Capítulo 13 La fuente de Nayen
Sí que estaba cansada. La noche anterior, en el campamento improvisado, Zelda apenas había logrado dormir. Después, con toda la carrera por la ciudad y la lucha, no había sido consciente de lo mucho que le dolían no solo las heridas, sino también los músculos. La llevaron hasta una pequeña habitación, cuadrada con un único ventanuco, cubierto de listones de madera, sin adornos superfluos. Paredes de adobe que protegían del calor, agua que entraba por una fuente, hasta una especie de pileta, y un simple jergón. Ni un adorno, ni un dibujo en las paredes. Zelda había dormido en lugares así cuando se quedaba en el palacio de las gerudos, era lo que ellas consideraban un cuarto para huéspedes formales. La torre del homenaje era el lugar donde dormía la matriarca y su familia, un poco más lujoso solo.
Zelda consideró escapar, pero comprendió que no podría en las condiciones en las que estaba. Se quitó las ropas de gerudo y se lavó con el agua de la pileta, hasta quitarse de encima toda la arena y el barro que se había echado encima. Una gerudo entró y le dejó una bandeja con vendas y frascos varios, junto con un trozo de carne. Sin hablar, solo le hizo un gesto para señalar el hombro y el brazo, y se marchó. Con la piel y el cabello aún mojados, se curó las heridas como buenamente pudo, se envolvió en la colcha de algodón y se tumbó en el jergón de plumas que estaba en el suelo. Durmió, de un tirón, al menos unas cuantas horas, hasta que el impertinente sol se coló por el ventanuco y le dio de lleno en los ojos.
Al despertar, apenas recordaba qué hacía allí. Había tenido de nuevo el sueño del orco dorado, pero algo pasaba en el sueño, algo más largo y complicado, como que de repente estaba Saharasala, hablando con Link. El rey parecía preocupado, miraba a Saharasala con sorpresa y con miedo. Luego, el orco aparecía, pero ahora quién luchaba contra él no era Zelda sino Urbión Dellas, con su uniforme de soldado. Caían flores del cielo, de color rojo, que quemaban al tocarlas. Le rozaban los hombros, y el dolor regresaba.
Por eso, cuando se incorporó, lo hizo apoyándose en el hombro sano. Mientras había estado durmiendo, alguien había entrado. Vio que le habían dejado más ropas de gerudo, y se habían llevado las que robó. Dudó si ponerse la túnica verde otra vez. Al final, por ser más prácticas para el desierto, Zelda aceptó los bombachos y camiseta corta de color azul y dorado. Le estaban algo grandes, pero lo arregló haciendo un nudo y enrollando un trozo de pañuelo como cinturón. Esto le hizo recordar a cómo Urbión se había arreglado la camisa para sujetarse el falso pecho. "Tendré que decirle a la matriarca dónde robé las ropas, y que allí están las cosas de Urbión. También que Scarlet está en el oasis de las ruinas cerca de las murallas. Espero que entienda que lo hice por necesidad, y que me dejen compensar a las personas que robamos".
Al intentar salir de la habitación, se llevó una desagradable sorpresa: estaba cerrada con llave.
– ¡Eh! – golpeó la madera -. ¿Hay alguien ahí?
Tras unos minutos golpeando y llamando, Zelda no recibió ninguna respuesta. Era obvio que la matriarca había decidido que era mejor tenerla bajo vigilancia. "Midla y Lion estarán igual, y Urbión, Raponas y Ander… En cambio, Bronder está tan tranquilo, ahí, sentado con la matriarca. Menudo primer caballero sinvergüenza…"
Pensaba en la suerte del muchacho. Y también estaba preocupada por Midla, que era tan poca cosa y algo chiquilla a pesar de ser mayor que la propia Zelda, y también en Lion. No, debía saber cómo estaban, y verlos cuanto antes. Si ya conseguía sacarles de la fortaleza, entonces mejor que mejor.
En la habitación, había solo dos entradas: la puerta, que tenía una tranca gruesa que resistió toda la fuerza que tenía, con el hombro sano, y la ventana, con una celosía de madera. Zelda revisó bien la celosía, y recordó que le habían devuelto la mochila. En ella, tenía el frasco de semillas de ámbar. Aún le quedaban unas cuantas. Usó una para quemar la madera, y, en cuanto vio que el fuego deshacía la celosía, Zelda trepó a la ventana y salió por allí. Sí que había engordado algo en su estancia en Hatelia, le costó sacar las caderas. Aun así, el desierto había sido cruel con ella, y se notaba porque apenas tenía fuerza en el brazo herido por el moldora. Tenía hambre, solo había bebido del caño un poco. También tenía ganas de ir al aseo.
