Un tenso preludio
Cuando llegó el momento de conocer personalmente a los nuevos reclutas de la graduación 104, yo estaba elaborando un extenso proyecto sobre la investigación titán. Así que no agradecí precisamente a Nifa el haberme apartado de mis estudios para ir a recibirlos. Mi subalterna me hizo comprender que se trataba de una orden estricta del comandante y, por tanto, debía presentarme sin dilación en las barracas.
Luego de abandonar a regañadientes el laboratorio, Moblit se nos sumó a mitad de camino hacia la plaza central. Sin embargo, debía reconocer que me agradaba la brisa de juventud que había inundado el cuartel, haciéndome sentir más calmada que días atrás. Entonces recordé los registros que Mike, Levi y yo leímos posteriormente a la ceremonia de disolución. Uno de los chicos me resultaba, por su inteligencia, un buen candidato a futuro investigador. Le había mostrado su dibujo a mi subordinada, bromeando acerca del extraordinario parecido físico entre ambos.
—¿Hallaremos a tu gemelo, Nifa? —le pregunté, medio en broma, medio en serio y me di a buscarlo, mirando hacia los grupos de jóvenes, según caminábamos.
—¿Usted lo cree, de verdad? —por el tono supe que no estaba de acuerdo con la comparación— Yo no le veo el parecido.
—Pues, uhmmm… Ahora que Hanji-san lo menciona, si tiene un aire similar, especialmente la zona de la nariz —aprobó Moblit, sonriendo.
—Claro, y tú apoyas de inmediato cualquier observación de la líder —murmuró Nifa, cruzándose de brazos, pero sin detener la marcha.
—No es cierto…
—Oh, ya basta de altercar ustedes dos —finalmente, lo encontré junto a otros cuatro— ¡Ah, ahí estás! ¡Bienvenido a la Legión de Reconocimiento! Te llamas Armin, ¿verdad? ¡Por lo que vi en tu documentación, bien pudiera sumarte a mi escuadra en el futuro! ¿Sientes algún interés por investigar a los titanes?
—… —él me contempló, aturdido.
—Solo que podría confundirte si mi subordinada llegara a pintar su cabello de rubio ¿Ves, Nifa? De cerca luce aún más como tú —insistí, fastidiándola un poco. Ella frunció el ceño y decidí parar la broma— ¿Huh? Incluso poniéndonos a ver, Armin, te pareces mucho a Erwin ¿Serás acaso…?
—Mis padres, ambos están…
—Oh, sí, lo sé. Perdona —entonces rememoré lo que había leído en su expediente—, ¡no lo decía en serio! ¿Te gustan los libros? Poseo una excelente biblioteca.
—Yo… Sí. D-disfruto mucho leyendo —tartamudeó, inseguro. Muchos reclutas no se adaptaban fácilmente al trato informal con los oficiales.
—Te haré un préstamo, si me prometes devolvérmelo en buen estado —le sonreí, para que tomase confianza, tornándome después hacia su amiga—. Y tú eres la chica del juicio de Eren, Mikasa ¿no?
—Si.
—Ah, un asunto bien complejo…
—¿Disculpe? —me devolvió una mirada seria.
—¡Nada, no me hagas caso! —reí, dándole una palmadita en el hombro. Sabía ya que iba tras Eren, igual que una yegua persigue la zanahoria ofrecida por su amo— ¡Tienes un cabello espléndido, negro y lustroso, igual a Levi! ¿Son parientes?
—… No —su respuesta fue tajante, dándome a entender que no le perdonaba el haber golpeado a su querido Eren.
—¿Y tú, tú? ¡Ah, sí! Leí tu registro —me volví hacia la cadete que se hallaba a mi diestra— ¡Sasha, la cazadora! ¿Es cierto que le hacías frente a las grandes bestias con un hacha y tu arco y flechas? ¡Abatir titanes usando el equipo será para ti coser y cantar!
—Bueno… —titubeó, no muy convencida—.
