Capítulo 21 La fuente de Mugen
Mientras Zelda y Urbión luchaban contra el hinox, Bronder se encontró atrapado en una sala. Nada más caer los dos chicos por la rampa, justo cuando trataba de ayudarles, una gran compuerta descendió y le dejó atrapado. El lugar se llenó de escorpiones venenosos. El caballero había logrado abrirse camino entre ellos, salir de la sala por una trampilla y regresar a la gran sala. Se encontró allí con Ander y Midla. Lion llegaba en ese momento con la mochila del hechicero y este le dio las gracias.
Bronder vio que los dos chicos, que habían estado riéndose de él a sus espaldas, estaban tendidos en el suelo, los dos con los ojos cerrados. Urbión Dellas tenía quemaduras en la cara, en los brazos y piernas. Tiritaba de frío, a pesar de las quemaduras. Midla se ocupaba de Zelda, porque la chica además de las quemaduras tenía heridas abiertas en la cabeza.
- Logré ayudarles, pero… - empezó a decir Lion, con los ojos a punto de soltar lágrimas. El chico logró dominarse, y Bronder, para animarle, le puso la mano en el hombro.
- Has hecho muy bien, alteza. Son fuertes, se pondrán enseguida en pie – el caballero observó el rostro del mago. Ander estaba concentrado, recitando hechizos, al mismo tiempo que echaba un poco de la pomada verde de las gerudos en las quemaduras de Urbión. El chico dejó de temblar al fin y entreabrió los ojos. Enseguida, miró hacia Zelda, y susurró su nombre.
– Bronder, por favor, ocúpate de él. Que no se mueva – le pidió Ander. Bronder se acercó a Urbión, y con su manaza, le obligó a seguir tendido. Urbión preguntó por Zelda, dónde estaba y si estaba bien. Midla y Ander estaban ahora ocupados con ella. Los dos trabajaban rápido. Ander recitaba los conjuros que conocía para la curación, Midla aplicaba los remedios verdes de las gerudos. Zelda entreabrió los ojos, dijo que había un mar de flores rojas, y entonces, Ander recitó el último hechizo: uno de sueño.
– Es mejor que descansen los dos – el mago se inclinó sobre Urbión y usó el mismo hechizo –. Sí, se recuperarán. Urbión tiene quemaduras muy serias, pero los remedios son buenos. Zelda tiene heridas más graves, pero lo de esta chica no es normal, por suerte tiene una constitución de un roble. Vamos a dejar que descansen, seguro que despiertan enseguida.
Bronder preguntó qué había pasado, y fue Lion quién le contó cómo había visto que un goblin de color azul estaba aún vivo, y que se acercaba a ellos por la espalda. Vio que accionaba una palanca y Zelda y Urbión cayeron a la trampa. El príncipe había atacado al goblin con la espada, y había logrado matarle. Para demostrar que decía la verdad, señaló a un rincón lejano. Bronder le creyó, aunque se preguntó una vez más qué diría el rey Dalpheness al saber que su hijo era capaz de enfrentarse a monstruos sin vacilar. "Una cosa más que agradecer a la pelirroja y a este viaje, pero no sé si es bueno o no".
Después, Lion se asomó a la trampilla, y vio a Zelda y Urbión luchando contra un orco de piel dorada y un único ojo. Midla le dijo que eso parecía más bien un hinox, y Ander le dijo que, a pesar de eso, lo de la piel dorada era nuevo. Lion entonces murmuró un:
- ¿Queréis dejar de discutir sobre libros e historias, y escuchar la mía? Es mucho más interesante – Lion contó entonces que, cuando comprendió que Zelda trataba de pedirle ayuda, Lion disparó al ojo. Omitió los primeros disparos, que fueron bastante malos porque no lograba darle. Lion se dio cuenta que el ángulo para disparar al ojo era complicado. O bien bajaba, o bien debía lograr que le mirara. Por eso, disparó para llamar su atención. Cuando el ogro levantó la mirada, Lion usó la flecha más gruesa que había logrado encontrar antes, para asegurarse de que le dejaría ciego.
- Acerté, y entonces Zelda y Urbión, como si fueran un único guerrero con cuatro brazos, atacaron a la vez y… - aquí, Lion dejó de contar, porque se dio cuenta que él ya no había visto más. Su hermana Midla le había apartado de la trampilla, y no comprendía bien por qué habían aparecido esas flores rojas.
- Ha sido un hechizo, hecho a mala idea – intervino Ander -. Quien haya preparado esta trampa, quería asegurarse de que, incluso habiendo vencido, nadie saliera de allí con vida. Esas flores son comefuegos. Unos segundos más, y los dos habrían ardido hasta convertirse en cenizas. Por suerte, he podido apartarlas con aire y traerles de vuelta, pero en este estado. Las heridas por quemaduras son las peores.
- Menos mal que Zelda compró remedios a las gerudos. A nadie se nos ocurrió – Midla cerró los botes.
Bronder asintió. Felicitó a Lion por su rapidez e inteligencia, y a Ander por sus hechizos y a Midla por su capacidad de curar enseguida a los heridos. Luego, observó a la pareja, que dormía tumbada boca arriba. El caballero se quitó su capa de oso, y la usó para cubrir a los dos.
- Han hecho un buen trabajo – Bronder se sentó en el suelo, cerca de la fogata que Ander y Midla habían encendido.
- ¿Crees que, si se lo pido, mi padre podría ascenderles? Sería muy bueno, Urbión podría llegar a ser guardia real, y Zelda también – dijo Lion.
- Se lo pediré yo misma – dijo Midla – Hace mucho que no tenemos un caballero mujer. Sería un placer ver a Zelda con la armadura real, todo un orgullo. Desde luego, se lo merece. Usted también, Sir Bronder, pero ya tiene el máximo honor que se concede a un soldado.
- No es lo que busco, y sospecho que la pelirroja tampoco – Bronder miró el cabello revuelto de la chica, su rostro pecoso y las manos, sobre todo estas últimas -. Ella se irá pronto, en cuanto termine esto. Es una polvorilla, no se quedará mucho tiempo en Hyrule, por muchos honores que se le hagan.
- Seguro que sí, si se lo pide cierto futuro caballero – Midla dijo esto con una sonrisa pícara, algo extraño en su rostro. Bronder la conocía desde niña, y no solía usar la ironía ni la chanza, pero ahí estaba, bromeando.
"No, ni con esas…" quiso responder el primer caballero, pero se guardó su opinión.
Volvía a soñar. Zelda veía el templo de las Praderas Sagradas, pero como se encontraba la primera vez que lo vio. Lleno de maleza, telarañas, con olor a podredumbre. Se preguntó entonces si Link lograba saber cuándo los sueños eran proféticos y cuando no si en ellos lograba oler. Hasta donde Zelda sabía, en los sueños no puedes oler, ni saborear, ni tocar. No se siente dolor, solo la imagen de que sufres. Por eso, mucha gente se pellizcaba cuando dudaba si lo que veían era real o no.
