Capítulo 23 La caja de Zelda

En el bosque, la caravana avanzaba de forma lenta. El hechicero había advertido que el estado de la princesa era delicado. Había logrado detener la hemorragia, pero los puntos se podían abrir en cualquier momento. Por eso, habían avanzado de forma lenta para ir no hacia el castillo de Hyrule, sino hacia Karariko, la ciudad más cercana que contaba con un buen hospital. Lo más importante, según palabras de Helios, era salvar la vida de la princesa. Salieron del templo conocido como Las Praderas Sagradas, y mandaron a un jinete para que trajera al médico y un carro mejor preparado que el que traían. Al fin y al cabo, ahora era una prisión.

Bronder cabalgaba detrás de él. A su lado, estaban Urbión y Raponas. Lion, montado sobre Caranegra, estaba rodeado de soldados. No tenían permitido para hablar con él. Bronder había intentado que le dejaran interrogar a los prisioneros para averiguar qué había pasado, pero Helios había prohibido a todos los miembros del grupo que se acercaran a los infantes o a los acusados de traición. En el carro, viajaban el hechicero, y Zelda. Hasta que llegó el carro con el médico, habían tenido a la chica y al mago encadenados en una columna. La chica, aún inconsciente, había sido subida al carro con tantas cadenas que no podía apenas levantar la cabeza, ni mucho menos intentar incorporarse. El mago estaba igual. Nada más curar a Midla, Helios le acusó de traición. Según el argumento del capitán, el hechicero y la chica habían conspirado para asesinar a la princesa. El mago había despistado a los demás, haciéndoles creer que había una horda fuera del templo. La chica había aprovechado para atacar a la princesa y había intentado luego hacer estallar las pruebas. Las manos y la espada de la chica pelirroja la delataban, pues tenían sangre de la princesa en ellas. Ander había tratado de salvar a la princesa, quizá en un intento de desviar la culpa, pero a Helios no le engañaban.

Sir Bronder, el infante Lion y el soldado Dellas habían tratado de defenderles, diciendo que no eran traidores, pero Helios estaba convencido: la chica tenía restos de sangre de Midla en la espada y en sus manos, y el hechicero había estado presente todo el rato y no había intervenido para salvarla.

– Nunca le gustó el maestro de los infantes, y mucho menos su discípulo – dijo Raponas. Era el único del grupo que podía hablar con los infantes y Sir Bronder, aunque su hermano había amenazado con denunciarle a él también –. De momento, estoy a salvo, porque yo estaba con él, y también porque no quiere manchar el nombre de los Dalvania…

La única a la que no habían logrado atrapar había sido la chica yiga, que encontraron a un lado de los escombros. Aún malherida, soltó una bomba de humo, que hizo temblar las paredes, destruyendo parte de la sala, y se escapó gracias al caos. El templo no era un lugar seguro, y Helios ordenó retirada. Sin duda, la chica había logrado su objetivo. No importaba, ya la pillarían. Una vez el rey le ordenara primer caballero. Después de esta gesta, sin duda lo haría.

En el carro, Ander había intentado hablar con Zelda. Estaban encadenados espalda contra espalda. El hechicero tenía que susurrar, porque ya le habían advertido que no debían hacer ruido. Se había llevado por esto un buen golpe. Sin embargo, por más que lo intentó, Zelda no le respondió. La chica estaba despierta, a juzgar por su respiración, pero no se movía. Miraba, de forma obstinada, las cadenas y sus manos atadas por un grillete.

– Puedes usarlo, para liberarnos – le susurró Ander –. Debemos darnos prisa…

Zelda no respondió, y el mago acabó desistiendo. Quizá él podría hacer algo. Pensó en los hechizos que conocía. Tanteó las cadenas, recitando para sí lo que conocía de aleaciones de metal. Quizá un hechizo que ablandara el acero. En el exterior, se había hecho de noche. Escuchó los ruidos del campamento, las risotadas de los guardias reales, alguna voz conocida, la de Raponas, la del infante, pero no escuchó a Midla. Al final, cuando ya era noche cerrada, alguien entró en la carreta. Escuchó a un guardia decir que se diera prisa y que no hablara con los prisioneros. Ander se giró, y se encontró con Urbión Dellas.

