Los personajes le pertenecen a S. Meyer
La historia es mía
Capítulo 4
Edward subió los escalones de la entrada en dos grandes zancadas. La cena se había extendido hasta poco más de las siete treinta de la noche, y para cuando logró ponerse en camino, ya eran casi las ocho. Bella no lo había llamado, pero sabía que estaría preocupada. Siempre se angustiaba si él no llegaba a tiempo, aunque nunca le decía nada hasta que, más tarde y más tranquila, le confesaba que había temido un poco por él.
Sus sobrinos eran tres bólidos llenos de energía que, evidentemente, estaban desgastando a su madre. Alice había estado contenta, sin embargo, en especial cuando a Edward se le había ocurrido a media cena pagarle una niñera, como regalo de cumpleaños. Al principio ella y Jasper se habían negado, pero Edward veía lo exhaustos que estaban, y solo le tomó un par de minutos convencerlos.
Era por ellos que Edward no le había sugerido a Bella tener hijos. El tema no había surgido entre ellos aún, pero por la forma en que Bella escuchaba con atención las anécdotas sobre las travesuras de las gemelas, suponía que era algo que Bella podría querer. Habían pasado esos siete años viviendo prácticamente como recién casados - en plena luna de miel - pero el accidente de Bella lo había asustado. Se había dado cuenta de lo fácil que podría perderla, y lo mucho que aún les faltaba vivir juntos. Se la llevaría de viaje en cuanto tuvieran luz verde de parte del médico.
Las luces de la planta baja estaban encendidas, pero no se oían voces ni nada que pudiera sugerir que Jacob seguía allí. Bella debía estar en la habitación. Iba a medio camino en las escaleras cuando escuchó la ducha, y eso lo descontroló.
Confiaba en Bella, pero sabía que no podría bañarse sin ayuda de alguien para quitarse la ropa. ¿Confiaba en Jacob lo suficiente para hacerlo? Reprimió la preocupación y el trazo de celos que lo recorrió mientras abría la puerta.
- ¿Bells? Ya llegué – la habitación estaba caldeada, y había bastante vapor saliendo por el quicio se la puerta. Sin miedo, abrió la puerta del cuarto de baño.
Al principio no comprendió por qué solo veía blanco, pero la nube que lo envolvía pasó a segundo plano cuando su pie golpeó contra algo duro, y un quejido le llegó desde el suelo.
- ¡Bella! – estaba tirada allí, en medio del suelo, blanca como una sábana. El pánico lo recorrió de nuevo, pero no podía verla con toda la bruma. Se agachó hasta que su rostro estuvo casi a la altura del suyo, lo suficiente para escucharla decir su nombre tan bajo que el ruido de la ducha casi lo hacía indistinguible.
Sin perder un momento, y llamándola suavemente, la tomó por la cintura y la cargó contra sí como si fuera un bebé. El calor en la habitación era sofocante, y hacía muy difícil el pensar claro. Sacó a Bella del cuarto y la depositó con suavidad sobre la cama.
El vapor del baño se colaba al cuarto, obviamente buscando un lugar menos presurizado, y aunque no quería hacerlo, dejó a Bella antes de volver al cuarto de baño para cerrar la llave, a ciegas. Conocía el espacio, y logró cerrarla casi sin tocar el agua, que hervía.
Acallando una maldición, salió y cerró la puerta.
Abrió la ventana de la recámara, intentando que al aire circulara, antes de volver con Bella.
Estaba cubierta en sudor, o quizás mojada por el vapor, pero el pelo se le apelmazaba contra la frente, y estaba caliente, muy caliente. Pero ya estaba desnuda y la habitación se refrescaba cada segundo. No sería prudente enfriarla más.
- Bella. Bella, corazón, por favor, despierta. Háblame de nuevo, por favor. – Continuó susurrando, como había hecho sin parar desde que la había levantado, pasándole las manos por el rostro, y el cuello, secándola con la sábana bajo ella. Pero Bella no respondía.