Así que Zelda eso hizo: se pellizcó en la mejilla, con toda la fuerza que pudo, y no sintió nada. Sí, era un sueño. En algún momento, mientras se elevaba en el aire, había perdido la consciencia. Quería despertarse. No era momento de descansar, debían terminar la misión. Estaban ya tan cerca, tan cerca de terminar…
- Zanahoria, ¿se puede saber qué estás haciendo?
Sí, era un sueño, pero la voz de Leclas fue tan real que Zelda, hasta en la realidad, susurró su nombre. En el sueño, se lo encontraba de pie, mirándola desde la puerta de salida del templo. Tenía las ropas que usaba en el refugio, la casaca marrón llena de remiendos de colores. Desde que era consejero, se hacía ropas chillonas de telas imposibles y colores horribles. Zelda le prefería así, más sencillo y menos doloroso para sus ojos.
- Descansar. Creo que lo merezco, ¿de acuerdo? – respondió -. Unos minutos, ahora me despierto.
- No, no te hablo de eso – Leclas caminó hacia Zelda. El chico la observó con los ojos oscuros muy duros y fríos -. ¿A qué estás jugando, Zanahoria?
- A nada. Estoy cumpliendo con mi deber de primer caballero – Zelda miró hacia el templo. Le parecía extraño, pero las telarañas se estaban disolviendo, como si estuvieran hechas de algodón de azúcar.
- No, para nada – Leclas se cruzó de brazos -. Estás huyendo. Él no está, lo sabes. Está muerto. No puedes hacer que reviva, por mucho que lo intentes en tus sueños – la voz de Leclas enfadado, tan chillona en la vida real, parecía más grave en el sueño.
- No estoy soñando – Zelda caminó hacia su amigo – He viajado a otra época, y puede que este Urbión no sea el mismo que conocemos, pero está aquí, vivo. ¿Por qué no puedo tener lo que quiero, por qué debo renunciar? Soy feliz, con él. Déjame disfrutar, gruñón.
Leclas había desaparecido. Zelda se giró, recordando al Leclas fantasma que vio en la fuente del hada. Por eso, no le sorprendió verle aparecer otra vez, a su espalda. El rostro del chico estaba más pálido y tenía la misma expresión de maldad que le vio en la fuente, pero habló de nuevo con su voz chillona.
- Pero hasta tú, que tienes serrín entre esas orejas puntiagudas, te has dado cuenta, ¿verdad? Que no es real. ¿Qué vas a hacer, cuando todo acabe? ¿Serás capaz de dejarle, o te quedarás aquí? Si este chico pertenece a esta época, y tú estás alterando el tiempo, ¿no le llevarás hacia un destino que sea distinto?
- Uy, Leclas, ahora sí que me has convencido de que es un sueño. Solo en uno te escucharía hablar así. Déjame tranquila, anda…
- Piénsalo, si no por tu propio bien, hazlo por el de él. ¿Qué crees que le pasará si te marchas? Se morirá de la pena, el desgraciado está enamorado de ti. Cuanto antes regreses, antes podrás ayudarle.
Zelda frunció el ceño. Sí, Leclas le estaba hablando de una forma muy razonable, pero no entendía bien lo que le decía. Ella debía marcharse, era cierto. En algún momento dejaría a Urbión Dellas en el pasado. No podía llevarle con ella, y tampoco decirle a dónde iba. ¿Era eso a lo que se refería Leclas? Urbión Dellas parecía un chico con los pies en la tierra, no un idiota que pierde el seso con facilidad. Estaba segura de que la olvidaría pronto. Seguro que tenía muchas admiradoras, y además estaba esa tal Ilya.
"No me gusta que jueguen con mis sentimientos" le había dicho el día de la herencia, cuando el pobre pensaba que Zelda se lo había llevado porque estaba enamorada de él.
- ¿Qué crees que estás haciendo? – volvió a preguntar Leclas.
Solo que ya no era el chico. Ahora era Link. El rey sostenía la brújula en sus manos. La miraba, con una expresión de pena. La sostuvo entre las palmas de su mano y le escuchó susurrar las palabras de la transcripción en hyliano. Zelda no las entendía, pero recordaba cuando él se las dijo, y sonaba igual.
- Para que siempre sepas regresar.
Zelda se incorporó, de un salto. De inmediato, se arrepintió. Le dolían todos los músculos, y las heridas de las quemaduras. Se llevó la mano a la cabeza, recordando otra vez la canción de la curación, y lamentando no ser ella capaz de usarla. Aunque debía recordar que Link le había dicho, en más de una ocasión, que no funcionaba para curarse uno mismo las heridas, sino la de los demás.
- Como no, la pelirroja y sus despertares de polvorilla – dijo Bronder -. Ya estamos habituados...
Había oscurecido. Bronder estaba sentado ante una hoguera, rodeado por más durmientes. Zelda apartó la piel de oso y se puso en pie, aunque de nuevo volvió a sentir los dolores y calambres. Antes de apartarse, vio a Urbión, que seguía dormido. Acomodó la piel de oso para que estuviera mejor abrigado, le toco la frente y comprobó aliviada que no tenía fiebre y que su respiración era regular. El caballero le dijo que los remedios de las gerudos y los hechizos de Ander habían sido eficaces.
- Estáis vivos gracias a él, la princesa y Lion.
- Les daré las gracias, cuando despierten – Zelda caminó, aunque a duras penas, para sentarse al lado del caballero -. A ti no, has estado lento.
- Culpa mía, lo admito, pelirroja – Bronder sonrió -. Os debo una disculpa, bajé la guardia, no debí ir solo. Uno, con los años, se acostumbra a hacer las cosas a su manera y se olvida que los enemigos cambian.
- No pasa nada, Bronder. Pudo ser peor. Vimos a Grahim – Zelda recordó la conversación con el rey demonio. Le costaba un poco, tenía momentos en que todo se volvía oscuro. Supo que había sido un diálogo extraño, pero no lograba entender por qué. Estaba más fresca la conversación con el Leclas de su sueño -. Debemos encontrar la fuente de Mugen, ¿sabéis algo?
- El hechicero ha usado su péndulo. Está seguro de que está en algún lugar en esa dirección, no muy lejos, pero no queríamos dejaros solos.
- Podrías haberte ido con Midla y el hechicero, y dejarnos con Lion. Está hecho todo un soldadito, el infante. Nos ha salvado la vida ahí abajo – admitió Zelda.
- No podía dejaros solos, y tampoco me fío para dejar al mago irse con la princesa. Además, ella dice que tú debes estar en la fuente.
- Tiene su lógica. Las dos veces anteriores, ella y yo estábamos juntas cuando ha logrado acceder al poder de la fuente – Zelda frunció el ceño, un poco extrañada por lo que acababa de decir. Algo le había chirriado en la frase, pero no entendía qué era. Le dolía la cabeza. "Normal, hasta en sueños, la voz de Leclas me produce dolor".
