Capítulo 11 Hacia el desierto de las gerudos
Puede que Ander fuera un gran mago, pero sus habilidades de curandero no eran tan buenas como las de Link. Solo logró detener la hemorragia de Zelda, con el mismo truco que intentó usar con Wasu y que resultó ser un fracaso. Por suerte para Zelda, estaban en el castillo, donde el médico personal de Allesia supo sacar ventaja al hechizo de Ander. Despertó en la enfermería, en la misma cama donde había estado Raponas. El soldado estaba ya recuperado, y se la había cedido. Al lado, estaba Urbión. Tenía una venda en el cuello y el brazo vendado, y dormía con el ceño fruncido.
– Está bien, solo tiene una contusión en el cuello, casi lo asfixia, y algunos cortes de atravesar el cristal – dijo Raponas –. ¿Quién era? ¿Otro yiga?
Zelda trató de ponerse en pie. Le habían puesto un camisón ridículo, que le venía grande. No se inmutó cuando se levantó, sobresaltando a Raponas, y trató de dejar la cama. Se lo impidió el soldado, y el propio médico que vino corriendo desde el otro lado de la sala.
– El caballero nos dijo que tratarías de levantarte. No es bueno para tus heridas. Debes reposar – y la obligó a tumbarse, aunque para ello tuvo que pedir ayuda a Raponas. Zelda trató de esquivarle, y pensó en atacar al médico, pero entonces este dijo que había muchos más heridos, como Urbión, y ellos necesitaban descanso. Solo por eso, Zelda se quedó de nuevo sentada. Raponas no le soltó el hombro, hasta que Zelda accedió a tomarse la medicina, a cambio de que llamara a Sir Bronder, y que le trajeran sus cosas.
El médico le tendió un jarabe, y Zelda se lo tomó. Luego se tumbó, de lado, y por fin Raponas y el médico se marcharon. Entonces, Zelda escupió el jarabe en el suelo, se puso en pie, con cuidado y en silencio, y se marchó del hospital. Tuvo que esconderse, entre las sombras, y caminar descalza y en camisón por la fría noche de Hatelia. Además, a mitad de camino, empezó a llover. Zelda intentó correr, pero las vendas del pecho le tiraban. Al final, empapada y agotada, llegó al castillo.
Debió de ser una visión extraña para los guardias: una chica pelirroja, con las ropas pegadas al cuerpo, y, porque se le había abierto la herida, un poco de sangre en las vendas. Intentaron detenerla. Bastó una mirada de Zelda para que desistieran de inmediato. Además, no tuvieron que hacer nada más. Sir Bronder apareció por allí, susurró un "menuda sorpresa" con los ojos en blanco.
– Vengo a por mi cota de mallas, y mi ropa. Mañana nos iremos al desierto… – dijo, apretando los dientes para que no castañetearan del frío.
– Era lo que me esperaba. Tenía la esperanza de que fueras una persona razonable, pero era en vano – Sir Bronder, sin más, le echó encima la capa de oso. Le hizo un gesto con la cabeza y Zelda entró en el palacio.
– Ander ha hecho sus brujerías. El tipo ese largirucho no volverá a entrar. El infante y la princesa están bien, no puedo decir lo mismo de mi ahijado, pero pudo ser peor – el caballero le indicó que fuera al salón de la chimenea. Habían recogido el destrozo, tapado la ventana rota, y retirado las mesas –. El señor Bastián resulta que no se acuerda de nada. Casi se muere al ver el destrozo en su cámara luminográfica… Lady Allesia le ha ofrecido quedarse en Hatelia todo el tiempo que necesite, pero le costará mucho recuperar su invento.
– No me importa – dijo Zelda. La capa de oso estaba bien, aunque la arrastraba. Se acercó a la chimenea y se frotó los brazos –. Dime que por fin pondremos rumbo al desierto, y cómo me digas que no porque estoy herida…
– ¿Qué harás? Marcharte por tu cuenta, ¿verdad? – el caballero estaba raro sin su capa, parecía un soldado más grande de lo normal. Para hablar con Zelda, cara a cara, se había sentado en una de las pocas sillas supervivientes de la lucha –. Pues adelante, no te lo impediré. Así sabré por fin qué es lo que te traes entre manos y por qué te has pegado a nosotros, sin que te lo hayamos pedido.
Zelda miró el fuego.
– Es cierto, Bronder. Si yo estuviera en tu lugar, también desconfiaría.
El caballero sonrió. Era un gesto raro en él. A veces se reía a carcajadas o esbozaba una mueca extraña, a medio camino entre la sonrisa y el rictus de asco. Sin embargo, la sonrisa que tenía ahora era cierta.
– Al último capitán que me tuteó así, le hice correr hasta que echó el bofe – Sir Bronder se movió, como si estar sentado no le gustara. Quizá sí, pero no en una silla en un salón, sino en la naturaleza. Su padre le había dicho que era probable que se llevase mal con aquellos que más se parecieran a ella, porque era verse en un espejo, con todos sus defectos.
– Pues tendrás que acostumbrarte, yo solo trató de usted a quienes respeto – Zelda se giró para hablar directamente –. Sabes ya que soy sincera, lo soy en la medida que puedo. La seguridad de los infantes me importa mucho, y sé que, si cuento todo lo que sé, si digo más de lo que debo, puedo ponerles en peligro tanto a ellos como a muchas personas que quiero. No puedo permitirlo.
Zelda se acercó a Bronder para devolverle la capa de oso, porque ya no sentía frío.
– Con toda la verdad que quieras creer, te afirmo que mi objetivo es regresar a mi casa. Y para eso, debo ayudar a la princesa a detener el durmiente. Es mi misión, y la cumpliré. Por eso, no puedo irme por mi cuenta. Aunque es lo que más deseo en estos momentos.
– ¿Te da miedo Grahim?
– No, la verdad es que no… Pero esta vida regalada, con tanta comida y descanso, va a acabar conmigo. He luchado contra enemigos mucho más grandes y fieros que este tipo… y ha estado a punto de matarme, no solo a mí, sino también a Urb… al soldado Dellas. Debemos empezar a movernos.
Sir Bronder no aceptó la capa. Le dijo que aún hacía frío y que debía cubrirse mejor.
– Pelirroja, estoy de acuerdo con esto último. Por eso, mañana, si te puedes levantar antes del alba, Urbión, tú y también el príncipe entrenaréis conmigo – Bronder se puso en pie –. Con lo poco que me has dicho, solo puedo estar seguro de una cosa: que no tienes intención de hacer daño a los infantes. Pero también es cierto que muchas buenas acciones no siempre dan buenos resultados, por eso, seguiré observando y vigilando. Vamos, pelirroja, a la torre de las damas. Te aconsejo dormir, porque mañana empezará el entrenamiento.
– Si te demuestro que puedo hacer los ejercicios, ¿partiremos hacia el desierto?
El caballero hizo un gesto de asentimiento, y entonces Zelda accedió a regresar a la torre.
Al día siguiente, Zelda llegó la primera al campo de entrenamiento. Lo hizo vistiendo su cota de mallas, su túnica y pantalones. Eso sí, para asegurarse de que la herida no sangrara, se había apretado la venda todo lo que había podido. Se sentía rígida e incómoda, pero esperaba que el caballero no le obligara a hacer grandes acrobacias.
Un Lion adormilado, con las mismas ropas con las que había viajado, apareció rascándose los ojos y temblando por el frío. Al ver a Zelda, se asombró.
– Estás herida, no deberías…
– Estoy bien, Lion – Zelda se cruzó de brazos –. Anoche, me ayudaste. Vi las flechas.
– Sí, aunque solo Urbión y Sir Bronder lucharon bien. Ah, me acordé de lo que me dijiste, me mantuve oculto.
Zelda no pudo evitar sonreír. El príncipe aún necesitaba más entrenamiento, pero se notaba poco a poco que sería un buen guerrero. Era tan temprano que una neblina rodeaba el campo, una explanada detrás de la mansión que se usaba para acampar y preparar al ejército. Zelda lo conocía, porque allí había ayudado al infante a afinar la puntería. Bronder no le dijo que sería allí, pero lo supuso. Vio llegar a dos figuras, entre la neblina, y se sorprendió: uno era Raponas, el otro Urbión. El muchacho al verla sonrió, pero no dijo nada. Hasta que no pasaron unos días, no fue capaz de recuperar la voz. Como Zelda, tenía que llevar vendas, en su caso en el cuello y en el brazo.
