Capítulo 9

El señor Darcy no había tenido la posibilidad de hablar sinceramente con su amigo porque desde que llegó a Netherfield muchas cosas habían pasado. Bingley había estado ocupado cuidando a su esposa, ellos habían tenido que pasar mucho tiempo recorriendo la hacienda para interiorizarse de todos los pormenores del lugar, y los pocos tiempos libres que habían tenido, siempre Caroline estaba entre ellos. Sin contar con que el señor Darcy pasaba gran parte rehuyendo a la hermana de su amigo e intentando no seguir sus impulsos y pasar más tiempo con Elizabeth Bennet.

La noche anterior, Caroline se había quedado dormida muy tarde planeando qué hacer para sacar a Elizabeth de Netherfield lo antes posible y los Hurst, al parecer, tampoco tenían intenciones de levantarse temprano. Elizabeth, como siempre, había aprovechado de salir a caminar por los alrededores de la hacienda antes que comenzara el día. De esa forma, después de desayunar Charles y el señor Darcy se encerraron en el estudio a compartir un café y a conversar como no lo habían hecho en muchos meses.

El señor Bingley le preguntó sobre el accidente y su salud en general, pero no quiso seguir indagando sobre el tema al ver lo incómodo que se puso su amigo. El señor Darcy no deseaba que nadie se enterar de lo que realmente había ocurrido y como no confiaba en su memoria, prefería a todo costa evitar hablar de ello.

"Darcy, sinceramente deseo que algún día puedas enamorarte y casarte con la mujer de tus sueños. Mi querido amigo, no hay palabras para que pueda explicarte lo feliz que soy desde que conocí a mi ángel." El señor Bingley pasó casi diez minutos hablando de Jane y de lo feliz que era con ella.

El señor Darcy escuchaba a su amigo atentamente pero sin poder realmente comprenderlo. Él no estaba seguro que alguien pudiera ser feliz con tan poco e ir en contra de su propio buen juicio en nombre del amor. "Me alegra saber que eres tan feliz, Bingley," fue todo lo que respondió.

"Te conozco mucho Darcy, y tengo la impresión de que no estás de acuerdo con mi decisión de haberme casado con Jane, y además creo saber por qué."

"Sabes que detesto mentir por lo que no voy a negarte que creo te apresuraste demasiado en casarte. Deberías haber ponderado de mejor forma los pro y los contra de casarte con una mujer sin dote, sin conexiones y con una familia que deja bastante que desear y de la que probablemente tendrás que hacerte cargo algún día."

"¿Para ti el amor no tiene ningún rol importante a la hora de elegir a tu futura compañera de vida, ¿cierto?" preguntó el señor Bingley.

"No," respondió el señor Darcy enfático.

"En eso, como en tantas cosas más, somos muy diferentes, querido amigo. Pero no creas que no soy capaz de comprender lo que dices porque entiendo perfectamente cómo ves la vida. Darcy, cuando yo era niño mis padres luchaban codo a codo para hacer prosperar el negocio familiar. Cuando ellos se casaron mi padre había heredado una herrería de mi abuelo y mi madre trabajaba en el negocio de reparar carruajes de su padre. Ellos eran un equipo y siempre estaban juntos, de esa forma construyeron la empresa de carruajes Bingley que nos hizo a todos ricos. Pero en la medida que nos enriquecíamos, mi padre quería más dinero y mi madre más reconocimiento social. Hasta que yo tenía ocho o nueve años, nuestras cenas eran en familia, en una casa pequeña y con unos cuantos sirvientes, pero todos unidos en los que mis padres nos contaban las cosas que estaban pasando en sus vidas y nos escuchaban. Pero para cuando tenía quince años, las cosas ya eran muy distintas, vivía en una mansión lujosa llena de sirvientes pero sin el cariño y dedicación de mis padres."

