Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Robsmyyummy Cabanaboy, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Robsmyyummy Cabanaboy. I'm only translating with her permission.


Capítulo 9

—De acuerdo, ¿cuál es nuestra primera parada? —pregunto, rebotando un poco en mi asiento mientras cierro la puerta detrás de mí. Aún no puedo creer que lo improbable sucedió y estamos pasando tiempo poniéndonos al día.

—Ya lo verás.

Froto mis manos frente a la ventilación después que Edward enciende la calefacción.

—¿No vamos a ser arrestados por violar propiedad privada, cierto?

Su boca se abre.

—Ahora, ¿cuándo me viste siendo alguien que rompe las reglas?

—Nunca —concuerdo mientras nuestra camioneta avanza por la silenciosa calle arbolada—. Pero aún me sorprendías con los años.

En menos de veinte segundos, Edward gira hacia el estacionamiento arenoso de Brooks Field.

—De acuerdo, nombra una vez que te haya sorprendido. —Conduce hacia la entrada del viejo campamento de verano Craft Shop y quita las llaves del arranque mientras yo delibero si debería abrir esta caja de pandora—. Estoy esperando —bromea, sus brazos extendidos.

Resoplo.

—De acuerdo, ¿qué tal perder tu virginidad cuando solo tenías quince años?

—¿QUÉ? ¿Con quién?

Levanto una ceja, un poco demasiado de manera condescendiente, y entonces lo controlo antes que los hombres de blanco salgan de los arbustos y me encierren por estar irracionalmente molesta por algo que sucedió hace catorce años.

—Dorie Chester. —Mitad zorra, mitad mi pesadilla.

—¿Dónde carajo escuchaste esa mierda? —Él baja del coche, y lo sigo hacia la puerta.

—No puedo creer que lo estés negando y, ¿hola? ¡Pensé que dijiste que no violaríamos propiedad privada! —susurro, ahora pegada a su costado y nerviosa de que las sirenas y las luces intermitentes aparezcan, y yo sea la tonta que termine atrapada.

Él señala a la manija.

—No hay candado. Además, solo vamos a echar un vistazo. —Su dedo ahora me señala antes de girarlo en un círculo—. Y vamos a regresar a esta falsa historia de virginidad, por cierto.

—Sí, sí, sí —mascullo, armada y preparada con la prueba de los chupones que vi en los dos con mis propios ojos. Atravesando la húmeda entrada de la cabaña de madera, estoy a milímetros detrás de él y agachada, a pesar que el techo tiene unos buenos seis metros de altura. Estoy convencida de que hay criaturas nocturnas listas para abalanzarse del techo—. ¿Cómo supiste que este lugar estaría abierto y accesible?

Él suelta una risita.

—No lo sabía. Pero estuve aquí ayer ayudando a un amigo, instalando un nuevo refrigerador y congelador para el quiosco. Accidentalmente rompimos el candado oxidado en la puerta cuando nos fuimos. —Su media sonrisa ayuda a calmar mis nervios mientras saca una pequeña linterna de su bolsillo trasero—. Supuse que Kurt no había regresado aquí para sustituir el candado aún. Seamos realistas. Este lugar ha visto mejores días; difícilmente esconde una mina de oro.

Es verdad; el edificio es antiguo y está deteriorado... probablemente necesite ser declarado en ruinas. El Craft Shop en Brooks Fields aún sirve como puesto de comida durante los partidos de sóftbol y fútbol comunitarios en primavera y otoño, pero en su auge, también solía estar lleno de actividades todos los veranos durante el Campamento Diurno de Medford Lakes. Durante ocho años, vinimos aquí para nuestra clase de una hora de manualidades: teñir camisetas, hacer servilleteros de madera, pintar cerámicos... siempre hicimos todo tipo de proyectos decentes, nunca cosas baratas. Y por supuesto, gradualmente pintamos y brillamos en nuestras placas de madera —una sección cada verano— hasta conseguir nuestro escudo de bronce después de pasar nuestro último verano del octavo grado como consejero en formación.

—¿Volviste aquí como consejero? —pregunto, pasando una mano a lo largo del estante que aún tiene las mismas latas de pintura blanca, naranja, amarillo y verde, los cuales cubrían las cuatro esquinas del escudo.

