Capítulo 9 Hatelia
El ejército al otro lado del puente les recibió. Apagaron el fuego provocado por los goblins, usando cubos de agua, y cuando Zelda, Sir Bronder con la niña y Caranegra cruzaron, fueron recibidos por un silencio reverencial. De inmediato, se acercaron los soldados a Sir Bronder, que sostenía a la niña. Le pidieron que la llevaran a una improvisada tienda de campaña, donde esperaba un médico. Resultó ser Hederick Sapón. Por eso, Zelda desmontó a Caranegra, aceptó una bebida caliente y se sentó frente a un fuego, mientras esperaba a saber si la niña estaba bien. Mientras, Zelda se dio cuenta que la estaban mirando. De arriba a abajo, aquellos soldados, que eran apenas unos veinte, la observaban igual que si Zelda fuera un orco verde o una criatura maligna. Quizá un poco sí que lo era, al menos para la gente de este mundo. El triforce se había quedado callado, ya no lo sentía. Se limpió el rostro con la manga de la túnica, recordando tarde que la sangre de orco no se quitaba.
Raponas estaba allí, a su lado. El soldado tenía una brecha sobre la ceja y caminaba renqueante, pero fue él quien le preguntó a Zelda si se encontraba bien. Zelda se escuchó a sí misma decir que estupendamente. El silencio a su alrededor era opresivo.
– ¿Te han visto eso? – preguntó Zelda. Raponas aseguró que sí, pero que se había roto un par de costillas. Por eso se sentó al lado del fuego –. Deberías descansar, y yo también… No estoy herida, pero…
Se dio cuenta que tenía la espada aún desenvainada. La guardó. Las horas siguientes, mientras la lluvia paraba y los soldados recogían el campamento, Raponas y ella durmieron cerca de la hoguera. Zelda sentada, con la espalda apoyada en un viejo árbol. Raponas tendido, tal cual largo era. Les despertó el brujo Ander. Apareció de repente, y, al acercarse a Zelda, esta se despertó bruscamente. Había vuelto a tener un sueño con un orco dorado, solo que este portaba una lanza y, al final de ella, Zelda vio a Lion, como había visto que llevaban a la niña. Por eso, al despertarse, se llevó la mano a la cadera, y el mago, prevenido por los despertares bruscos, le agarró la muñeca antes de que llegara a desenvainar.
– Hace frío. Venid, tenemos el carro preparado. Vamos…
Raponas se levantó con ayuda del mago, y Zelda les siguió, bostezando. Se sorprendió al ver que dentro de la carreta había más gente: Midla, que estaba haciendo un hueco para dormir ella o para otra persona, y Urbión conduciendo. Sin embargo, también estaban la posadera y sus dos hijas. Zelda preguntó por Lion, y entonces el mago le señaló a un lugar detrás del carro. Lion le estaba dando de comer manzanas a Caranegra.
Con tanta gente que había escapado de la posta, no había mucho hueco, pero Zelda solo necesitaba un pequeño rincón donde sentarse, y tomar aire. Desde su puesto en el carro, Zelda sonrió. Medio sentada, con una pierna colgando fuera del carro, apoyó la cabeza en la mochila, se arrebujó con la capa con la capucha echada, y echó un sueño. No se dio cuenta de cuando emprendieron la marcha. Solo fue consciente de que la sonrisa no la abandonó. Por un extraño motivo, le había gustado el duelo. Puede que lo pusiera de moda a su regreso.
Horas después, le despertaron los cuchicheos de las dos chiquillas de la posada. Su madre las llamó al orden, y les dijo:
– No molestéis a la chica, ha sido muy valiente.
– Los soldados dicen que es una bruja – dijo una de las niñas. Zelda tuvo el placer de moverse un poco, para arrebujarse dentro de su capa gris, y sentir que las niñas se apartaban asustadas.
Zelda decidió que ya había descansado bastante. En el exterior brillaba la luz. En el interior del carro, solo viajaban los heridos y los agotados. Midla estaba dormida, estirada sobre una manta. La mujer del posadero estaba sentada en frente, con sus dos niñas. El mago también dormía, como Zelda, al final del carro, con la cabeza apoyada en un saco. La única persona que era nueva, y que no conocía era la niña hylian, la de cabellos castaños y ropajes sucios, que dormía arropada al lado de la princesa.
– ¿Está bien? – preguntó Zelda a la posadera. Esta dijo:
– La pobre tiene fiebre y está agotada, pero no tiene heridas. El médico que estaba con los soldados de Hatelia ha dicho que cuando despierte lo sabremos.
– Espero que no le hicieran mucho daño, esos malditos orcos – dijo Zelda, mientras se estiraba. Al hacerlo, de nuevo, las dos niñas se alejaron un poco, pero se rieron al ver que Zelda después de estirarse trababa los ojos y movía la larga y descuidada cabellera –. Seguro que huelo como ellos, ¿no creéis?
– Son muy feos – dijo una de las niñas –. Y dan mucho miedo.
– Son malos – dijo la otra.
– Sí, la verdad es que siempre que me he enfrentado a uno suele serlo… – Zelda recordó que Link había logrado hacerse amigo de un orco, y así se lo contó. Claro que tuvo que adornar el cuento, no puso nombres, y no mencionó que fue en el castillo de Hyrule. Dijo a las niñas que conoció una vez a un príncipe, al que habían encerrado en una prisión, y que logró, gracias a preocuparse por la salud del carcelero, que este le ayudara a salir. Las niñas la escucharon, fascinadas, pero la madre frunció el ceño:
– Eso no es una historia real, y no deberías decirles a las niñas que se pueden hacer amigas de esos seres macabros – dijo la posadera, terminando así el relato.
"Sí, tiene razón, pero precisamente lo que más me gusta de esta anécdota es que Link encontró al único orco medianamente bueno suelto por el mundo..."
– A mí me ha gustado. Seguro que el príncipe era guapo, pero no tan guapo como su alteza Lion – dijo una de las niñas. La otra puso los ojos en blanco, y se quejó de que su hermana estaba locamente enamorada del príncipe desde que lo vio llegar en su caballo negro.
Zelda volvió a estirarse. Miró al exterior. Hacía un día soleado, y el carro avanzaba a paso lento. Podría bajarse, aprovechar para asearse, y regresar. Eso iba a hacer, cuando un soldado, de los que ella había visto al otro lado del puente, se lo impidió con una lanza.
– Mejor permanezca en su sitio, señorita – le advirtió. Zelda pensó en atacarle con una semilla, pero, tras tomar aire y pensarlo un momento, asintió y se quedó quieta. Les preguntó si iban a parar pronto.
