atenea. Es una lástima que no quiera bajar a Genkai —lo último fue dicho con un suspiro.

Y tenía sentimientos encontrados, aunque solo un poco. Amaba a su hermana Atenea, pero era aterradora y muy rencorosa. Nunca fue mala con Dia, todo lo contrario, pero no era fácil ver su faceta más cruel cuando estaba acostumbrada a la mujer cariñosa y sabia.

—Ahora —continuó, desterrando los pensamientos sobre la familia—, creo que debería actualizar tu falna. Ryuu quería hablar contigo, así que no hay que hacerla esperar.

Casi sonrió al ver a Kiyohime animarse ante el nombre de la elfa. Era obvio que la pobrecita no tenía amigos antes de abandonar su hogar, y estaba más que dispuesta a complacer.

Con mucha menos vergüenza que la primera vez, se despojó de su ropa. Un atuendo de plebeya, a pesar de que su indumentaria estaba lista. Iría con eso a la cacería del dragón, solo por si la criatura escupía fuego; no quería arruinar su ropa de viaje más de lo que ya estaba.

Antes de comenzar, acarició la espalda de su niña. Ni una cicatriz o marca de las flechas. Ni siquiera era sorprendente, no cuando contaba con una regeneración tan poderosa. Tendría que hablarle más a fondo con respecto a su herencia cuando volviera, incluso si no era mucho lo que Dia sabía.

Esperaba que sus estadísticas hubieran crecido. Mataron criaturas luego de recibir el falna, incluyendo mientras salían del bosque, además de aquellas construcciones de tinta, los bandidos y los elfos.

Contrario a la creencia popular, asesinar otros mortales ofrecía excelia. Era, por supuesto, algo que no se divulgaba por razones obvias. Nadie quería una oleada de asesinatos por el simple hecho de ser más fuerte. Desgraciadamente, fuera de Orario, donde no había Mazmorra, era un conocimiento más común.

Negando con la cabeza para desterrar los malos pensamientos, Dia se puso manos a la obra.


Nombre: Sanjō no Kiyohime

Sexo: Femenino

Raza: Ryūshu

Edad: 12

Familia: Dia

Nivel: 1

Estado

Fuerza: H-100

Endurecimiento: I-20

Agilidad: I-30

Destreza: I-80

Magia: I-40

Habilidades

Ryū no Musume: Como la hija de un dragón, su alma, su carne y su sangre pertenecen a la estirpe inalcanzable.

Karyū no Kaku: Núcleo de dragón de fuego que otorga afinidad y resistencia elemental.

Magia Congénita

Henge (Karyū): La sangre de dragón que corre por sus venas proporciona una mejora de Estado a elección, la cual es proporcional al valor actual de esta. La acerca cada vez más a su ser perfecto, a lo que debería ser.

—Ryū no Tsume: La sangre de dragón le otorga Fuerza. Garras y colmillos desgarrarán todo a su paso.


Debido a la ausencia de papel, Kiyohime no pudo tener una copia de su Estado, aunque, tenía que reconocer, su crecimiento fue decente. Se sintió tan fuerte de inmediato, incluso si no fue de la misma forma adictiva que la primera vez. Solo esperaba no volverse verdaderamente adicta a la sensación.

Y, a pesar de la bruma que la envolvió y distrajo, no se le pasó por alto que la diosa Dia parecía estar nerviosa mientras recitaba la información. ¿Fue algo malo con su Estado, o seguía reticente con que fuera? Al menos era el turno de Primo de intentar convencerla de dejarla ir.

Empujando el asunto para otro momento, golpeó la puerta de la habitación en la cual dormía Ryuu. Apenas tocó la puerta cuando escuchó que recibía permiso para entrar. Demoró unos cuantos segundos por mera cortesía antes de ingresar, mirando los alrededores con disimulo.

Era parecida a la que usaban Kiyohime y Primo, solo que tenía una cama de paja en lugar de tener que dormir en el suelo y muchas más pieles para protegerse del frío. Fue algo bueno, se sentiría mal saber que una persona enferma no recibía la cortesía de un lugar cómodo, incluso si no tenía base moral alguna para quejarse.

Notó distraídamente que todo estaba empacado y listo para cualquier escape de emergencia. Teniendo en cuenta que ya se habían visto obligadas, era una decisión inteligente.

Ryuu seguía vistiendo la misma indumentaria de capa y máscara, y nadie diría que se había desmayado si solo le daban un vistazo superficial. Seguía exhibiendo la misma confianza y arrogancia a pesar de su estado debilitado. No obstante, si todo era cierto, en uno o dos días estaría como nueva.

