Conservación preventiva
La mañana de un nuevo día. Ni siquiera sonó la alarma del despertador y Sweet Prose ya estaba arriba, apenas con unas pocas horas de sueño por quedarse la noche anterior con su padre, leyendo. El entusiasmo por descifrar los secretos de la "Supernova del Crepúsculo" podía más; quería descubrir quién se escondía detrás de la máscara de Ghost Letter, pues no cabía duda de que se trataba de un seudónimo y no de un nombre real. Fue la primera suposición, la primera cuestión debatida con Critic Journal, entre muchas otras preguntas elaboradas por padre e hija, las cuales ella apuntó una por una para ir respondiéndolas en orden a través de la lectura. Claro que surgirían otras más durante la lectura.
Para no complicar el trabajo de su padre, exigido a escribir una nota para el Fillydelphia Herald acerca del libro lo más pronto posible, Prose utilizó un hechizo de copiado para hacerse de su propio ejemplar. Así se ahorraba muchos dolores de cabeza, sobre todo el tener que acercarse a un poni con cierto poder, como por ejemplo el alcalde de Fillydelphia, y ver la forma de que él se lo preste, aunque lo más probable era que a ella le tocara entregar algo también. Y Prose no era esa clase de potranca. ¿Y si al alcalde no le habían enviado uno, y si tuviera que irse un nivel más arriba? He ahí otra pregunta: ¿hasta qué niveles de poder alcanzó la distribución del ensayo? A los más altos menos las princesas, seguro… sin olvidar a magnates y empresarios, a todo un círculo de ponis que manejan al resto de los ponis. De hecho, el señor Journal se contaba entre quienes sostenían una teoría sobre la existencia de un grupo secreto de poder, de selecta composición, operando desde las penumbras y desde los recovecos de lo legal. Dicha teoría se cimentaba en la misteriosa muerte de un periodista de Canterlot un par de años atrás. La versión oficial aseguraba que el fallecimiento se había producido por una "fiebre complicada", pero las circunstancias sospechosas y algunos mensajes cifrados a alguien de confianza, dejaban mucho espacio a la duda.
–Buenos días papá, buenos días mamá – saludó Sweet a sus padres en el desayuno – Hoy me tengo que ir rápido porque llego tarde al trabajo…
–Aquí está la otra madrugadora – dijo su madre con una risita – Buenos días, cariño. Supuse que se te haría tarde, por eso te preparé un desayuno para llevar. – acto seguido le alcanzó una bandeja cuidadosamente envuelta en papel.
–Awww mamá, no te hubieras molestado – Sweet la abrazó tiernamente.
–No hay problema… Qué bueno que alguien reconoce mi esfuerzo – agregó la yegua, dirigiéndose a su esposo, quien revisaba el primer borrador de su artículo mientras bebía café. A pesar de su concentración, sí había captado la indirecta.
–Ah, ¿también quieres un abrazo de mí? Venga para acá – dijo Critic Journal dejando todo para abrazar a su esposa – lo más maravilloso de la vida es despertarme a tu lado.
Con una sonrisa y buen ánimo, Sweet Prose salió de su casa, tomando una calle que la llevaría directo hacia el edificio donde vivía Catal Fast, quien la esperaba ya abajo en la puerta para continuar camino juntas hasta la Biblioteca Pública de Fillydelphia. A Catal le tomaba más o menos media hora despertar, peinarse, desayunar, cargar sus alforjas y bajar, ella era sencilla en ese sentido. Eso sí, lo recomendable era darle un cierto espacio hasta que se despabilaba del todo, pues por lo general estaba con pereza o de mal humor. Esto no significaba que trataría mal a nadie, sino que simplemente no le iba a prestar mucha atención. Cuando se reunía con su compañera, la escuchaba hablar durante el trayecto hacia el trabajo, porque Sweet siempre tenía algo para contar, y aquel día no sería la excepción.
–¿Trasnochaste, verdad? – le preguntó con una sonrisa a verla bostezar.
–Sólo un poco, sí…
–Voy a adivinar: estás alucinada con ese libro, ya te hiciste una copia, y eso va a consumir tus horas libres, descuidando otras cosas, como la respuesta a tu pegaso de Manehattan, ¿no?