—Fui consejero juvenil por un año, pero entonces comencé a trabajar pintando para mi papá y jamás regresé al campamento. ¿Tú?

—Oh, regresé por un tiempo —digo, asintiendo—. Pasé unos años como consejera juvenil y luego otros cuatro como consejera normal. Era dinero fácil, especialmente cuando estuve a cargo de las chicas más grandes. Ellas simplemente querían sentarse bajo los árboles y hablar de chicos cuando no estábamos en las clases de natación, tenis, o aquí en la tienda —digo con una risita—. Me pagaban para salir y broncearme. Esos veranos fueron divertidos.

—Así parece.

—Por supuesto, se volvió estresante el verano después que nos graduamos, cuando mis chicas me nominaron a Señorita Medford Lakes. Me convencieron que la mitad del pueblo me iba a votar porque era la consejera popular del campamento.

—Oye, recuerdo cuando tu foto estaba en los pósteres alrededor del pueblo. —Suelta una carcajada.

—Por favor, estaba aterrada de ganar. No quería pasar el Carnaval Canoe atascada en una carroza decorada toda la noche, navegando por el lago durante dos horas.

—No puedo recordar si voté o no. Si lo hice, seguramente fue por ti —promete, una mano en su corazón.

—Créeme, estuve muy feliz de perder. Estoy segura que al irme a la universidad al final de ese verano, jamás hubiera sido capaz de cumplir con todos mis importantes deberes como Reina durante el año. —Enumero con mis dedos—. Cortar cintas en nuevas tiendas, encender el árbol de Navidad del pueblo, montar en el asiento trasero del convertible Sebring en los desfiles de Halloween y el Día de los Caídos... —Sacudo la cabeza, cada palabra llena de drama y tontería—. Demasiada presión, hubiera abdicado al trono. —Espero que mencionar la universidad en mi explicación nos ayude a abarcar ese tema, pero él no muerde el anzuelo.

—¿Recuerdas cómo hacíamos filas en el asfalto todas las mañanas para el pase de lista? —Sacude la cabeza, subiéndose a la encimera cerca de la ventana—. Sin mencionar que ya estábamos quemándonos a las 8:30 a.m., y aún así nos hacían sentar en ese caliente pavimento por casi media hora.

Suelto un resoplido.

—Gracias a Dios por las toallas y los termos llenos de agua fría. —Me apoyo contra la mesa para picnic que ha sido manchada mil veces por los campistas. Luce como un proyecto de Jackson Pollock. Un recuerdo vívido me viene a la mente y tengo que sonreír—. Oye, ¿recuerdas cuando uno de tus consejeros hizo que ustedes los chicos marcharan y cantaran mientras caminaban entre actividad y actividad?

Entrecierra los ojos, como si estuviera navegando por su Rolodex mental.

—Oh... Eso creo. Éramos muy jóvenes. Puedo verlo, como caminar desde el campo hacia la playa para las lecciones de natación o algo.

—Tuve mi versión de embeleso de niña en ese entonces, al verlos. Allí estaban, caminando y cantando...

Doo wah diddy, diddy dum, diddy doo. —Edward estalla en carcajadas después de cantar el estribillo—. Santo cielo. Ahora eso está en lo profundo de la bóveda. Debe haber sido en los primeros veranos, quizás después del primer o segundo grado. El consejero cantaba el verso y nosotros teníamos que repetírselo. —Se ríe—. Demasiado gracioso.

No puedo evitar sonreír. Es demasiado fácil hablar con él de nuevo. A pesar de los cambios que vi en él a través de los años, e incluso cuando nos distanciamos al crecer, creía que él seguía siendo fundamentalmente mi mejor amigo para siempre—mi Edward. Es difícil ignorar los sentimientos de entusiasmo que intentan surgir.

—El campamento fue genial. —Asiento, echando un vistazo alrededor de nuevo—. Aprendí muchas cosas aquí.

Él arquea una ceja.

—¿Te molesta compartir?

—Eh... —Intento encontrar un recuerdo decente—. ¡Oh! Sí, aprendí a afeitarme las piernas.