El señor Darcy escuchaba atentamente a su amigo y pensaba en su propia vida que había sido siempre solitaria. En los grandes periodos de tiempo en los que prácticamente no veía a su padre, y como su madre siempre prefería estar sola inmersa en su propio mundo. Él era un niño temeroso, muy tímido y sus recuerdos más felices de su temprana niñez, como los que relataba su amigo, era cuando le permitían cenar con la señora Reynolds en la cocina porque todos los sirvientes eran muy atentos con él y lo hacían reír. En ese lugar, él se sentía querido y considerado y le encantaba escuchar las risas y la forma tan animada en que todos conversaban mientras comían.

"Entonces, Darcy, yo que he tenido un poco de los dos mundos, deseo que mi futura familia, y principalmente que mis hijos crezcan con padres que se aman y que adoran pasar tiempo con sus niños. Darcy, ¿para qué quiero más dinero? Tú sabes mejor que nadie cuánto heredé de mi padre y cuánto me reportan todos los negocios en los que tengo inversiones. ¿Para qué quiero a una mujer que me proporcione dinero y conexiones a cambio de mi felicidad y la de mis futuros hijos? Yo nunca más quiero sentirme solo en mi propio hogar o tener que buscar la felicidad fuera de él."

"Entiendo, Bingley. Si esa es tu opción la respeto, pero no puedo decir que la comparto, y sinceramente espero que ella te dé esa felicidad que tanto anhelas porque dudo que pueda darte algo más que eso." El señor Darcy no pudo entender por qué cuando su amigo habló de buscar la felicidad fuera del hogar se había sentido tan incómodo.

"Darcy, los dos últimos meses han sido los más felices de mi vida, así que no dudo ni por un segundo de mi decisión de haberme casado con Jane."

"Me alegro sinceramente y espero de todo corazón que todo te resulte."

"¿Y tú no deseas encontrar la felicidad, Darcy? ¿En serio no deseas enamorarte?"

"No, si es a costa del respeto que le debo a mi legado o al honor de mi familia," respondió enfáticamente el señor Darcy.

"Entonces espero que puedas encontrar una mujer que cumpla con todos los requisitos para ser tu esposa y que puedas ser feliz a su lado," agregó el señor Bingley sinceramente.

Después de conversar unos pocos minutos sobre asuntos personales, comenzaron a revisar algunos documentos y a proyectar que harían los días siguientes. Aún tenían que recorrer algunas partes de la hacienda y el señor Darcy quería terminar todo luego y de esa manera poder irse lo antes posible.

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"¿Dormiste bien, querida?" le preguntó el señor Hurst a su esposa juguetonamente.

"De maravilla," respondió Louisa en el mismo tono.

La noche anterior como todos se habían retirado temprano a sus habitaciones, Louisa y su esposo hicieron lo mismo y pudieron pasar una velada agradable junto a la chimenea conversando de asuntos personales y jugando a las cartas, algo que rara vez podían hacer porque desde que se habían casado hace más de seis meses, habían pasado muy poco tiempo realmente solos.

Después de conversar y reírse mucho, pasaron la noche juntos y el señor Hurst tuvo la oportunidad de dormir abrazando a su esposa. Usualmente, Louisa recibía a Caroline en su habitación y ella se quedaba hasta muy tarde conversando, por lo que el señor Hurst se quedaba dormido esperando. Pero la noche anterior, Caroline estaba de tan mal humor que se encerró en su cuarto y eso les dio la posibilidad de pasar la noche juntos.

"Henry, debo reconocer que me dio mucha risa cuando le recordaste a Caroline aquel libro, me tuve que morder la lengua para no reirme. Pero te pido por favor que no le digas cosas como esas delante del señor Darcy, no la avergüences delante de él." Louisa le pidió a su esposo con tanto cariño aquello que a él no le quedó otra que aceptar.

"Te prometo que lo intentaré, pero ya sabes que a veces tu hermana me saca de quicio. Además, creo que debieras hablar con ella y hacerle entender que Darcy jamás le propondrá matrimonio, y que deje de perder su tiempo. Ella va a cumplir veinticinco años y es hora que empiece a pensar en formar su propia familia, no puede pretender vivir toda su vida con nosotros."

"Henry, créeme que yo le he tratado de explicar que un hombre como el señor Darcy, tan rico y con conexiones directas con la nobleza seguramente aspira a casarse con una rica heredera, probablemente de una familia con título."