El chico llevaba un vaso y un cubo. Como el guardia seguía observando, fue primero hacia el mago. Ander no había hablado mucho con él durante la aventura. Era más amigo de Raponas y de Zelda, y, como todos los que vivían de la espada, despreciaban abiertamente la magia. Sin embargo, durante el tiempo que pasaron en el hoyo, el chico y él hablaron un poco, y le pareció alguien razonable y realista, solo impaciente por su juventud. Urbión llenó el vaso con el agua del cubo y ayudó a Ander a beber. El mago preguntó en un susurro, solo dijo "¿Midla?" y el chico asintió. Estaba bien, entonces. El guardia escuchó jaleo, y les dejó a solas. Urbión corrió al lado de Zelda, sin importarle que el mago le pidiera más agua. Entendía el motivo, y por eso, aunque no podía evitar escucharle, no les interrumpió.

– Zelda, por favor… Bebe algo – Urbión insistió, pero Zelda giró la cabeza y no le miró –. La herida… Ese bruto te abrió la ceja, toma, tengo…

– Déjame en paz, o gritaré para que te saquen – dijo la chica, con la voz ronca.

– Midla me envía, para deciros que vamos a salir de aquí. Que pararemos al durmiente.

Zelda se giró aún más, tirando de Ander y obligándole a moverse. Sí que era fuerte, para ser una cría de 15 años.

– También me dice que no es culpa tuya. No lo es – insistió Urbión, y, como el guardia regresaba, volvió a tenderle el vaso de agua. Ander no podía verles, pero escuchó con alivio que Zelda bebía al fin. También escuchó como Urbión susurraba a Zelda, algo que solo la chica pudo escuchar. Imaginaba que era una de las muchas tonterías que solían decirse cuando pensaban que los demás no les escuchaban. Ander había creído que eran amigos, por eso había perdido la apuesta con Midla, pero la princesa ya le había advertido, desde Ikana, que el chico estaba loco por la heroína de Hyrule.

El guardia le dijo a Urbión que se le había acabado el tiempo, y el chico se marchó, no sin antes mirar hacia Ander. Una vez cerró la cortina, el hechicero dijo:

– ¿Estás bien? Zelda, te necesitamos.

– No, no me necesitáis. Yo soy la causante de todo – Zelda se removió, para sentarse de forma cómoda –. Yo he sido quién ha despertado al durmiente. Tú me lo dijiste: voy por ahí con un poder que no comprendo y que no trato de comprender. Me han utilizado para despertar el durmiente.

– Pero ha sido un plan muy rebuscado, ¿verdad? ¿Y por qué estaban tan interesados en el báculo del tiempo? El jefe orco, los yigas y las hordas iban tras él, ¿por qué?

– Urbosa me dijo que debía preguntarme por qué estoy aquí. No lo he hecho, es cierto. Nunca me cuestiono el porqué. Solo sigo adelante. Como un burro con una zanahoria delante…

– No eres la única que ha sido engañada. Midla, y yo mismo. Estaba seguro de que estábamos a punto de acabar con las hordas. Ese maldito demonio me poseyó, para distraeros y para acercarse a vosotras. Debí estar más atento, ser más fuerte… – Ander tocó el metal de la cadena –. Casi la pierdo. La perdemos. Pero está viva, y Grahim no pudo llevarse el báculo del tiempo. Te dijo que en una semana el durmiente despertaría… Podemos lograrlo, podemos…

– Yo no debo, debería… haberme ido. Debí dar media vuelta y salir, no atravesar el umbral. Si no hubiera cruzado, no habrían despertado al durmiente – la voz de Zelda era ronca, y sonaba débil. El hechicero estaba seguro de que no la habían curado esas feas heridas que tenía.

– Escúchame bien, Zelda Esparaván. Si tú no hubieras cruzado ese umbral, Lion habría muerto durante el ataque de esos goblins. No hubiéramos sido capaces de sobrevivir a los moblins, al primer ataque de los yigas, a la horda que atacó a Estrella, en el cañón de Ikana, en el desierto… No te arrepientas de lo que has hecho, porque ahora mismo, eres lo único que tenemos para salvar a todos – Ander se agitó. Sintió por fin calor en la punta de los dedos, y, al tocar el metal, logró derretirlo.

En voz muy baja añadió, mientras le quitaba las cadenas de encima.

– Es hora de que confíes en los demás, y empieza por ti. Has hecho todo lo que has podido, con lo que sabías en ese momento, y han sido buenas decisiones. No seas tan dura contigo misma.

