La biblioteca publica de Sidewinder era un pequeño edificio recoleto, a una manzana de la zona comercial de la ciudad, sencillo y cubierto de enredaderas. Bobby se encontraba allí en la planta baja en los archivos periódicos que incluían "La Gazzete" de Siderwinder, que había dejado de salir en 1963, el diario de Estés Park y el Camera. De Denver no había ningún periódico. Con un suspiro, Bobby se conformo con el Camera. A partir de 1965, los periódicos eran remplazados por carretes de microfilme.

-Por una subvención federal. –Explico alegremente la bibliotecaria. –Cuando nos llegue el próximo cheque, esperamos hacer lo mismo con los de 1958 a 1964, pero son tan lentos… Tendrá cuidado, ¿verdad? Llámame si necesita.

El único aparato de lectura tenía una lente, que de alguna manera se había deformado, y para cuando llego Lori le apoyó la mano en el hombro, unos cuarenta y cinco minutos después de haber empezado con los microfilmes, Bobby tenia un agobiante dolor de cabeza.

-Lincoln esta en el parque. –Le dijo Lori. –Pero ni quiero que este demasiado afuera, en especial como se anda comportando. ¿Cuánto vas a tardar?

-Solo como unos 10 minutos más. –Respondió Bobby a lo que seguía investigando.

- ¿En qué te has metido? –Pregunta mientras le toca el pelo de su esposo, pero su voz sonaba preocupada.

-Estoy estudiando algo de la historia del hotel Overlook.

- ¿Por algún motivo especial?

-No, solo por curiosidad –Repuso y luego pensó. –"¿Y por qué demonios te interesa?".

- ¿Y encontraste algo interesante?

-No mucho la verdad. –Contestado manteniendo la calma.

El aparato de lectura… pensó que el maldito aparato con las líneas distorsionadas le provocaba el dolor de cabeza.

-Bobby, ¿te sientes bien? Pareces pálido…

Con un gesto brusco Bobby, aparto la cabeza de la mano de ella y exclamo:

- ¡Estoy perfectamente bien!

Lori retrocedió ante su mirada violenta e intento sonreír.

-Bueno… si lo estas… En fin, te esperare en el parque con Lincoln. –Empezó a apartarse, mientras la sonrisa se le diluía en una expresión de dolida perplejidad.

-Lori… –La llamo él.

- ¿Qué, Bobby? –Desde el pie de la escalera, ella se volvió. Bobby se levanto y se le acerco.

-Lo siento, bebe. Realmente no me siento bien. Ese estúpido aparato de mierda… tiene la lente deformada. Me duele mucho la cabeza. ¿Tienes una aspirina?

-Por su puesto. –Busco en el bolso y saco un envase de Anacin. –Quédatelas.

Bobby recogió la caja.

- ¿No tienes Excedrina? –Cuando vio la expresión de Lori, lo comprendió. Al principio había sido una especie de amarga broma entre ellos, antes de que la bebida fuera demasiado grave para bromear.

-Lo siento, pero no tengo Excedrina. –Repuso Lori.

-No importa, me los voy arreglar con estas.

- ¿Quieres que te traiga agua?

"¡No, lo único que quiero es que te largas ya de una vez, carajo!" –Pensó Bobby, para después decir de forma normal. –Cuando me levante, me serviré agua de la fuente. Muchas gracias.

-De acuerdo. –Lori empezó a subir por la escalera. –Estaremos en el parque.

-Bien. –Con aire ausente, Bobby se metió las aspirinas en el bolsillo, volvió al aparato de lectura y lo apago.

Cuando estuvo seguro de que Lori se había marchado, se dirigió hacia la escalera. No podía liberarse de la terrible jaqueca. Si uno tenia de aguantar semejante dolor, por lo menos debería darse el placer de tomar unas copas de compensación. Contrariado, trato de apartar la idea. Cuando se acerco a la mesa principal, iba jugueteando con una caja de fósforos sobre la que tenía anotado un número telefónico.