– Veréis, no sé si lo sabéis, pero las mujeres, a veces, necesitamos ir al baño y asearnos, ¿no os parece? – dijo, y para que no tuvieran dudas, les guiñó el ojo.
– Sí, yo también necesito asearme – dijo entonces Midla.
– Pararemos en un rato, alteza – contestó el soldado –. El capitán ha dado orden de escoltarles hasta Hatelia, y no estamos seguros de que los goblins y orcos se hayan retirado.
– La princesa de Hyrule ha pedido que paren un momento – dijo la posadera –. Yo también lo necesito, y las niñas…
Al final, el soldado se apartó. Le escucharon hablar con alguien, y entonces dieron orden de detener el carromato. Zelda, Midla, la mujer y las dos niñas bajaron. Se adentraron en el bosque, y una vez allí, hicieron sus necesidades y bebieron agua en un regato. En un primer momento, les acompañó un soldado, pero Zelda le dijo que ella se ocuparía de escoltarlas a todas. Regresaron al carro, las niñas corriendo divertidas después de que Zelda les enseñara que sabía hacer malabares con piñas que encontraron en el camino. Puede que, al principio, la miraran raro, con miedo, pero al final, como siempre, se las había ganado. Igual que le pasó con los niños del refugio del bosque.
De vuelta al carro, vieron a Sir Bronder, y también a Lion. El príncipe montaba a Caranegra, y parecía muy orgulloso de sí mismo, con una sonrisa.
– ¿Ya se han aseado las damas? Debemos continuar. Queda medio día solo para llegar a Hatelia – dijo Sir Bronder.
– Sí, claro. Ya he descansado, puedo cabalgar… – empezó a decir Zelda, pero Bronder negó –. ¿Qué? ¿Es porque no tengo caballo? Puedo relevar a Raponas...
– No es por eso. Es mejor que te quedes en el carro y te ocupes de la niña – Bronder señaló a la figura que aún dormía.
Zelda subió, aunque le costaba darle la razón al caballero. Bronder dijo entonces que por suerte, devolverían a la niña a su madre, la señora de Hatelia. Ahora que por fin estaba descansada, pensaba en lo raro que resultó que le pidiera un duelo a ella, y que lo hiciera a cambio de "el báculo del tiempo". ¿Era eso el bastón plateado? Al fin y al cabo, abrió el portal. Miró de reojo al mago, que seguía durmiendo. Tenía su mochila cerca, y vio que sobresalía el bastón. ¿Cómo sabían los orcos que ella lo tenía?
– Hay muchas preguntas, pelirroja, y muy pocas respuestas. Cuando lleguemos a Hatelia, quizá debamos tener una conversación – el caballero tiró de las riendas de su montura y se adelantó al carro, dejando a Zelda con las ganas de responderle. "Algún día, dejará de llamarme pelirroja".
Midla estaba inclinada sobre la niña. Le puso un poco de agua en la frente y le limpió el rostro.
– Hace mucho que no vemos a Lady Allesia. Ella nos dijo en su última carta que había adoptado a una niña para que fuera su sucesora. Es una niña huérfana, hija del anterior capitán de la guardia. Ahora no recuerdo su nombre… Pobrecita… – Midla le acarició el cabello castaño, y la niña susurró en sueños, pero no despertó.
Zelda poco podía hacer. De haber estado en el bosque Perdido, puede que hubiera llevado a la niña a la Fuente del Hada y le hubiera dado agua de allí. Recordó las veces que Urbión había usado ese remedio para curar a algunos niños, sin embargo, no siempre era efectivo. Quizá las semillas de Deku baba… Salvaron a Cironiem, claro que él estaba herido por electricidad, del Aquamorpha. Zelda cogió su mochila y encontró las hierbas medicinales que le había dejado el doctor Sapón, para curarla de su veneno.
– Yo no necesito esto, puede que a ella le venga bien… – y tendió el frasco a Midla. La princesa negó con la cabeza.
– No tengo para hacer una infusión ahora. Quizá, cuando lleguemos…
– Yo puedo hacer el té.
Lion se había acercado, montado sobre Caranegra. El príncipe tenía las mejillas coloradas, y hasta cierto bronceado en el rostro. Se le veía muy feliz, más cuando le dijo a Zelda que ya había logrado que Caranegra no le tirara. Eso sí, se estaba quedando sin manzanas.
– Espero que tengan en Hatelia – Lion alargó la mano, y Zelda le dio el frasco con hierbas.
– ¿Y cómo vas a calentar agua, sin pararnos? – preguntó la guerrera.
El chico metió las hierbas en la cantimplora que llevaba colgando en un lado de su caballo. Después, usó una semilla ámbar, de las que Zelda le había dado, para encender el farolillo. Era el mismo que, tiempo atrás, usó para buscar a sus acompañantes en el pico gemelo. Puso la cantimplora sobre la llama, sin perder el equilibrio ni reducir el ritmo de la cabalgada. Cuando sintió que en el interior el agua burbujeaba, le tendió a Zelda la cantimplora.
– Es una cantimplora muy mala, no mantiene fresca el agua. Es lo único que encontré cuando…
– Cuando te fugaste, bribón – Zelda sonrió –. Pues ahora es útil, muchas gracias, Lion.
Tendió la cantimplora a Midla, tras decirle que tuviera cuidado, que debía de estar hirviendo.
– Sí, ojalá hubiera encontrado mejor espada… Pero el arco, el arco es genial. Anoche, tuve que usarlo, porque algunos goblins aparecieron en la posada.
Durante la noche, mientras tenía lugar la batalla, algunos goblins atacaron la posada. Urbión, Ander y el mismo Lion habían luchado contra ellos. Por suerte, eran pocos, pero ante el temor de que su familia corriera más peligro, el posadero había pedido al grupo que se llevara con ellos a sus hijos y a su esposa. Lion aclaró a Zelda entonces que cuando planeó fugarse en su palacio, tuvo que hacerlo a escondidas, a través de un viejo almacén de entrenamiento donde aún guardaban equipación para soldados, pero muy vieja y usada. No encontró un arco allí, por eso no se llevó ninguno.
– Estás muy contento – fue Midla quien habló. Le devolvió la cantimplora a Lion y dijo que la niña había bebido la mitad, que debía guardar la otra para más tarde. La princesa se sentó al lado de Zelda, con los pies colgando como ella fuera del carro –. Supongo que te alegra que ya no tengas que volver al castillo, con nuestro padre.
– Sí, un poco… Pero no me alegro de lo que le ha pasado a la pobre niña, claro, ni que los Trotador prefieran mandar a los niños y a la señora lejos de su hogar – el príncipe movió la cabeza, y sus rizos temblaron –. Antes de irnos de la fuente de Faren, se me ocurrió pedirle a la diosa un favor… Y parece que me escuchó, pero también es como si pagara un precio. Debí ser menos ambicioso en la petición.