Una vez libre de la habitación, al otro lado, había un patio interior con palmeras. Zelda usó una para bajar pegada a la pared. Después, se agachó y caminó con cuidado, tratando de guiarse. Sabía que la torre del homenaje estaba subiendo unas largas escaleras, sin más entrada y salida que esas. Si ponía un pie, cualquiera de las guardias que caminaban por las murallas de la ciudadela podría verlas. "Me han dado ropas de invitada, de colores de invitada, pero las guardias van vestidas de negro. Si me ven, sabrán que soy extranjera y me devolverán a la habitación".
Zelda meditaba sobre cómo llegar, cuando de repente sintió una mano en el hombro herido. Dio un grito y trató de girarse, pero quien la había sujetado solo aflojó un poco el gesto. Se trataba de la misma matriarca, Urbosa. Zelda la miró, tratando de compensar que le sacaba dos cabezas irguiéndose ella todo lo posible, aunque el dolor la había dejado doblada.
– Ven conmigo.
– No… ¡Quiero ver a los infantes! – exigió Zelda. Sabía que estaba siendo muy irrespetuosa con la matriarca, pero estaba harta de ser tratada como una idiota.
– Y lo harás, pero ahora no. Tendrás hambre, y quiero tener una pequeña conversación contigo, chica de otra época – y Urbosa sonrió, igual que hacía Nabooru.
Zelda no replicó. Además de Imya, la sacerdotisa de la fuente, nadie más había dicho que ella viniera de otro tiempo. Caminó tras Urbosa, atravesando el jardín y llegando a una cocina. Allí, la matriarca ordenó que le pusieran comida a Zelda: melón cortado en dados, sandía fresca, un fruto lleno de pinchos, cuyo interior era dulce y suave. Zelda se acercó, sabiendo que las gerudos podían envenenarla, pero también que nunca lo harían bajo el techo de la misma matriarca.
– Come – ordenó la matriarca.
– ¿Los prisioneros que están en el hoyo, también tienen comida? – preguntó Zelda.
– Sí, claro. Sabes muy bien que, a pesar de las precauciones que tomamos, durante el mes de la herencia les cuidamos a cuerpo de rey. Es la mejor época para acabar prisionero de las gerudos – Urbosa se sentó frente a Zelda. Las otras gerudos que andaban por allí, cocineras y sirvientas, hicieron una reverencia y se marcharon, no sin antes acercar a Zelda una taza con té.
Urbosa hablaba en el mismo idioma que Zelda, aunque a veces usaba el de las gerudos.
– Osiel y tú sois los únicos extranjeros que conocen nuestro idioma – dijo la matriarca. Lo dijo como diciendo una afirmación, sin preguntar nada a Zelda. Esta asintió, mientras mordía la sandía. No le encantaba la fruta, la comía por obligación y por ser lo más fácil de llevar encima, pero lo cierto es que las frutas del desierto eran sus favoritas. Cuando vio por el rabillo que el té era de moras, se lo bebió de un trago, aunque quemaba.
– ¿Osiel?
– El nombre de Sir Bronder. Osiel Bronder. Es un viejo amigo de las gerudos, desde que fue nombrado primer caballero – Urbosa volvió a sonreír -. ¿Cuál de mis hijas te enseñó a hablar mi idioma y todo sobre nuestras costumbres?
Zelda escupió las pipas de sandía, sin dejar de observar a Urbosa.
– Nabooru – dijo.
¿Debía decir el nombre de sus futuras hijas? Zelda recordaba a Imya, amenazándola, pero no le dijo nada de lo que debía hacer si se encontraba a alguien con el don de Nabooru IV. La visión del aura no era gran cosa para una joven gerudo que aún estaba aprendiendo, y que Nabooru IV usaba para conocer los estados de ánimo de las personas y saber cómo actuar con ellos. Su madre, en cambio, tenía experiencia.
– Ah, sí… Buen nombre, sí señora – la líder sonrió – Zenara es la mayor, ¿verdad?
– Fue ella quién nos habló del mes de la herencia – dijo Zelda.
– ¿Nos?
– A mí y a un amigo, que vino por una misión encargada por el rey de Hyrule – Zelda no sabía si estaba diciendo mucho o poco.
