Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you Meg for giving me the chance to share your story in another language!

Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 31

POV Edward

—Alexa, enciende las luces —dice Bella cuando entramos a la casa. La sala se ilumina significativamente, se encienden varias lámparas.

—Eso es nuevo —musito.

—Se me ocurrió modernizarme. —Se ríe, quitándose el abrigo—. ¿Te ofrezco algo?

—No. —Me quito la chaqueta y me saco el gorro, intentando domar un poco mi cabello mientras me siento en el sofá. Ella se sienta en el sillón frente a mí, doblando las piernas debajo de sí misma en el asiento.

—¿Cómo has estado? —pregunta suavemente y me alegra que no esté esperando que entremos directo a la conversación.

—Bien. Ocupado. Estoy trabajando en la tienda musical en Cap Hill. Voy a mis reuniones. Pronto iniciaré con el trimestre de primavera en U-Dub.

Se ve sorprendida.

—Oh, ¿en serio?

—Supuse que me vendría bien completar la licenciatura en teoría musical que nunca pude terminar…

—Eso es grandioso. —Sonríe con sinceridad.

—Sí. Gracias. Tengo que pasar el trimestre de otoño para completarla, pero sí. —Carraspeo—. También he estado tocando con Em. Y empecé a ejercitarme. —Comprendo que me preguntó cómo estoy, no qué he estado haciendo. Supongo que solo me siento desesperado por que sepa que las cosas están un tanto normales para mí.

—¿Sí? —Sus ojos se mueven instintivamente hacia mis brazos y pecho—. Sí. Te ves bien. Saludable. —Hace una mueca—. Perdón, eso fue raro. Pero ya sabes a qué me refiero.

Habla de comparándome con antes. Cara hundida, probablemente demasiado delgado para mi complexión.

Trago con nerviosismo, siento una presión en el pecho por su cumplido.

—Gracias. Tú también te ves bien. Tu cabello es diferente. Me gusta.

Resopla por la nariz y se acomoda un mechón de cabello ondulado detrás de la oreja.

—Gracias.

Me trueno los nudillos.

—Espero que tú también hayas estado bien.

—He estado bien, sí, en su mayor parte. Solo me dedico a trabajar. Leah y yo iremos a Nueva York durante las vacaciones de primavera, será divertido.

No sé de quién está hablando.

—¿Leah?

—Oh. Claro. —Sacude la cabeza—. Una de las maestras nuevas de primer año. Congeniamos muy bien. —Bella hace una pausa, luego añade—: A Jared, su novio, le gusta tu banda.

—¿Shiver? —pregunto y asiente—. Desafortunadamente ya no pertenezco a ella, así que…

—Lamento escuchar eso.

—Yo también.

El silencio entre nosotros se extiende.

—Emmett dijo que estabas fuera de la ciudad —explico, recordando ese momento en la tienda y su sorpresa cuando señalé que estaba de regreso—. Por eso lo sabía.

—Supuse que había sido algo así —responde con tono ligero.

—¿Dónde estabas?

—De visita con mi mamá. No la vi en las vacaciones porque se fue a México con su novio.

—¿Cómo está Renée? —pregunto a pesar de que en realidad no la conozco.

—Está loca —se ríe Bella—, pero bien.

—Qué bueno. —Otro momento de silencio—. Entonces…

—Entonces.

Me inclino un poco hacia enfrente, apoyando los antebrazos en mis rodillas.

—Estoy jodidamente nervioso. Perdón.

—Está bien —dice con gentileza—. No tenemos que hacerlo justo ahora.

—Quiero hacerlo. —Trago con pesadez—. Quería hacer esto antes, es que… tengo tantas cosas por decir, y me preocupa que vayas a odiarme. Que me lo merezco. Por completo. Pero eso no cambia nada.

—Edward…

Me aclaro la garganta y encuentro su mirada.

—Lo siento un putero. Lamento muchísimo cómo terminó todo entre nosotros. Nunca quise que nada de eso pasara. Espero que lo sepas.

—Lo sé. —Se mira las manos—. O… ¿gracias? No sé qué se supone que debo decir.

—No se supone que debas decir algo en particular —le aseguro—. O sea, puedes decir lo que quieras. Lo que sientas o…

—Bien.

