Los personajes pertenecen a Stephenie Myer
La historia es mía.
Capítulo 2
El camino había sido un infierno. Bella apenas podía creer que Edward la llevara de vuelta al lugar del que le había costado tanto salir. Había gritado, llorado, suplicado y amenazado, hasta que una enfermera había llevado a uno de los médicos de guardia, y ella lo había convencido de darle el alta voluntaria. Luego, el taxi no había sido precisamente cómodo.
Pero en ese momento, ella aún tenía calmantes en su sistema. Esta vez no era así. Edward la había colocado con cuidado en el asiento trasero, antes de azotar la puerta, ir al asiento del conductor y arrancar. Manejaba como loco, serpenteando entre los otros autos, y aunque Bella sabía que no lo hacía a propósito, cada enfrenón y giro le dolía.
Quizás sí estaba sangrando demasiado, porque estaba mareada cuando Edward frenó con un chillido de los neumáticos frente a la entrada de Urgencias. El resto era un borrón.
Recordaba a un pobre pasante de guardia que casi se había desmayado al ver la herida, incluso desde los brazos de Edward, y algo de gritos mientras unas enfermeras impedían que Edward subiera con ella a piso.
Edward estaba desquiciado. No solo no podía dominar el temblor en sus manos, algo que nunca le había pasado antes, sino que el recuerdo de Bella, tiesa y en agonía en sus brazos, con un grito saliendo de su garganta, estaba tatuado en el interior de sus ojos.
Lo habían obligado a tomar asiento en una sala de espera semi vacía, y la taza de café barato se sacudía un poco - ¿o eran sus manos? - mientras taladraba con los ojos el reloj de la pared.
Le dijeron que Isabella iba a quirófano, solo como precaución, para volver a suturarla, pero también para ver si requería volver a abrirla. Edward solo había asentido, sin entender nada. Nada tenía sentido.
El viaje había salido bien, como siempre. Había llegado a casa sin problemas, como siempre, y Bella lo había recibido con un beso, como siempre. No había oído de ella en un par de días, pero eso no lo preocupaba – no era la primera vez que sucedía. Bella tenía su propio trabajo y cosas que hacer a las que se dedicaba mientras él salía por negocios. A Edward no le gustaba marcharse por muchos días, pero sabía que Bella tenía amigos y que no estaba realmente sola. Eso le daba ánimos, y lo disuadía de vender la empresa para retirarse, a los treinta y ocho años, y solo existir para ella.
Esta noche, todo había ido estupendo hasta que su grito, de agonía y no de placer, lo había descolocado. No sabía qué lo alteraba más, que ella estuviera herida – muy herida, como si alguien hubiera jugado a Operando con su pecho – o que lo hubiera dejado girarla y penetrarla como si fuera un día cualquiera. Él aún había estado clavado hasta la empuñadura en ella, con espasmos, cuando ella había llegado al clímax, y luego todo lo demás había sucedido.
Pero se había controlado. No iba a dejar que su pánico al ver tanta sangre le impidiera buscarle ayuda inmediata.
Los minutos pasaron agonizantemente lento antes de que alguien saliera a hablar con él. Era el mismo interno de la entrada, pero medio vestido para entrar a cirugía.
- Isabella Swan – llamó. Edward se puso de pie y fue hacia él, tirando el café a la basura.
- Soy su esposo. Dígame todo.
El muchacho tragó saliva.
- Claro, señor. Ella ya está siendo movida a una habitación. Se había abierto un par de puntos, pero no hubo nada grave. Sangró un poco pero le dimos una transfusión, y ella estará bien.
Edward continuó fulminándolo con la mirada, antes de hablar.
- Nada de "bien". Quiero saber exactamente qué pasó, palabra por palabra. ¿Cómo es que sucedió esto? ¿Por qué?
- Bueno, yo… - la mirada de Edward era muy pesada, y solo tomó un par de segundos para que el joven se decidiera. – No estoy enterado de su caso, pero le traeré a su cirujano de inmediato, señor. No se mueva.
Y huyó.
No habían pasado dos minutos cuando otro doctor, más viejo, con los ojos hinchados – probablemente por el sueño, eran casi las cinco de la mañana – se dirigió hacia él sin preguntar. Lo había reconocido por la descripción de su interno: "Es un señor alto, muy enojado. Se ve cansado pero está a la defensiva. Viene con la paciente."