Sí que fue Zenara quien respondió a Leclas con respecto a sus preguntas sobre los caracoles. Una vez al año, las gerudos capturaban a hombres por el desierto. Intentaban siempre que fueran chicos jóvenes, sanos y fuertes. Los encerraban en el hoyo en el suelo, que daba a unas dependencias donde tenían agua, comida y lujos en abundancia. Se les daba un buen baño, se les curaban las heridas, y, cuando llegaba la luna carmesí del mes de diciembre, se les dejaba participar en el ritual de la herencia. En él, las gerudos en edad fértil (esa fue la expresión que usó Zenara), tras una ceremonia, escogían entre los prisioneros para tener una única noche juntos. Nueve meses después, la mayoría de ellas daban a luz a una nueva generación de gerudos. Todas niñas. Podía pasar que se hiciera una herencia de excepción, si durante el mes de diciembre no encontraban suficientes hombres o no había suficientes embarazos. Entonces, podían hacer el ritual en los meses de Marzo o Enero. El resultado debía ser que, al final, nacieran muchas nuevas gerudos, las suficientes para evitar que la raza desapareciera.
Leclas, al escuchar esto, soltó:
– Entonces tendré que volver en diciembre – y se llevó por esto un capón por parte de Nabooru.
Urbosa, en un tiempo anterior, sonrió y dijo:
– Mis hijas… Las conoces a las dos, pero no a mí. Entonces la Saga del Fuego acertó en sus predicciones.
– No puedo hablar más, Urbosa, lo siento. Si te digo…
– Conozco los caminos del tiempo, solo puedo recorrerlos sin hacer preguntas. Hace años, la Saga del Fuego me vaticinó esta y otras cosas. Hay un motivo por el que no nos conocemos en tu tiempo, Zelda heroína de Hyrule. Ayer, cuando me mostraste el diente de moldora, recordé las profecías sobre ti. Habéis venido en el mejor momento: necesitamos de la ayuda del triforce, de la pieza que llevas encima, pero esta conversación era mejor tenerla a solas. Osiel no debe de saber nada, supongo.
– Supones bien – Zelda tomó un puñado de cerezas encurtidas. No tenían hueso, lo que facilitaba un poco más masticarlas – ¿Por qué él no está en el agujero?
– Es un tema personal nuestro. Digamos que Bronder es prisionero, como tú, pero tenéis otra consideración. Te diré, en cambio, que la fuente de Nayen que buscáis está corrompida. Hace un mes, más o menos, apareció una criatura temible, y mata a todo aquel que se acerca. He enviado a algunas valientes gerudos, y muchas no han regresado, y las que lo hacen tienen heridas terribles y cuentan que la criatura es fuerte y poderosa. Quise ir yo misma, pero entonces aparecisteis vosotros. Es una señal: Bronder y tú debéis acabar con esa criatura. Es un trato justo: hacedlo, salvad la fuente y realizar vuestro rito, y nosotros os permitiremos regresar.
– ¿A todos? ¿Sin que tengan que participar en el ritual? – Zelda tragó la cereza, que se había quedado atascada en la garganta.
– Si os dais prisa, y volvéis antes de la luna carmesí, entonces… sí. Si tardáis mucho, entonces no podré hacer nada, los que están en el hoyo tendrán que participar.
– Bronder te habrá explicado que debemos ir con la princesa Midla, que ella…
– Sí, era lo que estábamos discutiendo antes de que os viera por el balcón y decidiera ver quiénes eran las dos gerudos locas que trataban de escurrirse en mi palacio – Urbosa sonrió de nuevo -. Siento haber usado el rayo contra ti, pero tuve la sensación de que, si no lo hacía, tú habrías seguido luchando. ¿Me equivoco?
– No, matriarca – contestó Zelda, en gerudo.
– Osiel sospecha de ti, y más desde que anoche hablaste en este idioma – replicó también en gerudo Urbosa.
– Lo que opine y sospeche me dan igual – contestó Zelda, en idioma común. No conocía esta expresión en gerudo -. Ha dejado que se llevaran a los infantes, y nos ha traído a una trampa. Pudo decirnos muchas cosas de vosotras, es un hombre traicionero.
Urbosa sonrió, de una forma triste.
– Osiel, al que tú llamas Bronder, es un hombre de honor que daría la vida por el reino de Hyrule. Y, sin embargo, también es un amigo de las gerudos, nos ha ayudado en incontables ocasiones. Es por eso por lo que no ha traicionado a nadie – Urbosa se puso en pie -. Pareces ya dispuesta. Ven, te devolveré tus armas, y también tu caballo. Una patrulla lo encontró en un oasis cercano.