—¡Ja! —Se baja de la encimera y levanta el mentón a un lado. Supongo que vamos a nuestra siguiente parada—. ¿Qué, traían sus maquinitas de afeitar o algo?

—No. Prácticamente varias de las chicas malas amenazaban a las que no se habían rasurado aún. Llegué a casa esa noche y tomé la rasuradora rosa de mi mamá y me afeité una zona lisa en el centro de mi espinilla. —Él estampa una palma contra su frente, escuchando y riéndose, como si mi tonta historia realmente le importara—. Estaba tan aterrada de que mis padres se enfadaran. Me aseguré de usar medias hasta la rodilla en todo momento hasta que el vello volvió a crecer, y entonces le pregunté a mi mamá si podía comenzar a usar crema depilatoria la semana siguiente.

—Ustedes las chicas lo tenían difícil —dice desde el otro extremo de su F-150 negra—. Los chicos no teníamos que atravesar nada de eso. Mientras que sobrevivamos al cambio de voz con tanta dignidad como era posible y no tuviéramos una erección cerca de las chicas lindas, era bastante fácil.

Suelto unas risitas.

—Entonces, no me dejes con la duda... ¿tuviste una erección en momentos inoportunos?

Él me envía su sonrisa asesina.

—Llamo a la quinta enmienda.

—Gallina —digo con otra risita, colocándome el cinturón de seguridad—. Y bien, ¿qué sigue?

—Demos unas vueltas por un momento y veamos qué podemos hacer. ¿Qué dices?

No he sabido nada de Tyler. Estoy segura que está ebrio, lleno de fichas de póker y mujeres semidesnudas, pero confío en él. Y Emmett jamás le permitiría hacer algo estúpido. No tengo nada de qué preocuparme. Además, estoy divirtiéndome con Edward como para dar por terminada la noche.

—Eres el conductor —Levanto mi palma—. Adelante.

~FAF~

Pasamos los siguientes cuarenta minutos riendo y recordando tontas historias sobre viejos amigos. Conducimos por cada punto de referencia y edificio que alguna vez fue importante para nosotros de niños, en un pueblo que tiene veintidós lagos entre infinitos árboles en sus cuatro kilómetros cuadrados. Realmente vivíamos en el bosque. Siempre fue una comunidad unida, un lugar increíble para formar una familia. Nada alguna vez se filtraba en nuestra burbuja perfecta.

—Eh, tengo una idea para nuestro siguiente destino, pero necesitamos hacer una parada primero, y no, no incluye violar propiedad privada —asegura, guiñando un ojo.

—Y estaba acostumbrándome a la vida criminal.

Él resopla, sacudiendo la cabeza.

—Me había olvidado lo jodidamente graciosa que eres. Vida criminal.

~FAF~

—Gracias a Dios por las ventanillas de auto-servicio de veinticuatro horas. —Levanto mi taza y la choco contra la suya—. Qué buena elección en los batidos de menta.

Edward asiente, sus mejillas completamente hundidas mientras succiona del espeso batido a través de la pajilla.

Telodije.

—¿Papa frita?

—Gracias. —Toma varias y las lleva a su boca antes de regresar a la oscuridad del Mohawk Trail, una de las arterias que se extienden desde un extremo del pueblo al otro—. No puedo sumergir aún. Eso tendrá que esperar a nuestra siguiente parada.

—Los amigos no dejan que los amigos sumerjan y conduzcan —prometo—. Es mi trabajo mantenerte a salvo.

Ambos nos reímos mientras él da el último giro, y me doy cuenta de dónde estamos yendo.

—¿Parque Nokomis?

—¡Por supuesto! ¿Cuántas veces tú, yo, Jazz, y Embry vinimos aquí a jugar después de terminar nuestra tarea? —señala después de estacionar—. ¿Y deslizarnos por esa colina? Este lugar era lo mejor.

Caminamos a través del bosque, sumergiendo nuestras papas fritas en los batidos de menta y abriéndonos camino hacia el mismo terreno donde él me eligió antes que a las otras chicas que reclamaban su atención tantos años atrás. La nostalgia es una flecha en mi corazón. No lo suficiente para romperlo, pero suficiente para hacerme consciente que ese dolor existe.

