Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.
Thank you Meg for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.
Capítulo 32
Dos meses después
POV Bella
—Ugh, este vestido me hace parecer embarazada —se queja Rose mientras ve su reflejo en el espejo triple de cuerpo entero.
—Alerta de spoiler: estás embarazada —bromeo.
Rose no lo encuentra gracioso. Está un poco hormonal y malhumorada, pero supongo que yo también lo estaría si pasara la primera parte de mi embarazo vomitando.
Faltando solo un mes para su boda, Rose eligió comprar un vestido del montón de una tienda de vestidos de novia usados. Esta es la tercera vez que venimos y ella sigue odiando todo.
—Nadie se ve bien con un vestido de corte imperial. —Jala la tela, estirándola sobre el bulto de su vientre del segundo trimestre—. Este vestido es horrendo.
Le lanzo una mirada a Bree, la vendedora que nos está ayudando. Mantiene su expresión neutral y profesional. Estoy segura de que está usando todo su autocontrol para no ponernos los ojos en blanco.
—Me gusta —digo con honestidad, acercándome para admirar los detalles de encaje en la clavícula de Rose.
—Mis pechos se ven dementes.
Bufo.
—Se ven increíbles.
—Supongo que no se ven tan mal. —Le hace una mueca al espejo—. Pero mira esta cintura imperial de mal gusto.
—Entonces no elijas este estilo —digo, como si fuera una solución obvia—. Hay muchos otros vestidos, Rose.
—Pero prácticamente tengo que elegir uno con cintura estilo imperial, ¿cierto? Si no lo hago, todos en la boda sabrán que estoy embarazada. —Se aleja del espejo y regresa al cambiador, cerrando la cortina.
—Muchas personas ya saben que estás embarazada. Y estás consciente de que, si no lo saben ya, van a descubrir que estabas embarazada antes de casarte, ¿cierto? —le digo, acercándome a los accesorios para probarme una diadema de cuentas—. Estoy muy segura de que la gente sabe cómo sacar las cuentas.
—Sí, eso está bien. —Gruñe, suena a que está batallando para desvestirse—. Es que no quiero que todos lo sepan en la boda y me juzguen frente a mi cara hinchada de embarazada. Pueden hablar mal de mí a mis espaldas. Eso es perfectamente aceptable.
Le pongo los ojos en blanco a pesar de que no puede verme.
—¿Quién te va a juzgar por embarazarte con el bebé de tu prometido?
—La gente vieja. Los cristianos. No sé.
Me río y regreso la diadema a su sitio.
—No invitaste a ningún cristiano de la tercera edad.
—Entonces, ¿asumo que es un "no" para ese vestido? —pregunta Bree.
Rose abre la cortina, vestida con su propia ropa.
—Es un: con un demonio, no.
—No tenías que ser tan grosera con la vendedora —digo cuando salimos. Está lloviznando y me pongo la capucha de mi gabardina sobre la cabeza. Rose deja que la madre naturaleza la humedezca.
—¡Por favor! Fui inofensiva. Además, ella debería estar acostumbrada a lidiar con novias histéricas. Viene con el trabajo —dice Rose de forma casual—. ¿Podemos ir a comer? Tengo hambre.
—Si ir a comer te pondrá de mejor humor, entonces sí, podemos ir a comer.
Rose sonríe y entrelaza su brazo con el mío.
—Gracias.
Caminamos hacia un restaurante que está cerca de la tienda de novias, uno al que nunca he ido antes, pero que siempre he querido visitar. Nos acomodamos en una mesa y mientras esperamos a que llegue nuestra comida, Rose me mira con seriedad.
—Necesito decirte algo —dice.
—¿Qué? —pregunto, le pongo un popote a mi agua y le doy un sorbo—. ¿El bebé no es de Emmett?
Se ríe.
—¡Cierra la boca! No. Tiene que ver con Edward.
Mi corazón cae en picada.
—¿Tuvo una recaída?
Rose niega con la cabeza.
—No. De hecho, le ha estado yendo muy bien.
