Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Robsmyyummy Cabanaboy, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Robsmyyummy Cabanaboy. I'm only translating with her permission.
Capítulo 22
BPOV
Cuando Rosalie se detiene en el estacionamiento de la heladería Leo's, me bajo de la camioneta de mi papá, ansiosa por compartir mis noticias.
—Oye, ¿acaso no luces feliz? —Rosalie cierra su coche con el control remoto y se acerca, besando mi mejilla—. Tuve que mentirle a mis niños sobre dónde iba.
Suelto una risita mientras nos dirigimos hacia la puerta.
—¿Sabe tu marido dónde estás?
—Por supuesto. Estoy bajo estrictas instrucciones de regresar a casa con una pinta de Sinatra para él.
—Uh, mi favorito. Edward y yo estuvimos aquí tres veces la semana que estuvo de visita. —Arqueo una ceja—. El helado de damasco tiene un afrodisíaco, lo juro.
Rosalie silba, chocándome los cinco.
—Chica, no mientes. Tengo que preguntarme si lo mezclan con Poción de Amor Número 9 o algo.
Recuerdos ardientes invaden mi mente de Edward y yo en el muelle de la Playa Tres hace dos semanas. Comenzó inocente, acurrucándonos sobre una manta con un batido de Sinatra y frambuesas negras. El helado fue seguido por manos calientes y entusiasmadas... sus dientes rozando a lo largo de mi cuello, su boca entre mis muslos. Compartir un postre se convirtió en compartir orgasmos, y la manta terminó siendo tirada en el cesto antes de regresar a casa por la noche.
Ni siquiera me importa que esté a punto de tener treinta y siete años. Romper las reglas y casi ser pillada en público me hizo sentir como una adolescente de nuevo. Y esta vez, estaba con el chico de ensueños del que había estado enamorada décadas atrás.
Mi improbable final de cuento de hadas jamás deja de asombrarme.
Rose y yo pedimos nuestros helados y esperamos que la chica nos de nuestro cambio.
—Y bien, ¿qué te tiene toda chillona al teléfono, o simplemente estás aquí para entretenerme con más historias de Edward en la cama? Estoy jodidamente celosa, por cierto.
Ella merece la mirada de ojos como platos que le doy. Le agradezco al servidor y meto un poco de cambio en la jarra de propinas. Rose camina hacia fuera para encontrarnos una mesa de picnic.
—¿De qué estás celosa? Has estado acostándote con Emmett McCarty por años.
Ella me da una mirada y empuja sus mechas rubias por detrás de su hombro.
—Sí, y tenemos dos hijos menores de cinco años, Bella. Tenemos suerte de no despertar con una rodilla huesuda en nuestras narices a diario.
Riendo, ataco mi cono de waffle con una cuchara.
—De acuerdo, tú ganas. Pero estoy segura que se han vuelto creativos con los años.
—La vida es agotadora, pero, sí, usualmente nos reímos entre rapiditos. ¿Te conté que Em instaló una cerradura dentro de la despensa? El pobre Alex se preguntaba por qué me llevó tanto tiempo traerle un bol de cereales el otro día. —Ambas nos carcajeamos—. Bien, suficiente sobre mí... ¿qué pasa contigo?
Bajo mi cuchara, inclinándome hacia la mesa.
—Tengo un retraso.
Sus ojos se agrandan
—¡Nooooo! ¿De cuánto?
—Tres días. Pero nunca tengo un retraso. Jamás.
—¿Qué tal esa vez en la universidad?
Le saco la lengua ante su memoria tramposa.
—Está bien, una vez entre los veintitrés años de tener mi período.
—De acuerdo, ¿entonces cuánto vas a esperar para hacerte una prueba? Espera, al diablo eso... —Toma sus llaves—. ¡Vayamos a la farmacia ahora mismo!
Estirándome para tomar su brazo, la obligo a sentarse.
—Rélajate, ansiosa. Intentaré esperar una semana si puedo.
—Estás loca. Yo hubiera comprado una solo para tenerla en la casa —dice, resoplando para sí misma—. ¿Vas a contarle a Edward? —Sacudo la cabeza antes que siga—. ¿Acaso estaban buscándolo?
—Nop, no técnicamente. Cierto, tampoco hicimos algo para prevenirlo.
—Ah. —Su voz se eleva y desciende un decibel—. Entonces, ¿los dos están listos para lanzarse de lleno y hacer unos bebés, eh?
Imaginando a Edward sosteniendo un bebé en sus fuertes y bronceados brazos me tiene tan jodidamente embelesada, que casi me caigo del banco.
—Bueno, te dije lo que él dijo en el hospital ese día.
—Sí, por supuesto. ¿Quién podría olvidar ese discurso perfecto? —Rose utiliza sus dedos para dibujar comillas, pero su sonrisa amistosa dice que está emocionada por mí y tan agradecida por la genuina sinceridad de Edward.
—Como sea, solo no creí que funcionara tan pronto. —No puedo contener mi sonrisa—. ¿Y si lo estoy?
Aplaude y chilla, meciéndose de un lado a otro en celebración.
—¡Entonces, la tía Rose finalmente podrá planear un baby shower!
