La historia es mía.
Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer
Capítulo 5
El médico dijo que solo estaba deshidratada. Aunque se veía muy pálida, no había nada malo en ella. Ya no estaba mareada cuando llegaron al hospital. La habían recostado en una camilla de Urgencias y le habían puesto suero. Dos horas más tarde, ya podía abrir los ojos sin marearse, y recordaba muy claro lo sucedido. Tampoco tenía golpes en la cabeza, solo había sido el vapor lo que la había deshidratado.
Edward estaba sentado en un banco de aspecto incómodo a su lado, con la cabeza entre las manos. Apenas era media noche, pero se le veía agotado. Bella hubiera querido que la internaran solo para que él tuviera un lugar apropiado para sentarse, pero el suero estaba casi agotado, y pronto la darían de alta.
No hablaron en el camino de vuelta a casa. Las calles estaban vacías, y Edward la dejó viajar adelante. Ya estaba harta de ir siempre recostada en el asiento trasero. Pensándolo bien, estaba harta de salir solo para ir al hospital.
Edward la tomó en brazos apenas llegaron a la casa. Cerró el coche y entró, pero no la dejó de pie. Pasó derecho hasta el segundo piso, de vuelta a su habitación.
Estaba fría ahora. La ventana abierta había ventilado la estancia, y Edward la cerró en cuanto ella estuvo acomodada entre las sábanas. Bella lo vio correr las cortinas, para luego pasarse las manos por el cabello, estresado. Esto lo estaba carcomiendo. Tenía miedo de hablar, pero tampoco quería verlo así.
- ¿Edward? – preguntó. Ya no tenía sed, pero aún así su voz salió sin volumen.
Él no respondió, pero fue a sentarse a su lado. No la miró a los ojos mientras tomaba su mano, pequeña y fría, en la suya, enorme y fuerte.
- Quiero saber cómo pasó esto, Bells. – Su voz sonaba cansada, y por un momento, aparentó los cuarenta años que tenía. – Si necesitabas darte un baño, ¿por qué no le pediste a Jacob que te ayudara?
- ¿Hubieras estado de acuerdo con eso? – preguntó ella, incrédula.
- Claro que no, pero lo prefiero a lo que sucedió. ¿Cuánto tiempo llevabas sola? ¿A qué hora se fue Jacob?
Bella no quería mentirle. Él ya había ido a la cena – su objetivo -, ¿se molestaría?
Apartó la mirada, preparándose a sí misma para lo que venía.
- Lo cierto es que Jacob no vino – dijo. con un suspiro.
- ¿Qué? – Edward estaba crispado.
- No quería que te quedaras en casa solo por mí, por eso dije que vendría. – Le confesó, viendo solo al cobertor. Sentía su corazón acelerado debajo de la herida. No se había vuelto a poner las vendas, pero aún así se sentía apretada.
- ¿Me mentiste? – Edward lucía herido. Bella asintió en silencio, mientras una lágrima escapaba y rodaba por su mejilla. Se la quitó de un solo movimiento, no quería que Edward la viera.
- Lo siento – masculló. – En serio. No quería que te preocuparas.
Hubo silencio por un momento, antes de que él estallara.
- Bueno, ¿y por qué no? ¿Por qué no llamarlo, pedirle que te hiciera compañía? – él se levantó, y comenzó a dar vueltas por la habitación.
No sonaba furioso, solo molesto. Sin embargo, Bella se paralizó. No había pensado que Edward fuera por ese camino.
- Vino hace tres semanas cuando te llevó a los bolos, y dos días antes al estreno que la película que querías ver, cuando yo tenía la cena en el Marriot. ¿Por qué no pedirle que te hiciera compañía?
Bella hizo una mueca. Esto iba a ponerse peor.
- Sí se lo pedí, - contestó, bajito. – Dijo que no.
- ¿Por qué? ¿No tiene problemas con ir de paseo, y salir a cenar, pero sí con cuidarte un par de horas? Eso no suena a un amigo, Bella. – Edward la miró brevemente, antes de seguir su recorrido.
- Bueno, la verdad es que no lo es. – Bella inspiró y cuadró los hombros. – Hace ya un tiempo que no lo veo.
