Capítulo 18 El clan Yiga

Zelda necesitó lavarse la cara muchas veces en agua fría del río para que los efectos del narcótico pasaran. Al principio, Ander creyó que habían vuelto a envenenarla, pero Zelda demostró que no, que estaba bien. Solo sentía un ligero aturdimiento, igual que si tuviera los músculos dormidos, pero la mente muy despierta. Recibió por parte del capitán una regañina:

– Esto ha pasado por estar distraídos, canturreando de forma idiota cuando tenemos tantos enemigos – reclamó el capitán Dalvania.

– Tampoco nosotros lo hemos hecho mejor – replicó Sir Bronder –. Ahora, vamos a pensar. Los yiga tienen refugios secretos, y se mueven con rapidez. En este bosque con la tierra tan húmeda apenas se dejan huellas. ¿Existe alguna posibilidad de rastrear al príncipe?

Zelda se secó el rostro con el mantón gerudo.

– Registremos la zona, alrededor. Quien encuentre un rastro, que lo siga. Rápido, no van a caballo, no pueden haber avanzado tanto en tan poco tiempo, ¿no?

– Los yiga se mueven como el viento – comentó Raponas.

– Pues nosotros seremos un vendaval – Zelda apretó los dientes. No podía creerse lo torpe que había estado. Ni se había dado cuenta que la habían vuelto a envenenar. Sí que había estado distraída, se merecía esa regañina y más. No era la primera vez que se llevaban a quien estaba protegiendo delante de sus narices. A Link, unas cuantas veces, desde las manos del templo de la Sombra, hasta su maestro en Kakariko y también los centauros en el mundo Oscuro…

Urbión la sujetó de la cintura a tiempo, porque las rodillas de Zelda se doblaron.

– Pues de momento, tú te quedas aquí, pelirroja. El vendaval seremos el resto. Rápido, antes de que se vaya la luz.

Urbión cogió en brazos a la chica y la dejó sentada en carromato, donde Ander insistió en ponerle una cataplasma en la frente. Midla estaba frente a ella. Tenía el báculo del tiempo en las manos. Había intentado hacerlo funcionar, retroceder, hasta el momento antes de que el yiga se llevara a Lion, pero parecía que el poder se había ido otra vez. Ander le dijo que no insistiera.

– Aunque has rezado en dos fuentes, el báculo no ha recuperado del todo su poder.

– Pero en la fuente de Nayen funcionó, pude… hice algo. No sé lo que fue, quizá…

Zelda se quitó la venda de la frente, y probó a incorporarse. Con la mano en la espada, logró ser capaz de salir de la carreta, aunque en cuanto puso un pie fuera, uno de los guardias estirados, que nunca le dirigían la palabra y que la ignoraban, colocó la lanza y le ordenó regresar al carro.

– No, estoy bien. Tengo que encontrar a Lion…

El guardia levantó un poco la lanza, y apuntó con la parte roma a Zelda. Quizá trataba de golpearla para obligarla a quedarse dentro, o dejarla fuera de combate definitivamente. Zelda solo vio un dardo, de color verde, que se clavó en el cuello del guardia, y este cayó como plomo. Luego, una flecha fue lanzada con tino, a pocos centímetros, para incrustarse en la madera del carro. Zelda tocó la flecha, mientras Ander volvía a cubrir a Midla con la red de luz, aunque la princesa se quejó. Zelda miró alrededor. No había más guardias, estaban los tres dormidos como troncos, pero tampoco dispararon más flechas. Zelda se dio cuenta que la flecha clavada tenía un papel enrollado atado al mástil. Lo cogió y lo leyó, en voz alta:

– Queremos que Zelda venga a este punto, con el báculo del tiempo. Cuando lo haga, liberaremos al infante – y Zelda enseñó un mapa, muy sencillo, donde se veía el carro, y un punto marcado con una equis.

– No estarás pensando ir, ¿verdad? – Ander sujetó a Zelda del brazo, antes de que la chica saltara del carro.

