Capítulo 12 Mala suerte
A medida que el sol del crepúsculo caía en el horizonte, las sombras se iban haciendo más y más alargadas. También el frío se volvía más intenso. Zelda se arrebujó en la capa, agradeciendo la lana de esas buenas señoras de Termina, y también al soldado Wasu que le cosió el roto. Puede que las criadas endemoniadas de Lady Allesia consideraran la capa un trapo, pero era un buen aislante, junto con la túnica que llevaba. Dudaba que sus compañeros de viaje fueran tan abrigados. Lion temblaba. Hacía un rato que se había puesto unos mitones, y también una bufanda, pero aun así seguía tiritando. Desde donde estaba, escuchaba a Raponas y sus dientes. Le castañeteaban. Le vio llevarse la mano a un costado, sacar una petaca, beber rápido y volver a guardarla. Nada podía decirle Zelda, era un hombre adulto, pero no le parecía buena idea emborracharse.
No podía ver al mago ni a Midla, y no los escuchaba. Tampoco veía a Urbión, que avanzaba y retrocedía, quizá porque había visto algo y quería asegurarse o quizá para mantenerse activo, y conservar el calor. Bronder, con su capa de oso, avanzaba el primero. De vez en cuando, se detenía, examinaba el suelo alrededor y luego indicaba al resto que podía seguir.
Al otro lado de una duna, Zelda vio un conjunto de palmeras. Tres de ellas estaban tan unidas que sus troncos se entrelazaban, igual que las trenzas de su cabello. Vio entonces un reguero en el suelo, una marca un poco más oscura de arena, que iba camino al oasis. Bronder la estaba examinando, pero parecía que no le daba importancia.
– Conozco eso – susurró Zelda. Tras darse cuenta de qué le sonaba, espoleó a Scarlet y trotó hasta Sir Bronder. El caballero estaba mirando el oasis, y algo debía ver que nadie más entendía, porque tenía las cejas unidas en una única ceja, de lo fruncido que tenía el ceño – ¡Bronder, hay que marcharse de aquí!
– ¿Qué dices, pelirroja? – el caballero miró a Zelda – Vuelve a tu posición. Has descuidado la retaguardia…
– Bronder, lo digo en serio. Esperad quietos, no os mováis. Cuando veáis que me alejo, entonces corred al oasis y tratad de buscar refugio en la roca principal – Zelda cogió semillas de ámbar y misteriosas. Las mezcló en un frasco, el mismo que le quitó al goblin cuando conoció al infante. Escupió dentro, rezando porque lo que su padre decía, de la intención de las semillas misteriosas, fuera cierto. Necesitaba que fueran lo más parecido a una flor bomba.
El caballero la miró, y algo entendió, porque dio vuelta a su caballo y dio la orden de retroceder. Zelda, en lugar de seguirles, obligó a Scarlet a correr hacia el oasis. Allí no había nadie. Mientras cabalgaba, vio, a la luz de la pálida luna que empezaba a asomar, que había restos de tiendas y hogueras, apagadas ya hacía bastantes días. Había manchas oscuras en las palmeras, en las piedras, y las telas. Manchas con formas dispersas, de color marrón oscuro. Sangre.
Soltó la primera de las semillas, y al tocar el suelo, produjo una explosión. Fue pequeña, no tan potente como hubiera querido, pero Zelda confiaba en que escuchara esta explosión, y también se viera tentada por el veloz trote de Scarlet. Susurró que le daría mil manzanas, y también rezó a las diosas, entre dientes, porque no fuera tarde, y funcionara tal y como lo hizo hacía ya casi más de un mes.
Porque fue en aquel oasis donde seis valientes gerudos, Zelda y Nabooru IV, subida en la escoba que se quedó tras la lucha contra las brujas, pelearon contra un temible moldora que estaba matando a los viajeros y hacía peligroso el viaje por el desierto. Soltó otra semilla, y otra más, y otra más, dejando tras ella una estela de explosiones. Se alejaba del oasis. Entonces, por fin, la sintió: se movía rápido, entre las dunas, a pocos metros tras ella. Zelda espoleó a Scarlet, y la obligó a moverse en zigzag, imitando a lo que vio hacer a las gerudos. No tenía sus arcos, ni sus lanzas, pero su objetivo era alejar a aquella criatura de los infantes, lo más posible.
El resto, no lo tenía pensado.
El cielo se iba oscureciendo. En el desierto, de noche, la arena se volvía tornasolada, como hecha de cristales. Zelda se guiaba por este resplandor y por el movimiento de las dunas, para avanzar. A unos kilómetros del oasis había unas rocas que sobresalían. Si llegaba allí, si conseguía atrapar el moldora en esa zona, podría atacarla. Obligó a Scarlet a subir de un salto en una roca plana, y entonces, con mucha rapidez, se bajó de la silla y se apartó de la yegua. Desenvainó y preparó el escudo. Estaba ya sola, Bronder y los demás se habían quedado atrás. Con suerte, podría matar a este moldora y continuar el viaje.
– ¿Vas a pelear sola, Zelda Esparaván? – dijo alguien a su lado.
Zelda se giró con el escudo preparado. Grahim estaba allí mismo, sentado en el aire. Sonreía, mirando hacia más allá de las dunas.
– Y si no fuera un moldora, sino algo más grande… ¿No te da miedo?
– Sea lo que sea, lo derrotaré, y después iré a por ti – Zelda se preguntó por qué el demonio no aprovechaba para atacar a Midla, o arrebatarle el báculo a Ander.