Terminamos nuestro helado, disfrutando de su inusual tiempo libre. Nuestra conversación pasa de nombres de bebés a temas para el cuarto de bebé a amamantar versus el biberón. He ansiado tener charlas como esta con mi mejor amiga.
—¿Cómo va la terapia de papá?
—Muy bien. Mamá y yo nos turnamos para llevarlo a rehabilitación todos los días. El fisioterapeuta cree que reducirá a tres veces a la semana pronto. —Junto nuestra basura y la tiro en el cesto detrás de mí.
—Eso es un alivio.
—Sí, no me digas. Él solo está usando un bastón para moverse en estos momentos. Y es bueno que su terapia no será tan vigorosa porque voy a tomar el trabajo con el Equipo de Estudio Infantil aquí en el pueblo. Es una posición por contrato ya que no hay suficientes niños en el distrito para que la escuela garantice su propio equipo. Pero están desesperados. Incluso me dieron un bono por firmar, como si fuera algún tipo de atleta estrella.
—Entonces estarás aquí; ¡eso es fantástico!
—Síp. Comenzaré el martes por la mañana. Extraño trabajar con niños.
—¿Y harás horario de escuela?
—Sí, pero también visitaré a los preescolares que califiquen para dichos servicios.
—Estarás rodeada de niños en sus cuartos y patios; y completamente preparada cuando el bebé Cullen llegue la próxima primavera. —Ella guiña un ojo.
Su idea me hace reír mientras nos dirigimos hacia nuestros coches.
—Gracias por venir.
—Mi placer. Y escucha... —Agita su dedo—, me llamas ni bien hagas esa prueba. No puedo esperar a escuchar los resultados.
—Lo prometo.
~FAF~
El mal tiempo con su viento rugiente y gotas estrepitosas contra mi ventana es una pista de audio apropiada. Casi como si fuera seleccionada por mí misma. Al menos el oscuro cielo gris está oscureciendo. Las situaciones de mierda son más tolerables cuando te rodea la oscuridad. Nadie quiere estar de mal humor un día soleado de verano con las mariposas aleteando por los alrededores y las ardillas trepando un enorme árbol de roble.
La oscuridad es mejor. Tendré que lidiar con la vida en la luz pronto.
Observo a mi teléfono vibrar en la mesa de noche pero no puedo obligarme a contestar. No tengo palabras y no tengo la energía emocional. Se instaló una migraña temprano cuando no podía dejar de llorar.
Todo es mi culpa, de todos modos.
Unos minutos después, mamá está golpeando la puerta de mi cuarto.
—¿Bella?
—¿Sí? —Mi voz está inundada de lágrimas, derramadas y sin derramar.
Ella no abre la puerta, simplemente habla a través de ella.
—Cariño, Edward está en el teléfono. Dijo que ha intentado llamarte y sigue enviándolo al buzón de voz.
—¿Puedes...? —Carraspeo—. ¿Puedes decirle que lo llamaré luego?
—Claro... ¿estás bien?
No estoy balbuceando o ahogándome en mis emociones en este momento. Simplemente estoy jodidamente triste. Respiro profundamente antes de contestar.
—Estaré bien. Tengo un fuerte dolor de cabeza.
—Está bien, se lo haré saber. Descansa un poco.
Esta es la tercera vez que ha llamado desde anoche. Hemos hablado por teléfono todos los días desde que regresó a Arizona hace dos semanas y media. No es justo de mi parte no mantenerlo informado. Nos prometimos honestidad.
Mierda, esto apesta.
Me había adelantado, me había emocionado ante la idea de que ya había quedado embarazada. El tiempo había sido perfecto. Tuve mi período la semana anterior a pasar la noche en el crucero de Jazz. Una semana después, Edward y yo hicimos el amor por primera vez. Mi ciclo siempre ha sido fiable. Probablemente estaba ovulando cuando él estuvo aquí en el pueblo después de la operación de papá.
Y no podíamos tener suficiente del otro. Podría haber pasado. Debería haber pasado. Pero...
Había sido una tonta por creer que los planetas y las estrellas se alinearían así de fácil. Tres días de retraso se volvieron cinco... entonces una semana. Pero al octavo día, ayer, en el estacionamiento del Rite Aid donde había acabado de comprar una prueba de embarazo, sentí ese dolor familiar, y mi corazón se rompió.
Mi período.
No un bebé.
Y el próximo martes, trece de septiembre, será mi cumpleaños número treinta y siete.
Jalo las mantas hacia mis orejas, giro hacia la pared, y espero juntar el valor para hacer la llamada y ser honesta con Edward en algún momento de este fin de semana.
~FAF~
—¿Bella?
Escucho su voz profunda, esa nota baja que envía las mejores mariposas a mi vientre, pero debo seguir soñando. Sobre mi hombro, mis ojos intentan enfocarse en la oscuridad mientras giro la cabeza hacia el rayo de luz que se filtra por la ranura de la puerta.
—¿Mmm? —mascullo, no segura de si estoy hablándole a mi imaginación. Aunque la luz desaparece, no escucho una respuesta inmediata. Vuelvo a bajar mi cabeza sobre la almohada justo mientras la cama se hunde detrás de mí.
—¿Cariño?
Ya no soñando, me tenso. Es Edward, pero ¿cómo?