- Pelirroja, ya sabemos todos que estás hecha de otra pasta, pero también te hieren. Haz el favor de protegerte mejor. No te expongas tanto, o la próxima no lo cuentas – Bronder se puso algo más cómodo.
- Mira quién fue hablar. Te recuerdo que volviste del desierto malherido. Que te recuperaras rápido fue suerte por los remedios de las gerudos. En lugar de tanto guerrear con ellas, podríais aprender – Zelda se retiró el pelo de la cara.
- Tocado – el caballero soltó una risotada. Le pasó a Zelda una cantimplora y le dijo que bebiera. Zelda obedeció, tras soltar una ligera carcajada -. ¿Por qué te ríes?
- Me estoy acordando de cómo te caíste redondo en la fortaleza gerudo. Debías habernos dicho que estabas herido, Sir Oso, en vez de tener tanta prisa para estar el día de la Herencia – Zelda bebió, y por eso no vio el gesto sombrío del caballero.
- Te lo creas o no, intentaba evitar que ciertos caballeros se vieran obligados a participar en la herencia, que también era tu objetivo, pelirroja. Pero no sirvió de nada. Traté de convencer a Urbosa para que los liberara, pero ella decía que ya estaban incluidos en la ceremonia. Midla y tú participasteis para tratar de ayudarles, pero no sé si al final resultó.
- Solo Raponas se fue con una gerudo. Tampoco es tan malo, aunque ahora el pobre tiene cara de pena. Me pregunto si habrá encontrado a su hermano el tieso.
- Seguro que sí – Bronder observó el fuego -. Yo participé en la ceremonia, y la verdad, no recuerdo el rostro de la gerudo y solo su nombre. Sin embargo, como sé que Urbosa te lo habrá contado, tuve una hija. Se llamaba Timet.
Zelda no dijo nada. No quería saber, pero sentía que el caballero iba a hablar, y no quería tampoco parecer grosera.
- Significa "niña amada" en gerudo – dijo Bronder -. Timet era la mejor en su promoción, una gran luchadora como su madre, pero mucho más inteligente que la media de las gerudos. Habría llegado lejos… Hubo una epidemia de peste, las gerudos se contagiaron. Timet tenía más o menos diez años cuando murió. Urbosa me escribió para contarlo. Desde entonces, no había vuelto a pisar el desierto – Bronder volvió la vista al fuego -. No he vuelto a tener hijos, no quiero volver a sufrir así. Sin embargo, ese muchacho que está durmiendo es lo más parecido que tengo ahora. Es el hijo de mi mentor, me nombró su padrino, y antes de morir, me pidió que siempre velara por él. Es lo único que me queda para legar al mundo. Sé que mi nombre no será recordado, no soy famoso por grandes hazañas, pero tampoco me importa. Solo quiero que él al menos se le ocurra llamar a un segundo o tercer hijo como yo, en mi honor.
- Osiel – susurró Zelda -. ¿Me estás contando esto por algún motivo en especial? Es por que no soy lo bastante buena para él, ¿verdad?
- No, solo te lo cuento para que, si decides quedarte con él, vivir en Ordon, lo sepas y lo tengas en cuenta – el caballero sonrió, pero sus ojos estaban serios -. Eres una polvorilla, todos sabemos que te marcharás. Solo te pido que lo hagas de la mejor forma, para que él no sufra tanto. Solo eso, pelirroja.
Zelda recordó la voz de Leclas, preguntando a qué estaba jugando, y a ella misma contestando qué solo quería ser feliz. ¿Tan malo sería quedarse en esta época? ¿Qué podía pasar? Muchas cosas, se respondió a sí misma. Porque en el tiempo del que venía, no quedaba nadie de este grupo. De ser así, Link no habría estado solo. Habría tenido la ayuda de Sir Bronder, el primer caballero, y de Urbión Dellas, y de Midla, Ander y Lion. Raponas no habría muerto en Kakariko, de las heridas que le provocó el fantasma. Habría enseñado a manejar el arco a Link, y ella y él habrían estado más preparados para viajar al Mundo Oscuro. ¿Cambiaría mucho la línea, si una versión suya mayor ayudaba a la propia Zelda de 12 años a salvar el mundo?
Pero Leclas no tenía razón: ella tenía algo más que serrín en la cabeza. Si lo hacía, si se quedaba en este mundo, corría el riesgo de cambiarlo todo, y no sabía si para bien o para mal. Miró por encima de su hombro al chico que dormía.
- Lo pensaré, Sir Oso.
Pocos segundos después de decir esto, Zelda cerró los ojos y se quedó dormida sentada. Al despertar, estaba sola, con la única compañía de Urbión. El chico estaba sentado a su lado, con un libro de Ander entre sus manos y un trozo de carbón fino. Zelda le observó, tumbada de lado. Tenía el chico un semblante serio, concentrado, los ojos oscuros repasando una y otra vez el papel que tenía delante. Le vio morderse la lengua, luego dar la vuelta al papel, releer algo en susurros y volver a repasarlo. En esto estaba, cuando sorprendió a Zelda mirándole. Con una sonrisa, le deseó buenos días.
- Estábamos agotados. Por suerte, ni tus heridas ni las mías son tan graves como parecen.
- ¿Dónde están los demás? – preguntó Zelda, mirando alrededor. Recibió una respuesta rápida: Lion estaba al final de la sala. Estaba practicando con el arco, de espaldas a ellos, y a cierta distancia.
- Midla y Ander están investigando el templo, buscando la entrada a la fuente. Sir Bronder ha ido con ellos, y me ha pedido que os eche un ojo a ti y al infante – Urbión miró un momento a Lion, se aseguró de que estaba de espaldas y no los veía, para acercarse a Zelda y darle un beso fugaz en los labios.
- Buen despertar – susurró Zelda. Le sujetó un momento, para atraerle más a ella y volver a besarle. Urbión se sorprendió, dejó caer el libro y el lápiz, y, tras el desconcierto, devolvió el beso con la misma intensidad.
- ¿Tú crees que, si nos vamos a un lugar más apartado, Lion estará bien? – susurró Urbión.
- No. Debemos ser serios y cumplir la promesa que le has hecho a Sir Oso. No quiero que nos busque por el templo hecho una furia y nos interrumpa – Zelda repitió el beso.
Urbión ayudó a Zelda a levantarse, aunque no era necesario. Eso mismo dijo la chica, e hizo reír a Urbión. Una vez Zelda se lavó un poco, decidió que podía ella misma intentar buscar la fuente. Urbión le dijo que era mejor quedarse cerca, que el infante seguía practicando. Lion se había acercado, preguntado a Zelda si ya estaba mejor, y pasó a contarle cómo había logrado hacer que el hinox, esa criatura extraña, le mirase para herirle en el ojo. Urbión había escuchado ya esa historia tres veces, pero no dijo nada. Zelda imaginó que, si ella hubiera sido como Lion, también lo repetiría, para dejar claro que él era un valioso soldado. Zelda le felicito, alabó su puntería, y le pidió que siguiera practicando un rato más. Ella le ayudaría, cuando se sintiera con fuerzas.