Grahim sonrió. Luego, estiró las piernas y regresó al suelo. No estaba armado, y algo en su actitud, relajada y tranquila, hizo desconfiar a Zelda:
– Os estaré esperando en la fuente – y entonces estiró la mano y chasqueó los dedos.
El moldora surgió de las arenas. Era un ser enorme, hecho de millones de escamas grises, grande y redondo. Tenía cinco ojos, dos a cada lado de la cabeza y uno en lo que sería la frente. Tenía cuerpo de pez, uno grande, de los que a veces llegaban varados en las arenas de las costas de Labrynnia. Era el único parecido, porque los moldoras tenían dientes, en una mandíbula fuerte que trituraba rocas y arena en apenas unos segundos. Zelda vio como el animal saltaba sobre ella, y abría la gran boca con la intención de tragarla. La eludió, moviéndose pegada a la roca. Scarlet también, y la yegua se bajó de la roca. Zelda soltó una maldición, y arrojó otra de las semillas ámbar al lado opuesto de la roca. El moldora se hundió en las arenas por esa zona, y vio su aleta surcar alrededor de ella. No tenía interés en atacar a la yegua. Ese moldora sabía de la existencia de Zelda. Merodeaba, de la misma forma que Zelda había visto que hacían los buitres, y los tiburones.
"Toma distancia. Mide a su rival, planea su siguiente movimiento".
Zelda tomó aire y lo soltó. La voz de Sir Bronder, cuando les explicó sus técnicas de combate, resonó en sus recuerdos. La chica pensó que, si ella fuera el moldora, intentaría derribarla de la plataforma. Fue por eso que se colocó en el centro, no sin antes golpear con sus botas bien la superficie. Los moldoras, según le explicaron las gerudos, siguen las vibraciones del suelo para atrapar a sus presas. Incluso en una piedra, podría sentirla encima. Por eso, Zelda, tras dar unos cuantos pisotones rabiosos marcando un círculo, se quedó quieta y esperó al movimiento del moldora. Ella también sentía el cuerpo del animal moverse. Apareció por su izquierda, y Zelda ya estaba rodando por el suelo, alejándose de los temibles dientes. Aprovechó el movimiento para asestar un tajo, poco profundo pero doloroso, en un costado del animal.
Repitió esto tres veces más, en una de ellas, el moldora logró agarrar un trozo de la capa gris, y llevárselo con ella. Zelda sintió que le sangraba el brazo, justo el que sostenía el escudo, pero no se detuvo. Debía cambiar la estrategia. Con las gerudos, habían arrinconado a el moldora entre varias rocas. Estando sola, y con el bote de semillas aún en el bolsillo, Zelda probó otra cosa.
El moldora también se estaba cansando, y por eso lanzó una ola de arena sobre ella, y Zelda no pudo esquivarla. Se vio arrastrada de repente hacia el exterior. Se agarró a tiempo, y pudo volver, sacudiendo la arena y caminando despacio. Las gerudos habían luchado usando flechas con un componente explosivo. Ella solo tenía las semillas ámbar. El moldora asomó el morro, y abrió la boca llena de dientes. Luego, retrocedió en las arenas. Iba a tratar de arrollarla con todo su cuerpo. Zelda lo esperaba, agazapada. Soltó el escudo. Necesitaba esa mano libre.
Cuando el moldora surgió en el aire, con la boca abierta tanto como podía, Zelda echó el brazo atrás, y, con toda la fuerza del triforce, lanzó el bote lleno de semillas de ámbar. Sin perder ni un segundo, saltó, girando sobre ella misma, hasta meterse ella misma en el interior. Antes de que el animal cerrara la mandíbula, golpeó con la espada el bote. Un fuerte resplandor ígneo estalló en el interior del moldora. Reventó en mil pedazos, derramando su carne por todo el desierto. Zelda aterrizó en la roca, miró para comprobar que Scarlet seguía allí, resoplando, subida a otra plataforma. La yegua era lo bastante lista para saber que debía mantenerse alejada durante la pelea, y ahora regresaba.
Con el resto que le quedaba de la capa, Zelda se arregló la herida del brazo. Tenía quemaduras en la mano, y también en el rostro, pero estaba bien. Entre los restos alrededor, había trozos de carne que se podían aprovechar, y también uno de los dientes. Lo guardó en la mochila a su espalda. Entonces se dio cuenta de dos cosas:
Grahim hacía un buen rato que había desaparecido.
Y que la había vuelto a despistar. En la dirección donde estaba el oasis, ahora había un muro de arena. Avanzaba hacia ella, y en apenas unos segundos, solo con el tiempo justo de subirse a Scarlet y empezar a cabalgar otra vez, se vio cegada por la arena, tanta que solo pudo aferrarse a las crines y dejarse llevar por la yegua.
La arena paró. Zelda se quitó de encima un montón que las había cubierto, agradeciendo una vez más lo que le quedaba de capa y la manta. Scarlet relinchó, resopló y le dio un golpe a Zelda en la espalda. Las dos estaban en la parte superior de un montón de rocas. La yegua estaba sentada, con la cabeza sobre Zelda, y la chica las había cubierto a las dos con una manta. Antes de que la tormenta las alcanzara, Zelda había improvisado una mascarilla con el pañuelo verde de la cabeza. Habían permanecido así, ocultas y tumbadas, hasta que el ruido del viento amainó.
– Lo siento, de verdad… Menuda tormenta de arena – Zelda se puso en pie. Mientras le caía encima la arena, habían pasado las horas, y estaba amaneciendo. Desde donde estaba, Zelda intentó buscar el oasis, pero solo veía un mar de dunas sin final –. Bronder estará contento. Espero que su experiencia en el desierto haya servido para ayudar a los príncipes. Con suerte, sin el moldora por aquí, el oasis habrá sido un buen refugio.