- Señor….
- Cullen. – La mirada del doctor cambió de inmediato, reconociéndolo probablemente de los periódicos. Pocos ignoraban que era uno de los empresarios más poderosos de la ciudad.
- Oh, por supuesto, señor Cullen. Le pido una disculpa por la tardanza, estamos haciendo nuestros mayores esfuerzos por agilizar la situación…
- Eso no me interesa, quiero saber con exactitud qué le sucede a mi esposa. ¿Usted la atendió?
- Por supuesto. Claro, yo recibí a la señorita Swan hace tres días, en el turno de la tarde.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué? – repitió el doctor. – Bueno…
- Quiero lo sucedido, sin omisiones. Ahora.
Era el tono que prácticamente nadie rehusaba.
- Por supuesto. La señorita Swan estuvo en un incidente que sucedió en el lado norte de la ciudad. Al parecer, alguien hizo explotar un auto, y la señorita estaba a pocos metros. La explosión la lanzó hacia un edificio aledaño, y un barrote de metal se clavó en su torso. Así la trajeron en la ambulancia. El metal perforó una arteria en su corazón y estaba llenando de sangre la cavidad de uno de sus pulmones, por lo que no podía respirar. El paramédico tuvo el buen sentido común de abrirla en el camino y drenar una parte de la sangre, pero a su llegada hubo que pasarla a quirófano de emergencia. Entramos por la incisión que el paramédico hizo, y la ampliamos para hacer una toracotomía. La cirugía salió muy bien, ella es muy fuerte, evidentemente.
- ¿Ah, sí? – el tono de Edward estaba más allá de lo cínico. – Eso suena grave.
- Lo es, normalmente nuestros pacientes no sobreviven, pero ella lo logró…
- Y supongo que por eso la dejaron salir por su propio pie apenas un par de días después de eso.
El doctor se puso pálido.
- ¿Qué? No, no, no, no. Nosotros no queríamos dejarla salir. Estuvo en Terapia Intensiva dos días, y cuando estuvo estable, íbamos a moverla a una habitación, pero ella… Como le digo, es muy fuerte. Nos exigió darla de alta. Por supuesto que nos negamos, pero ella insistió, y estaba en su derecho. Apeló al abogado del hospital, y firmó una orden de Alta Voluntaria. Lo que pasó esta noche, es por entero su responsabilidad. Ella estaba consciente de eso.
Y no es de extrañarse, pensó Edward. Bella era la mujer más fuerte que conocía, y aunque ardía por la ira de no haber sabido lo ocurrido, por que ella pudo haber muerto mientras él estaba lejos, por los médicos que la habían dejado salir, y consigo mismo por no haberse dado cuenta al llegar, antes de hacerle todo lo demás, no estaba confundido. Era muy propio de ella. Jamás se quejaba de nada, ni siquiera esa vez que le había dado Influenza. Lo había desterrado de la habitación hasta que ya no fuera contagiosa, y había soportado las fiebres, estoica como una fiera - al menos mientras estaba despierta. Él se había colado de vuelta al cuarto en cuanto dejaba de oírla toser para pasarle paños húmedos por el rostro, y cambiar sus sábanas. Ella estaba tan enferma que ni lo había notado.
Era un rasgo que él atribuía a su carácter, y esta era la clase de cosa que encajaba a la perfección con sus experiencias previas.
- Quiero verla ahora – dijo, sofocando la ira, a sabiendas que no era lo mejor momento para enfrentarse al médico. Probablemente estarían viéndose bastante en los siguientes días.
El médico pareció comenzar a darle la respuesta estándar – ella seguía en observación. Pero había algo de locura en el hombre frente a él, y no iba a arriesgarse a una demanda suya. No del hombre más poderoso de Seattle.
- Claro.
Caminaron por un par de pasillos antes de llegar a la puerta de una pequeña y oscura habitación. A través del cristal, Edward pudo verla en la cama, recostada en una delgada bata de papel que dejaba ver el grueso vendaje que cubría todo el costado de su torso. El médico era rápido, respondió su pregunta antes incluso de escucharla.