- ¿Te duele mucho? – preguntó Urbión, dejando de nuevo el libro y las hojas de papel que había estado escribiendo.
- No, pero es bastante molesto. Solo era un orco, vale, más grande y fuerte de lo normal, pero estoy hecha polvo. Me quedé dormida hablando con Bronder. Qué vergüenza – Zelda miró a Urbión, el chico hizo un gesto para tapar el papel, y Zelda le preguntó entonces -. ¿Qué estas escribiendo? Espero que no sean poemas, no me gustan mucho.
- Me lo imaginaba. No te torturaré con mi poesía, a mí tampoco me gustan ni sé cómo componer uno. No, esto es una carta… Una carta para mi madre. Hace tiempo que no le escribo, y tengo ganas de contarle muchas cosas – Urbión sonrió -. Mira, lee esto, te va a gustar.
Zelda se acercó al papel, con el ceño fruncido, y leyó el primer párrafo, el que tenía más tachones y manchurrones. Urbión tenía una letra descuidada, se notaba que le habían enseñado a escribir de niño pero que no practicaba mucho desde entonces. En ese párrafo, tras preguntarle Urbión por su salud y asegurar que él estaba bien, empezaba a decir que quería romper el compromiso con Ilya, porque había conocido a alguien de quien estaba enamorado. Zelda dejó de leer en ese punto. Urbión sonrió y dijo:
- Ya lo sabe mucha gente, y prefiero terminar el asunto cuanto antes. Es lo que harías tú, ¿no? Ir directa, nada de rodeos, nada de secretos. En cuanto pueda, pasaré a limpio esta carta y se la mandaré.
- Tu madre…
- Se enfadará un poco, no te lo voy a negar, pero luego te adorará. Estoy seguro – Urbión dio la vuelta al papel y, tras dudar, puso una última frase -. Nos prometeremos cuando tenga el cargo de la guardia real. Y entonces te la presentaré.
- Urbión – Zelda alargó la mano y puso la suya sobre la morena del chico. Este dejó de escribir, y la miró con ojos risueños.
- ¿Qué, quieres otro beso? Vale, pero con cuidado, que estamos los dos convalecientes…
- No, Urbión, por favor, para – Zelda le apretó la mano -. Te dije que no habláramos del futuro. No quiero pensarlo, ¿de acuerdo?
- Pero es necesario. No puedo estar contigo, prometido con una chica, no es de caballeros. Bronder me lo ha recordado. Sé que es precipitado, pero no tiene que ser mañana, podemos esperar unos años a tener la edad legal para el matrimonio… - Urbión la miró fijamente. Dejó la carta un momento. Zelda le comprendía. Debía estar mirando su rostro inexpresivo, y Zelda se lamentó una vez más de no ser capaz de mostrar lo que sentía. Ojalá pudiera ser más alegre, o más triste, o más transparente. Urbión la miraba, aturdido, esperando a que ella le dijera qué pasaba. Y debía hacerlo.
- Yo no te he pedido esto – empezó a decir Zelda -. En ningún momento te he exigido que rompas el compromiso. De hecho, te pido que no lo hagas.
- Pero… ¿Qué me estás diciendo? ¿No quieres… estar conmigo?
Zelda se mordió los labios. Miró sus manos, que estaban aferradas a las de Urbión, aunque ahora el chico no le correspondía.
- Quiero estar contigo. Aquí y ahora. Pero me marcharé, Urbión. Me iré cuando todo esto acabé, y yo…
- Pues me iré contigo. Labrynnia está lejos, sí, pero no me importa viajar por mar. Me encantará conocer ese lugar – dijo Urbión, recuperando la sonrisa.
- No, no puedes irte. Aquí te necesitan. Tu madre se quedará sola, y tienes obligaciones de aprendiz de caballero que cumplir – Zelda apretó los dedos. Intentaba, de algún modo irracional, conservar el recuerdo de ese tacto.
- ¿Y por qué no te quedas tú? Midla y Lion estarían muy contentos, y con su apoyo podrás entrar en la guardia. Donde esté yo, tendrás un hogar, Zelda. Te lo digo en serio: serás la próxima señora de Dellas. Tendremos montones de críos, espero que todos pelirrojos y alegres. Te haré feliz cada uno de los días de nuestra vida, te lo prometo.
"Y te creo" pensó Zelda "Tú, Urbión Dellas, me habrías hecho muy feliz…"
- No puedo. No pertenezco… Y no podré quedarme, no más tiempo. Me necesitan allí de dónde vengo. Por eso te pido, cuando pase lo que tenga que pasar, me olvides rápido. Ve a Ordon, cásate con Ilya. Yo no estaré aquí más, no puedo interrumpir tu vida, ni pedirte que lo dejes todo por mí.
- Pero lo hago feliz, de verdad. Nada me parece mejor que pasar el tiempo contigo, Zelda – Urbión la miró. Se había puesto de pie, y Zelda, a pesar del dolor que sentía, le imitó -. ¿Por qué no eres capaz de lo mismo? ¿Qué te pasa?
- Te lo estoy diciendo. No pertenezco a este lugar, debo regresar y entonces estaremos muy lejos… No quiero que arruines tu vida por esto.
- ¡Es que yo no veo en qué puedo arruinarla! – gritó Urbión.
Si alguna vez había tenido dudas sobre si este chico y el Urbión del bosque eran dos personas distintas, Zelda la tuvo en ese momento. Nunca discutió con Urbión, no hasta el Mundo Oscuro, e incluso allí, el chico no le gritó en ningún momento.
- Yo te quiero… ¿Tú a mí no? – preguntó el chico.
Zelda desvió la mirada. Ni ella se veía capaz de contestar a la pregunta.
- Ya veo. Será que es cierto, eso que me contaste. Te recuerdo a esa persona, a la que te traicionó. ¿Qué, ha sido divertido, imaginarte que yo era él? ¿O es que estás pensando en ese otro tipo, en ese tal Link? Es por él por lo que tienes que regresar, ¿verdad?
- No te he dicho que sea ese el motivo – Zelda sintió que le ardían las mejillas, no sabía si de rabia o vergüenza.
- ¡Te pasas las noches llamándole! – dijo Urbión. Ahora sí que había alzado tanto la voz que hasta Lion se giró en su dirección -. Me has mentido, ¿estás prometida a él? ¿Es tu novio, el que has dejado en Labrynnia, y ahora te arrepientes de esto? No me lo puedo creer… - Urbión se giró -. No me lo puedo creer, Sir Bronder tenía razón. Me dijo que romperías conmigo, y que me harías daño, y yo no quería creerle… Pero ha resultado ser verdad.
