Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you Meg for giving me the chance to share your story in another language!

Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 21

POV Bella

—Entonces… —Rose sonríe. Está reluciente gracias al viaje reciente que hicieron ella y Emmett a México para celebrar su compromiso. La piedra en su mano izquierda atrapa la luz cuando la levanta para beber su mimosa y no puedo dejar de mirarla. Em eligió bien. Mejor que bien—. Obviamente saben por qué las invité aquí hoy.

Sí tenía una idea de por qué nos invitó a Alice y a mí al brunch de hoy, y mis sospechas se confirmaron cuando nos entregó una caja de madera a cada una.

»¡Ábranlas! —nos incita Rose con emoción.

Abrimos las tapas para encontrar suculentas, un bálsamo labial, una bomba para baño y unos cristales acomodados con delicadeza sobre confeti de papel corrugado. La parte interior de las tapas dice: "Mi boda no sería lo mismo sin ti".

—Aw, Rose. Quién diría que eras tan fan de las ideas de Pinterest —bromeo y me enseña el dedo medio con una sonrisa.

—Sí, claro. No soy nada creativa. Las pedí de Etsy —admite—. Pero sí necesito tenerlas a las dos a mi lado el día de mi boda. ¿Y bien?

—Por supuesto que estaremos ahí contigo. Nos habríamos ofendido si no nos lo hubieras pedido. —Alice se ríe un poco.

—Bueno, espero que ninguna se ofenda ya que no tendré una dama de honor. Es que no puedo elegir entre ustedes dos —explica—. Y ya que Emmett no tendrá padrino, tiene sentido así.

—¿No va a tener padrino? —pregunto, mi mente se va de inmediato a Edward.

No les he contado a Rose y Alice sobre la visita imprevista de Edward la semana pasada. Vine aquí hoy con toda la intención de decirles, pero estoy preocupada. Sé que eso generaría preguntas para las cuales no tengo respuestas. Y sé que me regañarían por ser tan blanda. Por cuidarlo. Por importarme. Sé que se volverían locas si supieran que dormimos juntos en el sofá. En cierto momento me desperté cuando él seguía dormido, y pude haberme ido a mi cama. Pude haberlo obligado a irse. Pero no lo hice, y la culpa que he sentido por eso me ha perseguido toda la semana.

Al despertar sola en el sofá la mañana siguiente, me sentí decepcionada. No esperaba que Edward se quedara y pasáramos juntos el rato, pero aun así. Él se fue sin despertarme. Sin despedirse. Dejó su chaqueta de cuero en el sofá, así que le envié un mensaje para avisarle. Ha pasado una semana y no me ha contestado, así que la chaqueta sigue colgando del armario que está en el pasillo.

Aunque no mentí cuando le dije a Edward que sería honesta con Ben. Terminé contándole todo al día siguiente. Ben se mantuvo en silencio y contemplativo mientras yo le explicaba lo que había pasado. No se emocionó, pero tampoco se enfureció, a pesar de que tenía todo el derecho de hacerlo.

Dijo que confía en mi juicio y confía en mí, lo cual solo le añadió a la culpa. Pero no confía en Edward. Le aseguré que no pasó nada, porque no pasó nada, y se cerró el tema.

—Hemos estado discutiendo todo este asunto del padrino… —Rose se queda callada, encogiéndose de hombros—. Es que es más fácil si no dependemos tanto de una sola persona. Tiene más sentido dividir equitativamente las responsabilidades. También es menos presión para todos.

Está siendo amable y sutil, y aprecio eso de ella. Aunque sí entiendo qué es lo que no está diciendo. No pueden depender de Edward, así que en vez de pedirle a alguien más que sea el padrino, simplemente van a abandonar esa idea por completo.

—Responsabilidades, ¿eh? —pregunto, manteniendo el tono ligero, a pesar de que el corazón se me quiere salir del pecho ante la forma en que no mencionó a Edward—. ¿Y qué esperan de nosotras? Solo para saber en qué me estoy metiendo antes de aceptar todo este asunto de las damas de honor —bromeo.

—No sé. ¿Planear la despedida de soltera? Una comida para mujeres. Sostenerme el vestido para poder orinar —enlista Rose con una carcajada—. Ese tipo de cosas.

—Definitivamente necesito abastecerme con decoración en forma de pene para la despedida de soltera —dice Alice sonriendo—. Incluso también para la comida.

