Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.
Thank you Meg for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.
Capítulo 2
El vacío en la voz de Edward y el suave clic de la puerta después de que se va me mantienen despierta.
Después de irse, me quedé ahí parada, esperando. Como si él fuera a regresar. Como si fuera a disculparse y revolcarse. Nunca antes lo ha hecho, y tampoco yo, pero tampoco nunca antes se ha ido así. Usualmente hay más gritos. Un escándalo más grande. Esta vez hubo… nada. Se fue en silencio, como si nunca hubiera estado aquí.
Cuando al fin logro dormirme, no me despierto hasta casi mediodía. Ya que es sábado no es como que tenga algún sitio a donde ir, pero de todas formas no me gusta desperdiciar mi día.
Siento un dolor sordo que me hace palpitar las sienes, un efecto secundario de las terribles decisiones que tomé. Me terminé la botella de vino que había abierto después de que se fuera Edward, y cuando dieron las tres de la mañana y él seguía sin regresar ni respondía mis mensajes, abrí otra. Aunque no me la terminé. Me tomé tal vez una copa, y la botella abierta reposa sobre mi buró, mirándome. Burlándose de mí.
Supongo que Edward tenía razón, sí me arrepiento. Del vino y nuestra pelea. Cuando recuerdo las palabras que intercambiamos anoche, me siento estúpida y duele. Como si las heridas siguieran abiertas. Tal vez todavía duele porque estoy sola en la cama. Si él estuviera aquí, rápidamente arreglaría esto. Si él estuviera aquí, ambos cederíamos y nos disculparíamos, y luego seguiríamos adelante y olvidaríamos que esto sucedió hasta la próxima vez.
Al ver mi teléfono noto que tengo un mensaje, pero no es de él. Es de Alice.
Alice: ¿Qué sucedió entre Edward y tú? ¿Estás bien? Estoy preocupada. Él estaba de un humor raro.
Le respondo ya, a pesar de que su mensaje fue de más temprano esta mañana.
Bella: Estoy bien. ¿Está en tu casa?
Abro Instagram para ver si él o la banda publicaron algo en sus historias. Estoy esperando ver tomas sin filtros de una noche imprudente. Estoy esperando lo peor. Pero no hay nada ahí, así que me distraigo viendo unas cuantas publicaciones al azar hasta que Alice me responde.
Alice: Sí. Llegó cerca de la una de la mañana. Jas y él se quedaron despiertos toda la noche bebiendo y tocando en el garaje.
Bella: Maravilloso. ¿Qué dijo?
Alice: No lo sé. Me mantuve apartada de ellos ja,ja.
Bella: Voy en camino.
Me pongo un suéter y unos leggins, pero no me molesto en lavarme la cara antes de dirigirme a casa de Alice y Jasper. Durante todo el camino voy recordando nuestra pelea, alterándome cada vez más y más. Probablemente le contó todo a Jasper. Culpándome. Hablando mierdas de mí. Soy la novia que no lo apoya. La perra furiosa e insegura que arremete después de unos cuantos tragos. A pesar de que me enoja que haya pasado toda la noche fuera bebiendo, probablemente contando nuestros problemas, creo que me molesta más que al fin me haya hecho caso cuando le pedí que no regresara.
Me estaciono detrás del carro de Edward en la calle y avanzo por el camino de entrada. La puerta del garaje está abierta y Jasper está dentro, afinando una guitarra.
—Hola —dice Jasper, bajándole a la música que está sonando a todo volumen.
—¿Dónde está?
—Probablemente sigue dormido en la habitación de invitados.
—Lo emborrachaste bien anoche, ¿eh? —No debería desquitar mi irritación con Jasper, pero no puedo contenerme.
Cruza el garaje para dejar la guitarra en un stand, luego se frota el cuello.
—No, él ya llegó así.
Genial. Quién sabe dónde carajos estuvo antes de venir aquí. Su carro está enfrente, lo que significa que probablemente manejó borracho. El enojo arde dentro de mi pecho, pero debería sentirme agradecida, supongo. El enojo significa que él está vivo. El enojo significa que no chocó ni lo detuvieron por conducir borracho.
—¿Qué hiciste? —pregunta Jasper.
Entorno la mirada.
—No hice nada. Fue una pelea estúpida y ambos nos pasamos de la raya.
—No lo decía así. —Suspira y saca su cajetilla de cigarros—. Me refería a qué pasó.
—¿Él no te lo contó?
Jasper sacude la cabeza.
—No, nunca me cuenta. Se guarda esas cosas para sí mismo.
Escuchar eso amortigua mi enojo y suaviza las orillas de mi corazón.
—Es que… estábamos discutiendo por las mismas mierdas —murmuro, jalándome las mangas sobre las manos.
—¿Estás enojada porque nos iremos a la gira o algo así?
—Dios, no todo tiene que ver con la puta banda. —Pero claro que Jasper lo sabe. Lo dije de forma muy a la defensiva para fingir lo contrario.
—Él te ama —me dice Jas, llevándose a la boca un cigarro apagado—. Lo sabes, ¿verdad?