- Al irse, nos pidió que le quitáramos los vendajes y el tubo. Nos negamos, pero ella insistió, y al final retiramos el tubo de drenaje. Hoy decidimos volver a ponerlo, pero ella podría molestarse al verlo. Despertará en una media hora, quizás esté confundida. No la deje moverse ni levantarse. Perdió sangre, y podría reabrir las suturas. Tuvo una cirugía muy agresiva, Señor Cullen, y cinco costillas siguen fracturadas. Necesita estarse quieta, o corre el peligro de que una astilla se desprenda y le perfore algo.
Edward empezaba a sentir el shock. Ahora que la veía, pálida y pequeña en comparación con el enorme vendaje, era más difícil ser objetivo. Sí, ella era testaruda, y fuerte, pero, ¿por qué habría tomado semejante riesgo?
.
La cama se sentía dura, y Bella estaba segura de que la espalda le dolería al despertar. Aún no abría los ojos, porque se sentía algo mareada, pero sabía en dónde estaba. Recordaba haber sido puesta en una camilla, y luego ser movida a otra, antes de que la durmieran. Sabía por qué había llegado ahí, y requeriría un baño de lejía en el cerebro para olvidar la expresión de Edward, furiosa y preocupada al mismo tiempo. Estaba de nuevo en el hospital.
Con la intención de reacomodarse, hizo el esfuerzo por girarse, o al menos desplazar su espalda en el colchón, pero apenas había tensado el cuerpo, una mano cálida apareció en su hombro y la inmovilizó contra la cama. Eso la hizo abrir los ojos.
- No lo hagas – Edward estaba de pie, casi sobre ella. Sus ojos verdes, enmarcados por ojeras, parecían atravesarla, y la preocupación por verlo estresado la hizo casi olvidar la ira que había visto en él.
Desde el momento en que la barra la había atravesado, junto al dolor y el miedo, había aparecido la necesidad de proteger a Edward, de alejarlo de la posibilidad de su muerte. Quería que él fuera feliz, ignorando la inminente posibilidad de su deceso. Sabía que su padre había muerto en un accidente de coche, y se negaba a que él la viera morir igual.
Pero la mirada verde era recriminatoria.
- Edward… - comenzó, pero el hielo en sus ojos se solidificó antes de que se apartara de golpe, como si su contacto le quemara.
Comenzó a pasearse en el espacio entre los pies de la camilla y la puerta del baño. Su circuito era pequeño, pero lo compensaba con la velocidad a la que lo recorría.
- Llevo pensándolo un rato, pero no puedo entenderlo. – Se pasaba las manos por el cabello bronce, y por un momento, le pareció ver lo mucho que la angustia lo estaba acaparando. – No lo entiendo, Isabella. No llego a entender ni qué pasó, ni cómo, ni por qué no me lo dijiste. No veo por qué no me llamaste, por qué estabas en casa, o, peor aún, por qué me dejaste hacer… lo que hice.
El autodesprecio, la ira contra sí mismo, se hizo evidente en la última frase.
"Lo que hicimos", quiso corregirlo, pero Bella se quedó callada.
No sabía si soltar lo primero que le había venido a la cabeza, o explicarle lo que había pasado, aunque estaba muy segura de que ya habría interrogado al menos a un médico al respecto. O si solo negar todo, o esperar que él siguiera adelante sin saber los pormenores.
Su intención había sido que él no se viera en esta situación, forzado a acompañar a su amante en un hospital solo porque se sentía culpable y sabía que ella no tenía más familia en la ciudad. Sabía que sus negocios eran importantes, y también que, aunque él se mostrara atento y caballeroso, estaba perdiendo dinero al estar ahí.
- ¿Vas a quedarte callada? ¿No vas a decir nada? – su tono era brusco, pero el dolor se calaba entre sus palabras. Antes de que ella pudiera decir algo, él se detuvo y la miró. Sus ojos estaban anegados de lágrimas.
- Oh, Edward – su voz también se rompió cuando Bella extendió sus brazos, atrayéndolo a un abrazo. Edward no lo dudó por un segundo. Dejó que sus pequeños brazos lo rodearan y lo apretaran contra su figura, aunque seguramente la postura no era cómoda. Aun así, Edward no dejó que ni un solo gramo de su peso la incomodara.
Bella escuchó los sollozos callados, y comenzó a mecerlo suavemente contra ella. Esto era precisamente lo que quería evitar.