—¡Relájense, chicos! Aún los noto muy tensos, ya verán que la experiencia con los titanes será emocionante y divertida —les aseguré— ¡Salir a campo abierto es maravilloso! ¡Incluso abre tu apetito!
—Dejen a Sasha aquí, por favor —masculló un joven de pelo castaño, que según lo visto en el expediente, se llamaba Jean—. Si no nos come un titán, lo hará ella.
—¿Ehhhh, me estás diciendo caníbal? —la protesta de la chica fue acompañada por un soberano mordisco en el brazo de su ofensor.
—¡Ay, me clavó los dientes! —gritó Jean, sobresaltando a sus compañeros, excepto a Mikasa.
—¡Déjalo, Sasha, o van a castigarte! —otro muchachito, pelado a raíz del cráneo, tuvo a bien sujetarla para que no profundizara la mordida— ¡Perdónela, capitana! ¡A veces reacciona como una salvaje, pero no es mala!
—Huh..., Connie, ¿no? —difícil que me confundiera, siendo el único sin pelo de todos los novatos— En realidad, soy teniente segunda. No es que me importe mucho el trato por grados, sin embargo, debes memorizarlos porque la normativa militar lo exige. Puedes llamarme "líder de escuadrón", así lo hacen algunos ¡Madre santa de un titán! ¿Quién es el recluta extremadamente alto?
—Es Berthold, siempre anda con su amigo Rainer —tuvo a bien responderme Jean.
—¡Ven, Moblit! ¡Acabo de hallar quien me ayudará con mi próximo experimento! —grité animosa, halándolo de la camisa para que me siguiera— ¡Oh, sí! ¡Es justo lo que necesitaba!
—¡Líder de escuadrón, es muy peligroso! No debe usar a los noveles —me recordó él—… ¡Solo imagine si el titán se lo traga!
—Bah, tendremos cuidado —insistí, persistente y lo escuché suspirar, a la vez que me seguía— ¡Hey! ¡Tú, el de las zancas largas!
—E-eh… ¿Yo? —el recluta, pasmado, se detuvo al oírme.
—¡Sí! ¡Ohhh, eres ideal para lo que voy a hacer! —no logré contenerme y di unos brinquitos, eufórica— Estuve buscando a un chico de tu estatura, ¿sabes? No hay muchos jóvenes altos. Quisiera usarte en mi experimento.
—¿E-experimento? —cuestionó, abriendo muchos los ojos.
—¡Nadie la va a entender así, lanzándose encima de las personas y sin una explicación coherente, líder de escuadra! —Moblit no se cortó de frenar mi entusiasmo, considerándolo excesivo.
—Gah, lo siento. Déjame presentarme —un poco molesta, hice una introducción formal de mi persona—. Soy Hange, la líder del cuarto escuadrón del Cuerpo. Y él es mi oficial ejecutivo, Moblit. Estoy a cargo de investigar la naturaleza de los titanes que capturamos —puntualicé, observándolo ansiosa—. Creí que podrías ayudarme… Ah, ¿cuál es tu nombre?
—Pues no sé cómo —advertí una gota de sudor naciendo de su frente, a la par que se encogía de hombros—. Soy Berthold Hoover, a sus órdenes.
—Bueno, verás, lo que pretendemos hacer es comprobar a qué clase de humanos prefieren irle detrás los titanes.
—Queremos analizar si tienen preferencias del tipo estatura o constitución —expuso Moblit a grandes rasgos—.
—Después de formar una línea con varios soldados, y una vez que se haya convertido Eren —seguí yo—, los iremos acercando lentamente a él.
—Yo anotaré la distancia en que comenzará a moverse para morder y cuales selecciona como víctimas —dijo mi subordinado, poniendo fin a su explicación—. Aunque debemos considerar que Eren no reacciona igual que un titán común y puede rehusarse a dañarlos.
—Uh, ya veo… Eso suena peligroso —el joven tragó en seco.
—¡Moblit! ¡Lo asustarás, si continúas hablándole así!
