Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer
La historia es mía :)
Capítulo 3
Los sollozos la recorrieron entera, y su cuerpo entero se tensó, aunque ni el dolor pudo frenar al llanto. No quería llorar frente a él, pero no podía evitarlo, y eso solo aumentaba su angustia, causando más llanto.
- Es que yo… Yo… No quería… No preocuparte… Vieras así… - Mientras las razones escapaban de su boca, interrumpidas por sollozos y falta de aire, las lágrimas aumentaban.
Edward estuvo a su lado de inmediato, pero ella no podía parar. Lloró por lo que parecieron horas, en especial con el punzante dolor que la recorría con cada espasmo.
- Ya, Bella, shh. – Edward la tenía contra su pecho, consolándola como ella lo había hecho hacía un momento. – Lo siento, no debí gritar. Debes estar aterrada tu también. Por favor, no llores. Para, corazón, te harás daño.
Bella inspiró por la nariz, ignorando el dolor, algo más o menos fácil ahora que había algo de anestesia allí, y trató de calmarse, sin mucho éxito. Hiperventilaba cuando abrió los ojos, notó con la vista borrosa que un médico y una enfermera estaban en la habitación, aunque no podía concentrarse en lo que decían. Eso hasta que la enfermera se acercó a su bolsa de suero e inyectó algo. Eso la alteró más, pero Edward evitó que se levantara o se moviera de algún modo.
- No, Bella. Calma. Es solo un tranquilizante. Te van a dormir un rato. No es bueno que llores ahora, necesitas sanar. – Bella no quería, pero no podía hacer nada, y tras un segundo, la oscuridad se la llevó.
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La dieron de alta cuatro días más tarde. Al despertar tras el exabrupto, Bella estaba tranquila, aunque una parte de ella estaba lista para entrar en pánico si Edward no estaba allí. Pero lo estaba, y la abrazó con cariño antes de disculparse y decirle que ya no estaba molesto, que quería que ella estuviera tranquila y se enfocara solo en sanar.
Aunque habían amenazado con dormirla, al principio, ahora que creían que era muy violenta – en especial tras su escenita para que le dieran el alta la primera vez -, Edward no lo había permitido, y todo parecía haber vuelto a la normalidad.
Edward trabajaba desde su laptop junto a la cama, mientras ella leía, y en sus tiempos libres jugaban cartas o dominó. Edward no mostró signos de querer dejarla, ni mencionó algo que le sugiriera que le había molestado verla llorar.
El tercer día, la ayudó a ducharse en el diminuto cubículo, y para el cuarto ambos estaban más que listos para ir a casa.
Esta vez le dieron analgésicos para su recuperación, y aún debía terminar su antibiótico. Era la ventaja de no irse contra la voluntad de los doctores.
Edward era el cuidador perfecto. Era atento y empático, leía su incomodidad antes de que ella pudiera quejarse, y la mantenía entretenida entre las horas de comida y los recordatorios de sus medicinas. Y ella se esforzaba. Quería estar recuperada lo antes posible. No solo extrañaba el respirar sin dolor, sino que le preocupaba tener a Edward tanto tiempo como enfermero. No era lo que habían acordado, y por más caballero que fuera, él probablemente tampoco lo había olvidado. No quería ser la muñeca rota que él tenía que cuidar.
Fue hasta que un día él le tendió el periódico, mencionando algo sobre el crucigrama de ese domingo, que salió de su trance.
- ¿Estamos a día seis? – Sonaba alarmada, pero Edward solo le dio una sonrisa, más con lo ojos que con los labios, y tomó asiento.
- Así es.
- ¿En qué momento se terminó el mes? No puedo creerlo. – Le dio una mirada inquisitiva, pero él solo se veía divertido. - ¿Estás seguro de que puedes estar aquí conmigo? Han sido muchos días.
