Capítulo 17 El secuestro
Una vez se despidió de Urbión, Zelda se hizo un hueco en la misma cuadra donde estaba Scarlet, y se quedó dormida, envuelta en el mantón regalo de Urbosa. Allí la encontró Raponas. El soldado estaba revisando las pertenencias del carro, y también las suyas, cuando Zelda se incorporó de repente, con la mano en la cadera, dispuesta a atacar y defenderse. Raponas alzó las manos y dijo:
– Eh, que soy yo. Tranquila, está todo en calma.
– Sí… Ya, buenos días, Raponas. No te veía desde…
– He estado descansando, y después ayudando a los supervivientes – el soldado sonrió un poco –. Si llego a saber que estabas aquí, habría sido más cuidadoso. No es la primera vez que te despiertas y casi me golpeas…
– Lo siento, un mal hábito – Zelda se quitó la paja del pelo. Del exterior, le llegaba la luz del sol fuerte, por lo que ya era pasado el mediodía.
Había vuelto a soñar con el orco dorado, y también vio de nuevo a Link. Viajaba subido en Centella, acompañado por Leclas y por la sombra de un búho gigante, Kaepora Gaebora. Eso sí que era raro. El rey no había salido apenas de la llanura donde estaba Kakariko y el rancho Lon Lon. Lo más lejos que se había permitido ir había sido el templo de la Luz.
– Te ayudo con eso – propuso Zelda, al ver que Raponas estaba descargando parte del grano del carruaje.
– Sí, si puedes. Me han dicho que has ayudado mucho, debías de estar agotada – Raponas le pasó un saco pequeño, pero Zelda, tras sonreír con sorna, cogió otro más grande.
– Conocí a tu hermanito. Un encanto.
– Sí, ya lo sé. Me ha dicho que eres una descarada y una advenediza, y me ha pedido que te vigile – Raponas cogió el saco pequeño y otro más grande, y se los puso en los hombros. Mientras hablaban, caminaron por el improvisado campamento –. Helios es muy antipático, parece que se tragó un palo de pequeño y desde entonces es rígido como un bastón de roble. Nunca nos hemos llevado muy bien.
– ¿Y por qué escogiste ser guardia, entonces? Tu padre es consejero real, ¿no? Podrías haber seguido sus pasos.
– Yo soy el segundo hijo, de una segunda esposa. Mis posibilidades de heredar el puesto y el título de mi padre son escasas, porque Helios, además de capitán, ya está metido en la política de la corte. Me quedaban pocas opciones para ganarme la vida: caballero o sacerdote. Escogí la primera, aunque tenga que estar a las órdenes de Helios. Por suerte para mí, aunque no fui el mejor de mi promoción, llamé la atención de Sir Bronder, y ha sido él quien me ha entrenado para mejorar. Mi hermano, al contrario, siempre ha tratado de que dejara este camino, y solo me ha aceptado porque cree que tiene un subordinado.
– Cree… pero no lo tiene. Gracias, Raponas. Aunque me esperaba que no le cayera bien a tu hermano. Ni siquiera le gusta Midla, la miraba…
Raponas frunció los labios. Los dos estaban llegando a las improvisadas cocinas donde daban de comer a los heridos y al ejército. Dejaron los sacos junto a otros más, y entonces Raponas le dijo a Zelda que debía tomar al menos una bebida caliente. La chica aceptó coger una taza de té y una torta de pan. Se la comió, solo tras ofrecer la mitad a un niño que estaba a su lado. Mientras, Raponas le contó cosas de la corte. El motivo por el que Midla, a pesar de ser la futura reina, no contaba con muchos apoyos.
– Es buena persona, y yo creo que hará un gran papel, pero muchos cortesanos ponen en duda que la princesa quiera reinar. Sospechan que está demasiado contaminada con teorías científicas y estudios, que presta más atención a estos que a la política del reino. Que tuviera los poderes de su madre y que no haya sido capaz de usarlos desde su muerte tampoco le ayuda.
– Pero ahora sí que puede. Ya lo has visto: en el cañón Ikana logró detener a la horda, y en el desierto me ayudó a terminar con el khorhoi.