Zelda tomó la brújula. Recordó que la entrada desde el cañón Ikana estaba al sur, por lo que, si caminaba en esa dirección, tarde o temprano, encontraría la ruta hacia el oasis. Tenía un poco de agua, y también algo de carne y un par de manzanas. Una se la dio a Scarlet, pidiendo disculpas porque no tenía agua suficiente para las dos. Le limpió la arena de las pestañas. Subida a su lomo, tomó la decisión de regresar primero siguiendo la línea del horizonte, hacia el oeste, y luego dirigirse al sur.
Podría ir a la ciudadela de las gerudos. Era una chica, no tendría problemas, y parecía que en esta época las gerudos comerciaban con los extranjeros. Sin embargo, no podía marcharse sin más. No, sin saber qué había sido de los demás. Cabalgó, intentando otear el horizonte, pero el calor formaba ondas que movía el suelo y hacía que viera las cosas repetidas: dos horizontes, dos cielos, uno sobre otro, la misma nube con forma de deku baba repetida. Se consolaba pensando que era bueno que no estuvieran más adentro del desierto. No quería repetir la experiencia del desierto de las ilusiones. No había vuelto a pasar por allí desde que derrotó a las brujas Koume y Kotake.
Zelda recorrió un buen trecho, cabalgando, sin apenas encontrarse nada más vivo que una serpiente, que se escapó de la chica metiéndose en la arena. Cuando ya el sol estaba en lo más alto, se preocupó por Scarlet. La yegua había bebido antes de entrar en el desierto, y de eso hacía dos días. Los caballos podían aguantar más de cinco días, pero no sería fácil encontrar un oasis, sin saber la dirección exacta. Zelda acarició el lomo de Scarlet y volvió a mirar alrededor, en busca de alguna pista.
– Algo se nos ocurrirá. Las pelirrojas sabemos salir de estas situaciones, ¿verdad?
Entrecerró los ojos y miró al horizonte. Había algo ahí. Un bulto negro, a la sombra de una duna. Una vez se esforzó, vio varias cosas. El bulto tenía cabeza, brazos y piernas, y estaba moviéndose, intentando esquivar unas plantas rodadoras con mandíbulas. Zelda azuzó a Scarlet y la yegua echó mano de sus reservas de energía. Corrió hacia el bulto, Zelda desenvainó, se deslizó a un lado en la montura y, al llegar cerca, clavó la espada sin vacilar en una de las plantas. Luego, agitó la espada para lanzar el cuerpo ya muerto hacia otra. Entonces, la figura oscura que luchaba golpeó a una tercera, y Zelda miró a la persona.
Era Urbión. Nada más ver a Zelda, sonrió, y después cayó de rodillas. Zelda bajó de Scarlet y le ayudó, como pudo, a tenderse. El chico tenía el rostro lleno de arena, y parecía agotado. Zelda tomó la cantimplora y le ayudó a beber, con cuidado. Cuando Urbión pudo incorporarse sin ayuda, Zelda se apartó.
– ¿Sabes dónde están los demás? – preguntó.
Urbión asintió.
– Bronder nos hizo ir al oasis, y él trató de llegar a donde estabas tú, pero antes de eso, llegó la tormenta de arena. Raponas y yo le seguimos, los infantes y Ander se quedaron en el oasis – Urbión negó con la cabeza –. No sé qué pasó luego, la arena estaba en todas partes, no veía nada. Perdí el caballo, intenté no separarme de los demás, pero el viento era tan fuerte… Me metí debajo de planta que encontré, y traté de no respirar tanta arena. Luego, todo pasó. Pero eso no es lo peor
– Ah, ¿no? – Zelda pensó que si Raponas y Sir Bronder estaban en un lugar sin ningún resguardo, entonces era complicado que hubieran sobrevivido.
– Cuando la tormenta pasó, descubrí que estaba cerca del oasis. Me acerqué, para ver si los infantes estaban bien… y entonces vi a las gerudos. Iban vestidas de negro, tenían la carreta rodeada. Tenían a Ander y al infante atados, a Midla la rodeaban varias de ellas apuntando con las lanzas. Eran muchas, y yo no… Si hubiera estado Sir Bronder, algo podría hacer, pero…
– Se los han llevado a la fortaleza gerudo, entonces – Zelda suspiró –. Vamos, a rescatarlos.
Urbión miró, asustado, como Zelda se subía en Scarlet y le tendía la mano.
– ¿Qué dices? Es la fortaleza de las gerudos… Son sanguinarias, peligrosas, y no nos permitirán…
– Vamos, ¿no querías imitar al Héroe del Tiempo? Él entró en la fortaleza. Vamos a rescatar a los infantes, es lo mismo que también haría Sir Oso.
Con una especie de sonrisa, cansada pero también llena de esperanza, Urbión Dellas aceptó la mano de la chica que estaba tan loca que no se daba cuenta de que se iban a meter en uno de los lugares más peligrosos de la tierra.
Urbión le preguntó si estaba bien segura de lo que iban a hacer. Quizá las gerudos habían acabado con los infantes. Zelda negó con la cabeza, y al hacerlo, sus trenzas soltaron una nube de tierra.