Él, en realidad y opuesto al conocimiento público, trabajaba desde casa, pero más o menos cada tercer día debía hacer visitas a sus oficinas, y tenía reuniones con otros directivos y empresarios. Además, tenía amigos. Aunque no era exactamente platicador, le gustaba mucho salir. Tenía contacto con personas de todos los sabores, y no era raro que un fin de semana fuera a un museo con ella, para irse a un club por la noche con Jasper, o ir a la lectura de algún libro con Emmett, o con quien fuera que lo hubiera invitado. Solían ir a bailar, o a beber, o a jugar golf, o incluso a surfear en Hawaii, para ir a esquiar a Suiza el fin de semana siguiente.
Aunque Bella era mucho más retraída, entendía su personalidad, y no tenía problema con quedarse en casa con un buen libro, o intentando nuevas recetas, o escuchando nueva música, o algo. Le daba oportunidad de ser feliz también a ella, y le ahorraba el estrés de salir en público.
Era anormal que él no hubiera salido en tanto tiempo.
- Hablo en serio, Edward. No quiero que descuides tus asuntos por mí.
- Mis asuntos están bien, gracias por preocuparte – dijo con otra sonrisa, pero Bella estaba intranquila. Era como le había dicho. Sabía que, como su amante, no tenía derecho a monopolizarlo, incluso si vivían juntos.
- Seis… ¿No es hoy el cumpleaños de tu hermana? Estoy segura de que la oí invitarte.
Edward se puso serio.
- Lo es, pero no voy a ir. – Levantó su libro, muy dispuesto a ignorarla.
- Ella te invitó. – Bella le recordó. – Tienes que ir, Edward. Ella es tu familia. Sé que no son cercanos, pero si ella está haciendo el esfuerzo de invitarte, debes ir.
Edward no se veía complacido.
- No debo hacer nada. Mi única obligación es cuidarte a ti, antes de que te rompas la otra mitad de las costillas.
- Eso no es verdad, Edward. Aprecio que cuides de mí, pero Alice… Entiendo que no ha sido fácil, pero ambos se esfuerzan. Y es su cumpleaños, es importante.
Edward le devolvía la mirada, en apariencia inescrutable, pero ella vio la indecisión detrás de la fachada.
- Estaré bien, solo son unas horas. – Su sonrisa era reconfortante, pero Edward bajó la mirada hacia su brazo, en cabestrillo, que ocultaba la cantidad de vendas que ella usaba debajo de la ropa.
- No quiero dejarte sola.
- Estaré bien – Bella sentía que él estaba cerca de aceptar. Estaba en su naturaleza ser social, y su auto impuesto encierro seguramente estaba molestándolo, aunque no lo verbalizara.
- Es domingo. No puedo llamar a alguien con tan poco tiempo para quedarse contigo, Bells. Llamaré a Alice y le diré que iré en otro momento.
- ¿Y si no me quedo sola?
- ¿A quién tienes en mente?
Bella suprimió un estremecimiento mientras sopesaba sus opciones.
- Llamaré a Jacob. Él no estará ocupado. Puede hacerme compañía durante la tarde, hasta que vuelvas.
Los ojos de Edward cambiaron de nuevo, y a ella le pareció ver algo de aceptación mientras lo ponderaba.
- Pero quiero que me llames de inmediato si algo pasa. Si tienes el menor dolor, o problemas para respirar, o lo que sea, ¿de acuerdo?
Bella se relajó casi imperceptiblemente. Esto era lo que necesitaba. Hacerle saber a Edward que no estaba preso junto a ella.
- Claro que sí, lo llamaré mientras te vistes. Corre y… - Se mordió la lengua antes de decir algo normal, pero que podría cruzar la línea. Algo como, "Dale saludos de mi parte". Alice no la conocía, y era muy probable que no tuviera idea de su existencia.
Edward asintió, serio a pesar del ánimo en sus ojos, y le dio un beso en la frente antes de subir las escaleras. Bella apenas había logrado ponerse de pie cuando oyó la ducha.
Suprimió un suspiro, antes de tomar el teléfono que descansaba en la barra de la cocina, y marcar el segundo número que tenía prácticamente tatuado en el cerebro.