"Yo creo que Darcy es menos frío y calculador de lo que él pretende ser. El punto es que no está interesado en Caroline y creo que nunca lo va a estar." Una de las ventajas que tenía el señor Hurst por sobre otros era que como todos los ignoraban nadie se percataba que él lo observaba todo. Y él la noche anterior, se había dado cuenta como Darcy miraba a Elizabeth y como ella también lo observaba a él. Pero por supuesto, él no le iba a mencionar nada a su esposa para evitar polemizar con ella al respecto.

"No está interesado en ella porque es un tonto, no creo que haya ninguna mujer que pueda ser una mejor esposa para él que Caroline," dijo Louisa enfáticamente.

"Louisa, no quiero que te disgustes conmigo, menos después de la maravillosa noche que acabamos de compartir. ¿Pero por qué siempre eres tan ciega ante los defectos de tu hermana? Te juro que me cuesta mucho entender por qué le permitas que te dirija la vida y siempre intervenga en todo lo que haces y en todo lo que hacemos."

"Henry, tú no entiendes nada porque ves las cosas desde tu propia perspectiva." Louisa se alteró un poco y por primera vez desde que conocía al señor Hurst decidió abrirle su corazón y compartir algo muy íntimo con él.

"Nuestra vida era tan simple cuando la empresa de mi padre era pequeña, Henry. No nos faltaba nada y vivíamos muy bien aunque sin grandes lujos. Pero cuando finalmente mi padre se transformó en un hombre muy rico, nuestra vida cambió drásticamente. Mi madre quería que sus hijos ocuparan un lugar prominente en la sociedad y que no sólo fuéramos los hijos de un rico comerciante."

El señor Hurst vio lo triste que se puso su esposa y la acurrucó en sus brazos. Ellos aún estaban acostados y no tenían planes de levantarse. Una vez que Louisa se calmó continuó con su relato por varios minutos de lo difícil que había sido para ella adaptarse al nuevo mundo en el que comenzaron a vivir desde que tenía catorce años.

"Henry, las chicas de ese seminario donde mi madre insistió que debíamos estudiar, eran tan crueles con nosotras. Las bromas y el constante desprecio que tuvimos que enfrentar con Caroline fue tan intenso, que el primer mes allí, no había noche que no llorara. Pero Caroline, aunque es dos años menor que yo, jamás dejó que nadie la pasara a llevar y se encargó de protegerme. Ella consiguió transformarse en una líder a la que todas respetaban por aprecio o por miedo. Si Caroline no fuera como es, ni ella ni yo jamás habríamos sido invitadas a importantes eventos y no tendríamos amigas de familias importantes como hoy las tenemos. Caroline hizo que el apellido Bingley se asocie con riqueza y distinción, pero lamentablemente Charles arruinó todo eso casándose con Jane."

El señor Hurst sintió pena por su esposa. Ella estaba tan equivocada en tantas cosas, pero él no deseaba seguir hablando de temas tristes en una mañana tan maravillosa como esa. Él no podía contarle a Louisa que los Bingley eran aceptados en sociedad sólo por su riqueza, que la mayoría de las personas de las clases sociales altas que ellos frecuentaban estaban en la ruina y andaban en busca de dinero fresco. De hecho, esa era la razón por la que su familia lo conminó a casarse con Louisa.

"Querida, ¿qué te parece si desayunamos en cama hoy?"

"¿En serio? Pero ¿qué van a pensar los demás?"

"Dile a tu doncella que estoy enfermo, que tengo jaqueca y que me acompañaras a desayunar en mi habitación."

"¡Me encanta la idea! Iré inmediatamente a hablar con Molly.

Antes que Louisa pudiera levantarse, el señor Hurst la tomó en sus brazos y la besó apasionadamente. "Pero no tienes que ir inmediatamente, quédate unos cuantos minutos más conmigo."

"Esta mañana, usted despertó lleno de muy buenas ideas, señor Hurst," contestó Louisa mientras abrazaba a su esposo riendo alegremente.