Sir Bronder apareció. Antes de dejar a Zelda delante de la puerta de la torre de las damas, la chica le devolvió la piel de oso. El caballero la llevaba otra vez, y, además, cargaba con unos palos de madera. Las había visto antes, su padre también usaba esas varas. Les llevó a un lugar del campo donde había una valla, un poco alta y con maderos estrechos. El primer ejercicio, tras correr y calentar, fue ir de un lado al otro de la valla, con uno de los palos en la mano. Explicó entonces la importancia del equilibrio, que jamás se debía perder de vista donde tenían sus propios pies. Zelda dejó pasar primero al infante, deseoso de empezar. Sin embargo, el pobre dio un par de pasos antes de perder el equilibrio y caer de costado. El siguiente en probar fue Raponas. Zelda esperaba que un soldado entrenado y con al menos un par de años de experiencia lo lograra sin esfuerzo, sin embargo, el pobre Raponas debía estar aún dolorido por su lesión. Al menos, logró llegar a mitad del recorrido.
Urbión casi termina el ejercicio. Empezó con duda, cogió confianza y solo al final, no sabía Zelda si porque la valla resbalaba o perdió la concentración, el chico cayó hacia delante. Casi se golpea con el travesaño, pero el propio Urbión colocó los brazos y, aunque le dolió por los cortes, evitó hacerse mucho más daño, solo en su orgullo. Zelda vio en el chico una expresión de rabia y odio que le recordó a Urbión el señor oscuro, aunque menos amenazante. "No sé si eso demuestra algo o no"
Era su turno. Zelda se subió, con cuidado porque le dolía un poco la herida. Hacía viento, y le molestaba el largo cabello. Se acordó de las muchas veces que su padre había trabajado con ella para mejorar su equilibrio. Había hecho una prueba parecida, en un lugar que su padre llenaba de algas, en una zona de costa con oleaje. Incluso herida como estaba, Zelda cruzó sin problemas. Al llegar al final, miró desafiante a Sir Bronder, y este le dijo:
– No te lo tengas tan creído, pelirroja. Ya veremos las pruebas de fuerza.
Vinieron más pruebas y ejercicios, donde exceptuando una ligera rivalidad con Urbión, Zelda no tuvo muchos problemas. Fue durante el mediodía, cuando Sir Bronder propuso practicar esquiva y ataque con los palos, cuando Zelda por fin vio la oportunidad de luchar contra el caballero. Pidió voluntarios, y Lion levantó la mano y ya estaba entrando en el círculo, cuando Sir Bronder dijo que él era novato, y de momento debía conformarse con observar y aprender. Preguntó al resto por el primer voluntario y Zelda, antes de que Urbión o Raponas alzaran la mano, dio un paso al frente y cogió uno de los palos.
– No te contengas, Bronder. Y recuerda lo que me prometiste ayer.
– Yo no hice ninguna promesa, pelirroja.
Zelda vio que, desde el palacio, tenían público: Midla, Ander, Lady Allesia y la pequeña Estrella estaban observando desde uno de los balcones. Estaban demasiado lejos, pero podía imaginar que el mago estaría interesado, como Lady Allesia, Estrella observaría con atención hasta descubrir que Lion no iba a pelear, y Midla estaría preocupada.
– Iremos al desierto, si consigo terminar el entrenamiento. No he sudado siquiera – Zelda movió el palo, como si fuera una espada.
Bronder no dijo nada. Había dispuesto cuatro sacos, y marcado la tierra para formar un rectángulo. Las normas eran sencillas: se podía luchar de cualquier manera, pero no se podía salir de los límites marcados. Perdías si te sacaban de las líneas, si las pisabas o solo tenías un pie o mano fuera, o si no eras capaz de levantarse. Zelda pensó que sería difícil sacar a Bronder, así sin más. Si fuera una criatura como un Gohma, el triforce del valor le ayudaría, pero no siendo un humano y menos sin correr en peligro la vida del portador. Zelda dio un par de pasos atrás. Tendría que derrotar a Bronder con un buen golpe, a la vieja usanza.
Corrió, tomó impulso y atacó con toda la fuerza de su cuerpo, un ataque desde arriba. Fue todo lo veloz que pudo, pero el caballero la esquivó sin problemas. De acuerdo, se esperaba que tuviera esos reflejos, pero no lo que hizo a continuación. El caballero no se apartó, simplemente se agachó. Levantó su bastón, le golpeó en el estómago y empujó. Zelda aterrizó de espaldas al otro lado de la línea. El dolor de la herida le quitó la respiración por espacio de un segundo, el suficiente para que Urbión, Raponas y Lion se acercaran corriendo para ver si estaba bien.
– Sí, gracias – Zelda aceptó que Urbión la ayudara a ponerse en pie, cuando le ofreció la mano.
– Raponas, Urbión, ¿me podéis decir en qué ha fallado aquí la pelirroja?
Raponas dio un paso al frente, se cuadró delante de su superior y fue quien dijo:
– No ha medido la situación, no se ha detenido a pensar. Ha sido un ataque imprudente.
Zelda se cruzó de brazos.
– No ha utilizado el terreno en su ventaja – dijo Lion, interrumpiendo. Zelda le miró de reojo.
Urbión hizo un gesto señalando su estómago, y susurró:
– No… protección.
Y Zelda empezó a tamborilear con los dedos.
– Muy bien los tres. Dalvania, es tu turno.
El combate con el soldado fue más largo. Raponas utilizó la vara para mantener a Sir Bronder a raya. Fue ágil, pero su estilo de lucha era muy rígido. Zelda lo miró, sentada en el suelo, con la espalda y el estómago dolorido. Observó que Raponas usaba la cautela, obligando a Sir Bronder a moverse a un lado y otro, pero el caballero, cuando se cansó, empezó a lanzar mandobles por arriba y por abajo, y sacó a Raponas del cuadrado. Sir Bronder volvió a preguntar en qué había fallado el soldado, y fue Urbión, con la poca voz que tenía, que había sido demasiado prudente, y no había tenido en cuenta que el rival podía actuar de forma imprevista, además de que había dejado de tener en cuenta la lección sobre los pies. Zelda no dijo nada. El siguiente fue el mismo Urbión, y este corrió alrededor del caballero, rodando por el suelo e incorporándose. Logró darle en la espalda con la vara, y hacerle perder el equilibrio, pero Sir Bronder contraatacó, sin apenas moverse. En el caso de Urbión, no le sacó de la pista. Le dio tal golpe que el chico cayó como un saco y le costó levantarse, tiempo que Sir Bronder usó para colocar la vara en el cuello del chico.
– También tú debes aprender algo sobre la paciencia.
Lion empezó a entrar en el cuadrado, pero Sir Bronder, con él, le bastó con empujarle con la vara en el hombro y el príncipe cayó de espaldas, fuera. El caballero le dijo al príncipe que debía aprender de lo que había visto de los tres combates anteriores. Mientras hablaba, los otros tres rivales derrotados se habían sentado cerca, y habían intercambiado algunas frases.
– Me parece que no podrá ser, pelirroja – dijo Bronder, en dirección al grupo – Mañana, a lo mejor… – con una sonrisa el caballero apoyó la vara en su hombro.
De repente, sintió que algo se trababa en sus piernas. Era una de las varas, la de Raponas, colocada de tal forma que le hizo vacilar. Un torbellino pelirrojo, junto con otro pardo, le sobrepasaron. Urbión le golpeó en el estómago y, de seguido, Zelda le atizó con la vara en la calva, sin usar toda la fuerza. Entonces alguien tiró de la vara del suelo, y Sir Bronder acabó sentado en el suelo. Ahora tenía otra de las varas apuntado a su garganta. Era el propio príncipe, que le sonreía.
– ¿Hemos ganado? – preguntó, a sus tres compañeros de entrenamiento.
