Olor a "libro nuevo"

Aquella mañana de lunes, al igual que las siempre desganadas mañanas de lunes para el personal de la Biblioteca de Fillydelphia, estaba fresca y tranquila. Pese a la pereza de comienzos de semana, cada bibliotecario se ocupaba de una tarea en específico. Por un lado, Archiver limpiaba las estanterías de la zona más reservada, donde están los libros que se consultan poco y se ensucian mucho. Generalmente, se trataba de los ejemplares más viejos o cuya información había caído en la obsolescencia, pero se los conservaba por su gran valor histórico. Además, a Archiver le fascinaban, y era un gran defensor de que los libros no envejecían, sino que el Tiempo y la Historia les concedían algo que él llamaba el "aura pretérita", un concepto que teorizaba en uno de sus muchos trabajos académicos. De hecho, tenía publicado, bajo el auspicio de la Universidad de Fillydelphia una investigación acerca de libros raros, incunables y documentos de gran antigüedad, donde aprovechaba para mencionar la colección especial que había recaudado para la Biblioteca donde trabajaba. Actualmente, continuaba investigando, porque el tema nunca se agotaba, pero dentro de un grupo de especialistas denominado "Caleidoscopio de Equinotrología".

Por otro lado, Catal Fast se ocupaba de revisar las fichas catalográficas de las recientes adquisiciones, fijándose de que no faltaran datos de la obra, que no hubiera errores en ninguna parte, que coincidieran bien el número de inventario y el de clasificación con la oblea pegada en la parte inferior del libro, y que cada uno tuviera dentro la correspondiente ficha de préstamo. Para hacer todo esto, la poni se guiaba por su cuaderno de notas, donde iba volcando prolijamente toda la información que sacaba de cada material, y donde además confeccionaba croquis de las fichas catalográficas, anotaba sus quehaceres, hacía borradores de notas de solicitud, y mucho más. Este cuaderno lo había hecho ella con sus propios cascos, pues había tomado un curso de encuadernación artesanal junto con Sweet Prose, lo que les servía de mucho en su quehacer para atender aquellos volúmenes que, por su estado de deterioro, requerían de una intervención para poder seguir siendo utilizados. Cuando se trataba de encuadernar o re-encuadernar, ambas trabajaban juntas, porque Catal era muy buena con las medidas y con el refilado de las hojas, mientras que Sweet era más paciente con la costura y prolija con el pegado de las tapas.

Y finalmente, Sweet Prose utilizaba sus dotes creativas para confeccionar un par de afiches para poner en el tablón de Novedades. Se trataba de un simple pizarrón portátil de corcho, de un tamaño menor a una puerta, que siempre ubicaban a la derecha de la entrada, cosa de ser visto enseguida. Día por medio, Sweet lo traía hasta el mostrador, y en él colocaba con chinches o punzones lo que había en cartelera para la jornada, ya fuera eventos institucionales, efemérides, exposiciones, avisos, etcétera. Incluso se brindaba un espacio moderado para anuncios de particulares o de otras instituciones, pero para eso se debía dejar una nota a la directora, Bureau Spokesmare, quien daba su aprobación o no.

En ese momento, Prose resaltaba con un punto de color chillón cada título de los libros nuevos que habían llegado, entre ellos dos ejemplares del "Diario de las Seis Amigas", una segunda edición revisada y ampliada; dos ejemplares del reciente libro de Daring Do; una edición especial de los dos tomos del "Don Cascote de la Marcha", un clásico de la literatura equestriana; y hablando de clásicos, había una edición completa de las aventuras de "Tridente el Bravo" y una gruesa antología ilustrada con cuentos de Hoofar F. Ponecraft, y otros escritores de misterio y terror, contemporáneos y no tan contemporáneos. Lo más novedoso, sin embargo, eran los dos libros de un tal J. H. Oddwells, que parecían ser los primeros de una saga en desarrollo: "Tecnotrópolis: la ciudad autónoma" y "Biopolítica de Tecnotrópolis: caballos autómatas", ambos eran lo que se daba en llamar "novelas gráficas", que podían describirse como una fusión de novela y cómic, ya que predominaban tanto el texto como las imágenes y los recursos de ambos géneros...