"Es usted la que me inspira, señora Hurst," dijo Henry mientras besaba en el cuello a su esposa provocando una serie de risas en ella.

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La noche anterior, Elizabeth le había escrito una extensa carta a tía Agatha. Ella necesitaba desahogarse con alguien, y ella era la única persona que podía entender su gran dilema porque había conocido de cerca al tío de William y a su sobrino. A lo mejor, ella podía darle alguna idea de que era lo que estaba pasando. Elizabeth sabía que Charles periódicamente escribía a Londres y él le había confirmado que esa mañana pensaba mandar correspondencia a la ciudad por lo que le preguntó si podía mandar su carta y él, tan amable como siempre, estuvo feliz de poder ayudarla.

Ella desearía poder haberse ido ese mismo día, pero Jane le había rogado que la acompañara un día más porque tenía pensado organizar una cena especial esa noche para darle la bienvenida al amigo de su esposo y le había rogado que la asistiera en eso. Elizabeth sabía que ni Caroline, ni Louisa le ofrecerían su ayuda y Jane todavía estaba un poco débil. Lo bueno era que Jane le había ofrecido su carruaje para llevarla de vuelta a Longbourn al día siguiente, por lo que sólo le quedaban veinticuatro horas en ese verdadero nido de víboras.

Esa mañana, después de desayunar en su habitación y conversar un rato con Jane, salió a caminar por los jardines. No se dio cuenta de cómo llegó casi al final del parque y cerca de los establos. En esa parte del jardín había unos cuantos árboles y unas bancas de piedra que eran bastante antiguas. Allí, los jardines eran menos elaborados que los que había en frente de la casa, pero ella los prefería. Ella estaba muy concentrada en sus pensamientos y de repente se asustó mucho cuando vio un par de ojos oscuros observándola curiosamente.

"¿Y tú por qué miras así?" preguntó sonriendo.

El perro sólo movió la cola y ladró, luego fue a buscar un palo y lo dejó en los pies de Elizabeth.

"Me imagino que un montón de veces te han dicho lo inmensamente lindo que eres y por eso sabes que nadie se puede resistir a esos ojitos tan encantadores," dijo Elizabeth mientras acariciaba al perro en la cabeza y él movía la cola sin césar. "Está bien, tú ganas." Elizabeth tomó el palo y lo arrojó lo más lejos que pudo mientras el perro corría fascinado a buscarlo.

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Después de la conversación de la mañana con su amigo y de revisar una pila de documentos, el señor Darcy necesitaba salir un poco de la casa. El día estaba despejado e invitaba a caminar, por lo que decidió dar unas vueltas al jardín antes de continuar trabajando. Él sabía que antes del almuerzo conocería a la nueva y flamante señora Bingley y estaba preparándose para la idea. No sabía qué esperar, si era una especie de ninfa impertinente como su hermana Elizabeth, o una mujer cabeza hueca como su madre y hermanas menores.

Como fuera, sabía que debía ser cordial con ella y eso lo tenía de mal humor, porque tendría que probablemente escuchar por horas las conversaciones intrascendentes de una mujer de la que le costaba mucho tener una buena opinión, pero por su amigo iba a ser capaz de tolerarla.

Desgraciadamente cuando iba saliendo de la casa escuchó una voz que le llamó. "Señor Darcy, que afortunada coincidencia, parece que ambos tuvimos la misma idea de salir a caminar por los jardines. Es que el día está tan lindo, ¿no cree usted? ¿Le molesta si lo acompaño?" preguntó Caroline sabiendo que él no podía rechazarla.

"Por su puesto," dijo el señor Darcy y Caroline inmediatamente se tomó de su brazo. En ese momento él estaba seguro que los dioses estaban todos confabulados en su contra o que no había ningún hombre en el mundo que tuviera peor suerte que él.

Caroline no paró de hablar mientras caminaban dándole aún más detalles de la familia Bennet y de la forma en como usualmente se comportaban en público. Le contó que incluso el señor Bennet muchas veces animaba el comportamiento ridículo de su esposa e hijas porque lo encontraba divertido. Él usualmente dudaba de las cosas que Caroline decía, pero en ese caso, estaba casi seguro que decía la verdad. Incluso cuando ella deslizó la idea de que Jane se había casado con su hermano por puro interés material.