– Sois unas pulgas, pero al menos habéis usado la cabeza – Sir Bronder se puso en pie. Al hacerlo, dijo que él aún no se había rendido, que podía seguir, y entonces Zelda le señaló el suelo: Tenía un pie fuera del cuadrado.
– Sí que hemos ganado. ¿Nos vamos ya al desierto?
Bronder asintió, y Urbión y Lion aplaudieron, Raponas dijo que lo sentía, y Zelda se limitó a sostener la mirada con el caballero.
– Dilo en voz alta, que no me fío.
– Mañana terminaremos los preparativos y partiremos al desierto.
Lady Allesia les proporcionó víveres, ropas de abrigo y también más frescas, y un mapa. Ander lo puso en una mesa, en el salón donde tuvo lugar la lucha contra Grahim. Usó para mantener el mapa fijo objetos variados, como un candelabro, un tintero, una lupa y su propia mano. A la luz de los candiles que colgaban del techo, el mago les explicó que lo mejor sería cruzar el cañón Ikana, donde podrían detenerse si era necesario, en la pequeña villa que estaba en el pico.
– Una vez en el desierto, podré usar mis cristales, y localizar la fuente…
– No, no podrás – Sir Bronder señaló el mapa del desierto. La verdad, era decepcionante, porque solo mostraba un vacío, sin camino ni poblaciones –. Las gerudo dominan el desierto, no permitirán que extranjeros sin permiso vaguen por él. Además, hay muchos peligros. Esta zona de aquí, por ejemplo, está habitada por morsas del desierto, gramulas y bandas de lizalfos, eso si no contamos con que haya también hordas de goblins, moblins y orcos. Y esto de aquí – Bronder señaló un área al este de la ciudadela gerudo, indicada con un punto en mitad del desierto –. Esta zona es la peor… El Desierto de las Ilusiones. Es mejor evitarla.
Zelda miró ese mapa. Cuando fue con Kaepora, la dejó justo cerca de la ciudadela. Siempre se preguntó si el hecho de no llevarla al Coloso fue porque quería probar el valor de Zelda o porque el mismo Kaepora tenía miedo a lo que podría ver si atravesaba el desierto. "Y no solo hay ilusiones, también hay un sitio donde el tiempo se pliega y pueden coincidir personas de distintas épocas… Si pudiera encontrarlo, ¿podría mandar un mensaje a Link? ¿Regresar a casa?"
– ¿Estás prestando atención, pelirroja?
– Sí, sir Oso, estaba recordando algo que me dijeron del Desierto de las Ilusiones… Si la fuente está allí, vamos a tener problemas.
– No, no lo parece. Este mapa no es detallado, pero he averiguado que el panteón del castigo está en esta zona de aquí, en la dirección contraria – El mago sonrió, mientras señalaba otro lugar.
– Supongo que fue Link el que te habló del Desierto de las Ilusiones y sobre las gerudos – dijo Midla. La princesa estaba sentada, mirando el mapa con los ojos bien abiertos. Lion, de pie a su lado, dijo:
– ¿Quién es ese?
– Un amigo de Zelda, de Lynn, que es bibliotecario – respondió Midla, antes de que Zelda abriera la boca.
– Aunque las gerudos son peligrosas y hay que temerlas, también es cierto que podemos hacer que nos escuchen. Aquí – Sir Bronder indicó un punto no muy lejos de la salida del cañón de Ikana y del inicio del desierto – está el oasis de los Shioks. Las gerudos usan ese lugar como bazar, para intercambiar mercancías, y permiten la llegada de hombres. Mandaré un halcón en el cañón Ikana, y pediré una audiencia con una responsable. Puede que incluso tengamos suerte y nos den mejores indicaciones para llegar a la fuente. Sin embargo, debo advertiros que las gerudos son muy estrictas con el trato con los hombres, que nos llaman shioks, y más con los hylians, a quien consideran peligrosos y culpables de muchos males en el pasado – miró a los príncipes y a Zelda –. Por eso, os pediré que seáis muy educados y calmados. Y, sobre todo, con paciencia, y esto es una advertencia especial a los polvorillas.
Zelda hubiera querido decirle que ya había tratado con las gerudos, y sí, al principio tenía muchos problemas con Zenara, la reina de las gerudos, pero porque Zenara estaba muy resentida por la muerte de su madre, y no podía culparla. Solo gracias a los esfuerzos de Link, Nabooru y de Kaepora, habían logrado que la líder de las gerudos confiara en ella y no la tratara como una invasora, sino como aliada. La última misión, cuando se enfrentó a un moldora con la ayuda de un grupo de avezadas gerudos, tuvo sus diferencias con algunas de las soldados, porque no admitían que el mando de la misión estuviera a manos de una extranjera. Por suerte, para ellas que Zelda tuviera quince años no era importante.
– Intentaré elaborar un manual con todas las instrucciones para que lo tengamos claro todos. Sin embargo, me preocupan vuestras heridas, Zelda, Urbión… ¿Seguro que podéis viajar? – el mago Ander retiró la mano y esa parte del mapa se enrolló.
– Estoy perfectamente – fue la respuesta de Zelda, que retiró un pisapapeles para que el mapa se enrollara solo.
– El báculo está protegido. Si no te importa, quisiera seguir llevándolo. Tengo un estuche con un sello mágico, hará difícil que ese Grahim vuelva a intentar cogerlo.
– Parece que se le da muy bien meterse en otras personas y así conseguir información. Debemos desconfiar de los extraños a partir de ahora – Zelda miró de reojo a Midla. No se le pasaba la sensación de que los príncipes estuvieron a solas con él. Allesia había explicado que ella y Sir Bronder estuvieron presentes en todo momento, pero eso no quitaba que no intentara otro ataque en el futuro.
Ese día terminaron las tareas que tenían asignadas cada uno. Sir Bronder reunió víveres y armas. Quiso que Lion tirara el arco de goblin que usaba, pero la verdad es que ningún otro arco del tamaño que necesitaba el príncipe se adaptaba mejor. Raponas tuvo que aceptar un espadón de dos manos, un escudo de la guardia de Lady Allesia, porque había perdido los suyos. Todos adquirieron malla de cotas, incluida la princesa, que se quejó del peso. Lion estaba encantado y feliz de por fin iba a llevar ropa de guerrero. La única con cara de preocupación y triste era Estrella.
– Se ha encariñado mucho con mi hermano, es normal – comentó Midla. Había vuelto de los baños, y se estaba poniendo el vestido azul. Miró de reojo a Zelda, sentada en la cama. A su lado, había un trozo de pan y algo de queso –. ¿No vienes a cenar? Es nuestra última noche en Hatelia…
– No. Me he bañado, pero como me niego a bajar con un vestido y sin mi cota de mallas, Lady Allesia ha dicho que no debo aparecer – Zelda mordió el pan –. Estoy bien, no te preocupes.
– Lástima. La verdad, es que lo más entretenido de las cenas es verte discutir con Sir Bronder – Midla vaciló. Parecía a punto de decir que no iba a acudir, pero entonces Zelda le dijo:
– Te estarán esperando, y por ser la última noche Allesia deseará despedirse de sus sobrinos. No llegues tarde – Zelda se puso en pie y le tendió el cinto que debía abrocharse a la cintura.
– Mi tía se educó en Gadia, y allí son muy estrictos con el protocolo… Supongo que venirse aquí fue un gran cambio.
– El rey también es de Gadia, entonces… pero la familia real es de aquí, de Hyrule – Zelda jamás había prestado atención al árbol genealógico de los Barnerak, y Link tampoco. Se acordaba de algunos comentarios, sobre el rey Lion II el Rey Rojo, y sobre el anterior rey, Dalphness el Grande, un hombre con fama de justo pero severo. Más allá de eso, no conocía. En Labrynnia, se estudiaba muy poco sobre la familia real.
– Mi madre era descendiente de los gobernantes de Hyrule, la que llevaba el apellido Barnerak, la reina. Mi padre y Lady Allesia son primos del actual rey de Gadia, pero de una rama familiar menor. Se criaron en palacio – añadió Midla, al ver la cara de desconcierto de Zelda –. Mi padre fue escogido como pretendiente de mi madre, y al casarse, renunció a su apellido y tomó el de los Barnerak. Mi tía conoció a su marido, el señor de Hatelia, en la boda. El soldado Dalvania es hijo de un consejero, duque de Dalvania, que, además, era primo segundo del señor de Hatelia, y Urbión Dellas es nuestro primo segundo, de otra rama familiar que vivían en los límites con Gadia...