–Oh, todavía me falta eso. Quizá me ponga a escribir esta tarde después del almuerzo. He pensado en agradecerle por su carta, y que… pues… me gustaría que nos conozcamos más. Y que me gusta su música, también…
–Bueno, hasta ahí vas bien, nada más trata de no parecer muy desesperada.
–No sé en qué sentido podría parecerlo, simplemente es un gesto de cordialidad. Y sé lo que vas a decir, pero hay que ir paso a paso… o carta por carta.
–Si tú piensas que el corcel vale la pena, dale para adelante. Al menos un amorío sirve para distraerse un poco de la rutina.
–¡No es un amorío! Apenas pasamos algo de tiempo juntos, y nos mantenemos en contacto por carta.
–Sip, lo sé. Por cierto, hablando de amoríos, ¿habrá hecho algo Archiver con las mentitas? Estoy segura de que no siguió mi consejo, conozco a Choco Mint, y tiene un buen corazón. Me gusta la pareja que hacen.
Ese comentario dio que pensar a Sweet.
–Oye, espera un momento, ¿no habrás tenido algo que ver con ese "gesto de cordialidad" que ella tuvo al regalarle mentas a Archiver, no?
–Ay, Sweet, vamos – contestó Catal con una risita – Suenas como un detective, ¿acaso me ves cara de alcahueta o qué?
–Nada de eso, es que te conozco bien.
–¿En serio?
La unicornio miró fijamente a la poni terrestre, diciéndoselo todo en nada.
–Bueno, como sea – continuó Catal – nos esperan un montón de libros por procesar en la biblioteca, así que mejor apuremos el paso.
Cuando entraron por la puerta lateral, descubrieron que Archiver ya estaba trabajando en el despacho, encargándose de algunos de los libros de la quinta caja. Unos ruidos en la dirección dieron cuenta de que también Bureau Spokesmare había venido temprano, seguramente para abrir la caja fuerte.
De modo que a las dos bibliotecarias les tocaba ocuparse de las tareas iniciales de la biblioteca. En primer lugar, abrir las ventanas para que entre claridad, pero sin correr completamente las cortinas, pues la luz del sol era uno de los principales agentes de deterioro físico de los libros, y de ninguna manera podían permitir que les pegara de lleno. La ventilación era otro factor importante para evitar la proliferación de hongos o el exceso de polvo, esa función la cumplía un sistema de ductos que filtraba el aire desde el exterior. Factores ambientales como la humedad y la temperatura exigían determinadas precauciones, especialmente en los días más lluviosos o en los días más calurosos. Un exceso de humedad haría proclive la formación de hongos, pero un ambiente con muy escasa humedad, produciría que el papel se reseque o resquebraje, por lo tanto, éste necesitaba sí o sí cierto nivel de humedad. Para obtener entonces un equilibrio entre aquellas dos variables, hubo un consenso entre las bibliotecas en la definición de las medidas óptimas de las mismas: entre 15° y 21° C, y entre un 45% y un 60% de humedad. Dichas mediciones son relativas, podían variar dependiendo del clima de la zona y de las condiciones arquitectónicas del edificio. A lo largo del día, las bibliotecarias iban registrando lo que marcaba el termómetro y un aparatito que medía el porcentaje de humedad. Si por alguna de esas casualidades detectaban que tal porcentaje superaba por mucho el valor normal, Sweet utilizaba un hechizo para bajarlo un poco.
Luego de atender a las condiciones físicas del ambiente, tocaba echar un vistazo a la sala de lectura, mesa por mesa, alfombras, para así corroborar que no había señales de la presencia de habitantes indeseados en la biblioteca, como roedores o insectos. Por lo tanto, era muy necesario no dejar nada que pudiera atraerlos, ni un resquicio, de ahí una insistente normativa de la biblioteca, de la cual solían quejarse frecuentemente los usuarios: no comer ni beber en la sala de lectura, no traer mascotas, etc. Pues parte de la responsabilidad en la conservación recaía sobre los usuarios… y por rebote en los bibliotecarios, porque les tocaba explicarles las normativas y el por qué de cada una, además de mostrarles cómo debían manipular los libros, teniendo cuidado con los lomos, con las páginas, no rayarlos, no doblar la punta de las hojas, no ponerlos parados sino siempre acostados… La más didáctica del equipo, la que más paciencia tenía en ese aspecto era Sweet Prose.