– Pues claro. Lion… Tengo que rescatarle.

– Pero tú sola, no. Espera a Sir Bronder, y después id juntos… – propuso el mago.

Zelda miró a Midla. La princesa también se había puesto en pie. Tenía el báculo entre las manos, y la flauta enganchada en una funda de cuero que llevaba a la espalda. Esos días, había decidido que llevar dos estuches eran demasiado peso, y se había hecho ese apaño. Al verla así, de pie, con la flauta asomando detrás de su hombro derecho, le hizo pensar en Link.

– Sola no. Vienes conmigo, ¿no?

El mago siguió la mirada de Zelda y entendió que hablaba con Midla. Ander dijo que no, que eso era impensable, que Midla debía ser protegida a toda costa.

– ¿Incluso a costa de mi hermano? Voy contigo. En lugar de intentar impedirlo, Ander, deberías copiar ese mapa y dejarlo aquí, para cuando regresen los demás sepan dónde estamos. Hazlo ya, rápido – le ordenó Midla, mientras descendía con Zelda.

Otro cambio que había hecho la princesa esos días era vestir con botas de varón y pantalones. Llevaba el cabello más recogido, en una trenza prieta. En lo único que no había renunciado era en llevar la túnica corta de color azul y los bordados con los símbolos de la familia Barnerak. Parecía más preparada para la lucha, pero no mucho más. Zelda dudó si era tan buena idea, pero algo en el pecho le decía que Midla debía ir, que era lo más lógico. Aunque puede que fuera el narcótico aun bailando en su sangre.

Ander cumplió con la orden, no sin antes decir que sí, su alteza. Zelda recuperó el mapa, usó la brújula para guiarse, e indicó a los demás por donde debían ir. Los soldados parecían dormidos, no heridos, y no podían perder más tiempo con ellos. Ander dejó el mapa clavado en el interior del carro con un cuchillo, y añadió un "estaremos aquí" a la nota.

– No quiero que me acusen de alta traición.

– Te respaldaré, Ander, no te preocupes. Vamos a salvar a Lion – Midla subió a los lomos de Scarlet, detrás de Zelda. Ander tomó a Nevado, que era el más dócil de todos los caballos del grupo. Persiguió a las chicas, que ya habían tomado el camino a través del bosque.

– No sabe casi nada de cómo montar, como yo – aclaró Midla, al ver que Zelda mascullaba que menuda ayuda de mago.

– Pues ahora no tengo tiempo de explicarle nada. ¡Adelante!

El punto indicado por los yiga estaba a medio día cabalgando. Zelda sabía que si no se daban prisa, Sir Bronder y los demás aparecerían. Apretó el paso, y gritó, por encima del ruido de las ramas agitadas por el viento:

– ¡Agárrate bien, Link!

Solo ella se dio cuenta, al parecer, porque Midla no dijo nada. Obedeció la orden, aferrándose a la cintura de Zelda con fuerza. El mago se perdía a ratos, desaparecía y volvía a aparecer detrás, pero se notaba que no era tan buen jinete y la oscuridad era un problema.

Llegaron al fin a un calvero, un lugar hundido bajo las enormes raíces de un árbol centenario. Las aguas del pantano en esta zona eran resbalosas, y hacían difícil el trote de Scarlet. Zelda la frenó y anunció que iba a desmontar. Midla dijo que sí, con los dientes castañeteando. El aire que se levantaba era frío, y las nubes encima de sus cabezas oscuras, de color gris. Mientras las dos chicas caminaron hasta las raíces del árbol, que formaban una cueva para algún animal del bosque, empezaron a caer los primeros copos. Zelda masculló un "maldita sea".

– La nieve tapará nuestro rastro – susurró a Midla.

– No lo necesitan, tienen el mapa – respondió la princesa, también en susurros.