Eso detuvo a Edward.
- ¿Qué quieres decir? Me dijiste que ibas con él. ¿Eso también fue mentira? – ahora sí estaba furioso. Bella asintió de nuevo. - ¿Eso qué demonios significa Isabella? ¿Qué es lo que me estás diciendo?
Edward tendía a hacer muchos ademanes cuando se molestaba. Lanzaba las manos al aire, y sus ojos adquirían un particular brillo que podía ser aterrador. Jamás había intimidado a Bella, pero eso era principalmente porque su ira nunca había ido dirigida hacia ella, y verlo así, sumado a los ojos rojos por el sueño y el cabello despeinado, apuntando en todas direcciones, hacía que por primera vez Bella entendiera el temor que causaba en otros.
- Mira, no es nada, por favor, no te exaltes. Yo solo… No quería decir nada, pero hace un rato que no nos hablamos – le dijo. Había lágrimas en sus ojos, pero se negó a dejarlas correr. No iba a dejar que el rechazo a verla llorar desviara la conversación.
- Cada vez que dices "No quería preocuparte", algo se sale de madre. Voy a preguntarte esto solo una vez, Isabella. – Estaba parado frente a ella, hecha un ovillo contra el respaldo de la cama. Ahora entendía a esos pobres empleados que había despedido hacía años. – Exactamente, y con lujo de detalles, ¿qué pasó entre Jacob y tú?
No era precisamente la pregunta que había estado esperando, y tardó un momento en dilucidar qué contestar.
- Bueno… - tragó saliva, pero incluso esa pausa hizo que los ojos de Edward se convirtieran en rendijas. Se apresuró a continuar. – Es que se molestó. Yo… Él estaba… Dijo que ya estaba harto de todo, y que mi compañía no valía la pena. Me pidió que dejara de llamarlo. De todas formas lo hice, y él fue amable, pero me lo repitió: Ya no quiere tener que ver conmigo. Bueno, antes tampoco le agradaba mucho, pero parecía que el dinero lo compensaba. O al menos eso creí.
No era la respuesta clara que había planeado. Las palabras salieron de su boca como si no pudiera controlarlas. Bella bajó la vista, insegura de qué había dicho exactamente, y por ende, de qué le faltaba decir. Su respiración estaba acelerada, y la adrenalina no la dejaba pensar muy claro en qué debía decir a continuación.
De pronto, una mano levantó su barbilla con suavidad. Edward seguía molesto, pero su toque era tierno.
- Respira, Bella. Quiero que me lo digas claro. ¿Qué te dijo Jacob?
Ella hizo lo que le pidió, y repitió la frase que le había dolido más de lo que había admitido al principio. Edward estaba muy quieto.
- ¿Te dijo eso hoy? – su voz ya estaba más controlada.
- N-no. – Bella se obligó a respirar continuamente. – No, eso fue hace unos meses. No lo he visto desde entonces.
- ¿Hace cuánto? – Edward parecía calculador, evaluando sus palabras.
- Desde que le gritaste el día que me rompí la muñeca. – Había sido una tarde muy estresante. La prensa los había perseguido en pleno centro de la ciudad. Jacob había corrido a su lado, pero Bella había tropezado y él no se había detenido. La prensa la había rodeado, y allí la había encontrado la policía cuando el dueño de un local había pedido ayuda. Cuando lograron evaluarla, Jacob había vuelto. La había acompañado al hospital, donde le hicieron rayos X. Allí, Edward había llegado, hecho una furia, y cuando la policía dijo que ella había estado sola, se había desquitado con Jacob. Le había exigido saber por qué la había dejado atrás. Jacob solo se había disculpado, pero la había llamado al día siguiente, para decirle que estaba harto.
No podía culparlo, ella misma estaba harta. Le tenía cariño a Jacob, pero sabía que de no haber sido porque ella pagaba todas sus salidas y lo invitaba a lugares exclusivos, Jacob se habría alejado antes. Igual que Leah, y cualquiera que conocía a Bella para luego ver que, a pesar de lo rica que era, prefería quedarse en casa sin hacer "nada". Eventualmente, todos se aburrían del estilo de vida tranquilo que Bella disfrutaba. Era por eso que procuraba que Edward saliera lo más posible. No iba a darle oportunidad de aburrirse.