–Bien… – dijo Catal cuando acabaron – hoy parece que va a ser un día agradable, climáticamente, digo. Todo parece estar en orden… – chequeó el termómetro y el medidor de humedad – ...sip, valores estables. Veremos cómo sigue en un par de horas.
–Todo en orden en la sala de lectura también – afirmó Prose.
–Podríamos competir en el concurso de "la Biblioteca más Limpia del Año", jejeje. En serio, amiga, ni siquiera mi mamá es tan puntillosa con la limpieza.
–Es mejor ser así a encontrarse con desagradables sorpresas inesperadas, ¿no?
Desde que abrió una enciclopedia vieja y se topó un par de peces de plata, insectos muy frecuentes en estos medios, Sweet se asqueó tanto que se volvió más intensa en las cuestiones higiénicas de la biblioteca. Había diseñado un ordenado programa semanal de mantenimiento de los estantes, incluido el organigrama de a quién le tocaba esa tarea y cuándo. A pesar del fuerte deseo en contra de Catal, la directora Spokesmare aprobó ese proyecto. Justamente el día de ayer fue el turno de Archiver, la semana siguiente le tocaba a ella.
Al pasar a la zona de trabajo, nada había cambiado desde que ellas llegaron. El archivero continuaba leyendo, en su escritorio reposaban los libros trillizos de cubierta oscura, el libro con las correas, y uno de los manojos de cartas. Viendo la acendrada concentración del corcel, Catal pasó su casco por delante de su rostro, ganándose por un momento su atención, aunque al ver de quién se trataba, volvió a su lectura.
–¿Te vas a quedar leyendo todo el día? ¿No se supone que tienes trabajo igual que nosotras? ¿Qué va a decir Spokesmare al respecto? – le recriminó Catal rápidamente – Además, se supone que debemos procesar los libros, no ponernos a leerlos, ¿eh?
–Aún no hemos decidido qué se va a hacer con ellos – apuntó Sweet – ¿sólo los vamos a guardar hasta que alguien venga a reclamarlos?
–Oh, demasiadas preguntas, demasiadas preguntas – dijo Archiver, poniendo un señalador sobre la página para no perderla y levantándose de la silla para estirar los cascos.
–Esto es un tema delicado, y debe manejarse con cautela. – la directora Spokesmare apareció desde su oficina, levitando una pluma y una hoja de carta – Así que por ahora nos mantendremos neutrales.
–¿Hay noticias de que otras bibliotecas hayan recibido lo mismo que nosotros? – inquirió Sweet, recordando que también se sentía interesada por el extraño envío – Vanhoover, Manehattan, Las Pegasus, Baltimare…
–Nada por ahora, es probable que también decidieran mantener la reserva – respondió Spokesmare.
–Pero alguien va a prender la alarma, seguro, y le va a escribir a la princesa Twilight, y ella va a escribirles al resto, y quién sabe... – replicó Catal – ¿Por qué simplemente no informarle a ella de esto? Se trató de una intromisión en su donación, ¿ella no merece saberlo?
–Sí, querida Catal, pero como dijo la directora Spokesmare, debemos tener cuidado – señaló Archiver –Si alguien pudo intervenir una encomienda, uno puede esperar que también lo haga con el correo.
–Bueno, eso tiene sentido – Catal se encogió de hombros – aunque espero que después se justifique todo este "misterio" que están tejiendo alrededor de esos libros. No vaya a ser que resulte que fue simplemente una equivocación. Yo mientras tanto, voy a estar procesando con Sweet.
–Tengo curiosidad… – dijo la aludida en vez de seguir a su compañera – ¿piensas incluir esos libros en el corpus de tus investigaciones, Archiver?
El mencionado parecía confesarlo todo con su mirada, y dio un suspiro.
–Me tomas con la guardia baja, no puedo negar el aumento de mi interés en este caso, y cuanto más leo más me atrapa. Podría hacer un estudio para fines personales... sin embargo, no estaría en condiciones de dar a conocer públicamente esa información, ni siquiera al Caleidoscopio, hasta no saber que tengo permiso de revelarla.
–¿Eso no sería una invasión a la privacidad o algo así?
–Ciertamente, es una decisión cuestionable – admitió la directora Spokesmare – lo hemos charlado entre los dos, optamos por sólo tomar aquella información relevante para saber a quién pertenecen esos libros y si es viable regresarlos.