Tengo que preguntarme si ese pinchazo siempre estará allí cuando se trata de Edward y de mí.

Asumiendo que él no siente ninguna de esas emociones de niña, intento salir de mi momento de tristeza.

—Diría, carrera hacia el columpio de llanta si no tuviera puesto tacones de ocho centímetros.

—Y si te quitas los zapatos sería el peor error porque los cadillos están creciendo con locura ya que hemos tenido mucha lluvia.

Lo miro, sorprendida.

—¿Así es cómo se llaman? —tarareo—. Recuerdo que siempre los llamé...

—¿Pinchones? Sí, yo también. Pero conoces a mi papá, siempre el profesor de ciencias y siempre listo para una lección sobre el medio ambiente en su bolsillo.

Nos dirigimos hacia el final del terreno, donde el columpio sigue colgado en el viejo árbol de roble en el parque.

—¿Puedo? —pregunto, dando un paso hacia adelante.

Él levanta su palma y gira para trepar el pasamanos, sentándose en la cima, aún disfrutando de su bebida.

—¿Alguna vez pensaste que apestó cuando nuestra escuela tuvo que fusionarse con Neeta al otro extremo del pueblo?

Me río de su pensamiento aleatorio.

—Bueno, ciertamente no podía albergar a los treinta de nosotros en este pequeño espacio durante el octavo grado, pero sí, entiendo lo que dices.

—Teníamos este pequeño grupo genial —dice, encogiéndose de hombros—. Funcionaba para mí. —Nuestras cabezas giran en dirección a un coche que pasa en la noche, sus faros nos iluminan por un instante de segundo.

—Sí, una vez que nos fusionamos con los otros treinta chicos, conseguí un par de amigos más pero...

—Alejó a los que ya teníamos. —Edward fija su mirada en la mía, sus palabras llenando el vacío que sentía que eran demasiado tonto para usar yo misma. La sonrisa pensativa que ofrece es como un espejo hacia su siempre cariñoso corazón. ¿Quizás él sí me extrañó después que nuestra amistad comenzó a menguar? Las posibilidades me dejan extasiada y completamente miserable al mismo tiempo.

Intento cambiar de dirección mientras me reclino para ganar impulso en mi columpio.

—Pero aún así creamos algunos recuerdos en la secundaria. —Gruño—. ¿Recuerdas cuando me quebré el brazo en octavo grado?

Él sacude la cabeza.

—Siempre estabas cayéndote.

—¡Oye! —protesto—. Nuestras bicicletas estaban encimadas en el camino. No es como si estratégicamente enlacé mi manubrio alrededor de las tiras de la mochila de Amy Corson. Una vez que alcanzamos la calle, ella giró a un lado, y yo intenté girar hacia el otro.

—Y aterrizaste sobre tu muñeca. —Se estremece—. Jamás me he roto un hueso.

—Fue prácticamente lo más doloroso que he sentido. Tuve que usar ese ridículo yeso por el resto del año escolar. —Hago una cara—. Pero al menos mamá cosió ese guante de satén y encaje para mí para cubrirlo en el baile de graduación.

Edward se ríe y salta de las barras.

—Creo que aún tengo el vídeo profesional de ese baile en alguna parte.

—Y así comenzó nuestra carrera secundaria.

—Sí, hablando de la secundaria —comenta—. ¿Quién te dijo que me acosté con Dorie? ¿Y a los quince?

Suspiro, sintiendo mis mejillas calentarse con vergüenza.

—Oh, solo olvida que lo mencioné; fue tonto.

—No, en serio. Quiero decir, no es como si pudiera cambiar el pasado, pero ¿qué te dio la impresión que hice eso?

Me encojo de hombros, tratando de no marearme mientras el columpio se desenrosca.

—Fue un lunes por la mañana, y escuché a varias de las chicas hablando al respecto en el coro. Dijeron que Dorie lo confirmó durante la hora de estudio.

Él resopla, su pulgar y dedo índice frotando las esquinas de sus ojos.

—No tuvimos sexo.

—Vi el chupón en ella...

—Apenas nos besamos —interrumpe.