-Señorita, ¿tiene teléfono público de casualidad?

-No, señor, pero si la llamada es local puede usar el mío.

-Lo siento, es a larga distancia que voy hacer.

-En ese caso, creo que lo mejor será que vaya al centro comercial. Allí tienen una cabina telefónica.

-Gracias. –Yéndose a la salida.

-No hay por qué.

Salió de la biblioteca y echo a andar por la acera. Con las manos en los bolsillos, la cabeza latiéndole como una plúmbea campana, se dirigió hacia la zona comercial. El cielo también parecía de plomo. Había habido varias nevadas, pero hasta entonces la nieve no había cuajado. Sin embargo, el suelo estaba cubierto por un manto blanco. Mientras Bobby se dirigía al centro comercial, empezó a nevar levemente otra vez. La cabina telefónica estaba situada detrás del edificio y Bobby recorría un pasillo donde se exhibían específicos, haciendo sonar el cambio de bolsillo, cuando de pronto sus ojos repararon en las cajas blancas impresas en verde, Saco una, se la llevo a la cajera, pago y volvió a la cabina telefónica. Cerro la puerta, dejo sobre el estante la caja de fósforos y el cambio y marco 0.

- ¿A dónde llama, por favor? –Contesto la voz de una mujer.

-A Fort Lauderdale, Florida, telefonista.

Le dio el numero y el numero de la cabina. Cuando la telefonista le dijo que pusiera un dólar noventa por los primeros tres minutos, introdujo en la ranura ocho monedas de veinticinco centavos, haciendo un gesto de fastidio cada vez que el timbre resonaba en el oído. Después, pendiente tan solo de los lejanos tintineos y parloteos de las conexiones, saco la caja el frasco de verde de Excedrina, levanto la tapa y dejo caer al suelo de la cabina el tapón de algodón. Sosteniendo el auricular entre el oído y el hombro, saco tres tabletas blancas y las alineo sobre el estante, junto al cambio que le quedaba. Volvió a tapar el frasco y se lo metió en el bolsillo. En el otro extremo, tras el primer timbrazo, descolgaron el auricular.

-Surf-Sand Resort, ¿en qué podemos servirlo? –Pregunta una alegre voz de mujer.

-Quisiera hablar con el gerente, por favor.

- ¿Se refiere al señor Trent o…?

-Me refiero a ese mapache del señor Rigby Ullman.

-Creo que el señor Ullman esta ocupado, pero si quiere que le…

-Si, por favor. Dígale que llama Bobby Torrance, desde Colorado.

-Un momento, por favor. –Oyo que dejaban el receptor.

A Bobby volvió a inundarlo el disgusto que le provocaba el presuntuoso de Ullman. Tomo del estante una de las tabletas de Excedrina, la miro un momento y después se la puso en la boca y empezó a masticarla lentamente, con placer. El sabor lo invadía como el recuerdo, aumentándole la salivación en una mezcla de placer y desdicha. Un gusto seco y amargo, pero inevitable. Trago, con una mueca.

-Había olvidado que amargo sabia la Excedrina. –Diciéndose a si mismo.

- ¿Torrance? ¿Algún problema?

-Ningún problema. –Respondió Bobby. –La caldera del hotel Overlook esta al pelo y todavía no he asesinado a mi mujer. Eso lo guardo para después de las fiestas, cuando empiece a aburrirme.