El alivio me abruma, y luego otro temor se apodera de mí.
—¿Está saliendo con alguien?
Vuelve a negar.
—No que yo sepa. Creo que se supone que no debe salir con nadie por un tiempo. —Tiene razón. Toda la investigación que he hecho sobre la rehabilitación indica que no es buena idea entablar una relación hasta que lleves al menos un año limpio y sobrio. Dudo que todos sigan esa sugerencia, pero espero que Edward sí lo haga.
Llevo dos meses sin verlo, desde esa noche en mi casa cuando tuvimos la conversación más honesta y devastadora de mi vida. Necesitaba tiempo para procesar todo. He tenido que reconciliar al hombre que pensé que era con el que ahora sé que me mintió y me manipuló durante casi los tres años de nuestra relación.
Aceptar que posiblemente no lo conocía en absoluto ha sido más difícil de lo que pensé.
Escucharlo sincerarse respecto a todo, sin importar lo mucho que pensé que estaba preparada, fue doloroso por decir lo menos. Dijo que me amaba, y aunque en realidad nunca lo dudé mientras estuvimos juntos, es difícil entender algunas de las cosas que él le hizo a la persona que supuestamente amaba.
Entiendo que estaba enfermo. Sé que cada día es una lucha para él, y que está trabajando constantemente en sí mismo para mantenerse limpio. La adicción es una batalla de por vida. Y no mentía cuando le dije que me sentía orgullosa de él.
Pero es que no sé cómo hacerlo encajar en mi vida otra vez.
Cuando recuerdo la naturaleza tóxica de nuestra relación previa, me lleno de ansiedad. Sé que las cosas no serían iguales, pero justo ahora es difícil imaginar algo distinto.
—Sabes que Emmett le pidió que fuera su padrino —dice Rose, mirándome—, ¿verdad?
Hago bolita el envoltorio de mi popote entre mi pulgar y dedo índice.
—Así es.
—Con esto de que solo falta un mes para la boda me parece una tontería hacer que tú o Alice sean la dama de honor. O sea, ambas han ocupado equitativamente ese rol —explica—, pero Em y yo estábamos intentando organizar quién caminará con quién hacia el altar, y quería preguntarte si te parecía bien ir con Edward.
—Oh.
Intento imaginarlo. Ambos arreglados. Mi brazo tomado del suyo. Las miradas de la gente en nosotros, sabiendo que solíamos estar juntos, pero ahora estamos separados. Tener que pararme junto a él y sonreírle a la cámara.
—Si no te parece, está bien. Puedo hacer que Alice sea su acompañante y tú puedes ir con Jasper. No hay problema. Pero si estás de acuerdo…
—No lo sé. —De repente siento raro el estómago. Claro que he estado pensando en los próximos eventos a los cuales Edward y yo tendremos que asistir juntos antes de la boda, pero en realidad no había pensado en la boda en sí y en la logística de ser parte del cortejo—. Yo… no sé —repito, siento una presión en el pecho a causa de la aprensión.
—De acuerdo. Ya que tu respuesta inmediata no fue "sí", te pondré a ti con Jasper.
—¿Estás segura de que no es raro? —Me siento mal—. ¿No debería poder dejar de lado mis sentimientos y permitirte tener la boda que siempre has querido?
Rose resopla.
—Esta no es la boda que siempre quise. Creí que me vería como una novia guapísima con mi vestido blanco y podría emborracharme con champagne. Ninguna de esas cosas sucederá, pero está bien. Supongo que ahora tengo un sueño diferente —dice, encogiéndose de hombros—. De todas formas me voy a casar con el hombre al que amo. Eres mi mejor amiga. No soy una novia tan exigente como para obligarte a caminar hacia el altar con tu ex.
Sonrío con tristeza.
—Gracias. Pero sí eres una novia exigente. —Ambas nos reímos—. Puedo ser acompañante de alguno de los otros padrinos; no tiene que ser Jasper. Estoy segura de que Alice querrá ir con él.