Así que, desde entonces, ella se entretenía sola cuando Edward salía de viaje. Iba al cine en plazas pequeñas, leía en la casa los libros que ordenaba en línea y comía su pasta favorita de un contenedor. No salía mucho, más que un par de veces al centro comercial, y cuando él llamaba y le preguntaba por sus amigos, ella mentía y le relataba anécdotas falsas y salidas inventadas. Y entonces Edward se quedaba tranquilo. Incluso lo había convencido de que fuera a esquiar a Suiza, aunque ello implicara dejarla sola por una semana entera, sin más compañía que ella misma. Sabía que, justo ahora, Edward estaba pensando en lo mismo.
- ¡¿Qué?! ¿Desde hace tanto? – Bella asintió. Ya habían pasado dos años y medio de eso. - ¡Maldita sea, Isabella! Me has estado mintiendo a la cara por años. ¿Para qué? ¿Qué ganabas con esto? Todas las veces que yo te preguntaba y me decías que estabas con él, cada vez que me alejabas con la excusa de que tenías que verlo. ¿Qué has estado haciendo? ¿O con quién? Si ese tipo era tu mejor cubierta, ¿a quién has estado viendo?
- Con nadie, no es así en lo absoluto, Edward… - Bella estaba negando frenéticamente con la cabeza, pero Edward no le creía. – Por favor, yo solo quería que no te preocuparas. Quería que fueras con tus amigos sin preocuparte porque yo me quedara sola…
- ¿A qué te refieres con "sola"?
- Te lo juro, Edward. Jamás ha habido nadie, no te quería ocultar nada. Por favor. Yo jamás podría hacerte eso. Preferiría morir. Preferiría irme antes que engañarte. Lo juro. Te lo juro, por favor…
Bella no era consciente de las lágrimas que le rodaban por las mejillas, pero a Edward le partieron el corazón. Conocía a su mujer. Conocía a Bella. Sabía que no le sería infiel, pero entonces, ¿qué quería conseguir con todas esas mentiras?
- ¿Y entonces por qué? ¿Por qué no solo decirme?
- Me daba pena. Es decir, al principio. Me sentí humillada cuando Jacob… yo sabía que no era mi amigo, pero me agradaba su compañía. Y luego, yo… - un sollozo la interrumpió. – Es que yo… Yo no quería que te fueras también.
- Pero, ¿por qué me iría? ¿Cómo podría eso cambiar lo que hay entre nosotros?
Bella estaba llorando abiertamente ahora. Sin querer, habían llegado al meollo de la cuestión. Había ido a terapia por años, pero la herida se mantenía. No quería confesarle su mayor temor a Edward, uno que era tan real que casi podía saborearlo. Sabía que debía haber seguido yendo con su psicóloga, y que debía haber trabajado más para sanar sus heridas, pero descubrir el nivel de daño que acarreaba la había asustado. La había asustado y le había dolido mucho notar que no era la mujer fuerte que siempre había pensado que era. Por eso lo había abandonado; no se sentía lo suficientemente fuerte para sanar, no en ese momento.
- Es que – boqueó, intentando tomar aire. – Es que todos se van - La voz se le rompió en la última palabra.
Edward no estaba muy seguro de lo que Bella quería decir, pero no podía soportar verla tan triste, abrazada sobre sí misma como si temiera que su cuerpo se hiciera pedazos si se soltaba.
- Hey – se subió a la cama a su lado, y la abrazó con fuerza, como no había hecho desde que había llegado a casa de su último viaje, y ella casi se había desangrado en sus brazos. – Hey, Bells. Estoy aquí. No me voy a ir. Estoy molesto, pero eso no cambia nada. No voy a dejarte.
Ella lloraba tendido contra su pecho, con los dedos aferrando su camiseta como si se tratara de un salvavidas. Estaba en crisis, y Edward no estaba seguro de que fuera a salir por sí misma. Ya había conseguido que hablara, que dijera lo que obviamente le había rondado la cabeza por mucho tiempo.