—Espero que estés mejorando, Ryuu-san.

—Escuché lo sucedido por parte de Dia —fue directo la grano—. ¿Enfrentarás un dragón?

Si fuera otra persona, habría considerado que estaba preocupada y quería disuadirla de hacer algo estúpido. Era un experimento lo que haría contra el dragón, pero no dejaba de ser un acto de dudosa inteligencia. No obstante, era Ryuu, así que, o estaba curiosa, o quería participar en la pelea.

—Lo haré —declaró con firmeza, en caso de que intentase disuadirla—. Hay que pagarles a estas buenas personas de una forma u otra.

Esto la llevó a un silencio contemplativo, o eso creía Kiyohime. Tal vez Ryuu estaba considerando su propia situación, que era ella quien recibió la ayuda y no ofrecía nada a cambio. ¿Quién lo sabría? Parecía lo suficientemente difícil de leer.

—¿Estás bien? —preguntó Kiyohime.

—Dia te lo habrá informado —casi evadió la respuesta.

Por mucho que quisiera dejarlo allí, no era eso lo que había venido a investigar. Reuniendo el valor para lo que de seguro iba a convertirse en una discusión, habló:

—No hablo de tu enfermedad, de la cual me alegro saber que estás mejorando y pronto a una recuperación completa —sonrió con felicidad, aunque la borró de inmediato—. No obstante, no parecía estar bien luego de escapar de los bandidos.

Se puso rígida. Kiyohime fingió que no la atrapó mirando en dirección de la ventana, como si fuese una salida de emergencia aceptable. En su lugar, permaneció en su sitio con todo su aplomo aristocrático y continuó con la conversación unilateral.

—No hablaré desde la experiencia, no cuando tú tienes mucha más que yo y me has aconsejado. Pero quitar una vida, la de tu propia ra...

—Odio a los elfos —dijo Ryuu, con tal virulencia que Kiyohime enmudeció.

Parpadeando debido al non sequitur, miró fijamente a la enmascarada. No sabía qué tenía que ver el asunto de los elfos con matar a los suyos, pero no le gustó aquella frase. Le recordó las inclinaciones fanáticas de la persona a la que deseaba llamar amiga.

Pero, nuevamente y con la práctica de alguien acostumbrada, dejó pasar el sentimiento de insatisfacción para continuar. No era sobre lo que vino a hablar, pero serviría. Y tenía algo de tiempo.

—¿Por qué?

Ryuu parpadeó, sorprendida, haciendo que Kiyohime frunciera el ceño. Una persona no podía soltar tal declaración y luego esperar que los demás no hicieran preguntas.

El odio era un sentimiento que venía por una razón, no aparecía por arte de magia. Ryuu, por supuesto, se mantuvo en silencio con respecto a la fuente de tal sentimiento, así que lo dejó pasar.

—Deberías dormir un poco más, Ryuu-san —volvió a su sonrisa aristocrática—. Te informaré con respecto al dragón cuando vuelva.

Sin nada más de lo que hablar, se dirigió hacia la puerta. Este asunto de la amistad era más complicado de lo que creía, y por mucho que odiase admitirlo... Kiyohime no sabía cómo hacer amigos. ¿Contactos? Sí. ¿Socios comerciales? Sí. Cualquier cosa que no requiera un vínculo igualitario, porque, como hermana mayor, estaba un escalón por encima de Haru.

—Kiyohime.

Ante su nombre, se congeló en su sitio. Podía contar las veces que Ryuu utilizó su nombre, reduciéndose normalmente a «tú» o «dracónida». Tal vez estaba exagerando, pero se sentía... extraño, a pesar de solo ser un nombre. Y se estaba perdiendo en sus pensamientos.

—¿Sí, Ryuu-san? —preguntó, encarando de nuevo a su compañera.

—Gracias por arreglar mi capa.

Kiyohime sintió que una sonrisa tiraba lentamente de sus labios.


§


II


§


Primo estaba aterrada. Y considerando todas sus elecciones de vida, por pocas que fueran. ¿Qué la poseyó para aceptar esta tarea? Fue todo un trabajo convencer a su diosa patrona para que aceptase su razonamiento, uno suicida, si se permitía ser sincera.

La mayoría de su energía se gastaba en intentar caminar sin mostrarle al mundo que se estaba muriendo de miedo. ¡Iba a ir a la guarida de un dragón! Una cría, pero un dragón, al fin y al cabo. No lo hacía menos aterrador, y le hacía seguir preguntándose por qué estaba haciendo esto.