– Yo lo creo, Bronder también… pero el rey no lo ha visto, y Dalphness es muy estricto y serio, no será fácil convencerle. Por eso, mi hermano va a tratar de obligar a todos a regresar al palacio – Raponas se inclinó un poco para decirle a Zelda, en voz baja –. Y tú, ten mucho cuidado con lo que haces. Si le desafías tanto, no será como Sir Bronder. Mi hermano puede mandar detenerte, juzgarte y condenarte a muerte sin vacilar, en menos de una hora. Tiene ese poder.
Raponas saludó a alguien que se acercaba, y resultó ser Urbión. Este sonrió al ver a Zelda, pero enseguida se puso serio. Raponas dijo que él iba a seguir con algunas tareas, que cuando hubiera terminado el té, sería mejor que los dos le echaran una mano. Zelda se bebió de un trago lo que quedaba y se metió el resto de torta en la boca. Dijo con la boca llena que estaba lista, y Urbión y ella caminaron detrás de Raponas. Sin que el guardia les viera, Urbión le guiñó el ojo, Zelda sonrió y le dio un golpe en el hombro.
Antes de separarse la noche anterior, habían dicho que, de momento, era mejor no decir nada de lo suyo a los demás. Zelda no sabía cómo comportarse con una pareja. ¿Podían cogerse de las manos? ¿Tendrían que pasar tiempo a solas? Urbión le aseguró de que podían hacer lo que quisieran, pero que temía la reacción de Bronder, que se pondría un poco protector con él. Tampoco quería que cotillearan sobre ellos, y por eso Zelda accedió a fingir que no había pasado nada.
El resto del día, los dos chicos ayudaron con más tareas. De vez en cuando, veían a Lion, acompañado de Estrella, que se ocupaban de repartir comida, o a Midla, que se había ofrecido con los heridos, acompañada ella por Ander. Mientras Zelda y Urbión estaban moviendo una pesada viga de una granja destruida, apareció la señora Trotador. Ella y las niñas estaban bien, pero temía lo que le hubiera pasado a su marido y a su hijo, que seguían en la posada.
– Nosotros vamos en esa dirección, podemos llevarles – dijo Zelda.
– De momento, no es buena idea salir de Hatelia. Sin embargo, si pudierais acercarles un mensaje, que estamos bien, y que por favor vengan aquí…
Zelda así lo prometió, aunque se le olvidó preguntarle qué pasaría si se encontraba la posada destruida.
Esa tarde, Raponas les dijo que Sir Bronder quería hablar con todos, y eso incluía a Zelda. La reunión tuvo lugar en la tienda de campaña donde estaban alojados Lady Allesia, su ahijada Estrella, Midla y Lion. También era el centro de operaciones para organizar la reconstrucción de la ciudad y la distribución de los recursos. Lady Allesia estaba indicando en el mapa el camino que iba camino del bosque de los kokiri. Un escéptico capitán Dalvania, Helios, seguía con atención estas indicaciones.
– La fuente de Mugen se encuentra en un templo llamado Las Praderas Sagradas. No tenemos mucha información sobre este lugar, y ahora mismo mi biblioteca no es de gran ayuda. Parte de los libros se han destruido.
– Me apena esa noticia, mi señora – dijo Ander –. Por suerte, tenemos los libros que tuvo a bien regalarme, y también una información valiosa – vio que Zelda se acercaba y entonces dijo –: Tú conoces ese lugar, ¿verdad? La sacerdotisa de la fuente os dijo a Midla y a ti que tú ya habías estado allí.
– Sí, conozco muy bien el bosque de los kokiri. He pasado muchas horas perdida por él – Zelda se apoyó en el respaldo de una silla, para observar el mapa.
– ¿Esa fuente es un lugar peligroso, difícil de acceder? – pregunto Bronder.
– No especialmente. Cuando estuve allí, había orcos. Un montón – Zelda recordó que tuvo que trepar y esquivarlos, para llegar al inicio del templo. También, y no pudo evitar sonreír, recordó a Link matando a uno con el arco, y después cayéndose de lo alto del muro –. Se llama Praderas Sagradas, pero es un laberinto de piedra que oculta un templo detrás. No llegué a ver la fuente – Zelda no podía contarles que luchó contra una araña gigante y un jinete fantasma, para salvar a Leclas y recuperar el medallón del bosque.