-Muy gracioso. ¿Qué quieres? Soy un animal…

-Ocupado, si lo entiendo. Verá, llamo por ciertas cosas que usted señor mapache no me conto al hablar del honorable pasado del hotel Overlook. Primero empezando que el hotel Overlook fue construido sobre un cementerio indio. Como la forma que Derwent lo vendió a un hato de estafadores de las Vegas, que los hicieron pasar por tantos testaferros que al final ni el Servicio de Rentas Interiores sabía a quien le pertenecía en realidad. O como esperaron el momento adecuado para convertirlo en el patio de juegos de los figures de la mafia, y como tuvieron que cerrarlo cuando uno de ellos lo dejaron todo ensangrentado y sin olvidar de sus guardaespaldas que montaban guardia ante la puerta presidencial del hotel Overlook en donde estuvieron Wilson, Harding, Roosevelt, Nixon y Vito el Descuartizador, ¿no es eso?

En el otro extremo de la línea se produjo un grave silencio.

-No veo que tanta importancia tiene todo eso para sum trabajo, señor Torrance. –Señalando Ullman en voz baja. –Si…

-Aunque lo mejor vino después de que tirotearan a Gienelli, ¿no le parece? Otras dos barajaduras rápidas, ahora lo ves, ahora no lo ves, y de pronto el hotel Overlook pasa ser propiedad de una ciudadana, una mujer cuyos apellidos son Hunter Derwent.

-Pasaron los tres minutos. –Anuncio la telefonista. –Avise cuando termine.

-Mi estimado señor Torrance, todo eso es del dominio público… además esa historia es muy antigua como para viejas arrugadas.

-Pues no formaban parte de mis conocimientos. –Dijo Bobby. –Y dudo que mucha gente lo sepa. Se recuerda la muerte de Gienelli, pero no pudo que alguien haya atado los cabos con todos los cambios extraños y maravillosos que ha sufrido el hotel Overlook desde 1945. Y al parecer, el premio gordo siempre se lo lleva Derwent o alguien relacionado con él.

- ¡Torrance! –El grito escandalizado atravesó 3.200 kilómetros de cable sin perder la intensidad.

Bobby sonriente, se metió otra Excedrina en la boca y la mastico despacio.

-Lo vendió después de que un senador bastante conocido muriera allí de un ataque cardiaco. Hubo rumores de que lo habían encontrado desnudo, salvo por un par de medias negras, un portaligas y un par de zapatos de tacones altos, zapatos de charol, en realidad.

- ¡Torrance, lo acabas de decir que es una completa mentira repudiable y malintencionada! –Exclamo Ullman.

- ¿Ah, sí? –Bobby se empezaba a sentir mejor ya que su dolor de cabeza esta remitiendo. Se tomo la tercera Excedrina y la mastico, gozando del sabor amargo y polvoriento de la tableta al deshacerse en su boca.

-Fue un episodio muy desdichado. –Acepto Ullman. –¿Pero a que viene esto, Torrance? Si lo que proyecta es escribir un sucio articulo… se esto es una estúpida idea de chantaje, trasnochada…

-No es nada de eso. –Lo tranquilizo Bobby. –Decidí telefonear porque me pareció que no había jugado limpio conmigo. Y por qué…

- ¿Cómo que no juegue limpio? –Gimió Ullman. –Por Dios, ¿Pero creía que iba a ponerme a lavar ropa mas sucia del hotel Overlook vigilante? Pero en el hombre del cielo, ¿quien cree que es? Y cualquier caso, ¿como pueden afectarlo esas historias? O caso hay un…

-No, no creo que haya fantasmas, pero usted escarbo bastante en mi historia personal antes de darme el trabajo. Me puso en a la tela de juicio, cuestionando mi capacidad para ocuparme de su hotel Overlook, y me trato como se tratará de un niño pequeño a quien maestro riñe por hacerse pipi en el ropero. Me puso en una situación incómoda, ¿sabe?

-Realmente no puede. –Ullman daba la impresión de que estuviera ahogándose. –Me gustaría echarlo, y tal vez lo pueda hacer.

-Creo que Bob Shockley tendría algo que objetar…

-Y yo creo que ha sobreestimado la obligación que siente hacia el señor Shockley, Torrance.