–Ya veo. Yo… yo por mi parte, ya tengo una copia de "La Supernova del Crepúsculo", no es completamente legítima porque la fabriqué con magia… pero he pensado en donarla a nuestra biblioteca cuando acabe mi proyecto.
–Bueno, lo de la legitimidad sólo lo sabremos nosotros – comentó Archiver – a pesar de que incierta la posibilidad de generarse un mercado editorial para esa obra en el futuro, lo cual dudo, por supuesto… ¿Has dicho que tienes un proyecto?
–Sí, o por lo menos es la idea de un proyecto. Me gustaría escribir sobre ese libro, para hacerlo accesible y comprensible para todos los ponis, porque no creo que los medios lo aborden en su complejidad. Y hasta podrían tergiversarlo.
–Es una idea interesante, Sweet Prose – Spokesmare asintió – con la calidad de un periodista e intelectual como tu padre de tu lado, no dudo de que tendrás éxito.
–Ah, mi padre ya está ocupado escribiendo para el Fillydelphia Herald, yo quiero escribir algo más propio, aunque no descarto la posibilidad de pedirle ayuda. Lo único que me preocupa es que las repercusiones negativas de la obra original impidan que mi libro tenga buena recepción…
–No es por querer tirarte el carro abajo, pero de aquí a que publiques lo tuyo, habrán corrido ríos de tinta sobre miles de resmas de papel acerca del asunto, ¿realmente quieres meterte en eso? – señaló Catal.
En el pasado, Sweet solía desanimarse mucho cuando alguien le decía los contras de sus ideas, no obstante, con el tiempo había aprendido a tomar esos comentarios como consejos, reconociendo que todo tenía su lado difícil, y entonces se planteaba resolverlo como un desafío. Había aprendido a evaluar las desventajas y las amenazas.
–Yo ya tengo contemplado eso, Catal – afirmó con total seguridad en su postura – y voy a servirme de esas circulaciones para exponer cómo los medios nos presentan aquello que no es accesible fácilmente al pueblo.
Dicho lo dicho, Prose y Catal pusieron cascos a la obra con los procesos técnicos, mientras las agujas del reloj continuaban moviéndose.
A eso de media mañana, vinieron a la biblioteca un poni terrestre y una pegaso que venían a recopilar información para una tarea escolar. La pegaso era de color magenta claro, y por el estilo rebelde y desordenado de su crin color turquesa, debía estar en plena adolescencia, al igual que su amigo, de crin bastante corta, una chaqueta azul sin mangas y para completar el combo, unos anteojos de sol.
–Buenas – dijo la pegaso ni bien entraron.
–Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlos? – saludó Prose amablemente, desde el mostrador.
–¿Tienen aquí algo sobre, eh… cómo se llamaba...? A ver, ¡piensa tú también! – agregó la jovencita, dándole una palmada a su compañero.
–Ah, eh… ¿no era algo de geografía…? Creo que era sobre geografía poblacional o algo así…
–Agh, yo tampoco recuerdo bien, no estaba prestando atención cuando lo dijo la profe ayer – admitió con vergüenza la pegaso, quien revisó sus alforjas y agregó – bueno, al menos traje mis cuadernos... ¿tú trajiste los tuyos?
Una rápida mirada al potro bastaba para darse cuenta de que sólo traía lo puesto. La potranca resopló con fuerza, fastidiada.
–Como sea… mira, te pasaré la tarea pero tendrás que ayudarme con esto, ¿ok?
–Okay, amiga, puedes confiar en mí – afirmó él, con un gesto de despreocupación.
–Y te quitas esas ridículas gafas, que aquí no alumbra el sol.
Aquella orden encubría, por el tono de voz de la enunciante, una advertencia al potro de que no se hiciera el tonto, porque ella sabía que traía los anteojos para disimular que se echaba una siesta.
–¿Vienen por primera vez a la biblioteca? – preguntó Sweet Prose, dispuesta a iniciar su protocolo de bienvenida para usuarios nuevos.
–Yo sí.
–Yo no – contestó el potro – me traía mi mamá cada tanto, cuando yo era peque, y nada más.
–¿Y tienen interés en hacerse socios?
–Por ahora no.
–Ni que se me dé por leer tantos libros.
–Ya veo, de modo que sólo harán una consulta aquí en la sala, ¿no?
–Sep.
–Bien, en ese caso, les recomiendo leer la normativa de la sala de lectura, aquí – la unicornio bibliotecaria les acercó un pequeño cuadro en el centro de la mesa – es importante tenerla en cuenta para cuidar un espacio que nos pertenece a todos.