—Estoy dejándole claro lo que tratamos de hacer —manifestó en su defensa— ¡No todos están dispuestos a meterse de cabeza en la boca de un monstruo!
—Bien, Moblit se asegurará de que no sea tan arriesgado —resolví de plano la cuestión y torné hacia Berthold— ¿Qué dices?
—Ehh, la verdad es que me dieron ciertas órdenes que aún debo cumplir —balbuceó éste, queriendo zafarse de aquel compromiso—.
—¡Oh, creí que lo harías! Es importante para la humanidad el inves…
—Líder de escuadrón, órdenes son órdenes. Y hay que respetarlas, aunque se trate de un cadete —intervino mi subalterno, cruzándose de brazos— ¡No podemos llevárnoslo, violando el mandato de su oficial!
—¡Es que no hay nadie resuelto a cooperar! —di rienda suelta a mi frustración, gimoteando— ¡Y Mike y Levi están muy ocupados ahora! ¿Quiénes pudieran ayudarnos con el estudio de preferencia? —musité, dirigiéndome nuevamente a Berthold— ¿Supongo que de tu graduación no se nos unió algún otro chico tan o más alto que tú?
—N-no —dijo tartamudeando; acto seguido y poniéndose firme, hizo el saludo de la Legión—… Eh, permiso, debo cumplir mis obligaciones
—Hanji-san, ¿por qué no se concentra en la investigación sobre las motivaciones de Eren para convertirse? —suspiró Moblit, intentando encausar mi apetencia por descubrir algo novedoso.
—¡Qué remedio! La falta de respaldo a las nuevas ideas es inaudita; ¡jamás avanzaremos de seguir a este paso!
—Diga mejor que usted aterró con sus propuestas a cuanto soldado vino dispuesto a colaborar —vi a Moblit encogerse de hombros—. Ahora ni se queje.
—Tal miedo es producto de la ignorancia. El ser humano tiende a ver agresivo y extraño cuanto desconoce; por eso nuestra labor es tan importante —subrayé, algo enojada—. Y lo peor es que transmite a sus jóvenes ese pánico, en vez de incentivarlos a buscar las respuestas.
Negando con un gesto de cabeza, mi subalterno iba a rebatir el punto, cuando Nifa lo llamó a gritos, pidiendo que le ayudase a cargar los equipos recién adquiridos por el escuadrón. Al darle consentimiento para ir junto a ella, una imagen atravesó de improviso mi cerebro; ¿y si consiguiera Nifa sanarle a Moblit el corazón, de modo que ambos lograsen, al menos, aquella felicidad a cuentagotas que nos era permitida? Nunca le recé a nada, pero bien podría orar por eso.
—¡Hey, críos! ¡Abandonen el sitio! —escuché a Mike reprender a dos novatos, a los que había capturado escondiéndose tras unas cajas—… No sé qué les ordenó su oficial, pero de seguro no fue irse a jugar a los novios.
—Ehh, ¡todavía no lo somos! —la chica; menuda y de cabello castaño, agitaba su mano con fruición, intentando negar el hecho— ¡Para nada!
—Ella y yo solo estábamos… Conociéndonos mejor —intercedió su compañero, un muchacho alto y trigueño, de piel tostada.
—Oye, hijo —Zacharius lo miró, condescendiente—. Desde que Paradis es isla, besar a una chica la vuelve tu novia ¡¿O estás de juerga?! En ese caso…
—¡N-no, señor! —fue la respuesta del jovencito, al percibir el cambio de tono y el ceño fruncido del primer teniente— ¡Amo a Diana, se lo juro!
—Magnífico. No quiero cadetes incapaces de hablar claro —Mike, contemplándolo sentencioso, agravó la voz—. Si tienes miedo a la hora de reconocer que es tu novia, y de luchar por tu sentir, ¿podrás enfrentarte a lo que trae la vida del ejército?