Zelda ya estaba liberada, solo quedaban los grilletes. La chica los miraba. Tenía muy mal aspecto. La piel bronceada estaba cuarteada, con heridas en mejillas, barbilla y frente. La cota de mallas que llevaba la había protegido, pero sin las hombreras, que le habían quitado junto con su espada, parecía más joven y más frágil. El cabello estaba revuelto y sucio, con barro aún. Parecía haber envejecido tanto que hasta las pecas estaban diluidas. Ander se agachó a su lado, le puso la mano en los grilletes y los destruyó. Solo entonces, Zelda levantó la mirada. Tenía los ojos verdes, rasgados, con un velo de lágrimas. Ander no la había visto llorar, en ningún momento de la aventura.

– Casi os mato, a ti y a Midla...

El mago entonces le puso las manos en los hombros y le dijo:

– Y también nos has salvado. No en vano, eres una heroína. ¿Vas a dejar que Grahim se salga con la suya? Por lo menos, yo no, y estoy seguro de que más de uno de este grupo está dispuesto a seguir.

Con un suspiro, Zelda se puso en pie. El guardia entró en ese momento, pero antes de que pudiera abrir la boca para ordenar alto a los prisioneros, Zelda le asestó una patada en la cara, le agarró del hombro y le arrojó dentro del carro. Le dejó inconsciente de un golpe y le quitó la espada.

– Hasta que encuentre la mía – dijo, y Ander sonrió.

En el exterior del carro, parecían que ya sabían que ellos estaban libres, porque escucharon jaleo de pelea. Zelda miró a Ander, murmuró "Ya han empezado" y salió fuera. Los dos se encontraron con una escena de lucha: Bronder, Urbión y Raponas peleaban contra los guardias del rey. Alejados del fuego, Midla y Lion estaban rodeados, por el mismo capitán Helios y dos de sus hombres. Este gritaba que eran traidores y que iban a mandarlos a la horca a todos, que debió encadenarlos, pero nadie le escuchaba. Una figura vestida de negro derribó a un guardia que apareció al lado de Zelda, lo hizo de un puñetazo. Esa misma figura arrojó una espada con la empuñadura de oro hacia Zelda. Ella la cogió, dio las gracias, pero la guardó en la vaina.

– Gracias, Nalea, pero no mates a nadie – Zelda miró a Ander y le dijo –. ¿Sabes tú una forma de dejarles fuera de juego, al menos un rato? Pues adelante. Nosotros te cubrimos.

El mago asintió. Dijo que él estaba hambriento, pero que le quedaban fuerzas. Empezó a recitar. Helios ordenó a los guardias que lo detuvieran, pero se encontró con el escudo formado por el mismo Sir Bronder, Raponas y Urbión. Zelda corrió hasta situarse frente a Helios, dispuesta a darle un puñetazo. En su lugar, no llegó a hacerlo: Midla, detrás de Helios, le golpeó con el cepillo de plata, y el capitán se derrumbó.

– Ya te dije que era un arma peligrosa – dijo Zelda, con una sonrisa. Se alegraba de ver a la princesa de pie, aunque tenía peor aspecto que ella. Pálida, se sujetaba un costado, y Lion se encontraba a su lado porque le servía de apoyo.

Ander terminó el hechizo, y, antes de completarlo, recomendó cerrar los ojos a todos. Una ola de luz y polvos grises se levantó, rodeó a los guardias y cayeron como moscas. Los dejaron atados a un árbol, con las mismas cadenas que habían usado para retener a Zelda y a Ander.

– Esto es una ruta comercial que va a Kakariko, les encontrarán enseguida. Además, el médico salió huyendo, seguro que volverá con ayuda de la guardia de la villa – Zelda recuperó su mochila. Tenía todo: la brújula, el mapa y los frascos de semillas, las pocas que le quedaban.

Miró al grupo. Además de los infantes, estaban Sir Bronder, que la miró con una ceja levantada. Urbión, que parecía enfadado aún pero dispuesto a seguir luchando. Raponas tenía buen aspecto, pero miraba de reojo a su hermano, con cierto remordimiento. Ander, que se cruzó de brazos, tenía el rostro cansado y a punto de caerse de sueño, pero resistía. A su lado, estaba Nalea, la sheikan. Tenía aún sus heridas, y llevaba el báculo del tiempo atado a la espalda. Ahora, sus ropajes eran oscuros, no rojos de yiga. Lion entonces le dijo:

– Gracias por ayudarnos.