"Imagínese, señor Darcy, que esa mujer horrorosa le pidió a Charles que comisionara a algún artista un retrato de todas sus hijas para ponerlo en uno de los pasillos centrales de la casa. Se imagina tener que ver a ese montón de mujeres vulgares todos los días," dijo Caroline con disgusto.

"¿Y qué dijo Bingley?" preguntó el señor Darcy intrigado. Su amigo era un excelente hombre y muchas veces con tal de no tener que discutir, cedía fácilmente a lo que otros le pedían.

"Eliza le dijo a su madre que lo que correspondía era un retrato de Jane, y Charles estuvo de acuerdo con ella. No sé para qué tenemos que tener un retrato de esa mujer si la vemos todos los días," dijo Caroline. "Imagínese, señor Darcy, un retrato de las hermanas menores rodeadas de oficiales y otro de Eliza con la enagua toda enlodada," agregó Caroline riendo.

"No creo que sea difícil para un artista pintar una enagua enlodada, pero los ojos de la señorita Bennet son tan bonitos, que dudo puedan ser capturados en una pintura." El señor Darcy en ese momento creyó ver un pequeño retrato de la cara de Elizabeth y darse cuenta de que ninguna pintura, por bien hecha que estuviera podía hacerle justicia a esos ojos tan intensos en emoción y tan bellos en forma. "Esos ojos…"

"¿Qué ojos? ¿Los de Eliza? Yo no les veo nada de bonitos. Es más, son bastante corrientes, muy parecidos a los que tiene nuestra cocinera en la casa de Londres." Caroline estaba furiosa, como un hombre como el señor Darcy se atrevía a decir una cosa así de esa maldita mujer. Pero además, se sentía aún más desesperada al darse cuenta como él parecía absorto en sus pensamientos. De sólo imaginar que pensaba en ella le hervía la sangre.

Caroline, inmediatamente cambió de tema y se puso a hablar de lo mucho que extrañaba Londres y de lo mucho que detestaba Hertfordshire. Pero el señor Darcy aunque la escuchaba prefería no decir nada porque se había dado cuenta de que sin quererlo había dicho cosas que no debía. Pero por alguna razón, cuando Caroline mencionó el tema de la pintura y Elizabeth, él creyó ver el rostro de Elizabeth en un retrato. Una especie de recuerdo tan vívido que lo dejó completamente descolocado.

Caroline se daba cuenta de que nada de lo que hacía o decía sacaba al señor Darcy de su ensimismamiento hasta que vio a Elizabeth en la parte trasera del jardín corriendo como una salvaje en compañía de un perro. Por eso, hizo que tomaran el camino que llevaba a esa parte y cuando estaban lo suficientemente cerca dijo con sarcasmo, "Esa mujer es una verdadera salvaje, señor Darcy. Mírela como juega con ese perro como si fuera una campesina o una de las criadas de la casa."

El señor Darcy miró y vio a Elizabeth riendo mientras abrazaba a Platón, su perro de caza y fiel compañero. Lo que más le llamó la atención era que su perro se daba con muy pocas personas, de hecho muchos le tenían miedo, pero sin embargo parecía no tener problema alguno en aceptar los arrumacos de la señorita bennet.

"Eres tan lindo, con esas orejas tan largas y tu carita tan tierna," le dijo Elizabeth al perro que la había hecho reír por los pasados quince minutos. Luego lo abrazó y le dijo al oído, "gracias por alegrarme el día, realmente lo necesitaba."

"Eliza, no sabía que podías hablar con perros. ¿Aprendiste eso en uno de los muchos libros que lees?" preguntó Caroline con una risa burlona. En ese momento no había nadie a quien odiara más en el mundo que a esa mujer.