En la sala de lectura reinaba un silencio pacífico, sólo había un par de ponis jubilados que venían a leer el periódico, el Fillydelphia Herald, y otro mucho más joven, que había venido temprano para hacer tareas. La bibliotecaria de lentes y crin rubia, habiendo clavado la última chinche sobre el cartel, arrastraba suavemente el tablón con ayuda de su magia para devolverlo a su sitio en la puerta de entrada. Iba por la mitad de camino hasta que...

–¡ATCHÚ!

...un sonoro estornudo retumbó en todo el lugar, quebrando de repente el apacible silencio y, con ello, sobresaltando a todos los presentes. Hasta Catal Fast, desde dentro del despacho, lo oyó. Del susto, Sweet Prose había cancelado sin querer la levitación del tablón de novedades, y éste cayó al suelo con tanto aplomo que varios carteles se desprendieron.

–Aaah, ¿qué pasó…? – masculló la unicornio, mirando hacia todos lados sin entender, hasta que vio que, en la zona reservada, Archiver se levantaba del piso. –Archiver, ¿estás bien? – preguntó, dejando por un momento el tablón caído y dirigiéndose a su compañero.

–Uff… sí… esto me tomó de sorpresa – contestó él – debió ser tanta acumulación de polvo, no es que sea alérgico pero a veces pasa. Es la primera vez que un estornudo me hace caer sentado...

–¿Y cómo están las posaderas? – Catal había salido del despacho para ir a ver lo que había pasado.

En el piso yacían tirados unos tomos que Archiver retiraba para limpiar, y por lo visto, se les había dañado bastante el lomo por la caída abrupta - de por sí, la encuadernación se encontraba en mal estado. De una mesa en la que el bibliotecario tenía su maletín, en donde guardaba su equipo de limpieza y otros menesteres, se habían caído la pinceleta con la cual removía el polvo de los cantos de los libros y una franela húmeda. Por suerte, el balde con agua donde enjuagaba la franela se encontraba más alejado, en el piso.

–Están bien... y yo estoy bien – respondió Archiver sin querer dar mucha importancia a la pregunta de la poni terrestre – Sólo fue un breve incidente.

–No vaya a ser que ahora eres alérgico al polvo, o no podrías seguir trabajando con libros viejos – comentó Catal burlonamente en voz baja – ah, no... cierto, son "libros pretéritos" – agregó, haciendo énfasis en las últimas dos palabras.

–En realidad, son libros con "aura pretérita" – la corrigió Archiver, que se sentía halagado de ser el centro de atención aunque no de esa forma – que es la esencia que van obteniendo a medida que pasan los años, nos dice algo del pasado, nos intenta transmitir los significados de épocas remotas…

–Sí, sí, ya sé – interrumpió Catal, queriendo evitar el inicio de una disertación sobre algo que ya había oído muchas veces – Es muy interesante y todo, pero a veces quisiera que existiera algo para almacenar toda esa aura sin saturar nuestro espacio físico.

–¿A qué te refieres?

–A que cada vez vienen más libros nuevos y no tenemos donde meter los viejos, y bueno, pasa esto de que se nos cubren de polvo y hay que limpiarlos y mantenerlos… y casi siempre vale poco la pena, porque no tienen la suficiente circulación para justificar que nos ocupemos de ellos.

–Bueno, pero no podemos tirarlos así como así. ¿Quién sabe si un día no nos toca que viene alguien a pedirlos? – replicó Sweet, ella conocía bien la postura de Catal sobre el exceso librístico, pero no podía estar de acuerdo en descartar material valioso aunque hubiera problemas de espacio.