– Entonces, llevaremos a diez hombres de la guardia, y entraremos en ese sitio para limpiarlo. Solo entonces, la princesa entrará a rezar. Tienes que señalarnos en este mapa el sitio, y ya nos ocupamos nosotros – dijo el capitán Dalvania.
– No es tan fácil – Zelda se acercó más. Apenas había indicaciones en el bosque de los kokiri. Ella y Link llegaron al templo por Kaepora, que les dijo que las Praderas Sagradas estaban al sur del refugio de los niños. No quería señalar en el mapa donde estaría ese templo, que serviría de hogar a los niños que llegaban al bosque o eran abandonados por sus padres. Tendría que calcular, más o menos a ojo. En el mapa, reconoció la colina del rancho Lon Lon, y Kakariko, además del templo de la luz. Estaba pensando en cómo podrían llegar sin pisar el templo de los niños perdidos, cuando el capitán Dalvania se impacientó:
– ¿Seguro que has estado allí, niña? No nos hagas perder el tiempo…
– Ya, ya… Señor impaciente. ¿Y me llaman polvorilla a mí? – Zelda miró de reojo a Bronder. El caballero hizo un amago de sonrisa, pero se contuvo. Urbión sí sonrió, y también Lion, que se había colado para ponerse entre Sir Bronder y el mapa –. La verdad es que como llegué allí sin mapa me resulta difícil indicarlo. Podemos ir al bosque de los kokiri. Si entramos por este camino de aquí, puedo guiarles…
– No. El bosque de los kokiri es un lugar complicado, lleno de criaturas malignas. Deku baba, deku scrubs, wolfos, y los peores, esos malditos skull kid – dijo el capitán.
– Sí, los conozco. He luchado contra todos ellos, no son tan temibles para hombres armados de su majestad – Zelda levantó la mirada para observar al capitán –. Con las deku baba puedo preparar un buen remedio. De todas formas, tendrá que ir por allí, porque no recuerdo si hay otra forma de llegar a las Praderas Sagradas que no sea a través del bosque de los kokiri, más allá del Bosque Perdido.
– Si fuéramos al palacio primero, podría consultar la biblioteca – propuso Ander.
– No, yo quiero ir a la fuente ya – dijo Midla –. No quiero que más ciudades de Hyrule sean destruidas por las hordas.
– Tampoco estamos seguros de que al rezar en esas fuentes, esto se pare – dijo el capitán Dalvania.
– La sacerdotisa Imya nos dijo…
– Disculpadme, alteza, pero yo no puedo creer que estemos haciendo caso a una alucinación, provocada sin duda por una fiebre que cogió en esas fuentes.
Lady Allesia intervino.
– En el pasado, la reina tuvo esas visiones, y eran acertadas. De sobra es conocida la habilidad espiritual de las mujeres de la familia real Barnerak. Yo misma fui testigo de los poderes de la fallecida reina, por lo que estoy más que dispuesta a creer a la princesa – Allesia sonrió a Midla.
– Vamos a ir a esa fuente de Mugen, Dalvania. No hay más que hablar. Si quiere acompañarnos para proteger a los infantes, será bienvenido. En cuanto a lo que ha dicho la pelirroja, vamos a seguir su consejo. Entraremos en el bosque Kokiri por este camino de aquí. Para llegar, tendremos que atravesar esta llanura, la meseta occidental y llegar a la pradera de Hyrule. Si tenemos problemas, tenemos la población de Kakariko, que cuenta también con guardias. Necesitaremos algunos víveres, pero poco más. En cuanto al número de soldados que deben acompañarnos, yo sugiero reducir el número, capitán. Cuantos menos seamos, más rápido nos moveremos.
Zelda fue testigo de la mirada de intenso odio que el capitán dirigió a Bronder. Y también que, durante la intervención de Lady Allesia, el capitán miró a la señora de Hatelia con los ojos entrecerrados. "Como Ander mira a Midla, o como Urbión me mira a mí..."
– Cinco hombres, no bajo de esa cifra. Partiremos al alba, si no hay objeciones – y el capitán miró a Zelda de reojo.
Se dio por terminada la reunión, pero antes de marcharse, Midla llamó a Zelda. Las dos se quedaron solas, en la tienda.