– De haberlo querido, no se habrían molestado ni en atarlos. Con matarles en el oasis, les habría bastado. Midla es una princesa, no la tocarán. Lion, además de príncipe, es también un niño. Las gerudos son sanguinarias, pero no atacan a los niños. El problema es el mago. Si se ha mantenido quieto y como no lleva armas, a lo mejor le respetan, pero puede que le traten peor que al resto. Es un hombre – Zelda trataba de recordar todo lo que Nabooru le había contado sobre sus compatriotas. Recordó que las gerudos ejecutaban a los hombres que eran pillados en la fortaleza. Recordó una vez más la visita de Leclas. Para hablar con las futuras adoptantes, el sabio del bosque se instaló en una tienda en mitad del desierto. Se quejó de que parecía un vendedor de alfombras (usó más bien una expresión malsonante). Y entonces Leclas le hizo una pregunta a Zenara, y por unos segundos Zelda temió por la integridad de su amigo.
"¿Y cómo tenéis hijos, si no dejáis que los hombres entren? ¿Es que sois como los caracoles…?" Hacía poco que Leclas había empezado a estudiar con Saharasala. Puede que el sabio de la luz le hubiera enseñado algo de ciencia, además de aprender a leer y escribir, pero desde luego, no le había enseñado aún modales.
La voz de Zenara atravesó los recuerdos, y Zelda frenó a Scarlet.
– Estamos en otoño… ¿en qué mes? ¿Lo sabes?
– ¿Y tú no? – Urbión había rodeado la cintura de Zelda, y cuando le preguntó, lo hizo apoyando su barbilla en el hombro de la chica, más baja que él -. Estamos a punto de alcanzar el invierno, quince días del mes de diciembre.
"Hay que fastidiarse".
– Diciembre… – Zelda miró al cielo. Volvió a espolear a la yegua.
– ¿Ocurre algo? – preguntó Urbión.
– Es algo que he recordado. Las gerudos tienen un ritual anual, uno secreto, durante el mes de diciembre.
– Eso explica que no hayan acudido a Ikana cuando entró la horda, estaban ocupadas con ese asunto…
– No, Urbión. Las gerudos no dejan sus deberes por este tema. De todas formas, hasta que no lleguemos no lo sabremos con seguridad – Zelda pensó que quizá eso había salvado a Ander de morir en el oasis. Explicaba también que se lo hubieran llevado.
– Tienes calor, ¿no? Te estás poniendo muy roja – comentó Urbión. Zelda negó con la cabeza, y el chico añadió -. ¿Seguro? Tienes las orejas coloradas, te las veo.
– No, nada, nada… Vamos…
Era importante no estar en la ciudadela cuando fuera la siguiente luna llena.
Siguieron avanzando en silencio, hasta que, llegada la entrada de la noche, Zelda frenó a Scarlet. Había un pequeño oasis al frente. Al verlo, Zelda sonrió. Iban en la dirección correcta. En ese lugar, había una fuente. Urbión se espabiló, pues había dado una cabezada. Se apoyó en el hombro de Zelda, y esta tuvo el recuerdo de las veces que Link se había quedado sopa sobre ella, mientras cabalgaban juntos con Centella. Urbión, al contrario que su amigo, se incorporó rápido. Bajó el primero, casi de un salto, y luego alargó las manos para ayudar a Zelda.
– No es necesario, eh – Zelda bajó sola. Al ver que el chico le miraba con cara dolida, le dijo –. Oye, ¿te ocupas de ayudar a Scarlet a beber algo de agua? Voy a ver si encuentro con qué encender un fuego.
– ¿Es buena idea? Las gerudos pueden aparecer…
Zelda dijo que sí, aunque lo hizo con duda. En realidad, buscaba una excusa para alejarse de Urbión, el tiempo suficiente para dejar de sentir las mejillas ardiendo. Había algunos matojos, y piedras. Hizo una pequeña fogata, y usó para ello la última de sus semillas misteriosas. Había usado todas las que tenía en atraer el moldora hasta ella. Usó la que tenía, junto con una de luz, para hacer el mismo truco que usó con la princesa. Aun así, el fuego era escaso. La temperatura estaba bajando, y Zelda había perdido parte de la capa gris en la lucha contra el moldora. Tenía un poco que le cubría los hombros, y a capucha. Tenían su manta, pero solo una.
Urbión improvisó, de la mejor manera posible, una especie de tienda con los restos de madera y una cuerda que llevaba en su mochila. No tenía mucho más: el resto de sus cosas iban en el caballo. Zelda le dio un trozo de carne seca, y ella comió el otro trozo.
– Mañana, habrá que cazar. A ver si tenemos un poco de suerte… – Zelda recordó la serpiente que vio. Debió pillarla, en lugar de pasarla.
– ¿A cuánto estamos de la ciudadela? ¿Queda mucho? – Urbión se frotó los brazos. Tenía frío, pero al igual que el Urbión del bosque, fingía que no lo sentía. Zelda se sentó a su lado y le puso la manta sobre los hombros.
– A un día, con más suerte aún.
– ¿Cómo estás tan segura?
No podía decirle que era porque había recorrido este camino unas tres veces desde que fue nombrada primer caballero. Y que Nabooru le había explicado cómo localizar los oasis, la dirección exacta en la que debía viajar para llegar a la ciudadela y otros consejos prácticos.
– Estudié bien el mapa que nos enseñó Ander, con una copia: la ciudadela está a tres días de camino a caballo desde el oasis de los shioks. Si mañana no vemos la ciudadela, estaremos oficialmente perdidos – Zelda masticó el trozo de carne. Se preguntó dónde estaría Sir Bronder, y Raponas. ¿Habrían sobrevivido? ¿Estarían juntos, como ellos?
– Hace mucho frío, y eso que en Ordon nevaba… – Urbión le echó parte de la manta sobre los hombros, seguido de su propio brazo –. ¿Tú no tienes frío? ¿Estás bien?
