Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you Meg for giving me the chance to share your story in another language!

Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 3

Estoy viendo publicaciones de Instagram distraídamente, esperando mi comida china, cuando escucho a alguien decir mi nombre.

Sé que es Ben, mi ex, incluso antes de darme la vuelta. Detesto que una parte de mí se sienta insegura por lo que llevo puesto y cómo me veo. Leggins, cabello sucio atado y chancletas. Tampoco me he lavado los dientes ya que no me molesté con cuidar mi higiene personal antes de salir corriendo de la casa y dirigirme a casa de Jasper y Alice hace rato.

Después del sexo de reconciliación, Edward y yo nos quedamos en su casa por un rato. Bebimos cervezas en su patio trasero y jugamos juegos de cartas, como si todo estuviera bien. Como si él no hubiera escapado en la noche de nuestros problemas. Como si yo no le hubiera dicho que no regresara a casa. Éramos puras sonrisas y dulzura y manoseos, conmigo sentada en sus piernas, él acariciando con su cara el hueco de mi cuello. Compartimos un acuerdo silencioso de que todo estaba bien. Alice y Jasper no presionaron porque nunca lo hacen.

Cuando llegó la tarde, decidimos retirarnos temprano y comprar comida de camino a casa, optando por dejar el carro de Edward en su casa. Me ofrecí a esperar la comida mientras Edward iba a la tienda de música que está al lado. Que es donde él sigue estando cuando mi ex se acerca a mí y me abraza.

—Ben, hola. —Le sonrío con amabilidad al apartarnos—. Hace mucho que no te veo.

—Ya sé. ¿Estás esperando comida? —pregunta, ajustándose la gorra en la cabeza. Está desgastada y me resulta familiar y tan él.

—Sí. —Asiento—. ¿Tú?

—Sí. Este sitio tiene el mejor chow mein.

Hago un sonidito de afirmación, esperando que la conversación ya haya terminado, pero él sigue mirándome.

—Te quedan unas semanas más de clases y luego serás libre, ¿cierto?

—Dios, sí. No puedo esperar —me río. Me encanta mi trabajo, pero es demandante y las vacaciones de verano no pueden llegar con suficiente rapidez.

—¿Sigues dando clases en primer año?

Estoy a punto de contestar cuando Angela aparece por la esquina, a medio hablar.

—En serio que el baño… —Se detiene al ver a Ben parado junto a mí, su rostro neutral de inmediato se transforma en una mueca—. Oh, hola. —No se nota emocionada por verme, pero supongo que si Edward hubiera salido con alguien por cinco años, desde los dieciocho hasta bien entrados los veintes, yo también me sentiría insegura por esa persona.

—Ange, conoces a Bella —dice Ben, inconsciente de toda incomodidad.

—Por supuesto. —Intenta sonreír ahora, pero es una sonrisa tensa y no le llega a los ojos—. ¿Cómo te va?

—Bien. Estoy esperando mi comida. —Señalo hacia nada en particular, luego dejo caer la mano—. ¿Cómo están ustedes?

—Bien —responde Angela por los dos, a pesar de que Ben estaba a punto de hablar—. Acabamos de comprar una casa, así que todo ha sido muy emocionante.

—Oh, vaya. ¡Felicidades! —Lo digo de verdad. Pero también me siento rara al decirlo. ¡Felicidades están endeudados! Quiero decir, supongo que es una inversión. Aun así se siente raro. O tal vez siento pena por mí porque ellos acaban de comprar una casa y probablemente se van a comprometer pronto, y yo sigo… estancada. Viviendo en una casa rentada con un hombre que no me prometerá un para siempre.

—Gracias —dicen al unísono.

—Sí que has subido de nivel desde que estabas en la fraternidad —le digo a Ben, haciendo una pequeña mueca al recordar que compartía su habitación y lo asqueroso que era ese sitio.

—Ni me lo recuerdes —se ríe entre dientes—. Estoy muy seguro de que ese sitio tenía asbesto.

—No, estoy muy segura de que tu tos se debía a que pensabas que era genial fumar, y eras asmático, así que… —Nos reímos juntos al recordar y Angela solo… nos mira.

—Iré a esperar en el carro —dice abruptamente y se da la vuelta para irse.

Mi sonrisa se desvanece, y la vergüenza de Ben se muestra en su cara. Olvidé que él hacía eso, sonrojarse cuando se sentía incómodo. Sería casi adorable si no me hiciera sentir incómoda a mí también.

—Mierda —murmura, mirándola irse.

—Perdón, no pretendía…

—No es tu culpa —dice con seguridad—. De verdad.

—Bien. —Me trago la incomodidad, y mis ojos se mueven hacia el mostrador, deseando que nuestra comida salga y salve el momento—. ¿No deberías ir a ver cómo está?

Se quita la gorra y se pasa una mano por su cabello rubio arena antes de volver a ponérsela, ajustándose la visera.

—Sería mejor si le doy un minuto.

—Bien. —Miro el piso. El menú está plasmado en la pared. La pecera burbujea a nuestras espaldas—. No estaba intentando, o sea…

—Lo sé —dice en voz baja—. Ella se pone… quiero decir, tú y yo…

—Sí. —Sacudo la cabeza, intentando decirle que no necesita explicármelo.