—...y en ti. —Alzo mis cejas, bajándome del columpio—. Y el tuyo era grande también... parecía que ella hubiera pasado una aspiradora en tu cuello. —Mi sarcasmo toma el mando, pero es demasiado tarde para contenerlo.

Él se ríe.

—Bueno, puedo asegurarte que no perdí mi virginidad ese fin de semana. —Resopla, tomando el columpio para detener su giro—. Y por varios años después de eso, si estamos siendo honestos. Era demasiado tímido con las chicas, ya sabes eso.

Su revelación sobre no tener sexo a tal corta edad logra calmar una parte de mí que ni siquiera me di cuenta que aún se sentía agotada después de todos estos años. Deseo haber sabido eso en ese momento, porque manchó mi mirada de él, y odié que él quedara arruinado ante mis ojos. Supongo que le debo una explicación sobre cómo mi decepción y confusión emergieron.

Pensé que sabía eso, pero entonces llegamos al noveno grado, y para mí parecía que te convertiste en alguien más. —Llevo la mirada al cielo, buscando las palabras correctas—. Estábamos en grupos diferentes. Tú eras el primero de la clase y yo era alguien de tercera, o al menos así se sintió. Todos sabían tu nombre, los doscientos estudiantes. Supuse que quizás el viejo amigo que conocía realmente ya no existía.

Él coloca sus manos en sus caderas y aparta la mirada, sacudiendo la cabeza.

—¿No recuerdas que tuvimos una charla parecida cuando estuvimos juntos en el cortejo del baile de bienvenida?

Sus palabras me detienen en seco.

—Sí, lo recuerdo, pero no creía que tú lo hicieras. Las cosas entre nosotros cambiaron al crecer, Edward. —Me concentro en la piña que estoy tocando con la punta de mi zapato—. No nos convertía en malas personas... simplemente es lo que es, o fue lo que fue. —Me río sin humor, agitando la mano para quitarle importancia—. Lo que sea.

—Solo porque entramos a la secundaria, no cambiaba lo que sentía por ti, Bella. O cómo siempre te consideré mi... amiga. —Su tartamudeo antes de terminar su pensamiento me desconcierta. Suena sincero, y me está poniendo ansiosa—. Jamás te molestaste en hacer un esfuerzo para mantenerte en contacto conmigo, ¿sabes? —Se encoge de hombros, sonando cada vez más molesto con cada palabra mientras camina de un lado a otro—. Entramos a la secundaria y tú simplemente desapareciste. No hubo llamadas, ni visitas, jamás te detuviste a hablar conmigo en los pasillos... también desapareciste de mi vida. No eres la única que se sintió despreciada, ¿de acuerdo?

Le doy una mirada incrédula, lista para soltar un discurso sobre el sistema de castas en la secundaria, pero entonces pienso, ¿por qué me molesto? ¿Acaso esa oportunidad no pasó hace milenios? Sí, lo tuve en un pedestal hasta cierto grado, lo cual él nunca pidió... simplemente fue cómo lo veía. No puedo hacerlo responsable de lo que percibí en mi cabeza. Pero también es injusto de su parte decir todas estas cosas ahora. Me hace sentir estafada. Como si, si alguno de los dos simplemente hubiera dicho que nos extrañábamos, quizás nosotros estaríamos casándonos en tres semanas. Aparto ese monólogo absurdo y decido amarrar esa nave de tonterías antes de que salga hacia la galaxia, y jamás sepan de mí de nuevo.

Reboto mis piernas para mantenerme caliente e intento alegrar el tono.

—Vamos. ¿Dónde vas a llevarme en nuestra siguiente parada de la infancia? Y no hemos tocado el tema de lo que hiciste en la universidad.

—Lo que hice en la universidad ni siquiera se acerca a importar, confía en mí —masculla—. No hay nada qué decir. La abandoné porque soy un cobarde que no pudo lidiar con mi mierda. —Resopla, encogiéndose de hombros.

—¿Qué diablos quiere decir eso? —espeto, despreciando que él acabe de degradarse así. Cómo debería contestar versus cómo quiero responder es la diferencia entre soltar un artículo de la caja de pandora y vaciarlo por completo sobre nuestras cabezas.