– No es necesario, tengo esta túnica y la capa. Abrígate tú… – Zelda trató de quitarse de encima el brazo del chico, pero Urbión insistió:
– Lo dices mucho, que no es necesario, pero estás temblando. Te prometo que seré un caballero.
Zelda casi se atraganta con la carne.
– ¿Pero en qué estás pensando? – luego se echó a reír –. Y el congelado eres tú. Si te hace ilusión, compartamos la manta. Termina la cena, vamos a dormir solo unas horas. Saldremos antes del amanecer.
Se hizo un hueco, cerca de la hoguera, y se tumbó de lado. Era inevitable recordar que Urbión a veces dormía con ella, cuando hacía mucho frío en el templo y había niños enfermos que cuidar. Los dos se quedaban hasta tarde, vigilando, dando remedios, o simplemente tranquilizando a los pobres niños. En más de una ocasión, Zelda se quedaba dormida y se apoyaba en Urbión, y él la tapaba con la manta y se quedaba a su lado, también durmiendo.
Este Urbión casi olía igual. Su cuerpo era parecido, y le transmitía la misma calidez. Se tumbaron uno junto a otro, y, aunque al principio estaba dándose la espalda, al final el chico se giró y le puso un brazo encima. Para entonces, Zelda había logrado medio dormitar, pero algo resonaba en su cabeza, como un mal recuerdo, y no podía relajarse. Esa noche, se le hizo larga, y agradeció por fin que llegaran los primeros rayos del sol. Se levantó, espabiló a Urbión y recogió la manta. Hacía frío, pero cada vez menos. El chico sí había dormido, y parecía relajado. Los dos montaron sobre Scarlet. La yegua estaba descansada, había bebido y comido algunas hierbas. Zelda y Urbión rellenaron los botes y cantimploras.
Fue al mediodía cuando por fin los dos vislumbraron, a lo lejos, la forma de la ciudadela de las gerudos. Zelda se desvió del camino, para buscar refugio en una construcción cercana. Había una fuente, y algunas columnas.
– Vamos a dejar a Scarlet aquí – anunció a Urbión.
– De acuerdo, pero ¿tienes algún plan para entrar en la ciudadela? ¿Cómo lo vamos a hacer?
En sus tiempos, Zelda podía llegar a la ciudadela sin problemas, y cruzar las puertas sin necesidad ni de hablar con las guardias. Sin embargo, en este tiempo, y con la compañía de Urbión, no era buena idea. Quizá podría hacer lo mismo que hizo cuando atravesó la ciudadela la primera vez: esperar a la noche, ocultarse en las sombras y cruzarla por los tejados. Tenía que recordar que entonces Nabooru la pilló.
– Iré yo primero. Será más fácil si me pillan que no me hagan nada. Tu ve detrás. Si me capturan, no lo dudes y escóndete. Así tendremos una segunda oportunidad – Zelda tomó barro, de la orilla del estanque, y se echó encima del cabello. Las criadas en Hatelia habían intentado, en más de una ocasión, de oscurecer su cabellera roja, pero si le hubieran dicho que tenía que pasar inadvertida, lo habrían logrado. Zelda se manchó de barro también el rostro, y Urbión la imitó, aunque estaba muy moreno y no lo necesitaba realmente.
Esperaron con paciencia hasta la noche. Luego, caminaron hasta un murete. Urbión ató una piedra a la soga y lo usó para lanzarlo por encima de la muralla. No llegó al final, pero la piedra se enganchó en un saliente, de donde salía una cascada de agua. Bien afianzada la cuerda, Zelda subió la primera. Una vez arriba, pudo seguir escalando, usando algunos resquicios, hasta llegar al final de la muralla. Escuchó con atención: la guardia que estaba haciendo la ronda había pasado. Zelda se impulsó, hizo un gesto a Urbión para que se diera prisa. Saltaron por encima de las murallas al tejado más cercano, y allí se ocultaron de las guardias tras una chimenea.
Cruzaron las terrazas, a oscuras. En algunas había ropa tendida, estirada. Zelda y Urbión pasaron por debajo de las sábanas, y entonces vieron una especie de caseta, con la puerta entreabierta. Zelda se asomó, y le dijo a Urbión que podía entrar. Era una especie de palomar, pero vacío.
– Espera aquí, he tenido una idea – le susurró. Urbión la obedeció, agachado, mientras miraba por la rendija de la puerta como la chica tomaba ropa de las cuerdas. Regresó con ellas.
– Toma, unos bombachos, esta camisa y esto… – y le tendió un trozo de tela con un lazo.
– ¿Para qué?
– Vamos a disfrazarnos de gerudos – Zelda se dio la vuelta –. Necesitamos saber dónde tienen a Midla, Lion y Ander, y debemos darnos prisa.
– Pero no podemos parecer gerudos, no hablamos su idioma, y somos…
– Se trata solo de poder acercarnos, escuchar algo, y ver dónde están. Al menos, no llamaremos tanto la atención, hazme caso. Y date la vuelta.
Zelda también lo hizo. En el estrecho espacio del palomar, los dos chicos se desvistieron sin mirarse. Zelda terminó antes, porque ya había vestido aquellas prendas antes. Se abrochó el chaleco, sin mangas y que enseñaba el ombligo, y se iba a colocar un velo en el rostro, cuando se giró para ver cómo iba Urbión. Se había puesto los bombachos, pero parecía tener problemas con la blusa. Desde donde estaba, Zelda observó la ancha espalda morena del chico. Tenía un fino vello negro que le recorría el cuerpo.