- ¿A qué te refieres con que todos se van? – dijo, con la voz más suave que pudo conjurar.
- Es que yo – suspiró de nuevo. – Yo… Yo sé… Sé que soy muy aburrida. Sé que es un esfuerzo tenerme cerca, que la conversación se agota fácil y que no aporto mucho. Todos se cansan. Leah, Jacob, mi padre – otro sollozo. – Incluso mi madre no me encontró lo suficientemente interesante para quedarse conmigo. Y yo… Yo no puedo, Edward. No podría soportar que me dejes solo porque no fui capaz de seguirte el ritmo.
Todo el discurso estuvo lleno de sollozos, y algunos hipidos. Y Edward sintió una lágrima propia unirse a las suyas. ¿Cómo podía? ¿Cómo podía una mujer tan maravillosa, estar tan rota aún? Edward sabía que su madre la había dejado a los quince años en la estación de policía donde trabajaba su padre, a quien Bella no conoció hasta ese día. Charlie la había admitido en su hogar, pero no sabía ser padre, y cuando cumplió dieciocho la había mandado a la universidad más próxima, y él sabía que allí Bella se había esforzado por salir de su depresión y por hacer amigos. Pero era una persona dulce, muy tranquila. Fácil de usar por sujetos con pocos valores. Y ella lo había notado también. Edward sospechaba que de ahí venía también su gusto por las actividades solitarias. Sin convivir, no tenía que preocuparse por leer a la gente, por averiguar si estaban con ella por cariño o por interés.
La sostuvo hasta que sus sollozos bajaron de intensidad. Quería decirle muchas cosas, pero primero quería que ella estuviera en condiciones de escucharlo. Así que la sostuvo, como hacía siempre, susurrando cositas dulces contra su cabello, hasta que su respiración fue más estable.
- No podrías aburrirme aunque quisieras, amor. – Le dijo cuando estuvo seguro de que respiraba tranquila, o al menos, más tranquila. – Estás atrapada conmigo hasta que yo te harte a ti.
- Es que yo… - Sabía que Bella necesitaba sacarlo todo, y estaba contento con que siguiera hablando, en vez de solo aceptar lo que le decía. – Yo sé que te agrado. Sé que lo que tenemos es bueno, pero a veces… A veces sí me siento sola. A veces desearía poder ir contigo. Desearía que me llevaras a las fiestas, y a los clubes, y a los conciertos. Desearía poder disfrutar de los partidos con tus amigos sin tener ansiedad. Desearía que tú pudieras llevarme y que yo quisiera ir contigo. Desearía no tener miedo de que un día me mires, y los mires a ellos, y notes que no soy tan divertida, ni tan activa, ni tan interesante.
- Oh, Bells – él comenzó a decir. Ahora lo veía. Él no la invitaba porque sabía que ella sufría conviviendo con gente nueva, y sus amigos no eran precisamente tranquilos. No eran calmados ni muy considerados. Eran excéntricos, y les gustaba probar los límites de los demás. Probablemente le causarían una crisis a Bella en apenas minutos. Pero ella lo interrumpió.
- Y yo sé. De veras que sé que no debería quererlo, que no se supone que yo sea parte de tu vida pública. Lo entiendo. Sé que soy tu amante y que no tengo derecho a eso, pero yo…
- ¿Qué? – le salió casi en forma de grito. Bella brincó en sus brazos, pero él estaba en shock. - ¿A qué te refieres con eso?
- Lo siento, Edward. No quiero que creas que te estoy pidiendo que hagas oficial nuestra relación…
- ¿Oficial? – su cerebro parecía un hipopótamo con gota mientras intentaba entender lo que Bella le estaba diciendo.
- Sé que no tengo derecho…
- Detente ahí. – Casi fue un grito. Edward se puso de pie, en un intento de que la sangre le llegara al cerebro para poder entender lo que sucedía. - ¿Cómo que mi amante? – lo escupió como si fuera una palabra sucia.
Y para él lo era.
