Capítulo 19 Fantasmas

Zelda aguantó despierta, casi hasta el amanecer. En un momento determinado, empujó un poco a Urbión y le ayudó a tumbarse. Le dejó la manta y se acercó a Lion. El niño seguía dormido, y no tenía fiebre. Le quitó un mechón rizado de la frente, y le pidió en labrynes que volviera a ser el mismo bribón de siempre. Luego, cubrió bien a los dos infantes con la enorme capa de piel de oso de Sir Bronder.

Cuando estuvo segura de que el grupo estaba bien, salió un momento del templo. La nieve, que había cesado de caer por fin, había cubierto todo el lugar. Durante el invierno que pasó en el refugio, los niños capitaneados por Leclas habían limpiado la entrada y el tejado, para evitar que la acumulación de nieve rompiera lo poco que tenían de paredes y techo. Por eso, el aspecto era distinto, y esto ayudaba a Zelda. Se decía a sí misma que todo estaba bien. Si hubiera cambiado el destino, ya habría sido "arrojada" fuera del tiempo, como le dijo a Imya. Leclas nunca le dio muchos detalles sobre cómo llegaron al templo o si encontraron esa puerta de madera cerrada o destrozada. Vio la explicación que le hizo Ander, algo sobre que cambiar pequeñas cosas no alteraban la línea. Ella no entendía nada de lo que le habló la sacerdotisa ni el mago. Una vez más, se preguntó qué diría Link de estar allí. Pondría su cara de seriedad, y concentración, y sugeriría ir a una biblioteca a buscar información. "Siempre con sus libros, este rey..." Zelda se cruzó de brazos, y miró al exterior.

El estanque estaba congelado, y el árbol donde ella solía dormir casi todos los días no tenía hojas. Recordó que en ese invierno fue cuando pasó más tiempo con Urbión, durmiendo juntos, cerca del fuego. "Una vez más, este refugio sirve para curar a un niño. Si es cierto que hay una divinidad aquí, por favor, te lo ruego. Que no le pase nada a Lion". No solo porque ese niño se convertiría en el rey, en el padre del actual rey Link, sino también porque le había cogido mucho cariño. El niño, que se había preocupado por ella, y le había logrado confesar algo que Zelda no había dicho antes en voz alta: que le hubiera gustado tener un hermanito. Como su deseo de tener las orejas y la presencia bella y femenina de Miranda Ralph, o su deseo de tener madre, o el de tener muchos hijos que la volvieran a loca. No había nunca expresado estos deseos a nadie en voz alta, formaba parte de lo que su padre llamaba "la caja de Zelda". "Escondes ahí todo lo que deseas, hija, no lo comunicas. Sé que te gusta tener esa caja y tus secretos, pero de vez en cuando, deberías permitir que los que te quieren vean algo de tu interior. No debes tener miedo de mostrarlo".

"Sí, pero no entiendo por qué iban a querer saber esto. Solo me importa a mí"

A Urbión, el amigo del bosque, sí le había confesado que le hubiera gustado que su madre viviera más tiempo, para tener más y mejores recuerdos de ella. En esa época, había olvidado el nombre de su madre, lo recordó más tarde, gracias a Link y a la canción que compuso para ella. A Urbión Dellas, le había contado el tonto deseo de ser más parecida a Miranda Ralph. "Será la edad, que me estoy volviendo más blandita, y voy por ahí contando cosas que antes hubieran tenido que arrancarme torturando".

Estaba observando el exterior, cuando escuchó la voz de Bronder. El caballero se había acercado a ella, despacio y sin hacer ruido, y la llamó pelirroja. Aunque había tratado de hacerlo en voz baja, sonó igual que si hubiera lanzado un montón de platos de metal en mitad de un templo. Zelda le miró, le chistó y señaló con la barbilla al grupo dormido.

– Está amaneciendo – dijo la chica.

– Sí, ya lo sé – el caballero se asomó un poco.

– ¿Te has despertado para echarme la bronca, por lo de ayer? Sí, tienes razón, debí avisaros y esperar, pero ya sabes… Soy una polvorilla.

– No es ninguna novedad – Bronder se cruzó de brazos. Volvió a mirar atrás. Raponas o Ander, había hecho amago de moverse, pero siguieron tendidos –. Ya lo dije cuando te defendí del imbécil de Helios: eres incapaz de escuchar las órdenes y vas por libre. Quizá en el pasado, eso te sirvió, pero ahora estás en este grupo, y debes confiar en nosotros, tanto como nosotros hemos decidido confiar en ti, pelirroja.