La respuesta estaba caminando a su lado, con tal gracia y aplomo que la hacía sentirse inadecuada, a pesar de todo lo positivo que se decía de la raza élfica. Cosas positivas de las que nunca fue partícipe.

Kiyohime era alguien agradable, en opinión de Primo. No había mucha diferencia en edad, pero la elegancia era algo que también quería adquirir; no podía evitar sentirse muy poco femenina. Sin contar el hecho de que era amable y alguien fácil con quien tener una conversación.

Incluso luego de lo que vio con los bandidos, no sentía que debía evitarla. Ella misma lucía horrorizada de sus propias acciones, las cuales, desgraciadamente, desconocía el contexto. ¿Cómo una persona tan dulce se lanzó en un arrebato homicida?

Demasiado diferente de Ryuu. Siendo sincera, la aterraba un poco. La otra elfa parecía encarnar todos los prejuicios y aspectos negativos de sus congéneres. El racismo apenas velado era evidente incluso para el ojo inexperto. Estar siempre cubriéndose el rostro no ayudaba a los nervios de Primo.

No era como si ella hubiera sabido todo esto antes. Dia tuvo que explicárselo luego de que Ryuu prácticamente se lo arrojase en la cara, cuestionando las acciones de Primo.

Fue todo un shock descubrir que su raza eran parias supremacistas que matarían todo lo que invadiese su territorio, lo que, pensándolo cuidadosamente, explicaba por qué muchas personas siempre la miraban de forma extraña, o como si fuera algún hechizo a punto de explotar. Estaban esperando el clásica desdén élfico.

Y ser receptora de todo ese odio por parte de su propia raza se sintió como si su mundo se cayese a pedazos frente a ella. Al menos no permaneció paralizada, e incluso si los muertos la perseguían en sus pesadillas...

Negó con la cabeza. Sus problemas eran lo de menos. Estaba viva y bien, siendo el único inconveniente las noches irregulares de sueño. Nada que no pudiera solucionar con el debido tiempo. O eso esperaba. No quería ver más cadáveres en sus sueños.

Suspirando, apretó su bastón contra su pecho, anclándose a la realidad. Que tampoco era mucho mejor, porque iba a enfrentarse a un dragón. ¿Era demasiado tarde para dar media vuelta y volver con Dia, donde estaba segura? Ni siquiera se habían alejado doscientos metros del pueblo.

Pero ya había perdido a quienes llamaba hermanas. No tenía una relación tan cercana con Kiyohime, ni siquiera eran amigas, pero servían a la misma diosa y no quería que ella enfrentase más pérdidas si había algo que Primo pudiera hacer para ayudar. Tampoco deseaba ser vista como una cobarde por su nueva hermana de armas.

—Es un poco nostálgico —dijo Kiyohime de forma repentina.

—¿Enfrentaste dragones en el pasado? —Primo preguntó con incredulidad.

La chica mayor miró en su dirección y parpadeó, confundida, antes de sonreír. No pudo ser testigo de tal expresión por mucho tiempo, porque pronto lo cubrió con su abanico.

—Ara, ciertamente no puedo presumir de tal hazaña. Es un honor que pienses tan bien de mi humilde yo.

Primo se sonrojó a pesar de que no fue dicho con malicia. O creía que no cargaba malicia. Kiyohime era una noble, y con ese tipo de personas nunca se sabía... No era que creyera que la chica fuese mala o algo parecido.

—Me refería a subir una montaña —proporcionó, sacando a Primo de su propia vergüenza—. Lo hacía para entrenar con mi maestro. ¿Has subido alguna montaña antes, Primo-chan?

—No —negó con la cabeza—. Vivía en un pueblo costero, no había montañas alrededor.

Al menos lo compensaba con una buena habilidad de natación. No resultó muy útil durante el viaje, pero seguía estando allí, por si la necesitaba en otro momento.

—Es... sorprendente, si debo decirlo, saber de una elfa que vive con otras razas... —pareció contemplar algo, dudando, antes de decir—: Lamento si mi pregunta es indiscreta, pero ¿eres de raza pura?

Podía entender su duda. Estaba segura de que sus atacantes en el bosque anterior no serían atrapados ni siquiera muertos en un poblado, y ella fue criado en uno. Tampoco se podía decir mucho con respecto al aspecto de los semielfos, ya que algunos tenían características más élficas que humanas o de otras razas.