– Debo hacerlo, hemos provocado el fin del mundo, y hay que solucionarlo – Nalea se cruzó de brazos.

– Nada de cháchara. Vamos, debemos ir al templo de la luz… Al monasterio. ¿Lo conocéis, verdad? Al menos, Midla.

– Sí, estamos cerca – dijo la princesa.

– Vamos a darnos prisa, entonces – Bronder miró a la princesa –. Vas a tener que montar a caballo, Midla, porque el carro sería muy lento. ¿Podrás aguantar?

La princesa asintió, y fue Lion quien dijo que podía ir con Caranegra, que su caballo era fuerte, pero Bronder dijo que era mejor que fuera en un caballo grande pero tranquilo. Por eso, el caballero llevaría a la princesa en la grupa de Tormenta. Urbión, en Nevado, compartía espacio con Ander, y Zelda se ofreció a llevar a Nalea. La sheikan producía en todos, sobre todo en Raponas, un gesto de desconfianza.

– Encontremos refugio rápido, en el monasterio podrán trataros las heridas – la chica sheikan le tendió un frasco a Zelda y otro a Ander –. La princesa ya ha tomado uno, es una medicina sheikan, un elixir para ayudar a cicatrizar heridas.

– Hablaremos en el monasterio, entonces – Zelda se tomó su elixir de un trago. Acarició el lomo de Scarlet, le dio las gracias por ser tan valiente, y se subió a ella. La yegua parecía algo molesta porque hacía días que no veía a Zelda y los soldados no la habían tratado bien. Sin embargo, respondió bien. El grupo, de este modo, atravesó la noche.

El problema que tenía con la llanura de Hyrule era que se trataba de una extensión muy plana, sin apenas escondites posibles. Era de noche, la única ventaja, pero si de detenían a descansar, los guardias de Kakariko los verían a distancia. Zelda recordó cuando, tras la batalla en el castillo y la liberación de Link, tuvieron que recorrer a toda prisa todo el bosque de los Kokiri y la llanura, y como, para esquivar a los enemigos, los dos niños se escondían en las riberas y no encendían ningún fuego. Por suerte para ellos, estaban muy cerca: solo a media jornada del monasterio. La pregunta que Zelda se hacía es si los monjes allí les ayudarían, y si Saharasala ya estaría allí.

Nalea estaba sentada a su espalda, y fue la sheikan quien tomó las riendas cuando Zelda dio un cabezazo. La chica dijo que se encontraba bien, pero Nalea no le permitió seguir. Le pidió que tratara de descansar, pero Zelda no quería. Aún así, de repente, cerró los ojos. Vio con claridad el rostro de Link, a su lado. Le preguntaba algo, la llamaba, le decía que por favor tratara de regresar. Zelda se incorporó casi de un respingo, y Nalea le dijo que volviera a dormir.

– No, yo estaba despierta… – Zelda se rascó un ojo.

– Estabas murmurando, llamando a alguien llamado Link, y hasta has roncado. Si no llego a sujetarte te habrías caído de bruces. El remedio sheikan es insuficiente, si tienes heridas peores. Espero que en el monasterio haya mejores curanderos…

Zelda miró al frente. El sol estaba saliendo de nuevo. Cuando amaneciera, perderían la oscuridad como aliada. Ya podía ver la construcción gris del monasterio. Bronder aceleró su caballo, y todos le siguieron. Sin parar, lograron cruzar la construcción de la antigua ciudadela, donde al final se encontraba el monasterio de la luz. Zelda miró las ruinas, con cierto temor. La primera vez que llegó al templo, había wolfos. Había sido la flauta de Link y la aparición de Saharasala quién les libró de los animales. Excepto que las ruinas eran las mismas, no había esa aura llena de peligro. "Es porque aún no ha llegado el señor del Mundo Oscuro" pensó.

Eso sí, la calma era apariencia.

En la puerta del monasterio, abierta, estaban varios monjes. Todos se precipitaron al exterior, y ayudaron al grupo con los caballos. No pronunciaron palabra, pero sus rostros, pálidos y serios, les decían que ya sabían a qué habían venido. Bronder tomó a Midla en brazos y la ayudó a llegar al interior. Zelda les siguió, al igual que el resto del grupo. Nalea pareció dudar un poco, pero al final, tras acariciar el báculo del tiempo, atravesó las puertas como todos.

