Capítulo 22 Traiciones

Midla caminó hasta los pies de la diosa. El agua corría, de forma caudalosa, entre plantas y flores. No había un canal creado ni era como una fuente, como vieron en las anteriores. En este lugar, parecía más bien un río, más pequeño, que corría libre en la tierra. Zelda sintió la humedad a través de sus botas. Avanzó corriendo detrás de Midla, y, para ahorrar tiempo, estaba ya quitándose una de las costras verdes, la de la cabeza. Debía sangrar otra vez, y rápido. Cuanto antes tuviera la visión con Imya, antes podría acudir a ayudar al grupo contra las criaturas.

Midla también estaba impaciente. Tocó una melodía, la misma que solía hacer en las fuentes, y esta vez sus dedos recorrieron veloces los agujeros de la flauta, arriba y abajo, sin vacilar. Zelda restañó la herida y gotas de su sangre cayeron en el agua. No ocurrió nada. Midla la miró, de reojo, sorprendida, pero volvió a insistir. Zelda miró hacia atrás. Le parecía que no estaban solas, pero le costaba ver. Se estaba haciendo de noche, y la luz se difuminaba por encima de ellas, una noche sin luna.

El Triforce del dorso de su mano empezó a brillar. Una figura delgada apareció corriendo, por una esquina. Zelda la detuvo, con un golpe de espada. A esta figura, vestida de rojo, le siguió otra y otra más. Eran ya tres yiga, y estaban rodeando a Midla. Zelda se colocó frente a ella y empezó a atacar. Los yigas soltaban bombas de humo, aparecían y desaparecían, dejando algunos talismanes que ya había visto en el pasado. No tuvo tiempo de preguntarse cómo habían logrado llegar al santuario. Solo le importaba acabar con ellos con prisa.

Uno, de repente, dejó caer un cuerpo al agua. Era Nalea. La chica tenía un aspecto lamentable, un labio roto, los ojos morados y estaba atada. Cuando cayó al agua, dio un grito de rabia. Zelda aprovechó la ocasión para atacar a un yiga y logró darle un buen golpe, que le lanzó al otro lado. Con un gesto rápido de la espada, cortó las cuerdas.

– ¡En pie! – le ordenó Zelda, mientras esquivaba un puñal de un yiga y se lo devolvía con un giro de la espada.

La chica no podía. La miró con sus ojos azules, tan parecidos a los de Kafei, mientras trataba de ponerse en pie. Vio en ellos odio, y también temor, y Zelda no pudo preguntarse por qué. Quedaban aún dos yigas en pie, y Midla ya no podía tocar. Había retrocedido hasta los pies de la estatua de la diosa. Nalea miraba el agua, con los ojos llorosos.

– ¿No vas a ayudarnos? – pregunto Zelda.

– Ya da igual… Nos has condenado a todos… – susurró la chica. Miraba con insistencia la fuente, donde se diluía su sangre.

Y Zelda recordó: en las otras dos fuentes, no era ella la única que había sangrado. En las tres, había derramado la sangre de Nalea: en la de Faren, fue Lion quién la hirió en el hombro con la flecha. En la de Nayen, fue Zelda, con el filo de su espada. Y ahora, los yigas la habían arrojado a propósito en el agua, con una herida abierta.

Los yigas se retiraron, de golpe. Al fondo, Zelda escuchó como las puertas se abrían otra vez. Ander las cruzó, con una sonrisa en su rostro. Sostenía el báculo del tiempo. Les gritó que ya estaba todo bien, que no había peligro, y Zelda le gritó que se detuviera, pero el mago siguió, inconsciente. Cruzó entre los yigas, que no hicieron nada, y llegó al lado de Zelda. Entonces, la chica comprendió:

Aunque el mago estaba delante de las tres chicas, en realidad no era él. Tenía los ojos dorados, y la piel tirante deformaba el rostro amigable de Ander Simjas. Zelda levantó la espada, a tiempo para bloquear el báculo del tiempo. El demonio Grahim estaba allí dentro, y parecía muy satisfecho. Midla gritó, y levantó las manos. La luz dorada les iluminó, y Grahim pareció retroceder, pero no. Se limitó a reír. Dejó a Zelda y a Nalea, y se concentró en su ataque contra Midla. La sujetó del cuello, segundos antes de que Zelda iniciara el contraataque. Midla le gritó que se detuviera.