– A lo mejor vas a tener que dibujarlo, es realmente complicado – Zelda se echó a reír, mientras volvía a sentarse –. Os casáis entre vosotros, ¿no sería mejor alejarse de tantos primos y tíos?
Estaba pensando que Link no tenía tantos parientes, debió perderlos en la misma época en la que murió su padre. Por suerte, porque seguro que le habría salido ya una prima dispuesta a casarse con él.
– Puede… – susurró la princesa, mientras se miraba en el espejo. Se arregló un mechón rubio que se negaba a quedarse tras la oreja –. ¿Nunca has pensado en…?
Empezó a decir, pero miró a Zelda, sentada en la cama con las rodillas hacia fuera, con la copia del mapa que Ander había hecho.
– ¿En qué? – preguntó, con medio trozo de queso en la boca.
Midla sonrió, y dijo:
– Nada, tonterías. Si sirven un postre muy rico, te lo traeré, ¿de acuerdo? Y debes descansar, esa herida que tienes no puede estar ya curada, y mañana nos toca empezar el viaje.
– Menos mal. Es este descanso aquí lo que me está matando – Zelda le hizo un gesto de saludo, y Midla salió de la habitación.
Puede que la relación con Lady Allesia, desde que discutieron por la insistencia de Zelda de llevar sus ropas, se hubiera visto empobrecida. Sin embargo, esa mañana, antes de la salida del sol, a la chica le esperó una gran sorpresa. La misma Lady Allesia llegó a despedirles, y entonces, le hizo un gesto para que se acercara.
– Jovencita, mucho he escuchado decir de tu intervención en la seguridad de mis sobrinos, y estoy agradecida. Es por eso que te cedo una de mis mejores yeguas. La hemos escogido pensando en ti – y al decir esto miró a Sir Bronder.
– Se lo agradezco, Lady Allesia. Gracias por su hospitalidad.
Zelda llevaba las mismas ropas de siempre, más limpias. Su capa gris, con el siete cosido por Wasu, estaba echada sobre los hombros, pero no se había puesto la capucha aún. Para agradecer a Midla que le trajera un trozo de bizcocho borracho de fresas, se había recogido el cabello en varias trenzas. Con un resto del vestido verde, que quedó destrozado después del enfrentamiento con Grahim, Zelda había hecho una tira verde, a modo de pañuelo, que llevaba como diadema para recoger las trenzas. Tenía un aspecto más pulcro que cuando llegó, y mucho más que cuando se encontró con el grupo en los picos gemelos.
– Además, Sir Bronder me ha hecho notar que no llevas escudo. Toma este, en recuerdo de tu batalla en mi salón – Lady Allesia se agachó un poco, para ofrecerle un escudo de metal, redondo. Zelda lo reconoció, fue el que recogió del suelo y que la ayudó a retener un poco a Grahim.
– Gracias, señora Allesia. Siento el destrozo…
La yegua resultó ser de un color rojizo, con las patas blancas y las crines rubias. Parecía tranquila, pero fuerte, y Zelda acarició la cabeza, con una sonrisa. Le puso de nombre Scarlet, y este nombre hizo reír a Bronder, que dijo:
– Más pelirrojas en el viaje.
Claro que no solo Zelda recibió este regalo. Ander llevaba una mochila llena de libros y mapas nuevos, además del estuche para el báculo del tiempo. Lion había logrado que le hicieran ropas parecidas a las que había llevado para el entrenamiento, pero de algodón azul claro, y con el dibujo de una langosta en el pecho. Explicó a Zelda que era el escudo de la familia de su padre, y que se usaba para señalar al infante. También había conseguido una espada pequeña, pero mejor que la robó. Midla tenía sus ropas en mejores condiciones, y lo único que su tía había insistido en darle fue el collar de ópalos azules, pero Midla dijo que podría perderlo en el viaje. Le dio, eso sí que Midla lo aceptó, una daga fina con una correa, para que lo llevara atada al antebrazo. Urbión y Raponas llevaban sus ropas de soldado, pero en el caso del muchacho, le habían dado una ballesta y un escudo. Urbión usaba el caballo de Wasu, de nombre Viento, y Raponas el suyo, blanco, que fue rescatado después de la batalla en el refugio de los goblins.
Parte del camino, lo hicieron con la compañía de diez hombres de Lady Allesia. Estarían con ellos hasta llegar al cañón de Ikana, para asegurarse de que no les atacarían bandidos ni más goblins. Zelda preguntó a Sir Bronder si era realmente necesaria tanta gente, y también por qué no hasta el desierto, puestos a ser de utilidad. Sir Bronder respondió:
– Las gerudos, si ven entrar un ejército en el cañón y en el desierto, nos atacarán sin hacer preguntas. Mejor viajar en un grupo pequeño.
"Cierto es" pensó Zelda. La primera noche de campamento, Zelda, Lion y Urbión se ocuparon de ayudar con las tareas propias de los novatos: cocina, preparar a los animales, quitarles las monturas y cepillarlos. Zelda le preguntó a Scarlet si era necesario tener que hacer esto todos los días, y la yegua resopló, negando.
– Ya decía yo. Conmigo nada de cenas elegantes, eh, señorita – Zelda acarició la cabeza, asombrada por lo bella que era, y con un poco de preocupación por Ajedrez. Se iba a poner celoso su caballo cuando conociera a Scarlet… Aunque eso era poco probable que pasara.
– Siempre podemos sacarla a bailar – dijo Urbión, apareciendo a su espalda. Lo hizo con la voz aún quebrada, pero ya podía alzarla un poco. Traía una zanahoria con él, y se la ofreció a la yegua –. Seguro que lo hace muy bien, tiene pinta de que le gusta la música.
– ¿Música? Es una yegua – Zelda se echó a reír.
Scarlet devoró la zanahoria en apenas unos segundos, triturándola con los dientes. Urbión tocó también las crines del animal, y entonces rozó un poco la mano de Zelda. La risa de la chica se cortó de raíz.
– Hay más… tareas que hacer. Me voy… a prender fuego – dijo, tratando de no mirar a Urbión. El chico dijo que él terminaría de repartir algo de comida entre los caballos, y no le dijo nada más.
Zelda tenía que recordarse, a cada segundo, que este Urbión era Dellas, primo de los infantes, nada que ver con el que ella conoció. Pero resultaba difícil. Sobre todo, cuando le hablaba así, divertido y serio a la vez. Lo mismo que sentía cuando estaba con Urbión en el bosque perdido, la misma sensación de complicidad y alegría. "Me faltan los niños, y Leclas. Aunque Sir Bronder podría sustituirlo". Midla y Lion serían los niños perdidos. Ander, el hechicero, tenía la misma forma de hablar que Link, aunque por lo demás…
"No, cada uno es diferente. No es justo compararles"
La compañía de los hombres de Lady Allesia se marcharon, el día que alcanzaron el inicio del cañón Ikana. Zelda lamentó su perdida, porque eran divertidos, amables y menos serios que su señora. Sin embargo, también es cierto que sin ellos irían más rápido. Solo les retrasaba el carro, donde viajaban Ander y la princesa Midla. Traían, además de los víveres, regalos para las gerudos. Sir Bronder había explicado que las gerudos apreciaban las armas, lana, y piedras preciosas. Este carro fue el principal problema en la entrada del cañón. Tenían que ir cuesta arriba y, aunque el carro no iba tan lleno de enseres, pesaba lo suyo, y el pobre caballo no era lo bastante fuerte. Sir Bronder y Raponas tuvieron que empujar, y Zelda fue enviada delante del carro, para servir de guía y también para avisar si les atacaban. Urbión y Lion iban en la retaguardia. Esto no le gustaba a Zelda, que creía que el príncipe quedaba un poco desprotegido, pero Lion estaba muy contento. Desde que dominaba mejor a Caranegra, le habían dicho que continuaría el viaje y encima Sir Bronder le tenía en consideración para las guardias, se veía más animado y alegre. Sin embargo, Zelda pensaba que no debían exponerle, y tampoco estaba muy contenta con esto Midla.