Por un momento, el dolor de cabeza volvió en su más palpitante gloria, y Bobby tuvo que cerrar los ojos. Como si él mismo tuviera lejos, se oyó preguntar.

- ¿Por lo menos me puede decir quien es el propietario del hotel Overlook? ¿Sigue siendo de Derwent Enterprises? ¿O usted es un animal demasiado pequeño para saberlo?

-Creo que ya tengo bastante, señor Torrance. Usted es un empleado del hotel Overlook, lo mismo que unos botones o un ayudante de cocina. Y no tengo intención de…

-Okey, está bien, escribiré a Bob. –Declaro Bobby. –Él lo sabrá después de todo, es el consejo de dirección. Y es posible que le añada una pequeña posdata diciéndole que…

-Derwent no es el propietario.

- ¿Qué? No le entendí bien.

-Dije que Derwent no es el propietario. Los accionistas de la costa Este. Su amigo, el señor Bob Shockley, tiene el mayor paquete de acciones, más del 35%. Usted sabrá mejor que yo si de alguien manera esta vinculado con Derwent.

- ¿Quién más?

-No tengo intención de darle los nombres de los demás accionistas, señor Torrance. Me propongo llamar sobre todo este asunto la atención de…

-Una pregunta más.

-No tengo ninguna obligación con usted.

-La mayor parte de la historia del hotel Overlook, la bien condimentada y la otra, la encontré en un álbum de recortes que estaba en el sótano. Grande, con las tapas de piel verde, atado con unos cordones dorados. ¿Tiene idea de a quién pertenece?

-Ni tengo la más remota idea.

- ¿Es posible que haya pertenecido a Grandy, el vigilante que se suicidio?

-Señor Torrance. –Dijo Ullman con frialdad. –Ni siquiera estoy seguro de que el señor Grandy supiera leer, y mucho menos de que fuera capaz de descubrir las manzanas podridas con que me está usted haciendo perder de mi valioso tiempo.

-Pues vera, estoy pensando en escribir un libro sobre el hotel Overlook y pensé que, si llego a hacerlo, el dueño del álbum de recortes merece un agradecimiento en la página correspondiente.

-Creo que escribir un libro sobre el hotel Overlook seria una necesidad extrema. –Repuso Ullman. –Especialmente un libro escrito desde su… punto de vista.

-Su opinión no me sorprende señor mapache.

Ya no le dolía la cabeza. Se sentía mentalmente aguado y sabia que estaba actuando con una precisión milimétrica. Era la misma sensación que tenia cuando su labor liberal literaria iba bien, o cuando había tomado tres copas. Esa era otra cosa que había olvidado de la Excedrina.

-Lo que a usted le gustaría. –Continuo. –Es una especie de libro guía, que pudiera entregar gratuitamente a los huéspedes a medida que fueran llegado. Algo con un motón de fotografías de las montañas a la puesta del solo y a la salida del sol. Todo acompañado de un texto empalagoso; y también con una parte dedicada a los personajes pintorescos que se han alojado allí, excluyendo a los que realmente son pintorescos, como Gienelli y sus amigos.

-Si supiera que puedo despedirlo y tener la total seguridad de que yo conservo mi trabajo. –Dijo Ullman con todo entrecortado. –Lo despediría ahora mismo, por teléfono. Pero como me queda un requisito de incertidumbre, me pongo a llamar al señor Bob Shockley en el momento que cuelgue, y espero fervientemente que no tarde.

-Pero en el libro no habrá nada que no sea cierto. –Insistió Bobby. –No necesitamos adornos.

-No me interesa si en el capítulo quinto se encuentran las orgias del Papa de Roma con el fantasma de la virgen María. –Le aseguro Ullman, levantando la voz. – ¡Lo quiero es que se vaya de mi hotel!

-Mapache sucio chaparro, ni siquiera el puto hotel Overlook es suyo. –Vocifero Bobby y colgó el auricular.