– ¡Le matarás! – dijo Midla, a pesar de que Grahim la tenía sujeta del cuello. La levantó en el aire y el demonio sonrió.

– Gracias, chicas, habéis sido las tres muy útiles. Quieta, Heroína de Hyrule – dijo Grahim, usando el cuerpo y la voz de Ander. Levantó de nuevo a Midla del cuello, mientras la amenazaba con el báculo del tiempo -. Un paso en falso, y termino con la vida de esta desgraciada.

- Deja a Midla… Y a Ander. Él nunca le haría daño – Zelda pensó en las distintas formas de llegar, y vencer al rey de los demonios.

- Lo sé, es un imbécil, con una manifiesta debilidad por esta muchacha de sangre azul. ¿Te ha contado que lleva enamorado de ella desde que era un crío? Menudo atontado… - Grahim sacó la lengua, una larga y bífida, para darle un lametón en la mejilla a Midla. Esta pareció salir del aturdimiento -. Esas debilidades son las que me permiten colarme dentro del corazón. Y terminaremos de una vez. Haz lo que te pido, ahora. Mi señor está impaciente...

– Tu señor – Zelda se acercó despacio hacia Nalea. Le susurró si estaba bien, pero Nalea no la miró –. Ganon, ¿acierto?

– Esto es parte de su plan para regresar, creo que ya lo sabes – Grahim se encogió de hombros.

– Pero si Midla reza, las fuentes mantendrán el sello. Es lo que debemos hacer – Zelda vaciló -. Es lo que Imya…

– ¿Te quieres dar prisa? Vamos, termina de una vez – Grahim apuntó con su espada al costado de Midla. Esta soltó un gemido de dolor, y pataleó para librarse de la mano que le agarraba del cuello –. Es hora de que saques tu luz dorada a pasear. Sobre el agua, rapidito – exigió Grahim.

¿Dónde demonios estaban los demás? Grahim se echó a reír:

– Nadie va a venir a ayudaros. Están fuera, tratando de contener la horda.

Zelda se mordió el labio.

– He sido…

– Una estúpida, sí. Deberías escuchar más a los demás – Grahim se echó a reír –. ¿Qué te dijo el rey, te acuerdas? No, claro, porque no le prestabas atención. También este mago te dijo que harías bien en conocer más sobre el triforce, en lugar de ir por ahí con este poder sin saber nada.

- Las fuentes de poder eran para sellar al durmiente. Nalea nos dijo… Que debíamos dejar el peregrinaje…

- La muy imbécil. Se coló entre los yigas para impedirlo, pero al final he sido yo quién la ha usado. Tiene una valiosa sangre pura sheikan. Justo lo que necesitamos para romper el sello.

En la primera fuente, Lion le clavó una flecha. En la segunda, Zelda la hirió en el cuello, mientras trataba de contenerla. Siempre había sido la mezcla de las tres lo que había activado el sueño y la aparición de Imya. Midla era el poder de las diosas, un poder que se transmitía de madres a hijas en la familia real. Escuchó la voz de Lion decirle que todas las mujeres de su familia tenían poderes, y que Midla podía ver y hablar con espíritus… Ella, Zelda, era la elegida, portaba la luz dorada. Y la sangre de los sheikans, Nalea.

Estaban rompiendo un sello.

– Tú eras Imya… – susurró Zelda.

– Sí, ¿ahora te das cuenta? – Grahim, con el cuerpo de Ander, apretó los dedos en torno al cuello de Midla –. Vamos…

– No lo entiendo… Has tratado en todo momento de evitar que llegáramos a las fuentes. Las hordas, el moldora, el khorhoi, el orco dorado…

– Oh, querida, ¿crees que eran para evitarlo? Eran vuestras pruebas. Tú eres una heroína, una elegida por las diosas… Si te lo hubiera dejado fácil, ¿no habrías sospechado? Necesitabas una misión, una dirección, una idea de que el mundo dependía de ti. De hecho, en este templo, cuando os dejé a vuestro aire, estabas molesta porque todo te parecía fácil. Os lo dije: solo entretenimiento, espectáculo… En cuanto a ella, si no la ponía a prueba, jamás desarrollaría sus poderes. Soy así de dramático. Pero se me agota el tiempo, y es importante que pueda usar el báculo cuanto antes, y regresar a nuestro tiempo. Ya verás, qué fin del mundo más hermoso vas a provocar…