– ¿Ah, ya no soy una espía yiga? – Zelda sonrió con sorna.

– No he dicho eso, puedes seguir siendo una espía, pero ya he visto bastante para entender que, de momento, tu camino es el mismo que el nuestro. Por eso, me atrevo a confiar en ti, aunque me sigas tuteando sin ningún respeto – Bronder volvió a mirar atrás. Zelda se preguntó por qué el caballero tenía tanto interés en vigilar a los demás y no en ella. Tuvo la respuesta con la siguiente frase –. Ya he visto que mi ahijado y tú estáis emparejados.

De todas las cosas que le había dicho Bronder, ninguna le produjo tanta rabia y a la vez vergüenza como esta. Zelda sintió que se le ponían rojas hasta las orejas.

– ¿Te parece mal, porque no soy noble? – Zelda se atrevió a mirarle fijamente, sin importarle la vergüenza.

– No, no… No es eso – Bronder hizo un gesto para pedir calma, y que no levantara la voz –. Pelirroja, hay algo que debes saber de Urbión Dellas. Antes de abandonar Ordon para ser caballero, se prometió con una joven de su aldea. No sé mucho más, solo que es la hija del alcalde. Supuse que el muy rufián no te ha dicho nada.

Bronder había dicho las últimas frases en voz baja, y también con duda. Se quedó mirando a Zelda, esperando las reacciones que serían lógicas en una joven enamorada: enfado, negación, llantos, preguntas… En su lugar, el rostro moreno de la chica pelirroja le devolvió una expresión fría, como la nieve que volvía a caer en el exterior.

– ¿Y?

Fue la única pregunta que hizo. Bronder bajó las manos, que había levantado para defenderse del ataque de furia que no se daría, no de momento.

– ¿No te molesta?

– No sé. No somos nada serio, Bronder, no te preocupes ni te metas donde no te llaman – Zelda se encogió de hombros –. Si ya estás despierto, y te apetece, podemos intentar cazar algo.

– Puedo ir yo solo, Raponas ya está despierto, hará una guardia. Es mejor que te vayas a dormir, pelirroja. La falta de sueño te hace más lenta de lo habitual.

– Me parece buena idea, Sir Oso. Buenas noches.

Zelda durmió hasta bien entrada la tarde. El resto del grupo se fue despertando, y se movieron por el templo, con cuidado. Bronder cazó unos animalillos, que por el aspecto parecían ratas o ardillas. También encontró setas comestibles, enterradas en la nieve y con aspecto gomoso, pero calentadas podían pasar por comida. Zelda dormía cerca del fuego, estirada, con las manos en el estómago, la manta que había usado con Urbión como única prenda para abrigarla. Los demás debatieron en voz baja qué debían hacer. Bronder proponía ir a buscar a Helios. Al fin y al cabo, no podían dejar al capitán sin saber que habían rescatado a Lion. Se oponían Urbión, Midla y Ander, que argumentaban que le habían prometido a Zelda que ese lugar debía quedar oculto, no podían revelar su existencia.

La princesa no se separaba de su hermano. Le llamaba, tocándole las manos y el rostro. Ander la animaba, diciendo que el príncipe, a pesar de su estado de inconsciencia, estaba bien. No tenía fiebre, respiraba con regularidad, pesadamente de hecho, y tenía buen tono de piel.

– Algunas drogas son más fuertes que otras, y esa yiga puede que usara más cantidad de lo normal, pero descarto una sobredosis.

– Dijo que no era yiga, que era sheikan – aclaró Midla. Bronder recibió esta información con un fuerte resoplido.

– Ya no quedan, fueron borrados de la historia.

– Pues a ellos debemos mucho. Fue una sheikan, capitana de la guardia real, quien asistió al Héroe del Tiempo, y se cuenta que una fue guardiana del templo de la luz, durante siglos – Midla miró a Ander de reojo, y el mago asintió –. Este templo, mismo. Es de ellos, seguro.

– ¿Cómo lo sabes, princesa? – preguntó Ander.

– Las inscripciones en hyliano. La forma cuadrada. Es de un período muy anterior, antes de que empezaran a hacer sus templos en forma de anillo y bajo tierra. Yo diría que más que un templo, este lugar es una capilla, y que sirvió para lo mismo que estamos haciendo ahora, ofrecer refugio a los peregrinos – Midla señaló algunas inscripciones –. Ahí dice "Dispensario", y en la otra puerta "Cocinas". Debió ser más grande, pero se ha perdido más de la mitad.