– Quiero ver a los infantes – dijo Zelda, también poniéndose en pie.
Urbosa asintió, y le hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera. Caminó hasta las escaleras, únicas, que subían a la torre del homenaje. Allí, nada más abrir las puertas, lo primero que vio fue a Lion. El niño, tal y como se esperaba, estaba subido a una columna, tratando de abrir el tragaluz. Cuando vio que quien entraba era Zelda, dejó lo que estaba y corrió hacia ella. La abrazó, mientras decía:
– ¿Estas brujas te han atrapado también a ti? – y miró con odio a Urbosa. Esta le respondió con una sonrisa que pretendía ser amistosa, pero que en una mujer de su altura y físico resultaba inquietante.
– No, bueno… Es complicado – Zelda le apartó para mirarle bien. Como a ella, le habían dado ropas de gerudo, pero en el caso del niño le habían puesto una casaca blanca larga, con muchos botones -. ¿Estás bien?
– Sí. Me pillaron desprevenido. Intenté luchar como me has enseñado, y aún así me atraparon.
– No es un deshonor, Lion. A veces te encuentras con enemigos que son más fuertes que tú. De esas peleas, se aprende también – Zelda le sonrió -. ¿Y tu hermana? Ya me han dicho que Ander está herido…
– Se lo llevaron esta mañana – Lion miró a Urbosa y esta comentó entonces:
– Su pierna estaba recuperada, y él no es un infante del reino de Hyrule, por lo que le correspondía estar en el hoyo de la herencia.
– Midla está por aquí, ven. Está inaguantable… – Lion puso los ojos en blanco, mientras tiraba de la mano de Zelda hacia un largo pasillo, que les condujo a un patio interior con palmeras y plantas. Al fondo, en una estancia abierta y luminosa, reconoció una silueta agachada. Urbosa los siguió, con una sonrisa bailando en los labios.
Midla estaba sentada de espaldas, en un cojín en el suelo. Frente a ella, en una mesa baja, habían desplegados mapas, libros y varios folios. También, atravesada en la mesa, se encontraba la flauta de la familia real. En el otro lado, el báculo del tiempo brillaba inocente desde el estuche abierto. Como su hermano, llevaba ropas de gerudo azul celeste, con un velo con dibujos dorados. Al girarse y ver a Zelda, abrió mucho sus expresivos ojos. Se puso en pie y corrió ella también a abrazar a la guerrero, que se quedó sorprendida de ver que le tenía tanto aprecio.
– Cuando vi que esa cosa te perseguía y te quedabas sola, y esa tormenta de arena… No sabía si te volveríamos a ver – dijo Midla -. Sir Bronder vino esta mañana temprano para decirnos que Urbión y tú estabais a salvo, pero, la verdad, creí que lo decía para tranquilizarnos. Ahora, le creo.
– Urbión, Raponas y Ander están prisioneros. Para salvarles, debemos ir a la fuente de Nayen, así que recoge lo imprescindible, que nos vamos.
Esperaba escuchar alguna réplica de Urbosa, pero esta dijo:
– Osiel os está esperando a las dos. Daos prisa.
– ¡Yo también quiero ir! – Lion agarró el brazo de Zelda, impidiendo que se moviera.
– El infante se queda aquí, como prenda. Es lo que acordamos con Sir Bronder – Urbosa dio un paso, y Lion, en lugar de esconderse como hizo en el pasado, se colocó al lado de su hermana y Zelda.
– ¿Prenda? Ni que fuera un pañuelo – Zelda miró a Urbosa a los ojos y lo siguiente lo dijo en gerudo – Es un niño, no le haréis daño ni le obligaréis a participar en la herencia, ¿entonces para qué lo queréis?
– Es el infante. El rey de Hyrule, en caso de que vosotros fracaséis, enviará más gente a ayudarnos. Es un intercambio político. Si purificáis la fuente, entonces lo liberaremos.
– ¿Y quieres que piense que Bronder es un hombre de honor? – replicó Zelda.
– Convéncele, o me veré obligada a encadenarle – Urbosa pasó entonces al común -. Es un polvorilla, como dice Osiel.
Zelda tomó aire y lo soltó de golpe. Luego se giró hacia Lion.