—Jódete —resopla Rose—. La comida tiene que ser algo elegante, pero la despedida de soltera puede ser vulgar. Me moriría si mi abuela y mis tías se encuentran cerca de un globo en forma de pene.

—Bien, nada de globos en forma de pene para la comida —digo con seriedad—, pero en definitiva necesitamos unos juegos. ¿Qué te parece ponerle los huevos al guapote?

Alice casi escupe su mimosa.

—Bien, quizás ponga a Esme a cargo de la comida —dice Rose, poniendo los ojos en blanco.

—Estamos bromeando, estamos bromeando —digo con sequedad—. Sabes que cuentas con nosotras.

—Lo sé —dice con una sonrisa suave—. Es por eso que las amo, perras.

XXX

Una semana después me encuentro llegando a la casa de los Cullen para celebrar el compromiso de Rose y Em.

Aunque Rose me aseguró que estaba bien si quería traer a Ben, opté por asistir sola. No solo la invitación tenía únicamente mi nombre sin indicación alguna de traer acompañante, sino que traer una cita a casa de los padres de Edward se siente… raro. Casi irrespetuoso. Sé que ha pasado un año, pero sigue sintiéndose raro. Sin mencionar que sé con certeza que Edward estará aquí. Ya será lo suficientemente incómodo tener que verlo después de esa noche que pasamos en mi casa, no necesito añadir a Ben a la mezcla.

Esme me recibe en la puerta con una sonrisa amable y acogedora en el rostro. Nos abrazamos brevemente antes de permitirme pasar y la sigo a la cocina, notando que soy la primera en llegar.

—Rose y Emmett todavía no llegan —dice—. Pero ya no deben tardar.

—No me di cuenta de que venía tan temprano —me río incómoda. Pensé que Alice y Jasper ya estarían aquí. De pronto, me siento nerviosa de estar a solas con la mamá de Edward—. ¿Te puedo ayudar con algo? —me ofrezco, esperando que ella me ponga a trabajar hasta que lleguen los otros invitados.

—Nop. Ya está todo listo. Carlisle solo fue a la tienda para comprar más hielo, ¡pero lo demás ya está! ¿Te ofrezco algo de beber?

Miro la barra improvisada que está en la isla de la cocina y elijo un vino tinto. Esme descorcha una botella y llena dos copas antes de salir al espacioso patio trasero que está elegantemente decorado. Hay una mesa de bufete llena de bocadillos y postres, y mesas de cóctel esparcidas estratégicamente alrededor de la piscina. Hay lámparas de papel flotando en el agua y aunque todavía no está tan oscuro para encenderlas, sé que se verá mágico aquí afuera cuando el sol se meta.

—Oh, el patio se ve increíble —digo sorprendida.

—¿No es demasiado?

—No, está perfecto. Clásico y sobrio. A Rose le va a encantar.

—Oh, eso espero. Sé que a Emmett no le importará. Mientras haya un barril con su cerveza favorita, el cual sí tenemos. —Esme se ríe—. ¿Y cómo has estado?

—Bien —respondo en automático—. ¿Y tú?

—Oh, ¡ya sabes! Me mantengo ocupada con todas las preparaciones de la boda —dice con emoción—. Solo espero no estar volviendo loca a Rose.

—En absoluto. —Todavía falta un año para la boda, pero es dulce de su parte estar tan involucrada. Sé que Rose no es muy cercana a su propia madre, así que Esme ha sido un regalo del cielo—. Ella es muy afortunada al tenerte como suegra —digo con dulzura, luego aparto la mirada porque pensé que algún día esta sería yo. Pero no lo soy, y necesito que mi cerebro no piense en eso.

Parece que mi comentario hizo que la mente de Esme se fuera a ese tema, porque solo me sonríe con tristeza.

—Es muy dulce que digas eso. Te extrañamos, sabes. —Solo asiento con amabilidad, manteniendo una expresión neutral. El silencio se estrecha entre nosotras hasta que dice—: Él es diferente ahora. Distante. Quiero decir, nunca ha sido un libro abierto, pero…

—Sí. —Es todo lo que puedo decir. No me corresponde comentar nada más. Aunque sí me pregunto qué tanto es lo que ella sabe.

—Me preocupa, pero… supongo que siempre me he preocupado por él. Incluso desde el inicio. —Le da otro trago a su vino, sacudiendo la cabeza—. Supongo que esa preocupación es algo que se arraiga a ti cuando te conviertes en mamá.