—¿Te sientes bien? Tu mamá dice que tienes una migraña.
Aún medio dormida, no puedo organizar las palabras en mi cabeza. Es una combinación de ¿qué estás haciendo aquí?, no puedo creer que estés aquí, y gracias a Dios que estás aquí, abrázame, por favor, me siento miserable. En cambio, solo sacudo la cabeza mientras las lágrimas se acumulan en mis ojos.
Él se acurruca detrás de mí, besando mi cuello.
—Estás aquí —logro decir con voz ronca.
—Estoy aquí —susurra y tararea—. Quería sorprenderte por tu cumpleaños. No puedo quedarme hasta el martes para celebrar el día contigo, pero supuse que un fin de semana de cumpleaños sería divertido. —Escucho sus zapatos caer al suelo antes de deslizar su brazo sobre mi cintura—. Lamento que tu cabeza esté matándose. Me estabas poniendo nervioso. No hemos hablado desde el miércoles.
—Me disculpo por no llamar.
—No te preocupes —asegura—. Solo extrañé escuchar tu voz. ¿Puedo traerte algo? ¿Sientes dolor ahora mismo?
—Sí.
—¿Qué puedo traerte? O, espera, ¿ese fue un sí, sientes dolor? O... Me callaré. —Bufa, su mentón apoyado en mi hombro.
Sacudo la cabeza, las lágrimas cayendo por las esquinas de mis ojos.
—Dolor por razones diferentes. Estoy mayormente triste.
Él está conteniendo el aliento.
—¿Por qué estás triste?
Unos segundos de silencio se expanden antes que tenga el valor de decirlo en voz alta. La admisión lo hace más real. Y me hace sonar tan jodidamente ingenua.
—Comencé mi período anoche. Pasé toda la semana pensando que estaba embarazada porque tenía un retraso. —Me encojo de hombros—. Jamás tengo un retraso. Así que tenía sentido, o al menos, me convencí a mí misma de que estaba pasando.
Exhalo un suspiro tembloroso y él intensifica su agarre, presionando sus labios contra la parte trasera de mi cabeza de nuevo.
Aclarándome la garganta, continúo.
—Es tonto. Solo estoy celebrando mi propia miseria. Lo superaré. —Trago la tristeza e intento ser racional—. ¿Quién se embaraza la primera semana que tiene sexo? Ya para, Bella.
—Supongo que sucede. Y no es tonto. —Enlaza sus dedos con los míos, nuestras manos presionando contra mi pecho—. Lamento mucho que estés sintiéndote decepcionada. —Se mantiene en silencio; me hace preguntar qué está pensando—. Eso no quiere decir que no podamos seguir intentándolo, ¿cierto?
Suelto su mano para refregar mi manga contra mi nariz que gotea.
—No. No quiere decir eso. Solo siento lástima por mí misma.
Sus cálidos labios descansan sobre mi hombro de nuevo.
—¿Te molesta si también siento un poco de lástima por mí mismo?
Otra lágrima cae por mi nariz, pero sonrío. Ni siquiera es forzado. Sus acciones y sus reacciones... Quiero decir, ¿cómo alguna vez pude vivir sin él por tanto tiempo? Creo que él podría ser más perfecto de lo que sospechaba.
~FAF~
Edward me encuentra en el sofá, entregándome la taza de té que él acaba de preparar.
—Dime qué quieres hacer para celebrar tu cumpleaños este fin de semana. —Rodea mis hombros con su brazo mientras yo me acurruco contra su pecho—. Lo que sea que quieras.
Estudio el ventilador en el techo mientras da vueltas.
—Quizás solo algo fácil como pizza de Riviera y un picnic en la playa.
—Cielos, eres una cita barata. —Pellizco su costado mientras él se ríe, besando mi sien.
—Solo quiero pasar tiempo contigo. —Reacomodo mis piernas así están estiradas sobre su regazo—. Las dos semanas sin ti fueron horribles.
Sus labios se fruncen, y asiente pensativamente.
—Sí, tampoco soy fanático de esta distancia de mierda. Siempre podríamos comer aquí si quieres. No te sientas obligada a salir —asegura.
—No, quiero hacerlo. —Exhalo profundamente y lo miro a los ojos—. Es tonto de mí parte quedarme aquí y estar deprimida. No es como su hubiera tenido un aborto espontáneo o algo. —Encogiéndome de hombros, le doy sentido a mis emociones en voz alta—. Simplemente me emocioné con la idea y me apresuré porque quería que fuera real. Estoy bien... en serio.
—Lo entiendo. —Encuentra mi mano y traza líneas en mi palma—. Y a pesar de que no podamos hacer mucho al respecto este fin de semana... —Hago un puchero, el cual él responde con una sonrisa sexy—. Tenemos todas nuestras vidas para crear un bebé.
Inclino la cabeza, levantando mis cejas.
—Quiero decir... Me doy cuenta que la biología está causando estragos con nuestros planes. Pero sé que, a diferencia de tu ex, estoy listo y dispuesto a intentarlo. —Me da una mirada penetrante pero comprensiva de que va en serio—. Ya sea que eso incluya visitas al doctor y pruebas para los dos, explorar otras opciones, o incluso viajar alrededor del mundo para encontrar un bebé que necesita padres... vamos a tener una familia algún día, Bella. Te lo prometo.