– He notado que no usas tus semillas, desde el desierto – la princesa le tendió tres frascos –. Lady Allesia me ha dado esto. Me ha dicho que dejaste unas cuantas de esas plantas en el palacio y que, a falta de más instrucciones, se dedicó a recolectar las semillas tal y como dijiste en una cena que hacías.
– Gracias. La verdad es que contaba con pasar dos días aquí. Perdí muchas luchando contra el moldora, y en el desierto gerudo no crecen nada – Zelda las guardó en el bolsillo. Eran semillas de luz, de ámbar y unas misteriosas –. Pero no me has pedido que me quede aquí por este motivo, ¿verdad? Dime, Midla.
– Hace tiempo que no hablamos, lo echaba de menos – Midla seguía sentada, mirando el mapa –. Desde la noche de la herencia.
Zelda no quiso preguntar. Al día siguiente, Midla estuvo durmiendo hasta el anochecer, y cuando Zelda le preguntó si llevó a cabo su misión, la muchacha reconoció que encontró a Ander, que fueron a la estancia de paso y que luego le acompañó a la torre del homenaje. Lo dijo con una mirada inocente, pero Zelda se preguntó si no estaba mintiendo.
"¿Desde cuándo me interesan estos asuntos?" se preguntó Zelda.
– Hemos estado muy ocupados desde entonces.
– ¿Tú crees que encontraremos ese lugar, las Praderas Sagradas?
– A mí no me costó gran cosa, y eso que era más joven y que además solo me dijeron que estaba al sur del bosque. Será fácil. Mientras no haya otro khorhoi por allí o una moldora… Aunque me gustaría encontrarme algún reto, no me importa luchar contra criaturas grandes.
Midla sonrió.
– ¿Te has dado cuenta de lo mal que me habla el capitán Dalvania?
– Sí, y también que le pone ojitos a Lady Allesia – Zelda se sentó frente a la princesa. Midla preguntó qué era eso de "ojitos" y Zelda trató de imitar la mirada torva y algo bizca del capitán Dalvania. Las dos se rieron.
– Normal. Hasta que le presentaron al señor de Hatelia, mi tía tuvo muchos pretendientes, entre ellos, Helios Dalvania. Se decía en la corte que incluso Sir Bronder estaba interesado en ella, aunque él siempre la ha tratado con la misma cortesía – Midla entrelazó las manos y apoyó en ellas la barbilla -. Mi padre nos obligará a regresar al palacio. Puede que el capitán Dalvania se pliegue a la petición de Sir Bronder, porque al fin y al cabo es el primer caballero y tiene plenos poderes, pero no será un viaje sencillo.
– Además, tenemos que cruzar dos pasos muy peligrosos: el del desfiladero que transcurre ente los picos gemelos, y después el camino del pantano del sur, para llegar a la llanura de Hyrule. De ahí al bosque, es más sencillo. Supongo que esa zona estará bien protegida, pero aun así…
– Esta horda que ha asolado Hatelia puede ser solo un ejemplo – Midla susurró lo siguiente -. Contamos con el poder de las diosas de nuestro lado, ¿cierto? Tu triforce, y mi poder…
– ¿Has hablado con Ander? Me dijo que guardaría mi secreto, pero supongo que entre vosotros dos os lo contáis todo, ¿no? – Zelda sonrió con placer, al ver que la princesa se ponía colorada, hasta las orejas -. Tú y el hechicero…
– No, no… No, te equivocas. Me refiero a que sí, él me lo contó, pero porque somos compañeros de estudios – Midla puso tanta vehemencia al negar que se le escapó un mechón rubio. Normalmente, tenía el cabello bien recogido, hasta en las situaciones más complicadas había logrado mantener el peinado. Se guardó el mechón detrás de la oreja, como hacían su hermano Lion, y también Link -. Su maestro falleció de repente, aún le quedaban algunos años, y él asumió el papel de tutor el último año que me quedaba, aunque solo tiene 22 años.
– Creo que le he escuchado decir que partirá a Gadia cuando todo esto acabe, que él ya no puede ser más tu tutor ni el de Lion.