- Lo lamento mucho, de veras que no quería preocuparte. Lo siento – su voz era baja, pero no cabía duda de que él la escuchaba. Sintió cómo Edward negaba contra su cuello, con las lágrimas mojando su cuello, pero no dijo nada.
Se quedaron así, enroscados, por un par de minutos, mientras sus respiraciones se normalizaban. Bella también estaba llorando, pero hacía lo posible por controlarse por dos motivos. El primero era que no quería alarmarlo más, y el segundo era que sabía que un sollozo sería físicamente muy doloroso, en especial ahora.
Dejó que sus manos acariciaran con cariño el cabello en la nuca de Edward hasta que sintió que él volvía a estar en control. Con un suspiro, se apartó después de un momento.
Parecía un poco avergonzado por su despliegue, pero definitivamente se veía más ligero.
Era toda una experiencia ver llorar a un hombre tan fuerte como Edward. Su temple era de acero, era capaz de despedir a cientos de empleados en un mismo momento, de dispararle a un venado de la finca de su padre, de subir montañas sin apenas agotarse y levantaba más de 80kg solo con los brazos. Bella lo sabía, y lo había visto hacer varias de esas cosas, pero también lo había sostenido la primera vez que habían hecho el amor y él había sollozado mientras le confesaba que no había imaginado lo bien que se sentiría tenerla tan cerca, lo había abrazado cuando había firmado un cheque tras otro de compensación económica de cada empleado que no había podido reubicar cuando había comprado su primer empresa. Sabía que era una persona poderosa, con emociones igual de potentes, acordes al resto de su persona. Claro que esto, este lado sensible y tierno de él, era privado. Muy privado.
- No tenía idea de qué estaba pasando. Cuando te oí gritar… no te imaginas lo rápido que me recorrió el miedo al pensar que algo estaba mal, que parecías morir desangrada en mis brazos.
- Lo sé. Lo siento mucho, Edward. Lo juro. No quería que esto pasara. Yo…
- Lo que quiero saber es por qué no me lo dijiste. Dicen que hace tres días que sucedió el accidente, estuviste consciente desde hace más de 48h, y no me llamaste. No me dijiste, ni sugeriste que podrías estar mal. Creí que te habías quedado dormida el primer día, cuando no me contestaste, pero estuvimos intercambiando mensajes todo este tiempo, y no dijiste NADA – la última palabra le salió en forma de grito. Oh, sí, él seguía furioso.
- No quería molestar…
- ¿Y crees que esto no es una molestia? ¿Que amo pasar mi tiempo en el hospital, preguntándome si vas a estar bien? ¿Si vas a vivir?
- Se suponía que no ibas a estar aquí. Yo iba a estar sana y salva en la casa. Lo estuve.
- Claro, sana – dijo con sorna. – Solo medio rebanada, como una maldita vaca.
La comparación era adecuada, tuvo que admitir Bella con una mueca. No le gustaba que le hablara así, pero suponía que, si estuviera en su lugar, estaría igual de enfadada. Bueno, quizás no en su lugar. No exactamente.
- Dime, y por favor usa la mayor cantidad de palabras posible, ¿cómo se te pasó por la cabeza que era una buena idea irte del hospital, pedir el alta, como si hubiera sido alguna clase de procedimiento ambulatorio? Como si hubiera sido una visita al dentista. Quiero saber exactamente qué estúpidos argumentos convencieron a tu pequeña cabeza de que era una buena idea.
Sus ojos eran como llamas verdes, pero los de Bella tenían lágrimas. No solo las remanentes, sino nuevas. Le dolía verlo así, y le dolían las palabras. Sabía que él siempre la había admirado, aunque se le antojara irreal. Una vez le había dicho que era una de las personas más inteligentes que conocía. Pero escucharlo hablarle así dolía.
- ¿Imaginaste que yo estaría bien? ¿Qué no tendría problema con cogerte mientras estabas más cerca de la tumba que del orgasmo?
- ¡No me hables así! – logró decir, enojada. Más que eso, furiosa. – ¡No tienes por qué ser grosero!
- ¿Ah, no? Quizás sí deba, ya que al parecer casi matar a mi mujer con algo de sexo está en mi agenda. Va con mi personaje, ¿no? Ignorar su dolor y tomarla de todas formas. ¿Es lo que piensas de mí? ¿Es lo que querías que pasara?