Me rebotan las rodillas. Me pregunto brevemente si ella me dejaría fumar aquí, luego aparto la urgencia.

Después de vacilar un momento, de alguna forma encuentro el valor para comenzar con esta conversación y empezar con la ocasión más reciente en que la lastimé sin que ella lo supiera.

—¿Recuerdas la noche que llegué aquí y nos quedamos en tu sofá? —pregunto, ya me estoy angustiando al imaginar su reacción.

Su voz suena cautelosa.

—Sí…

—Me pediste que no consumiera cocaína, pero lo hice —suelto, arrancando la bandita de golpe—. Me desperté y vi un mensaje en tu teléfono de Ben, y yo solo… lo hice para lastimarte. Seguías durmiendo, así que fui al baño y lo hice.

—Oh. —Su mirada se torna distante, abre un poco la boca—. Vaya. —Lo dice inexpresivamente, vacía de emociones.

—Fue algo muy cagado y rencoroso de mi parte, y lo lamento. —El arrepentimiento se alza en mi garganta, y bajo la voz—. Lo lamento más de lo que alguna vez podrás saberlo, Bella.

—Sí. —Se limpia las lágrimas que comenzaron a caer—. ¿Cómo funciona esto? ¿Se supone que no debo enojarme contigo por todas las cosas que me digas? ¿Ya que todo quedó en el pasado o…?

—No.

—Bien. Porque estoy enojada contigo —dice con honestidad, con voz temblorosa—. Muy enojada. Sabía que estabas borracho y drogado, pero fue… una buena noche para mí, supongo. Rara, pero buena. Te extrañaba muchísimo, y al fin pudimos hablar, y tenerte aquí fue como en los viejos tiempos. —Ahora se limpia las mejillas con furia—. Incluso me desperté a mitad de la noche, noté que ambos nos habíamos quedado dormidos y aun así… no dije nada. No me moví. Más bien me recosté más cerca de ti. Pensar en eso ahora me hace sentir tan… jodidamente estúpida, pero… sí. —Solloza—. Eso dolió.

—Es lo justo —digo, frotándome la parte trasera del cuello—. Más que justo. —Solloza otra vez, y por mucho que quiera apartar la vista de ella, no lo hago. Me sumerjo en el dolor que le he causado para que me sirva como recordatorio a futuro de nunca, jamás volver a lastimarla—. ¿Debería parar? —pregunto, siento la garganta cerrada por estar tan vulnerable.

Niega con la cabeza.

—No a menos de que quieras parar.

—¿Estás segura?

Asiente.

Empiezo con las cosas más sencillas que puedo recordar.

»A veces solía venir a casa tarde y te decía que los ensayos o una presentación se había alargado más de lo esperado. Pero era porque me estaba drogando. —Miro su rostro—. O si consumía en el trabajo después de terminar mi turno, esperaba hasta que sabía que ya te habías dormido para volver a casa. Para que no notaras mis ojos dilatados ni lo exaltado que estaba.

—Así que yo estaba en cama, extrañándote, ¿y tú evitabas a propósito volver a casa conmigo?

—No era porque no quisiera estar contigo.

—Sí, no, lo entiendo. —Su carcajada suena amarga—. Pero, o sea, básicamente era eso, ¿cierto? ¿No querías estar conmigo? Elegías la cocaína antes que a mí en cada ocasión.

Tiene razón.

Asiento lentamente.

—Sí. Bien. Puedo entenderlo. —Me arden los ojos a causa de las lágrimas y parpadeo para alejarlas—. Te merecías algo mejor de lo que yo te di, Bella. Algo jodidamente mejor.

No responde nada a eso, pero aparta su mirada de la mía, como si no quisiera verme.

Sin embargo, sigo hablando. A pesar de lo mucho que se me llena el pecho con vergüenza. Admito mis errores y confieso todas las mentiras y la manipulación que la hice vivir.

Empiezo a hablar sobre esa Navidad cuando no pude comprarle un regalo porque me había gastado todo mi dinero en cocaína. Lo volvimos todo un evento, un festejo sencillo, ambos acordamos no gastar más de veinte dólares en el regalo del otro. En su momento ella creyó que era divertido. Algo diferente. Pero ahora que conoce la verdad tras mi idea, llora todavía más.