~FAF~
—Suenas cansada.
—Estoy cansada. —Bostezo, apagando la luz del porche—. Me quedé hasta las nueve y solo tuvimos alrededor de dos docenas de niños pidiendo dulces, ¿qué pasa con eso?
—¿Qué? Los niños no saben como festejar esta festividad como nosotros.
—En serio. Nosotros nos cambiábamos ni bien llegábamos a casa de la escuela y estábamos en la calle por las próximas cinco horas. Mis padres entregaban cuencos y cuentos de dulces.
Edward se ríe.
—La funda de mi almohada se llenaba a más de la mitad. Pero nuestros padres no nos permitían comer nada hasta que llegáramos a casa así los podían revisar.
—Recuerdo que un año mi madre rompió cada pedazo de dulce a la mitad para asegurarse que nadie hubiera colocado un alfiler dentro. —Le soplo besos a mis padres y camino por el pasillo hacia mi cuarto.
—Espera, ¿recuerdas ese año cuando solo tuvieron permitido pedir dulces por una hora?
—Oh, por Dios. Eso fue horrible —me quejo, tirándome sobre mi cama—. Me metí en muchos problemas por mentir.
Él gruñe compasivamente.
—¿Me recuerdas qué hiciste de nuevo?
—Tuve una prueba en ciencias temprano esa semana y había estado nerviosa por recibir la calificación, y con razones porque terminé con una D. Pero ser honesta con mis padres quería decir que me castigarían, y no quería perderme la fiesta de cumpleaños de Charlotte o el baile de Halloween del próximo fin de semana. —Sacudo la cabeza—. Así que opté por la brillante idea de Charlotte de no decirle a mis padres sobre la calificación hasta el lunes.
Escucho la puerta de su coche cerrarse de fondo.
—¿Pero por qué no funcionó entonces?
—Porque la culpa me carcomió tanto que terminé siendo honesta el domingo por la tarde. Así que, aún fui al baile el viernes y la fiesta el sábado, pero me retorcía de los nervios cuando llegó el domingo. Mis padres estuvieron furiosos cuando les conté.
—Eras tan buena chica. Con suerte, nuestros hijos tendrán ese nivel de honestidad.
—Bueno, no es como si fueras un criminal, cariño.
—No, pero me encanta el hecho que soltaras la lengua sin seguir adelante con el retorcido plan. —Lo escucho saludar a Lucy y a Linus y mi corazón sufre, extrañando a esos cachorros.
—Síp, y pagué el precio solo siendo permitida a salir por una hora a pedir dulces ese años.
—Aún terminaste con una cantidad decente de dulces, ¿cierto?
Me pongo a pensar, un poco sorprendida del recuerdo.
—Sí, de hecho, así fue. Jasper había sido generoso con sus bombones de mantequilla de maní y sus barras de chocolate.
Edward se queda en silencio por unos segundos.
—¿Puedo contarte un secreto?
—¿Sí? —Arrastro la palabra, ansiosa por escuchar sus noticias.
—Tomé alrededor de veinte de tus dulces favoritos y los metí en la bolsa de Jazz, obligándolo a prometer que te los daría.
—¿Tú qué? —Me siento en mi cama.
—Me sentí mal que tuvieras que abandonar nuestro grupo y regresar temprano. —Se detiene y, si tuviera el poder, juraría que atravesaría el teléfono para taclearlo con abrazos y besos—. Lucías tan hermosa ese día; ¿no tenías un disfraz de Scarlet O'Hara o algo?
Sonrío, sacudiendo la cabeza ante su corazón increíble.
—No era específicamente ella, solo una dama sureña con una falda elegante.
—Lo recuerdo.
Si este momento fuera animado, habrían pájaros y corazones dando vueltas sobre mi cabeza.
—Eres tan jodidamente dulce; siempre lo fuiste. Debería haber sabido que mi hermano no se hubiera puesto tan sentimental y donado parte de su mercancía.
—Bueno, valías la pena. La mejor chica que conocía... lo sigues siendo.
Gimoteo, girando sobre mi costado, deseando que él estuviera aquí.
—Me estás poniendo toda sentimental. Ven a amarme.
Su tarareo en respuesta es tan endemoniadamente excitante, como una llamada de anhelo en mis oídos.
—Desearía poder hacerlo, nena. Estoy atascado aquí terminando esta rotación.
—Acción de Gracias no puede venir lo suficientemente rápido.
—Amén a eso. Te necesito.
~FAF~
—¿Los dos saldrán a su caminata?
Papá está sentado en su sillón reclinable a punto de colocarse las zapatillas.
—Sí. Mamá está siendo firme. Además, ella tiene que regresar a casa para comenzar a hornear. ¿Adónde vas tú?
—Rosalie me invitó al partido final de fútbol de Alex, partidos, supongo. Ellos tienen un torneo de todos contra todos.
—¿Para niños de cinco años?
Sacudo la cabeza.
—Conoces a Emmett. Los niños a los que entrena irán hasta el final.
—Sí, probablemente. ¿Cuál cancha?
—Neeta para comenzar. Brooks si logran llegar a las finales, creo. Después de eso me dirigiré a Shoprite para encargarme de todo lo que necesito para el día del pavo.