Zelda se lanzó al frente, contra Grahim, y este, tras guardar el báculo del tiempo bajo su capa, sacó una espada. Fue un movimiento veloz, casi imperceptible, hecho con una única mano. Durante la lucha, tenía a Midla, sujeta, y la usaba de escudo. Zelda rezó a su pieza del triforce. Le pidió, como hizo en el pasado con Caranegra y con Scarlet, que por favor le diera la fuerza necesaria para detener a Grahim. Midla gritó para que no hiriera a Ander. Zelda descendió la espada, y una luz dorada se desprendió del filo. Grahim retrocedió. Al mismo tiempo, Nalea, la sheikan, también atacaba.

Eran dos contra Grahim. El cuerpo de Ander recibió golpes y heridas. Era mejor dañarle a él que a Midla, se recordó Zelda. Mejor nosotros que ella. Aún así, procuraba atacar a lugares dolorosos pero no mortales. Grahim tenía los ojos dorados fijos en Zelda, y al final, con un alarido de rabia, soltó a Ander, pero no a Midla. Igual que cuando se deshizo del cuerpo del luminógrafo, fue como si lo atravesara. Zelda y Nalea miraron el cuerpo del demonio. Grahim ya no tenía la piel blanca. Ahora tenía una costra dura de color negro por todo el cuerpo, y sus ojos brillaban aún más dorados que antes. Zelda comprendió que de algún modo, Grahim estaba sufriendo una transformación, para mal.

Sin el escudo de Ander, ahora ya no tenía que contenerse, solo debía evitar herir a Midla. Zelda hizo retroceder a Grahim, atacando su mano para que liberara a Midla. El demonio se movió rápido. Evitó una de las fintas de la chica, una patada de Nalea, y se hundió en la fuente. Zelda le siguió, con la espada lanzando mandobles. Escuchaba la voz de Bronder dentro, gritándole. Mide a tu rival, evalúa el riesgo, no seas tan imprudente, acorrala y busca su punto débil. Todo eso estaba bien si tu enemigo era un ser humano, pero Grahim era veloz, y calmado. Esquivaba sin esfuerzo, no se resbalaba, y parecía resuelto a resistir. Usaba a Midla para hacer que Zelda retrocediera. Nalea atacaba. La sheikan tenía más agilidad que Zelda, pero no más fuerza. Se notaba débil, quizá resentida aún por las heridas que le habían infringido.

Grahim soltó su espada, que se convirtió en aire negro, y levantó el báculo del tiempo. Este brillaba más, tanto como cuando Zelda lo encontró clavado en el sauce. El demonio lo agitó, y al instante, Zelda y Nalea se vieron impulsadas hacia atrás. Desandaron lo que habían hecho, y el demonio se reía. Zelda trató de moverse, de alejarse, pero no podía. Grahim dijo:

– Ahora, que el báculo está cargado, es muy útil. Lástima que lo tuvieras tanto tiempo, ella y tú… – Grahim agitó la cabeza, alzó el báculo y lo usó para golpear a Nalea. La sheikan cayó como un saco de patatas, dolorida. Zelda vio avanzar al demonio, con el bastón. Apretó los dientes, pidió al triforce ayuda, y la luz de su marca la envolvió. Midla tenía una mano levantada, hacia Zelda, y le pareció verla sonreír. La espada de Zelda describió un círculo dorado, y por fin, logro darle en el pecho a Grahim. El golpe fue tan fuerte que soltó por fin a Midla. La princesa cayó en el agua, boca arriba.

Era su oportunidad. Zelda levantó y bajó la espada en varias direcciones, de arriba a abajo, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha y de abajo arriba. El filo cortaba la carne dura del demonio y este se quejaba, por primera vez. Zelda se mordía los labios con tanta fuerza que le provocaba sangre. Su objetivo, que liberara a Midla, ya lo había logrado. Ahora tenía que soltar el báculo.

"Es lo único que no le gustaba que yo tuviera. Mandó al orco para que me lo quitara, y me lo ha exigido en todos los encuentros. ¿Por qué? ¿Qué está pasando? Es todo muy extraño..." pensaba Zelda. Deseaba de verdad que esta lucha la hubiera tenido con Link como aliado. Puede que no fuera un gran guerrero, pero era más observador. Si él estuviera allí, le habría dicho ya que había un patrón en los ataques de Grahim, que movía sus espadas siempre en un mismo gesto. Que debía romper esa defensa.