El miedo le atenazó el pecho, y corrió al cuarto de baño de la otra habitación para empapar una toalla en agua fría. Volvió en apenas un momento, y le pasó la toalla por la frente, el cuello, los brazos, y de vuelta, en un intento de reanimarla. Sabía que estaba respirando, pero no despertaba. ¿Se habría golpeado la cabeza?
Iba remover su cabello húmedo para comprobarlo cuando Bella emitió un sonido. Era un quejido, una muestra de incomodidad. Sus ojos se abrieron, pesados, y dio un rápido barrido a la habitación. Bella no recordaba mucho, pero sabía que había sido el vapor el que le había impedido respirar. Bueno, eso y su poca capacidad pulmonar.
Cuando vio los hilos blancos sobre ella, entró en pánico. Era el mismo miedo que la había tragado en el cuarto de baño, pero ahora se sentía más fuerte, y eso, en lugar de tranquilizarla, le hizo más fácil entrar en pánico.
Sus manos se levantaron hacia su cuello, y pudo sentir lo difícil que era meter aire a su cuerpo.
- Edward – boqueó. – El vapor, No puedo… No puedo… Por favor, la ducha – comenzó a hiperventilar. Sus manos se fueron contra su garganta en un intento de despejarlo, de alejar esa sensación de pesadez, mientras su cuerpo actuaba por instinto. La puso de pie en un solo jalón, antes de que el pecho le doliera. Logró apoyar los pies en el suelo, pero el dolor la paralizó, y sus piernas se doblaron bajo su peso. Cayó al suelo a un costado del colchón, incapaz de apartar las manos de su cuello.
El movimiento había sido tan brusco que Edward no pudo detenerla. Estiró sus brazos por instinto, atajando su caída, antes de ponerla suavemente contra el suelo.
- No, Bella. Tranquila. Ya estás fuera. No hay más vapor – aunque era mentira. Edward entendió el miedo en sus ojos, pero cuando giró la vista para mostrarle, notó que no era del todo cierto. La cantidad de vapor no era suficiente para ser incómoda, pero sí para asustarla. Edward puso una mano a cada lado de su cabeza, intentando calmarla.
Pero Bella se revolvía en sus brazos, presa de un ataque de pánico. Sentía que se ahogaba, y no era capaz de moverse para salir a la superficie.
Edward no sabía qué hacer, temía moverla por su pecho, podría lastimarse ella misma en su afán de liberarse. Presa del pánico él también, se decidió por lo único que se le ocurrió. Tomó con fuerza su barbilla en una mano y con la otra le tapó la nariz, antes de inclinarse e insuflar aire en su boca de la misma forma en que el instructor de su curso de RCP les había indicado.
El aire entró a la fuerza en Bella. Sintió cómo su garganta se abría y luego sus pulmones. Fue tanto en comparación con los esbozos que ella apenas había logrado inspirar por la última hora, que le provocó una inmediata sensación de alivio, antes de causarle un ataque de tos. Tosió con fuerza mientras sus dedos bajaban y se aferraban a la camisa de Edward, y por fin pudo calmarse.
Cuando los espasmos dieron paso a los sollozos, Bella pudo escuchar que Edward seguía hablándole, y que le acariciaba el pelo con suavidad. El pecho le dolía mucho, e intentó controlarse para no volver a abrir sus suturas. Acalló los sollozos y comenzó a respirar el aire tibio de la habitación. Su cuerpo comprendió que no estaba en peligro, y su adrenalina bajó.
Para cuando su corazón estuvo más calmado, ella tenía la cabeza apoyada contra el colchón, con el cuello estirado, y los ojos cerrados. El agotamiento la golpeó como un narcótico, y estaba muy segura de que iba a dormirse, o a desmayarse.