—¿Medford Shoprite el fin de semana antes de Acción de Gracias? Te veremos alrededor de la medianoche, entonces.
—Seguramente. —Suspiro.
Mamá entra a la cocina mientras yo lavo mi vaso de jugo.
—¿Listo? —le pregunta.
—Síp. —Papá planta un beso en mi sien—. Te amo, pequeña.
Sonrío, echando un vistazo mientras él guiña un ojo mientras me observa por un momento antes de voltear. La mirada amable de mamá se transforma cuando frunce los labios en un beso en mi dirección y sigue a papá hacia la puerta.
Mis padres son simplemente tan adorables juntos. Papá atravesó su recuperación como un campeón; estoy tan agradecida. Y ahora pueden salir y tener sus paseos juntos y simplemente estar enamorados.
Es cómo debería ser.
~FAF~
Cuando llego a la cancha, Rose ya se encuentra preparada con sillas plegables y mantas. Ashleigh se encuentra acurrucada en su regazo y están compartiendo un termo de chocolate caliente.
—Bueno, ¿no lucen calentitas las dos?
Echo un vistazo hacia la cancha y veo a Emmett haciendo saltos de tijera con alrededor de una docena pequeños niños y niñas. Tienen uniformes color negro y amarillo brillante, dando vueltas zumbando como un enjambre de abejones.
—¡Hola, tía Bella!
—Hola, pequeña. —Le doy un beso en la cabeza a Ashleigh y uno en la mejilla a Rosalie—. ¿Me he perdido de algo ya?
—Nop. Solo el Entrenador Papi preparando a los niños para su partido. Toma asiento. —La silla vacía está preparada con una manta y un termo personal. Una vez que estoy cubierta, tomo un sorbo del contenedor caliente.
—Mmm, gracias. ¿Creen que los Aguijones volverán a casa con algunos trofeos hoy, señoritas?
Rosalie pone los ojos en blanco en chiste.
—¿Con el entrenador McCarty al mando? Estoy sorprendida de que él no haya llamado a ningún reclutador universitario.
Nos acomodamos para observar a estos pequeños correr por toda la cancha. Emmett se encuentra al costado, dando vueltas y alentando a los niños. Los padres están riéndose y gritando, afortunadamente apoyando y no siendo lunáticos aún. Imagino que mientras más avancemos en el torneo, puede que salgan las garras.
El sol de finales de noviembre es un cambio bien recibido. Ha estado bastante nublado los últimos días. Estaríamos miserables si estuviera lluvioso y frío. Al menos el sol intenta calentar nuestros rostros cuando se asoma por detrás de las tenues nubes.
El partido termina con nuestros Aguijones dominando tres a dos. El gol ganador fue fantástico. Obtenido por un pequeño llamado Blake, quien aparentemente no ha sido muy agresivo esta temporada, pero de alguna manera logró patear la pelota entre siete pares de piernas agrupadas frente al arco.
Todas las personas al costado estallaron en vítores y Blake estuvo tan asombrado que abandonó la cancha corriendo y abrazó a su madre; fue precioso.
—Bien hecho, entrenador. —Le ofrezco a Emmett un abrazo cuando se une a nosotras para ayudarnos a juntar las cosas y así dirigirnos a la siguiente cancha en la rotación.
—Gracias.
—¡Buen trabajo, Alex! —Le choco los cinco a mi ahijado—. ¿Listo para tu próximo partido?
—¡Sí, pero estoy listo para la fiesta de pizza primero!
—Oh, ¿hay una fiesta de pizza? —pregunto.
—Sí. Quería decirles eso —dice Emmett hacia Rosalie y hacia mí—. Como ganamos el partido pero tenemos una ventana de dos horas antes del siguiente, le prometí a los niños que traería pizza.
Rose sonríe, sacudiendo la cabeza.
—Entrenador del año.
—¿Qué puedo decir? —Los hoyuelos de Emmett siguen siendo para morirse, y él sabe cómo y cuándo usarlos—. Trabajaron duro. Se lo merecen.
—De acuerdo, hagámoslo. ¿Dónde se supone que nos entremos? —dice Rosalie, ayudando a Alex con su cierre.
—Bueno, voy a dirigir el grupo hacia el parque y nos instalaremos allí. Tú tienes las manos ocupadas con los niños en nuestro coche. —Él gira hacia mí, preguntando—: Bells, ¿te molestaría recoger las pizzas a Riviera?
Rosalie mira a Emmett de manera extraña.
—Cariño, me dijiste que yo...
Emmett la interrumpe, sacudiendo la cabeza.
—Claro, no hay problema —comento—. ¿Qué voy a buscar?
Emmett me tiende su tarjeta.
—Ocho pizzas para el equipo y las familias. A mi nombre.
—Hecho. —Me doy la vuelta para ponerme en marcha, añadiendo—. Y los encontraré en...
—Parque Jackson.
Entendido. Nos vemos en un momento. —Saludo con la mano por encima de mi hombro.
~FAF~
Después que el joven detrás del mostrador cuelga el teléfono, voltea hacia mí.
—¿Qué puedo ofrecerle?
—Hola, recojo una orden para McCarty.