– ¿Te ayudo? – preguntó. Urbión reconoció que sí, que andaba perdido, y entonces Zelda le cogió la túnica, le dio la vuelta, y desanudó los botones. Hizo una broma, sobre si es que jamás había usado camisa, y entonces el chico admitió que no usaba botones desde que era niño.
– Los soldados llevan túnicas enteras, para no perder tiempo con botones y ojales – Urbión pasó los brazos por las mangas, y Zelda le abrochó bien. Menos mal que las gerudos eran mujeres de anchas espaldas y hombros, porque si no, Urbión habría tenido problemas para pasar sus brazos –. ¿Tengo que llevar esto en la cara? Es muy feo e incómodo.
– Es lo que hacen las mujeres adultas gerudos. Solo los niños pueden ir con la cara descubierta, y ni tú ni yo... Creo que para ellas somos ya adultos. Con 14 años asumen obligaciones en la guardia, y yo tengo 15 y tú 18…
– No – Urbión dejó que Zelda le colocara el velo –. Tengo 16. Soy novato, no guardia real.
Menos mal que Zelda ya se había puesto su velo, porque temía que le viera el rostro. Estaba aún más colorada que en el desierto. Entonces, para su vergüenza, cogió la camisa que Urbión había estado usando hasta ese momento, la enrolló como si fuera un rulo, y le hizo un nudo. Le pidió que se acercara un momento, y embutió la prenda justo a la altura del pecho. Bajo sus manos, sintió la piel y el vello moreno que ya había entrevisto. También tocó un objeto: era un medallón, con un grabado de una espada desenvainada. A la escasa luz del palomar, Zelda no pudo ver más. Urbión hizo un gesto de incómodidad, y Zelda se apartó.
– No se van a creer que eres una mujer de 16, sin nada en absoluto de pecho. Con esto…
– Sí, ya… Ya… – Urbión también estaba colorado. Se colocó bien el falso pecho. La camisa le estaba lo bastante justa para mantenerlo en su sitio, pero para asegurarla, desabrochó los últimos tres botones y se hizo un nudo con los faldones, justo encima del ombligo.
Zelda anunció que ya estaban listos los dos, y entonces Urbión la miró:
– De acuerdo. Espero que los infantes estén bien… y que nadie me vea con esta pinta – Urbión sonrió –. A ti, en cambio, esa blusa...
– Sí, lo sé. Se me ven las pecas de los hombros – Zelda dobló sus cosas, las metió en la mochila. Pesaba el doble, pero no quiso dejarlas ahí. Urbión dejó su cota de mallas y la armadura de soldado en la terraza, y Zelda solo pudo meter en su mochila los pantalones del muchacho. Al menos podían conservar sus armas. No era raro que las gerudos usaran armas de otras partes del mundo.
Una vez vestidos a la manera de las mujeres del desierto, bajaron por las escaleras del edificio. Era noche cerrada, no había mucha actividad, pero sí alguna. Encontraron una taberna abierta, y Zelda y Urbión se acercaron a las ventanas, sin llegar a entrar. Algunas gerudos conversaban, en su idioma. Zelda escuchó, atenta, aunque Urbión le dijo que no iban a entender nada.
– Han dicho algo de unos prisioneros… Deben de tenerlos en las mazmorras del este del palacio. Vamos a localizarlo.
– ¿Sabes su idioma? – preguntó Urbión.
– Algunas palabras – Zelda dudó y empezó a decir la mentira que tantas veces había dicho, pero Urbión la interrumpió:
– ¿Tu amigo el bibliotecario? Vaya, sí que te ha enseñado muchas cosas ¿no?
Zelda negó. No podía seguir así, mintiendo sobre el pobre Link.
– No. Conocí a unos tipos que viajaban mucho y ellos me hablaron de las gerudos y el desierto. Por eso sé tanto.
– Es un alivio pensar que si tú, que solo has escuchado algunos consejos, has sobrevivido al desierto, Sir Bronder estará bien.
"Lo dudo. No sabía el rastro que dejaba un moldora, pero vamos a confiar, aunque tampoco lo echo de menos" pensó Zelda, mirando como Urbión se adelantaba en la calleja para mirar alrededor. "Esta compañía la disfruto más".
Lo bueno de la ciudadela de las gerudos es que estaba construida en una forma cuadrada. Todas las calles eran líneas rectas, donde resultaba fácil ver si venían muchas guardias de golpe. Los disfraces cumplieron su cometido. Avanzaron en la noche, tropezando con alguna gerudo que ni se cuestionaba qué hacían por allí. Tras dar un poco de vueltas, encontraron el palacio. Zelda sabía muy bien donde estaba, pero quería primero examinar otras vías de entrada que no fuera la puerta principal. No iban a tener suerte: había demasiadas guardias, y, además, todas las puertas y ventanas estaban bien vigiladas.
Urbión propuso volver a las terrazas, donde quizá, al estar más alto, podrían ver mejor la zona y tener alguna idea de dónde estaban los prisioneros.
En la primera terraza, estaban demasiado lejos. Buscaron otra más cercana, moviéndose entre los tejados con cuidado. Si uno de los dos se tropezaba o se quedaba atrás, el otro le esperaba o le ayudaba. Unas veces fue Urbión, otras Zelda. Con cuidado, consiguieron por fin una panorámica de la zona.
– Ahí, ¿ves ese agujero de ahí? Eso es una prisión – le dijo Zelda –. Seguro que tienen a Ander ahí abajo.
– ¿Y los infantes?
– Si quieren tratarles con respeto, los tendrán en alguna habitación… Quizá esa – Zelda señaló a un torreón, cuadrado, que tenía una gran puerta. Había tres guardias allí apostadas –. Demasiada vigilancia.