—Ella está de acuerdo. Ya se lo pregunté. Pero definitivamente las quiero a ti y a Alice junto a mí, y Em quiere a Edward y Jasper a su lado. Ustedes cuatro son los más importantes del cortejo, así que tiene sentido acomodarlos a ustedes. —Sonríe—. Problema resuelto.
—¿Estás segura?
—Completamente segura. —Me ofrece una cálida sonrisa, luego mira a su alrededor—. ¿Qué tiene que hacer una novia exigente aquí para que le traigan un poco de comida?
XXX
Llamo a Edward dos semanas después.
Desde mi charla con Rose, y luego de unas cuantas sesiones de terapia, he estado pensando que sería bueno que Edward y yo nos viéramos antes de todas las festividades de la boda. Una parte de mí sabe que caminar hacia el altar con él no debería ser para tanto. Pero la ansiedad que siento al tan solo pensarlo no me sienta bien.
Estoy segura que mucho de ello se debe a que él no está en realidad en mi vida en este momento. Eso es más que nada culpa mía. Es lo que he necesitado. Pero él nunca saldrá de mi vida por completo. Em y Rose son muy importantes para mí, y ahora que están esperando un bebé, evitar a Edward no es una opción. En el fondo de mí no quiero que sea una opción. Quiero poder escuchar su nombre, hablar de él y verlo, y que no me duela el corazón ni se me acelere el pulso.
No me contesta cuando le llamo y me encuentro escuchando la contestadora automática, contemplando si debería dejarle un mensaje incómodo o no, cuando me regresa la llamada.
—Hola —digo, esperando sonar casual.
—Hola. —Su voz suena suave, y me sorprende lo bien que se siente escucharlo.
—Me acabas de salvar de dejar un mensaje de voz superincómodo, así que gracias por eso.
Su risa suena profunda.
—Maldición. Me habría encantado escuchar un mensaje de voz superincómodo de tu parte. —Contengo una sonrisa, y él sigue hablando—. Lamento no haber podido contestar tu primera llamada. Estoy en el trabajo y no pude contestar.
—Oh. Podemos hablar después…
—Está bien. Me salí, así que tengo un momento.
Carraspeo.
—Bien. Sí. Pues esperaba que pudiéramos vernos pronto, si te parece bien. Solo para que la primera vez que nos veamos de nuevo no sea en el ensayo de la cena. Me gustaría evitar un encuentro incómodo…
—Sí, definitivamente no necesitamos otro de esos —dice con diversión en la voz.
—¿Cuándo tuvimos un encuentro incómodo?
—En la tienda hace un par de meses. Cuando sostenía ese jodido globo.
Me río en voz alta del recuerdo de él parado en la tienda con un globo de cumpleaños para Emmett. No fue incómodo, al menos no para mí. Él sí se veía un poco nervioso cuando me lo topé. Pero tal vez yo habría reaccionado igual si él se me hubiera acercado en vez de haber sido yo la que se acercó.
—El globo fue un gesto dulce —le aseguro.
—Eh.
—Entonces, ¿quieres que nos veamos?
—Claro —acepta—. ¿Cuándo estás libre?
—¿El domingo? —En dos días—. Podríamos ir al brunch o algo así.
—Me parece bien. ¿A las ocho?
—Eso es un desayuno —replico—. Pensaba que mejor a las once.
—Eso es almuerzo —bromea—, pero sí.
—¿Ya eres una persona mañanera o qué?
—Supongo que sí ya que ya no paso mis noches de sábado jodiéndome.
Lo dice de forma muy casual, con un toque de humor, pero no sé. Se siente raro que bromeemos sobre eso. Como que es demasiado pronto.
—Es grandioso escuchar eso, Edward. —Espero no sonar condescendiente. Lo digo de verdad.
—Mierda, perdón. —Exhala—. ¿Puse raro el ambiente al mencionarlo?
—En absoluto. Entonces, ¿te ha estado yendo bien? —pregunto con vacilación.