—¡Perdón, señor! ¡No soy un cobarde! —refutó el joven, sin que por ello mostrase irrespeto hacia el superior— ¡Regresaremos de inmediato a nuestras labores!
—Hmph, al menos busquen un lugar mejor donde ocultarse —dijo Zacharius con toda naturalidad, encogiéndose de hombros—. No me opondré a que sigan de románticos, mientras sea en el horario del reposo y mantengan la discreción ¿Sus nombres?
—Benton y Diana —los chicos se cuadraron, haciendo un perfecto dueto— ¡Lo sentimos! ¡No volverá a suceder!
—Y den gracias de que los atrapó el Teniente Benévolo, de lo contrario ya estarían fuera —alegó, cruzándose de brazos e imponiendo su estatura a la pareja de reclutas—… Les voy a escribir sólo un reporte, pero a la próxima no tendré piedad ¿Entendido?
Asintieron, para marcharse apresurados, no sin mirar atrás con disimulo. Probablemente no creían su buena suerte, otro superior hubiera emitido la orden para expulsarlos del Cuerpo. Más tarde nos sorprendería los castigos por indisciplina que acumularon, debido a sus frecuentes desapariciones para calmar sus ansias hormonales.
Noté la sonrisa divertida de Mike, y me sorprendió advertir en él un instinto paternal hacia los nuevos que antes jamás percibiera ¿Cuántos años habían transcurrido ya desde que ingresáramos a las filas del Cuerpo? Sentí que la juventud se nos escurría entre los dedos, inexorablemente. Habíamos madurado al punto de asumir como hijos requeridos de instrucción y disciplina a los tiernos cadetes de las últimas graduaciones. De modo que atrás quedaban también los arrebatos propios de la adolescencia, el ansia de buscar la intimidad que no teníamos para las caricias y los besos furtivos… Las poquísimas ocasiones en que, a mitad de una guardia y sobre los tejados, logré vencer la reticencia de mi comandante; mostrándole cómo, por las vías cortas, podía llegarse también al paraíso.
—¡Hanji! Demonios, me hiciste alzar la voz —Mike hizo un gesto negativo con la cabeza y suspiró, dándome por incorregible—. Andas más lela que estos críos.
—¡Oh, lo siento! Me abstraje pensando en cuando éramos así de imprudentes —le sonreí, nostálgica—. Entonces no lo ves, porque la exaltación que te causan las emociones lo justifica todo.
—Bah, tampoco es que tú y Erwin dieran motivo para escandalizar a los demás. La falta de privacidad casi ni les preocupó; él ya era capitán y podía usar lugares discretos —dijo, encogiéndose de hombros—... Aunque no les perdono que profanaran los oídos de mi Nana, aquella vez…
—Créeme, fue tan inusual, que yo misma todavía me lo cuestiono —respondí muy sincera—. Habíamos resistido la escalofriante acusación de los Altos Mandos y luego, pasamos varios días encerrados. Lo que sucedió…, no fue más que la victoria de su humanidad sobre su cargo… ¡Hey! ¿De qué te quejas, Mike? —repliqué, fingiéndome resentida— ¡Tú te has dado el lujo de "profanar" los ojos y oídos de media Legión!
—Hmph, pero ya lo has dicho; hemos madurado —ripostó con franqueza—. Yo poseía la dispensa y me gustaba quebrar las reglas de Shadis, porque de ningún modo les vi sentido. Ahora con Erwin las cosas han ido cambiando. Nadie les dice que no den rienda suelta a su noviazgo, mientras que lo hagan fuera del horario militar…, y de la vista del prójimo ¿De qué te ríes?
—¡Hahahahaa! ¡Es increíble! ¡Hablas un montón si el asunto va de romance o arrebato pasional!
—Culpa tuya, nos conviertes en loros.
—Pero Mike, dejando a un lado a los oficiales ¿no te parece que la carencia de intimidad es algo que aún prima en el cuartel?
—Quizás. No obstante, lejos de frenar los ímpetus, eso motiva la relación —me contestó ladino—. Hanji, ¿vas a decirme que nunca pusiste rígido a Erwin incitándolo en sitios inapropiados?