—Es mi culpa. Estábamos empacando hace poco y encontró unas notas y cosas que guardé de cuando estuvimos saliendo. Eso empezó una gran discusión. Al parecer, soy un novio de mierda por guardar esos recuerdos.

—No, no lo eres —murmuro, sintiéndome mal por él—. Terminamos hace como cuatro años. Ella ya debería saber que ya no hay nada entre tú y yo, y que no tiene nada de qué preocuparse.

—Claro. —Su rostro se torna sombrío, y mira el piso—. No ayuda mucho que mi abuelo todavía la llama por tu nombre.

—Oh. —Me río incómoda porque no sé qué más hacer—. Sí, eso… apesta.

—Sí, con su demencia, él… no sé. Apesta para todos, pero cada vez que pasa es algo malo.

Me contengo de decirle que ella debería superarlo. No es culpa de su abuelo que sufra de una enfermedad y la llame por el nombre equivocado. Pero no lo digo porque se siente raro estar aquí parados hablando pestes de ella cuando ella está afuera. De hecho, se siente incluso más raro que Ben me esté contando esto en vez de ir tras ella.

—También creo que lo que la hizo estallar fue que encontró un anillo entre todas las cosas de nuestra relación…

—¿Qué anillo? —No entiendo lo que me está diciendo. No al principio. Me devano el cerebro, intentando recordar si había alguna pieza de joyería significativa de cuando salimos, es entonces cuando lo entiendo. Un anillo. Un anillo de compromiso—. Oh.

—Sí. —Sus mejillas vuelven a arder de un brillante rojo y hace que mi propio rostro se caliente.

—No lo sabía —digo suavemente, con la garganta seca—. ¿Me ibas a proponer matrimonio?

—Sí —dice otra vez, riéndose con voz suave—. No pude obligarme a regresarlo, ¿sabes? Me habría sentido como un patán, y habría sido muy vergonzoso, así que…

Carajo. No lo sabía. Apenas teníamos veintitrés cuando terminamos. Quiero decir, habíamos hablado sobre el matrimonio de la manera en que lo haces cuando eres joven y crees que es algo que quieres al inicio. Pero luego te das cuenta de que son dos personas diferentes que quieren cosas completamente distintas. Al menos, eso pensaba yo. En aquel entonces. Ahora ya no lo sé. Ahora parece que Ben y yo queremos las mismas cosas. Solo que yo no las quiero con él.

—No sabía —repito, no estoy segura de si debería decir algo para empezar.

—Ese era el punto, ¿cierto? Mantenerlo como una sorpresa. —Se agarra la parte trasera del cuello—. Pero tú eras la indicada.

Se me acelera el corazón.

—¿Qué?

Justo entonces llega Edward y nos mira a los dos. No evalúa a Ben ni le frunce el ceño de la forma en que Angela lo hace conmigo. Le asiente e incluso le da un apretón de manos. Yo me quedo ahí parada, sin estar segura de qué decir o hacer porque mi exnovio me acaba de decir que yo era la indicada para él, y es difícil asimilarlo.

Se desarrolla una charla trivial, y luego nuestra comida está lista. Los tres nos despedimos y al salir, puedo sentir la mirada de enojo de Angela hasta que salimos del estacionamiento.

Permanezco callada de camino a casa, deprimida, pensando en el pasado. Estar con Ben era fácil. Predecible. Ben estaba listo para darme muchas cosas. Estaba tan seguro de nosotros que me compró un anillo. Y yo estaba tan insegura que terminé con él.

La nostalgia me pega con fuerza, pero me la trago. Amo a Edward. No quiero a Ben. Él era más un mejor amigo que otra cosa. No teníamos la misma pasión que tengo con Edward. No peleábamos y follábamos ni ardíamos el uno por el otro, como Edward y yo. E incluso si no es la relación más saludable del mundo, es nuestra. La hacemos funcionar. Quiero hacerlo funcionar con Edward. Después de un tiempo, no existía el deseo de hacer que durara con Ben. Difícilmente había fuego. Y a veces solo quiero que me duela. Lo necesito. Sentir que es real. Saber que es profundo.

—Te veías un poco rara allá —dice Edward, manteniendo los ojos en el camino.

—¿A qué te refieres?

—No interrumpí nada, ¿cierto? —Lo dice con ligereza, pero dudo que crea lo que está preguntando. Sabe que yo nunca haría algo así.

—No en realidad. —No pienso mucho en cómo lo digo o en cómo podría sonar.

¿No en realidad? —Me mira entonces—. Estaba intentando ser amable con ese cabrón. ¿Me estás diciendo que no debí serlo? —Hay un filo en su tono ahora, y suspiro—. ¿Te estaba coqueteando?

No. Lo que digo… no. No fue nada así. Su novia estaba ahí. Se había ido al carro justo antes de que llegaras tú. Y solo es Ben. No es nada. Está bien. No fue… nada.

—Uh.

Miro el perfil de Edward, pero él no me vuelve a mirar. Tensa la mandíbula, concentrando su atención en la calle.

Nos quedamos en silencio y decido guardarme para mí la conversación con Ben. No quiero añadirle gasolina al fuego. No esta noche. Por mucho que Edward y yo ardamos el uno por el otro, nuestros celos siempre arden más brillantes y por más tiempo, y las cenizas nunca se dispersan tan lejos como nos gustaría.

Difícilmente se dispersan para empezar.