- Tampoco quiero romper, Urbión, créeme – Zelda alargó las manos. Quizá, si lograba que la mirara, podría volver a convencerle de que era más importante el aquí y el ahora, que no volviera a hacer planes de futuro, que ella aún no sabía cómo iba acabar esto. Solo que, en el refugio, logró distraerle, ahora no.
Ya no había vuelta atrás. Urbión le dio la espalda, y se marchó caminando deprisa hasta el otro lado de la sala. Pasó al lado de Lion, este le preguntó a dónde iba, y el chico respondió, de malos modos, que iba a patrullar en el exterior. Zelda le miró marcharse, y por un segundo, esperaba que a través del espacio y del tiempo, a Leclas le llegara el mensaje: "maldita sea, ¿desde cuando te hago caso, gruñón de pacotilla?".
Zelda se quedó junto al fuego. Lion le preguntó si estaba bien, y Zelda le contestó que sí. El príncipe pareció creerla, porque no la vio llorar, pero observó que, desde que Urbión Dellas se había marchado hecho una furia, la chica apenas se movió. Volvió a sentarse cerca del fuego, con una mano en el costado. Lion pensó que quizá debería ir a buscar a Ander, pero no se atrevía a dejar sola a la muchacha. Así que se sentó a su lado, con su espada, y la fue puliendo como tantas veces había visto hacer a Sir Bronder. En otro momento, le habría gustado que Zelda le contara una de sus muchas historias, pero no se atrevía a iniciar una conversación sin sentido.
Cuando vio que Zelda se inclinaba un poco más de la cuenta, cuando trató de ponerse en pie, le pidió que se tomara el té que había hecho Ander. Zelda lo olisqueó, dijo que no le apetecía, que no sentía dolor, que era solo cansancio.
- Me hago mayor, Lion. Con tu edad, no había quién me parase – y sonrió, con la boca algo torcida. Tenía unas ampollas muy feas en la frente, en la mejilla y en la barbilla, fruto de la pelea contra el hinox.
No quiso comer, cuando el infante le ofreció un resto de carne ya cocinada. Zelda dijo que sería carne de goblin, y eso era incomestible.
- Ander dice que las vísceras y colmillos de goblins y orcos son muy buenos para hacer pociones, pero no sabía que se pudieran comer – comentó Lion, con la ceja levantada -. Pero esto son pajarillos.
- Caray con el mago… Pues primera noticia, no sabía que se podía hacer eso – Zelda volvió a sonreír, un amago más dolorido que el anterior.
En ese momento, levantó la mirada, y vio caminar a Ander, Midla y Bronder hacia ellos. La princesa corrió hacia Zelda, y le preguntó cómo estaba, si ya había comido algo y se ofreció de inmediato para hacerle una cura.
– No, Midla, no es nece… – Zelda se detuvo –. Estoy bien, no gastes los remedios. ¿Habéis encontrado la fuente?
– Veníamos a ver si ya estabas despierta, para preguntarte. Dijiste que habías estado en el templo antes, ¿cierto? – Ander se sentó delante de Zelda. Midla a su lado, y Bronder, tras observar alrededor, dijo que iba a buscar a Urbión. No se atrevió a marcharse, no sin antes decirle a Ander que debía vigilar al grupo.
– Eh, que yo estoy bien, puedo hacer guardias, Sir Oso Metiche – exclamó Zelda. Bronder ya se estaba alejando, por lo que respondió levantando el brazo y gritando que era una pelirroja polvorilla.
El silencio cayó sobre el grupo. Zelda observó que Lion tenía ganas de decir algo, pero el príncipe se quedó callado. Ander y Midla les contaron que había registrado a fondo el templo. Era muy extenso, había muchas habitaciones, que Bronder insistía en investigar poco a poco.
– Le atacaron unos escorpiones venenosos, y vosotros caísteis en una trampa – dijo Ander -. No se le puede acusar de ser cauto.
- Cauto no, pero muermo sí – Zelda se puso en pie. Todos a su alrededor hicieron un gesto de sorpresa, porque la chica se había puesto de pie casi de un salto -. Ya he descansado suficiente. Voy a echar un vistazo por mi cuenta por el templo. Vosotros quedaos aquí, no os mováis.
- ¿Irás tú sola? – preguntó el mago, con una ceja levantada.
- Sí, vosotros habéis hecho mucho este día. Dejad que me encargue yo – Zelda se encogió de hombros -. El ejercicio me vendrá bien, me abrirá el apetito. Ahora mismo, no puedo comer nada.
Lion quiso acompañarla, pero de repente, Midla le puso la mano en el hombro y le hizo un gesto para que se quedara quieto. El infante obedeció a su hermana, y dejaron que Zelda se fuera por el mismo arco por el que había llegado el grupo, un arco que se introducía en el interior del templo.
- ¿Qué ha pasado, Lion? – preguntó Midla.
- Ella y Urbión han discutido, no sé por qué… Solo he escuchado que mencionaban al tal Link y que Urbión estaba muy enfadado. Se marchó sin decirme nada, por el laberinto. Dejó eso ahí – señaló el montón de papel arrugado que Urbión había arrojado al fuego. Al hacerlo, el papel había rebotado y se había escapado de la hoguera. El mago usó el pie para alejarlo de las brasas, e iba a leerlo cuando Midla le dijo que era una carta personal, y que no debían meterse.
- Lo arreglarán, no te preocupes – Midla tranquilizó a su hermano. Lion se encogió de hombros y dijo:
- Espero que no. Zelda va a ser mi esposa, algún día.
- Ah, ¿sí? ¿Y qué pasa con Altea? – Midla se echó a reír.
- Es una cursi que solo piensa en navegar y en libros. Yo prefiero a Zelda, es más divertida, y valiente. Nos escaparemos cuando cumpla los 21 y nos haremos bandidos – Lion dijo esto, con su habitual seriedad. Midla dejó escapar un suspiro, y dijo que era aún un niño. Ander se echó a reír y dijo:
- Es una lástima, mi infante. Serías un gran gobernante, por mucho que te empeñes en hacernos creer que no. Ya veremos con quien te casarás – el mago miró a Midla, y esta, tras darse cuenta de que la estaba observando, miró hacia el regazo, donde tenía la flauta y el báculo del tiempo, para que no viera que se sonrojaba.
Zelda dejó atrás el sonido de las conversaciones de los demás. Tenía que reconocer que le gustaba el grupo, que disfrutaba de sus conversaciones, que había sido muy feliz desde que salieron de Hatelia, aunque estuviera rodeada de soldados y con la amenaza de la horda encima. Sin embargo, ahora apreciaba el silencio. Era lo que quería. No quería volver a escuchar nada de Urbión Dellas. Cada vez que recordaba al muchacho, dándole la espalda, sentía malestar y disgusto. Sí, lo había hecho mal. Debió hablarle de quién era, de dónde venía. Tenía todo el derecho a reclamarle que ella no le quisiera de la misma forma. Zelda aún se estaba preguntando si podrían ser novios, cuando él ya estaba planeando cómo se iban a casar. La mención que hizo de los niños le había producido placer y también dolor, porque sabía que no se iba a cumplir.