–Prose tiene razón – concidió Archiver – Tu problema, Catal Fast, es que rezongas porque no comprendes el valor histórico de cada material guardado en esta biblioteca -o en cualquiera-, y eso es ciertamente algo deshonroso para un bibliotecario.

–Yo sé que todo tiene valor histórico y eso, pero por algo nos toca hacer expurgo y decidir qué conservamos y qué no. Aunque se trate de un librito de cincuenta páginas hablando de sandeces y nadie lo consulta, ¿qué tanto valor histórico puede tener? ¿Para qué conservarlo en una institución pública? Una cosa es un bibliotecario y otra cosa es un bibliófilo.

Aquella última frase era claramente una puesta a prueba, y Sweet Prose lo notó. No se sentía nada cómoda de estar en medio de esa contienda, sabía que para Catal era un juego, una forma de molestar a Archiver por su gran afición a leer y coleccionar libros raros o curiosos -que, bueno, básicamente eso es un bibliófilo-, pero, al contrario, para él era un tema serio, y lo que podía ofenderlo no era tanto que lo llamaran bibliófilo sino que le restaran importancia a su trabajo. Y eso es lo que más o menos implicaba la aseveración de Catal.

–¿Qué tiene que ver eso...?

–¿Por qué no vas por un café y te tomas un descanso? – sugirió Prose al ver la tensión creciente, poniendo un casco sobre el hombro del archivero, quien consideró que no era una mala idea para despejarse, y se dirigió entonces al despacho.

Cuando estuvieron las dos solas, la unicornio de lentes miró a su compañera con un gesto de "¿por qué no puedes parar de hostigarlo?", y a su vez, la poni color crema se encogió de hombros. Sweet se dijo para sí que ya hablarían luego de eso. Se quedó pensando si el comportamiento de su amiga para con el semental era simplemente parte de su personalidad, o si se trataba de otra cosa. Esa idea de "te molesto porque me gustas" era parte del pensamiento común pero también algo estudiado por la psicología, y también muy alimentado por las malas novelas de romance, por eso Sweet no estaba de acuerdo con esas ideas, porque lo único que promovían eran relaciones tóxicas. Y ella no quería eso para ninguno de sus colegas.

–Vamos a tener que intervenir en estas encuadernaciones – comentó Catal, que había levantado los libros caídos y realizaba una rápida evaluación de daños de cada uno, empezando con un grueso tomo de historia natural – a éste se le desprendió totalmente la cubierta del lomo, aunque parece que la costura se salvó, y éste otro – añadió, refiriéndose a un libro más flaco, que según la tapa, trataba de zoología mágica, se le había desprendido una gran parte de las hojas – va a necesitar costura, porque como ves, tiene una encuadernación barata, las hojas están pegadas así nomas a la tapa.

–Bien… ¿queda alguno más para restauración?

–Por lo que veo, no – respondió la poni color crema, terminando de revisar a los caídos.

–Ok, yo iré a levantar el tablón. – dijo la unicornio blanca, aunque ayudó a su compañera a llevar los libros hasta el mostrador, con ayuda de su magia.

Cuando Sweet fue a levantar el pizarrón de anuncios, el potro que estaba haciendo tarea, un poni terrestre de pelaje color naranja oscuro y crin verde esmeralda con líneas blancas, se paró para ofrecerse a ayudarla, preguntando inocentemente "¿Puedo ayudarla, señorita Prose?". Ella, halagada de que alguien le dijera "señorita" -porque siempre tendían a confundirla con una "señora"-, dijo que sí, y entre los dos pusieron de pie el tablón. Luego, al juntar las hojas desperdigadas para engancharlas de nuevo al corcho, hubo que fijarse bien a dónde fueron a parar las chinches, por lo que la unicornio, agachada levemente y de espaldas al mostrador, sondeaba el piso con su magia, sin darse cuenta de ciertas miradas indiscretas. Y Catal lo notó.