—McCarty. —Gira, tomando una caja grande de pizza que se encuentra encima del horno, y me la tiende—. Aquí tienes.
Entrecierro los ojos, confundida.
—Eh, estoy segura que eran ocho.
—Sí, el tipo dijo que dirías eso, pero él quería que te diera esto.
Bajo la mirada y veo un sobre con mi nombre pegado a la caja.
—¿Tipo?
El chico del mostrador asiente.
—El que hizo la orden. —Da un paso al costado y atiende al cliente detrás de mí—. ¿Qué puedo ofrecerle?
Me dirijo hacia mi coche, mi primera inclinación es llamar a Emmett, pero en cambio abro el sobre.
Lamento la confusión, Bells. Hazme un favor y ve a Craft Shop en el Campo Brooks. Las señoras que trabajan en el puesto de comida te ayudarán.
Mi rostro se contrae mientras intento encontrarle sentido a lo que está sucediendo. Durante el viaje, llamo a Emmett y a Rosalie, pero ambas me envían a buzón de voz... por supuesto.
~FAF~
El Campo Brooks está lleno de jugadores de fútbol y espectadores, pero logro encontrar un espacio para estacionar junto a la carretera. En la ventana de Craft Shop, tres señoras están dando vueltas tomando las órdenes de los clientes.
—Hola, ¿qué puedo ofrecerte?
Le doy una sonrisa tensa y levanto mis gafas de sol por encima de mi cabeza, sintiéndome tonta porque no tengo idea de por qué estoy aquí o si debería preguntar algo en específico.
—Sí. Mi nombre es Bella Sw...
—¡Oh! Espera un segundo. —La mujer mayor se agacha junto al mostrador y saca una heladera—. Dame un minuto y estará listo.
Mi mirada se mueve de un lado a otro, preguntándome qué diablos está pasando. Observo a la señora tomar una licuadora y dos vasos grandes con tapa. Ella licua algún brebaje, llena los vasos con este, los coloca dentro de la heladera, y vuelve a mí en la ventana.
—¡Aquí tienes! —Ella me pasa dos pajillas—. ¡Ten un buen día!
Mi boca se abre ligeramente.
—¿Te debo algo?
—¡Nop! —responde alegremente—. Solo dirígete a Nokomis para tu próxima instrucción.
¿Instrucción? Mi sonrisa desconcertada provoca que ella se ría y pregunte, «¿Estás en una búsqueda del tesoro?»
Sacudo la cabeza, bajando mis lentes de sol en mi rostro de nuevo.
—No lo sabía; al menos, no planeaba estarlo… Solo estoy conduciendo alrededor del pueblo siguiendo órdenes aparentemente. —Miro alrededor, ¿en busca de qué?, no lo sé—. ¿Estoy en una búsqueda del tesoro?
Ella se encoge de hombros, igual de confundida.
—No lo sé, cariño. Uno de los entrenadores vino temprano esta mañana y me pidió que hiciera esto. Dijo que era un favor a un amigo.
Nuestras sonrisas incómodamente cortés deben combinar la de la otra.
—Bueno, gracias, supongo.
De vuelta en mi coche, abro la heladera y examino las dos bebidas. ¿Batido de frutas? Quizás de helado. Y una pizza. E instrucciones para conducir a una ubicación no especificada en la Escuela Primaria Nokomis.
Maravilloso.
Por supuesto, Rosalie y Emmett aún no contestan sus teléfonos. Cuando me detengo en una señal de pare, llamo a Edward.
—¡Hola, hermosa!
—Hola. ¿Qué haces? —Saludo con la mano a la familia que espera para cruzar en la acera.
—Acabo de terminar de revisar a un paciente al que solía tratar. ¿Qué haces tú?
—Oh, no lo sé. Solo paseo por el pueblo. Emmett me tiene en una misión imposible, y no está respondiendo a las llamadas.
—¿No dijiste que ibas a mirar partidos de fútbol hoy?
—Bueno, sí, pero entonces Em me pidió que vaya a Riv y recogiera pizzas para el equipo. Pero ahora estoy yendo de lado a lado sin la menor idea y solo una pizza.
Su risa alegre y sexy me hace derretir.
—Bueno, estoy seguro que lo vas a descifrar pronto. ¿A dónde te diriges ahora?
—A Nokomis.
—¿La escuela o la cancha?
—¡Buena pregunta, pero no sabría decir! —grito juguetonamente—. La escuela seguramente esté cerrada a menos que haya algo relacionado con el pueblo sucediendo, así que regresaré hacia la cancha de fútbol.
—Yo intentaría más cerca de la cancha de béisbol.
Entrecierro los ojos.
—¿Y por qué haría eso? ¿Tú sabes dónde debería estar?
—Quizás.
—¿Qué? Edward, ¿lo dices en serio? ¿Qué está pasando?
Él vuelve a reír.
—Emmett elaboró este plan y él me lo comentó. Quizás tiene que ver con el aniversario de Rosalie y de él.
—¡Pero eso fue hace casi tres semanas!
—No lo sé, nena. Solo sigo el juego. Te darás cuenta eventualmente. Escucha, tengo que irme. Los cachorros están rayando la puerta y necesitan salir.
—De acuerdo. Ve. Te llamaré más tarde. Te amo.
—Te amo.