- No, Bella. No, cielo. Abre los ojos, por favor. Háblame. ¿Estás bien? ¿Qué te duele? – Edward la sujetó por los hombros como para sacudirla, pero lo pensó mejor y solo la acarició, suave, pero energéticamente.
Bella abrió los ojos, pero Edward estaba borroso y decidió volver a cerrarlos. Tomó aire.
- Abre los ojos, Bella. No puedes dormirte ahora. Háblame. Dime algo. ¿Te golpeaste la cabeza?
Bella sentía los labios muy secos. Se pasó la lengua por ellos y los sintió, agrietados. Su boca se sentía seca, también. Quiso hablar, pero las palabras no tenían volumen.
- Agua… - logró decir, tragando saliva. – Sed.
No estaba segura de que Edward la hubiera escuchado, pero un minuto después él estaba entrando por la puerta con un vaso en las manos. ¿Se había dormido? Quizás sí que se había golpeado la cabeza.
Edward se arrodilló frente a ella, la sujetó del hombro para estabilizarla, y acercó la pajilla a sus labios.
Incluso la fuerza necesaria para succionar el agua la agotó, y sus pulmones dolieron por los breves segundos que hizo fuerza. Pero el agua estaba fría, y era como un bálsamo para su cuerpo.
Edward solo la dejó tomar un sorbo, antes de apartar el vaso y sujetarle el rostro con ambas manos.
- ¿Bella? – ella sabía que estaba preocupado. Tenía que hablar. Con un poco de esfuerzo, abrió los ojos y los enfocó en esos ojos verdes que amaba con desesperación.
Una de sus manos se alzó y le acarició la barbilla con suavidad. Le costaba reunir fuerzas, y tuvo que dejar caer el brazo.
- Bien – logró mascullar. Cuando el sonido salió de sus labios, notó que su garganta estaba abierta ahora por el agua. Tomó aire. – Estoy bien.
El alivio en los ojos de Edward fue instantáneo.
- Bien – repitió, antes de cerrar los ojos de nuevo, y descansar la cabeza contra la cama. Sintió a Edward estrechar su forma encogida entre sus brazos, antes de apartarse. La pajilla volvió a estar en sus labios.
- Toma otro poco, por favor. Creo que estás deshidratada. – Bella succionó, e hizo una mueca de dolor. Su mente estaba un poco confusa, pero tranquila. Era el agotamiento lo que la mantenía adormecida, incapaz de procesar que casi había muerto por vapor de agua.
Si tuviera energías, se encogería por lo ridículo que sonaba, pero en su cabeza solo había espacio para disfrutar del aire que ahora entraba a ella sin esfuerzo.
Se obligó a inhalar de nuevo.
- ¿Te golpeaste la cabeza? ¿Al caer?
Ella negó con suavidad, aunque eso le causó un mareo.
- No. No lo creo.
Cerró los ojos de nuevo. Seguía empapada en sudor, y debía tener una pinta terrible.
- ¿Dónde está Jacob? – Edward preguntó. Bella seguía confundida. ¿Jacob?
- ¿Jacob? - ¿Cómo encajaba Jacob con la habitación blanca?
- Sí. ¿A qué hora se fue? ¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué se fue temprano?
- ¿Irse? – había algo en el fondo de su mente.
- ¿Isabella? ¿Estás bien?
El esfuerzo de recordar la mareó. O quizás era que no estaba respirando. Volvió a tomar aire y su mente se enfocó por un segundo.
- ¿Jacob? – volvió a decir.
Abrió los ojos un poco, lo justo para comprobar que seguía mareada. Vio a Edward negar con la cabeza.
- No. Voy a llevarte al hospital. – Desapareció un momento, antes de echarle una bata de baño sobre los hombros, y levantarla.
Reprimió un gemido por el vértigo que la invadió.
- No… - no quería que la moviera. Quería quedarse quieta.
- Shh – la acalló Edward.
- Sev