–Oye, Prose, yo te ayudo con eso. Parece que las chinches se fijan mucho al corcho.

La poni color crema habló con una voz seria, y mientras avanzaba tenía los ojos fijos en el joven potro, quien, tras voltearse al escuchar las palabras de la bibliotecaria y ver su expresión de "Te pillé", comprendió que se refería a él. De repente pareció que se habían encendido dos calderas ardientes en sus mejillas, y se retiró sin decir nada, yendo a internarse en las enciclopedias. Por otra parte, los dos corceles ancianos volvieron a concentrarse, con disimulo, en sus periódicos, porque el jovencito no era el único que estaba recreando la vista.

–¿De qué…? – preguntó Sweet, enderezándose, sin haberse enterado de nada.

–Que te ayudo a buscar las chinches.

De este modo, ambas terminaron de acomodar todo, y luego de dejar parado el tablón al lado de la puerta de entrada, se tomaron un momento para contemplarlo. Además del cartel con los títulos de los libros nuevos, había una invitación de la Universidad de Fillydelphia para asistir al concierto de su Coro, y otro póster que anunciaba una conferencia del grupo "Caleidoscopio de Equinotrología", sobre los avances en sus investigaciones, que se llevaría a cabo en el Salón de Usos Múltiples de la Biblioteca. En el apartado para anuncios particulares, una hojita escrita a casco fijaba para el próximo viernes, la reunión de un "grupo de discusión Daring Do", acompañado de un dibujo de trazo regular, retratando a la famosa aventurera.

–¿"Grupo de discusión Daring Do"? Uf, seguro su reunión es más interesante que la del caleidoscopio de no sé qué.

–Seguramente son fans que se juntan a discutir sus partes favoritas de la saga, o con qué personaje se identifican más, o en qué leyendas y mitos se basa A. K. Yearling para crear las aventuras…

–O hacer una guerra de ships – ante la expresión de desconcierto de Sweet, la catalogadora aclaró – Es decir, cuando se ponen a discutir por cuál pareja es mejor o peor, porque a casi todo el mundo, cuando es fan de alguna novela o serie, le gusta emparejar personajes y defender esa relación como si fuera lo más sagrado del mundo. Es algo que se ha vuelto común.

–Ah, ya veo… aunque no creo que en Daring Do haya tanta interacción de personajes como para eso.

–Jeje, eso es porque no sabes la creatividad de algunos ponis para inventar parejas que no tienen ningún sentido, basándose en tonterías como "ah, se sonrieron, seguro se aman", y estupideces por el estilo.

–¿O porque ven que entre los personajes hay un tipo de tensión que sólo puede resolverse de una manera… bueno, ya sabes?

–Jajajaja, sí, de esos abundan. Estoy segura de que muchos fans escriben sus propias historias ficticias poniendo como pareja a Daring Do con el doctor éste, ¿cómo se llama? Caballeron, creo… o a Daring Do con Ahuizotl… ¡o hasta Caballeron con Ahuizotl!

Aquellas ideas desataron una risa fuerte en Catal Fast, mientras Sweet Prose se quedaba pensando en las posibilidades de que, de ser ellos parte de una obra ficticia, y de la cual existieran fanáticos escribiendo fanfics de romance, a quiénes emparejarían… la respuesta vino sola, y entonces ella se sumó a la risa de su colega. Pero cuando se imaginó que, en vez de emparejar a alguna con Archiver, fueran emparejadas ellas dos, su mente se perturbó y dejó de reír. Se dispuso a continuar con las tareas del día. En cualquier momento podía llegar la directora, y le preocupaba que las viera riéndose frente al tablón de novedades en vez de estar trabajando.