Zelda buscaba con la mirada. Los rostros de los monjes no les resultaban familiares, no eran ninguno de los que conocería en el futuro. Bronder se detuvo delante de uno de ellos. Su hábito era igual que el de todos, solo que este tenía una estola blanca en los hombros. Era el abad, de eso estaba segura por el hábito, pero no era Saharasala. El hombre era bajo, con vientre ancho y una tonsura hecha sobre sus cabellos grises.

– No solemos permitir la entrada de mujeres en el monasterio, pero en tiempos desesperados… – el hombre hizo un gesto muy curioso, de poner los ojos en blanco, que en otro momento habría hecho reír a Zelda. Sin embargo, no podía. A medida que avanzaban en el monasterio, el triforce volvía a brillar.

¿Estaría Grahim oculto en el abad? Zelda se llevó la mano a la espada, dispuesta a pelear. Sin embargo, el abad mismo levantó la mano en su dirección y dijo:

– No, guarda tu arma. Estoy dispuesto a hacer excepciones con la entrada de mujeres, pero no con las armas. Nadie osará mancillar este lugar con sangre. No estoy poseído, muchacha – el abad caminó hasta Midla –. Alteza, estáis herida.

Hizo un gesto a alguien que estaba oculto detrás. Era un hombre de unos treinta años, cabellos castaños muy cortos y ojos marrones. Zelda pestañeó, dos veces, y tuvo que morderse la lengua. No pudo ocultar la sonrisa: por fin veía el rostro conocido y querido de Saharasala. Este le indicó a Bronder que le siguiera, que llevaría a la princesa hasta la enfermería.

– Tenemos más heridos, pero la más grave es su alteza – dijo Bronder. Zelda añadió que ella podía esperar. La verdad, es que se sentía más cansada que dolorida.

– Entonces, por favor, seguidme. Quien no precise de atención médica, que permanezca en las cocinas – dijo Saharasala. Puede que fuera más joven, pero la voz y el tono serio no lo había perdido.

Zelda echó a caminar detrás de él, acompañada de Ander. Raponas, Urbión, Nalea y Lion se quedaron atrás, aunque el príncipe intentó acompañar a su hermana. Nalea se lo impidió, y el chico, quizá recordando sus venenos y drogas, se quedó quieto al fin. Zelda le hizo un gesto para tranquilizarlo, y sus ojos se desviaron a Urbión. No había vuelto a hablar con él desde que tuvieran el breve diálogo en el carro. "Le debo mil disculpas, y muchas explicaciones".

Esperaba tener tiempo.

En la enfermería, Ander fue quién menos atención necesitaba. El mago solo estaba agotado, así que nada más encontrar un lecho libre al fondo de la sala, se tendió, no sin antes asegurarse de que Midla estaba bien. Saharasala recitó un hechizo de curación, uno que Zelda no le había escuchado decir nunca. ¿Sabía curar? No recordaba que en ningún momento de su tiempo le hubiera visto usar ese hechizo. De hecho, ella llegó al monasterio con rasguños, y no se ofreció a curarlos. También, otra cosa que era distinta es que Saharasala veía. No sabía cuándo había perdido la vista, él solo les dijo que su ceguera era resultado de su poder de la luz, y no dio más explicaciones. "Igual que Kaepora, nunca habla mucho, solo cuando le conviene".

Midla se quedó dormida al instante, y entonces Bronder le dijo al monje:

– Ahora, le toca a la pelirroja.

– Yo estoy bien, solo tengo una costilla rota…

Antes de que pudiera decir más, Bronder la empujó. Para ser él, fue delicado, pero hizo que Zelda viera las estrellas. Le empezaron a doler las costillas otra vez, y tuvo que sentarse en una silla. Saharasala se acercó entonces.

– En cuanto descanse y me tome otra vez el elixir estaré bien – Zelda levantó la mirada hacia Saharasala. El monje sonrió al mirarla.

– Soy Saharasala – se presentó, aunque algo en el gesto del monje hizo saber a Zelda que Saharasala ya sabía que ella le conocía –. ¿Tú eres?

– Zelda – la chica bajó la mirada un momento. ¿Estaba ya quebrando la línea? ¿Cambiaría mucho su historia si Saharasala ya la conocía cuando llegó al monasterio junto con Link?