En ese momento, la señora Trotador les dijo que la niña se estaba despertando. Zelda y Midla se acercaron, y Lion, desde Caranegra, se alzó un poco por encima de la cabeza del caballo para observar la escena. Sí que era cierto. La niña estaba abriendo los ojos, y miraba alrededor, confundida. Por unos segundos, observó alrededor con terror, pero luego, al ver el rostro de Midla y el de Zelda, se relajó. No dijo nada, no fue capaz.
– ¿Está bien? Puedo ir a buscar al médico – dijo Lion. Al hablar él, la niña le miró, confundida.
– Sí, ve – Midla le acercó a la niña un poco más de agua –. Parece que el té ha funcionado, buena idea, Lion. Pequeña, estás a salvo, entre amigos. No te preocupes, vamos a llevarte con tu madrina.
La niña volvió la vista a la princesa y luego a Zelda. Fue entonces que esta dio un respingo, del susto.
Tenía un ojo verde, el derecho, y el izquierdo amarillo. Hacía mucho, había conocido a alguien que tenía esa misma mirada. En su realidad, era una reina enloquecida que al final recuperó la cordura. En este tiempo, solo era una pobre niña huérfana adoptada por una noble. Midla preguntó entonces si se acordaba de su nombre, y, casi al mismo tiempo que la niña lo decía, Zelda lo susurró:
– Estrella.
Midla le había dicho que Hatelia había sido una gran ciudad, pero que tras la guerra del aprisionamiento, había quedado reducida a la mitad. No quedaba apenas rastro de la gloriosa muralla, más allá de algunas ruinas de piedra gris, igual que la del puente. Zelda las vio al pasar el carro, ahora ya subida al pescante. Urbión estaba agotado, y Ander no estaba en condiciones, por lo que Zelda se ocupó de llevar a los caballos. Le gustaba más que ir detrás. Podía ver el paisaje, y darse cuenta de donde estaban.
En su tiempo, toda esta zona estaba tan arrasada por el fuego que nadie había vuelto a establecerse allí. Zelda había pasado, en más de una ocasión, para ir al territorio de las gerudo. Sin embargo, no se detenía a contemplar las ruinas. Le daba lástima pensar que todo esto, en 20 años, desaparecería como si nunca hubiera existido.
Por fin, llegaron a lo que parecía una aldea. Estaba construida en una ladera, y la conformaban varias casas de paredes blancas y tejados rojos. Había varios molinos de viento. Al llegar el viento que anunciaba lluvias, las aspas se movían muy rápido, con un ruido de madera que, de tal veloz, parecían cascabeles. En lo más alto del cerro, dominando sobre las otras casas, estaba una construcción más grande, casi un palacio. Fue allí donde los soldados se dirigieron. Los aldeanos de Hatelia salieron a recibirles, y aplaudían y soltaban vítores a los cansados soldados. Les tendían jarras con vinos, y pasteles, y también, se ocuparon de los heridos. Raponas, que había cabalgado como un valiente todo el camino, se desvió del camino y fue conducido al hospital. Zelda supo más tarde que Bronder había sido quien le había empujado del caballo para obligarle a ir al hospital.
Lion lo estaba disfrutando. Montado sobre un Caranegra nervioso pero más receptivo, el príncipe levantaba las manos y saludaba, con una amplia sonrisa. Zelda se habría reído, si no fuera porque de repente, a ella la miraban con duda. A medida que avanzaban, fue dándose cuenta que los aldeanos a su paso no eran tan alegres. La rehuían, y no se acercaron a ofrecer el vino. Quizá les había llegado el rumor de que era una bruja, pero fue Urbión quién la sacó de su error con un comentario inocente. Iba con ella en el pescante, y como tenía puesto el yelmo, a Zelda le incomodaba menos.
– Saben que dentro está la ahijada, no quieren molestarla.
– Deberíamos llevarla al hospital de campaña – Zelda miró por encima del hombro. Ander se ocupaba de cuidar a la niña en ese momento, junto con Midla.
– No, lo que necesita es a su madre. Está fuera de peligro, pero parece asustada aún – dijo Urbión. Midla había tratado de animar a la niña tocando canciones en la flauta, pero no sirvió. Seguía temblando, con esos ojos bicolores moviéndose a todas partes, sin fijar la vista nada más que para dormir.
Por fin, el carro fue subiendo la loma y cruzaron un gran arco. Zelda vio en él el símbolo de la familia real: los tres triángulos, el triforce. Una vez allí, llegaron a un gran patio de armas, con unas cuadras donde cabrían cientos de caballos. Esperando en el centro de la plaza, había una mujer alta, con cabellos negros recogidos en dos severos moños. Vestía de negro, un largo vestido de mangas ajustadas. Lo más llamativo eran los ojos, de color violeta. Aquí, los primeros en acercarse fueron el capitán de la guardia hateliana, Sir Bronder, Midla y Lion. Un soldado tomó a la niña en brazos, y llegó frente a la mujer. Zelda se quedó al lado del brujo y de Urbión. Este fue quién dijo:
– Como se nota que es de la familia real gadiana. Esos ojos…
– ¿Quién es? – susurró Zelda.
– La señora de Hatelia, Lady Allesia. La tía de los infantes. Es hermana del actual rey Dalphness, se casó con el noble señor de Hatelia, pero este falleció hace unos años, sin descendencia. La señora gobierna estas tierras desde entonces – le explicó Urbión.
Zelda tuvo el recuerdo de las veces que se burló de su amigo por hablar como alguien culto y conocedor del mundo, cuando era un pobre muchacho que no había recibido nada de educación en los orfanatos. Este Urbión hablaba igual. Por eso, Zelda no le agradeció la conversación, y dio un paso a un lado. No lo notó, porque todos los ojos estaban fijos ahora en el reencuentro de una aterrorizada Estrella y su madrina. La señora la abrazó, y le dio varios besos en la frente, y la niña por fin hizo algo: llorar.
– Muchas gracias a todos, mis valientes guerreros de Hatelia. En especial a ti, Sir Bronder, Primer caballero de Hyrule. Vuestra labor en el campo de batalla nos ha asegurado el éxito – la señora cedió la niña a una mujer mayor, vestida de negro con una cofia blanca en los cabellos. Entró con la niña en la casa, y entonces Lady Allesia miró alrededor. Sus ojos se posaron en Midla, a quién sonrió y después en Lion, y en este último se quedó sorprendida. Sin embargo, en público no dijo nada.
– Sed bienvenidos, mis queridos infantes. Esta casa es la vuestra. Hoy daremos un banquete para celebrar el regreso de mi querida Estrella a casa, y para honrar a todos los valientes que han luchado.