Elizabeth no pudo creer su mala suerte, justo cuando estaba pasándola tan bien tenía que aparecer Caroline a fastidiarla. "A veces, señorita Bingley, hablar con un perro es más entretenido que hacerlo con personas. Ellos sólo escuchan y no replican cosas que uno no quiere escuchar o no le interesan." Elizabeth no se había volteado para responder porque seguía abrazando al perro por lo que no se dio cuenta que el señor Darcy también estaba allí hasta que escuchó su voz.

"Platón, ven aquí." El perro obedeció inmediatamente y fue al lado de su amo, que le acarició la cabeza.

Elizabeth antes de voltearse se arregló un poco el pelo consciente de que debía estar todo desordenado después de haber estado corriendo con el perro. Después se volteó y dijo, "Señor Darcy, señorita Bingley, creo que es hora que regrese a la casa. Qué tengan un lindo paseo. Fue un gusto conocerte, Platón."

El señor Darcy sintió que le faltaba el aire cuando vio a Elizabeth con las mejillas sonrojadas y sus ojos brillantes por el ejercicio. Él quería decir algo para que Elizabeth se quedara con él, pero no le salieron las palabras y cuando finalmente reaccionó vio que Elizabeth corría rumbo a la casa y que Platón movía la cola mientras la miraba alejarse. Al parecer el encanto de esa dama no tenía límites y embrujaba por igual a humanos y animales.

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"Lizzie, estoy un poco nerviosa. Sé lo importante que es el señor Darcy para Charles y deseo causarle una buena impresión," dijo Jane muy agitada.

"No te preocupes, no hay nadie que al conocerte no quede encantado contigo, mi querida hermana. Sólo actúa como lo haces siempre y todo saldrá bien." Elizabeth no deseaba tener que estar allí cuando ese hombre conociera a su hermana porque no podría contenerse si él la trataba con el mismo desprecio que lo hacía con todos. En cuanto regresó a la casa, se cambió de ropa y le pidió a la doncella de Jane que la peinara. Ella quería estar presentable para que Caroline no comenzara a hacer comentarios hostiles hacia ella y creara un ambiente tenso para Jane.

Finalmente, Charles entró al cuarto acompañado por su amigo y Jane se acercó a ellos. "Darcy, amigo, esta es mi querida esposa, la señora Bingley. Cariño, este es mi amigo del que tanto te he hablado, Fitzwilliam Darcy."

"Encantada de conocerlo, señor Darcy, y bienvenido a Netherfield. Me siento muy apenada de no haberle podido dar la bienvenida que usted se merecía, pero ya sabe que estuve un poco enferma. Pero estoy organizando una cena para esta noche para darle la bienvenida como corresponde y para agradecerle todo el apoyo y buenos consejos que le ha dado a mi marido en esta nueva etapa de su vida." Jane hizo una pequeña reverencia de cortesía y se tomó del brazo de su esposo porque estaba muy nerviosa y necesitaba su apoyo.

"El gusto es mío, señora Bingley, y muchas gracias por su bienvenida y buenos deseos." El señor Darcy en cuanto vio a la esposa de su amigo entendió perfectamente por qué se había enamorado de ella. Sin duda alguna era una mujer excepcionalmente hermosa y de voz muy suave, al menos en apariencia, un verdadero ángel.

Jane los invitó a pasar y sirvió el té para todos los presentes y comenzaron a conversar animadamente, principalmente por las intervenciones del señor Bingley y Elizabeth. Pero la paz duró muy poco porque Caroline llegó al cuarto y comenzó a monopolizar la conversación y a actuar como la anfitriona de la casa, quitándole el lugar a Jane. Elizabeth se disculpó y se retiró de la habitación porque si permanecía un minuto más allí sabía que se armaría una gran discusión y ella por nada quería arruinar el encuentro de su hermana con el amigo de su esposo.

El señor Darcy se dedicó a observar a Jane detenidamente y pudo darse cuenta de que no era como el resto de su familia. Ella era dulce, recatada y hasta un poco tímida, en contraste total con su hermana Elizabeth. Por la forma en cómo le tomaba la mano a su esposo cada vez que hablaba, se dio cuenta de que, al parecer, ella también estaba enamorada de Bingley como él de ella. Pero más allá de todo eso, pudo apreciar que también era bastante refinada y de excelentes modales. En esos momentos no podía explicarse como ella, y la cautivante Elizabeth, podían ser hijas de la mujer que había conocido unos días atrás.