El monje no dijo más. Se agachó, colocó las manos, una en la frente de Zelda, donde tenía la herida en la ceja, y la otra mano en el costado de la chica. Recitó el conjuro, y Zelda sintió por primera vez el alivio que solía sentir cuando Link la curaba con la canción de la sanación. Después, dijo:

– Puedes quedarte en la enfermería, échate un rato. Cuando despiertes, hablaremos con el abad. Bienvenida al templo de la luz, Zelda – y los ojos marrones de Saharasala brillaron divertidos, y su voz le hizo recordar a Kaepora Gaebora.

Durante ese largo día que estuvo durmiendo, Zelda soñó. Fue un sueño largo, lleno de pequeños despertares. Le pareció ver a Midla tratando de comer algo, a Ander hablando con la princesa, a Lion preguntando si tenían tiempo, a Nalea, en un rincón, con los brazos cruzados y diciendo que quedaban tres días para la luna llena.

En sus sueños, estaba con Link. Él le hablaba, con la brújula en la mano. Su amigo estaba más delgado y pálido de lo que recordaba, y sus ojos tenían una expresión muy triste. Decía una y otra vez que por favor regresara, que no sabría qué hacer sin ella, que debía hacerlo. En un rincón, vio a Kafei. El sabio de la Sombra le dijo entonces a Link que ella volvería, y que estaría bien. "Solo han pasado tres días, Saharasala dijo que se recuperaría, pero necesita tiempo para sanar".

"Sanar, ¿de qué?"

Zelda se incorporó de golpe. Ya era la única habitante de la enfermería. A juzgar por los rayos del sol que se colaban por la pequeña ventana, la chica supuso que era ya de mañana, avanzada. Se vistió de nuevo con sus ropas, porque en algún momento en su sueño le habían cambiado las ropas por el hábito de novicio. Le quedaba corto, y este detalle le hizo gracia. Cuando despertó después de regresar del Mundo Oscuro, lo arrastraba. "Sí que he crecido. No me he dado cuenta, a veces creo que sigo siendo esa misma chiquilla de doce años..."

Al otro lado de la puerta, se encontró con el infante. El chico estaba sentado en un banco cerca, con cara de estar aburriéndose. La saludó y le preguntó si ya estaba mejor.

– Gracias por preguntar, Lion. Eres muy amable – Zelda miró alrededor –. ¿Dónde están los demás?

– En el comedor. Me han dicho que si te despertabas, debías ir allí, a comer y también a hablar sobre… algo de un… durmiente – Lion miró a Zelda a los ojos –. Los monjes dicen que se ha despertado un gran mal, pero no comprendo… ¿Qué pasó en la última fuente? ¿No se suponía que al rezar Midla allí, se sellaba el mal?

– Cometimos un error, Lion. Nos creímos las mentiras. Tu hermana y Ander tenían razón: deberíamos haber investigado más antes de terminar el peregrinaje. Pero no te preocupes, vamos a solucionarlo – Zelda suspiró –. Ven conmigo, voy a explicarlo todo.

Era hora de abrir la caja de secretos, se dijo mentalmente, mientras caminaba con el solemne infante a su lado. Le miró de reojo. El futuro padre de Link, un héroe valiente que la gente recordaba por ser un bravo guerrero. Si su amigo estuviera allí, ¿trataría de advertirle de su destino? Zelda temía hacerlo. Si Lion hubiera estado, ¿qué habría cambiado? ¿Link habría tenido una hermana, habría sido ella la persona que acudiera al templo de la luz? ¿Hubiera sido el portador del triforce de la sabiduría? Cuando Ander le habló del tiempo, no le dijo en ningún momento lo frágil que era. Según él, cambiar un punto fijo era algo que requería mucha determinación y poder… ¿Ella tenía ambas cosas?

"Yo no, pero conozco alguien que sí"

– Por eso quiere el báculo del tiempo… Para cambiar la línea – susurró Zelda. Pero no conseguía explicarse entonces por qué lo había encontrado ella, por qué no lo había usado antes, cómo es que el báculo se quedó sin energía…

Lion le preguntó qué decía, y Zelda le respondió que no importaba. Al llegar al refectorio, se encontró a todo el grupo. Parecían estar discutiendo algo, con el abad, que se sentaba en la cabecera de la mesa. Midla tenía las mejillas coloradas, por el esfuerzo, y el otro que discutía era Bronder. Al entrar Zelda acompañada de Lion, todos se giraron hacia ella.