—Estoy bien. Tengo mis días. —Hace una pausa—. De hecho, llevo doscientos veinticuatro días limpio y sobrio.
—Vaya. —Una bola de orgullo me llena el pecho, e intento no sonar muy sentimental al decir—: En serio. Es maravilloso.
—Gracias —murmura, casi con timidez—. ¿Cómo estás tú?
Estoy a punto de responder cuando escucho a alguien de fondo. Oigo movimiento en la llamada, la voz de Edward murmurando algo en respuesta, y luego regresa conmigo.
»Carajo, perdón. Tengo que colgar. —Hace una pausa, y me pregunto si se siente tan decepcionado como yo—. ¿El domingo a las once? ¿Tal vez en ese restaurante junto a tu casa al que solíamos ir?
—Seguro —digo contenta.
—Me alegra mucho que me hayas llamado —dice después de un momento—. De verdad.
—Sí, yo… —Me veo sorprendida por la suavidad en su voz—. Te veré el domingo.
Se despide y colgamos. Y después me doy cuenta de que la pesadez que había estado presente en mi pecho con tan solo pensar en él ya no se encuentra ahí.
XXX
El domingo llego diez minutos antes al restaurante. Al bajarme de mi carro veo a Edward parado en el estacionamiento a unos metros de distancia, está fumando.
Él todavía no me ve, su concentración está en el teléfono que tiene en la mano mientras exhala el humo hacia el piso. Podría entrar y esperarlo, pero mejor me dirijo a él.
No me nota hasta que estoy parada frente a él. Alza la vista, tiene los ojos escondidos tras unos Ray-Ban, extiende la boca en una sonrisa fácil.
—Hola.
—Hola. —Sonrío, poniéndome los lentes de sol sobre la cabeza.
—Me atrapaste —dice un poco apenado, alza su cigarro y se guarda el celular.
—Oh. ¿Dejaste de fumar?
—No del todo. Solo que constantemente intento no fumar tanto. —Lo pisa con su zapato, ahogando el humo para luego recogerlo—. Me permito fumar uno cuando me siento nervioso.
Mi corazón me traiciona al saltarse un latido.
—¿Estás nervioso?
Abre la boca, suelta una carcajada, y luego se talla la parte trasera del cuello.
—¿Tú no?
—Sí —confieso—. De hecho, llegué aquí hace una hora y he estado dando vueltas en el carro para matar el tiempo.
Parece que escuchar esto lo tranquiliza.
—Te gané por unos quince minutos.
Jadeo juguetonamente.
—No, ¿en serio?
—En serio. Llegué aquí a las nueve cuarenta y cinco.
—Somos unos perdedores. —Me río, sacudiendo la cabeza.
—No. Solo somos… —Se queda callado, sosteniendo mi mirada tras los lentes oscuros—. ¿Quieres entrar?
—Sí.
Me permite guiar el camino y me abre la puerta poder entrar primero. Nos sientan en una cabina a lo largo de la pared, estamos rodeados de otras cabinas que ya están ocupadas. Deja sus llaves, cigarros y lentes sobre la mesa. No entramos de lleno a la conversación porque la mesera se acerca de inmediato y nos reconoce.
Sonríe en grande y amistosamente.
—¡Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que los vi aquí!
Edward y yo nos reímos amablemente y asentimos. Solíamos venir aquí cuando teníamos resaca, comíamos mucha comida grasienta y lo acompañábamos de alcohol.
»¿Qué puedo ofrecerles para iniciar? ¿Lo mismo de siempre? ¿Cerveza para ti y una sangría para la dama? —pregunta alegremente.
—Yo prefiero agua y café. Y estoy lista para pedir la comida —digo, necesito que se vaya ya.
—Puedes pedir la sangría si quieres —me dice Edward.
Niego con la cabeza.
—Así estoy bien.
La mesera no nota la incomodidad, toma nuestra orden y se va. Por suerte, no permitimos que el encuentro nos afecte, y nos quedamos en un cómodo silencio cuando ya estamos solos.