En ese momento, sintió un poco de remordimiento por haberla juzgado tan a la ligera, y sobre todo por haber creído en las palabras de Caroline. Al menos no todo era tan malo, si Bingley lograba alejarse de la familia de su esposa estaba seguro que la nueva señora Bingley sería aceptada en sociedad sin problemas.

"Señor Darcy, quiere más té," dijo Caroline ignorando por completo que Jane estaba en el cuarto y era la anfitriona.

"No, señorita Bingley. La señora Bingley ya me sirvió," contestó el señor Darcy tajantemente.

Después de media hora de conversación los hombres regresaron al estudio y Jane fue en busca de Elizabeth para encargarse de los últimos detalles de la cena de la noche. Caroline se fue en busca de Louisa porque no la había visto en todo el día y necesitaba que la ayudara a elegir vestido para esa noche. Ella tenía que verse mejor que nunca para impedir que una vez más Eliza le robara la atención del hombre de sus sueños.

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La cena había sido más tediosa que de costumbre porque Caroline una vez más se había encargado de que todos conversaran de lo que a ella le interesaba. Además, había cambiado los arreglos florales que Jane había puesto en la mesa de lugar, y redistribuyó los asientos de la mesa a su antojo sin respetar lo que Jane había programado.

Elizabeth se había puesto uno de los hermosos vestidos que le había regalado su tía Agatha y se había arreglado el pelo de una forma que destacaba el contorno de su rostro y el color de sus ojos. Jane le había ofrecido prestarle algunas de sus joyas pero ella le dijo que no era necesario. Por lo que se puso sus aretes de siempre y la vieja gargantilla de plata que su tío Archibald había restaurado para ella. Se sentía triste y melancólica esa noche porque al ver al señor Darcy tan bien arreglado no pudo evitar acordarse de William. Y nuevamente comenzó a preguntarse si eran la misma persona, y por qué razón él se había burlado de esa manera de ella. Por eso, casi no había notado como Caroline y Louisa hacían comentarios despectivos hacia ella y su familia todo el tiempo, esa noche nada de eso le importaba.

El señor Darcy estaba como hipnotizado y por más que luchaba consigo mismo no podía dejar de mirar a Elizabeth de vez en cuando. Pero esta vez, ella no lo había mirado ni una sola vez. Parecía tan lejos, como si una tristeza muy grande la invadiera y él de sólo verla así, se sintió igual de triste. Ella se veía tan bonita cuando sonreía, como hace unas pocas horas lo había hecho con su perro, que él habría dado cualquier cosa por hacerla reír.

Después de la cena no hubo separación de hombres y mujeres, y todos pasaron juntos al salón para continuar conversando o más bien, escuchando a Caroline y Louisa. El señor Bingley hizo que Jane se sentara junto a la chimenea y trajo una manta para cubrirla y se sentó al lado de ella. Parecía que para ellos era suficiente estar juntos y tomados de la mano para sentirse cómodos y felices.

El señor Hurst buscó el sofá más alejado de su cuñada posible y se sirvió una generosa porción del brandy de su cuñado. Al parecer, todo lo que había acontecido la noche anterior y esa mañana no había sido más que una ilusión y Louisa seguía viéndolo como el hombre no muy atractivo y sin grandes méritos más que ser el sobrino de Lord Fleming. Él no podía negar ni un minuto más que estaba enamorado de ella, pero ella tenía otras prioridades y él siempre iba estar en un lugar relegado en su vida.

Caroline deseaba hablar con el señor Darcy, llamar su atención y sabía que la única forma de hacerlo era a través de la cuñada de su hermano. "¿Sabías, Charles, que a Eliza le gusta hablar con los perros?"

El señor Bingley sonrió y dijo en tono jocoso, "No, pero yo hablo con mi caballo, así que te entiendo perfectamente, Lizzie."