– Me alegra ver que ya estás mejor, Zelda – dijo Ander. El hechicero la invitó a sentarse pero Zelda negó con la cabeza.

– Estáis discutiendo por la tierra del presidio, ¿cierto? Quien debe ir y quien no – dijo la muchacha.

– Midla no, con la herida que tiene… – empezó a decir Bronder.

La princesa dio un golpe en la mesa y dijo, con una voz más alta de lo que estaba habituada:

– ¡Solo yo puedo sellar al durmiente! ¿Es que no me estáis escuchando? Zelda, seguro que tú puedes hacer entrar en razón a…

– Midla tiene razón, Bronder. Ella debe estar – Zelda permaneció de pie. Miró de reojo a Urbión. Desde que había entrado, el chico había desviado la mirada –. Iremos todos. Hay que detener al Durmiente, no solo porque se abrirá la puerta al Mundo Oscuro. Creo que el plan de Grahim es mayor que eso – Zelda señaló el báculo del tiempo, en las manos de Nalea –. El báculo es importante, para ese plan. Pero antes de todo, debo ser sincera y contaros quién soy, y de dónde vengo. Os lo debo a todos, algunos más que otros… – Zelda bajó la voz, pero no pudo evitar mirar de nuevo hacia Urbión.

– Ander y Midla lo saben ya, porque lo fueron averiguando. Yo soy la portadora del Triforce del Valor – Zelda levantó la mano derecha, con el dorso a la vista de todos –. Vengo de un tiempo futuro, viajé hasta aquí por culpa de un skull kid. Antes de eso, hace ya unos años, el portador del triforce de la sabiduría y yo entramos en el Mundo Oscuro, derrotamos a Ganon, y regresamos. Por esa hazaña, yo fui nombrada primer caballero. Mi título completo es Lady Zelda Esparaván, Heroína de Hyrule… pero casi nadie lo usa, la verdad.

Urbión había levantado la mirada, y Raponas tenía los ojos y la boca tan abiertos que parecía una máscara. Bronder frunció el ceño, y miró fijamente la cicatriz de Zelda. Nalea no parecía nada sorprendida, y Lion… El infante soltó un "ala", y luego exclamó:

– ¡Por eso decías esas cosas tan raras! ¡Como que ya habías estado en el palacio, que estabas cumpliendo una misión para el rey, e incluso dijiste a Sir Bronder que tú eras el primer caballero, no él! – el infante se echó a reír. Luego, como si se diera cuenta de que había más en las palabras de Zelda, añadió –. La portadora del Triforce, el viento que arrasaba el mal… ¿Eres heredera del Héroe del Tiempo?

– Sí, así es – admitió Zelda.

El silencio había caído sobre el grupo. Ander fue el primero en hablar.

– Explícanos, con más detalle, como es que llegaste a cruzar ese umbral.

Zelda empezó a hablarles de la misión en el antiguo dominio de los zoras, y les mostró el mapa, con las traducciones de Link. Narró su encuentro con el skull kid, y tuvo que aclarar que ella ya había conocido a otro skull kid antes, pero que este era distinto. Había tardado en verlo, pero ahora, cuando lo recordaba, se daba cuenta que era más alto que un niño. También les dijo que el báculo entró con ella, ya desactivado, y que había decidido conservarlo solo porque le pareció importante para volver.

Después, les contó la lucha contra Grahim en la fuente. Y entonces, tuvo que sentarse.

– El rey de los demonios lo ha dejado claro: nos ha estado engañando. Él se disfrazó de Imya, para hacernos creer a Midla y a mí que debíamos terminar el peregrinaje. Usó para ello… – Zelda bajó la mirada avergonzada –. Mi orgullo. Me hizo creer que tenía una misión sagrada, como sucedió en el pasado. Aprovechó un deseo que yo tenía, desde hace mucho tiempo, el deseo de que regresaran los tiempos más peligrosos con misiones complicadas. Por eso, en ningún momento me he hecho preguntas. Urbosa en el desierto, Ander, y muchos de vosotros habéis estado haciendo las preguntas que debí hacerme yo desde el principio…

Zelda apretó los puños y los dientes. Estaba confesando el secreto más oculto que tenía en su corazón. Al terminar de hablar, volvió a mirar a Urbión, y le pareció ver en su rostro un gesto leve de asentimiento, pero enseguida frunció el ceño y desvió la mirada.