Zelda, de haber estado más tranquila y menos irritada, le habría respondido que el problema no era la llegada de los refuerzos, sino que ellas mismas no sabrían volver al lugar donde estaba el carro. "No importa. Ya pensaré en ello después. Recuerda: Bronder te dijo que fuera siempre a por un objetivo, que me concentre en la lucha y olvide el resto. A ver si por fin saco partido de sus lecciones".

Mientras la nieve iba cubriendo el bosque y el pantano verdoso de blanco, Zelda y Midla llegaron al tronco y miraron en el interior. Justo entonces, un resplandor rojizo, de la llama de un farol se prendió. Las dos chicas se dieron cuenta, al mismo tiempo, que, en mitad de la cueva, colgado por una cuerda que le aprisionaba las muñecas, estaba Lion. El niño estaba inconsciente, pero sin heridas aparentes. Llevaba el arco de goblin aún atado a la espalda, pero sin el carcaj, sin espada y sin el casco.

– Le he drogado, para que no hiciera ruido. Ha peleado todo el rato, no tuve más remedio – dijo la persona que estaba oculta en las sombras. Midla intentó acercarse a Lion, pero entonces la figura lanzó un cuchillo, que se quedó clavado en el suelo a pocos centímetros del pie –. No quiero derramar sangre, solo quiero que me deis ese báculo y que dejéis la peregrinación. A cambio, os llevaréis al infante.

– No quieres derramar sangre, pero nos has atacado en tres ocasiones ya. Eres la misma yiga que la fuente de Faren y la de Nayen, la chica del pelo oscuro. Quítate esa cosa de la cara – Zelda la señaló con el dedo. A pesar de la oscuridad, veía la máscara blanca, con el dibujo del ojo y la lágrima –. En Hyrule se cree que llevar máscaras da mala suerte. Ahora me explico por qué…

La chica obedeció. Se llevó una mano enguantada a la cara y retiró la máscara. A la luz del farol que había encendido, vio el rostro, moreno y de ojos azules, que más tarde sería el de Kafei. Solo que esta chica tenía una nariz más elegante, y los labios muy rojos y llenos. Era de la misma edad que la princesa Midla. Zelda trató de recordar el nombre de los padres de Kafei. El sabio de la sombra no hablaba mucho de ellos. Solo en una ocasión, le indicó a Zelda el lugar donde estaban sus cenizas. Dampe, el enterrador de la villa Kakariko, les había hecho una placa muy sencilla, lo máximo que se podía permitir. ¿Qué nombre ponía, cuando ese día acompañó a Kafei a poner flores? Maple se quedó a su lado, y le susurró palabras. Se distrajo mirando a la pareja, tan unida y feliz de estar juntos.

– ¿Cómo te llamas? – preguntó Zelda.

– ¿Importa eso? – contestó la yiga.

– Sí, porque tú sabes mi nombre, y me parece muy de mala educación hablar con alguien que sabe cómo me llamo, pero yo no sé el suyo.

– Me llamo Nalea, y no soy yiga, soy de la tribu sheikan – la muchacha asintió.

– Pero… Son los yiga los que quieren hacer daño a la familia real – dijo Midla.

– Y es cierto, pero yo no soy parte de ellos. Solo llevo un disfraz – Nalea colocó el cuchillo a la altura del pecho, como dispuesta a lanzarlo si Midla volvía a dar otro paso hacia su hermano.

– En la fuente de Nayen dijiste que iba a condenarnos a todos, ¿a qué te referías? – Zelda dio un paso al frente, y Nalea se puso en guardia.

– Alto. Si sigues, el resto del grupo te disparará.

Zelda sonrió. Kafei no sabía mentir, y por lo visto, esta familiar suya tampoco.

– No, no pasará eso. Porque usaste algún tipo de truco, para crear yigas que no existían, para hacernos creer que eráis un grupo y para distraernos. Por eso te pudiste llevar a Lion. Pero deja de fingir, ¿de acuerdo? Estoy más que dispuesta a hablar. Prefiero hacerlo, antes que darte una paliza, que es lo que haré si no liberas a Lion ahora mismo. Y como esté envenenado, entonces me da igual quién seas, te mataré.