Una pequeña parte de Zelda se decía que ella había sido quién se había enfrentado al orco verde, vencido en una justa en el puente y rescatado a la niña. Sin embargo, era mejor así. No quería que su nombre se quedara en los recuerdos de esta gente, mejor que la borraran de la historia. Midla y Lion se acercaron a su tía, y esta dio por terminada la ceremonia, regresando al interior acompañada por los dos infantes. Zelda se preguntó si podría dormir en las cuadras. Parecían cómodas. La señora Trotador la ayudó a llevar el carro al establo. Le dijo que les habían dicho que tenían un lugar reservado en una casa, llamó a las niñas y se despidieron de Zelda. Antes de marcharse, una de las niñas se acercó a Zelda y le dijo que le diera a Lion esto, y le dejó en la mano una piedra con forma de corazón. Zelda prometió, muy solemne, que eso haría. Fue después, cuando estaba ya buscando donde echarse tras soltar al caballo del carro, donde Sir Bronder la encontró.
– Pelirroja, tú conmigo – le indicó Sir Bronder, poniendo su manaza en el brazo de la chica.
– Yo iré a ver cómo se encuentra Raponas, y a ofrecer mi ayuda con los heridos – dijo el mago, que había estado recogiendo equipaje de la carreta –. Me hospedaré en la posada.
– No, debes estar en la reunión – al decir esta palabra, apretó los dedos entorno al brazo de Zelda, y no la soltó mientras la obligaba a caminar hacia el interior de la gran casa.
Midla la había llamado "palacio", pero era más bien una casa más grande de lo normal. Como pronto averiguó, no tenía muchas habitaciones, pero era un lugar cómodo. Además, Lady Allesia parecía haber invitado a quedarse allí a todo Hatelia. Había mucha gente moviéndose, en un trajín propio de los preparativos de una fiesta. Supo más tarde que toda Hatelia estaba tan llena de habitantes porque muchos de los granjeros de la zona habían enviado a sus familias a la seguridad de la villa, y se hospedaban acogidos en casas, en graneros o en improvisados campamentos. La misma señora de Hatelia compartía su amplio salón con algunos refugiados.
Bronder le hacía daño. Zelda así se lo dijo, y pensó en si a Bronder le dolería más un pisotón o una buena patada en la espinilla. El caballero nada dijo, solo apretó los dientes y cerró aún más los dedos alrededor del brazo,
– No es necesario ser… – empezó a decir el mago, y entonces el caballero, entre dientes, dijo:
– Ese orco tenía interés en aquí la muchacha venida del cielo. Vamos a ver si por fin habláis claro los dos.
Con esto, Bronder empujó a Zelda dentro de una habitación. Se trataba de un lugar lleno de libros. Ante una gran ventana, donde se podía ver todo Hatelia, había un escritorio. Sentada en la silla, Lady Allesia les estaba ya esperando. Bronder entonces soltó a Zelda. Contuvo las ganas de masajearse el brazo. No quería darle la satisfacción de hacerle ver que le había hecho daño.
– Bien, aquí está – dijo Sir Bronder.
Lady Allesia se puso en pie. Miró a los dos, y primero, se concentró en Ander.
– Encantada de conocerle, Ander Simjas. Mis sobrinos me han contado que usted es su tutor – Lady Allesia rodeó el escritorio y se acercó. Este hizo una reverencia, susurró mi señora, y añadió:
– Un honor conocerla, mi señora. Ya no se me puede considerar tutor. La educación del infante correrá a cargo de los sabios hombres de Gadia, y la princesa Midla ya ha terminado su formación. En breve, regresaré a nuestra patria.
"Lady Allesia es de allí, al igual entonces que el rey, ¿no?" se preguntó Zelda, extrañada.
– Ha hecho una gran labor, hasta ahora. Le doy las gracias en nombre de mi hermano y de la difunta reina – la señora entonces dirigió sus ojos malvas hacia Zelda. Era alta para ser una mujer, y también tenía unos hombros anchos. Decoraba su cuello un impresionante collar de oro con ópalos azules, que a la luz de la chimenea de la estancia brillaban. Aun así, le pareció que era austera en su vestir y en sus modales –. Y tú eres la chica pelirroja, la valiente que se ha enfrentado al señor de los orcos, y ha sobrevivido.
– Fue ella quién rescató a la niña, mi señora – dijo Sir Bronder.
– El capitán me ha dicho que fuiste tú, Sir Bronder. Sin embargo, tampoco puede asegurarlo, por el humo y el fuego. Sin embargo, lo que todos vieron fue la luz divina, que barrió el puente e hizo huir a los monstruos – Lady Allesia había hablado sin dejar de observar a Zelda –. Quería darte las gracias personalmente. ¿Podrías decirme tu nombre, muchacha?
Zelda tuvo el recuerdo de la conversación con la sacerdotisa en la fuente. Ya había dicho su apellido, completo, y había hablado de más de Labrynnia. ¿Cambiaría algo si reconocía su nombre?
Ya no había remedio. Rezando internamente a las diosas para que Lady Allesia olvidara este detalle, dijo su nombre completo.
– Zelda Esparaván, de Labrynnia. Ignoro lo que le han contado, pero es cierto que fue Sir Bronder quien hizo huir al señor de los orcos. Yo solo evité que la niña cayera desde el puente. Ha sido un honor poder ayudarla.
– Joven y modesta – Lady Allesia sonrió. Se notaba que era un gesto que no solía hacer a menudo, por su piel lisa. Era mayor de lo que aparentaba, pero no tenía canas en su cabellera negra –. ¿Y esa luz dorada, de la que hablan mis soldados?
– No sé – dijo Zelda, sabiendo que todos en la sala se olían que mentía.
– ¿Qué es el báculo del tiempo? – Sir Bronder se había retirado al lado de Lady Allesia. Ahora, se notaba que había un interrogatorio en marcha. Por un lado, Sir Bronder y Lady Allesia. Por el otro, Ander y Zelda.
– Eso dijo el orco, sí. Creo que se refería a esto que encontré clavado en un árbol – Zelda alargó la mano hacia Ander y este extrajo el bastón plateado de la mochila –. No sé qué es, solo lo encontré. Se lo cedí al hechicero Ander para que averiguara su uso.
– No he podido investigar nada, lo siento – admitió el hechicero.
Zelda tendió el báculo a Lady Allesia, pero esta no lo tocó. Le indicó que lo dejara en la mesa.
– Báculo del tiempo… – Ander se acercó al bastón –. Es un nombre interesante. Aunque apenas tiene poder mágico.