– Yo te llevaría con nosotras, pero las gerudos solo nos han concedido el permiso para ir a la fuente a Midla, a Bronder y a mí. La verdad, me parece un error tremendo – y Zelda miró a Urbosa de reojo para luego añadir -. Tu puntería y tu arrojo serían de mucha utilidad. Como ahora mismo tenemos que prescindir de ti, Raponas, Ander y Urbión, creo que estamos en desventaja. Sin embargo, te voy a pedir un favor – Zelda notaba que Lion se enfadaba, pero al final el chico le sostuvo la mirada, con los enormes ojos azules brillantes de la rabia -. Entrena. Haz ejercicio. Observa. Cuando volvamos, quiero verte más fuerte, para que nos ayudes a regresar.
– Pero estás herida – Lion miró el hombro y el brazo izquierdo de Zelda, vendado.
– Estoy bien, solo son rasguños. Volveremos, te lo prometo. Cuidaré a tu hermana – Zelda le revolvió el cabello, y luego le dijo: – Hasta pronto, bribón.
Lion sonrió. Se quedó quieto, en la estancia donde su hermana había estado consultando libros de la matriarca. La princesa se llevó la flauta, y también le dio a Zelda el estuche del báculo del tiempo.
– Ander me dijo que quizá en la fuente de Nayen ocurra algo, que debemos probar.
– Sí, que lo pille Grahim – Zelda pensó en cómo iba a llevar el estuche. Era incómodo para llevarlo a la espalda, y no cabía en su mochila. Al final, decidió dejarlo en el primer sitio que vio, y guardó el báculo atravesado, como cuando empezó esta aventura.
En las cuadras, ya estaba Bronder, con su caballo Tormenta. Zelda reconoció a Nevado, a Viento y a Scarlet. La yegua relinchó al acercarse Zelda, que le acarició la frente con la mancha, y le pidió disculpas por dejarla sola tanto tiempo. La yegua cabeceó y relinchó, y Zelda volvió a disculparse.
– Bien, pelirrojas, nos vamos – Bronder le tendió a Midla algo que parecía un saco, y que era una capa de color azul. Zelda sacó lo que quedaba de su capa gris, lo suficiente para protegerla del sol de la tarde y esperaba que del frío. El caballero le lanzó la espada a Zelda y esta se la abrochó a la cadera.
También vio, con sorpresa, que la propia Urbosa montaba un caballo, el suyo blanco con una mancha marrón en la frente. Aunque llevaba su velo puesto, le pareció verla sonreír al ver que Zelda la miraba sorprendida.
– Tú lo has dicho: estáis en desventaja. Necesitáis mi ayuda, para llegar a la fuente de Nayen y también para acabar con esa criatura. Además, es mi labor como matriarca velar por la seguridad de mi pueblo.
– Es un honor – dijo Bronder. Urbosa espoleó su caballo y empezó a trotar. Bronder tomó el brazo de Midla y la ayudó a subir a su grupa. Le gritó que se sujetara y salió detrás de Urbosa.
Zelda soltó un suspiro, subió sobre Scarlet y, tras darle una palmada cariñosa pero firme, comentó:
– Y luego, la polvorilla soy yo.
Esta travesía en el desierto fue tan parecida a otras que había vivido Zelda en compañía de Nabooru, tanto que a veces miraba a Urbosa y tenía que decirse a sí misma que no era su amiga, sino la matriarca. Se notaba que era una mujer del desierto, lo conocía muy bien. Ella y Bronder hablaron en gerudo, entre ellos, y muy rápido, tanto que Zelda, que solo entendía frases sencillas, apenas comprendía. Urbosa conocía los mejores refugios para descansar en el camino, y también llevaban provisiones muy útiles, como cantimploras llenas de agua, frutas carnosas que quitaban la sed y refrescaban.
Midla era la más incómoda con la situación. La princesa no entendía nada de gerudo. Había aceptado que Bronder fuera tan cercano a las gerudos, y solo le había preguntado a Zelda, la primera noche de viaje, mientras Zelda estaba haciendo su primera guardia, cómo era posible que conociera tanto de las gerudos.
– No creo que tu amigo bibliotecario Link te haya ayudado a aprender gerudo, en Labrynnia – dijo Midla.
"Mis mentiras me persiguen".
– Tienes razón… Hace tiempo, conocí a un viajero que me enseñó lo más básico del idioma gerudo.
¿Qué decía su madre sobre los mentirosos? Lo poco que Zelda recordaba de las cosas que le contaba Clara Esparaván es que a los mentirosos se les cae la lengua. La suya iba a desaparecer pronto.
Midla no pareció satisfecha con esta explicación, pero no preguntó más. Zelda sí le preguntó por Ander, y cómo fueron capturados. Midla hizo un resumen, muy parecido al que le dijo en su momento Urbión. Añadió que Lion luchó como el animal del que tomaba su nombre, y que solo se detuvo porque ella se lo pidió. Logró derribar a una gerudo, sin llegar a herirla.