– Sí. Aunque su maestro le enseñó todo lo posible sobre magia, Ander aún tiene que terminar los exámenes en Gadia para ser reconocido oficialmente. Suerte para él, en Hyrule no hay muchos magos, por eso mi padre aceptó que se quedara con nosotros hasta que yo cumpliera la mayoría de edad. Pero no me distraigas, yo quería saber más sobre tu triforce. Es lo único que me ha contado Ander, eso y que el báculo del tiempo es importante para ti, para volver a tu casa.
– Y con eso ya te ha dicho que vengo de otra época, pero no quieres sacarlo, para que no me vea obligada a contarte nada del futuro – Zelda suspiró -. Imya me advirtió severamente sobre el tema.
– Pero yo no te quiero hacer esas preguntas, solo quiero saber… ¿Ese tal Link del que nos has hablado, ese bibliotecario que vive en Labrynnia, es de tu época?
Zelda asintió. En su cabeza, estaba siendo sincera, porque la pregunta era si era de otra época, no si era verdad el resto.
– Entonces en el futuro, habrá gente tan inteligente estudiando textos antiguos. Me alegra mucho. Una ilusión que tengo de ser reina es de poner escuelas por todo Hyrule, y fomentar el conocimiento y el estudio. Hasta me gustaría abrir una facultad de magia, o de historia, como hay en Gadia. Sería todo un progreso. Este reino está muy vacío. Tenemos extensiones y extensiones de tierra, y poblaciones llenas de gente, pero no sacamos más provecho de ellas. Ander y yo tenemos ese plan: cuando yo gobierne, él regresará con expertos de Gadia y montaremos la red de escuelas y universidades. En el futuro, será impresionante, y tú lo verás.
Zelda sabía que ella solía tener una expresión neutra, sobre todo cuando trataba de componer sus emociones. Sin embargo, esta vez, estuvo tentada de hablar y decirle a Midla que ella nunca iba a reinar. No lo hizo, porque la princesa tenía la misma expresión que ponía Link cuando hablaba de sus planes y proyectos. Él también tenía ese sueño, y hasta sabía que se había puesto en contacto con Gadia para conocer sus universidades y tomar ideas para establecer algo parecido en Hyrule. Si la princesa se quejaba del estado del reino actual, ¿qué pensaría de un reino donde apenas quedaban niños, ciudades como Hatelia no existían y donde prácticamente más de la mitad de los ciudadanos eran analfabetos?
Por suerte para ella, Urbión llamó, golpeando el poste de madera del armazón, y entró cuando Midla le dio permiso.
– Siento interrumpiros, chicas, pero Sir Bronder me envía para pedir a Zelda que nos ayude con los preparativos.
– ¿Y yo no? – preguntó Midla, poniéndose en pie.
– Me ha dicho que usted, alteza, debe recoger los mapas y libros que necesitamos, y que para eso vendrá a ayudarle el maestro Ander – Urbión retiró la cortina y Zelda salió, tras despedirse de Midla.
– Menuda trola acabas de soltar – dijo la pelirroja, nada más salir y alejarse unos pasos de la tienda.
– ¿Trola?
– Mentira. Bronder antes se muerde la lengua que pedirme ayuda. Sería una orden, y me la habría dado él mismo. Menos mal que Midla está distraída.
– Es que tenía ganas de verte – Urbión se encogió de hombros – ¿Quedamos después de la cena, en el establo de Scarlet? Hablamos un rato.
– Ya, ya… Hablar. El infante es un bribón, y tú un trolero – Zelda le dio un golpetazo en el hombro – Pero acepto, solo si practicamos con la espada un poco antes.
Al alba, con el sol saliendo por el este de una Hatelia destruida, pero en vías de ser reparada, el grupo que iba hacia la fuente de Mugen partió. Llevaron con ellos menos regalos que en la primera salida, y desde luego, iban menos preparados. Por suerte, los cinco guardias reales y el capitán Dalvania sí que portaban suficientes víveres para todos, aunque en algún momento tendrían que salir a cazar. Montada a lomos de Scarlet, Zelda miró hacia atrás, no sin antes recordar que eso daba mala suerte, por lo que volvió la vista al frente. Detrás, dejaban una ciudad destruida, en las manos de Lady Allesia. La señora de Hatelia fue en persona a despedirles, con su pequeña pupila. Estrella lloró mucho y Lion le prometió que iría a visitarla de nuevo, y si no, la invitaría al palacio para conocer al rey. Estrella se conformó con esto, pero para sorpresa de todos, dio un beso en la mejilla al príncipe, entre lágrimas. Después de eso, el príncipe subió a lomos de Caranegra y cabalgó por delante del carromato donde viajaban Midla y Ander.