– Es lo suficientemente valioso para intercambiarlo por la vida de mi ahijada – la señora Allesia se acercó a Zelda otra vez –. Sir Bronder me ha contado que también te debemos la vida de mi sobrino, y que te envenenaron esos yiga cuando salvaste a Midla de un atentado en la fuente de Faren. Te estoy muy agradecida por tus servicios.
Sir Bronder soltó un gruñido.
– Aunque aún no ha aclarado muy bien nada de donde viene y qué hace por aquí – Bronder la miró, con la ceja levantada. No había desmentido lo que Zelda había dicho, no sabía si porque prefería que siguieran creyendo que había sido él, o que quería ver por qué Zelda mentía con respecto a esto.
– No es la primera vez que aparece un héroe de repente y soluciona grandes males – la mujer regresó de nuevo a la silla tras el escritorio –. Conozco el destino de mi sobrina y su misión. Ella misma me lo contó en una carta, para pedirme ayuda y consejo. Desde entonces, he estado investigando en esta biblioteca para averiguar el motivo del origen de estas hordas. Los rumores y la intuición es que se sospecha que el señor del inframundo, encerrado en el Mundo Oscuro desde la guerra del aprisionamiento, está por emerger otra vez – enlazó las manos bajo la barbilla y miró al hechicero. Ander había asentido.
– En el pasado, eso dicen las leyendas, las diosas han ofrecido su ayuda – y el mago miró de reojo a Zelda –. He tardado un poco en recordar que se decía que el Héroe del Tiempo llevaba con él la luz de las diosas, y era un poder que barría el mal de la tierra. Y creo que eso es la luz dorada que hemos visto, cuando Zelda se enfrentó a los moblins y también en la fuente de Faren, y, aunque yo no estuve presente, es con toda seguridad lo que hizo huir a los goblins.
Sir Bronder seguía mirando a Zelda con mucha sospecha, y sus ojos se empequeñecieron al escuchar decir que Ander mencionaba al Héroe del Tiempo. Por suerte, Zelda sabía que podía aparentar que no pensaba en nada, que tenía el rostro serio, y no hizo ni una mueca al escuchar esas palabras.
¿Qué pasaría si reconocía, con su habitual franqueza, que era la portadora del triforce del Valor, heredera del héroe del pasado? ¿Que ya había derrotado al señor del Inframundo, en sus tres formas? No, porque en teoría, nada de aquello había pasado. Si abría la boca y lo contaba, entonces influiría en la historia. Y era justo de lo que le había prevenido la sacerdotisa Imya.
– Como la luz que viene de mi cicatriz provocaba sospechas, me sinceré con Ander y le conté que es una habilidad que tengo, como una protección. Me ayuda solo en determinados momentos, sobre todo cuando me enfrento a criaturas malignas. Pongo esa habilidad al servicio de los infantes, y ayudaré a la princesa Midla en su misión.
– Me alegra saber que contamos con una aliada así, aunque no puedo evitar preguntarme si tan débiles somos que necesitamos que una niña nos ayude – Lady Allesia miró a sir Bronder –. Vamos a seguir adelante, con atención. Pongo a vuestra disposición todos mis recursos: esta biblioteca, para averiguar sobre este báculo del tiempo, y si nos puede ayudar de algún modo – indicó a Ander que podía volver a coger el bastón plateado –. Mis víveres, armamento, y personal, para ayudaros a llegar al desierto de las gerudos y buscar esa segunda fuente. Y, por supuesto, todo el descanso que necesitéis para continuar.
Zelda iba a decir que estaban estupendamente, que podían seguir mañana mismo, pero recordó que Raponas estaba herido. Por ella perdieron unos días en la posada de los Trotador, así que ahora le tocaba esperar. Además, si el mago podía averiguar más sobre el bastón, entonces sería mejor.
– Voy a vigilarte, pelirroja, más ahora que antes – dijo Sir Bronder, con los brazos cruzados. No parecía muy feliz al ver que su interrogatorio no había llegado a buen término para él.
– Y yo, pero para bien – Lady Allesia sonrió, de una forma pícara –. En esta casa observamos normas de higiene, y ahora mismo, Zelda Esparaván, hueles a orco. Por favor, date un buen baño antes de la cena de esta noche. Te haré llegar algunas prendas, y te alojarás con mis ahijadas en la torre de las damas.
¿Prendas? ¿Torre de las damas?
Los baños estaban en una planta subterránea. Habían sido construidos mucho tiempo atrás, y había desde agua fría, hasta una zona donde se calentaba con un horno y salía bien caliente. Había dos turnos, para las mujeres y para los hombres. Zelda llegó casi al final del turno de las mujeres, pero pudo lavarse bien. La doncella que la había conducido desde el despacho de Allesia hasta los baños le proporcionó telas para secarse, jabones y una cosa untuosa que le dijo que debía echarse por todo el cuerpo. Olía a flores.
Al salir, vio que esta criada se llevaba sus ropas, junto con su arma. Zelda le dijo que no quería que se las lavaran, que ella lo haría, pero la muchacha dijo que eran órdenes de la señora. Toda la ropa de los visitantes se hervía, con mezcla de hierbas, para matar cualquier pulga o liendre. "Yo no tengo pulgas" dijo Zelda, enfadada. Las mujeres allí reunidas se rieron. No vio a Midla ni a la niña. Supuso que la princesa ya había pasado por el proceso.
El baño no estuvo mal, tuvo que reconocer después. Le vino bien, puesto que hacía días que no se lavaba bien. En vez de usarla en el cuerpo, se puso la crema para el pelo, y deshizo los nudos. Tampoco tenía tantos. Sospechaba que mientras estuvo envenenada, Midla le había estado cepillando. Al terminar, en una sala grande con unos roperos, la criada le dijo que la señora le había hecho llegar algunas prendas. Zelda miró entonces los dos vestidos. Uno era de color rojo oscuro, sencillo, con el cuello alto y cerrado. El otro era más fino, de color azul. Más bien parecía como una especie de abrigo largo, con anchas mangas y un ribete de piel, sin apenas nada de tela en el pecho. La criada, al ver la vacilación de Zelda, le explicó que debía ponerse los dos: el rojo primero, el azul después. La expresión de Zelda no era tanto porque no entendiera las prendas, sino porque no le gustaban, le parecían incómodos y complicados para llevar con espada. Al ponérselo, sin embargo, le sorprendió porque era justo su talla. Normalmente, no acertaban: o le venía ancho de arriba, o estrecho en la parte de abajo.
– Ahora, el toque final – dijo la criada, que sin que Zelda le dijera nada, insistió en abrocharle un fajín alrededor de la cintura. Ya cuando la vio coger un cepillo de plata, Zelda dijo que no se molestara, y le cogió el cepillo.