Y algo vio la sheikan en los ojos rasgados de Zelda y en su expresión nula, que bajó el cuchillo y dio un paso atrás. Zelda hizo un gesto a Midla para que se acercara a su hermano. Midla tenía el cuchillo que le regaló Lady Allesia, en su funda. Lo usó para cortar la cuerda y bajar al niño. Lion dejó caer la cabeza hacia atrás, el rostro sucio con los ojos cerrados. Al ver como el cuerpo del niño caía laxo en los brazos de Midla, Zelda recordó la pesadilla que tuvo tiempo atrás, en las que veía al príncipe atado en la lanza del orco dorado, igual que lo estuvo Estrella.

– El báculo del tiempo…

– No te lo vamos a dar – Zelda se llevó la mano a la empuñadura de la espada –. Dime qué pasa, por qué querías matar a Midla en la fuente de Faren y por qué en la de Nayen trataste de prevenirme…

Nalea soltó aire. Levantó la mirada y empezó a decir la palabra durmiente, cuando algo muy veloz, de color blanco, dio un salto, y la derribó. La sheikan cayó al suelo, inconsciente, con una herida en la frente. Al mismo tiempo, en la pequeña cueva, entraron como un vendaval Urbión, Raponas, Ander y Sir Bronder. Este corrió y se puso al lado de Midla, para protegerla con su cuerpo. La criatura blanca dio otro bote, y ya estaba a punto de llegar a los infantes. No hizo falta que Sir Bronder hiciera nada, porque fue Zelda quien detuvo las dos hojas de Grahim.

El rey de los demonios sonrió.

– En el desierto eché de menos que no vinieras a por mí. Hubiera sido muy divertido…

– Ahora lo será más – Zelda repelió el ataque e inició el suyo. Esta vez, estaba bien armada y pertrechada, y en mejor forma que en el desierto. La única dificultad que tenía es que la cueva era pequeña. Por eso, obligó a base de mandobles y espadazos a Grahim para que saliera al exterior. Al mismo tiempo, vio que Bronder y Urbión estaban ya a su lado. Raponas se quedó atrás, y lanzaba flechas con la ballesta.

Grahim dio un par de saltos sobre la nieve. El rey de los demonios, a pesar de que su ropa no parecía que abrigara mucho, no temblaba de frío, y se sostenía sobre la nieve sin hundirse, mientras que Zelda se mantenía en pie a duras penas. Alrededor de las bocas de todos los presentes había vaho, una humareda. Zelda era la que aún estaba más cerca, y se dirigía al rey de los demonios. Este chasqueó los dedos, y alrededor de él aparecieron unos puntos de luz, en forma de cruz.

– ¡Cuidado! – gritó Ander. El hechicero gritó algo en su idioma gadiano, pero solo llegó a cubrir el árbol donde estaban los infantes y Raponas, oculto para poder disparar. Sir Bronder y Urbión vieron aparecer esos puntos de luz, que soltaron un haz que cortó los árboles alrededor.

Un corte de luz sobre ellos, y perderían las cabezas, los brazos y las piernas.

Zelda pensó en Urbión. Los haces estaban a pocos milímetros del muchacho. La noche anterior, habían tenido una conversación muy tonta. Urbión le había hecho una broma sobre las orejas de hylian de Zelda. De hecho, le dijo que tenía la fantasía de tocar la punta, para ver si eran reales, y hasta darles un mordisco. Zelda se había reído, y le dejó hacer, para descubrir que tenía cosquillas allí. Ella le dijo que podía mordisquearlas lo que quisiera, y que ella de pequeña había deseado, secretamente, tenerlas como las tenía su amiga Miranda Ralph. "Sigue, a ver si me las dejas chiquitas y redondas". "No, las adoro. Es lo que más me gusta de ti, junto la cantidad de pecas que tienes en los hombros".