~FAF~
Me detengo en el estacionamiento de tierra detrás del viejo patio de juegos, incluso más perdida que antes. No hay nadie aquí… Ni empleados detrás de mostradores o ventanas de quioscos, ¿ahora qué entonces? Suspiro y paso mi mano alrededor del viejo columpio de llanta donde Edward y yo pasamos el rato todos esos años atrás. Un destello capta mi mirada en el jardín.
Camino hacia él y veo que es una de esos centros de mesa pesados que se usan para sostener globos o evitar que las servilletas salgan volando en un picnic.
Hablando de eso…
Se encuentra sobre una canasta de picnic con otro sobre colgando del asa.
Bella, solo sígueme la corriente. Toma este canasto y conduce hasta Algonquin Trail 57. Prometo que no habrá más vueltas después de eso. Gracias por ser una buena amiga. Realmente lo aprecio.
Emmett.
Echo un vistazo alrededor de la cancha y sigo estando sola. El solo logró apartar las nubes restantes, dejando el día brillante y fresco, un día perfecto de otoño. Dándome cuenta que seguiré el juego de Emmett, tomo el canasto de picnic y camino de vuelta al coche. Miro de nuevo al jardín, percatándose que el canasto había estado justo donde Edward se sentó años atrás de niño. Jalando tréboles y tratando de esquivar a las niñas tontas en el receso que intentaban competir por su atención.
—¿Quién será? ¿Kate o Tanya?
Él entrecierra los ojos en mi dirección, el brillante sol tratando de hornearnos aquí mismo.
—A ti.
Sonrío, perdida en mis invaluables recuerdos.
Él era tan jodidamente adorable. Un tierno… convertido en guapo… convertido en mío.
Solo nos llevó treinta años.
~FAF~
Un minuto y medio después, llego a Algonquin Trail. Doblo a la altura de la cuadra doscientos y avanzo hasta llegar a los sesentas. Bajando la velocidad, encuentro el número cincuenta y siete en un buzón en una entrada circular. Pasando el sinfín de gravilla roja se encuentra una cabaña de madera moderna con paisajismo impecablemente podado y cantería, los cuales rodean el camino hacia la entrada principal y el jardín.
Hay un coche con licencia de Jersey al otro extremo de la entrada, pero no lo reconozco. No hay globos ni decoraciones brillantes que me alerten que hay otra pista en mi búsqueda del tesoro, así que estaciono, deduciendo que necesitaré tocar la puerta.
Como Emmett dijo que esta era la última parada, tomo la pizza, la heladera, y el canasto de picnic y camino hacia el acogedor porche de madera, toco el timbre… y espero.
Escucho un perro —perros, de hecho— ladrar, y me enderezo, sin saber a quién esperar.
Mucho menos a mi hermoso novio, quién me sonríe desde la ahora puerta abierta. Tiene puesto un suéter de punto trenzado color beige y jeans oscuros. Su piel sigue estando bronceada por ese sol anual de Arizona… y por supuesto, esos lentes de montura metálica que captan su perfeccionado aspecto apuesto y estudioso. Mi corazón se salta un latido como siempre lo hace.
Mi sonrisa hace juego con la suya, y mil veces más. Estoy girando mi labio inferior entre mis dientes, contenta de que Edward haya logrado sorprenderme, una vez más.
—¿Qué haces aquí?
Él resopla, esa sonrisa torcida, sexy y engreída resalta su humor, y toma la pizza de mis manos. Lucy y Linus ladran a sus pies, corriendo a nuestro alrededor, desesperados por escabullirse entre sus piernas y hacer su gran escapada hacia el exterior. Sus dedos se enlazan con los míos y me lleva por una preciosa sala espaciosa con una chimenea de roca que se extiende desde el suelo al techo, y hacia la enorme cocina.
La pizza, la heladera, y el canasto de picnic están colocados sobre la encimera y entonces me toma en sus brazos, plantando un beso ardiente en mi boca. Nuestros labios tiran y besan mientras nuestras lenguas bailan juntas.
Cuando nos separamos para respirar, él presiona su frente contra la mía.
—Hola —susurra, con voz ronca y llena de deseo—. Te extrañé.
—También te extrañé. —Nuestras bocas se encuentran varias veces más, porque diablos, han pasado dos meses desde mi cumpleaños. Los cachorros mordiéndose y jugando con el otro a nuestros pies se siente como una descarga de cosquillas—. ¿Fuiste tú todo el día?
Él asiente, nuestras frentes aún en contacto.
—Culpable.
—Bueno, ciertamente sabes cómo mantener a una chica concentrada.
Él da un paso atrás, sus hipnóticos ojos sexys me tienen ansiosa por llegar a la parte desnuda de nuestra reunión. Levantando nuestras manos unidas, besa mis nudillos.
—En todas estas décadas, ¿cuándo tú y yo hemos logrado ser predecibles?
—Buen punto. —Me agachó para darle a Lucy y a Linus un saludo apropiado, completo con caricias en sus vientres y besos. Son tan endemoniadamente adorables—. ¡Los extrañé, chicos! —chillo, dándoles masajes detrás de sus orejas.
Edward se nos une en el suelo y comienza a luchar con Linus.
—Entonces, ¿te divertiste?