– Zelda, no has sido la única engañada. Yo también creía que por fin mis poderes estaban surgiendo, y estaba tan orgullosa que no quise tampoco hacer ninguna pregunta, solo terminar – dijo Midla –. Que por fin los demás me vieran como una futura reina, y dejaran de burlarse por no ser una hechicera como mi madre.

– Te hirieron y casi te matan por mi culpa. A ti y a Ander… – susurró Zelda.

– Pero también estamos vivos gracias a ti – Midla miró al grupo –. Ahora, tenemos un deber, más que una misión: detener al Durmiente, todo lo que podamos.

– Es una misión suicida – Zelda se puso en pie de nuevo –. Algo va a pasar, que permitirá al señor del Mundo Oscuro salir. Tengo la sospecha de que nos quitarán el báculo del tiempo, que Grahim lo usará para romper la línea del tiempo, y lograr trasladarle. Puede que incluso haga que el Durmiente aparezca en mi época, y destruya de este modo el tiempo. Eso, o nosotros fracasaremos, hagamos lo que hagamos.

– No estamos seguros de que eso vaya a ocurrir. Piensa de otro modo – Ander habló, también poniéndose en pie –. Quizá le detuvimos, y por eso tardará tiempo en volver. No sabes en tu tiempo, con seguridad, cuando se escapó el señor del Mundo Oscuro. Vamos a trabajar con lo que sabemos en este momento y no con lo que suponemos: vamos a detener al Durmiente. Tenemos lo necesario: el poder de las diosas, la luz del triforce, y la sangre de los sheikan – al decir esto, miró a Nalea, y está asintió –. Todo eso nos ayudará. Algo podremos hacer.

– Desde hace unos días, sentimos que las puertas que conducen a las tierras del presidio están temblando – dijo el abad –. Las puertas están ocultas al fondo del monasterio. Conducen hacia las tierras del presidio, después de un largo pasaje. Las puertas se sellaron hace cientos de años. Ahora, con lo que habéis contado, es necesario volver a abrirlas.

El abad había empezado a contarles algo más sobre las tierras del presidio, cuando Saharasala entró corriendo.

– Padre, se acercan soldados. Vienen directos hacia aquí, deben de estar buscándolos – y miró al grupo.

– Hay que marcharse, rápido – Bronder empezó a organizar. Urbión y Raponas fueron a por los caballos, Lion, Nalea y Midla recogieron provisiones y Ander, Bronder y Zelda se ocuparon de acaparar armas, mantas y algún instrumento más, como escudos en el caso del Zelda. Se sorprendió saber que en el monasterio guardaban armas.

– No son nuestras, claro, sino que pertenecen a otros héroes que han pasado por aquí – les explicó el monje.

Zelda quería hablar con él, pero no tenían tiempo. El grupo se reunió en el claustro principal, y Saharasala fue el elegido para acompañarlos a las puertas. Al otro lado, ya escuchaban el jaleo de armas, las voces de enfado, entre ellas sin duda las de un iracundo Helios Dalvania. Raponas vaciló, y estuvo a punto de retroceder, cuando Zelda le pidió que siguiera.

– Yo no soy un elegido, ni sé en qué puedo ayudar… En cambio, puedo retener a mi hermano, hasta hacerle entrar en razón, yo…

– De eso se ocupará el abad, caballero – dijo Saharasala –. Le necesitarán ahí dentro, seguro. El camino al durmiente es peligroso: hay que cruzar un camino lleno de niebla, con espíritus burlones, y si el durmiente está en proceso de despertarse, encontraréis criaturas esperándoos. Daos prisa.

Llegaron ante unas enormes puertas de piedra. Allí, Saharasala sacó una llave dorada, la introdujo en un candado que había en un rincón, y la giró. Las puertas, con un sonoro temblor, se fue abriendo. Al otro lado, se veía niebla y oscuridad. Saharasala le dio entonces a Lion un farol, que relució con una luz mortecina de color morado.

– Para guiaros en la oscuridad, es lo único que puedo daros. Tened cuidado…

– Saharasala, yo… – Zelda se detuvo. Mientras los demás atravesaban el umbral, ella pareció vacilar.

– Vuelve, y hablaremos… Pero te puedo decir que tu secreto está a salvo conmigo. No eres la única que lleva un peso sobre los hombros.