Se dio cuenta de que se estaban acercando a la base de la montaña, así que se esforzó un poco más para que sus pasos no temblaran. Todo saldría bien, era lo que se repetía.

—Sí, lo soy. Solo que... mamá se instaló en el pueblo antes de su fallecimiento. Me criaron unos amigos, Aventureros retirados. Pertenecían a la misma Familia, aunque no recuerdo el nombre... Ah, no me molesta, fue hace mucho tiempo.

Sabía que Kiyohime iba a disculparse por asacar el recuerdo, pero, siendo sincera, ni siquiera recordaba el rostro de su propia madre. Las personas que la criaron eran su familia, y luego se unió a Dia, hasta ahora. Nada demasiado complicado o exagerado, exceptuando los momentos en los cuales las personas parecían esperar que ella les gritara solo por respirar.

—¿Tienes familia? —cuestionó Primo, con sus ojos volviendo al frente.

Pareció ser la elección correcta de palabras, porque su rostro se dividió en una amplia sonrisa, incluso si era imposible de ver. Todo en ella fue como si cambiase debido a algún interruptor. Se notaba más relajada y feliz, y todo lo que bastó fue una pregunta.

—Una hermana pequeña. La mejor hermana pequeña de Genkai, Haru-chan.

Y se lanzó a toda una charla de por qué era la niña más adorable del mundo, aunque también hizo una mención rápida, pero no menos cariñosa, de una tal Mikoto. Fue un poco sorprendente ver a una chica tan digna actuar de esa manera, pero, tal como se acababa de demostrar, no se conocían realmente.

Hablaron de muchas cosas, pero evitaron temas demasiado privados. La mayor parte del tiempo fue Kiyohime intentando animarla y que olvidase lo que estaba ocurriendo. Primo se ruborizó y desvió la mirada al darse cuenta de que no había podido ocultar muy bien su miedo.

Suspiró mientras se adentraron al bosque en la base de la montaña, notando que Kiyohime se había quedado en silencio de forma repentina. Parecía demasiado a gusto hablando sobre el tema, así que, movida por la curiosidad, volvía a mirar a su interlocutora. Tropezó de la sorpresa, causando que Kiyohime se detuviera para atrapar a Primo, quien seguía en estado de Shock e incapaz de apartar los ojos.

—¿Estás bien, Primo-chan?... ¿Hay algo en mi cara?

—T-t-t-tus... —tomó una bocanada de aire para calmarse—. Tus ojos.

Esto la confundió todavía más, pero ¿cómo decirle? Sus pupilas se habían convertido en rendijas. Se veía positivamente aterradora, incluso si no estaba frunciendo el ceño. Ser observada de esa forma hizo que Primo se estremeciera involuntariamente.

—S-son re-rendijas. Co-como una se-serpiente.

Esto la sorprendió, causando que sus cejas se elevasen un poco. Primo aprovechó el momento para equilibrarse sobre sus propios pies y liberarse del agarre de Kiyohime. Si alguien le preguntase en un futuro, no se alejó y solo preguntó:

—¿E-e-estás bien?

—Yo... —estaba dudando, llevando una mano a su pecho, su corazón—. Siento... algo extraño. Solo... no sé cómo explicarlo.

Si ella no sabía, ¿qué se suponía que debía saber Primo al respecto? Sea como fuere, respiró hondo varias veces para traer algo de paz. Solo fue un cambio de ojos... Como aquella vez.

Primo se estremeció, haciendo un esfuerzo consciente para borrar el recuerdo de Kiyohime despedazando personas con sus propias manos. Bueno, tal vez llamarlo despedazar era exagerar un poco las cosas, pero el sentimiento seguía allí.

—Creo... —Kiyohime volvió a dudar, dándole a Primo una mirada cargada de algo que la joven desconocía—. Creo que conozco la ubicación exacta del dragón.

—¿Eh? — fue su respuesta elocuente.

—Esta montaña... —se ceño se frunció un poco antes de que educase su expresión—. Puedo sentir que esta montaña es su guarida. Somos invasores.

Kiyohime no dijo más y siguió caminando, como si fuera guiada por algo. De vez en cuando murmuraba, y la buena audición élfica le permitía escuchar, pero solo agregaba más preguntas a la creciente pila.

La joven elfa, a pesar de sus dudas, siguió obedientemente a Kiyohime. Deseaba que las cosas volvieran a ser como antes: simples. Vivir en un pueblo, ayudar a los habitantes a deshacerse de los monstruos locales y servir como guardias en ciertos momentos.