A riesgo de perder la punta de sus orejas, la cabeza o el brazo, Zelda se interpuso, y movió la espada en horizontal. El brillo del Triforce surgió, con una vibración, y ella misma fue capaz de generar otro rayo de luz dorado, que desintegró los de Grahim. El rey de los demonios, sin embargo, se había movido. Escuchó gritar a Midla, y después otra vez a Ander.

Zelda llegó la última a la cueva. Ander tenía a los príncipes protegidos con una red de luz. Raponas se había colocado a su lado, fuera de ella, y tenía la espada desenvainada. El rey de los demonios había atacado, y le había herido en pecho, pero el soldado parecía estar bien. Al otro lado de la cueva, el rey de los demonios tenía en brazos el cuerpo de la sheikan, aún desmayada.

– Me la llevo. No os molestará más. Ya terminaremos esto en la fuente de Mugen. Daos prisa – dijo Grahim. El aura de rombos empezaba a rodearle, cuando Zelda trató de cubrir la distancia. Atacó ya al aire, porque el rey de los demonios se había marchado.

Lion no despertaba. Ander le tomó el pulso, y la temperatura. Mientras, Urbión ayudó a Raponas a vendarse la herida, y Zelda sacó entonces un remedio que había comprado en la fortaleza gerudo. Explicó al grupo que, el día después de la herencia, había salido a dar una vuelta, había hecho un favor a una anciana y esta le había dado algunas rupias. Las usó para comprar medicinas gerudos, antisépticos para las heridas, cicatrizantes y también antídotos. Ander aseguró que no veía signos en el príncipe de envenenamiento.

– La chica yiga os ha dicho la verdad: está drogado. Sin embargo, desconozco lo que le ha dado, y por tanto, no sé cómo despertarle. Lo mejor será dejarle descansar, pero estaría bien que fuera en un lugar más acogedor – el mago miró alrededor, con aprensión. La nieve seguía cayendo, y se estaba colando en la cueva.

– Estamos muy cerca del bosque de los Kokiris, ¿cierto? – dijo Zelda.

– Cuando nos atacaron, fue saliendo del pantano – dijo Bronder.

– De acuerdo, entonces – Zelda se quitó su mantón rojo. Se lo dio a Ander –. Abrígale. Vamos a llevarle a un refugio. Sin embargo, antes de hacerlo, os voy a pedir algo muy extraño. Prometedme que el sitio al que os voy a llevar quedará en secreto – Zelda miró a todos a los ojos. La miraban con extrañeza, sobre todo Sir Bronder –. Necesito que me lo prometáis, es muy importante.

– ¿Qué es, un refugio de bandidos o algo así? – preguntó Bronder.

– No, no… pero debe permanecer secreto. Y no me hagáis más preguntas – Zelda esperó a que todos asintieran. La primera fue Midla. La princesa dijo que le daba su palabra de honor, que jamás revelaría donde estaba ese refugio. Ander la siguió, igual que Raponas, que decía que estaba dispuesto a jurar lo que fuera con tal de evitar la nevada. Urbión al final asintió, con mucha duda y ganas de preguntar, y el último fue Sir Bronder.

– La salud del infante es lo más importante. Ya nos aclararás el porqué, pelirroja.

– Es un sí, entonces – Zelda sacó la brújula. Sí, recordaba los pantanos al borde del bosque. Un poco más adelante, estaba el camino que tomó Link y donde se encontró con una gran deku baba. Y, a unas pocas horas, estaba el refugio. "¿Vivirá alguien ahí ahora? ¿Y si es refugio de ladrones, al fin y al cabo?" se preguntó Zelda. Podría llevarlos mejor a la fuente del Hada. Había una cueva, pero también recordó que por allí había un espíritu de una mujer que se llevaba a los viajeros. En su tiempo, Link y ella la habían derrotado, pero ahora estaban todos en una época anterior.