—No sé…, ¿cuenta el comedor?
—Espero que usaran un banco distinto al nuestro —musitó entre dientes.
—¿Y por qué piensas que nos limitamos a uno? Hay muchos lugares divertidos —presumí de audaz; qué fácil era decirlo siendo ya una mujer libre de los convencionalismos sociales— ¡Ah, sí que casi nos atrapan los soldados cocineros! Esos del turno de la mañana son bien puntuales… ¿Ahora eres tú quien se ríe?
—Disculpa, imaginé a Erwin pellizcándose el asunto con la cremallera —Mike sonrió torvo—. Es común que suceda cuando no deseas que te descubran.
—Oye, siento que vuelvo a la adolescencia siempre que recibimos a los nuevos. Y hablando de muchachadas, Erwin halló entre sus papeles viejos una carta que le había escrito a Marie.
—¡Será idiota! ¿Por qué guarda ese tipo de cosas generadoras de caos? —lo escuché gruñir por lo bajo— Hmph, no aprendió nada de su mentor.
—Mike, actualmente se necesitaría bastante más que una simple correspondencia para encelarme —contesté sincera—. Créeme, leerla me hizo gracia y también, valorar la nobleza de Erwin; cuando prefirió ayudar a su amigo a escribirla… Podría ser la letra de mi comandante, sin embargo, aquello sonaba tan cursi y distante del Erwin que amo… Lo cierto es que adiviné de inmediato que se trataba de algo falso —le referí, encogiéndome de hombros—, aunque la hubiese firmado con su nombre, los sentimientos allí expuestos correspondían a otra persona.
—Nile por sí mismo nunca hubiese podido conquistar a Marie. Su falta de gracia y de palabra daban pie al cuchicheo entre las cadetes, que se burlaban de él —me aseguró Mike, cruzándose de brazos—. Dirá Erwin lo que le venga en ganas; pero a mi entender, Marie aceptó esa relación por despecho.
—¿Piensas que descubrió quién las escribía en realidad? —lo miré asombrada— Eso quizás llegaría a molestarla y hacerla sentir como que deseaba sacarla definitivamente de su vida.
—Muy probable —aceptó la idea, emitiendo un bufido—. Si logro virar ileso y todo va para mejor, escribiré un libro.
—¿HUH? —aquello me resultó tan inusual como si me hubiera dicho que iba a cambiar a Nana por una titán— ¿En serio? ¡Oh!
—Humph, sí —hizo un gesto afirmativo con la cabeza, dedicándome una media sonrisa—. "Como no ser un papanatas con las mujeres", por Zacharius el Visionario, salvador de aquellos que pierden la fe.
—¡Oye, qué genial!
—Las historias me sobran, aquí ya lo vi todo —me aseguró, añadiendo además—. Tranquila, no pondré nombres.
—Mike…, te noto repentinamente desocupado —alcé el rostro, mirándolo directo a los ojos— ¿Mentiste al asegurarme que no te sobraba un minuto para darme una mano con los experimentos?
—En lo absoluto, el pequeño y yo estamos vigilando bien de cerca a los nuevos. A la mínima señal de algo extraño, debemos informar a Erwin —había carraspeado grave—. Nana recibió igual orden.
—¿Cómo aprecias el ambiente? La maniobra será compleja —inquirí, frunciendo el ceño, mientras ojeaba una pelea en broma entre Sasha y Connie—; siquiera me atrevería a pronosticar su resultado, cualquiera que fuese.
—Tanto aire juvenil da un optimismo ficticio… Esta noche abrazaré muy fuerte a Nana y nos dejaremos el pellejo en el colchón —dijo muy enfático, para luego resoplar fuerte con la nariz—. Huelo esa mezcla extraña de sangre y martirio que precede a la derrota.