Él ignora mi pregunta y continúa.

—Lo que quiero saber es, ¿por qué cambias de tema?

Me cruzo de brazos y me apoyo contra la cerca de alambre junto al banquillo de básquet.

—Edward —me quejo, atormentada de que él quiera quedarse en este tema de interrogación—. Es como dijiste antes, no podemos cambiar nada sobre el pasado. Las políticas de la secundaria acabaron y gracias a Dios por eso. Hablemos más sobre ti —insto—. ¿Y por qué diría que lo que hiciste no importa? —Una repentina corriente de adrenalina me recorre, fortalecida por la frustrada desesperación—. ¿Tienes idea de lo mucho que he extrañado hablar contigo? ¿Extrañado saber lo que pasa en tu mundo? —Agito mis brazos en el aire—. ¿Cuándo vamos a tener esta oportunidad de nuevo?

—Te lo prometo, Bella, no soy impor... No vale el tiempo que tomaría explicarlo todo.

El fuerte suspiro que exhalo flota en una corriente blanca y esponjosa hacia el suelo. Hago el esfuerzo de no permitir que se formen las lágrimas de frustración, así que rápidamente cambio de tema.

—De acuerdo, entonces, salgamos de aquí. Me estoy divirtiendo en nuestro tour por el pueblo.

—Bueno, a menos que me lleves a la casa de tus padres, o asaltemos la casa a la vuelta de tu cuadra en la que solía vivir, aunque creo que los dueños actuales tengan algo que decir al respecto, no creo que haya otro lugar que almacene recuerdos para nosotros.

Asiento, reprendida por su tono despectivo.

—De acuerdo. Quizás deberías llevarme de vuelta a PJ para buscar mi coche.

En las sombras bajo la luz de la luna, puedo ver su manzana de Adán rebotar, su mandíbula tensa con frustración —asumo— conmigo.

Qué horrible forma de terminar lo que ha sido una noche fantástica. Qué bien, Isabella.

Caminamos de regreso al coche, sin pronunciar palabra entre los dos. El crujido de las hojas y los bichos nocturnos nos rodean, pero no puedo ahogar mi voz interna que me está gritando que arregle esto antes que acabe.

Afortunadamente, Edward enciende la radio cuando salimos del parque. Al menos, tendremos algo que llene el silencio. Las notas de piano finales de «Faithfully » de Journey se desvanecen mientras la voz robótica anuncia un bloque de canciones de rock de los 80 antes que las notas de teclado familiares se unen a la voz de Steve Perry.

Suelto una carcajada sarcástica, enterrando mi cabeza en mis manos y deslizando mis dedos lentamente por mi rostro.

—¿Planeaste esto?

Edward sonríe, dándome una mirada punzante.

—Soy bueno, pero no tan bueno. —Sacude la cabeza, ajustando el volumen—. Carajo, no puedo creerlo.

Escuchamos «Oh Sherrie» durante todo el camino de regreso al estacionamiento de PJ, ninguno de los dos dando el paso para terminar la noche antes que la canción se detenga. Cuando termina, Edward apaga la radio.

—Solía escuchar mi cinta de esa canción una y otra vez cuando era niño —confiesa él, su cabeza echada hacia atrás contra el respaldo—. Era una versión de mirda; ya sabes, ¿la cual grabas en la radio y permaneces callado hasta que la canción termina?

Sonrío.

—Hice eso con muchas canciones. —No añado la parte que cuando mis padres me regalaron mi primer reproductor de cd para mi cumpleaños número dieciséis, corrí a la tienda de música al día siguiente y llevé el álbum de Steve Perry para escuchar «Oh Sherry» una y otra vez.

—Creo que quizás el universo nos está diciendo que nos calmemos y presionemos reiniciar? —habla hacia el parabrisas.

—Cosas más extrañas han sucedido. —Miro la hora en su salpicadero—. Pero por ahora, creo que es hora de despedirme.

Él asiente, aún sin hacer contacto visual.

—Lo entiendo. ¿Te sientes bien para conducir?

—Eso creo.

—Te seguiré de vuelta a tu casa. —Su mirada finalmente encuentra la mía—. Si eso está bien.