La formación se estableció antes de viajar. Los guardias reales rodeaban este carro, y al frente cabalgaban Sir Bronder, que tenía una sonrisa feliz, y el capitán Dalvania, que era su contrario. Allí donde Sir Bronder era un hombretón serio, vestido con su piel de oso y su cota de mallas, el capitán era lo contrario: delgado, con la sobria y elegante armadura de capitán, con un yelmo con penacho, que a Zelda le parecía un cepillo colocado al revés.
Detrás, la compañía era menos elegante. Estaba Raponas subido a lomos de Nevado. El soldado vestía la cota de mallas de soldado, pero bastante más sucia que la de sus compañeros. Urbión había tratado de pulir la suya, pero sin éxito. Zelda y él estuvieron arreglándola, pero solo consiguieron un brillo apagado, nada especial. Urbión cabalgaba sobre Viento. El pobre caballo había sobrevivido a la tormenta de arena, y fue rescatado por las gerudo, como pasó con Nevado y Tormenta.
Pero entre todos los soldados, sin duda destacaba Zelda, a su pesar. Ella no llevaba armadura, seguía con sus ropas verdes, con la manga remendada, su cota de mallas y las hombreras de metal. El mantón gerudo era llamativo, casi tanto como sus cabellos revueltos que no habían pasado por un peine desde que salieron del desierto. Al menos, las heridas que tenía del ataque del khorhoi ya solo eran débiles recordatorios.
Cruzaron el valle de Hatelia, el desfiladero y la meseta occidental en solo 6 días. Solo hubo un día de descanso, en la posada de los Trotador, donde el posadero y su hijo, ya recuperado del brazo, acogieron a la compañía y agradecieron que Zelda les trajera noticias de su señora y sus hijas. Dijeron que no, que iban a quedarse, si eso más adelante mandaría al hijo a buscar al resto de la familia, cuando fuera seguro.
Esos días. las tareas eran iguales, repartidas entre los soldados y Zelda. Despertarse, recoger el campamento, salir en marcha. Breve parada para comer algo y descansar. Vuelta a cabalgar hasta el atardecer. Uno de los soldados se adelantaba y escogía un lugar donde descansar, que Bronder, el capitán y tres guardias registraban a fondo. Se preparaba la cena, con el mismo ritual que el caballero realizaba con la comida de los príncipes. Después, se repartían los turnos, en parejas. Zelda y Urbión solían acabar juntos. Para decidir los turnos, se lo jugaban a las chinas, y de un modo misterioso los dos chicos siempre acababan los últimos, perdiendo. Zelda esperaba que Sir Bronder dijera algo, pero el caballero solo les miraba, con las ceja pobladas algo curvadas.
Claro que los dos se tomaban en serio sus guardias, pero de vez en cuando, Urbión le daba un beso, y Zelda se lo devolvía, a veces hasta le mordía un poco el labio. Lo que más hacían, sin embargo, era hablar en susurros. Urbión le contó a Zelda todo sobre Ordon, la villa donde había vivido hasta que partió para ser caballero. Era un lugar cerca de las montañas, con un clima muy frío en invierno, con fuertes nevadas, y una primavera y verano muy hermosos. También le habló de su madre, Elisa Dellas, la mujer noble emparentada con los infantes que se casó con un caballero retirado 15 años mayor. Su madre le había regalado el medallón con su nombre, con la efigie de una espada rodeada de hiedra. Zelda a su vez le enseñó el suyo, el medallón con el águila bicéfala, que contenía un mechón del cabello de su madre. El de Urbión fue un regalo de su madre, que quería así protegerle con el escudo de la familia Dellas. Su villa era una próspera granja en Ordon, un gran terreno que la familia había heredado por generaciones, mantenido con la ayuda de los campesinos que estaban contratados. Zelda le contó lo que podía de Lynn y de Labrynnia, con cuidado de no dar detalles. Una vez, Urbión preguntó por Link. Zelda le miró, un poco confusa, hasta que Urbión añadió:
– Ese amigo tuyo, el bibliotecario…
– Ah… Sí. ¿Qué quieres saber?