Además, el cañón era un lugar perfecto para una emboscada.
Ander se ocupaba de conducir el carro, y fue él el que le dijo a Midla que no se preocupara. Había estado ensayando un hechizo, y esperaba que este le ayudara a proteger a los dos príncipes sin necesidad de obligarles a estar bajo la red blanca que conjuraba. Luego, con una sonrisa, guiñó el ojo a Zelda mientras le decía:
– A veces, pasar tiempo en un sitio viene bien, ¿no crees?
"Me pregunto si este hechicero a veces socarrón, a veces serio, es alguien o no de fiar. Al menos, parece igual de preocupado por los infantes que Sir Bronder o yo misma". Zelda espoleó a Scarlet y la obligó a mantener el paso. Las altas paredes del cañón que rodeaban el camino tenían la tierra rojiza, y era blanda en una primera capa, pero dura después. Zelda había viajado por ese lugar muchas veces, en su tiempo, y era tan vacío y tranquilo como el resto de los caminos de su tiempo. No recordaba que hubiera una población en el pico, pero en su descargo debía añadir que ella rara vez se paraba en aldeas. Iba siempre con prisas, no perdía el tiempo hasta llegar al objetivo. Recordaba el puente de madera que veía al frente, que cruzaba una grieta profunda. En este tiempo, el pasado, estaba muy nuevo. En el suyo, estaba viejo, y hacía poco que Leclas, una vez que le quiso acompañar a ver a Nabooru y, ya de paso, comprobar si podía darles en adopción a dos niñas, había arreglado.
"Como si solo tuviéramos a un carpintero en todo Hyrule" se quejó el muchacho. Luego, el resto del viaje fue peor, porque a él ni siquiera le permitieron llegar a un oasis. Nabooru salió a su encuentro, antes de entrar al desierto, y tras un largo parlamento, Leclas permitió que las gerudos adoptaran si ellas en persona iban a Hyrule, y firmaban que esas niñas recibirían educación, y también que velarían por sus derechos a elegir libremente si querían ser o no guerreras gerudos o ejercer otros oficios. A Leclas le daba miedo que las niñas acabaran todas con los músculos que tenía Zenara.
"Con esos brazacos, no van a encontrar novio en la vida"
Por esto, Leclas se llevó doble capón, tanto de Nabooru IV como de Zelda.
Zelda estaba recordando las quejas de su amigo, y dándose cuenta de que le echaba de menos, a su manera, cuando de improviso sintió el triforce en su mano derecha primero temblar, luego iluminarse. Miró alrededor, intentando averiguar de dónde venía la señal. ¿Había algún enemigo apostado sobre los riscos? No, no veía ninguno, pero el puente… El puente le pareció peligroso.
Frenó a Scarlet, y se giró, para decir a todos que no se movieran. Escuchó quejarse a Bronder, y el caballero apareció, montado sobre su caballo. Se llamaba Tormenta, y era negro como el tizón, todo entero, sin ninguna mancha. El caballero le preguntó qué pasaba, y añadió:
– Pelirroja, ¿es esa cosa tuya, la que brilla, verdad?
– Siento que nos observan, pero no sé desde donde – Zelda lo dijo en voz baja, cuando el caballero se acercó.
Bronder no dijo nada más. Por señas, le indicó que se adelantara en el puente, y también, hizo un gesto imperceptible para que Raponas la acompañara. El soldado espoleó a su caballo, un impetuoso potro blanco que tenía el ridículo nombre de Nevado. Lo condujo con pericia, y Zelda le siguió. El temblor del triforce iba y venía. ¿Había hecho esto antes? Reaccionaba cuando veía algunas criaturas, y también con Grahim, pero antes… Cuando estaba alojado en su pecho, no le había avisado nunca de nada. ¿Por qué ahora reaccionaba? ¿Y con tanta fuerza?
Al otro lado del puente, Zelda y Raponas no vieron nada peligroso. Los dos se miraron, y el soldado se encogió de hombros. Regresó al otro lado e indicó a Bronder que no había visto nada. Mientras, Zelda hizo girar a Scarlet, para tratar de observar a todas partes.
Fue entonces, que, por fin, lo vio. Un moblin, de color terroso. Vio primero los ojos, negros, a unos tres metros por encima de su cabeza. Lo siguiente que vio fue la punta negra de la flecha. Todo en ese moblin era grande: la flecha debía ser tan larga y gruesa como su brazo, y la punta tenía filos que podía verlos incluso a la distancia a la que se encontrara. Tuvo el doloroso recuerdo del puñal con puntas que le clavaron en la pierna en el Mundo Oscuro. Esta vez, no tendría la ayuda de la canción de la curación de Link.
Fue el escudo de Lady Allesia. Le había parecido pequeño, pero resultó que, en un acto reflejo, Zelda lo interpuso a tiempo y la flecha se clavó en el centro. El golpe le hizo rechinar los dientes, y le pareció que se quebraba, pero aguantó el disparo. Bien, había sobrevivido a un disparo, ¿podría rechazar el siguiente?
Saltó de Scarlet, y la yegua puso pies en polvorosa, en dirección al puente. A Zelda le pareció que trataba de avisar que ella estaba luchando sola. Así lo parecía, porque sus compañeros no estaban bajo asedio ninguno. Zelda, nada más aterrizar en el suelo, empezó a correr en dirección al moblin. Ya estaba preparando otra flecha, pero no llegó a ponerla. La chica ya había levantado la espada, el triforce dorado en su mano brilló y la onda hizo caer al moblin, ladera abajo.
Se giró deprisa. Corrió hacia el puente, y entonces lo entendió.
El enemigo la estaba distrayendo.
Dos moblins estaban ahora en el puente, impidiendo a Zelda llegar. Al otro lado, más de ellos estaban rodeando el carro. Desde donde estaba, Zelda escuchó gritar a Midla, y luego el grito de Ander, usando hechizos. Raponas había llegado a tiempo, y estaba ya luchando con uno de ellos, mientras Bronder usaba su espada grande y un puñal para cortar a uno. Sin embargo, había más enemigos. Unos que se movían pegados al suelo, con una cola rizada y con la piel cambiante. Zelda gritó "lizalfos", y entonces uno de los moblins la golpeó con una maza llena de púas.
Las sintió clavarse en la piel, a pesar de la cota de mallas. ¿Qué le habían dicho en el entrenamiento de esa mañana? Que seguía descuidando el cuerpo. Zelda apretó los dientes. También que era impaciente. Deseaba acabar con los dos moblins de un solo golpe y acudir en ayuda del carro, pero sabía que, si lo hacía, se expondría más todavía. Respiró hondo, y lo que hizo a continuación fue correr hacia los dos moblins, pero en círculo. Sacó una semilla de luz, y una misteriosa. Lo primero que pensó fue usar una semilla de ámbar, pero temía que, si la usaba, quemaría el puente. Todo esto fue una fracción de segundo. Los moblins solo llegaron a ver un estallido de luz. Zelda saltó, y de un tajo vertical se encargó de uno, mientras el otro aún parpadeaba. De un giro, usando una pierna firme de apoyo, lanzó otro ataque al segundo, que le recorrió el cuerpo de abajo a arriba.
Después, tomó el arco que el moblin había dejado caer, y con él, usó una de las flechas gigantes. Como era un arco muy pesado para ella, tuvo que elevar el tiro, y rezó a las tres diosas para que diera en el blanco: en la cabeza del moblin que tenía acorralado el carro y le impedía avanzar por el puente. El moblin cayó, con la flecha clavada en mitad de su cabezota. Al hacerlo, Zelda vio que tenía el pecho lleno de flechas con las plumas blancas.
– ¡Avanzad! – gritó. Scarlet estaba ya corriendo otra vez hacia ella, seguida del propio carro. Lo conducía Midla. La princesa aferraba las riendas con los nudillos blancos. A su lado, Ander, muy pálido, movía las manos y recitaba conjuros. Zelda se subió sobre Scarlet, sin mirar, y cabalgó hacia delante. Había más moblins, y goblins. No vio rastro del lizalfo, como si hubiera sido una alucinación.