He corrompido ese recuerdo para ella.

Nos he corrompido a nosotros.

He arruinado tantas cosas.

Se para del sillón y sale de la sala. Se va por tanto tiempo que empiezo a preguntarme si debería irme. Cuando regresa, ya se limpió el maquillaje de la cara, tiene la nariz roja y los ojos cansados.

—Perdón —murmura, sentándose otra vez en el sillón.

—No te disculpes, por favor. —Tengo la garganta seca—. ¿Estás bien?

—No.

Me siento tan jodidamente patán y más alejado de ella de lo que he estado antes.

—Puedo irme. Si quieres que me vaya, lo haré. No tenemos que…

—¿Crees que la cocaína tuvo que ver con que engañaras a Tanya conmigo? —pregunta de repente.

Pienso en Tanya ahora. Sigue en mi lista de personas con las que debo disculparme. Ella también merecía algo mejor que yo y mejor que la forma en que la traté.

—No sé si la hubiera engañado —digo con honestidad—. Me gustaría pensar que las habría respetado a las dos y habría terminado con ella primero. Pero la verdad no lo sé.

Mi mente vaga de regreso a esos días. Era un bastardo jodidamente egoísta. Solo pensaba en mí. Pensaba en la amiga de Rose que a veces venía a nuestras presentaciones. La amiga de Rose con las piernas largas, los grandes ojos cafés y la sonrisa bonita. Y luego una noche me acerqué a ella. Me aprendí su nombre, qué cerveza le gustaba y que era maestra. Bella y yo teníamos charlas y chistes privados que eran inapropiados para un hombre con novia. De repente eran sus ojos los que buscaba cuando estaba en el escenario. No podía sacármela de la puta cabeza. Así que fui tras ella. Sin pensar en Tanya. Sin pensar en cómo esto afectaría mi relación con Bella a la larga.

»Antes de eso nunca había engañado a nadie —añado como si eso pudiera salvar mi reputación de alguna manera.

Bella asiente con la mirada distante, como si tal vez ella también estuviera pensando en esa época.

—Entonces, ¿nunca me engañaste?

—No —digo con toda la honestidad—. Nunca.

Se ve visiblemente aliviada.

—Bien.

—Pero lamento haberte convertido en la otra —digo con un arrepentimiento genuino en mi voz.

—Edward. —Niega con la cabeza—. Gracias, pero no puedo permitir que cargues con toda la culpa de eso. Yo también sabía lo que estaba haciendo. Te deseaba con todas mis fuerzas. No me importó que le pertenecieras a alguien más.

—Sí, pero… yo no debí dejarnos hacer eso. —Me trago los recuerdos y permito que aparezcan recuerdos más recientes de traición—. Lamento muchísimo lo de Austin. Por no decirte que me acosté con alguien más antes de suplicarte que me visitaras. Fue un golpe bajo y muy cobarde, y me odié muchísimo por haberte hecho eso.

—Bien. —Su voz suena muy baja—. Es solo que no entendía. Tal vez si hubieras sido honesto, yo lo habría aceptado. —Hace una pausa, luego dice—: De acuerdo, eso es una mentira. De todas maneras, me habría sentido dolida y enojada. Es que imaginarte estando con alguien más… —Suspira, sacudiendo la cabeza—. Lo que más me duele es que te envié un email y me ignoraste completamente.

Todavía tengo en borradores el email que nunca le envié.

—Te merecías una respuesta porque sí quería arreglar mis problemas contigo. Te prometo que sí —reitero, pero su expresión permanece distante, y puedo notar que no me cree—. Fui un cabrón rencoroso. Estaba demasiado perdido, y no podía quitarme el enojo que sentí al saber que habías pasado tiempo con Ben. Caí en una espiral. Estaba fuera de control y me excedí. No es una excusa, te lo prometo. Solo intento explicarte mi mentalidad en ese momento.

—Sí —dice en voz baja—. Ya que estamos en el tema de Ben, sé que no ayudó el que regresara con él —admite, se ve casi avergonzada—. No salí con él para lastimarte. Al menos, no intencionalmente. Te lo prometo.

—Lo sé.

Todavía tengo que ponerme en contacto con él. No se merecía mi enojo la noche en que toqué fondo. Yo no me merecía haberme zafado con facilidad y que él no pusiera cargos.