– Yo misma me peinaré, gracias. No es necesario más atenciones, por favor, déjame sola – pidió Zelda, ya harta de tener a la criada alrededor.
– Es una orden de mi señora: asegurarme de que Zelda Esparaván esté de acuerdo con las normas de esta casa – la criada era fuerte, y logró arrebatarle el cepillo de vuelta. Zelda no iba a pelearse con alguien que era mayor que ella, desarmado y que además cumplía órdenes. De haber sido un goblin o uno de esos del clan yiga, podría haberse desahogado a gusto.
Fue así como, delante del espejo, Zelda tuvo que mirarse a sí misma como jamás le había gustado: vestida de arriba a abajo con un vestido, los cabellos rojos estirados de la cara en un prieto moño, sin su espada, sin sus botas, solo con unos ridículos zapatitos planos que no le ayudarían a correr. Durante el proceso del peinado, la criada insistió en que el guardapelo de plata debía estar bien visible, pero Zelda lo escondió una y otra vez, hasta que la señora se dio por vencida y concentró sus energías en domar el pelo rojo. La criada se dio por satisfecha tras clavar miles de horquillas, y entonces dio su opinión, diciendo que Zelda estaba muy linda, y le dijo una tontería de las que siempre había intentado huir, más que de los cepillos y los médicos:
– Vas a encandilar a todos los chicos de Hatelia – y le guiñó el ojo. Luego, para terminar de rematar la frase, añadió que puede que tuviera algo en las cocinas para ayudarla con el color del pelo, que podría oscurecerlo hasta hacerlo parecer negro, o incluso teñirlo de rubio, como la princesa, pero Zelda negó con la cabeza.
Tuvo el escaso consuelo de saber que no había sido la única que había pasado por esa humillación. Mientras bajaba las escaleras hacia el salón, donde se celebraría la cena, Zelda se encontró de frente con Lion. El pobre niño llevaba calzas ajustadas, jubón de color azul y grandes mangas, y, además, le habían repeinado tanto que sus rizos estaban aplastados contra el cráneo, como si una enorme vaca le hubiera dado un lametón. Zelda y él se miraron, y al instante, se echaron a reír.
– Menuda pinta – dijo el príncipe.
– Pues anda que tú, bribón. Pareces un relamido.
– No sé qué es eso, pero seguro que sí – Lion intentó revolverse el cabello, pero el pringue que le habían puesto era tan espeso que no podía recuperar el rizo. Zelda agitó la cabeza y algunas horquillas del moño se escaparon. Hizo una broma, diciendo que podría usar esto como arma en su próximo encuentro con los yiga.
– Sería digno de ver, el ataque del cabello indomable – dijo una voz, en lo alto de las escaleras.
Midla, al contrario que ellos, no estaba para nada ridícula. Al igual que Zelda, llevaba dos vestidos unidos por un fajín. En su caso, la señora Allesia había escogido un vestido blanco, de cuello también cerrado, y un vestido azul, con los bordados y dibujos de color plateado, con el mismo diseño que también usaba Link. Su cabello rubio estaba recogido en dos moños, con diminutas trenzas rodeando cada uno. Parecía más adulta, y también más serena, y Zelda se preguntó si ese habría sido el aspecto que habría tenido Midla…
Si hubiera llegado a reinar.
– He pasado a ver la niña, disculpad…
– ¿Cómo está? – preguntaron a la vez Lion y Zelda.
– Durmiendo. Está agotada, y el médico ha recomendado reposo. Mañana nos acercaremos a verla – Midla sonrió. Al acercarse a su hermano, le tocó uno de los cabellos que se había escapado del dominio y se lo puso tras una de las orejas. La princesa se movió hacia Zelda, y murmuró que se había despeinado.
Zelda se encogió de hombros.
– En cuanto mis ropas se sequen, pienso volver a ponerme la cota de mallas. Me niego a seguir vestida así.
– Tía Allesia es muy estricta, pero si le dices que tienes que montar o hacer trabajos fuera del palacio, no intervendrá… Aunque te aconsejo que siempre que puedas, te vuelvas a poner esto – Midla sonrió –. Estás muy guapa, casi pareces una persona normal. Pero tienes razón, no tiene nada que ver contigo…
En el salón, Bronder y el hechicero Ander tenían el mismo aspecto que el príncipe. El caballero estaba embutido en un jubón de color amarillo, lo que hizo que Zelda tuviera que morderse la lengua para evitar reírse a carcajadas. Le habían recortado la barba, y la calva le brillaba. El hechicero, sin embargo, estaba muy elegante. En su caso, vestía una túnica de color malva, con un extraño bordado en el pecho, pantalones blancos y botas con hebilla. Si no fuera por el tejido, que parecía seda, podría haber salido por la puerta y continuar el viaje. Zelda miró con envidia los pantalones.
Ander alargó el brazo y preguntó a la princesa si le concedía el honor, y Midla aceptó. A Zelda no se le pasó inadvertido que la princesa parecía indiferente, aunque sonreía, y el mago se puso algo colorado. Bronder tosió y dijo que no le parecía adecuado, pero nadie le escuchó.
En el gran salón, ya habían servido un montón de comida, sobre todo carne. Zelda se sentó en la gran mesa, al lado de Midla, y con el mago enfrente. La señora Allesia había mandado ya servir, sin discursos. Directamente, empezaron a comer. Zelda sintió mucha hambre, sobre todo cuando vio pasar un filete de ternera igual de grueso que su mano. Lo pinchó, cogió el tenedor y el cuchillo, lo regó bien en salsa de carne y empezó a comer, a dos carrillos. Provocó por esto una risotada de Lion, que la observaba desde el otro lado de la mesa, y una mirada de advertencia de Sir Bronder.
– Desde luego, tienes los modales de una mendiga – comentó el caballero.
Entonces, Zelda vio que Urbión Dellas, el ahijado del caballero estaba sentado al lado de este. El chico tenía los ojos negros brillantes, observando a Zelda. Dejó el filete y empezó a comer más despacio, sin decir nada. Hubo música y bailes, y los platos desfilaban: después de la carne, pasaron verduras, un asado, calabazas rellenas, arroz y sopa. Zelda terminó por comer demasiado, y se notaba somnolienta, pero no pudo resistirse a la tarta de manzana, que le pusieron con crema hecha de puro azúcar. Para entonces, se dio cuenta de que Midla apenas había probado la carne, y solo había admitido comer un poco de las calabazas y sopa. Ni ella ni Lion comían de lo que servían de las mismas fuentes que los demás. Primero, el camarero dejaba los platos ante Sir Bronder, y este olía y comía un poco antes de dar su visto bueno.
– Está entrenado para detectar los venenos – explicó Ander, al ver que Zelda observaba este ritual.