Se orientó con la brújula, miró el camino del bosque ya cubierto de nieve y silbó, llamando a Scarlet. Se agruparon, porque Ander, Midla y Lion no tenía montura propia. Caranegra estaba con los soldados. Sir Bronder tomó a Lion en brazos, cubierto el cuerpo del niño con el mantón gerudo. Aún así, el caballero le cubrió con la capa de oso. Midla aceptó montar en la grupa con Urbión, y Raponas tenía a Ander a su espalda.

– Tu nos guías, pelirroja. Adelante – anunció Bronder. Zelda asintió.

La nieve estaba cayendo sobre sus cabellos rojos, cubriéndolos con una capa blanca. Zelda espoleó a Scarlet, y la yegua obedeció, aunque el camino estaba resbaladizo. Trotó, mostrando su casta de yegua campeona. Lady Allesia no había exagerado, era una de las mejores yeguas que Zelda había visto, solo superada, por el cariño que le tenía, por Centella. Atravesaron el bosque de noche, dejando tras ellos una polvareda blanca. Nadie del grupo se quejó ni puso en duda la marcha. Zelda no se detuvo. En su corazón, en su mente, veía el bosque de los kokiri. Como le pasó en el desierto, el bosque era el mismo, en su época, en esta, en la del Héroe del tiempo. Un lugar oscuro, inhóspito, donde se podía creer que existían criaturas como los skull kids o fantasmas. Zelda rezó porque esa noche tan fría no le salieran al paso fantasmas, ni poes, ni caballeros esqueletos. Hacía mucho que no se los encontraba, pero de nuevo tenía que recordarse que en esta época ella aún no había limpiado los caminos y bosques de criaturas.

Wolfos. Los escuchó aullar, a los lejos. Zelda apretó los dientes, gritó al grupo que tuviera cuidado, que se dieran prisa. Pasaron entre los caminos reconocibles, dejando atrás a dekus babas que el frío había convertido en nueces gigantes. En un momento determinado, Zelda hizo girar a Scarlet, y le indicó un lugar campo a través. Bronder pareció vacilar, pero Zelda le gritó que siguiera. El camino era aún más inhóspito, con más árboles y ramas bajas. Zelda no tuvo más remedio que abrir camino, lanzando espadazos. Sir Bronder cedió a Lion a Raponas y se adelantó para ayudar a Zelda. Entre los dos, abrieron un camino, y Zelda se preocupó. Estaban dejando un rastro muy claro. Bronder dijo entonces que con la nieve tan pesada que estaba cayendo todo quedaría oculto hasta la primavera.

- Ya me explicarás que lugar es ese… Espero que no sea un poblado yiga – comentó Bronder, con sorna.

- No, estará vacío, creo… - Zelda se mordió el labio. No quería pensar. No sabía cuál de las dos posibilidades, es decir, que muriera Lion y que por tanto Link no naciera, o que los niños perdidos no tuvieran un lugar seguro en el que refugiarse, le daba más miedo.

El templo del bosque, el lugar donde años más tarde Leclas y Urbión construirían el refugio para los niños perdidos, los niños abandonados por sus adultos que no podían pagar los impuestos, escapados de orfanatos, enfermos y heridos. Estaba allí, Zelda podía verlo. Era el mismo, incluso con la capa de nieve que ya se había amontonado en la entrada. Zelda saltó de Scarlet, corrió a la puerta, y empezó a retirar la nieve. De repente, tenía a Urbión y a Raponas a su lado. El soldado tenía su escudo, y lo usaba a modo de pala. Urbión usaba sus propias manos, pero el soldado le dijo que se apartara, que se iba a congelar los dedos. Urbión entonces se limitó a romper la puerta de madera de una patada, cerrada a cal y canto. En cuanto el camino estuvo despejado, el primero en pasar fue Sir Bronder, con Lion en brazos, y Midla. Zelda entró tras ellos. En pocos minutos, gracias a una semilla de ámbar y a los restos de un árbol que había caído sobre una ventana, pudieron encender una hoguera.