Una vez le oí decir al generalísimo Zackly que los militares no debían enamorarse; porque la Muerte olía el rastro del amor y, herida por la envidia, buscaba destrozarlo. A ojos de la parca, era inaudito que hubiese luz y esperanza donde tenía que imperar el dolor. En mi experiencia como parte del ejército, nunca vi sobrevivir a una sola de las escasas parejas encubiertas ¿Mito o realidad? Lo cierto es que no importaba. Igual morían otros, ignorantes de la existencia de tan regio sentimiento.
Recordé una penosa ocasión en que hacíamos la quema de los restos…, el hedor a carne incinerada y las cenizas al viento, provocó que me llorasen los ojos. Aquel entorno cargado me oprimía, cuerpo y mente comenzaban a requerir con urgencia un desahogo; pero no iba a molestar de noche a los recién adquiridos titanes…, ni estaba mi comandante disponible para ofrecerme consuelo emocional. Quería desaparecer, irme lejos del sombrío espectáculo que repetidamente nos hacía rememorar lo fugaz de la existencia humana.
Sin darme cuenta, mis pasos me condujeron hasta el portón este, contrario al soplo del aire, que arremolinaba y esparcía las cenizas de nuestros amados muertos. Era una noche de luna menguante, y apenas veía donde pisaba. Quizás por la oscuridad y lo apacible del espacio lleno de árboles, dos personas lo habían elegido como refugio transitorio de las penas del mundo… Y a las que sólo conseguí distinguir, luego de oírles murmurar.
De momento, no supe qué hacer; si volverme y desandar lo andado, o permanecer quieta detrás de la fronda que me ocultaba. Mis piernas se negaron a seguir, clavándose allí; el cerebro siquiera intentó dar una orden que incentivara a los pies a moverse. Contuve la respiración, quedando estática, volviéndome una con el seto que me amparaba.
—La muerte y yo nos la tenemos jurada, Mike. Desde que abandoné la casa de mi padre, lo hice dispuesta a vivir a plenitud —le había declarado Nana con toda sinceridad—. Suena paradójico; la Legión te lleva directo a los brazos de la parca…, sin embargo, aquí he vivido de veras. El lujo y la aristocracia son asfixiantes, mueres en plena juventud, marchitándote por fuera y por dentro.
—Ella no soporta mirarte a la cara, Nana. Sabe que la derrotamos cada vez que te hago reír —Mike correspondió tomándole el rostro entre sus manos, los ásperos pulgares acariciaron levemente las acaloradas mejillas de su compañera—, o cuando hacemos el amor… Y tocando ese tema…
La había besado lánguidamente, de un modo tan sereno y de profunda calidez, que me hizo desear aún más el consuelo de mi Erwin. Anhelé que sus manos, tórridas y fuertes, corrieran a todo lo largo de mi espina dorsal; justo como se deslizaban las de Mike por la espalda de Nana. Ella se rebulló un poco ante el roce tierno, intentando contener la sonrisa… Por lo visto, le había dado cosquillas. Él, sin embargo, continuó el descenso hasta rodear los pequeños glúteos de su compañera; oprimiéndolos con ademán posesivo.
—No es el tema lo que acabas de tocar, Mike —impidiéndole seguir adelante, Nana llevó una mano atrás y pellizcó suave los recios dedos—. Ten un poco de respeto hacia nuestros compañeros difuntos.
—Pues nadie muestra piedad a los que continuamos vivos —Zacharius lanzó un bufido, molesto—. Y digo que, a diferencia de esos hipócritas santurrones de los Altos Mandos, los honro y me duelen bien adentro...
Hasta ese momento, su admirable olfato no había percibido mi olor, quizás por causa de la humareda o hallarse concentrado en su intimidad con Nana.
Juro que no estaba en mis pretensiones curiosear su vida privada; pero hallé tanto alivio y esperanza contemplando las sinceras muestras de cariño que ambos se prodigaban, que contuve el aliento, y lancé una muda invocación a Erwin desde lo más intrínseco de mis entrañas. "Búrlala con tus estrategias, comandante, engaña a la parca y nos tendremos hasta que Ymir disponga de nosotros".