Al regresar al mostrador, Sweet observó por un momento los libros añejos que había que reparar, y los libros nuevos que había estado preparando para poner en el estante. Mientras retomaba su labor, estuvo reflexionando sobre la cuestión que habían discutido sus compañeros hacía un rato, sobre qué puede haber de interesante en las obras escritas de tiempos remotos, o qué pueden decirnos esas obras acerca de la memoria del pasado. Pensaba en algunos de los casos que Archiver había estudiado, de los que él le comentaba cuando Catal no estaba fastidiando en medio. Muchos escritos que sobrevivieron al tiempo, ayudaron a entender hechos o fenómenos del pasado que no se comprendían en el presente, especialmente hechos traumáticos. Por eso, conservar esos registros, y además los estudios realizados sobre ellos, era la forma de permitir que las siguientes generaciones los conocieran también, para que no cometieran los mismos errores. Después estaban los misterios relacionados con figuras ilustres y no tan ilustres de la historia de Equestria, usos indebidos de la magia, intrigas y desmanes de la corte de Canterlot, o los manejos de otros políticos que entraban en conflicto con el gobierno de la princesa Celestia. Había muchas vertientes que abordar…

Pasó la mañana, los ponis ancianos, cuando acabaron de leer el Fillydelphia Herald, cada uno a su ritmo, los devolvieron al mostrador y se retiraron. Al rato, el potro terminó sus tareas y cargó las pesadas enciclopedias que había consultado hasta el mostrador. Como no se encontraban ninguna de las dos bibliotecarias, y el otro bibliotecario había vuelto a internarse en la limpieza de estantes -y no lo iba a llamar porque no le caía bien-, el joven poni terrestre decidió esperar. Se pasó los cascos por la crin, para peinarla, y se acomodó su pañuelo amarillo con bordado de naranjas. Sus ojos se iluminaron cuando vio salir a la señorita Prose, y respondió con un entusiasmado "¡Sí!" cuando ella le preguntó si le había servido la información para su tarea, que trataba sobre mecánica de poleas.

–El que mejor lo explica es el Profesor Dynamo Gears, – señaló el poni terrestre, con tono emocionado en su voz – de la Escuela Politécnica de Manehattan. Se nota que el tipo sabe de lo que habla, y todos dicen que es un genio de nuestro tiempo. A mí me gustaría que me mandaran a la Escuela Politécnica, debe ser genial tenerlo como profesor… lástima que mis padres no quieren enviarme porque dicen que es una escuela muy cara, y a mi mamá le da miedo que yo viva solo en una ciudad como Manehattan.

–Manehattan no es tan mala, yo la he visitado varias veces. – comentó Sweet Prose – Por lo que sé, la Escuela Politécnica tiene un internado, y también un programa de becas accesible. Podrías averiguar cómo obtenerla.

–Eso me gustaría, aunque en mi familia no es que haya muchos problemas de dinero, sino que mis viejos quieren que yo me dedique al negocio familiar de las naranjas. Soy un Orange, me quedo con los Orange, y eso que no somos tan cerrados ni tercos como los Apple o los Pear.

–¿Quizá tus padres no confían en que puedas dedicarte a otra cosa, pero sin alejarte necesariamente de la ocupación familiar?

–Tal vez… me gustaría convencerlos de que aprender sobre máquinas nos puede ayudar a mejorar la producción, y esas cosas. Además, lo genial de la Politécnica es que allí estudió Oddwells, y sería espectacular aprender sobre lo que lo inspiró a escribir Tecnotrópolis… Por cierto, ¿ya tienen el segundo libro? Terminé de leer el primero, mañana lo traigo.

–Sí, ya está el segundo, aunque... – Sweet Prose buscó el cuaderno de reservas – ya tiene dos usuarios en lista de espera.

–¿O sea que tengo que esperar a que lo lean los otros?

–Así es, ¿quieres que te anote?

–Está bien – suspiró el potro con resignación, y agregó – Mi nombre es Navel Powell Orange – el poni terrestre alargó la pronunciación de su nombre, deteniéndose a mirar cómo la unicornio blanca lo escribía con su bonita caligrafía en el listado de reservas para "Biopolítica de Tecnotrópolis".