– Es probable que otros habitantes del bosque desmontaran el templo para construir otras cosas, como casas o caminos – Ander estaba tratando de hacer una cataplasma caliente, con barro, hojas y algunas hierbas que había traído consigo. Lo usó para ponerlo sobre el pecho de Lion, y solo consiguió que el príncipe frunciera el ceño, pero poco más.

Zelda no era consciente de estas conversaciones. Estaba profundamente dormida, igual que si hubiera comido una de las galletas del mago. Sus sueños volvían a ser una mezcla de anteriores combates, con algunas personas cambiantes, a veces su padre aparecía para interrumpirla, o la profesora Mariposa, para recordarle que le faltaba tarea por entregar. Al mismo tiempo que Lion fruncía el ceño por la cataplasma, Zelda también hizo el mismo gesto. En su sueño, veía al ogro de piel dorada, con la lanza en ristre. El infante estaba atado arriba, y su cabeza rebotaba y oscilaba como había visto hacer a Estrella en el combate en el puente. Caían flores rojas, que al contacto con la piel, le abrasaban. Urbión estaba allí. Era Urbión Dellas, con sus ojos oscuros, luchando contra el ogro. Por un extraño motivo, Zelda en el sueño no era capaz de intervenir. Lo intentaba, y no podía.

– Debes regresar.

Era Link el que hablaba. El rey de Hyrule, con 15 años ya cumplidos, tenía la brújula entre sus manos.

– Te la regalé para que sepas siempre regresar. Hazlo, Zelda, no te quedes ahí, no me dejes solo, por favor, te lo ruego.

En el sueño, Zelda empezaba a caminar hacia él, aunque no podía evitar mirar hacia atrás a la lucha entre Urbión y el ogro de piel dorada. Una flor que quemaba se posó en la frente, y Zelda, en la vida real, se llevó la mano al rostro.

– No, Link, no… No te dejaré solo, no…

Alguien dijo unas palabras, que sonaron cerca de su oído. Zelda se incorporó, con la mano en la empuñadura de la espada. Sin abrir aún los ojos, se precipitó sobre el cuerpo que tenía al lado, y le agarró del cuello, mientras levantaba el puño. La detuvo una mano firme, y entonces Zelda abrió los ojos.

Tenía a Urbión aprisionado contra el suelo, sentada a horcajadas sobre él. El chico la había sujetado de los brazos, y pareció asustado por un segundo, hasta que comprendió que Zelda estaba despierta.

– Disculpa, parecía que tenías una pesadilla y yo solo quería…

– No, discúlpame a mí – Zelda se apartó. Los demás los miraron, y entonces la chica se sentó en el suelo. Agradeció que no hubiera llegado a sacar la espada. Notó que Raponas se ponía rojo, y miraba a otro lado, que Midla parecía desconcertada, pero no dijo palabra. Ander sonrió, y regresó a su intento de hacer otra cataplasma. Bronder soltó una breve carcajada, para después decir:

– Parejita, esas cosas en privado.

Urbión se puso muy colorado, Zelda observó que esto no provocó ninguna sorpresa a su alrededor. Hasta Midla, que había parecido desconcertada, sonrió y miró de reojo a Ander. Le escuchó susurrar al mago que este le debía diez rupias. Raponas de hecho se llevó la mano a su bolsa de dinero y pagó a la princesa.

– Lo saben todos… Por lo visto no hemos sido muy discretos – dijo Urbión, mientras se llevaba la mano a la nuca.

– Bien, mejor – Zelda se puso en pie. Se sacudió un poco las ropas y miró hacia Lion –. ¿No ha despertado?

– No. Estoy probando todos los remedios que se me ocurren – contestó Ander.

– Seguro que Bronder ya le ha arreado un bofetón de los suyos… – Zelda se acercó. Tocó la mejilla del niño, que estaba templada.

Sí, habían probado a despertarle sacudiendo un poco por los hombros, y Midla le había dado un bofetón y hecho cosquillas, pero Lion seguía inconsciente. Zelda observó el pálido rostro. Estaba teniendo recuerdos de Link, en esta misma sala. El ataque del fantasma había sido un hechizo paralizador, le dejó fuera de combate un buen rato, y cuando se despertó, tras decir unas pocas palabras, se volvió a desmayar. En ese recuerdo, Zelda revivió los pasos que hizo Urbión para revivirlo.

– Necesita agua de la fuente del hada… – susurró la chica. Se giró hacia Ander y le preguntó –. ¿Ya ha pasado la festividad de las tres divinidades? ¿Lo sabe alguno?