– No sé si me gusta que mi hermano sepa luchar, no de esa forma. Ojalá se hubiera quedado en el palacio, me preocupa… Aunque te agradezco que le hayas convencido para quedarse tranquilo en la ciudadela de las gerudos. Estará bien, y espero que todos los demás se encuentren bien atendidos…
Zelda abrió la boca, pero la cerró. Ya se había expuesto mucho al reconocer que sabía hablar gerudo, no podía ahora decirle a Midla que los otros tres integrantes del grupo estaban encerrados, pero no en mugriento hoyo, sino en las dependencias de los elegidos para la herencia. Por un gesto de la ceja de Bronder, le pareció que el caballero se divertía con la idea, pero a ella no le hacía gracia. Recordó el rostro de terror de Urbión al ser arrojado por el agujero, y estaba segura de que trataría de escapar de todas las formas posibles. "No es Urbión del bosque, recuerda, Zelda, pero sí que se le parece un poco, estoy segura de que no se dejará atrapar".
Al tercer día de cabalgada, Zelda detuvo a Scarlet, mientras Bronder y Urbosa contemplaban el horizonte desde una duna. Tenía a Midla sentada en la grupa de su yegua, con la cabeza apoyada en el hombro de Zelda y los brazos rodeando a la muchacha. Zelda había tratado de convencerla para llevar a Scarlet, pero la princesa decía que los caballos le daban miedo. Eso explicaba el carro, se dijo Zelda. Iba a la grupa de cada uno de los integrantes del grupo, turnándose según el animal estuviera más o menos cansado. Zelda tuvo el recuerdo, aún más vívido, de las veces que Link había viajado así con ella. De hecho, Midla olía igual, a veces.
Desde la duna, Zelda miró el horizonte. Soltó una exclamación de sorpresa, y luego le dijo a Midla que debía mirar. Midla dijo que como fuera otra serpiente o escorpión, iba a gritar.
– No, no… Mira esto, es increíble…
La princesa obedeció. Al principio, solo veía el horizonte rosado de un atardecer, con el calor ascendiendo desde el suelo levantando espejismos dobles. Pestañeó y luego susurró un "ah, el pantéon".
Era una construcción en piedra, de color oscuro, parecida a la del puente Hylia. Había columnas, colocadas en perfectas hileras, que sostuvieron un techo que desapareció tiempo atrás. El tamaño de esas columnas, sin embargo, hablaba de un gran templo. Harían falta diez personas cogidas de las manos para rodear una columna, de tan anchas que eran. Al final del corredor, se veía una estatua de una diosa, muy parecida a la que había en la fuente de Faren, pero esta medía alrededor de 10 metros. Podían verla en la distancia, sobresaliendo entre los restos de los muros.
– ¿Y dónde está esa criatura? – preguntó Zelda.
Urbosa no respondió. Miró a Bronder, y este le hizo un gesto de asentimiento. La gerudo entonces adelantó una mano, tomó mucho aire, y después, chasqueó los dedos. Un rayo rasgó el aire, y se estrelló enfrente de las primeras columnas. En ese momento, fueron testigos de que las arenas alrededor de la fuente se agitaron, y algo se asomó en algunas partes, una especie de pestaña o loseta. Zelda entrecerró los ojos.
– Hazlo otra vez – pidió Bronder, en gerudo. Urbosa asintió, y golpeó con el rayo en otro lugar. Volvieron a ser testigos de lo mismo, la arena levantó polvo, y se formaron remolinos alrededor de la fuente. Al hacerlo por tercera vez, molesta porque interrumpían su letargo, la criatura asomó una gran cabeza.
Midla apretó el hombro de Zelda, pero no gritó. Zelda espoleó a Scarlet para retroceder, hasta bajar de la duna. Bronder y Urbosa permanecieron ahí arriba, y ellos fueron testigos de cómo la criatura abandonaba su lecho de arena para ascender por el aire. Su gran sombra ocultó el sol, y hundió a los presentes en una nube de oscuridad. Levantada en el aire, parecía un gran dragón hecho de tierra. Tenía la cabeza de reptil, con el morro alargado lleno de dientes. Su cuerpo era estrecho y fino, con cuatro alas en cada lado, que movía igual que si fueran remos. De hecho, ascendía en el aire agitándolas al unísono, y levantando más arena en el proceso. Vieron su vientre blanco, como se inflaba y desinflaba, y Zelda pensó en un globo que vio en algunas ferias. Zelda se puso el pañuelo verde sobre la nariz y la boca, y no hizo falta que le dijera nada a Midla, porque ella hizo lo mismo. Tras dar un par de vueltas en el aire, la criatura volvió a hundirse en la arena. Fue entonces que Urbosa y Bronder se reunieron con las dos.