—¿Y cómo estás? —pregunto, dejando abierta la pregunta para que él hable de lo que quiera. Su trabajo, su sobriedad. Lo que sea con lo que llene su tiempo ahora.
—No tan mal. Cansado, pero de buena manera. —Se encoge de hombros—. Me obligo a estar ocupado, así que…
Lo deja así, y presiono un poco.
—¿Con el trabajo o…?
—Sí. Sigo trabajando en la tienda de música a tiempo completo. Voy a la mitad del trimestre de primavera, así que también hago eso a medio tiempo.
La mesera regresa con dos aguas y dos cafés, y agradezco que no intente retomar la conversación.
—¿Cómo te va con eso? —pregunto, soplándole a mi taza.
—¿Con mis clases? —pregunta Edward, dándole un trago al agua—. Es… algo raro. Estar en el campus. Me siento jodidamente viejo. —Baja la mirada al soltar una risa de autodesprecio—. Básicamente me aíslo, y los niños de mis clases probablemente piensan que es extraño, pero no estoy ahí para hacer amigos.
—¿Niños? —me río un poco.
Me mira, casi como si estuviera verificando si me estoy riendo de él.
—Bien podrían serlo.
—No eres viejo.
—Más viejo de lo que era cuando dejé de tomar clases hace diez años.
—Sí, pero… —Siento el impulso de estar a la defensiva por él, pero no sé qué decir, así que lo dejo pasar. En vez de eso, me permito mirarlo atentamente—. Parece que has estado ocupado haciendo ejercicio.
Sus brazos están más grandes, más tonificados que cuando lo vi hace dos meses y medio, y su pecho está un poco más ancho. La mirada cristalina y del verde más brillante de todos. Su rostro se muestra abierto, con expresión suave, y me sorprende lo mucho que lo he extrañado. Lo cual es raro porque no conozco a esta versión de él. No conozco a este Edward suave y sobrio que me mira a los ojos y solo fuma cuando está nervioso y llega vergonzosamente temprano.
—Sí, sigo corriendo y haciendo pesas. Y le pateo el trasero a Emmett tres veces a la semana en boxeo. —Se ríe genuinamente esta vez, y yo sonrío con la misma facilidad—. Aunque de hecho es él quien me patea el trasero. Es bueno para mí.
—Boxeo —musito—. No podría decir que lo he intentado.
Mi mente se va a esa noche, se siente que fue hace tanto tiempo, cuando golpeó a Ben. Aparto el pensamiento. Lejísimos. Ese ya no es él. Ahora usa un escape saludable para su frustración.
—Suficiente de mí. ¿Cómo estás tú? —pregunta, girando su vaso de agua en un charco de condensación que está en la mesa.
—Bien. Solo me queda poco más de un mes hasta las vacaciones de verano. Los niños están muy inquietos, claro. Todos nos sentimos un poco ansiosos.
—Sí. —Asiente—. Te entiendo. Hay algo en esta época del año, ¿verdad? Está en el aire —dice, y me encuentro asintiendo con él.
—Supongo que es anticipación. La emoción de algo nuevo justo a la vuelta de la esquina.
—Sí.
Bajo la mirada.
—Espero que no pienses que…
—¿Qué? —Su voz suena suave, y cuando vuelvo a alzar la mirada, sus ojos se encuentran buscando algo en mi rostro.
—Sé que he estado evitándote desde aquella noche que hablamos. —Él tampoco ha intentado ponerse en contacto, lo cual aprecio de verdad. No sé si hubiera podido mantenerme lejos si él hubiera intentado acercarse otra vez.
—No tienes que darme explicaciones, Bella.
—Lo sé, pero quiero hacerlo.
—Sí, pero ya te dije que no tengo la expectativa de que me vayas a perdonar después de todo. —Mantiene la expresión solemne—. Honestamente me sorprende que me hayas llamado, pero me alegra mucho que lo hicieras.
—A mí también me sorprende haberlo hecho —digo con la misma honestidad—. Escuchar todo esa noche… fue mucho que asimilar. Sigue siéndolo, pero…
Alza las cejas.