– Sí, solía hacerlo también de camino a la fuente. ¿Pero no se está envenenando él mismo?
– Mejor él que los príncipes – susurró Ander.
Zelda preguntó entonces si sabía cómo estaba Raponas, y el hechicero le contó que el soldado estaba hospitalizado. Además de tres costillas rotas, tenía un esguince y una lesión en la rodilla, y además estaba agotado por la pelea. El doctor le daba unas dos semanas de reposo.
– Le llevaré comida más tarde – dijo el mago.
– No, yo puedo hacerlo. Siento que se pierda este banquete – Zelda pensó que quizá Wasu habría disfrutado con todo aquello. La verdad, desconocía si el joven soldado había estado en alguna fiesta –. Supongo que el hijo de un porquero no sería tan bien recibido en esta mesa, ¿verdad?
Ander abrió los ojos, sorprendido por el comentario. Luego, dijo:
– No, te equivocas. Raponas Dalvania es el segundo hijo de un noble del consejo del rey Dalphness. Es tan noble como Urbión Dellas o como yo mismo, que soy el cuarto hijo de un hidalgo de Gadia. El que es hijo de un porquero es Sir Bronder, y ya ves que es tratado con el mismo respeto que los demás…
Zelda recordó que, tan solo dos días antes, el mismo Bronder se había burlado de que Zelda tratara a todos igual, sin importarle el origen. La verdad, no se había planteado el origen del caballero hasta ese momento. Tenía bastante con pelearse con él por todo. En ese momento, aparecieron unos músicos, y quisieron tocar música alegre, para animar la velada. Zelda fue testigo de cómo muchos chicos, los pobres, intentaron acercarse a Midla para pedirle un baile. Sin embargo, a Bronder le bastó con un gruñido y una mirada feroz para que los jóvenes se marcharan corriendo. Ander dijo que él no bailaba, que tenía dos pies izquierdos, y así fue como Zelda empezó a llamar de nuevo la atención: se estaban acercando a ella, con esa intención. No había muchas más mujeres en la fiesta, por lo que veía. Para escapar de ellos, se fue hasta una columna y se quedó allí apartada. Sin embargo, pronto la localizaron.
Con los primeros, logró ser educada y rechazarles, y se rindieron rápidamente. Puede que, en otras circunstancias, estando por ejemplo en Kakariko o en Lynn, sí habría aceptado bailar con sus amigos, con Kafei, con el malhumorado de Leclas y con Link. En ese ambiente y vestida de forma tan ridícula, no le apetecía nada en absoluto. Al final, uno de estos chicos no pareció darse por vencido e insistió varias veces, tantas que Zelda pensó en darle una buena patada en la espinilla para que la dejara en paz. No llegó a hacerlo, porque alguien le cogió la mano, y la apartó.
– La señorita me ha concedido este baile, así que esfúmate – era Urbión. Antes de que a Zelda se le pasara el asombro, la arrastró hasta la pista de baile. Tuvo que hacerlo, casi cogiéndola en volandas, porque Zelda se resbaló con los zapatos que llevaba y casi se pisó el borde del vestido.
– No era necesario – dijo Zelda, tratando de librarse de la mano de Urbión.
– Vamos, baila un poco. Hazlo mal y dame un par de pisotones, y te dejarán en paz el resto de la noche – Urbión le rodeó la cintura y la obligó a seguir los pasos.
– Eh, que yo bailo bien… Solo que no quiero – Zelda trató de apartarse. Había bailado con Urbión, una vez, cuando Link tocó la flauta delante de los niños. Era un recuerdo que tenía de un momento alegre, sin embargo, no quería revivirlo. De hecho, por mucho que se repitiera que este Urbión solo se parecía en el nombre, la estatura y en algunos rasgos, no era el mismo muchacho. No podía serlo, ¿no?
– Pues a demostrarlo – Urbión sonrió, de forma pícara –. Ya he notado que no te caigo bien, solo trato de ayudarte para compensarte por salvar a los príncipes.
– Por si no lo has oído, no es necesario – Zelda dijo esto, pero no se apartó. En su lugar, para evitar caer y hacer el ridículo, tocó el hombro de Urbión con la mano izquierda, mientras entrelazó los dedos de Urbión con la derecha. Observó que el triforce no resplandeció ni tembló –. No me caes mal, no es eso…
– Cuando te hablo, te alejas, no quieres contestarme. Ya me he dado cuenta – Urbión se movió con elegancia, como si hubiera llevado toda la vida bailando.
– Es complicado – dijo Zelda. Clavó la vista en la ropa de Urbión. Como todos, había pasado por el ridículo proceso de vestirse de gala, pero a él le habían plantado un jubón en tonos rojizos oscuros, muy parecido al color de los ojos de Urbión, el que era su amigo y a la vez una parte del malvado Ganondorf –. Mucho.
– Claro que lo es, y más si no lo explicas. Aunque tampoco quiero que lo hagas – Urbión dio un ligero paso atrás, con habilidad, mientras le indicaba que le diera el pisotón prometido. Zelda se negó con la cabeza. En su lugar, ella dio una vuelta, agarrada a una mano de Urbión, y regresó de nuevo a sujetarle por el hombro.
– Mira, Urbión… Es solo que te pareces a alguien que… Que es mejor que olvide.
– Ah, ¿tengo un gemelo? Un gemelo malvado en Labrynnia, será – Urbión se echó a reír. Zelda le miró, y el chico dejó de inmediato la risa.
"Más complicado que eso"
La música había terminado. Zelda hizo un gesto con la cabeza, para agradecer el baile, y trató de marcharse, pero de nuevo Urbión le agarró de la mano.
– Vamos, que ha sido muy corto… Y creo que nos están mirando – Urbión sonrió –. Te prometo que estaré calladito, ¿de acuerdo?
Zelda suspiró. Intentó concentrarse en aquello que fuera diferente del Urbión que conocía. Los ojos negros. Eran profundos, muy oscuros, pero serenos. No parecía nadie que guardara secretos. A ella le costaba pensar en Urbión, pero era cierto que siempre actuaba de forma misteriosa, aunque no lo pareciera. Leclas solía decir que era como si lo conociera todo, cuando en realidad era un crío como él escapado de un orfanato. Sin embargo, el sabio del bosque había tenido esa intuición desde siempre. Ella, en cambio, solo notaba que le cambiaba la expresión y los ojos cuando se ponía serio, y a veces mentía con cosas muy pequeñas, como los lugares donde cazaba o qué le había pasado ese día.