—Yo creo que sí.

—Al menos crie bien a uno de ellos, ¿eh? —pregunta retóricamente, el ambiente se aligera un poco.

—No sé, Emmett es un tanto raro —bromeo, y se ríe conmigo.

Por mucho que quiera hablar sobre Edward con ella y expresar mis preocupaciones, detestaría sobrepasarme. Así que agradezco cuando cambiamos el tema. Esme me pregunta por mis padres y le cuento que mi mamá sigue en Florida, y mi papá se la pasa de maravilla en Forks. Los padres de Edward solo conocieron a Charlie, pero me agrada que de todas formas me pregunte por mi mamá. Le cuento un poco de mi trabajo y ella me comparte su emoción por el viaje que Carlisle y ella tienen planeado a Italia. Nuestras copas están casi vacías cuando Rose y Emmett llegan, naturalmente la atención se posa en la feliz pareja.

Pronto el patio se encuentra lleno de amigos y familiares. La gente pasea por ahí, con bebidas en una mano y pequeños platos de comida en la otra. La velada es algo tranquilo, justo lo que había imaginado Rose.

Por mucho que no quiero admitirlo, me mantengo atenta en busca de Edward. Sé que se supone que va a estar aquí, pero luego de que pasa una hora y media y él sigue sin llegar, empiezo a sentir curiosidad, aunque no la suficiente para preguntar. Sin embargo, no tengo que hacerlo porque eventualmente Rose me jala a un lado.

—Trajo a alguien —dice de inmediato con voz baja y expresión tranquila.

—¿Quién?

—Edward —dice, pero ya había adivinado que estaba hablando de su futuro cuñado.

—No, ¿a quién trajo, Rose?

—No sé. No la había conocido antes. Probablemente solo trajo a alguien para tener acompañante, pero… quería avisarte. Antes de que te sorprendiera.

—Gracias, sí —respondo, mantengo mi tono tranquilo, me aliso el vestido negro con una mano—. Aunque en realidad no me interesa lo que haga.

Rose busca algo en mi rostro, luego deja ir el tema.

—Muy bien.

Nos unimos otra vez a la fiesta y busco con discreción en el espacio, todavía manteniéndome alerta en busca de Edward. Una cosa es que no me importe lo que haga, pero tener que verlo con otra mujer es algo completamente diferente. Es por eso que no traje a Ben hoy. No quería que él nos tuviera que ver juntos. Supongo que él no pudo extender la misma cortesía.

Antes de rellenar mi bebida, entro para usar el baño. Está ocupado, así que me espero en el pasillo, mirando las fotos familiares que cuelgan a lo largo de la pared. Un Emmett recién nacido con la cara roja en brazos de sus padres sonrientes. Edward de pequeño, con su mano regordeta en la de Esme. Emmett y Edward de jóvenes, escondidos debajo del equipo para esquiar. Las fotos van cambiando a sus años adolescentes, temperamentales y taciturnos. Pero es la foto de Edward y Emmett como adolescentes dentro de su garaje, con guitarras en mano, la que me hace sonreír.

La puerta del baño se abre en ese momento y me sorprendo cuando veo a Edward y a su cita rubia platinada salir de ahí. Sabía que sería incómodo verlo con otra mujer, pero ni siquiera sé si se le puede considerar así. Ella es joven. Quizás apenas llega a los veintiún años de edad.

—Te dije que habría alguien esperando. —La chica se ríe, y ofrece una sonrisa incómoda y apenada mientras se limpia nada discretamente debajo de la nariz. Su vestido es demasiado corto y apretado, pero es bonita. No de manera natural, más bien como que tiene que esforzarse por serlo. Pero lo logró. Y claramente atrapó la atención de Edward, de otra manera no estaría aquí justo ahora.

—Todo tuyo —me dice ella.

—Gracias —digo, todavía pasmada, pegándome a la pared para que ellos puedan pasar.

Edward no parece amedrentarse con mi presencia. Se queda donde está y me mira. Con ojos vidriosos, oscuros y casi divertidos. Como si no le importara ni un carajo que probablemente los acabo de atrapar inhalando cocaína en el baño de invitados de sus padres.