- Bueno, yo… Sé que no le pusimos nombre, y jamás me lo dijiste de frente, pero yo…
- Calla. – Le dijo, brusco. – Cállate, solo…
Fue su turno de buscar las palabras correctas. Bella seguía llorando.
- ¿Cómo? ¿Por…? ¿Por qué? – las manos le temblaban mientras intentaba pensar. - ¿Cómo dices eso?
Edward la miró, con los ojos verdes llenos de lágrimas. El cambio en su voz la desconcertó, y Bella alzó la mirada con sorpresa.
- ¿Qué?
- ¿Por qué dices que eres mi amante? – Edward parecía a punto de estallar. La vena de su frente palpitaba, y Bella temió por su presión.
- ¿Debería usar otra palabra? – preguntó con cautela. Ella tampoco entendía lo que estaba pasando.
- Sí, definitivamente sí. ¿No se suponía que estábamos juntos? ¿No se supone que somos una pareja? – él se veía igual de herido, y las lágrimas se desbordaban. - ¿No soy tu compañero?
- Bueno… Sí. Para mí lo eres todo, Edward. Una vez te lo dije, yo te querría como lo que fuera. Te dije que tomaría cualquier lugar que me dieras en tu vida, y eso hice.
- ¿A qué te refieres con eso?
- Bueno, yo… Sé que… te gusto. Sé que estamos bien, que tenemos buena química, y el sexo es espectacular, pero no quería forzarte a estar conmigo, no quería presionarte.
- Tú jamás podrías. No entiendo por qué te he dado esa impresión. ¿No fui yo quien te cortejó hasta que accediste a vivir conmigo?
- Bueno, sí.
- ¡¿Y entonces por qué crees que yo te querría solo como amante?!
- Es que era lo lógico – Bella estalló. No podía controlarse mucho, con todas las emociones del día, pero las palabras surgieron naturales, dándole voz al dolor que se había guardado por años. – Me metiste en esta casa, lejos de tu oficina. Jamás conocí a tu padre, ni siquiera me pediste acompañarte cuando murió. No me presentaste con tu hermana, nunca… ¡Nunca dijiste que estábamos juntos todas las veces que los periodistas te interrogaron! No hiciste comentarios cuando te dijeron mi nombre y te mostraron una foto. Solo estabas ahí, parado, serio, repitiendo "Sin comentarios", y luego fuiste a cenar con tus amigos y ni una vez me pediste que te acompañara. Y creí que solo era un malentendido, pero luego… - tuvo que detenerse para tomar aire. Presionó su boca contra su puño en un intento de calmarse. – Nunca me dijiste que me amabas. Y cuando yo me acerqué, me dijiste que no tolerabas a las personas que mostraran sus emociones. Ahí fue cuando lo entendí. Y, ¿sabes qué? No me importa. Yo te amo. Te amo tanto que es suficiente para los dos. Por eso no quiero que creas que quiero ser tu esposa, o tu novia incluso. No necesito que me reconozcas, con tenerte es suficiente. Conozco mi lugar. Lo acepto.
Tuvo que detenerse. El pecho le dolía por lo rápido que respiraba, y necesitaba un momento. Se sentía drenada. Como si la bomba de tiempo que llevaba en el interior por fin hubiera estallado. ¿Qué pensaría ahora de ella? Probablemente la dejaría.
- ¿Entonces esto han sido para ti estos años? ¿Solo una aventura? – la voz de Edward sonaba rota. Tanto que ella alzó la mirada de inmediato.
- Pues… - iba a decir que sí, pero algo le hizo morderse la lengua. Quizás el sufrimiento que había en sus ojos.
- Creí que por fin había encontrado... – dijo él, con voz estrangulada, como si quisiera evitar el seguir llorando. – Creí que por fin lo había logrado... hacerte entender...
- Y te entiendo, lo juro, Edward. Sé que no estoy a la altura y yo no voy a exigirte jamás nada. Yo…
- Es que entonces no lo entiendes – la interrumpió con un gruñido. Bella se quedó helada. – Yo te amo, Isabella.