No acepto ni rechazo lo que dice antes de entrar y cruzar la casa para encontrar a Edward dormido en la habitación extra. Está acostado sobre su estómago con la misma ropa de anoche, tiene una almohada metida debajo de la mejilla. El buró está lleno de latas de cerveza y lo miro por un momento, preguntándome por qué ambos tenemos que beber hasta el olvido para poder dormir.
Estoy tentada a sacudirlo para despertarlo o gritarle. No sería la primera vez que lo despierto hecha una furia. Pero en vez de continuar con lo que comenzamos, me siento en la orilla del colchón y le aparto el cabello de los ojos. No se abren hasta que susurro su nombre por tercera vez.
—Hola. —Su voz suena ronca, y carraspea—. Carajo.
—Hola —digo suavemente.
—¿Qué hora es?
—Casi la una.
—Mierda.
—¿Manejaste después de haber estado bebiendo? —pregunto, y se talla la cara con una mano.
—Sí.
Chasqueo la lengua con decepción.
—Edward.
—Pero no estaba borracho.
—No me importa. No hagas esas mierdas. Por favor —le suplico—. Me preocupa, ¿de acuerdo?
Todo lo que hace es asentir y mirarme por un momento, como si estuviera analizando si es que sigo enojada o no por lo de anoche. Como si fuera a basar su siguiente movimiento dependiendo en cómo voy a reaccionar. Le regreso la mirada, me siento tan cansada de esto. Tan agotada y harta de estos juegos que jugamos.
Sigo sentada, y me jala hasta que estoy recostada con él, nuestros cuerpos pegados. Entierra la cara en mi cuello y le permito abrazarme. Es un movimiento tan tierno que me retuerce el estómago con amor y lujuria y algo muy cercano al perdón.
Nos quedamos así por un par de minutos. Rozo mis dedos entre su cabello y él respira constante, profundamente, hasta que sus labios dejan un beso en mi cuello. Se aparta después de un momento para poder verle la cara. Quiero estar enojada. Quiero acusarlo de ser un imbécil y no amarme de la manera en que merezco. Pero eso es injusto. Yo también he sido una imbécil. Y mi amor no siempre ha sido el más fácil de aceptar. Sé que quiero más de lo que él está dispuesto a darme, al menos por ahora, pero es que lo amo muchísimo.
—Bella, lo siento —murmura, y el fervor en su tono y en su rostro me mata.
—También lo siento —susurro.
Nuestras narices se rozan y me vuelve a besar.
—Está bien.
—No debí haber mencionado todas esas mierdas cuando estás a punto de irte. Me pasé de la raya —confieso.
—Ambos lo hicimos.
—¿Por qué no regresaste anoche? —pregunto, apretando los brazos alrededor de su cuerpo.
—Me dijiste que no volviera.
—No me hagas caso —murmuro—. No quería que te fueras para empezar. Quería que te quedaras. Detesto que siempre te vayas cuando peleamos.
—Bueno, yo detesto que peleemos —murmura.
—Yo también. ¿Y por qué lo hacemos?
—¿Para poder reconciliarnos? —Hay el rastro de una sonrisita en su rostro, y me hace sentir rara. Esto es tan típico de nosotros. Pelear y follar. Follar y pelear. Aunque nada de esto es gracioso. Tal vez cuando éramos más jóvenes, pero tenemos veintitantos ya. Él cumplirá treinta pronto. Ahora solo es triste.
—No quiero pelear solo para reconciliarnos —le digo, las puntas de mis dedos rozan sobre sus labios. Me besa los dedos, chupándolos ligeramente en su boca. La sensación me derrite las entrañas y crea un dolor entre mis piernas—. Edward.
—¿Qué? —pregunta inocentemente.
—Sabes qué.
Mete una mano entre nosotros, rozándome sobre la delgada tela de algodón negro.
—Déjame hacerte sentir bien —murmura, luego baja su mano por mi estómago y la mete en mis leggins—. Déjame compensarte.
Así que lo hago. Lo dejo tocarme, dejo que sus dedos sientan lo mojada que estoy. Gime y me hace desear esto todavía más.
Nos desvestimos de la cintura para abajo. Se recarga en la cabecera y me deslizo sobre él, casi grito hasta que me tapa la boca con su mano. Lo hacemos rápido y en silencio después de eso. Me agarra la cintura con fuerza, mueve mi cuerpo contra el suyo, hasta que sus manos codiciosas me quitan el suéter para poder levantarme la camiseta y llevarse mis tetas a la boca.
Estamos persiguiendo nuestras disculpas, buscando una manera de sentirnos bien y olvidar. Yo solo quiero recordar la sensación que crea en la parte baja de mi vientre. La sensación de su pulgar en mi clítoris. No quiero pensar en las palabras duras y el "jódete" que intercambiamos. No quiero recordar la agonía que sentí cuando no regresó.
Follamos hasta que ambos nos corremos, hasta que está suspirando mi nombre y marcándome con su mordida.
No es hasta que nos vestimos y quitamos de la cama las sábanas donde tuvimos nuestro sexo de reconciliación que puedo ubicar la sensación que me retorcía el estómago antes.
No era perdón. Era indiferencia.