–Muy bien, ¿algo más? – preguntó Prose con su voz suave.

–Pues...¿podría decirme si ya aprobaron mi solicitud para el foro de discusión sobre la obra de Oddwells?

–Aún no, que yo sepa, pero la directora debe estar por venir, ella es quien da la autorización.

–Oh, está bien… tengo que irme a casa ahora, pero pasaré de nuevo mañana. Hasta luego, señorita Prose – se despidió amablemente Navel, a pesar de que hubiera deseado quedarse un rato más, si no fuera porque su mamá que estuviera en casa puntual para el almuerzo.

–¿Por qué siempre se te pegan los escuincles? – la de la pregunta era Catal, que había estado escuchando detrás de la puerta – Debe ser por esos flancos privilegiados.

–No sé si debería preguntar a qué te refieres…

–Jeje, no es nada importante. Ven, vamos a tomar un té – cuando las dos pasaron a la sala de bibliotecarios, Catal puso a calentar la tetera con agua y buscó las tazas y la caja con sobres de té – ¿Cómo te va con tu pollito de Manehattan? ¿Ya le has escrito?

–Todavía no he podido sentarme a responder su carta. – admitió Sweet con pena – No sé qué contestar, sinceramente.

–Ay, por favor, no es tan difícil, los corceles son sencillos, no necesitan que les escribas con alegorías. Eso es más propio de nosotras.

–Quizá esta noche me siente a leer de nuevo su carta, y pensaré bien qué escribir, pero tengo miedo de meter la pata.

–Oye, nunca sabes si metiste la pata hasta que efectivamente metes la pata. De todas formas, si necesitas ayuda, yo estoy libre esta noche. Pepper se va después del almuerzo.

–¿Entonces te irás a la estación al mediodía? – preguntó Sweet mientras levitaba le tetera hirviendo y vertía agua caliente en cada taza.

–Sí, porque ya no me da el tiempo de ir hasta su departamento y volver, además tiene que estar en Baltimare sí o sí a las tres. Así que arreglamos que nos veríamos en el restaurante frente a la estación.

–Y… ¿cómo estuvo el fin de semana?

–Con la lluvia y el cansancio que traía Pepper, muy tranquilo. El sábado nos dormimos a las once, imagínate, si casi siempre acabamos a la madrugada... bah, yo me dormí un poco más tarde, primero porque él roncaba como un toro, y segundo, porque me quedé pensando por qué roncaba así.

–¿Pepper no es de roncar?

–Casi siempre soy yo la que suena como un oso con almorranas, o eso dice él porque yo ni me entero. Pero la cosa es que estaba un poco preocupada, Pepper parecía una batata fibrosa y dura. – a Sweet casi se le vuelca el té al oír aquella comparación – Sé que suena gracioso, sí, es que cuando intimas seguido con un corcel, alcanzas una percepción especial. O sea, no sólo te das cuenta de la relación entre su rendimiento y su estado anímico, sino de cómo eso se transmite a su piel y a su carne, a sus movimientos, y capaz él no se da cuenta.

–Creo que entiendo... quieres decir que el estrés también se manifiesta a nivel muscular, como que no le pone muchas ganas cuando está estresado.

–Algo así, más o menos. Pepper no me habla mucho de su trabajo, a veces me cuenta de sus viajes o de ponis que conoce en el exterior, pero nunca da detalles de las operaciones que realiza. Y creo que últimamente ha tenido tareas muy pesadas, pobrecito. Anoche le hice unos masajes en los hombros y cayó como un bebé. Cuando lo llamé hoy temprano, estaba acomodadito bien en el medio de la cama-libro, y me pareció súper tierno…

Unos golpecitos sonaron en la puerta, y luego se asomó Archiver, diciendo que la directora Spokesmare ya había llegado, trayendo consigo unas cajas con donaciones.