– Fue el día que regresamos a Hatelia, ya estamos en Enero – respondió Bronder –. ¿Qué planeas pelirroja?

– Conozco un lugar que tiene un agua milagrosa. No lo cura todo, pero una vez vi cómo revivía a una persona que había sido atacada con un hechizo de parálisis. Podría funcionar, ¿no? – y buscó apoyo en Ander, a quien esperaba que no le sonara tan descabellado.

– ¿Está muy lejos? – preguntó Bronder.

– No, está al sureste de aquí, sé cómo llegar. Pero en invierno, hay un fantasma de una mujer, es muy peligroso. Suele serlo más cerca de la fiesta de las tres divinidades – Zelda recordó el encuentro con la mujer que habían llamado Reina de las Nieves.

Bronder se cruzó de brazos. Por un segundo, Zelda temió que la tachara de loca, y no le permitiera marchar. Pero después se recordó a sí misma que era la heroína de Hyrule, y que este caballero ignorante no iba a detenerla. Si con eso salvaba a Lion, se hundiría de nuevo con gusto en el Mundo Oscuro. Bronder dijo al fin:

– De acuerdo. Come algo, llévate tu mantón gerudo y elige a una persona para que te acompañe. El resto se quedará vigilando el sitio. En cuanto logremos despertar a Lion, marcharemos hacia la fuente de Mugen, y Raponas irá a entregarle un mensaje a Helios – Bronder miró al soldado, sorprendido de ser nombrado –. Tu hermano no podrá mandarte a la horca, ¿verdad?

– Ganas no le faltarán… Pero me escuchará – admitió Raponas.

– Urbión, abrígate. Te vienes conmigo – Zelda recuperó su mantón gerudo, que le tendió Midla. Podría haber escogido a Bronder, o a Raponas. Como el soldado era el que tenía una ballesta y el arco de Lion, prefería que se quedara en el refugio. En cuanto al caballero, Zelda no le apetecía estar a solas con él. Las otras dos opciones eran Ander y Midla. El mago era el único que sabía preparar remedios, si Lion empeoraba debe permanecer allí. Midla no se separaría de su hermano, aunque en sus enormes ojos azules Zelda vio que lo pensó un segundo.

– Ese remedio, el agua de la fuente del hada, has dicho… ¿De verdad es efectivo? – le preguntó Midla. Por el rabillo del ojo, vio que Raponas hablaba con Urbión en voz baja.

– No siempre, pero podemos probar. Lo que sé es que es inofensivo si quien lo bebe no lo necesita, que es lo que teme Ander que pase si prueba un antídoto para venenos – Zelda se puso el mantón, cerrando con un lazo en el cuello. Echaba de menos su capa gris –. Sospecho que Nalea es mala a la hora de aplicar venenos y drogas, se le deben dar mal las matemáticas. El puñal que usaron conmigo tenía más cantidad de veneno de lo normal, y a Lion le ha administrado droga adormecedora por encima de la media. Alguien le debería enseñar números a esa loca.

– ¿Nalea? – preguntó Bronder.

– Así se llamaba la chica que se llevó a Lion.

– Aunque nos dijera eso, Grahim se la llevó, para protegerla de nosotros. Es una enemiga… – dijo Ander. Zelda y Midla negaron con la cabeza a la vez. Fue la princesa quién respondió:

– Fue Grahim quién la golpeó, para evitar que nos dijera algo sobre el durmiente.

– Bien, lo resolveremos en la fuente de Mugen – Zelda echó un ojo a Urbión. El chico se había puesto su capa, y ya estaba listo para salir tras ella –. Iremos andando. Adelante.

– De acuerdo, niños, pero no os entretengáis haciendo tonterías de enamoriscados – soltó Bronder, y fueron sus carcajadas lo último que escucharon mientras salían del refugio.

"Soy idiota"

Esto se repetía mentalmente Zelda, mientras localizaba las señales que debían estar en esta época. No podía basarse solo en los hitos que Urbión puso en el camino especialmente para ella, la Z marcada en un árbol, la piedra negra, redonda y lisa. Tenía que guiarse por otras señales: el árbol con el agujero en forma de espiral. La roca grande con forma de vaca. Apartó la nieve de lo que sería la cabeza, y apreció los cuernos. Urbión Dellas, el Urbión de esta época, la seguía. Silencioso y sin hacer preguntas, aunque la miraba con extrañeza.