Después se sentó en el asiento de la cabina, respirando con dificultad, un poco asustado, preguntándose porque, en nombre de Dios, había empezado por telefonear a Ullman.

-Has vuelto a tener un acceso de mal genio, Bobby. –Se dijo así mismo. –Se retorció nerviosamente las manos, desesperanzado – ¡Ah! ¿¡Por qué tuve que telefonear a Ullman? ¿Por qué le conté sobre el álbum de recortes del hotel!? ¡En especial que le conté sobre el libro pero que tremenda estupidez de mi parte y como el hecho que puse en peligro en mi trabajo casi siendo despedido! –Gritando con desesperación hasta golpear con su puño el vidrio de la cabina sin sentir dolor.

El timbre del teléfono le hizo dar un salto. Descolgó rápidamente el auricular, con la ilógica seguridad de que seria Ullman, o Bob Shockley quizás.

- ¡Diga! –Exclamo.

-Su tiempo extra, señor. Son tres dólares con cincuenta.

-Tendré que ir por cambio. Un momento.

Dejo el teléfono por el estante, deposito las ultimas monedas de veinticinco centavos y después se fue a pedir cambio a la cajera. Hizo la transacción mecánica, sus pensamientos giraban en circulo, como una ardilla por el interior de una rueda. Deposito en la ranura el resto de las monedas y colgó el auricular. Realmente era un disparate que podría haber hecho si hubiera estado borracho. Pero estaba sobrio, total y absolutamente.

Mientras salía del centro comercial se metió otra Excedrina en la boca, gozando de una vez más del sabor amargo. En la acera se encontró con Lori y Lincoln.

-Íbamos a buscarte. –Lo saludo ella. –Esta nevando.

Bobby parpadeo, mirando hacia arriba observando como la nieve caía la nieve.

-Pues es verdad.

La nevada era intensa. La calle principal de Sidwinder estaba cubierta de un denso polvo blanco con el centro de la cazada oscurecida. Lincoln miraba al cielo y, con la boca abierta, sacaba la lengua para recibir copos de nieve que iban cayendo blandamente.

- ¿Crees que con esta ya empieza? –Pregunta Lori.

Bobby se encogió en hombros y repuso:

-No lo se. Esperaba que tuviéramos un par de semanas mas de gracia, y tal vez sea así.

- ¿Cómo va el dolor de cabeza? –Inquirió Lori, observándole.

El la rodeo con el brazo y dijo:

-Mejor, vengan los dos, volvamos al hotel Overlook, mientras todavía podamos llegar.

Se dirigieron hacia la camioneta Vanzilla del hotel, que estaba aparcada junto a una curva, Bobby iba medio, con el brazo izquierdo sobre el hombro de los hombros de Lori, y agarrando con la mano derecha a Lincoln. Por primera vez había pensado en que el hotel Overlook era como su casa. Mientras se instalaba tras al volante de la furgoneta se le ocurrió que, por mas que el hotel Overlook lo fascinara, no le gustaba. No estaba seguro de que su familia se encontraba bien allí. Tal vez por eso había llamado a Ullman… para que lo despidieran cuando todavía estaba a tiempo.

Dio marcha atrás y tomo el camino que salía del puente hacia la montaña en camino de regreso al hotel Overlook.


Bueno como pudieron ver, espero que les haya gustado este nuevo capítulo de esta historia de "El Resplandor" ya que la verdad lo sentí como algo corto, bueno no tan corto ya que se que hay capítulos que llegan a solo mas 1000 palabras, y por que como también lo sentí como un capitulo de relleno mientras lo escribía. Sin olvidar que hice todos los cambios posibles para que sea diferente del capitulo original del libro. Pero vaya se nota el cambio que estaba sufriendo Bobby por culpa de haber encontrado el álbum de recortes del hotel y por también por hablar con el señor Rigby Ullman. Les puedo prometer que en los siguientes capítulos las cosas se pondrán buenas.