– Siento ser injusta contigo. No lo mereces. Al fin y al cabo, los dos estamos juntos en este viaje, ¿cierto? ¿O tu padrino no te permitirá seguir viajando? – Zelda volvió a sujetarle del hombro. Urbión posó la mano en la cintura y volvió a tomarle de la otra mano. Empezaron a danzar, dando vueltas con un marcado ritmo.
– Es probable que no. Sir Bronder le prometió a mi madre que llegaría a ser caballero. Para eso, me queda aún mucho, pero al hacerle esa promesa le hizo otra, no sé si me entiendes…
– Propio de Sir Bronder, decir una cosa y en realidad estar diciendo otra. Si tanto teme por tu seguridad, ¿por qué no escogió a otro chico para ser el novato en la misión? ¿No había más soldados experimentados?
Urbión dijo entonces que menudas confianzas, y se echó a reír.
– Eh, tan mal no lo he hecho. Quizá no haya luchado en mitad de una tormenta contra un ejército de criaturas, aún, pero tuve que defender a los príncipes en la posada y les escolté hasta llegar a la muralla… Bueno, con ayuda de Ander, y del propio Lion – Urbión sonrió –. Eso también te lo debo agradecer, su alteza está más confiado en sus habilidades, y también le veo… Más maduro. Quizá por fin escuche a su padre y se decida a obedecer…
– Lo dudo mucho – Zelda recordó lo feliz que estaba el príncipe al haberse librado de regresar al castillo y, por tanto, del viaje a Gadia –. Sir Bronder le obligará a quedarse en Hatelia, no quiere que se arriesgue más. Pero no me has respondido…
– Ah, ¿no? Me preguntabas por qué, si hay toda una caterva de jóvenes soldados más preparados que yo, me escogieron para esta misión. La respuesta es bien sencilla: me presenté voluntario – Urbión sonrió de forma pícara –. Ni Sir Bronder puede saltarse, así como así, las normas. Si preguntan por voluntarios entre nuestras filas, y se presentan varios candidatos, es de honor escoger a aquel que tuvo mejores calificaciones en las pruebas de ingreso. Y yo fui el mejor este año, con mucha diferencia. Pero en algo tienes razón, Sir Bronder intentó que desdijera mi palabra, e incluso amenazó con partirme una pierna antes del viaje. Al final, no tuvo más remedio que acatar. Supongo que mi madre le pidió que me protegiera, así que ahora para él soy una carga. Es muy probable que, con la excusa de escoltar a Lion hasta que lleguen los refuerzos del castillo, ya no me permita viajar más con vosotros.
Otra vez, la música cesó, solo que ahora, tanto Zelda como Urbión notaron que a su alrededor los bailarines les habían dejado un hueco, y les aplaudían. Mientras habían hablado, los dos se habían concentrado en el baile, sin darse cuenta de lo bien que lo hacían. Aplaudieron, y Urbión hizo una reverencia al público, de una forma teatral y algo apayasada. Zelda le imitó, recogiendo el borde del vestido e inclinando la cabeza, como había visto hacer en obras de teatro burlescas. Aplaudieron y los dos regresaron a la mesa. Zelda no pudo evitar sonreír. Si olvidaba todo lo que le había ocurrido 3 años antes, podía hasta imaginarse que Urbión había seguido con ella. Mientras se sentaba, esa falsa ilusión se metió en su cabeza: si Urbión hubiera resultado ser el aliado y amigo que siempre aparentó ser, habría regresado con ellos del mundo Oscuro. Habría sido nombrado caballero, como ella. Link lo habría hecho, no tenía dudas. También le habría dado un puesto en el palacio, y puede que Urbión alternara las tareas de caballero de Hyrule con ayudar a Leclas con los niños del bosque Perdido o a Kafei con sus tareas de protector de los pueblos. ¿Quién sabe? Puede que se hubiera comprado una casa en Kakariko, y Zelda pasaría allí los días con él, cuando no estuviera en alguna misión.
Pero aquello era falso, igual que el falso Urbión que se sentó de nuevo al lado de Sir Bronder. No escuchó la broma que hizo el caballero, pero el chico enrojeció y dijo que para nada, y el caballero soltó una risotada y comentó que era igual que su padre. En la mesa había menos gente: Lady Allesia ya no estaba, ni tampoco Lion. Al preguntar, le dijeron que el príncipe estaba agotado y se había retirado a dormir. El mago estaba en ese momento hablando con uno de los capitanes de Allesia. Midla, solitaria ahora sin su hermano, se inclinó hacia Zelda:
– Supongo que bailar y luchar se parecen: se os ha dado a los dos muy bien. Ha sido un gran espectáculo.
– No hemos hecho nada, y no es tan fácil, con estos horribles zapatos – Zelda le quitó importancia –. Si te apetece bailar, ¿por qué no aceptas un baile? Si no con los muchachos de Hatelia, porque Sir Oso está al acecho, al menos podrías sacar a Ander a bailar y…
Se arrepintió de inmediato de decir esto, porque Midla se puso primero muy blanca y después roja. Negó con la cabeza, con vehemencia.
– No puedo bailar. Soy la futura reina de Hyrule, no se me permite… No debo hacer las mismas cosas que el resto de gente, debo ser más seria…
Zelda soltó un bufido. Estuvo a punto de decir que ella conocía al rey, y este bailaba, bastante dudoso a veces, y no siempre de forma correcta. No pudo seguir hablando con la princesa. El plan de Urbión había fallado, porque ahora los mismos chicos que había rechazado se acercaban de nuevo, y esta vez no podría poner ninguna excusa. Zelda se puso en pie, deseó buenas noches, y salió corriendo de la sala de baile. Por el camino se quitó los zapatos, que tiró dentro de un jarrón, y siguió corriendo hasta que una criada la detuvo.
– No, señorita, si busca donde refrescarse…
– Busco mi habitación, y mis cosas… ¿Dónde están? La señora Allesia dijo algo de una torre…
La torre de las damas. Un torreón, más bien, de planta cuadrada, donde un criado velaba en la única puerta que solo entraran mujeres dentro. En ese torreón dormían la propia Lady Allesia, su ahijada y todas las invitadas. La criada la escoltó hasta allí, y Zelda pudo por fin quitarse el fajín, el vestido y, a falta de sus ropas, se puso un camisón, al que arrancó los lazos innecesarios. Enfadada, porque estaba harta de tanta ceremonia, cogió un almohadón, una manta, y las arrastró hasta el pequeño balcón, donde pudo por fin dormir.
Casi agradeció encontrarse en sus sueños con el orco de piel dorada, su arma plateada y su terrible olor. Porque, justo antes de dormirse, volvió a pensar en esa vida que habría podido tener si Urbión hubiera sido como el Urbión de este tiempo, el aliado, el amigo de siempre… Y eso le daba mucho más miedo que mil orcos dorados.