—¿Pero?
—No sé. —Estoy dándole largas—. Supongo que fue un poco injusto cuando dije que parecía que nunca me habías amado. Pero fue así como me sentí.
Suspira profundamente.
—Tus sentimientos eran válidos. Siguen siéndolos.
—Sí. —Me asomo por la ventana hacia el estacionamiento—. ¿Quién soy yo para decirte lo que sentías o no sentías? Es que es difícil cuando parece que tus acciones no concuerdan con tus palabras. Pero entiendo que eso era la adicción. No necesariamente el tú de verdad.
Nos quedamos callados, dejamos que las mesas que nos rodean llenen el silencio por nosotros.
»Ni siquiera sé qué estoy intentando decir. —Me río incómodamente y lo miro. Permanece callado, pero me mira con intensidad—. Supongo que… después de un poco de tiempo, espacio y terapia, tengo la esperanza de que no todo lo que compartimos fuera una mentira.
—No lo fue —responde con honestidad.
—Ya no me siento tan enojada contigo. —No me doy cuenta de que voy a decir esto hasta que las palabras salen de mi boca. Una vez que las digo, siento que me han quitado un peso de encima.
—Merezco tu enojo —dice con seriedad. No con autodesprecio ni para hacerme sentir culpable, simplemente con… honestidad.
—¿Sí? —Bajo la vista a mis manos—. No sé. Algunos días sigo triste por todo. Otros días me desanimo al pensar que ya no estamos en la vida del otro. —Sueno a que no sé ni por dónde empezar—. Luego hay ocasiones donde me enojo mucho porque sigues en mi vida de una manera indirecta, sin embargo, siento que yo no tengo derecho a saber nada de ti.
Frunce las cejas.
—¿A qué te refieres?
—O sea, sigues siendo el hermano de Emmett. Yo sigo siendo la mejor amiga de Rose. Tú sigues ahí, pero no estás ahí. —Espero que lo que digo tenga sentido—. Todos se esfuerzan para intentar no mencionarte cerca de mí. Durante un tiempo eso era lo que quería. Eso fue incluso lo que pedí. Ahora… no lo sé. —Suspiro, no estoy del todo segura sobre qué intento decir—. Tal vez deberíamos arreglarlo a puñetazos en el ring de boxeo —bromeo, alzando la comisura de mi boca.
Su risa es abrupta.
—Podría organizarlo.
—No. No querría avergonzarte —me río con ligereza.
—Sí, tienes razón. Tal vez no deberíamos hacerlo. Me patearías el culo, Swan.
—Oh, lo que digas. —Sonrío—. No me refería a que te avergonzaría por ganarte. Lo más atlético que he hecho hoy es no tropezarme.
Sonríe, y esa luz en su mirada que había estado apagada por tanto tiempo está brillando ahora.
—Oye, todos debemos empezar por algún lado.
La facilidad de nuestra charla hace que mi estómago revolotee con esos sentimientos que solía asociar a él. Atracción. Lujuria y anhelo. Sucede de forma rápida, y me enojaría conmigo misma por permitirle estar presentes si no se sintiera tan malditamente bien. Gimo un poco y apoyo los antebrazos en la mesa, dejando caer la cabeza y escondiendo mi rostro de él.
—¿Qué? —pregunta, y al no responderle, sus dedos me rozan el brazo—. Bella, ¿qué pasa?
La última vez que nos vimos todo se sentía raro. Fue incómodo, y la forma en que interactuamos… Era como si hubiéramos olvidado cómo portarnos al estar con el otro. Pero eso tenía sentido. Asumí que hoy sería similar. No esperaba llegar aquí hoy y que la situación se sintiera tan fácil como lo está siendo.
Alzo la cabeza.
—Estás diferente.
Traga, todo toque de humor se esfuma.
—¿Diferente mal?
—No. —Niego con la cabeza—. Diferente bien. Como un… diferente del tipo quiero conocerte otra vez. No me esperaba eso.