—Lo apreciaría —digo suavemente y tomo mi cartera del suelo.

Bajando de su camioneta, me subo a mi coche y salgo del estacionamiento. Estoy entumecida durante todo el viaje a la casa de mis padres, de alguna manera llegando allí en piloto automático. Revivo lo que ha pasado en las últimas horas. Mi estómago pasó de dar volteretas con emoción a estar hecho un nudo, una y otra vez. En todos los escenarios imaginados de niña, esta realidad ni se acercaba a cómo esperaba que disfrutáramos una reunión.

He sido envenenada por los cuentos de hadas y las películas de John Hughes.

Supongo que este final es mejor que una reunión adulta perfecta, donde milagrosamente declaramos nuestro amor por el otro, prometiendo estar juntos para siempre, y entonces damos un paseo en bicicleta solo para ser embestidos por un camión. Como siempre ha sido mi suerte, ese final hubiera sido más fiel a mi estilo.

Aunque esto no se siente muy diferente a un camión impactando tu cabeza.

Edward estaciona en la entrada junto a mi coche, y camino hacia su puerta mientras él se baja.

—A pesar de lo raro que pasó en el parque, quiero que sepas que disfruté nuestro tiempo juntos —comienzo—. No he visto algunos de esos lugares en casi quince años. —Juego con el fleco de mi bufanda, eligiendo mis palabras con cuidado—. Fue genial rememorar con un viejo amigo que comprende la rareza de este pequeño pueblo en Pine Barrens.

Él se apoya contra la caja de su camioneta, su rostro marcado con el ceño fruncido y una sonrisa para nada genuina.

—Sí. Fue increíble verte. Diría que tratemos de mantenernos en contacto, pero he sido terrible al respecto desde que nos graduamos. —Levanta y baja sus cejas rápidamente como si estuviera teniendo un momento de claridad inoportuno—. Y aparentemente mucho antes de eso —masculla.

Llevando un mechón de cabello por detrás de mi oreja, asiento, escuchando la indirecta que acaba de lanzarme... ¿o quizás fue para él? No tengo idea ya. Estoy concentrada en mis zapatos, sintiendo un pinchazo detrás de mi nariz mientras las lágrimas amenazan con asomarse. Pero juro contenerlas. Cuando él capte mis ojos llorosos, estaré lo suficientemente avergonzada.

Encuentro su mirada, y él instantáneamente aparta la suya, su mandíbula tensa.

—Siento que hay algo más que debería estar diciendo. —Jala de la parte trasera de su cuello antes de sacudir la cabeza—. Simplemente no sé qué es.

De alguna manera, junto la energía emocional para tranquilizarlo —tranquilizarnos a los dos— así que sonrío.

—Oye... estamos bien. Nos cruzamos alrededor de cada cinco años —digo con una risita, y él me da su media sonrisa torcida—. Estaré atenta a que aparezcas en el 2009.

Él bufa y se acerca a mí, abriendo los brazos. Mi corazón se rompe en nuestro fuerte abrazo, mis ojos cerrados en un intento para mantener la catarata de emociones lejos por tanto tiempo perdido.

—Sé feliz, Bella —susurra, su mejilla descansando sobre mi cabeza—. Espero que él te haga feliz. Hay muchísimas historias y excusas que puedo compartir contigo, pero no importan ahora mismo.

Mi interior se retuerce, sabiendo que hay demasiado que no sé pero que deseo saber.

Él continúa.

—Supongo que quiero que sepas que siempre tuviste un pedazo de mí, un pedazo de mi corazón. Lamento que no me aseguré de que siempre lo supieras. Y de todas las personas que he conocido en mi vida, te mereces ser feliz.

Sus palabras me destruyen, pero me niego a afligirme en ellas; simplemente no puedo.

—Lo mismo va para ti —mascullo contra su pecho y entonces logro apartar mi cabeza así puedo ver su rostro—. Apenas hablamos de lo que has estado haciendo desde la secundaria, pero es importante que recuerdes lo especial que siempre fuiste, que eres para mí. Todo de ti importa, Edward Cullen. Y también te mereces un final feliz.