El grupo miró alrededor. La luz de la hoguera era escasa, apenas iluminaba las paredes del templo. El techo seguía en pie en esta época. Zelda recordó que Leclas había tratado de arreglarlo muchas veces, solo pudo hacer un apaño con algunos troncos. Por eso, el frío se colaba en la gran sala, aunque muchos niños dormían allí porque estaba el altar, donde hacían el fuego, y era más grande.

– Hay una habitación más pequeña por aquí, podemos tender a Lion ahí – dijo Zelda.

– No, mejor cerca del fuego – Ander se quitó la capa y la tendió lejos. Bronder había dejado a Lion, aún dormido, cerca de la hoguera, usando su manta para cubrir el suelo. Midla le sostenía la mano y le llamaba, pero el niño seguía sin responder. El hechicero le puso la mano en el hombro y le dijo que debía quitarse la capa ella también.

– Rápido, o te resfriarás.

Zelda miró al grupo. Todos tenían las caras rojas, y los cabellos húmedos. Raponas se sujetaba el costado, Urbión temblaba y Ander se frotaba las manos. Midla, tras obedecer a Ander, se sentó al lado de su hermano, volvió a llamarle. La princesa tenía los ojos enrojecidos, al borde de las lágrimas. Algunos de ellos tenían la manta de viaje en la cabalgadura. Las usaron para crear en el suelo un lugar más caliente. Los caballos se quedaron en la pequeña estancia donde en un futuro tendría su dormitorio Leclas, Urbión y algunos niños de los mayores.

No tenían apenas nada de provisiones, solo algo de carne reseca, que Zelda repartió. Bronder ni siquiera insistió en comer un trozo de la ración de Midla, al ser tan escasa. Mientras Zelda veía a sus compañeros caer en un sopor, sin preguntar siquiera por las guardias, la chica pensó que esa escena era muy familiar. Igual que en el futuro, también había un grupo hambriento sin apenas provisiones. Zelda se sentó cerca del fuego, en un sitio entre Raponas y Ander. Midla había sido la primera en quedarse dormida, abrazada a su hermano, no sabía si para darle calor o buscalo. Bronder se había sentado en el mismo lugar que, muchos años después, ocuparía Link V Barnerak. Solo que él se quedó dormido sentado. Zelda comprendió que, desde que se llevaron a Lion, ninguno había descansado, y que cuando llegaron al claro, ya llevaban horas buscando por el bosque.

El único despierto era Urbión. Se sentó a su lado, y, en susurros, Zelda le preguntó:

– ¿Cómo nos encontrasteis?

– Ander – resumió el chico. Empezaba a sentir pesados los párpados –. Estaba en ese camino de cabras, perdido, y Bronder le preguntó, nos dijo lo de la nota, y que habías ido con Midla sin esperarle – Urbión bostezó –. Te vas a llevar una bronca, cuando Sir Bronder despierte. Estaba realmente muy enfadado contigo.

– Me lo imagino – Zelda se encogió de hombros. Tenía frío. Su manta estaba ahora en el suelo, tendida para dar algo de calor a todos.

– Anda, ven aquí – Urbión le pasó su largo brazo por los hombros y la atrajo hacia él.

– No es ne…

– Ya, no es necesario. Lo dices mucho, ¿te has dado cuenta? Y te diré lo mismo que en el desierto: estás temblando – el chico la rodeó con los brazos, hasta que Zelda apoyó la cabeza en su hombro. –. Pero esta vez no puedo prometerte que seré un caballero.

– No te va a quedar más remedio, estamos rodeados – Zelda susurró esto. Justo en ese momento, escucharon un ronquido, el de Sir Bronder, y los dos chicos tuvieron que contenerse para no reírse –. Si estás cansado, duerme. Yo puedo hacer guardia…

– La haremos juntos – Urbión la estrechó aún más, diciendo que estaba congelado. Zelda se apretó contra él, y le preguntó si estaba mejor, y el chico respondió con un leve ajá, antes de quedarse dormido, con la cabeza apoyada en la coronilla de Zelda. Ella siguió despierta, apoyada en él, mirando el fuego.

Todo distinto, y sin embargo, igual.