- Bueno, sé que me quieres a tu manera. Y es suficiente para mí…
- Bueno, para mí no – esta vez, él estaba gritando. – Para mí no porque yo llevo siete años pensando que estábamos en el mismo canal. Te "metí" en esta casa porque te negaste a vivir conmigo en los departamentos de la empresa. Me dijiste que eran muy opulentos y que no estabas cómoda. Me dijiste-no, ni siquiera tuviste que decirme. Te vi sufrir ataques de pánico en los restaurantes a los que te llevaba, y me juré que no iba a exponerte más a eso. Cuando te mudaste, creí que todo estaría bien hasta que los malditos periodistas comenzaron a seguirte. No podía soportar, no podía obligarme a negarte enfrente de las cámaras, por lo que elegí no decir nada, con la esperanza de que perdieran el interés, y te dejaran en paz, en especial después de lo de tu mano. ¿Por qué te llevaría a partidos, o a fiestas, sabiendo que solo te alteraban? ¿Cuando te la pasabas ahí, sentada como una gacela acorralada, sudando la gota gorda, incapaz de concentrarte en nada más, ya no digamos de disfrutar de un concierto? Yo sabía, y sé que eres mucho más feliz con otras actividades, e hice mi firme propósito no apartarte de ellas. Por eso, cada vez que me iba, me iba tranquilo sabiendo que tenías a Jacob, y que estabas haciendo lo que te gustaba. ¿Y ahora me dices esto? ¿Qué todos estos años, estaba lastimándote sin saberlo? ¿Por qué no me lo dijiste?
Bella estaba muda. Físicamente, no podía encontrar las palabras. No podía ni siquiera entender todo lo que acababa de escuchar.
- Es que no quería perderte – musitó ella. – No sabía qué pensar y preferí tomar lo que me dieras, aún sabiendo que nunca serías mío.
- Pero, ¿cómo pudiste saltar a esa conclusión?
- Nunca me pediste matrimonio, ni siquiera lo mencionaste. No me pediste ser tu novia, solo que me mudara contigo. Jamás…
- ¿Qué?
- Jamás me dijiste que me amaras. – Repuso con un hilo de voz. Hasta hoy, pensó con tristeza.
- Pero es que yo te amo. Nunca pensé en casarme porque tú ya eras mía. Todos estos años, lo has sido todo para mí. Creí que éramos pareja. Yo me sentí casado desde que aceptaste mudarte conmigo. Siempre fui tuyo.
- Oh, Edward.
- Para mi no había nada mejor que el que tu aceptaras compartir tu vida conmigo. El saber que iba a verte al despertar, que haríamos nuestro hogar aquí, para luego irnos a dormir juntos… ¿Qué más podría querer?
Bella no tenía respuesta. Estaba en shock, y las lágrimas corrían libres por su rostro. Todo lo que Edward decía tenía sentido, pero lo que más la aterrorizaba era saber que entonces, llevaba siete años viviendo su sueño sin saberlo. Siete. Había dado por sentado los gestos de Edward pensando que se trataban de culpa por mantenerla aislada.
- No pensé en el matrimonio ni una vez – admitió él, malinterpretando su silencio. – No salió nada bien para mis padres, y siempre he pensado que es ridículo hacer un contrato que ate a la otra persona para amarte. Creí que sabías que te amaba. No, no es fácil decirlo en voz alta, aunque esto de de verte herida parece estar mejorando mis habilidades de comunicación - dijo con un bufido molesto. - Pero pensé que, si podía expresártelo diario con mis acciones, tu lo entenderías. Creí que lo hacías.
Y Bella lo sabía, se dio cuenta. No había pensado en la confianza que debía tenerle para dejarla conocer sus sentimientos cuando menos le agradaban. Cada vez que había llorado en sus brazos. Ella sabía que eso él no lo hacía con cualquiera. Y ella no lo había entendido.
Sabía que por los primeros tres meses de su relación él había sido todo preguntas y monosílabos, siempre desviando la atención de sí mismo. Su intimidad había surgido con el tiempo, tan lentamente que ella no había notado que él le sonreía, y le llevaba el desayuno a la cama, junto con el crucigrama del día. No había visto el brillo de valor en sus ojos antes de comentarle uno o dos hechos triviales de su día. Le había sido tan natural que los discursos que estaba dando ni siquiera la sorprendían. No cuando ahora él se reía de sus chistes y le enviaba breves audios para invitarla a salir, como si nunca le hubiera costado hablarle.