Inevitable recordar la primera vez que Urbión la trajo a la fuente del hada, y como era ella la que iba haciendo preguntas y distrayéndose. Urbión la regañó varias veces. También, era inevitable recordar la última vez que estuvo en la fuente del hada, la noche de las tres divinidades cuando la Reina de las Nieves se llevó con ella a Link. Entonces, tuvo que pelear contra escarabajos de nieve, y la misma Reina, que tenía a Link hechizado.

"Nunca se me olvidará esa expresión fría y distante que tenía… En el sueño, parecía vivo, pero algo me dice que se ha vuelto a meter en líos. Al fin y al cabo, es un mago, y tiene sueños premonitorios. No sería la primera vez que me mete en ellos..."

– Zelda, necesito decirte algo… – dijo de repente Urbión, sacándola de sus pensamientos.

– Ahora no es momento para tonterías, deja que me concentre – atajó Zelda.

– He notado que no me has dicho nada, en todo el día.

– Estaba dormida – replicó Zelda. Había localizado el arbusto que daba bayas como moras. En invierno, estaba vacío. A lo lejos, le llegó el aullar de un lobo –. Anda, vamos, no me hagas perder tiempo, debemos llegar.

Urbión hizo un ademán de cogerle de la mano, pero Zelda le rehuyó. De repente, tenía la sensación de que este chico se volvía de nuevo el amigo del bosque, el que estaba preocupado por los niños. "Soy idiota, es verdad… ¿por qué no he escogido a Raponas? Mejor él, no me trae recuerdos tan agridulces". Porque Zelda, cuando pensaba en esos momentos que compartió con Urbión en el bosque, le costaba separarlos de los últimos momentos en el Mundo Oscuro, cuando descubrió su traición. Muchas veces se preguntaba cómo era posible que alguien que era tan bondadoso con los niños pudiera ser una parte del señor del Mal.

El chico que tenía a su espalda, que se miraba la mano con expresión de pena, no era Urbión. Era Urbión Dellas, un joven de Ordon, un aprendiz de caballero, un novato de la guardia real. Había crecido con un padre anciano que falleció siendo él un niño, con una madre que parecía querer protegerle de todo mal con el medallón que le regaló, y que había arrancado la promesa a Bronder de traerle vivo de vuelta a su hijo. Conocía mucho sobre la vida en palacio, sobre cómo dar besos, como hacerle sonreír con tonterías. Era un gran espadachín, bien educado, no como Urbión que era buen luchador pero bruto y tosco.

No debía compararlos, se decía. Como no debía comparar a este Urbión con otras personas. ¿Qué pensaría Leclas de él? ¿Le caería bien? Link tardó en apreciar al Urbión del Mundo Oscuro, ¿qué teoría tendría al ver a este Urbión con el mismo rostro, pero siendo distinta persona?

Encontró por fin la última señal, el árbol bajo el que Urbión dejó la piedra negra. Zelda recordó que en su última aventura se resbaló por la rampa y acabó en un agujero lleno de escarabajos de hielo. No quería repetir experiencia. Por eso, Zelda advirtió a Urbión, que pisara por donde ella lo hacía, y la chica empezó a descender por la cuesta aferrándose a los troncos de los árboles, no de las ramas. Urbión la imitó, en silencio.

Llegaron por fin a la fuente del hada. Zelda se sorprendió una vez más: estaba igual que en esa aventura. Rodeada de nieve, y hielo. El lugar era más hermoso en otoño y en primavera. Entonces, miró la superficie. Tendría que golpear el hielo hasta extraer un pedazo, y rezar para que fuera igual de efectivo.

– ¿Qué vas a hacer? – preguntó Urbión.

– Necesito hielo… El agua de esta fuente es curativa – Zelda empezó a golpear el hielo, y este se resquebrajaba, pero costaba mucho. Urbión entonces le dijo que se apartara un momento.

– Deja, lo hago yo. Y podemos obtener agua pura de la fuente, mejor que el hielo – Urbión primero dibujó un círculo pequeño, del tamaño de su pie, usando la daga gerudo. Repasó las líneas, hasta crear surcos – Nunca has pescado en hielo, ¿verdad?

Zelda asintió. Dijo que en Labrynnia no nevaba nunca, y que no había escuchado que eso se pudiera hacer. Urbión explicó que en Ordon era una actividad propia del invierno, lo hacían todos los niños. Claro que había lugares del río que eran peligrosos, el hielo se quebraba con facilidad y se podían caer y acabar ahogados o congelados.

– El agua, debajo de la capa, está igual, incluso hasta un poco más caliente que en el exterior – Urbión siguió dibujando el círculo. Se detuvo un momento, para mirar más allá de la propia Zelda –. Parece que no estamos solos.