Nos quedamos en silencio, como si ninguno supiera a dónde llevar esta conversación ahora.

—No esperaba que esto fuera tan difícil —confiesa, frotándose los ojos con los pulgares—. Es una estupidez, ¿cierto?

No aparto la vista de ella.

—Para nada.

—Te amaba tanto, Edward —susurra, y no me pasa desapercibido que está hablando en tiempo pasado—. Tantísimo. Ahora, después de escuchar algunas de estas cosas, siento que nunca me amaste. Y duele. —Está llorando otra vez con la cara enterrada en sus manos.

—Bella… —Me levanto del sofá y me dejo caer de rodillas frente a ella. Me siento desesperado por arreglar esto, por consolarla—. Bella —repito, mis propios ojos se llenan con unas lágrimas que no merezco derramar—. Sí te amaba. —Todavía la amo, pero sé que no sería justo decirlo en este momento.

—Creí que lo que teníamos era real —llora, alzando la cabeza, tiene la cara arrugada a causa de sus emociones—. Eras el único para mí. Siento que yo fui… nada para ti.

—No —digo con más firmeza, las lágrimas se resbalan silenciosamente por mis mejillas—. No pienses eso, por favor. Lo eras todo.

Le tiembla el mentón.

—No, no lo era.

Tiene razón.

—Quería que lo fueras —susurro, más honesto ahora—. Quería que fueras todo.

Baja la mirada, e inhala temblorosamente.

—Por mucho que me sienta herida ahora, sé que también yo te decepcioné.

Niego con la cabeza.

—Por favor, no digas eso. Por favor.

—Sí fue así. —Me mira, sus ojos están jodidamente tristes—. En Austin, después de descubrir que estabas consumiendo otra vez, no te pedí que lo dejaras porque temía mucho causar problemas. Estaba desesperada por mantenerte conmigo.

—Era un buen mentiroso —digo con rigidez—. No supiste lo fuerte que era mi adicción hasta después de que te lastimé. Tiene sentido que te hayas hartado de mí.

—Pero no debí hacerlo. Debí haber dejado nuestros problemas de lado para intentar ayudarte. Así que lo siento. También merecías más de mí, Edward.

Quiero abrazarla con todas mis fuerzas, pero mantengo mis manos para mí y en vez de eso solo digo:

—Gracias.

—Entiendo que estabas enfermo y siempre lo estarás de cierta manera, ¿supongo? Pero estoy jodidamente orgullosa de ti. Lo estoy. Por pedir ayuda, y por hacer esto; mostrarte vulnerable ante mí. Aprecio haber escuchado todo esto, a pesar de que… —solloza y exhala una pequeña risita—. A pesar de que me siento devastada por todo otra vez.

—Sí. —Me paso una mano por la cara. No sé a dónde va con esto, así que me quedo de rodillas frente a ella y la dejo continuar.

—Y después de todo… todavía te quiero en mi vida —murmura, pero sigue sin mostrarse segura—. Pero no sé si eso es lo mejor. No ahora. No sé si ya estoy lista para tenerte cerca.

El desamor me apuñala dolorosamente el pecho.

—Bien. Lo entiendo. De verdad.

—Bien. —Se muerde la parte interna de la mejilla—. Sí, creo que lo mejor es darnos un poco de espacio.

Me pongo de pie y retrocedo, dándole lo que me está pidiendo.

—Tampoco espero que me perdones —admito, tragándome el nudo de la garganta—. Nunca.

—Es que es mucho que procesar —me dice.

—Lo entiendo. —De verdad que sí. Lo decía en serio cuando dije que no tenía la esperanza de que ella pudiera dejar esto atrás.

Suena mi teléfono. No tengo intención de revisarlo hasta que Bella dice que tal vez es Emmett.

Tiene razón.

Respondo antes de que la llamada se vaya al buzón.

—Oye, ¿dónde estás? —Su tono es ligero, pero puedo notar que está preocupado. La culpa se apodera de mí porque debí haberle dicho que llegaría más tarde de lo esperado.

—Perdón, hombre. Me encontré con Bella en la tienda y estamos hablando en su casa. Llegaré pronto a tu casa.