– Pues como es. Le has mencionado alguna vez, pero nunca le describes, y no nos cuentas más sobre él. Ni sobre tu padre, de hecho…
Zelda se sentó, con las rodillas dobladas y los brazos abrazando sus piernas.
– Es… Un chico de mi edad, muy delgado, muy pálido, y muy delicado. Se desmayaría de la impresión de ver una criatura como el khorhoi o un moblin. No aguantaría ni un viaje por mar…
"Perdóname, Link" dijo mentalmente.
– Seguro que está loco por ti – Urbión le tiró de un mechón de pelo, de forma juguetona. Le gustaba acariciar los rebeldes rizos de Zelda, y hasta a veces los usaba para hacerle cosquillas en el cuello.
– No, que va. Somos buenos amigos. Le he defendido un montón de veces, es como un hermano para mí – Zelda sonrió y, para desviar la conversación, le preguntó a Urbión –. Y seguro que el que tiene locas a las chicas de Ordon, hasta perder la cabeza, eres tú.
Urbión se echó a reír, y bromeó con el coro de niñas que le seguían a todas partes y cantaban sus alabanzas. A Zelda le parecía que trataba de exagerar, pero ella se había dado cuenta que Urbión tenía bastante experiencia, más que ella. Desde luego, no temblaba tanto, y se comportaba de forma más contenida. Sabía mantener las apariencias. Los chicos se las arreglaban para fingir a tiempo que habían mantenido las distancias, y dormían separados, aunque en más de una ocasión Zelda tenía ganas de dormir abrazada a Urbión.
Puede que los demás no sospecharan, pero era indudable que, durante el día, Zelda tenía siempre una sonrisa en los labios. Un día, ya cruzada la meseta occidental y atravesando el final del pantano en un bosque bastante sombrío, empezó a tararear canciones más para ella que para los demás. Raponas le preguntó si eran canciones conocidas:
– Son típicas de Labrynnia – Zelda las cantaba en el idioma de su tierra, que se parecía al común pero que tenía palabras que los otros dos chicos no conocían. Alzó un poco la voz, para cantar una canción sobre los tokay, una raza que vivió en la antigüedad. Eran jugadores y les gustaba llevarse las riquezas. En la tonada que Zelda les cantó las estrofas hablaban del engaño de un tokay a un hombre al que despojaron de todo su oro. Sin embargo, la hija de este logró recuperarlos. La canción terminaba con la joven conociendo el secreto de los tokay.
– ¿Y qué secreto era ese? – preguntó Raponas.
– Cultivar semillas ámbar – respondió Zelda, con una sonrisa –. Mi padre me dijo que esta chica fue una antepasada de mi familia. Pero la verdad, es que no sé si creérmelo. Los Esparaván tienen fama de ser un poco prepotentes.
– ¿Sólo un poco? – comentó Urbión, con una sonrisa.
– Bah, lo justo para fanfarronear, lo necesario – Zelda se rió, dio un golpetazo a Scarlet y esquivó la mirada del chico. Si lo hacía, se ponía colorada, y quería evitar que Raponas se diera cuenta –. ¿Qué canciones cantáis en Hyrule? No he escuchado muchas, la verdad.
– Eres muy joven para ir a las posadas por la noche, y en Hatelia la señora prefiere música muy antigua para sus veladas – Raponas se encogió de hombros –. Hay muchas, pero yo no tengo tan buena voz, me niego a cantarlas.
– Yo lo haré, pero mis favoritas son de Ordon – Urbión entonces pasó a cantar una alegre balada sobre los colores del paisaje del otoño en su villa natal.