– Vamos primero a por ellos.
– Ander nos puede ser de ayuda, con sus hechizos – respondió Zelda. Urbión negó con la cabeza.
– La vida de los infantes va antes que la del mago. O que la nuestra. Vamos a salvarles a ellos primero.
Zelda no quería discutir. No era el momento, porque ya estaban arriesgando mucho, pero no podía dar su brazo a torcer. De acuerdo, el mago no era importante, pero en el pasado le había ayudado, no pensaba abandonarlo a su suerte. Estuvo a punto de decir que Midla querría que lo ayudasen, pero se contuvo.
De todas formas, no llegó a formar ni la posible frase para convencer a Urbión. Un rayo, caído de algún lugar sobre sus cabezas, impactó entre los dos. Urbión y Zelda se echaron atrás. Zelda sacó la espada, y se colocó el escudo, sabiendo que estaba roto y que no le ayudaría mucho.
– Pero ¿qué? – susurró Urbión.
Zelda le gritó que huyera, y se colocó entre él y quien avanzaba por los tejados, lanzado más de esos rayos. Uno impactó por encima de su cabeza, y ella logró esquivarlo a tiempo. Urbión quiso llevarse con él a Zelda, hasta le sujetó el brazo, pero la chica le repitió que recordara el plan y que no se hiciera el valiente.
Quien se acercaba usaba el poder que tenía Zenara. La hermana de Nabooru y reina actual de las gerudos había heredado el golpe del rayo, un poder que se transmitía entre algunas gerudos. Zenara lo usaba solo cuando era necesario, es decir, en muy pocas ocasiones, porque la dejaba agotada. Según ella, el poder se había debilitado con los años, y ahora solo ella lo tenía, y era poco efectivo. En esta época, sin embargo, parecía que sí había más guerreras con el rayo. Al menos, una muy poderosa. Apareció de repente, casi de un salto. Atacó de frente, una vez estuvo cerca de Zelda. Lo hizo con un sable curvado, dirigido directamente a cortarle el cuello. Zelda lo detuvo con el filo de su espada dorada, y lo desvió. Urbión atacó. Usó para ello la misma agilidad y fuerza que demostró en el combate con Sir Bronder. Sin embargo, la gerudo, solo un poco más alta que el chico, no tuvo problemas para detener los ataques de Urbión y los de Zelda. Vestía de rojo, con una blusa blanca que dejaba al aire el ombligo, cubierto con un peto ajustado de metal. Zelda no recordaba haber visto un uniforme así, desconocía su rango. Lo único seguro es que su velo tenía el símbolo de la familia de la matriarca, la líder, el alto cargo entre las gerudos hasta Zenara y Nabooru.
Zelda gritó a Urbión que escapara, pero era demasiado tarde. El combate se alargaba, demasiado. Ni el chico ni ella lograban acertar en sus ataques, lo único que habían conseguido es que la misteriosa gerudo atacara solo con los sables, sin volver a usar el rayo porque, cuando necesitaba concentración, Urbión o Zelda se acercaban y atacaban, y la desconcentraban. Zelda sospechaba que el ruido pronto atraería a las guardias, y así sucedió. De repente, tenían a cinco gerudos alrededor, apuntando con lanzas y sables.
– Se acabó, intrusos. Soltad las armas, ahora – ordenó la gerudo de la ropa dorada. Tenía una voz melodiosa, con un acento suave.
– ¡Ni hablar! – Zelda contraatacó, esquivó y luchó, sin dejar de golpear con la parte plana de la espada. En su cabeza, escuchaba a Sir Bronder diciendo de nuevo que no tomaba la mejor decisión, no evaluaba bien el entorno, no se protegía. Esto último, sobre todo, regresó a ella, cuando por fin la gerudo que tenía el poder del rayo chasqueó sus dedos, e hizo que un relámpago impactara en el hombro de Zelda. La corriente eléctrica la atravesó, y cayó de rodillas. Soltó la espada, y una gerudo la alejó de una patada. Le sujetaron el brazo, y la obligaron a dejar el escudo, aunque ella siguió lanzando puños y putadas. Detrás, las gerudos ya habían inmovilizado a Urbión con cuerdas.
Arrastraron a Zelda y al chico hasta el palacio, atravesaron varias salas y de repente, los soltaron en un frío suelo. Estaban en el patio donde se encontraba el agujero. Zelda se retorció y usó todo su repertorio de insultos, diciendo que como tiraran a Urbión a ese agujero iban a ir ellas después. Urbión trataba de zafarse, pero le resultaba imposible moverse con las cuerdas apretadas. Zelda vio impotente como le lanzaban al interior del agujero.
- ¡Te sacaré de aquí, no te preocupes! – le dio tiempo a gritar Zelda, antes de que un golpe la dejara fuera de combate unos minutos. Mientras, a ella le quitaron la mochila, que se quedó una de las gerudos, igual que hicieron con sus pertenencias. Las escuchó hablar en su idioma, y luego, todas la miraron.
– ¡Exijo hablar con la matriarca! – gritó Zelda, en el idioma de las gerudos.
– Tú, pequeña extranjera, no estás en condiciones de exigir nada – dijo la gerudo del rayo. Fue hasta Zelda, que tenía que ser sujetada por cuatro gerudos. Le arrancó el velo de la cara, y luego la observó. La gerudo también se había quitado el suyo, y su rostro era familiar. Era un poco parecida a Zenara, con un gesto extraño en los labios, pero también los ojos eran los de Nabooru. De hecho, la vio mirarla con la misma extrañeza que tuvo la chica cuando la conoció. Y entonces Zelda lo comprendió. Nabooru siempre le había dicho que su madre tenía el doble don. El rayo y el aura.