"Maldita sea" Zelda se dio cuenta que estaba llorando. No de una forma abierta, solo tenía los ojos acuosos. Se limpió con la manga sucia de su túnica y miró al techo. Hacía mucho que había descubierto que, si lo hacía así, podía aguantar un poco más el llanto. La zona por la que estaba era nueva, para ella. El día que registró el templo de las Praderas Sagradas, mientras Link trataba de reanimar a Leclas tras el ataque del fantasma, Zelda había deambulado por estos pasillos, llamando a Urbión, cortando todas las telarañas que veía, sin encontrar nada más que los restos de ratas y ardillas. Urbión no apareció, y ella se dio por vencido al amanecer. Por eso, sabía que la fuente del poder de Mugen no podía estar por ahí, por mucho que Imya les hubiera dicho.
Zelda se detuvo frente a una pared. Tenía imágenes grabadas, cientos de ellas, con esas letras extrañas y largas que usaban los hylians en el pasado. Estaban cubiertas de polvo, solo una sección, lo que era una placa al pie, estaba libre de suciedad, porque alguien, supuso que Ander, había limpiado un poco. Tanto él como Midla habrían estado examinando esos grabados. Recordó a Link. En su despacho, con los mapas y textos desplegados. Con las mejillas coloradas, mientras le explicaba a Zelda algo que había descubierto, como que el refugio del bosque y el templo de las Praderas Sagradas pertenecieron al mismo grupo arquitectónico. ¿Cómo lo había llamado? No se acordaba. Algo de un peregrinaje.
"Me suena" Zelda dio otro par de pasos. Desconocía lo que decían esos garabatos, pero sí estaba segura de que, cuando ella estuvo en este lugar, esa pared no estaba. Quedaban restos en ese momento, como si hubiera habido una gran explosión o se hubiera derribado esa pared por la fuerza de una mano poderosa. Detrás, Zelda recordó que vio un montón de escombros, le pareció que sería difícil llegar al otro lado y que no habían sido tocados en mucho tiempo, por lo que desistió en buscar allí. Le pareció verse a sí misma, con 12 años, sucia y llena de polvo y barro, rebuscando con desaliento, llamando a Urbión a gritos.
Entonces, recordó… Le pareció escuchar la voz de Link dentro de su cabeza. Se giró hacia la pared, miró los grabados, y luego su mano derecha.
Hacía como un año, más o menos, cuando Zelda había ido al bosque de los kokiris para acabar con una manada de wolfos junto con algunos soldados de Kakariko, la chica había atendido a la explicación de Link sobre los templos sheikans, y como en el pasado la gente acudía a ellos en busca de sabiduría, poder y valor.
"Son los tres pilares de nuestro país" le dijo Link, mientras sacaba un libro con un grabado del triforce. Zelda en ese momento le llamó cerebrito y se burló de que estuviera buscando cosas que ya sabían los dos.
"Lo que no sabes, Zelda, es que los lugares que tiene tanto poder antiguo reaccionan a los portadores… Si pudiéramos volver al Templo de las Praderas Sagradas… El Héroe del Tiempo estuvo allí, se dice que la Espada Maestra estuvo también escondida un tiempo, y que los sheikans pusieron un sello allí, uno en el que emplearon los tres pilares y el poder de las diosas…"
- Los grabados son muy antiguos – dijo Midla, en algún lugar en su espalda.
- Sí, eso parece – Zelda se giró. La princesa le tendió entonces una manzana. Tenía la piel cuarteada, y un feo golpe. Era de las que ella y el infante llevaban para darle a sus caballos.
- Hemos tratado de descifrar lo que dice, pero es tan antiguo… Necesito un diccionario, y mucho tiempo. Es una lástima que no esté aquí ese amigo tuyo, el bibliotecario de Labrynnia – Midla miró la pared, con una mano bajo la barbilla -. Es muy curioso que hayas llegado hasta aquí sin saber nada… Este es el único lugar donde el péndulo de diamante de Ander indica que puede estar la fuente, detrás de estas puertas.
- ¿Puertas? Solo veo una pared – Zelda miró alrededor.
- Creemos que es una puerta secreta. Esa placa de ahí habla de un enigma, pero no somos capaces de traducirlo. Solo una frase, pero es absurda… - Midla sonrió. Se acercó a los garabatos y rozó con ellos una palabra, mientras decía: "Cuantos hablan de mí no me conocen…"
Zelda se acercó tan de repente a Midla que la sobresaltó. Había dejado caer la manzana y ahora miraba el grabado, con los ojos rasgados abiertos de la sorpresa. La princesa escuchó cómo susurraba para ella "¿cómo es posible?".
- Es un acertijo, ¿verdad? – preguntó a Midla.
- Sí, algo así, aunque nunca he escuchado nada parecido…
- "Y al hablar me calumnian" – Zelda frunció el ceño. Tenía que retroceder a mucho tiempo atrás, a una noche tormentosa, en el cementerio de Kakariko. Se conocía el poema, hacía un año había vuelto al cementerio y había visto de nuevo la tumba de los hermanos Oscuridad. La entrada al templo de la Sombra. Había pedido a Link que volviera a traducirlo. Aunque ella no era admiradora de la poesía, reconoció que aquellas frases le habían causado impresión, teniendo en cuenta lo que había en el templo de la Sombra.
- Um… Me suena… - Midla también retrocedió un poco.
- Es un viejo acertijo hyliano – Zelda sonrió, porque en sus recuerdos Link decía esto mismo, mientras se inclinaba con el farol para iluminar aquellas palabras. Había sido su visión en la luminografía de don Obdulio lo que les había conducido al tiemplo – "Los que me conocen callan, y al callar no me defienden" – Zelda frunció los labios. ¿Cómo seguía?
– "Así todos me maldicen hasta que me encuentran, más al encontrarme descansan, y a mí me salvan, aunque yo nunca descanso" – terminó de decir Midla. Ahora la sorprendida era la princesa -. Es un poema que habla de la muerte, aunque los hylians antiguos la llamaban "la sombra". La sombra… - y la princesa se giró, para mirar al otro lado. Allí había una ventana, un cuadrado al otro lado de la sala – La sombra…
- Esa era la solución al enigma, o eso recuerdo – Zelda seguía mirando la placa. Estaba recordando poco a poco la conversación con Link, su extraña jerga de erudito que la aburría -. Este templo, el refugio al que os llevé, el templo de la Sombra que está oculto en Kakariko… Fueron lugares de culto para los sheikans. Venían aquí a rezar, a pedir a las diosas por sus dones, como haces tú en las fuentes. Cuando en aquellos tiempos, en los que los sheikans e hylians eran el mismo pueblo, venían en masa. Decían que aquí había un gran poder encerrado. Que solo la luz de las diosas… ¿Qué era lo otro? ¿La sangre? – Zelda se llevó las manos a las sienes. Ah, pero qué tonta. ¿Por qué no prestaba más atención a lo que decía Link?