Los sollozos volvieron a sacudirla al pensar en lo que pasaría ahora. ¿Y si él ya no confiaba en ella? Acababa de admitir que le había mentido por años, y que no le había dado importancia a la vida que compartían. ¿Y si, ahora sí, se iba?
- No, Bella. Por favor, no llores. No lo soporto, yo – Edward la tomó en sus brazos de nuevo. – Odio verte llorar, por favor, por favor.
Sus manos eran suaves mientras le recorrían el cabello, y la espalda. Pero ella no podía detenerse. Ya no era el llanto desesperado de hacía un rato. Era algo más calmado, pero más profundo.
- Por favor – sollozó ella. – Por favor, no me dejes, Edward. Lo siento muchísimo. Por favor.
- Claro que no. Isabella, yo jamás podría dejarte. Solo muerto me separarán de ti. Eres lo más preciado que tengo en este mundo. Y sé por qué lo piensas, pero no eres aburrida. No me molesta que seas tímida, o que seas introvertida, o tu ansiedad social. Es parte de lo que eres, y solo me molesta en el mismo grado en que te impide ser feliz.
Las palabras comenzaron a brotar, naturales y fluidas, con el suave tenor que la verdad les concedía. Edward no sintió ni rastro de la dificultad de palabra que lo había acosado toda su vida. Nada de eso tenía relevancia en su cerebro cuando Bella seguía llorando en sus brazos. Nada le impediría sacarla de su sufrimiento.
"Lo he hecho todo mal, pero si lo que necesitas es ir conmigo, eso haremos. Te llevaré a cada cena, fiesta, baile, función y rueda de prensa que exista. Les contaré a todos sobre la diseñadora gráfica que se robó mi corazón y con quien planeo estar el resto de mi vida. Nos casaremos, si eso es lo que quieras. Y puedes ir a cenar diario con mi hermana, y cuidar a sus revoltosos hijos hasta el cansancio, incluso si eso te disuade de tener hijos conmigo. Solo dime lo que necesitas, lo que sea. Yo… no quiero verte vivir como si no tuvieras otra opción. Creí que te estaba dando lo que querías. Solo dime cómo arreglarlo, Bella, por favor.
- Y lo hiciste, Edward. Soy yo. Lo siento. Me gusta esto. Me gusta nuestra vida. Por eso temía tanto hacer algo que la destruyera.
- ¿Y por eso no me dijiste del accidente?
- Sé que tuviste que cuidar a tu madre cuando enfermó. No quería ponerte en la misma situación. Estaba segura de que podría arreglármelas sin estresarte.
Edward estaba negando con la cabeza.
- No voy a decirte que no fue horrible ver a mi madre morir un poco más cada día, o que fue maravilloso cuidarla. Pero yo la amaba, y me hizo sentir bien el saber que estuve para ella cuando me necesitó. Eso es lo que quiero ser para ti, Bella. Ahora lo entiendo, pero me duele más verte ocultarme todo, que dejarme apoyarte.
"Todo este tiempo, estos días, me han dado más paz que nunca porque he sentido que contribuyo a tu bienestar. Pero no quiero que me ocultes cosas. Yo no me voy a ir, Bella, y si necesitas que lo firme ante un dios, o un juez o el maldito presidente, lo haré. Puedes contar conmigo, puedes contarme lo que te sucede, como lo de Jacob. Yo no me voy a ir. Yo te elegí para pasar el resto de mi vida contigo, y no a pesar de forma de ser, sino por ella. Yo te amo por lo que eres, y no cambiaría nada.
- Es exactamente lo que siento por ti, Edward. – Contestó ella, había más lágrimas en camino, y temió por un momento que eso molestara a Edward.
Pero ella le creía. Todo lo que le había dicho.
Así que cerró los ojos y se reclinó contra su hombro, llorando todas las lágrimas que se había guardado a lo largo de los años.
- Sev