Pero no, aquí estaba, ¡yendo a luchar contra un dragón!... Tal vez estaba exagerando todo el asunto, o eso esperaba. Era un infante... Uno de nivel dos... Siendo ella la más débil de su Familia... Ni siquiera sabía si el Estado de Kiyohime era superior, pero Primo podía apostar a que carecía de experiencia en comparación con la mayor.

Y ahora se estaba menospreciando a sí misma. Necesitaba una distracción, pero su compañera estaba concentrada en algo. Solo tenía sus pensamientos pesimistas para hacerle compañía, y no estaba resultando para nada bien.

Decidió prestar atención a la naturaleza... Solo un bosque que se elevaba junto a la montaña... Nada especial, pero la hacía sentir incómoda. Preferiría estar lo más lejos posible de las agrupaciones extensas de árboles. Mejor no pensar en los bosques tampoco.

—Alto —ordenó Kiyohime tras un tiempo, sosteniendo el antebrazo de Primo.

Siguiendo a la mayor, se escondieron detrás de árboles. Aunque quiso preguntar qué ocurrió, ya que los primeros minutos no hubo nada significativo. Fue alrededor del cuarto o quinto que comenzó a escuchar pasos y golpes descuidados.

Paralizada por el miedo, no apartó los ojos de la cosa que se acercaba. Lo primero que vio fue un cuello, más largo que ella o Kiyohime, con ojos ámbar como rendijas afiladas. Miró los alrededores un par de veces antes de seguir caminando, exponiendo un torso poderoso que seguía superándolas en altura. Un par de alas pequeñas que no podrían alzarlo en vuelo adornaban el lomo, culminando en una larga cola.

La cría de dragón gruñó en la dirección general en la cual se estaban escondiendo, sin siquiera haberse molestado en olfatear. Sabía su posición. Primo sostuvo el bastón con fuerza, recitando los hechizos en su cabeza para no olvidarlos debido al miedo.

Algo que no esperó fue un gruñido de respuesta. Anonadada, miró en dirección de Kiyohime. Los cuernos en su cabeza parecían haber crecido una pulgada, sus pupilas parecían de fuego, sus caninos como colmillos y garras en lugar de uñas.

Lo que salía de su boca parecía una mezcla entre gruñidos y siseos serpentinos. El dragón respondió, en su lugar, con un rugido que intentaba intimidarlas. Oh, funcionó con Primo, pero se mantuvo quieta como una estatua. Parecía concentrado en Kiyohime, que seguía... haciendo aquello, así que estaba el factor sorpresa.

La ida y venida entre el dragón y la chica continuó por lo que parecieron horas. Sabía que eran solo sus nervios jugándole en contra, pero cualquier segundo en presencia de una bestia como esa se sentiría como una eternidad.

Estaba buscando tan desesperadamente ocupar su mente que notó la variación en los gruñidos. Sonaban agresivos por momentos, suaves al siguientes e incluso se atrevería a decir que curioso. Si no lo supiera mejor, diría que estaban teniendo una conversación.

Y cuando creyó que la tortura no iba a terminar, cesó... lo que sea que estuviesen haciendo ambos. Fue entonces que se atrevió a mirar a Kiyohime; sus ojos seguían igual de afilados, pero creía que los cuernos volvieron a su tamaño normal y las garras se retrajeron.

—Esss... —Kiyohime pareció mover su lengua dentro de su boca de forma tentativa, como si no le perteneciera—. Estaba viviendo al otro lado de la montaña hasta hace poco, pero una manada de orcos lo expulsaron de su hogar.

—¡¿Hablaron?! —no pudo evitar gritar.

Se dio cuenta de que fue un error. El dragón la notó por fin, y cualquier posibilidad de estar relajado cambió. Se estaba preparando para saltar, y estaba segura de que lo habría hecho de no ser por un gruñido de Kiyohime. El dragón contestó con evidente furia, pero no hizo más.

—Algo asssí —fue su respuesta sibilante, concentrada en mirar al dragón—. No esss momento de preguntasss.

¡Era momento de preguntas! Pero no le dio voz al pensamiento, no ahora. En su lugar, observó a Kiyohime volver a mover su lengua dentro de su boca con un ceño un poco fruncido.

—Llegamos... —asintió para sí misma—. Llegamos a un acuerdo. Lo ayudamos con los orcos, y se mantiene lejos del pueblo.

Oh, Primo tenía un montón de objeciones a esa idea. ¿Por qué hacerle caso a un dragón? Uno que quería enviarlos a luchar contra un grupo de monstruos. No se engañaban, tenían más oportunidades contra los orcos, pero aun así...