- Zelda, está… Algo está pasando… El báculo – susurró Midla.
La princesa llevaba la flauta y el báculo en la mochila en la espalda. Sostuvo el bastón, con la gema azul brillando intensamente, delante de Zelda. Esta le gritó que lo soltara, pero Midla parecía tenerlo pegado a la palma de la mano. Hubo un destello azul, y tanto Zelda como la princesa cerraron los ojos a la vez.
Cuando el resplandor se redujo y Zelda pudo volver a ver, la sala entera estaba muy distinta. Para empezar, no había maleza ni polvo. Sobre ellas, había un techo hecho de oro, con brillantes dibujos de figuras con formas de flores y alas. En el centro mismo del techo, Zelda reconoció la familiar silueta del Triforce. El cambio más sustancial, sin embargo, estaba frente a ellas. La pared que había contenido los grabados estaba abierta, de par en par. Del otro lado, le llegaba el rumor de agua corriendo. Las dos chicas se miraron, y Zelda le preguntó a Midla si se encontraba bien. La princesa susurró que sí, que solo se sentía algo aturdida.
- Me siento igual… Igual que cuando hablamos con Imya, es la misma sensación… Como de estar en un sueño.
La princesa sostenía el báculo en sus manos, y la gema azul seguía brillando de forma tenue. Zelda pensó que quizá deberían llamar a Ander, pero no lo hizo, porque se dio cuenta que era inútil.
- Tienes razón, Midla. Esto no es real, es una visión – para probarlo, Zelda trató de tocar la pared. Sintió resistencia, como si su mano le dijera que la pared era real, pero enseguida la atravesó.
Al otro lado de la pared, vieron aparecer una figura. Caminaba hacia ellas. A medida que se acercaba, iban descubriendo los rasgos poco a poco: era un hombre, alto, con unos veintitantos. Tenía el cabello rubio oscuro largo, con un mechón sobre la frente que se metió detrás de sus orejas de hylian. Vestía armadura, no una completa, sino solo el peto y las hombreras. En el pecho, Zelda y Midla reconocieron de inmediato el símbolo de la familia real. Bajo la armadura, llevaba una túnica de color verde oscuro.
En la sala, había alguien más. Era una mujer, muy mayor, que caminaba renqueante hacia el caballero. La mujer tenía una larga trenza blanca, y su rostro era muy similar al de Imya, pero la sacerdotisa siempre había parecido muy joven, en comparación. La mujer, de hecho, miró a las dos chicas. A Zelda le pareció ver un brillo de reconocimiento en ellos, pero nada dijo. Caminó hasta llegar al umbral, y allí se reunió con el chico.
Ahora que estaba más cerca, Zelda observó el rostro. Era un chico de ojos azules y piel bronceada, pero en su caso parecía que era porque pasaba mucho tiempo al aire libre. El chico también miró en su dirección y estrechó los ojos, pero se distrajo cuando la mujer le preguntó:
- ¿Qué te ha dicho la diosa?
- Muy poco, la verdad – el chico volvió la vista a la anciana, como si olvidara que había visto algo extraño -. Que los mundos y el tiempo están sellados por un motivo, que es peligroso volver a intentar abrirlos. Debo regresar la espada Maestra a este templo. No podré volver al Crepúsculo, nunca más.
El chico hizo un gesto de desesperación. La anciana alzó un poco la vista, para poder mirarle a los ojos.
- Sé que la echas de menos, pero ella ya te dijo que no volvería. Héroe del Crepúsculo, deberías regresar al palacio, y volver a tus misiones. El pueblo de Hyrule te necesita. Abrir el portal, uno a otros mundos o tiempos, solo provocarían más destrucción. Es mejor así.
Zelda se acercó al chico. En la mano derecha, marcado a fuego, tenía una cicatriz, con forma de triángulo. Igual que la suya.
- Otros han pasado por aquí, no te avergüences de ello – la mujer le pidió que avanzara, y el chico obedeció. Se colocó sin saberlo al lado de Midla. La princesa miró hacia la anciana, que tenía las manos levantadas. Gritaba algo al aire, mientras que con una mano sostenía un bastón plateado. Al mismo tiempo, Zelda y Midla despertaron, sorprendidas.
Estaban de pie, en la misma sala, pero volvía estar iluminada por el sol de la tarde, y en ruinas. Del techo dorado no quedaba nada, solo las puertas.
- Era una sheikan – dijo Midla -. El idioma que hablaba. Ese chico parecía…
- No era el Héroe del Tiempo, le llamó de otra forma – Zelda se acercó a las puertas. No podía decirle a Midla que ella había conocido al Héroe del Tiempo, al chico que se llamaba Link, pero que, aunque también era un hylian rubio, eran distintos. El chico que ella recordaba tenía los rasgos muy marcados, la nariz grande, los ojos redondos. Este chico al que la mujer parecida a Imya había llamado Héroe del Crepúsculo tenía los ojos rasgados, la nariz más ancha que larga, y la barbilla estrecha.
- Sí, pero iba a decir que ese chico venía de rezar en la fuente. Olía a agua sagrada – Midla miró el bastón -. ¿Qué quería decir la diosa con eso de que los mundos están sellados?
- No lo sé, pero esa vieja tenía un bastón parecido… ¿Crees que el báculo nos puede ayudar a abrir las puertas?
- No son sus palabras, lo que usó fue otra cosa – Midla caminó hasta colocarse delante de las puertas. Sostuvo el bastón por encima de su cabeza, un momento, pero luego lo bajó un poco -. El acertijo, Zelda, habla de una sombra, la metáfora de la muerte. La anciana de la visión que hemos tenido colocaba su bastón de una manera tal que ocultaba los glifos de la pared, solo unos pocos. Creo que es…
Con un crujido, las dos hojas se abrieron. Zelda se llevó la mano a la cadera, y observó cómo las puertas se abrían ante ellas. Todo el templo vibraba, y eso atrajo al grupo: el primero Sir Bronder, seguido de cerca por Urbión, con la espada desenvainada. Ander y Lion estaban detrás, y el mago, una vez recuperó el aliento por la carrera, se adelantó y exclamó:
- ¡Increíble! ¡Habéis resuelto el problema! – y señaló a la fuente, que se veía al fondo de la gran sala. Era más bien un patio, cuadrado y rodeado de vegetación, bajo el cielo luminoso.