– No sabemos lo que es, lo hemos llamado "criatura de arena". No sabemos de dónde viene o qué…
– Es un khorhoi.
Zelda escuchó la voz de Midla a su espalda, y se giró. La princesa dijo entonces:
– Es un monstruo mitológico, de leyenda. Se dice que vive en los infiernos, y en las ilustraciones tiene las mismas alas, y se mueve igual. Devora a todos los incautos que se acercan, abriendo la boca llena de dientes – la princesa tembló –. Mi maestro tenía un libro sobre leyendas olvidadas de Hyrule y Gadia. Salía allí, con una ilustración. Me daba miedo de niña… y ahora, debo añadir.
– Gracias, alteza. Es una prueba más de que nos están invadiendo criaturas invocadas por el señor del Mundo Oscuro – dijo Urbosa.
– En ese libro, no vendría cómo derrotarlo, ¿verdad? – preguntó Zelda.
– Tiene un punto débil en la cima de su cabeza, pero es imposible llegar. En la historia del libro, el Héroe del Tiempo usaba las alas de las diosas para elevarse por encima y llegar a él. Llevaba además la espada que repele el mal, y una compañera hada.
"Ah, sí, una molesta hada chillona" pensó Zelda, recordando al Héroe del Tiempo.
– Las gerudos no tenemos registro de esa historia, es interesante… Y nos ayuda, aunque debemos pensar que ni somos el Héroe del Tiempo ni tenemos las alas de la diosa.
"Vais a tener que conformaros con la heroína de Hyrule" Zelda le pidió a Midla que bajara de Scarlet. En cuanto se vio libre de la princesa, Zelda regresó a la duna con Scarlet. La siguió Bronder. Urbosa se había quedado con Midla, y las dos, desde allí, vieron al caballero y Zelda contemplar otra vez las ruinas. Zelda y Bronder discutieron. Los vieron agacharse, Zelda indicando al caballero algo que había dibujado, el caballero negando y después levantando la voz. Al final, los dos regresaron.
– ¿Tenéis ya un plan? – preguntó la matriarca.
– Sí, algo así – Bronder indicó entonces que Urbosa y él debía hacer que la criatura saliera y también que intentara acercarse a ras del suelo. Entonces, uno de los tres, Zelda, Bronder o Urbosa, debía intentar subirse al lomo por las alas. Midla preguntó qué debía hacer ella, y los tres dijeron a la vez:
– Esconderte.
– Ya sé que no soy muy útil en las peleas, pero puedo hacer más, no puedo estar simplemente escondida, mientras vosotros lucháis – Midla reflexionó un momento –. ¿Cómo planeáis hacer que descienda?
– Le atacaré con mis rayos, hasta que le haga daño en las alas, y caiga – dijo Urbosa.
– No funcionará – dijo Midla –. No estoy muy segura, pero un khorhoi es casi inmune a la magia. ¿Recordáis esas cosas blandas que tenía en el estómago? Son bolsas de aire. Si pudiéramos darle con un arco o una ballesta, con suerte, podríais hacer que cayera…
– Mira tú que ahora necesitamos un arquero muy bueno, uno que se le da bien disparar incluso cabalgando – Zelda miró de reojo a Urbosa. La matriarca no se dio por aludida. Bronder dijo que no llevaban arcos, pero con el poder eléctrico de Urbosa sería suficiente.
Tras beber agua, repetir el plan y dividirse el terreno, los tres guerreros que iban a luchar se colocaron en sus posiciones: Urbosa, al oeste de la duna, Bronder al este, y Zelda en el centro. Midla se quedó abajo, en el mismo lugar, llevando con ella las mochilas con todas pertenencias. Urbosa, por si acaso, le indicó cómo llegar al oasis más cercano, y Zelda, tras dudar, le dio la brújula.