Detrás del carro, estaba Lion. Como había demostrado en el entrenamiento, usó su puntería para acabar con los goblins que intentaban cerrarles el paso. A su lado, con la ballesta y el arco, Raponas y Urbión bloqueaban los ataques por la espalda. Bronder adelantó el carro, gritó que mantuvieran la formación, y entonces se colocó al lado de Zelda.
– Pelirroja, a la de tres. Una, dos, tres…
Y espoleó a su caballo. Zelda hizo lo mismo, y le imitó. El caballero luchaba subido sobre Tormenta, derribando a los goblins a su paso. Zelda se ocupó del lado derecho, lanzando a estas criaturas por los aires. Los escuchaba gritar de dolor y quejarse, pero no se detenía. Los moblins, los cuatro que intentaron bloquearles, fueron abatidos por Bronder y por ella misma. Al otro lado del camino, en el desfiladero, llegaron por fin a un lugar donde había un portón. Bronder gritó que lo abrieran, y alguien gritó a lo lejos que no, que iban a dejar a entrar a la horda. Zelda se giró sobre Scarlet, retrocedió y rodeó el carro, para ayudar, mientras Bronder discutía con los que estaban en la puerta, impidiendo el paso.
Sí, sí que era una horda. Un muro de goblins, moblins, y orcos obstruían la vía de salida. Zelda tomó aire, y trató de recordar lo que le habían enseñado. Al menos, sus compañeros estaban intactos. Raponas, para variar, tenía un golpe en la frente, pero Urbión y Lion estaban bien. El niño miraba con horror aquel muro de criaturas.
– De acuerdo. A ver… – Zelda tomó y soltó aire. Vale, estaban en desigualdad de condiciones, pero tenía algo para ellos. Miró a la marca del triforce y susurró –. ¿Vas a ayudarme, verdad, Valor? Vamos a hacer que retrocedan, al menos que lo hagan aterrorizados. Vamos, una vez más…
Levantó la espada, estiró el brazo hacia atrás, y luego, describió un arco. Scarlet agachó la cabeza, como si intuyera lo que su jinete iba a hacer. El haz de luz fue dorado, intenso, y la onda barrió el camino. Levantó el aire, y los goblins, que eran las criaturas más ligeras, salieron disparadas por los aires, como si fueran hojas barridas por el viento del otoño. Sin embargo, los orcos y los moblins solo vacilaron un poco. Después, siguieron avanzando.
– Maldición – Zelda espoleó a Scarlet, pero la yegua no se movió. Hasta un caballo veía que de aquello solo saldrían vivos si por fin accedían al interior de la muralla de madera, y quizá ni con esas…
Vio entonces que Midla estaba de pie. En mitad del campo de tierra, a solo unos metros de ella. La princesa había unido sus manos en actitud de rezo. A punto estuvo de gritarle Zelda que volviera a la carreta. Uno de los moblins estaba lanzando flechas, y no le había dado, aunque una de ellas se quedó clavada a unos pocos centímetros del pie izquierdo de la princesa. Midla abrió los ojos y entonces le gritó a Zelda:
– ¡Repítelo, ahora!
No hizo falta preguntarle a qué se refería. Zelda volvió a estirar el brazo hacia atrás, y, en esta ocasión, sintió que todo el brazo, no solo la mano, soltaba el fulgor del triforce. El arco que describió fue tan largo y fuerte que ella misma se vio impulsada hacia delante. Aterrizó a pocos metros delante de Scarlet y Midla. El aire se metió en sus ojos, y Zelda tuvo que cerrarlos. Allí seguía, arrodillada, con la espada en la mano derecha que sentía arder aún, cuando la polvareda se asentó. Igual que si hubiera visto el mar pasar de tormenta a calma, así quedo la explanada. No había ya rastro de ninguna criatura. Zelda se puso en pie. Estaba cubierta de tierra, pero bien. Se sacudió un poco y se giró hacia Midla, para felicitarla.
La princesa tuvo solo un momento para sonreír, y luego se desplomó en mitad del camino.
Los habitantes de la villa Ikana, apenas una veintena, y todos hombres y mujeres mayores, les dejaron pasar. Bronder fue quién cogió en brazos a la princesa Midla, y pidió ver al médico o curandero que tuvieran, pero en aquella villa dejada de la mano de las diosas no había nada de eso. Una de las ancianas sabía tratar heridas, y algunas enfermedades. Sin embargo, Midla no tenía nada de eso. Tenía los ojos entornados, y respiraba con dificultad, pero no tenía fiebre ni espasmos. Ander tampoco estaba bien. Zelda y Urbión lo llevaron a la misma casucha donde dejaron a la princesa, los dos tendidos en dos jergones aparte. El hechicero tenía una fea herida en la pierna. Zelda ayudó a la señora a vendarla. Enseguida reconoció lo que era.
– Le mordió el lizalfos – dijo.
– ¿Son venenosos? – preguntó Lion. El niño tenía una capa de tierra que le cubría hasta los rizos dorados, pero estaba bien.
– No, pero sus dientes hacen mucho daño. Vamos a desinfectar, y que las diosas nos ayuden – Zelda echó el líquido desinfectante que le tendió la señora –. Anda, Lion, hazme un favor y limpia el rostro de tu hermana. El polvo no puede ser bueno, si le cuesta respirar así.
Urbión entró, portando leña. Sin que Zelda le dijera nada, encendió un fuego en la chimenea de la casucha y se marchó. La señora dijo entonces que no creía que los dos enfermos corrieran peligro. Parecían dormidos y solo el mago tenía heridas. Zelda asintió.
– Ander ha protegido a los príncipes, habrá usado su escudo, y mantenerlo todo este tiempo le ha agotado, y más si estaba herido. Midla… Lo mismo – Zelda miró de reojo a la princesa. Lion le había limpiado el rostro, y ahora la arropaba con una manta de piel de animal. Algo en el letargo de los dos le hizo recordar a Link, dormido de repente después de un día usando el fuego de Din y el amor de Nayru.
– Le mordió el lizalfos, cuando nos advertiste. Yo acabé con él: le sacudí con la espada en la cola. Creo que sigue en el carro – el príncipe le contó que entonces Midla tomó las riendas, y el mago, cuando se recuperó del dolor, siguió recitando los hechizos de protección. Había sido buena idea, porque Urbión y Raponas no eran suficientes para todos los goblins que se subieron encima del carro.
Zelda se aseguró una vez más que los dos dormían, y entonces le dijo a Lion que se quedara con ellos, que ella debía hablar con Bronder y los demás. Lion susurró "a la orden", pero no lo dijo con acritud. "En apenas unas semanas, y ya es un soldadito..."
Fuera de la casucha, Bronder discutía con alguien. Era un hombre anciano, más que los demás, tanto que tenía los ojos cerrados bajo pliegues y pliegues de arrugas. Alejados, Raponas y Urbión esperaban. Nada más ver a Zelda, el chico preguntó qué tal estaban.
– No soy médico, pero se pondrán bien – Zelda miró bien a Urbión –. Tienes heridas, deja que te echen un vistazo…
– Y tú también. Yo puedo aguantar. De todas formas, esta pobre gente no tiene recursos – Urbión señaló con la barbilla a Bronder y al anciano.
– Llevan un mes bajo asedio – dijo Raponas –. Ha sido un milagro que hayamos cruzado.
– ¿No me digas? Un mes… – Y Zelda recordó todos esos días vacíos en Hatelia. Podrían haber iniciado el viaje antes, y hubieran llegado a tiempo de ayudar a estos ancianos. Aun así, se tuvo que recordar que la razón fue esperar a Raponas, que había estado herido. Habrían tenido que dejarle atrás, y sin el soldado, hubieran tenido más problemas para llegar. Puede que ella tuviera el triforce del valor, pero a la hora de la verdad, debía trabajar en equipo.
– Para ser un grupo de ancianos, no lo han hecho tan mal – dijo Urbión.
– ¿Y dónde están las gerudos? Se supone que no permiten que un ejército entre en el cañón… y resulta que hay toda una horda – Zelda miró alrededor. Los ancianos habían sobrevivido por la muralla, no sabía cómo, porque no era más que una empalizada de madera. Quizá la horda solo los había hostigado, sin más, porque dudaba mucho que esa muralla aguantara.