Jacob era una de esas personas que parecía brillar por sí misma, y atraía gente con facilidad. Bella lo había conocido en la universidad, y se habían caído bien.
No eran el tipo de amigos que seguía al otro a todas partes. Era más bien la clase de amistad en la que iban a algunos eventos juntos y hablaban un poco de sus vidas, para luego seguirlas sin problema. Él tenía una personalidad bastante fuerte, por así decirlo, aunque distinta a la de Edward. Jacob era propenso a estallar ante la más mínima molestia y la rechazaba de plano si le pedía algo, alegando que no quería ser usado, pero no tenía problema con exigir dinero, salidas y atención.
Si Bella hubiera tenido elección, no habría elegido un trato semejante, pero era tímida, y le había costado mucho reunir valor antes de presentarse con desconocidos. Le había costado tanto que jamás lo había hecho.
Jacob era su amigo debido a que cuando comenzó su relación con Edward, incluso a pesar de que él no daba su nombre ni confirmaba los rumores, ella había comenzado a ser acosada en ciertos ambientes. No podía ir a restaurantes caros, o funciones especiales sin que algún periodista la reconociera. Jacob había sido el único de sus amigos de la época al que no le había importado seguir acompañándola. Incluso parecía disfrutar aparecer en algunas fotos de farándula. Siempre y cuando ella pagara, era compañía garantizada.
O lo había sido.
Escuchó el teléfono marcar y luego dar tono. Estaba a punto de colgar cuando él atendió.
- Diga – había algo de ruido de fondo, y a Bella le costó un poco reconocer su voz.
- Hola, Jacob. Soy Bella. – La ansiedad se plantó justo detrás de donde le dolía al respirar. Calma, se dijo a sí misma, solo es Jacob, lo conocemos.
- Oh – hubo silencio por un momento. – Creí haberte dicho que no me llamaras.
- Lo sé, pero, me preguntaba si quizás querrías… ¿Cenar? – intentó pensar en algo que le atrajera lo suficiente para venir. – Puedo pedir adonde tu me digas. El cielo es el límite.
- ¿Para llevar? Mira, corazón, lo entiendo, pero ya habíamos hablado de esto, Bells. No quiero verme envuelto contigo. Por favor, borra este número. – La línea quedó muerta.
Bella podría decir que esperaba otra respuesta, o que le partía el corazón oírlo hablarle así, pero la verdad era que no. Jacob tenía razón, ya habían tenido esa conversación, y estaba aliviada de no tener que vestirse y hacerle eco a sus extraños comentarios por un par de horas. Había sido el querer cumplir con el trato con Edward lo que la había hecho llamar, pero sabía que él iba a decir que no.
Reprimiendo un suspiro, bajó el teléfono. No iba a mencionarle eso a Edward.
Escuchó sus pasos, fluidos y ligeros, bajar los escalones, y compuso su expresión antes de girarse.
- Jacob estará aquí en media hora – mintió con una sonrisa. Edward le dio un beso en la frente, antes de tomar las llaves del coche.
- Volveré como a las siete, entonces.
- Conduce con cuidado – dijo ella. Edward solo le sonrió y se fue.
Eso le daba unas buenas cuatro horas para sí misma. La casa se le antojaba enorme sin Edward allí, así que fue al estudio. Leyó por un par de horas, y luego revisó su correo por si había algo urgente que hacer. Ella también trabajaba desde casa. Diseñaba logos y papelería para varias empresas e instituciones, y vendía stickers de sus libros favoritos por internet, como hobby. Era una vida bastante tranquila, pero a ella le encantaba.
El exterior no le atraía demasiado, y la prensa se había encargado de que cada lugar que solía gustarle se hiciera menos disfrutable. Por no mencionar el coche bomba que casi la había matado cuando, en un impulso, había ido al centro a dibujar bocetos para un paisaje que tenía en mente, arriesgándose por primera vez en dos años a salir sin un plan de acción definido. Su cuaderno se había perdido, seguramente en la conmoción.