Inició así el ataque: con un fuerte rayo que lanzó Urbosa. Para que fuera más efectivo que los otros tres anteriores, se concentró bien. Zelda vio que los cabellos de la gerudo se rizaban, de la corriente eléctrica que fue capaz de generar. Zenara nunca igualaría a su madre, desde luego. El dominio del rayo que tenía la matriarca era increíble. El khorhoi recibió el impacto, y de nuevo salió de su escondite. Navegó por el aire, buscando a los intrusos. Vio a Bronder primero, y los demás fueron testigos de cómo aquella especie de dragón o gusano descendía, abriendo una enorme boca aterradora, llena de hileras de dientes. Bronder ya estaba corriendo subido en Tormenta, esquivando piedras y rocas que la criatura levantaba con sus fauces y aletas. Urbosa volvió a impactar un rayo, y la criatura se giró en su dirección. Sin embargo, por mucho que los dos adultos atrajeran a la criatura, no lograron que descendieran. Zelda intentó llegar. Cabalgó sobre Scarlet, la fiera yegua pelirroja incluso la acercó unos metros a una de las alas, pero el viento que levantó hizo que Zelda y ella acabaran por los suelos, cubiertas de arena.
"Necesitamos la ayuda de las diosas" Zelda se miró la mano derecha. El triforce temblaba, pero no brillaba. Estaba lejos de poder activarlo. Recordó lo que le dijo Ander, que si tenía un poder mágico debía comprenderlo y dominarlo para que fuera útil.
Algo brillaba, en la duna donde habían empezado a luchar. Zelda se giró, sorprendida. Era Midla. La princesa estaba tocando la flauta, y su sonido apenas se levantaba por encima del ruido de la batalla. Bronder y Urbosa siguieron atacando, pero Zelda dio la vuelta con Scarlet. Entendió, antes que los demás, que el khorhoi estaba ya girando hacia la princesa. Al mismo tiempo, el triforce empezó a brillar, y Zelda espoleó a Scarlet. La yegua llegó al lado de Midla, pero apenas unos segundos antes de que las dos chicas miraran al abismo de la boca llena de dientes del khorhoi.
¿Qué otra cosa podía hacer Zelda? Se impulsó por encima de Scarlet, con la espada ya desenvainada. El tajo de luz fue potente, y el khorhoi retrocedió. Urbosa estaba cerca, a juzgar por el relámpago que cruzó el aire y que impactó en el centro del animal. Zelda miró a Midla: la princesa estaba de rodillas, con las manos unidas con la flauta en el medio. Había dejado de tocar la música, y su actitud le recordó a lo que había visto hacer en el cañón Ikana y también en la fuente de Faren. Todo el cuerpo de Midla emitía destellos de luz dorada.
– Zelda, ¡ahora!
De repente, había un corriente ascendiente, justo donde Zelda había aterrizado. La chica se vio levantada por los aires, girando sobre si misma sin ningún control. Perdió la capa gris, que se desabrochó y salió despedida, y también el pañuelo. Zelda vio que la tierra se alejaba de sus pies, y quedaba encima del enorme khorhoi. Urbosa y Bronder eran dos pequeñas motas de polvo, y a Midla ya no la veía.
Lo que si vio fue el punto de luz en una zona de la cabeza del khorhoi, un punto de luz azul con forma de rombo. La corriente fue desapareciendo, pero antes, Zelda se colocó como pudo, con la espada ya dirigida a ese punto. Cayó en picado, sujetando con la derecha la empuñadura y con la izquierda abierta el pomo de la espada, para estar segura de que, aunque se diera un gran golpe, la hoja no se desviara. El mismo halo de luz que la princesa tenía ahora también estaba con ella, y el triforce de su mano lo corroboró: brilló con tanta intensidad que Zelda entrecerró los ojos para evitar el resplandor.
La hoja entró limpiamente, y Zelda sintió el golpe, y cómo el khorhoi descendía y descendía. Un relámpago paralizó al animal, y las alas desaparecieron, barridas por la electricidad. A lo lejos, Zelda escuchó como el ruido de un fuerte viento. No se detuvo. Ya estaba en la frente del animal, debía rematarlo antes de que intentara refugiarse de nuevo en la arena. Zelda se aferró a las escamas con la mano izquierda, mientras que con la derecha golpeó una y otra vez el rombo azul. A cada estocada, el animal soltaba una sangre oscura y densa, que caía como un chorreón sobre el rostro de Zelda.
Todo pasó: el animal descendió, la cabeza dejó de moverse, y Zelda fue elevada por otra corriente de aire, esta vez fruto del golpe del khorhoi contra el suelo. Dio vueltas en la arena, muchas volteretas, hasta acabar tendida boca abajo. Vio, antes de desmayarse por el dolor, cómo el khorhoi se transformaba en polvo y humo, y desaparecía entre las dunas.