Así empezó la segunda parte del protocolo: fundamentar las reglas, para no tener que repetirlas después. En primer lugar, era preferible no traer alimentos ni bebidas para evitar que se manchen o ensucien los libros o el mobiliario, o porque pueden quedar migas que atraen plagas. Sí tenían conserje en la biblioteca, pero éste limpiaba luego del horario de trabajo. A pesar de que los ponis se ofrecían a limpiar, no se podía tener contemplaciones, la norma regía para todos. En segundo lugar, explicó Sweet a los jóvenes, en lo que respectaba al uso de los libros, no se los debía poner parados sino acostados sobre la mesa, ni doblarles la punta de las hojas ni rayarlos ni escribir nada sobre ellos, ni siquiera con lápiz, se debía tener cuidado al pasar las páginas, especialmente las de menor grosor, ni se podía calcar directamente sobre ellas…
–Uff, ni que fueran de vidrio… ¿por qué mejor no los dejan guardados y ya? – se quejó la pegaso.
–Podrían, no sé, hacer algún conjuro mágico para que los veamos sin tocarlos – agregó el potro.
–Sé que puede resultar molesto adquirir estos hábitos, pero como todo hábito, con la práctica se va naturalizando. La importancia de este aprendizaje para los usuarios es garantizar el círculo de la conservación, que es lo que permitirá a otros ponis poder utilizar los libros en el futuro. De otra forma, sería imposible que duren… aunque no haya forma de evitar el deterioro, al menos podemos retrasarlo lo más posible.
–Algo parecido nos dicen en la escuela con respecto a los bancos… – comentó la pegaso, quien finalmente encontró la hoja en su cuaderno donde había anotado la tarea – Bueno, aquí dice que tenemos que buscar sobre "biología gestacional"... vaya, sí que le erré, jeje – agregó con una sonrisa apenada.
–¿Biología gestacional? Bien, ¿algún manual en particular?
Dado que la jovencita se encogió de hombros, Sweet Prose se encaminó al estante con la clasificación 610, mientras trataba de recordar el número exacto que correspondía a aquel tema. Se fijó primero en los manuales de biología general, y luego en las enciclopedias de ciencias naturales. Estaba muy concentrada en su tarea, como siempre. Y como siempre, no se percataba de nada detrás suyo. "Será mandona pero tiene buenos flancos…" había susurrado el poni terrestre, en un descuido. El casquetazo hasta lo escuchó Catal desde la oficina. "¡¿Qué estás diciendo?!" gritó la pegaso tras darle un sopapo al potro, llamando la atención de la unicornio.
–¿Ocurre algo?
–Nada, nada…
Aquella tarde, después del almuerzo, Archiver pasó por el hotel Sheraton Fillydelphia, para visitar a uno de sus colegas del Caleidoscopio de Entropología, antes de que éste se marchara hacia la estación para tomar el tren a Vanhoover. Se llamaba Cryptogram Decryptor, aunque prefería el alias "De-Cryptor". Era un unicornio de pelaje color azul zafiro, y su crin, de un gris oscuro que iba en degradado hacia el blanco. Su peinado hacia la izquierda le daba un aire misterioso. Pese al vivo naranja de sus ojos, su mirada transmitía cierta frialdad, cierta indiferencia, que a uno lo hacía dudar acerca de sus pensamientos. Su cutie mark era un extraño símbolo en líneas negras, bajo el cual se insinuaba una letra. Su barba en forma de candado contribuía a lo exótico de su identidad.
Cuando Archiver recibió la autorización para subir al cuarto, lo halló preparando su maleta, más llena de papeles que de ropa o cualquier otro pertrecho. La habitación era confortable, si bien no era de la categoría premium, constaba de una cama grande, baño privado, un par de sillones, gruesas cortinas color borravino y una vista al patio.
–Buenas tardes, Archiver – saludó el unicornio sin desviar la atención de lo que hacía.
–Buenas tardes De-Cryptor. ¿Cómo van los preparativos para volver a casa?
Aquella pregunta era una mera formalidad, pues sabía que él sólo respondía preguntas muy específicas. Una vez terminado de ordenar su equipaje, el huésped le ofreció asiento al archivero en uno de los mullidos sillones que incluía su habitación, sin mencionar palabra. Cuando se sentaron, lo observó fijamente todo el rato mientras duró su conversación.