—Hanji… —su voz parecía un soplo de viento suave contra mi oído, como una respuesta onírica a mi silencioso ruego. Sin embargo, la tibieza de su proximidad me sobresaltó, haciéndome comprender que no alucinaba y que su presencia tras de mí era tangible.
Presioné rápidamente mi dedo índice contra los labios, pero fue demasiado tarde. Mike se volvió, escrutando con la mirada los arbustos y lo escuché propinar un estornudo. Nos había descubierto.
—Este lugar está ocupado, búsquense otro —gruñó molesto.
Por supuesto, Nana me observaba enfadada, meditando seguramente cuánto habíamos visto y oído.
—Lo único que buscaba, ya lo encontré —le devolvió mi comandante sin ambages, para luego tornarse hacia mí— ¿Qué haces, Hanji? Creí que te hallaría en el patio.
Maldije a Erwin por lo bajo; había revelado a sus ojos mi oculta presencia allí minutos antes de que él llegara.
—Hmph, si se ve tan necesitada de espiarnos, es porque demanda más atención —dijo, abandonando su asiento junto a Nana— Un ambiente opresivo que se repite año tras año llega a pesar hasta en los pulmones, ¿y tú la requieres para devolverla a ese infierno, cuando te corresponde aliviarla?
—Yo… —intenté mediar y excusarme, pero creí más prudente callar.
—¿No piensas en otra cosa, Mike? —Erwin alzó una ceja, ignorando lo intimidante que lucía su amigo bajo la escasa luz del astro nocturno, ya parado frente a él—.
—Si así fuera, no estarías hablándome, sino bien muerto —vi el ceño de Zacharius fruncirse, a la par que se cruzaba de brazos—. Mi capacidad para sacar un plan debajo de la manga, cuando la situación se pone fea, está probada —nunca había contemplado a ese hombre ponerse tan severo con su amigo, casi hermano del ejército—. No me vengas con eso.
—Tú vives un eterno romance.
—¡Vivo, Erwin, sí! —la tensión del momento hizo que Mike le gritara y abriese los brazos— ¡Y tú deberías hacerlo también, maldición!
—Por favor, la noche lo que menos pide es un altercado —Nana de repente se había puesto grave, con razón. Sabía que confrontar a un superior conllevaba, en el mejor de los casos, una corte marcial—…
—Comprende que siquiera puedo darme ese lujo —Erwin, fiel a su naturaleza ecuánime, no le alzó la voz, pero su tono fue sombrío—. Donde tú te permites horas, yo apenas consigo unos segundos para liberarme la carga de la responsabilidad.
—Tsk, parece que llegué a buen tiempo —interrumpió Levi, apareciendo furtivo y sigiloso, como siempre—. Antes de que se caigan a patadas; el comandante Pixis desea intercambiar contigo, Erwin. La cantidad de bajas también ha golpeado a la Guarnición.
El presente me reclamó con una punzada en la pantorrilla. Gemí al sentir el dolor agudo, que tal vez no dejaría un cardenal, más sí una continua molestia.
—¡Despierta, Cuatro Ojos de mierda! ¡¿Cómo te atreves a ignorarme?! —advertí sus claras intenciones de repetir el puntapié— Tsk, no voy a decírtelo por tercera vez.
—¿Uh? Lo siento, Levi —sonreí a manera de disculpa y él me ojeó, torvo—.
—Erwin te quiere ahora mismo en su habitación —el enano me observaba demasiado enfático—. Ni me preguntes por qué, no lo sé…, y tampoco quiero saberlo.
¿El comandante decidía tratar los asuntos de la expedición conmigo a solas, en su dormitorio? Mike no había continuado haciéndome compañía, retirándose con parte de su grupo; de lo contrario, hubiese dicho una desvergonzada barbaridad al respecto. Percibí que se me resecaba la garganta, ¿qué significaría tal demanda? Y la expresión de Levi era un profundo misterio.