Zelda recordó la voz de Bronder, diciendo que siempre había una brecha, un lugar donde atacar, cuando el enemigo atacaba a su vez bajaba la guardia. Grahim levantó la espada, y Zelda corrió. El tiempo se detuvo, y Zelda vio el resquicio. Atacó una y otra vez, dañando la piel oscura del demonio. Este cayó a los pies de la estatua de la diosa, y Zelda, de una patada, le alejó del báculo del tiempo. Grahim levantó la mirada enfadado. Tenía los dientes apretados.

– Se acabaron las tonterías. ¿Hemos despertado el durmiente? ¡Dime ahora cómo sellarlo de nuevo!

Nalea había cogido el báculo del tiempo. Lo tomó en las manos, y entonces, dio un salto y se esfumó en el aire. Zelda masculló que no podía luchar contra tantos enemigos a la vez. Midla estaba en el agua, bocarriba e inconsciente. Ander yacía al otro lado de la sala, sin moverse, como los yigas dispersos en la habitación.

Grahim sonrió.

– De acuerdo, entonces… Ven, si te atreves, a la tierra del presidio. Está más allá del templo de la Luz, los monjes te dirán… Pero tienes solo una semana. En la próxima luna llena, el durmiente despertará, y la puerta al mundo Oscuro resurgirá… Yo debo ir en busca del báculo.

Levantó las dos manos a la vez. En ellas se acumulaba la energía oscura propia de los demonios. La bola se hizo más y más grande. Zelda tenía dos opciones: tratar de pararle, o proteger a Midla, que seguía tendida en el agua. Corrió hacia la princesa, la tomó en brazos y con toda la fuerza que pudo, corrió hasta donde estaba el mago. Al mismo tiempo, Grahim terminó su hechizo. La energía estaba ya destruyendo lo más cercano: la estatua de la diosa, la pasarela, el agua… Esta última se había convertido en miles de burbujas que estallaban en el aire. Zelda corrió hasta las puertas, donde estaba Ander, ya de pie. Con las últimas fuerzas que tenía, se agachó sobre el mago, para cubrirle a él y a Midla.

Los tres se vieron impulsados por el aire. Las puertas que habían guardado el acceso a la fuente se doblaron como si fueran mantequilla. Desaparecieron en el aire, destruidas por la energía oscura. Zelda, Midla y Ander salieron despedidos por los aires. A Zelda le pareció que escuchaba recitar un hechizo, y percibió, más que ver, un amuleto de los que usaban los yigas, pero este era azulado.

Cuando aterrizó en el suelo de la sala principal, abrazó a Midla y se encogió todo lo que pudo. El golpe que se dio contra el suelo le hizo ver las estrellas. Los escombros volaban a su alrededor. Entre el humo y el polvo, Zelda vio la silueta de Nalea desaparecer, con el báculo del tiempo entre las manos. Tosió, y trató de ponerse en pie, cuando de repente, alguien le gritó que debía detenerse. Zelda no le escuchó. Empezó a correr, pero la derribaron varios soldados de la guardia.

Entonces vio que tenía las manos manchadas de sangre.

Zelda siguió con la mirada el rastro rojo, que iba desde ella hasta un lugar al otro lado de la sala. Allí, reconoció a Lion, que sujetaba a su hermana mientras apretaba con las dos manos una herida que tenía en el costado. Ander recitaba hechizos, uno detrás de otro. Zelda ya los había escuchado antes: eran los que conocía el mago para la sanación.

– ¡Queda detenida, por intento de asesinato de la princesa Midla! – gritaba Helios –. En cuanto el rey se entere, Sir Bronder, será juzgado por poner en compromiso la seguridad de la futura reina. Ya os dije que no era de fiar.

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Zelda se retorció, gritó que ella no había sido, que Grahim estaba suelto, y que habían despertado al durmiente. Los guardias apretaron una de las heridas que Grahim le había hecho, y el dolor de las costillas le hizo caer. Intentaba quitarse a los guardias de encima, retorciéndose. Vio al capitán Dalvania acercarse, con una mirada llena de odio y asco, Helios levantó su espada, y, con el mango, golpeó a Zelda en la sien. El dolor fue real, como lo fue real la risa de Grahim y el temblor que sintió antes de estrellarse contra el suelo.