Pero no verbalizó nada, y no por falta de intentos. En realidad, balbuceó incoherencias hasta que decidió dejar de hacer el ridículo. No tenía un plan mejor que ese, y cualquier cosa era una menor alternativa que enfrentar a un monstruo de pesadilla, por muy infante que sea.

Habiendo tomado eso como una especie de acuerdo, Kiyohime volvió a sisearle algo al dragón. No respondió y solo comenzó a caminar, abriéndoles un poco el paso.

Primo, una vez más, cuestionó sus elecciones de vida.


Kiyohime no le quitó el ojo de encima a su nuevo guía. No era por una concepción occidental errónea con respecto a los dragones; no los veía como bestias salvajes que buscaban la destrucción y el fin de los tiempos. Al que llamaban Dragón Negro no era un representante de toda la especie, después de todo.

La razón por la cual lo vigilaba de cerca era por algo más simple: se trataba de un niño. Uno grande, escamoso, con garras y colmillos. Pero un niño, al fin y al cabo. Si hacía un berrinche, como estuvo a punto de ocurrir cando vio a Primo, ambas podrían morir. Era menor que Mikoto, así que no había mucha sabiduría allí.

Miró de reojo a la elfa, quien apenas parecía capaz de caminar de forma correcta. Kiyohime no lo comentó, en parte por decencia y en parte porque estaba sobrecogida por el alivio, así que no tenía base moral para decir algo sobre los nervios de otra persona.

Tal vez actuó con confianza, pero lo que hizo fue un experimento, uno destinado al fracaso. Había escuchado historias de su raza comunicándose con los dragones en un idioma desconocido. Una parte de ella creyó que eran cuentos y le dio poca importancia, pero también era algo que valía la pena probar.

Se sintió aliviada al saber que no todo eran mentiras. No se trataba de un idioma como tal, pero los siseos y gruñidos transmitían intenciones y sentimientos, la voluntad del individuo en lugar de palabras.

Eso fue lo que hizo, en realidad; la voluntad de Kiyohime superó a la del dragón por cuestión de edad, razón por la cual escuchó en lugar de matarlas por invadir su territorio. Eran seres sabios, sí, pero despreciaban la debilidad y cualquier muestra de fragilidad, en especial de los suyos o parientes.

No le parecería extraño que existiera un idioma para los dragones, pero, como estaba hablando con un niño, no tenía mucho con lo que trabajar... Una investigación para el futuro, porque tenía otro pensamiento más apremiante.

«Rendijas», así llamó primo a sus ojos. Era la primera vez que alguien señalaba eso sobre ella, pero dudaba que no hubiese ocurrido antes. Oh, no tenía pruebas ni nada al respecto, pero... ¿un sentimiento? Algo así, si tenía que darle nombre.

No era tan sorprendente, menos aún si recordaba lo que marcaba su falna. «Cambio de forma», decía su magia congénita. Pensó que era más en un sentido metafísico; tendría que tomarlo todo de forma más literal a partir de ahora. ¿Tendría que asumir que también tenía garras?... Por la forma en la cual dejó aquellos cadáveres...

Kiyohime negó con la cabeza. No era el momento. Miró con aprehensión los alrededores. Tal vez no era la mentalidad correcta, e inclusive un poco racista y ofensivo con Primo, pero casi esperaba que algún elfo saltase desde el follaje con intención de matarla.

Una parte de ella era consciente de que no podía juzgar a todos por los actos de un grupo, en especial cuando conocía a una elfa tan dulce. No obstante, vivir una emboscada como esa... Bueno, si tenía que juzgar, últimamente preferiría no estar en la misma habitación que los humanos.

Y lo estaba haciendo otra vez, yendo en una espiral de negatividad. Tenía que concentrarse. Cierto. Los alrededores eran hermosos, y el frío del invierno ni siquiera la estaba molestando. Normalmente sentía cierta frescura, pero, ahora, era como si estuviese en un día de primavera.

Regresó su atención al pequeño dragón cuando lo escuchó gruñir, además disminuir la velocidad de sus pasos y el ruido general. Estaban cerca, al parecer.

—Primo-chan, nos estamos acercando.

Ni bien lo dijo, se dio cuenta de que sí, estaban cerca de una guarida. El olor a… desechos impregnaba y maltrataba sus agudos sentidos, mucho más sensibles de lo normal. Retuvo las arcadas y la bilis que subía por su garganta. Se esforzó en mantener alejada la pestilencia con su abanico, aunque sin mucho éxito.