—Oh. —Casi se ve culpable—. ¿Y eso es malo?
Lo considero, luego me conformo con:
—Es confuso.
—Ya veo.
Me muerdo la parte interna de la mejilla.
—Sí.
—Lo siento —murmura.
—No te disculpes. Es lo que es.
Nos quedamos en silencio, y me agrada que no me presiona para que explique a qué me refería porque en realidad no lo sé.
Llega nuestra comida y comemos, mantenemos la situación ligera y amistosa después de eso. Hablamos sobre la próxima boda y sobre que a mediados de septiembre se convertirá en tío. Está a favor de que el parto de Rose se retrase para que el bebé Cullen llegue en su cumpleaños. Le digo que los doctores no dejan que los bebés se cocinen durante casi un mes después de su fecha de parto, y solo se ríe.
Pronto se llevan nuestros platos y la cuenta se divide a la mitad. Salimos juntos, y nuestra conversación sobre lo sorprendente que fue la última temporada de Ozark llega a su fin cuando llegamos a mi carro.
Nos quedamos parados en silencio junto a la defensa. Él está inquieto, como si quisiera fumar, pero no lo hace.
—Entonces, ¿hoy fue un día exitoso? —pregunta de forma neutral—. ¿No será incómodo cuando me veas en el ensayo de la cena?
—Hoy fue un buen día —digo con sinceridad.
Sonríe.
—Pareces sorprendida.
—Te dije que no estaba segura de qué esperar —digo con honestidad.
—Sí. Te entiendo.
Edward me agarra de repente el codo, acercándome a él. No comprendo por qué hasta que volteo sobre mi hombro y veo que el carro que está parado junto a nosotros va en reversa. Él mira fijamente al conductor, se ve un poco irritado.
—Ese tipo debería voltear antes de salir en reversa —murmura Edward por lo bajo, quitando su mano de mi brazo.
Sonrío suavemente.
—Gracias por fijarte.
—Ni lo digas. Gracias por venir hoy —me dice.
—Gracias a ti.
Seguimos prolongándolo más.
—Podríamos volver a hacerlo —comento—. Tal vez.
Sus ojos brillan.
—¿Sí?
—Podría ser divertido.
—Sí, solo avísame. Te dejaré que tú decidas esto.
—Define esto —pido con tono animado y juguetón.
—Ser amigos —aclara—. Si eso es lo que quieres.
Me gusta que yo tengo la decisión, pero no quiero toda esa presión. Quiero que ambos estemos equitativamente a cargo de esto.
—Tú también puedes decidir —le recuerdo—. Si quieres que seamos amigos.
—Lo sé —murmura y saca sus cigarros. Me pregunto si se siente nervioso ahora—. Quiero eso, más de lo que sabes. Pero deberías saber que ahora soy un tanto aburrido.
—¿Y cómo es eso diferente a lo que era antes? —bromeo, y sus ojos resplandecen con diversión.
—Ouch —dice, pero está sonriendo—. Me refería a que… es necesario, y ha sido bueno para mí, pero estar sobrio es un tanto aburrido.
Estar sobrio lo hace verse un tanto sexi, pero no me atrevo a decirlo.
Mis mejillas ardientes casi me delatan. No es que él sepa exactamente qué estoy pensando, pero no importa. No pregunta, pero definitivamente se da cuenta. Lo atrapo mirándome con mucha atención y un pesado movimiento hace que se mueva su nuez de Adán.
No nos abrazamos para despedirnos, solo lo decimos, y no hacemos planes para salir otra vez. Dejamos todo en el aire.
Al alejarme del restaurante, noto que él sigue fumando junto a su carro y se despide con la mano de forma tentativa. Le sonrío en respuesta, aunque no hay nada tentativo en ello. Y se siente bien.
*Brunch: Se basa en hacer una comida antes de la hora normal del almuerzo o bien un desayuno tardío, preferentemente el domingo. Se realiza entre las 11 de la mañana y las 3 de la tarde.