–Debo comentarte algo. Cuando regresé de la reunión ayer, recibí un mensaje de la Biblioteca de Vanhoover.
De-Cryptor se ocupaba de los procesos de indización y confección de tesauros en la Biblioteca Popular "Starswirl el Barbado" de Vanhoover, aunque lo solicitaban muchas bibliotecas o unidades de información para trabajos de encriptado o desciframiento de información.
–¿Qué tipo de mensaje?
–Supongo que te habrás enterado de la donación de la princesa Twilight a las bibliotecas de varias ciudades de Equestria.
–Sí.
–Bien, en nuestro caso se esperaba cierta cantidad de libros, pero vinieron algunos de más. A mis colegas les resultó extraño, no saben qué hacer.
Hubo una pausa, en la que Archiver dio un gran suspiro, sabiendo a dónde quería ir su colega.
–Bueno… aquí pasó algo parecido. Llegaron libros que nadie pidió, pero que por alguna razón llegaron…
–Hmm.
Un breve silencio transcurrió entre ambos sementales, dilatando la creciente expectativa del empleado de la Biblioteca de Fillydelphia, ansioso por saber qué le habían enviado a la Biblioteca de Vanhoover. Sabía que estaba rompiendo el pacto de silencio que él mismo había impuesto a su directora y a sus compañeras, pero no tenía sentido ocultarle nada a De-Cryptor, ese unicornio se caracterizaba por su agilidad mental para prever cosas antes que nadie. Era un observador sagaz, veía a los ponis y podía descubrir si mentían tan sólo registrando los signos corporales de cada uno.
–¿Y entonces? – preguntó De-Cryptor, escaneando hasta la más mínima reacción de Archiver.
–Creímos que se trataba de un error, pero yo me di cuenta enseguida de que no. Hay algo más… por eso, aconsejé a todo el equipo de que guardara silencio acerca de ello… por ahora
–Hiciste bien.
Un defecto de aquel corcel era su extraordinaria parquedad para hablar, soltando la información a cuentagotas, produciendo la sensación de que se callaba mucho más.
–Vayamos al grano, De-Cryptor. – Archiver se enderezó en su asiento – Me citaste aquí porque tienes algo importante que decirme, y es sobre esos libros, ¿verdad? – por fin dejaba escapar la ansiedad que se retorcía en su interior –Prometí que guardaría el secreto, pero sé que puedo confiar en ti. Por el símbolo grabado en cada uno, deduje que fueron robados de una particular biblioteca, y por algún motivo, el ladrón los distribuyó con las donaciones de la princesa Twilight. Lo que da vueltas en mi cabeza es quién, por qué, cuándo… empecé a examinar cada uno en busca de respuestas, y sólo tengo un símbolo, un grabado, un dibujo, una marca, y quiero saber lo que significa… Si estoy aquí, es porque quieres saber lo mismo, o ya lo sabes, ¿o me equivoco?
Mientras oía con atención la descarga de Archiver, De-Cryptor había tomado una pluma, un tintero y una hoja en blanco. Garabateó allí un ojo, debajo de éste una herradura con la curva hacia abajo, arriba un compás a 45°, y un rombo encerrando todo.
–¿Es éste el símbolo? – le preguntó, poniendo delante de Archiver la hoja.
–Sí, lo he visto, está en casi todos los libros. – contestó el corcel – No me da buena espina, siento que está relacionado a un grupo secreto y peligroso.
–Supones bien. Sigue guardando silencio, porque las paredes oyen.
–Entiendo, ¿pero qué significa? –insistió Archiver señalando la hoja con el dibujo – ¿A quién pertenecen estos libros?
De-Cryptor solamente lo miró con expresión neutra.
–Lee "El Palacio Bermellón", de Ponecraft – contestó con extraña serenidad – y ten cuidado, porque aunque la revolución los haya corrido de Red Hollows... los herederos siguen rastreando los tesoros de sus patriarcas.
Aquello dejó que pensar a Archiver. Cryptogram nunca revelaba lo que sabía directamente, sino que plantaba enigmas a los demás para que éstos buscasen las respuestas por sí mismos. No lo hacía por diversión, y una vez se lo confesó a Archiver, sino porque tenía la certeza de ser espiado. De ahí su frase: "las paredes oyen…".