Le recordó la primera vez que salió del palacio, o que pisó un bosque. Realmente era una noble protegida. O lo fue, porque desconocía si esa forma de referirse a sí misma seguía siendo correcta.

Kiyohime le ordenó al dragón que se mantuviera quieto y ella siguió adelante junto a Primo. Cualquier factor sorpresa se perdería si los escuchaban acercarse; en cambio, lo mejor era permanecer lo más tranquilo posible para una emboscada. Teniendo en cuenta que se trataba de varios kilogramos de furia infantil…

Negó con la cabeza y centró sus pensamientos en el presente. Se agachó y, a pesar de la incomodidad, caminó en cuclillas. Tendría que haber hecho algún entrenamiento en sigilo, porque lo más probable era que se viera estúpida en estos momentos. Agradecía que Ryuu no estaba aquí para verla hacer el ridículo.

Y mientras esos pensamientos aleatorios poblaban su cabeza, pronto llegó a una cueva custodiada por sus objetivos. Los orcos eran… asquerosos, al igual que las otras criaturas. Kiyohime retuvo las ganas de vomitar debido a la mezcla de olores y la vista.

Eran altos, muy altos desde su baja estatura, disminuida por su posición actual. Sus rostros recordaban al de cerdos con un ceño fruncido y grandes colmillos que podrían avergonzar al jabalí promedio. Brazos y piernas fuertes, con una panza que denotaba su exceso. No obstante, lo peor era su falta de decencia. Podían cubrirse con pieles debido al invierno, pero apenas hacía suficiente para… ciertas partes.

Aunque vigilaban, no había disciplina alguna. Uno de ellos estaba desparramado en el suelo, muy cerca de la posición de ambas. Otro les daba la espalda, nada interesado en los alrededores. Un tercero se sentó apoyándose en la pared y el cuarto era el único prestando atención.

Kiyohime miró a su compañera. Estaba nerviosa, y la entendía. Pero no era el momento. Llamó su atención antes de señalar al orco que era el único que hacía su trabajo, señaló a Primo y luego al orco una vez más. Pareció captar las pobres señales y asintió, comenzando a murmurar.

Sin más preámbulo, Kiyohime se arrojó hacia el que estaba acostado. Sostuvo un tessen con ambas manos, golpeándole el cráneo. Escuchó un suave crujido. El cuerpo se sacudió. No fue suficiente. Dio un segundo mientras veía por el rabillo del ojo que una flecha de fuego impactó en el hombro del orco. Esta vez se aseguró de que estaba muerto.

Desorientados, Kiyohime atacó al que le había estado dando la espalda. Necesitó romperle la rodilla para que bajara un poco, y todavía faltó un salto para llegar a su sien. Dos colpes lo dejaron abajo junto al otro, tal vez muerto, pero al menos fuera de combate.

Sintiendo el acercamiento de otro, se lanzó hacia un costado para evitar ser aplastada. El garrote estuvo muy cerca de rosar su cabello. Se quedó anonadada al ver el agujero que dejó donde había golpeado. Pudo haberla matado. Aplastó el nerviosismo cuando otra flecha de fuego lo impactó en la cara.

No se quedó a ver si estaba muerto. Le gritó a Primo que corriera, y ni siquiera hubo que decírselo dos veces. La joven elfa ya estaba en marcha, pero no era tan veloz como había pensado Kiyohime en un inicio. Tuvo que mantenerse cerca para no rebasarla.

El que tenía el hombro herido fue el primero en darles alcance. Había soltado el garrote que lo ralentizaba. Sacando el segundo tessen, Kiyohime golpeó cuando estiró las manos para atraparlas. La criatura gruñó de dolor y tropezó, posiblemente con las manos rotas.

Podía escuchar al resto salir de las cuevas. Eran más rápidos de lo que había pensado. Cualquier creería que apenas podrían poner un píe delante del otro gracias a sus barrigas prominentes. Ella fue de esas personas.

Miró hacia atras para hacer un chequeo de sus perseguidores. Sus ojos se abrieron como platos y se lanzó hacia Primo. Ambas cayeron y Kiyohime sintió que golpeaban su costado, pero lo ignoró en favor de ver la roca que impactó contra un árbol. El tronco se astilló demasiado para el gusto de la ryūshu.