Zelda se giró, y de inmediato se llevó la mano a la cadera. Para su sorpresa, quién estaba allí de pie era el mismo Leclas. Su amigo vestía el traje remendado con parches de colores y el gorro puntiagudo pardo que usaba para cubrirse las heridas de la cabeza. Los miraba, el rostro azulado, y sus ojos tenían una expresión malévola, rara incluso para el gruñón de Leclas. Zelda desenvainó, aunque sabía que nada podía hacer. Los fantasmas eran inmunes a los ataques y no tenían miedo. Que este tomara la forma de un viejo amigo era solo señal de que trataba de atraerla.

Por eso, le preguntó a Urbión qué veía exactamente.

– Es un chico, parece desarmado. ¿Quién es, por qué no nos saluda o ataca? Quizá está perdido, deberíamos…

– No, tú sigue. No le hagas caso. No le mires – Zelda, sin embargo, siguió observando –. Os lo dije antes, este bosque está lleno de fantasmas. Eso que ves ha tomado una forma para que yo me acerque, pero ha logrado lo contrario. Anda, vamos, esfúmate.

Leclas sonrió, y mostró la boca llena de colmillos. Urbión dio un respingo, soltó algo que pareció un rezo y Zelda le vio llevarse la mano al pecho, donde tenía su medallón. El fantasma que había tomado la forma de Leclas se marchó, caminando de espaldas. Zelda quiso respirar aliviada, pero no pudo, porque supo de inmediato que aquel ser de sombras tenía otro plan. Esta vez, se presentó ante ellos como una chica. Era rubia, con el cabello corto peinado hacia atrás. Miró a los dos con expresión dulce. Vestía un traje de campesina, blusa blanca, falda larga con un delantal bordado de flores de colores. Miraba a Urbión, con ojos suplicantes, y el chico estuvo a punto de dejar la tarea, pero al instante dijo:

– Otra vez, el fantasma… ¿Vemos lo mismo? Es una chica.

– ¿La conoces? – preguntó Zelda, aunque ella sabía la respuesta. Urbión no respondió de forma directa, solo dijo:

– Tú conocías al chico del gorro puntiagudo.

– Es un amigo, aunque a veces no estoy segura de eso. Un gruñón, malhumorado, que me habla mal y hace muchos chistes a mi costa – Zelda miró a Urbión –. Date prisa con eso, por favor. No se van a conformar con mirarnos, van a querer que los sigamos y nos convencerán para que nos hagamos daño.

– Pero, Zelda, yo debo decirte que la chica es…

– Sé quién es, ya lo sé. Vamos termina.

Urbión la miró sorprendido, y dejó de marcar el círculo. Su rostro era una mezcla de sorpresa, sonrojo y temor. Observó el rostro neutro de Zelda, sostuvo la mirada con ella y al final dijo:

– ¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?

– Bronder. Anoche, no… Más bien ha sido esta mañana, antes de irme a dormir – Zelda señaló el círculo que había dibujado Urbión –. Sigue. Ya veo una grieta. Lo más importante ahora es ayudar a Lion, no hay otra cosa que nos importe.

– Hablaremos más tarde, pero debes saber algo, Zelda – Urbión levantó el pie sobre el círculo y descargó todo su peso en el pisotón –. Yo… – volvió a pisar el hielo –. He querido –. Y volvió a golpear el hielo –. Decírtelo desde el primer día.

Urbión estaba rojo, y le costaba respirar, del esfuerzo. Repitió el pisotón, mientras decía:

– Ilya y yo estamos prometidos, es cierto… Pero no estamos enamorados.

– Ya te he dicho que me da igual, no importa – Zelda se agachó. El hielo había cedido, y ahora podía ver el agua corriendo por debajo. Metió la mano, con el frasco ya vacío de semillas. Lamentó no tener un frasco más grande, ni haberlo limpiado antes, pero no importaba. El agua de la fuente del hada purificaba todo lo que tocaba. Zelda cerró bien el tapón, envolvió la botella en un trapo y lo metió en la mochila –. Ya está, vámonos de aquí.

Zelda escuchó entonces el inconfundible aullido de los wolfos. Maldiciendo en voz baja, instó a Urbión a correr. Ella le guiaba. La noche había llegado al bosque, por suerte sin más nieve caída del cielo, pero la que esta se había convertido en hielo. Era difícil moverse, pero Zelda, por suerte o porque ya se olía que se podían perder de vuelta, había atado algunos trozos de trapos sueltos de su mochila. Se guio por ellos, y Urbión no dijo nada más.