El tono de Bronder bajó, una vez el señor, que debía de ser el alcalde, empezó a contestarle, en voz baja. El caballero tenía el rostro muy rojo, y las cejas más juntas que nunca, pero después, tras escuchar al alcalde, dijo:
– Les recomiendo que marchen a Hatelia, no es buena idea permanecer aquí.
– Hemos sobrevivido a sequías, hambrunas y guerras, no hemos salido del cañón en toda nuestra vida… No vamos a abandonarlo ahora.
– Señor alcalde – Zelda se acercó. Observó la cara de Bronder, que la miró sorprendido –. Tengo que saber… ¿por qué no han enviado un halcón para pedir ayuda a las gerudos, o a Hatelia? De haber sabido esto, les habríamos ayudado.
– Los goblins mataban a todos los halcones y palomas que enviamos. Y de las gerudos hace tiempo que no sabemos nada, como si ya no tuvieran necesidad de comerciar. Dejaron de venir unas semanas antes de la horda – el señor parpadeó y miró a Zelda –. Tú eres el guerrero pelirrojo, disculpa, es lo único que veía a lo lejos. No sabía que fueras una jovencita… ¿Qué era eso que hiciste, esa luz…?
– Yo… – Zelda miró a Bronder –. Fue la princesa, pidió ayuda a las diosas… y yo solo la ayudé. No fue nada, como un hechizo.
– Increíble – el viejo sonrió –. No tenemos mucho, pero pueden quedarse lo que necesiten, para recuperarse.
– En cuanto Midla y el brujo se despierten, pondremos rumbo al desierto – Bronder entonces preguntó al anciano cómo estaban de suministros, y también si alguno de ellos podría intentar llegar a Hatelia.
No tenían casi nada de comida. Zelda estuvo tentada de salir a cazar, pero tendría que conseguir al menos diez jabalís para que esta pobre gente comiera algo decente. Ellos tenían un saco lleno de trigo molido en Hatelia, que habían traído para comerciar con las gerudos. Con agua, que tenían de un pozo, y levadura, pudieron preparar tortas rápidas. Fue un inesperado placer ver a todos aquellos famélicos ancianos comer y saborear cada bocado del improvisado pan. Zelda renunció a su ración, solo para estar segura de que todos comieran algo.
– Yo tampoco quiero – dijo Lion.
– Has luchado como un campeón, te lo mereces – replicó Bronder, y le puso un trozo de pan con mantequilla en la mano.
Por la noche, Zelda se acercó a la cabaña donde habían dejado descansando a Midla y Ander. Se habían turnado para vigilar la puerta, y comprobar, cada cierto tiempo, que los dos seguían descansando. Ander no tenía fiebre, por lo que la anciana había descartado que estuviera envenenado. La herida había dejado de sangrar. Zelda traía, además de pan envuelto en un trapo, vendas y antiséptico que le dio la señora que hacía de curandera. Recordó que mientras ella estuvo envenenada por los yiga, quien más atento estuvo con ella fue el hechicero, y quería estar segura de que estaba bien.
Sin embargo, no llegó a entrar. Nada más acercarse y cambiar su turno con Raponas, escuchó un murmullo. Zelda se asomó por un pequeño resquicio de la puerta. Allí, iluminado por la tenue luz de la luna, estaba Ander, sentado, al lado de Midla. La princesa miraba hacia la pared, y se abrazaba las rodillas, como le había visto hacer el día de la fuente, cuando se quejó de la falta de poderes. El hechicero tenía una mano levantada, acariciando con ella un mechón rubio de la princesa.
– ¿Cómo he sido capaz, Andy? Es… increíble.
– Tienes el poder de tu madre, sabía que lo lograrías… – el hechicero retiró la mano del cabello –. Nunca tuve dudas.
– ¿Por qué no lo manifesté antes? ¿Por qué ha tenido que ser ahora, y no cuando mi madre…? – y Midla se giró, para mirar a Ander. El hechicero le acarició el rostro, para limpiarle la lágrima que estaba ya corriendo por la mejilla. Y fue entonces que Zelda se retiró, con cuidado de no hacer ningún ruido.
Pero, por desgracia, Urbión apareció en ese momento. Le preguntó cómo estaban los heridos, y sobresaltó de tal forma a Zelda que esta dio un grito y se le cayó el paño con el pan.
– Perdona, no quería acercarme así…
– No, no pasa nada… Acabo de llegar, no hay problema… – Zelda se agachó para recoger el pan. Se había manchado, pero bastaba con quitarle el polvo, pero aun así le parecía feo darle esto a la princesa. Urbión le enseñó que él había tenido la misma idea, así que le dio el pan que iba a darle a la princesa, y le propuso comerse ellos el que se había manchado de tierra. Zelda le dijo que estaban aún dormidos, por lo que era mejor no molestarles.
Urbión y ella comieron su ración en silencio, en el banco al lado de la casucha. Zelda pensaba en si los dos heridos sabían si ella los había visto, o no. El interior de la cabaña volvía a estar en silencio. Zelda se miró los pies. Ya se había dado cuenta que Ander estaba tonto con la princesa. Lo entendía: era una chica guapa, muy seria, pero bella, y también parecía lista y agradable. Sin embargo, no esperaba que Midla sintiera algo por el hechicero. Le había llamado Andy, como si fuera un familiar cercano, y no le había molestado que la tocara. Recordó lo sería que estaba cuando le dijo que no le permitían bailar, y que su padre elegiría para ella a su futuro consorte y rey de Hyrule. ¿Soportaría ese tal Dalphness el Grande que su hija eligiera a un mago, de familia noble pero obviamente muy inferior a muchos otros? "Puede que por eso Link no habla de su tía, porque fue desheredada..."
Se rio, ella sola, al recordar que este parecía el argumento de esas novelas que Miranda Ralph leía, en su gran mansión. Se las traían del continente, y cuando las recibía, se las leía casi de un tirón en una noche. Luego, se las resumía a Zelda, y esta se partía de la risa, y se burlaba, pero al final escuchaba la historia y le pedía que le contara el final. Tantos años renegando, y ahora, de repente, se inventaba una de esas novelas con solo ver a dos personas hablando en confidencia. Eran mayores de edad, los dos, y tenían todo el derecho. Ella no debía juzgar ni hablar a sus espaldas, así que decidió fingir que no había visto nada.
– ¿Qué es tan gracioso? – preguntó Urbión.
– El susto que me has dado. Me has pillado desprevenida, llegas a ser un goblin y no estaría aquí. Estoy distraída, perdón…
– Normal, te preocupas por ellos.
– Creo haber entendido que Midla es como una familiar tuya, ¿no?
– Mi madre era la cuarta hija de un tío lejano de los infantes. Se casó con el primer caballero, al que le dieron unas tierras cuando se jubiló. Mi padre falleció cuando yo era un niño. Era un hombre ya mayor cuando se casó, y además se retiró como caballero por las lesiones que tenía.
– Fue entonces que nombraron a Sir Bronder – supuso Zelda.
– Uy, fue más que eso. ¿Crees que no había más caballeros dispuestos a ascender al mayor cargo? El rey Dalphness no lo tenía claro, y ordenó que se preparara un torneo. Yo no había nacido aún, pero mi padre me lo contó muchas veces. Sir Bronder derrotó con la lanza a todos los caballeros, uno tras otro, con mucha astucia e inteligencia. Sabía cómo contrarrestar los puntos fuertes y hacerlos débiles. Demostró tal maestría que el rey le concedió la corona de laurel hecha de oro. Yo la he visto, es muy bonita.
"El hijo del porquero" pensó Zelda. Debió ser todo un espectáculo. ¿Habría ella ganado un torneo así? ¿De veras lo necesitaba? Había librado al mundo del señor oscuro… Zelda se dio cuenta entonces de que Urbión estaba demasiado cerca. Aunque al hablar de esa infancia, criado por un caballero retirado y una noble metida a granjera, parecía otra persona, seguía siendo muy parecido al Urbión del bosque. Zelda dio un respingo y se puso en pie.