—¿Ahora que sé que fuiste tú el que orquestó todo esto? Sí, incluso más. Por teléfono me tenías creyendo que había estado preparando algún encuentro romántico.
—Lo estabas haciendo. —Guiña un ojo—. Solo que no para Emmett y para Rosalie.
—¿Apuesto que también lo sabían?
—Solo Emmett. —La sonrisa traviesa de Edward se reúne con las arrugas en las esquinas de sus ojos, haciendo que mi estómago de un vuelco—. Él ha estado conspirando conmigo por un tiempo.
—¿Conspirando, eh?
Él asiente y se pone de pie.
—Gracias por recoger nuestro almuerzo. Pizza —Señala y abre la heladera—, batidos de menta caseros, ya que están fuera de temporada en McDonald's, y un canasto de picnic con una manta, platos, y servilletas.
—Y me hiciste conducir por todos nuestros lugares favoritos de la infancia.
—Así es. —Guiña un ojo e inclina la cabeza—. Echemos un vistazo antes de comer. —Con nuestras manos unidas, caminamos por un comedor formal, una gran sala con un techo catedral, y hacia las escaleras. Los paneles de madera, troncos y vigas expuestos me hacen pensar que estamos en un tipo de casa modelo para una edición en la naturaleza de Better Homes and Gardens.
Paseamos por el segundo piso de la casa vacía, echando un vistazo a los cuartos, los baños y los armarios. La cabaña restaurada es hermosa… tan Medford Lakes. Siempre sentí envidia de mis amigos que crecieron en este pueblo y vivieron en estas casas geniales con estilo rústico.
—Entonces, ¿qué piensas? —Nos detenemos al final de las escaleras.
Levanto las palmas y me doy la vuelta.
—¿Bromeas? Creo que es espectacular.
—¿La quieres?
levanto mi barbilla, mis ojos triplican su tamaño.
—¿Si la quiero? ¿Si quiero vivir aquí?
—Sí.
Sacudo la cabeza, esperando el remate.
—¿Eso siquiera es una posibilidad?
Él jala de mi mano así los dos estamos sentados en el último escalón.
—Lo es. He estado mirando casas por un tiempo.
Es imposible ocultar mi mirada incrédula y mi bufido correspondiente.
—Siento que me he perdido de un capítulo aquí.
Edward toma mis manos en las suyas antes de contestar.
—Cuando vine para estar contigo en agosto, después que tu papá se enfermó, la semana aquí me hizo pensar. Y extraño este pueblo. Extraño su singularidad. Extraño la privacidad de vivir en el bosque.
Sé exactamente a lo que se refiere. Este lugar es una joya. Aunque se pudo haber sentido claustrofóbico al crecer durante esos años llenos de angustia adolescente, la seguridad y la paz que predominan los mil doscientos acres son incomparables, al menos con los lugares que he visitado. Me encanta el sur de Jersey.
Él carraspea, afianzando su agarre en mis manos.
—Creo que deberíamos quedarnos aquí. Vivir aquí… hacer bebés aquí. —Guiña un ojo—. Regresemos a donde todo comenzó.
Vaya. Esto me está dejando anonadada, pero mi escepticismo no se puede evitar. Por mucho que me encante la idea de vivir aquí, la idea de él sacrificando su confort solo por mí es insoportable.
—¿Realmente quieres abandonar la vida que has hecho en Arizona? Estar en este pueblo incluso hace siete años fue demasiado difícil para ti. ¿Realmente estás bien ahora?
Él sostiene mi rostro en sus fuertes manos, jalándome hacia un suave beso. Sus labios son tan suaves y cálidos, él me derrite con su tacto, su corazón generoso. cuando nuestras miradas vuelven a encontrarse, su sinceridad me atraviesa.
—Hace siete años me encontraba en un lugar muy diferente, Bella. Nada sano en mi cabeza… enfermo en mi corazón. Pero soy una persona nueva. Me convertí en una nueva persona en los últimos seis años, y estar de vuelta aquí me deja desesperado por lo que teníamos todos esos años atrás. Medford Lakes fue perfecto para nosotros al crecer de niños, y creo que será perfecto para nosotros mientras crecemos como adultos.
Aparto la mirada, sonriendo casi tímidamente.
—Di que sí, Bella. —Su mano se estira por detrás de él y segundos después, tiene un impresionante anillo de diamantes entre nosotros—. Dime que quieres hacerlo. Vivir aquí, en nuestro pueblo natal, creando recuerdos nuevos y reviviendo los viejos. Dime que serás mi mejor amiga de nuevo… para siempre. Dime que puedo ser tu marido, por favor.
Toma aire profundo luciendo optimista, aún haciéndome enamorar cada vez más y más. ¿Acaso es posible estar más enamorada de él llegados a este punto?
—Bella, ¿te casarías conmigo?
Mis ojos llorosos sueltan las lágrimas que se han acumulado en los últimos segundos. Me inclino hacia adelante, llevando mis manos por detrás de su cuello. Besándolo suavemente al principio en su boca perfecta, deslizo mis labios por su mejilla, y entonces justo debajo de su oreja.
—Sí, Edward —susurro, antes de apartarme para mirarlo a sus ojos encantadores—. He querido casarme contigo toda mi vida.