Una nube de mariposas azules se escapó de su prisión. Aletearon alrededor de Zelda y Midla, antes de seguir su camino en busca de la ventana. El rumor del agua, más fuerte que en la fuente de Faren, y mucho más caudalosa que la de Nayen, le sonó a música a Zelda. La princesa sonreía, de una forma muy parecida a cuando hablaba con Ander y lograba demostrarle una teoría. Le contó que Zelda había descifrado la clave, y que el báculo parecía tener poderes.
- Hemos visto una escena del pasado, algo que tuvo lugar hace mucho, y he podido ver el gesto que hacía la sacerdotisa para abrir este sitio.
El mago empezó a preguntar, y Midla se lo contó, entusiasmada. Midla le puso la mano en el brazo, mientras relataba lo que habían visto, con todo detalle. Ander también respondía con entusiasmo, diciendo que quizá el báculo no solo permite los viajes en el tiempo, sino también visiones del pasado. Zelda observó a la pareja, y sin querer, miró hacia Urbión. Este también tenía la vista en la pareja, con el ceño fruncido, aunque no tanto como el de Sir Bronder. Lion hizo un gesto de fastidio, y trató de explorar el interior de la fuente, pero Ander se lo impidió.
- Es un lugar de rezo, no debemos entrar todos en tropel. Midla, deberías… - el mago calló, miró hacia Sir Bronder, y luego rectificó -. Alteza, debería iniciar el ritual cuanto antes.
- Sí, es buena idea. No sabemos bien si los goblins tenían más compañeros en los alrededores – dijo Bronder -. Pelirroja, tú la acompañarás al interior de la fuente. El resto, vamos a guardar la zona.
- Yo también, ¿verdad? – Lion, un poco fastidiado por haberse perdido la exploración a la fuente, se alegró.
- A falta de Raponas, no tenemos más remedio que contar con su alteza – Bronder sonrió un poco, al ver el entusiasmo de Lion. Ordenó a Urbión que acompañara al infante. Debían hacer una ronda alrededor del templo, como ya había hecho el chico, y también ver cómo estaban los caballos. Comentó que sin duda Raponas y los hombres de Helios estarían en camino. Si para entonces habían terminado la tarea en la fuente, mejor que mejor.
Zelda acompañó a Midla al campamento en la sala principal, para recoger la túnica blanca que usaba para los rezos. Después, también la acompañó hasta la fuente. En todo momento, Zelda se llevaba la mano a la empuñadura. Se acordaba de que en las dos fuentes, fueron atacados por los yigas, y no podían descartar que apareciera Grahim. Al fin y al cabo, el rey de los demonios les había visitado en cada fuente.
"No, en la de Faren no. Y ahora que lo pienso, ¿no habría resultado más sencillo dejarnos sin averiguar dónde estaba la fuente de Mugen? En su lugar, me mandó el orco dorado, ¿por qué? Yo no activo las fuentes, es Midla, ¿verdad? Yo no rezo, ni nada… Solo he sangrado en ellas…"
– Menos mal que llevaba la túnica en la mochila… pero dejé el cepillo con el resto de mis cosas, en el carro – Midla se cambió rápido, detrás de una columna.
– Prefiero que sigas armada con la flauta plateada y el báculo del tiempo, antes que volver a verte con ese cepillo – murmuró Zelda. Midla se echó a reír.
– Con esto, si todo sale bien, terminaremos. Las hordas ya no estarán – Midla se abrochó las mangas y se peinó, usando los dedos, en una prieta trenza –. ¿Volverás a tu tiempo?
– Sí, ese es el plan – contestó Zelda.
– ¿Y no has considerado quedarte? Nos harías a todos muy felices, empezando por Lion – Midla salió de detrás de la columna –. No para siempre, claro, pero podrías… No sé, esperar un poco. Podría enseñarte el castillo, y conocerías a mi padre. Y así tendrías más tiempo para hablar con Urbión…
Zelda negó con la cabeza, y su rostro neutro hizo que Midla no insistiera. Mientras las dos caminaban, solo añadió:
– Decidas lo que decidas, me gusta pensar que somos amigas, así que si necesitas mi consejo o que te escuche, puedes hablar conmigo – Midla sonrió y esperó a que Zelda le devolviera la sonrisa. Esta se limitó a volver a negar.
– Es mejor así, Midla, para él y para todos. Ya me repondré, no es la primera vez que… – Zelda se detuvo. No quería contarle a Midla que ya había perdido una vez a Urbión. Iba a meter esto en su caja y no volver a sacarlo en lo que restaba de vida. Un secreto para ocultar por siempre jamás.
Cuando Midla dejó de insistir, y las dos chicas pusieron rumbo a la fuente, Zelda trató de recordar lo que había sentido en la fuente, antes de abrirla, y las dudas que tenía. Las palabras de Link, en ese recuerdo, en el que le hablaba de los sellos, para contener lugares o criaturas peligrosas, los sheikans que usaban hechizos ya perdidos. A veces, como sucedió con la reina Estrella, se usaban espíritus de personas que se entregaban voluntarias para ser guardianes. Link decía que los sabios del pasado fueron guardianes. El interés de Link en los guardianes y sellos se debía a que, de algún modo, aún tenía la esperanza de poder sacar a su madre de su obligación de guardar la puerta del mundo Oscuro. "Para romper un sello, hace falta los mismos ingredientes que los crearon. La luz dorada de los dioses, un elegido, una gran fuente de poder y sangre, a ser posible, de los elegidos".
En eso estaba pensando, cuando vio que Ander las esperaba, en la puerta de la fuente de Mugen. Zelda le miró, y pensó que quizá él podría decirles algo, que él podría saber más que el propio Link. Estaba formulando la pregunta, pero el hechicero corrió hacia ellas:
– Hay goblins y moblins en el exterior, rodeando el templo – les anunció. Zelda soltó una maldición y preguntó donde estaban los demás.
– Sir Bronder, Dellas y Lion están colocando semillas de ámbar de las tuyas, y rodeando esta zona. Debemos darnos prisa – y Ander les señaló la fuente. Midla dijo que su hermano debería estar allí, que era peligroso, y Zelda dudó si debía acudir a ayudarles o no, pero el mago le tiró del brazo:
– Es mejor que protejas a Midla, y habéis sido las dos las que habéis activado la fuente. Daos prisa. Yo cerraré la puerta, para que no puedan entrar, y acudiré en ayuda de los demás.
– No, si lo haces quedaremos atrapadas – dijo Zelda.
– Te daré el báculo del tiempo. Ya te he explicado cómo abrir la puerta, hazlo cuando el peligro haya pasado – Midla le tendió el báculo del tiempo a Ander. El hechicero lo miró, sorprendido.
– De acuerdo, haré lo que pueda. Vamos, entrad. Abriré dentro de un rato, daos prisa – y tomó el báculo.
La mano de Zelda empezó a temblar, con el triforce anunciando que había problemas. Zelda instó a Midla a entrar y le dijo a Ander, antes de que el mago cerrara la puerta:
– Tened cuidado, iré enseguida a ayudaros.
Y corrió detrás de Midla.