Antes de llegar al refugio, aparecieron los wolfos. Eran cinco, y los rodearon. Urbión susurró un "maldita sea" y Zelda medio sonrió. Ella estaba acostumbrada a ellos. Había acabado con muchos, tanto en su etapa viviendo en el bosque como siendo ya caballero. Encendió una semilla de ámbar, y luchó junto a Urbión, usando un palo prendido y la espada. El fuego hacía que los lobos se apartaran un poco. Ella los espantaba, y Urbión atacaba. Fue rápido, y se acostumbró rápido a esta estrategia, sin necesidad de que Zelda se lo explicara. Al terminar, los dos se miraron de reojo.

– Vamos, hay que darse prisa – dijo Zelda, con el poco aliento que le quedaba.

Llegaron de nuevo al refugio, colorados y exhaustos. Urbión se quedó en la entrada, y le dijo a Bronder que habían peleado contra lobos gigantes, y hasta que habían visto a varios fantasmas. Zelda no se detuvo. Corrió hasta Ander y Midla y les dio el frasco con agua de la fuente, con los dedos ateridos. Ander calentó el agua en el fuego, en la taza de metal que tenía entre sus enseres, y Midla se llevó las manos al pecho y empezó a rezar. Zelda se sentó en el suelo, agotada por la carrera.

Cuando el agua estuvo templada, Ander susurró un "vamos allá", y Midla levantó la cabeza de Lion para ayudar al mago a darle de beber el remedio. Zelda pensó que era curioso que los dos siempre actuaran al unísono, y se preguntó si, cuando fue ella la envenenada, trabajaron igual. Lion tragó el remedio, con el ceño fruncido. Midla le dio un beso en la frente, mientras le secaba el agua que se había escurrido por la comisura de los labios. Todo el grupo estaba allí, inclinado, observando con los ojos abiertos. Zelda entonces vio que Lion fruncía el ceño, las pestañas se agitaron y, por fin, pudo ver los ojos del niño, aunque fue una pequeña rendija.

El príncipe los miró, fijando su vista en Zelda primero, para luego mirar a Midla. Su hermana sonrió, con los ojos llenos de lágrimas, y susurró un "menos mal". Raponas le dio un golpe a Zelda en la espalda y la felicitó, y Urbión cerró los puños y dijo "genial". Bronder asintió y fue el único en hablar directamente a Lion:

– Bienvenido, polvorilla.

– Hola… – Lion tenía la voz pastosa –. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estamos? El yiga que…

– Todo está bien, bribón, no te preocupes – Zelda seguía sentada en el suelo. Sonrió, se apoyó en un resto de columna y cerró los ojos. Urbión la despertó, unas horas después. Lo hizo porque Zelda aún no se había quitado el mantón gerudo, y tenía el cabello húmedo. El chico se acercó despacio, y al tocarle el hombro, Zelda se despertó, pero no le atacó.

– ¿Cómo está?

– Bien. Ha comido algo, se ha levantado, pero se ha vuelto a quedar dormido enseguida. Ander dice que aún tiene bastante de esa droga en el cuerpo – dijo Urbión.

Todos volvían a dormir, alrededor del príncipe. Zelda se incorporó un poco, y tuvo ganas de ir al baño, y también hambre. Urbión la acompañó al exterior, aunque él se quedó a cierta distancia. Tras lavarse un poco con agua fría, Zelda regresó al templo y entonces Urbión le tendió un trozo de carne y unas setas, sobre una piedra.

– No has comido nada.

– Gracias. La verdad, ni me acordaba… Hasta ahora – Zelda hizo un gesto a Urbión, para decirle que la siguiera a una de las pequeñas estancias. Gracias al fuego que habían encendido durante todo el día, no estaba tan fría como antes. Allí, Urbión tendió una manta en el suelo, y Zelda se sentó, en el centro. Urbión la observó, antes de decidirse a sentarse a su lado.

– ¿Por qué aquí? – preguntó.

– Porque vas a querer hablar, y todos están agotados – respondió Zelda –. Aunque a mí no me apetece...

Urbión suspiró, se sentó a su lado y entonces dijo:

– Empiezas a conocerme muy bien, Zelda. Es cierto, debemos hablar del tema, que te he ocultado. No era mi intención, solo quería escribir a mi madre, y eso lo haré en cuanto pueda. Esperaba solucionarlo para poder estar libre...