—Sí —dice también—. Todo tuyo. —Pero se queda parado en la puerta, sin moverse, a pesar de que su cita ya avanzó hasta la mitad del pasillo. Él lleva una camisa de botones blanca y pantalón de vestir azul marino. Parece que estaba intentando verse presentable, pero ya tiene la camisa desfajada y se dobló las mangas hasta los codos, enseñando sus tatuajes. No importa qué lleve puesto. Siempre se verá bien.

Después de un segundo, su cita se da cuenta de que no está con ella y regresa a él, entrelazando sus brazos.

—Vayamos por un trago —se queja—. Y preséntame a tus padres.

—En un minuto —le responde con su mirada todavía en mí.

Ella hace un puchero y le jala el brazo.

—¿Qué está pasando aquí? —se ríe, luego me ve—. ¿Eres alguien que yo debería conocer?

—No —digo en automático.

—Ella es Bella —nos presenta Edward—. Bella, esta es Lauren.

El reconocimiento aparece en el rostro de Lauren.

—¿Bella, Bella? O sea, ¿la chica de la canción?

Edward suelta su brazo del agarre de ella y se soba de forma torpe la nuca.

—¿Qué canción? —pregunto, detesto la forma en que se me calientan las mejillas.

—Lauren, ¿puedes darnos un momento? —pregunta Edward.

—Pero no conozco a nadie allá afuera —dice, pegándose a él.

—Solo un puto minuto —dice Edward con agudeza—. Por favor.

—Maldita sea. —Pone los ojos en blanco, pero igual le da un beso en la mejilla—. Bien, de acuerdo.

Ambos nos quedamos en silencio hasta que se va. Espero a que él diga algo, lo que sea, pero cuando resulta obvio que no será él el primero en decir una jodida palabra, tomo la palabra.

—Es linda —digo—. Elegante.

—No lo hagas.

—También joven. ¿Es una fan? Quiero decir, quién más consumiría cocaína contigo en el baño de tus padres. —Tensa la quijada—. Creí que no tenías a nadie —lo acuso en voz baja, mis ojos no abandonan su cara. Eso fue lo que dijo aquella noche en mi baño. Que él no tenía a nadie que lo cuidara después de golpearse la cabeza. Es por eso que lo dejé quedarse.

—No tengo a nadie. Ella no es nadie.

—¿Y lo sabe?

—¿Importa? —replica.

—No —digo cortante—. Lo que hagas con menores de edad no es de mi puta incumbencia.

—Dios, no es menor de edad —responde—. Tiene veintitrés.

—Y tú tienes treinta.

—Y tú… ¿qué? ¿Estás celosa?

Me río.

—Por favor. No estoy celosa. No me importa lo que hagas. Pero sí me importa si hay una canción por ahí sobre mí… —Me quedo callada, incapaz de dejar ir esa mierda. Él es libre de hacer lo que quiera, cuando quiera. Pero tal vez es irrazonable de mi parte creer que todo lo que ha pasado entre nosotros no influiría musicalmente en él de alguna manera.

Suspira.

—Las canciones no mencionan tu nombre.

—¿Las canciones? —cuestiono con incredulidad—. ¿Hay varias canciones sobre mí?

—¿Qué puedo decir? Me inspiras, nena —dice con una mueca burlona.

Se me agita el pecho.

—Eres un jodido patán —digo con furia.

—Mira, ya te lo dije, no haré nada con esas canciones, ¿de acuerdo?

—¿No harás nada aparte de dejar que una supuesta don nadie las escuche?

—Sí, supongo. —Tensa de nuevo la quijada—. ¿Dónde está tu novio?

—No haré esto contigo.

Se acerca, baja la voz.

—¿Sabe que dormimos juntos?

—Eso quisieras —digo con vehemencia.

—Pues sí. —Sonríe, tiene la mirada en mi boca—. ¿Tú no?

—No.

Nos miramos el uno al otro, dejamos que los celos y el enojo sin resolver hiervan entre nosotros, hasta que alguien a quien no conozco se nos acerca en el pasillo y rompe la tensión.

—¿Están haciendo fila para el baño? —pregunta el hombre, sonriendo con amabilidad.

—No. Puedes usarlo —digo, y Edward se hace a un lado para dejarlo entrar. Vuelvo a hablar cuando la puerta se cierra y quedamos a solas de nuevo.

—Mira, no me importa lo que hagas. Personal o profesionalmente. En serio que no. Solo… mantén mi nombre fuera de esto. ¿De acuerdo?

—O sea, te importo aunque sea un poco, ¿cierto? —dice con desdén, reclamándome—. De lo contrario no me habrías permitido quedarme en tu casa.