– Um… Sí que eres… curiosa. Llevadla al salón con el invitado – ordenó, mientras volvía a colocarse el velo.
De nuevo, se vio arrastrada por el palacio de las gerudos. La soltaron, y Zelda se puso en pie de inmediato, lista para pelear, aunque el hombro quemado y los brazos le dolían.
Estaba en una gran sala, con ventanales cubiertos con una celosía de madera. El suelo tenía una alfombra suave y cálida, y en las paredes estaban los dibujos que contaban la historia de las gerudos. Era el salón donde Zelda había pasado algunas horas con Nabooru, mientras la muchacha le mostraba la historia de su pueblo. Había un plano de Hyrule en la pared, un gran cuadro que usaban para planificar los viajes. Tiempo atrás, por la claraboya del techo, Zelda fue testigo de la pelea entre Zenara y Nabooru. Vio venir un corpachón por el rabillo del ojo, y se puso en guardia, dispuesta a lanzarse a puños.
Era Sir Bronder. Desde luego, para llevar perdido en el desierto varios días, estaba bien sano y limpio. No tenía su piel de oso, pero llevaba su armadura bien pulida. El caballero se echó a reír, al verla.
– La pelirroja y el chaval son de mi grupo. Esperaba que fueran listos y se quedaran en el oasis… pero veo que les he sobrevalorado – dijo, a alguien que estaba en las sombras. Zelda miró al otro lado y se encontró con la misma gerudo que antes, la que se parecía a Zenara y Nabooru. "Ella es la matriarca… La madre… ¿Qué edad tiene? ¿Cómo se llamaba?"
– Ya no será necesario seguir buscando por el desierto, entonces – dijo la mujer. Miró de reojo al caballero, y luego concentró su vista en Zelda –. Urbosa. Me llamo Urbosa, y sí, soy la matriarca.
– Ha arrojado a Urbión a la fosa de los prisioneros – dijo Zelda, y luego preguntó -: ¿Dónde están Midla, y Lion? ¿Y Ander, Raponas? ¿También están ahí abajo?
– Están bien. Los infantes están refugiados en la torre del homenaje. El hechicero está en una sala atendido por una médico. La herida de la pierna empeoró por la arena, pero se pondrá bien. Raponas llegó conmigo a la ciudadela, y estará ahora mismo ayudando a Urbión – Sir Bronder miró a Zelda -. Pelirroja, tienes muy mal aspecto. Ya hablaremos de esto cuando estés más descansada.
– ¡No! Hay que sacarles de ahí, ahora mismo… ¿Por qué estás tú aquí, tan pancho? No es normal, yo… – Zelda miró alrededor, dispuesta a pelearse con el caballero y con Urbosa, si era necesario.
– Tenías razón, Osiel. Es dura de pelar, como una de nosotras – Urbosa dio un paso hacia Zelda. Era alta, y joven. Zelda trataba de recordar todo lo que le habían dicho de ella sus hijas. Falleció a manos de Frod Nonag y sus esbirros, en una emboscada. Había sido una gerudo que creía en el poder de la paz, y había tratado desde siempre de mantener buena relación con el reino de Hyrule.
Urbosa se detuvo frente a Zelda. Volvió a examinarla, y luego, le tendió su mochila, con sus cosas, aunque no le devolvió la espada.
– Al menos, estáis bien – el caballero entonces miró a Zelda –. ¿Y el bicho ese, contra el que luchaste?
– Un moldora. Destruido – Zelda abrió la mochila. Todo estaba, hasta las semillas.
– ¿Vosotros dos solos habéis luchado contra un moldora? Sois muy valientes… – dijo la mujer gerudo.
– No, Urbosa – respondió Bronder–. Solo fue Zelda, quien derrotó a esa cosa. Nosotros nos perdimos con la tormenta y no llegamos a ayudarla.
– Eso no es posible – dijo Urbosa, mirando otra vez a Zelda –. Una persona sola, incluso si es la más experimentada de las gerudos, no sería capaz de derrotar a un moldora. Mucho menos una joven shaik como esta de aquí.
– Pues fui yo – Zelda abrió la mochila y extrajo el diente de moldora. Lo dejó en el suelo, frente a la matriarca. Esta lo miró, con los ojos entrecerrados, y volvió a dirigirse a Zelda.
– Mis disculpas, joven guerrera. Sí, debe ser verdad, entonces.
– Creí que los hombres no podían entrar en la ciudadela… – dijo Zelda, dirigiéndose al caballero. Este se cruzó de brazos, pero fue la mujer quién respondió:
– Y no pueden, solo si son nuestros prisioneros – la mujer miró de nuevo a Bronder –. Estábamos hablando, Sir Bronder y yo, sobre la situación de la fuente de Nayen, y estábamos llegando a un acuerdo. Pero es muy tarde ya, y tienes mal aspecto. El desierto es duro. Te llevarán a un lugar donde descansar, y mañana seguiremos esta conversación…
– No, matriarca – Zelda dio un pisotón fuerte para hacerse oír –. Hemos perdido mucho tiempo en llegar aquí, y queremos salir cuanto antes. Debemos poner rumbo a la fuente, y para eso debemos ir todos juntos.
– Y se hará, polvorilla – Bronder le puso la mano en el hombro. Lo hizo a propósito, estaba segura, porque fue justo donde le había alcanzado el rayo, y la piel estaba quemada en esa zona. Dio un grito y estuvo a punto de caer desplomada, pero aguantó, rechinando los dientes –. Pero debemos parar. Orden de la matriarca. Obedece.