Un milisegundo pasa y gruño, cerrando los ojos. Mi frente choca contra su pecho, escuchando mi ridículo doble sentido. Siento sus hombros temblar sobre los míos. Nuestras risitas se convierten en carcajadas mientras nos separamos, sacudiendo la cabeza y secando nuestras lágrimas de nuevo.

Envío una plegaria silenciosa de agradecimiento al cielo por permitir que mi error rompiera estos últimos momentos de tensión.

—Gracias por eso —dice, abriendo su puerta—. Algo simplemente no se sentía bien... terminar nuestra noche con esa tensión. —Su voz suena ronca, llena de emoción oculta—. Gracias por terminarlo aquí.

No, no estaba bien, pero terminó mucho antes de llegar aquí. Simplemente ha habido mucho tiempo. Mucha historia pasada, muchas lágrimas cayendo de mis ojos, mucho sin saber sobre lo que le ha pasado. Tiempo desperdiciado, sentimientos desperdiciados... pero él jamás hizo algo malo a propósito. Él nunca supo que estuve enamorada de él por años después que nuestro romance de la infancia terminó. Quizás fue mi culpa, pero nunca fui lo suficientemente valiente para arriesgar la pequeña amistad que aún teníamos.

No. Ninguno de los dos hizo algo malo. Simplemente fuimos víctimas del tiempo, del crecimiento y de la vida.

—Nos vemos. —Sonríe y da un paso atrás. Sus últimas palabras flotan hacia mí antes de que él cierre la puerta de su coche y de marcha atrás en la entrada. Levanto mi palma, observando sus luces traseras desaparecer al final de la calle.

—Adiós —susurro, secando una lágrima de mi mejilla. Necesitaba esta noche; puede que no haya querido que terminara de esta manera, pero diablos que lo necesitaba.

Un cierre.

~FAF~

Me encuentro acostada en mi cuarto de la infancia, aún decorado con flores rosas, mis ojos llorosos están fijos en la foto oscura que se encuentra en el rincón de mi espejo de pared. No necesito levantarme y examinarlo. Memoricé todo sobre esa imagen, sobre ese momento, cuando fue tomada hace más de veinte años.

Edward y yo, ambos con cabello enmarañado, sosteniendo nuestras canastas de huevos de Pascua. Hubo una búsqueda de huevos comunitaria un fin de semana en la primavera en el patio de la escuela Nokomis, y nuestras mamás nos llevaron junto con nuestros hermanos.

Sostenemos en alto nuestro motín para que lo capte la cámara, inclinamos nuestras cabezas hacia el otro porque somos el mejor amigo del otro. Nuestras sonrisas son tan genuinas, con huecos adorables en nuestras bocas por los dientes caídos y todo, pero nuestros rostros están llenos de dulzura e inocencia... de juventud no eliminada por las realidades que vinieron al crecer.

En lo profundo de mi alma, creo que de niños, cuando solíamos usar palabras como siempre y para siempre con tanta convicción, jamás esperábamos que nos separáramos tanto de la vida del otro. Una parte de mí está agradecida de que nos hayamos reunido esta noche para decir lo que fuimos quizás demasiado tímidos para admitir todos esos años atrás. Cuando las hormonas y los grupos cambiaron la corriente, y las reputaciones y los sentimientos fueron destruidos con una mirada equivocada.

No, es mejor que digamos estas cosas ahora, a los veintinueve años, con nuevos caminos forjados que nos llevará a finales más felices de lo que imaginamos... incluso si todos esos finales felices no están destinados a ser con el otro.

Me voy a casar con Tyler en tres semanas y le daré todo mi corazón porque eso es lo que él se merece, lo que ambos nos merecemos. Pero por el resto de mi vida, estoy segura que me preguntaré sobre ese eterno amigo mío.

Edward Cullen siempre será mi amor lejano.


Rolodex: es un dispositivo de archivo de tarjeta giratorio que se utiliza para almacenar información de contacto comercial.


En un rato en mi grupo voy a subir las fotos del capítulo de hoy 😊 La autora vivió donde nuestros protagonistas crecieron, así que tenemos imágenes de donde fueron esta noche. Gracias por leer ❤️