Esto era algo que Zelda no vio hacer al Urbión que ella conoció. Sí, alguna vez canturreó, y también, cuando Link tocó la flauta, Urbión y Leclas cantaron algunas de esas canciones, pero eran bastante pueblerinas y nada armoniosas. Urbión Dellas tenía una voz magnífica, grave y dulce a la vez, y buen sentido del ritmo. A la tercera estrofa, como la letra era muy sencilla, animó a Zelda a seguirle, y ella se unió a su voz, entre risas. Después, Urbión le enseñó una canción infantil, una locura sobre una tortuga que quería aprender a volar y un pájaro que quería nadar como un pez. Parecía un trabalenguas, y a Zelda y a Raponas les costó aprendérsela. El ruido que hacían, aunque no levantaban la voz, atrajo a Lion. El niño se acercó, montado en Caranegra, y aplaudió al terminar una de las canciones. Zelda le pidió entonces que dijera cuál era su canción favorita.
Midla se asomó por detrás de la carreta, armada con la flauta de la familia real. El viaje en el pantano había resultado un tanto sombrío y tenebroso, y en su cara se notaba que quería algo de diversión.
– Si no os importa, me uno a vosotros. Lion, podemos cantar la canción de cuna de la familia Barnerak – propuso Midla.
Lion negó con la cabeza, y dijo que él tenía la voz llena de gallos y nada armoniosa, pero que sería un placer escuchar a su hermana. Zelda, Raponas y Urbión prestaron atención el sonido dulce y melodioso de la flauta de Midla. Entonces, Zelda recordó a Link. Fue como verle, ahí mismo, tocando. De hecho, esa canción formaba parte del repertorio de Link, una de las muchas que tocó en el refugio ante los niños. También solía tocarla cuando quería tranquilizar y adormecer a los refugiados en su nuevo castillo, o para relajar a Zelda si esta había tenido un día muy duro y pasaba la noche en el palacio. Zelda entrecerró los ojos, se dejó llevar por la música, y poco a poco, en su cabeza empezaron a surgir imágenes. A su alrededor, un mosquito revoloteó, y la chica lo espantó con la mano. Entonces empezó a recordar: Link, a lomos de Centella. Con su arco, preparado, con el libro de Mudora en las rodillas y la lente de la verdad. El día en que le dio la brújula, con esa túnica roja que le quedaba tan grande.
– ¡Zelda! – le gritó Raponas.
Sintió la mano de Urbión, que la sujetó del brazo a tiempo. Un segundo más, y Zelda habría caído de Scarlet.
– ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
Zelda abrió la boca, para decir algo, pero no podía. Estaba mareada, como si se hubiera bebido ella sola toda una jarra de shilok. No estaba inconsciente. Acertó a tocarse el cuello. Sintió entonces algo con plumas. Al tirar de ellas, se quitó del cuello un dardo. El mantón lo había ocultado.
– Veneno… – susurró.
– ¡Nos atacan! – gritó Raponas. Ander tiró de Midla y le obligó a tumbarse en el suelo de la carreta. Lion giró sobre su caballo Caranegra, el arco ya preparado para disparar. Zelda intentó a su vez llevarse la mano a la cadera y desenvainar, pero su mano no obedecía. Se empeñaba en aferrar el aire, aunque ella veía claramente el pomo de la espada.
– No te preocupes por mí, ayuda… a Raponas… Lion… – susurró, apartando a Urbión.
En el frente, Bronder y el capitán ya estaban peleando contra algo que los demás no veían. Los guardias solo mantuvieron la posición. Alzaron el escudo, para proteger el carro, mientras Raponas y Urbión cubrieron a Lion. Zelda no estaba preparada para luchar, aunque lo intentaba. Había logrado bajarse de Scarlet, y también, usando las dos manos, desenvainar, pero no era capaz de mantener la hoja recta.
Eran yigas, como diez. Se volatizaban en el aire, soltaban dardos y flechas y se escurrían antes de que Sir Bronder o el capitán llegaran a tocarles. Zelda entrecerró los ojos. Eran muy raros esos yigas. Tosió, escupió y gritó a Urbión:
– ¡No son reales! No tienen sombra… – o al menos eso intentó decir, pero la lengua, al igual que su mano, formaba palabras que no estaban allí.
Fue Sir Bronder quién gritó esto mismo, y entonces, Zelda vio que había un yiga subido a lomos de Caranegra. Tenía a Lion sujeto del cuello, con una llave de brazo, y el niño intentaba respirar, y apartarle, pero no podía. Zelda logró encontrar un frasco de semillas, de luz, y trató de lanzarla. Sin embargo, su cuerpo iba lento, demasiado. El yiga y el niño ya no estaban.