- No, Edward… - pero la ira estaba disminuyendo, dando paso al dolor. Dolor por él, por sus palabras, por ella misma, por su orgullo herido, porque evidentemente había sido un mal movimiento, y, más tangible, dolor por su herida.
- ¿Por qué estabas en la cama? ¿Por qué no dijiste nada? ¿Por qué no me detuviste?
- ¡Yo quería estar contigo! No quería preocuparte, no quería que me trataras diferente. – Bella sentía la cabeza confusa. Las palabras se le escapaban sin estar muy segura de que quisiera que él las escuchara.
- ¡Estás herida! ¿Realmente crees que yo querría estar contigo así? ¿Crees que te quiero así? – hizo un ademán hacia ella.
Eso fue todo lo que necesitó.
Entre los grandes dilemas que había enfrentado al decidir unir su vida a la de Edward, había tropezado con un pequeño detalle. A pesar de lo maravilloso y expresivo de sus sentimientos, él siempre había sido muy honesto: ni una vez le había dicho que la amaba. ¿Compartir su cuerpo? Seguro. Adorarlo, incluso. Edward le era muy devoto, y la apreciaba, además de la admiración que él le había confesado al principio de su relación, pero ni una vez le había dicho que la quería. Que había sentimientos, además del afecto derivado de la convivencia frecuente.
Cuando Edward Cullen la había llevado a vivir a una casa nueva, aunque preciosa, sin presentarle a su hermana ni a sus sobrinos – de los cuales ella sabía por algunos comentarios vagos – Bella había entendido que le estaba pidiendo, de manera discreta, que fuera su amante.
¿Por qué sino llevarían juntos tantos años sin mencionar el matrimonio? Ni una vez habían ido a algún evento en donde alguien pudiera conocerlo, y en algunas entrevistas, cuando la prensa lo había interrogado, no había dicho jamás nada de ella. Además, aunque la misma prensa la acosaba con frecuencia, siempre lo habían hecho con la misma pregunta. ¿Qué se siente ser la amante de Edward Cullen?
Él no lo había negado cuando ella se lo había mencionado.
Y no tenía nada de malo. Bella jamás había soñado con ser ama de casa, o esposa y madre, al menos no hasta que lo había conocido a él. No, eso no era relevante. El problema era que ese miedo, ese pequeño atisbo de baja autoestima que había perdurado desde su infancia solitaria – acosada por niños más grandes y ricos, después de que su madre la abandonara -, le seguía susurrando de vez en cuando "¿Qué vas a hacer cuando él ya no te quiera?"
Aunque había hecho el firme compromiso de no cambiar jamás por un hombre, se sentía inquieta por la amenaza. Y, de todas formas, Edward jamás le había pedido que cambiara nada. Nada excepto por una vez, hacía mucho, cuando ella, dolida por una película especialmente trágica, se había acercado a llorar en su hombro. Él estaba muy estresado y ocupado en esa época. Aunque ya era el hombre más rico de la zona, aún estaba haciendo su camino. La había escuchado por exactamente treinta segundos antes de apartarla, levantarse y decirle sin miramientos:
- No suelo restarle importancia a lo que dices, Bells, pero no me gusta verte llorar. Tienes que aprender a controlar tus emociones. Voy al estudio.
Bella se había quedado fría al escucharlo. Edward solo había salido de la habitación, como si nada fuera diferente. Ni siquiera había levantado los ojos del informe en sus manos. Por una semana después de eso, Bella temió que fuera el fin de su relación. Pero apenas dos días más tarde, él había llegado a casa y la había besado, como si nada. Actuaba como si no hubiera notado que eso le había dolido a ella, pero Bella decidió que era algo válido que él se sintiera así, y que podía comportarse para no ofuscarlo. Y su relación había seguido por siete maravillosos años. Lo único que tenía que hacer era limpiarse los ojos después de llorar.
Y ahora, ahí estaba él, diciendo algunas de las palabras que más temía escuchar.
¿Crees que te querría así?
Si ella no estaba en condiciones de satisfacerlo, si él no estaba a gusto con la situación actual, ¿qué le impedía dejarla? Si él no la amaba, ¿cuánto se quedaría a su lado?
Era justo por eso que había ocultado el incidente.
¿Ya leyeron La Química, de Stephenie Meyer? Altamente recomendado
- Sev