– Oye, el sentido de las guardias es que uno descanse mientras el otro está vigilando. Ve a descansar, anda. Vuelve cuando termine mi turno…
– No tengo sueño, me apetecía charlar contigo – Urbión se puso en pie –. Pero tienes razón. Luego vengo. Buenas noches, Zelda.
A la mañana siguiente, Midla estaba recuperada. El hechicero cojeaba, y necesitaba un bastón, pero se encontraba en condiciones de marchar. Durante la noche, Bronder había logrado encontrar dos palomas mensajeras aún vivas, y mandó dos mensajes, a Hatelia y al oasis de los Shioks.
– Lady Allesia mandará ayuda, sin duda. De todas formas, alcalde, hasta que acabemos con las hordas, deberían estar en el valle y no aquí, tan aislados. Pronto llegaran las nieves del invierno, y tienen pocas provisiones.
– Lo pensaremos, Sir Bronder – fue lo único que dijo el anciano.
Ahora que Midla había demostrado que ella podía conducir la carreta, se había unido a los turnos para conducirla. Ander podía, pero la pierna le dolía. Había dejado sus calmantes y algunas medicinas en la villa. Él dijo que podía fabricar más remedios en el camino, según fueran encontrando distintas hierbas. Al lado del carro, trotaba Lion subido a Caranegra. El niño había cumplido con sus turnos, y, al marcharse, repitió a los ancianos que buscaran ayuda, que no se quedaran allí. A medida que se le alejaban de la villa Ikana, el chico insistía en mirar hacia atrás.
– Da mala suerte – le reconvino Bronder que cabalgaba al lado del muchacho.
– ¿Sí? No sabía… – Lion volvió la vista al frente -. De acuerdo, vamos a mirar adelante… Pero ellos me preocupan, Sir. Mientras nosotros vivíamos despreocupados en el castillo, esta gente y Hatelia estaban sufriendo. Mi padre debe de saberlo, ¿cierto? ¿Por qué no ocupa con su ejército los valles, y expulsamos a las hordas? Sería más rápido y eficaz que mandar a Midla a rezar a las fuentes.
Zelda, subida en Scarlet y avanzando en primera posición, estaba un poco lejos, pero se giró para mirar a Lion. ¿Desde cuándo el príncipe estaba creciendo tanto? Hacía unas semanas, era un chavalín mal equipado al que atacaban tres goblins. Acababa de hacer una pregunta digna de un hombre adulto, uno un poco impaciente. Y no era la única sorprendida. Sir Bronder levantó una de sus pobladas cejas.
– Vuestro padre tiene un gran ejército, cierto es. Y también es conocedor de esta situación, pero también sabe, por épocas pasadas, que mandar a la muerte a cientos de hombres no solucionará este problema. Podremos contener las hordas durante un tiempo, pero si es cierto que el señor del Mundo Oscuro está regresando, entonces no servirá de nada. Debemos acabar este peregrinaje. Una vez nos aseguremos de que no vuelve, acabar con todos estos monstruos será más sencillo y costará menos vidas posibles.
– Entonces, vamos a darnos toda la prisa que podamos – Lion señaló con la barbilla a Zelda -. Ella siempre nos lo ha dicho, que nos demos prisa. Deberíamos escucharla más, Sir Bronder.
– Sí, alteza. En eso te doy la razón – fue la respuesta.
Zelda sonrió, pero luego se contuvo. No sabía si al decir esto, el caballero estaba realmente reconociendo su valor, o simplemente, expresando que le parecía raro que ella lo supiera. Ahora que se daba cuenta, era la primera vez que escuchaba al caballero hablar del señor del Mundo Oscuro. "Se conoce al Héroe del Tiempo, eso es cierto, pero antes de conocer a Link y vivir lo que vivimos, no sabía que el señor Oscuro, el Mal que mencionaba la leyenda, fuera una persona con nombre. Ganondorf".
Urbión estaba cabalgando al otro lado de la carreta, no podía verle. Esa mañana, el chico parecía algo más callado y serio de lo habitual. Zelda le despertó para que hiciera su guardia, y se levantó sin saludarla. Esa mañana, durante la despedida, había estado ocupado repartiendo lo que podían de las provisiones que tenían entre los ancianos, y no habían hablado.
El cañón terminaba, por fin. El resto del camino era cuesta abajo, no tan empinada como la subida, por lo que el carro no daba problemas. En esta ocasión, Midla lo llevaba, y Ander le hacía las indicaciones. En un momento, escuchó al mago reírse, y también le pareció escuchar la risa de Midla, pero enseguida se calló. Sir Bronder espoleó a Tormenta y le dijo a Zelda que fuera detrás, que él tomaba el relevo de ir el primero. Al hacerlo, de inmediato, el mago y Midla dejaron su conversación y siguieron conduciendo en silencio. Zelda fue a la parte trasera, para cabalgar al lado de Raponas. El soldado tenía el rostro muy colorado, bajo el yelmo. Zelda le dijo que sería buena idea quitárselo.
– A medida que nos acerquemos al desierto, más calor hará…
– Como soldado, debo llevar la armadura de nuestro reino – Raponas se irguió en la silla. Se echó un poco de agua en el rostro. Zelda tuvo ganas de decirle que eso era una tontería, y que acabaría convertido en soldado asado del rey, si no empezaba a quitarse prendas. ¿Sir Bronder se quitaría la piel de oso? No sabía, pero le parecía poco probable.
Por fin, llegaron con la carreta a una zona donde el camino desaparecía entre un suelo arenoso y hierbajos. Zelda miró alrededor, con los ojos entrecerrados. Las trenzas le golpeaban el rostro, mientras contemplaban el paisaje, y sintió por primera vez que reconocía del todo el lugar. El desierto era el mismo: no había cambiado en esta época, seguiría igual en la de Zelda. Sintió, antes de que hablara, que Urbión también miraba el paisaje.
– Es la primera vez que veo el desierto – el chico observó las dunas, el vasto vacío de arena que se desplegaba delante de ellos -. ¿Tú ya lo habías visto?
Era la primera frase que le decía en todo el día, y Zelda tuvo que reconocer que lo había echado de menos.
– No, solo en dibujos en los libros. Pero es tal y como lo imaginaba – Zelda le tendió su cantimplora. Tenía en la punta de la lengua todo lo que sabía del desierto, esto es, que de día el calor era espantoso y que de noche hacía un frío helador. Que era mejor viajar por tanto de noche, y dormir durante el día en refugios. Sin embargo, no podía hacerlo. Dejó que fuera Sir Bronder quién los dirigiera.
– Pelirroja, la brújula – dijo de repente el caballero.
– El por favor te lo has comido, Sir Oso – Zelda buscó en su mochila. Le tendió la brújula y el caballero, sin darle las gracias, miró al sol, luego la brújula y entonces dijo:
– Debemos ir en esa dirección, noreste, sin desviarnos. Llegaremos al oasis de los Shioks en unas horas. Vamos a aprovechar la noche para cabalgar, en el oasis podremos descansar un poco.
– ¿Las gerudos habrán recibido la paloma que mandasteis, Sir Bronder? – preguntó Midla.
– No lo sabremos hasta llegar ahí – Sir Bronder miró hacia atrás –. De momento, no se ven enemigos, pero hay que tener cuidado. Iré primero, para detectar cualquier animal de arena que se oculte. Si veo a uno, os lo indicaré, Urbión, Lion. Debéis tener las flechas preparadas. Adelante, en formación – devolvió la brújula a Zelda y entonces le dijo -. Tú detrás del todo. Vigila que nadie salga ahora del cañón para atacarnos por la espalda. ¿Entendido?
– Sí, señor – Zelda guardó la brújula y fue hacia atrás. Raponas cambió la posición, trotando ahora al lado del príncipe. Urbión fue a cubrir el lado derecho de la carreta. Ahora le veía de espaldas.
Así, subido en caballo, con el yelmo, solo podía pensar que Urbión, el del bosque, podría haberse visto así de gallardo cabalgando, con la armadura de la guardia real, de haber tenido ocasión. Zelda se retocó las trenzas, y se puso bien el pañuelo verde. A medida que el viento se levantaba, se echó la capucha de la capa gris y avanzó, mirando hacia atrás, dejando el cañón Ikana, sin recordar que eso daba mala suerte.