– No quiero escuchar eso, de verdad, no es…

– Necesario – le interrumpió Urbión, con una sonrisa que parecía triste –. Pero sí que lo es, Zelda, por favor, deja que me explique... Hace ya mucho tiempo, mi madre decidió que debía prometerme con la mejor chica de la zona, según sus palabras. Escogió a Ilya. Su padre es el alcalde de Ordon, un hombre muy respetado y honorable. Es una chica muy dulce, amable, le gustan los caballos, tejer y bordar. Sin embargo, cuando mi madre me prometió, los dos pedimos que incluyeran una cláusula en el contrato de matrimonio…

– Hablas como si estuvierais planeando comprar un terreno – comentó Zelda.

– Se nota que no eres noble, en estas cosas, y te lo digo sin acritud. Entre nosotros es común tener matrimonios concertados, según mi madre para garantizar la mejor línea noble. Sin embargo, Ilya y yo expresamos el deseo de que, si uno de los dos se enamoraba de otra persona, era libre de romper el compromiso.

– Pero firmasteis – Zelda escupió un trozo de hueso. Excepto por estos comentarios, la chica parecía bastante tranquila, como si Urbión le estuviera contando una historia más de Ordon.

– Sí. Debemos lealtad y obediencia a nuestros padres, no podíamos rehusar. Mi madre quizá esperaba que, al prometerme, abandonara mi idea de ser caballero y aceptara quedarme en Ordon para siempre, pero continué mi viaje.

– Bronder lo sabe porque se lo dijo tu madre. ¿Alguien más?

– Raponas. Me comentó que si era cierto que estaba contigo, que debía decírtelo, que si no, lo haría él. Que no debía jugar con tus sentimientos – respondió Urbión. Se llevó la mano a la nuca y rehuyó la mirada de Zelda –. El muy tontorrón te ha cogido cariño, dice que eres como el hermano malcriado que siempre quiso tener. Y, mientras dormías, Bronder me ha soltado un sermón sobre lo que significa ser un caballero y la honestidad.

– Metiéndose donde no le llaman, para variar. No vaya a ser que su ahijado cometa un error – Zelda dejó el plato a un lado. Ya había terminado.

– Yo creo más bien que estaba preocupado por ti, pero… Ahora, dime tú… No tienes a alguien más, ¿verdad?

– No, yo soy una campesina, no nos prometemos con gente de alta cuna – Zelda le guiñó el ojo.

– Ya, pero sueñas con ese Link, constantemente. Le prometes regresar…

Zelda le pidió a Urbión que se acercara a ella, pero él siguió sentado, sin moverse.

– Es un buen amigo, solo eso. Suelo soñar con él, porque supongo que es la persona más sensata que conozco, y por eso me lo imagino poniendo orden. Pero con quien sueño despierta, es contigo – Zelda alargó los brazos y esperó a que Urbión la abrazara, sin resultados.

– No te has puesto celosa con lo de Ilya, parece como si…

– No me da igual, claro, pero seamos realistas, ¿vale? No sabemos nada de lo que somos, lo estamos descubriendo. Aún es pronto. Pensemos en eso otro día. Ya lo sé, y te agradezco la sinceridad. Ahora, lo que más me apetece es otra cosa – Zelda, en vista de que Urbión no se acercaba a ella, decidió dar el primer paso. Se colocó delante de él, y este se dejó llevar, cuando Zelda cogió sus manos y las colocó en su cintura. Urbión dijo:

– Pues yo sí estoy celoso. Mencionas mucho a ese Link y parecías preocupada por él, como si quisieras irte a verle a Labrynnia ya…

Zelda le calló, con un dedo. Le dio un beso, delicado y suave, bajo el mentón. Le encantaba descubrir que tenía el vello ligero y puntiagudo de una futura barba.

– Déjalo ya, por favor, te lo pido. No importa más que el aquí y el ahora. No lo pensemos más – Zelda se sentó a horcajadas sobre Urbión y le atrajo hacia ella, levantando la cabeza del chico para que la mirara a los ojos –. Yo quiero estar aquí. Contigo. Ahora. Nada más. Bésame, quiero celebrar que hemos salvado a Lion.

– Es difícil resistirse. Estoy atrapado – Urbión ascendió las manos por la cintura de Zelda y, finalmente, la sujetó para acercarla a él. Se dieron un beso, más largo y profundo que los últimos que se habían dado.

Urbión y Zelda se quedaron dormidos, abrazados para soportar el frío. Así los encontró Bronder al día siguiente. El caballero no entró en la habitación. Para despertarles, dio un golpe en la piedra con el pomo de su puñal. Zelda se incorporó rápido, y solo vio la mano del caballero, en la puerta, y escuchó como decía un "arriba, dormilones".