A las cinco de la tarde le entró hambre. En los pocos segundos que le había costado a Jacob rechazarla, ella había ponderado un par de opciones, y ahora le apetecía comer comida italiana. Cenó en silencio en la barra de la cocina, directo del empaque de comida. Le recordó a sus tiempos en la universidad, cuando ella y su amiga Leah cenaban en la madrugada casi con los dedos, para no ensuciar trastes que nadie iba a limpiar.
Tarareó una canción para sí misma mientras tiraba la basura, antes de dirigirse a su habitación. Las escaleras eran todo un reto en estos días. El médico le había dicho que le tomaría unos tres meses sanar por completo, pero que tenía buenas posibilidades. Mientras tanto, no podría hacer esfuerzos. No solo porque el movimiento le volvería a abrir las costillas, sino porque necesitaría fisioterapia pulmonar para volver a su antigua capacidad. Solía saturar bien, arriba de los noventa, pero al caminar podía volver a bajar a menos de ochenta. Eso no era bueno.
Le tomó un rato subir, de espaldas, un escalón a la vez, tomando descansos y cargando su peso en el barandal solo con su brazo sano. O bueno, el brazo con el lado sano de su pecho. ¿Quién diría que dependía tanto de los músculos en su torso?
Para cuando llegó arriba, estaba cubierta en sudor. Había ido con la intención de ponerse el pijama y tomar una manta, pero ya no tenía frío. Al contrario, el sudor y la falta de aire la hicieron sentirse pegajosa, y se dirigió al baño.
La casa, aunque no tan exagerada, era de amplias dimensiones. El baño principal, en particular, tenía un amplia área para caminar entre el lavamanos – enorme, dividido en dos para que Edward y ella tuvieran cada uno su espacio – antes de encontrarse con la bañera y la ducha, separadas una de la otra por un pequeño escalón.
Bella fue directo a la ducha y la abrió. El agua caliente salió casi de inmediato, y la habitación comenzó a caldearse.
Con algo de esfuerzo, Bella separó el velcro de su cabestrillo y lo deslizó por su cabeza con cuidado. El movimiento aún le causaba punzadas, pero era manejable. Luego vino la playera de andar por casa y los leggins de deporte. La habitación ya estaba llena de vapor, pero aún le faltaban las vendas. Eso era un problema.
Edward solía ajustarlas después de su baño, y esta vez, estaban sujetas por detrás. Mascullando una maldición, se asomó al espejo. Podía ver con un poco de esfuerzo el broche, pero llegar a él era harina de otro costal. Llevar su brazo derecho detrás de la espalda estiraba la herida y sus adoloridos y cercenados músculos, y ni hablar del dolor que le causaba mover el brazo izquierdo.
Lentamente, tomando respiraciones muy pequeñas, acercó su mano derecha a la venda. Quizás se soltaría de un buen tirón. Inconscientemente, comenzó a girar sobre sí misma, en un intento de llegar. Se alegró de que Edward no estuviera en casa para verla. Seguro que parecía un pollo sin cabeza dando tumbos por ahí.
Al principio, las vueltas impidieron que notara el leve mareo que le dio, pero para cuando logró soltar el único broche que la separaba de la desnudez y detuvo sus pies, la cabeza le daba vueltas. Con un pequeño gemido, cerró los ojos e intentó concentrarse en respirar, pero la habitación estaba saturada de vapor caliente que hacía que su pecho se sintiera pesado. La venda quedó olvidada cuando abrió los ojos. La vista del vapor – denso y gris – la mareó aun más.
La puerta. Si la abría, podría ventilar la habitación. Sin embargo, solo logró dar dos pasos antes de que el mareo fuera demasiado. Cayó al piso del baño con un golpe sordo, y allí se quedó, luchando por respirar.
Bueno, aquí vamos de nuevo jeje. Pobre Bells.
Muchísimas gracias a todas por sus comentarios, me inspiran mucho a continuar con esta historia. El capítulo se hizo corto hasta para mí, así que habrá actualización doble!
Nos leemos el lunes.
- Sev