—Bella está fuera de la ciudad…

Él no me cree. Y lo entiendo. Tendré que hacer esto durante un tiempo, reivindicarme con la gente y ganarme su confianza.

—Regresó hoy —le digo, luego lo pongo en altavoz.

—Hola, Emmett. Feliz cumpleaños —le dice ella.

—¿No vas a venir? —pregunta él, suena aliviado ya que le estaba diciendo la verdad, pero decepcionado porque Bella no se unirá a la fiesta.

—No. —No le da explicaciones—. Perdóname, Em.

—Ah, no pasa nada —le asegura.

Le digo que me iré pronto para allá y con un tono esperanzador él me dice que maneje con cuidado.

—Deberías irte —me dice Bella cuando cuelgo—. O sea, a la fiesta o a donde sea que vayas.

Analizo su rostro, mi mirada se queda ahí.

—No tengo que irme ya.

—No, en serio, está bien. Creo que ya hablé suficiente por hoy —dice con cierta pesadez en su voz—. Quizás tome un baño y me vaya a dormir.

—Bien. —Agarro mi chaqueta, me pongo el gorro. Lo retraso un poco, detesto esta abrupta partida, pero quiero respetar sus deseos.

—¿Puedo decirte algo más? —pregunta, se para del sillón, manteniendo su distancia.

—Por supuesto.

—Sé que yo tampoco fui perfecta, ¿de acuerdo? No te vayas de aquí pensando que yo creo eso, por favor. Teníamos problemas. Hubiéramos tenido esos problemas independientemente de tu adicción. Así que espero que sepas que reconozco eso.

—Bella, por favor. No lo digas.

—En serio —dice suavemente—. Ambos la cagamos con frecuencia.

—Yo la cagué peor.

—Bueno, no es una competencia —dice con ligereza, y no me la merezco, mucho menos esta jodida amabilidad—. Pero también tuvimos buenos momentos, ¿verdad?

Sonrío con tristeza.

—Algunos de los mejores.

—Sí. Algunos de mis recuerdos favoritos son contigo. —Sostiene mi mirada, luego dice—: Entonces… ¿cómo terminamos con esto?

—¿Terminar qué? —pregunto, el pánico se alza en mi pecho.

—Tus disculpas o lo que sea. ¿Hay un saludo secreto o…? —Su sonrisa es agridulce—. ¿O puedo abrazarte? ¿Está bien?

Asiento.

—Sí me gustaría.

Acorta la distancia tentativamente hasta que sus brazos están alrededor de mi cuello y me encuentro agarrándola de la cintura. Nos acomodamos en el abrazo. Nuestras caderas se conectan. Nuestras caras se tocan. El deseo y el anhelo se encienden desde lo más profundo de mí. La abrazo con más fuerza.

—Lo siento —le susurro en el cabello. Sin importar nada, quiero que lo escuche una última vez.

—Yo también. —Aprieta su agarre por un momento antes de apartarse.

Nos despedimos y yo saco de inmediato mis cigarros de camino a mi carro. Le soplo al dispositivo de encendido, luego enciendo el motor y bajo una ventana. Enciendo el cigarro y me quedo ahí sentado un par de minutos, desglosando todo antes de dirigirme a casa de Em.

A pesar de que siento que me quitaron un peso de encima, no diría que necesariamente me siento mejor. Solo me siento diferente. Expuesto y al descubierto. Sigo sintiendo ese dolor en el pecho por haberme mostrado tan vulnerable con ella, pero era necesario. Ella finalmente puede verme por lo que soy y lo que era cuando estábamos juntos.

Ya quedó todo sobre la mesa.

Cuando me acabo el cigarro y se apaga la última luz en casa de Bella, me prometo justo en ese momento que no la volveré a contactar. Le daré espacio y tiempo. Le daré la libertad de contactarme si eso es lo que ella elige.

Me obligo a prometerme que si ella decide que ya no quiere saber nada de mí, tendré que aceptarlo. No porque eso sea lo que quiero, sino porque si es lo que ella necesita, me eliminaré por completo de su vida.

A pesar de lo que Bella cree, sí la amaba. Todavía la amo. Y si la única manera en que puedo demostrarle eso es permitiéndole seguir adelante, entonces eso es lo que voy a hacer.