Tirando de la elfa, la puso de pie y la empujó para que corriera. Tropezó un poco, pero se estabilizó, y luego de un pequeño vistazo, siguió. Kiyohime suspiró, miró a los orcos y separó las piernas para lo que venía. Solo necesitaba un par de segundos hasta la llegada del dragón.

Ninguna de las bestias esperó, ansiosas por la sangre, una que estaba de seguro por encima de la basura que consumían a diario. Al menos consiguió el consuelo de que se golpeasen mutuamente.

Se hizo a un lado para evitar un tronco, y se agachó debajo de una mano. Saltó hacia atrás cuando uno pareció tener la idea de usar su cuerpo para aplastarla. Por desgracia, no vio a un tercero que la agarró del brazo. Gritó de dolor cuando casi sintió que la aplastaban, pero golpeó los dedos del agresor hasta romperlos.

Aunque libre, todavía estaba rodeada. Casi parecía notar el disfrute de los ojos de tales criaturas. No hizo más que enfurecerla, como si creyeran estar por encima de ella. Gruñó en dirección de los orcos, ocultando su propio disfrute cuando sintió que el dragón estaba sobre todos ellos.

Aunque nunca se llamaría una fanática de la violencia, la vista que siguió fue algo glorioso. Aquello fue la evidencia de la fuerza de sus parientes. Incluso un infante era un depredador ápice.

Las fauces del dragón se cerraron alrededor de la nuca de uno de los orcos y prácticamente le arrancó la columna. Si estaban confundidos por el ataque de Kiyohime, ahora mismo estaban en pánico. Tanto que un segundo no fue capaz de detener las garras que abrieron su estómago.

Fascinada, prácticamente salivando ante el olor a sangre y los gritos de pánico. Aunque no duró demasiado, ya que se puso histérica al ver a uno de esos orcos sostener la cola del dragón. Esto lo desestabilizó, causando que recibiera un golpe en la cabeza con un garrote.

Con un gruñido, Kiyohime corrió hacia el orco que sostenía la cola. Rompió sus dedos con el impacto de su tessen. El dragón se abalanzó sobre el que intentaba darle otro golpe. Los despedazó con las garras, pero no se centró solo en el caído, entrando en un frenesí sangriento.

Kiyohime notó que una flecha de fuego atravesó el ojo del orco que había intentado volver a aprisionarlo en la cola. Primo había vuelto, y esta vez no había reticencia en matar. Siguió disparando flechas, más para despistar y llamar la atención que para causar un daño real.

Parecía ser este su estilo de lucha; teniendo en cuenta que, de los miembros difuntos de la familia, todos lucharon en combate cercano, tenía algo de sentido. Proporcionar apoyo a través del fuego para mantener a los enemigos a raya y evitar cualquier tipo de flanqueo.

Los números se redujeron a pasos agigantados, y la ryūshu simplemente disfrutó de la vista. Los colmillos despedazaban a los orcos, y las garras troceaban lo que quedaba de ellos. El olor a sangre era tan abundante que comenzaba a sentirse drogada, embotando sus sentidos.

En lo que fue un parpadeo, solo quedaban cadáveres y un dragón rugiendo. Sin siquiera agradecerles por su trabajo, comenzó a caminar de regreso a la guarida de los orcos. Kiyohime lo siguió, solo para asegurarse de que su parte del trato se mantuviera. Primo vino un poco más atrás, sudando debido al uso continuo de magia.

La precisión de la elfa fue algo digno de admirar, ya que el bosque no se había incendiado.

—Buen trabajo, Primo-chan —felicitó Kiyohime.

La joven elfa sonrió con nerviosismo. Sus ojos todavía debían ser afilados. Casi frunció el ceño ante eso. Ojalá pudiera controlarlo.

Cuando regresaron a la entrada de la cueva, Kiyohime se dio cuenta de que el segundo orco que había golpeado seguía vivo. Y no por mucho tiempo, porque el dragón le arrancó la cara de un mordisco. No le dedicó una segunda mirada mientras entraba a la cueva.

—Creo que hemos terminado —informó la ryūshu.

Primo suspiró con alivio, y Kiyohime pronto le siguió. Cerró los ojos, disfrutando de la pequeña victoria.

Los abrió con sorpresa cuando sintió un par de manos empujándola. No estaba preparada para el repentino ataque de Primo, haciéndola tropezar. Todo fue en tan poco tiempo. El desenvaine de una espada. Pasos apenas audibles. La visión de una figura reconocible, acompañada por una voz…

—Serás la primera ryūshu que mate. Espero que no seas una decepción.

La cabeza cortada de Primo golpeando el suelo.