—No te permití… —empiezo a decir, pero me detengo de golpe. Por supuesto que tiene razón y lo odio por eso. Lo miro, un dolor lamentable tira de mi corazón. Viejos sentimientos salen a la superficie, pero me los trago. Ya no está el hombre suave y vulnerable que estuvo en mi sofá hace dos semanas. El que le quitó peso a su popularidad e hizo que me resultara fácil preocuparme por él. El que está parado ante mí ahora es egoísta y engreído. Es la clase de hombre que consume cocaína en la fiesta de compromiso de su hermano y se folla a mujeres que no le importan.

—Jódete, Edward. —No hay fuego tras mis palabras. Nada con que quemarlo. Me doy la vuelta para irme, pero me agarra del brazo para detenerme, se ríe.

—Bella, espera. Estoy jugando. Créeme, sé que no te importo para nada.

Una vez más intento soltarme, pero me agarra con más fuerza, obligándome a verlo. Con esta cercanía, noto los círculos oscuros y vacíos que encierran sus ojos. Su mandíbula sin rasurar. Sus mejillas hundidas. El deseo repentino de juntar mi cuerpo al suyo y abrazarlo está ahí, pero no cedo. También se encuentra ahí otro anhelo. El de golpearlo. Gritarle en la cara. Rogarle que arregle sus mierdas. Me inclino hacia esa urgencia.

—Dijiste que nunca te pedí que dejaras de consumir —digo, mi voz apenas es capaz de pronunciar las palabras—, pero ¿habría hecho alguna diferencia si te lo hubiera pedido? —Siento que mi cuerpo está vibrando—. ¿Lo habrías dejado de verdad?

Deja caer su mano de mi brazo.

—No es tan simple.

—Nunca dije que lo fuera —respondo con nerviosismo—. Solo quiero saber.

—¿Por qué carajos importa ahora? —pregunta, irritado.

—Solo respóndeme —suplico—. ¿Lo habrías dejado?

Exhala casi con enojo, claramente está agitado por mi insistencia.

—Probablemente no —dice al fin.

—Bien. —No sé a dónde quería llegar con esto, pero pregunto—: ¿Y si te lo pidiera ahora?

Entrecierra ligeramente los ojos.

—¿Por qué lo harías?

—Porque a pesar de lo cabrón que te estás portando, estoy preocupada por ti. —Bufa, así que lo intento por otro lado—. Porque no quiero que les arruines esto a Em y Rose. No se lo merecen. Em se merece tener a su hermano a su lado el día de su boda. Así que necesitas arreglar tus mierdas.

Se ríe sin humor.

—Mis mierdas están bien.

—Tus mierdas están hechas un desastre, Edward. Puedes ponerte una coraza y portarte como un cabrón engreído y mentiroso. Como sea. Si eso es lo que quieres hacer, está… bien. Pero no te portes así conmigo. ¿De acuerdo? Después de todo, creo que me merezco algo mejor que eso. Sabes que así es, carajo.

El hombre que estaba en el baño sale y nos quedamos en silencio. Nos mira de manera poco discreta y me pregunto qué tanto escuchó.

—No les arruinaré esto a Em y Rose, ¿de acuerdo? —dice Edward de forma sombría cuando nos volvemos a quedar solos—. Y en cuanto a mí… estoy bien. En serio.

No le creo. No mientras siga drogándose y actuando de forma tan imprudente al respecto. Su falta de autopreservación resulta evidente.

—Deja de consumir cocaína, Edward. —No se lo pido, se lo ordeno. Lo digo con firmeza. Lo digo como es para no dejar espacio a la malinterpretación. A pesar de que mi exterior es fuerte, hay una desesperación subyacente en mi voz. Sé que me desmoronaré en el momento en que me quede sola.

La cara de Edward se descompone, deja caer momentáneamente su fachada. Abre y cierra la boca, como si estuviera demasiado pasmado y no supiera qué decir. Como si le sorprendiera que lo hubiera enfrentado y le pidiera algo. Como si le asombrara que esté intentando responsabilizarlo de algo. De lo que sea.

Cuando sus ojos se tornan tiernos, mi estómago se retuerce con anticipación porque, durante un segundo, tengo la esperanza de que vaya a aceptar mi solicitud. Pero como siempre lo hace, me demuestra que estoy mal al no decir nada y simplemente irse.