"Me alegra saber que no soy la única que habla con animales, Charles," dijo Elizabeth feliz de que su cuñado siempre contrarrestar las patochadas de su hermana. "Pero en mi defensa debo decir que era un perro muy lindo, y no pude resistir jugar un rato con él."

"Platón es uno de los mejores perros de caza que he tenido, señorita Bennet. No creo que decir que sea lindo le hace justicia a su crianza o entrenamiento. Si él pudiera entenderla, seguro se ofendería al escuchar que lo describen como 'un perro lindo'," dijo el señor Darcy sonriendo y provocando las risas del señor Bingley y Jane, y la curiosidad de Caroline.

"¿Es Platón un perro engreído preocupado por lo que otros piensan o dicen de él? Bueno, no es primera vez que me pasa que juzgo a un… ser viviente equivocadamente," dijo Elizabeth con un poco de resentimiento.

"No creo que podamos llamar engreído a un hom… ser viviente porque se siente orgulloso de su linaje y de su posición en la vida," argumentó el señor Darcy.

"Estoy de acuerdo con usted, no hay nada de malo en estar orgulloso de su legado o posición en la vida, siempre y cuando no se use como una excusa para mirar a otros por debajo del hombro." Elizabeth dijo, mirando al señor Darcy, pero se dio cuenta de que estaba yendo demasiado lejos y se estaba dejando llevar por su amargura por lo que agregó inmediatamente, "y me costaría mucho pensar que Platón haga una cosa como esa, de hecho más tarde lo vi muy feliz jugando con el perro del jardinero."

"Con ese nombre francés no me extraña que ese perro actúe de esa manera, Eliza. En ese país está lleno de gente que defiende esas ideas revolucionarias. Afortunadamente en Inglaterra todos tenemos claro el lugar que cada cual ocupa en la sociedad," dijo Caroline con desdén.

"Eso debe ser," dijo Elizabeth sonriendo.

"Miss Bennet, pensé que conocía a Platón, me refiero al filósofo," dijo el señor Darcy un poco sorprendido.

"Sí, a través de mi padre tuve la oportunidad de leer algunas cosas de él. Pero debo reconocer que me parecen mucho más atractivas las ideas de Aristóteles, otro gran filósofo francés," agregó Elizabeth sonriendo.

El señor Darcy no pudo evitar soltar una carcajada y preguntar, "¿Por qué le parece más interesante Aristóteles?"

"Porque Platón propone la idea del gobierno de los mejores y ya sabemos que los que se hacen llamar los mejores no siempre lo son, mientras que Aristóteles plantea una organización en el que el desarrollo de todos los individuos de una sociedad son importantes para el desarrollo colectivo."

"¿Es usted una especie de revolucionaria, señorita Bennet?" preguntó el señor Darcy absolutamente fascinado y con ganas de provocar a esa diosa de ojos maravillosos.

"No, ni tampoco es mi padre de quien he aprendido la mayoría de las cosas que sé. Es sólo que a veces, hay cosas tan injustas como…"

"Creo que es hora de alegrar la velada con algo de música y dejar de hablar de revolucionarios franceses y cosas que a nadie le interesan. Eliza, ¿por qué no nos haces el honor de tocar el piano?" Caroline estaba desesperada y pensó que si el señor Darcy escuchaba lo mal que Elizabeth tocaba, dejaría de mirarla con esa cara de bobo.

"Lo siento, señorita Bingley, pero prefiero no tocar esta noche. Usted y su hermana tocan mucho mejor que yo, creo que es mejor que las escuchemos a ustedes."

"Tienes razón, el señor Darcy está acostumbrado a escuchar ejecuciones perfectas porque su querida hermana toca tan bien."

Caroline habló de la hermana del señor Darcy por varios minutos y Elizabeth llegó a la conclusión de que era sin duda alguna una muchacha igual de engreída que Caroline, e incluso aún más tomando en cuenta su origen social.

Después de media hora de música, Elizabeth se excusó diciendo que al día siguiente retornaría muy temprano a su casa y quería descansar. En él momento que ella salió del cuarto, el señor Darcy comenzó a extrañarla. Esa noche soñó una vez más con ella, pero esta vez estaban en los jardines de Pemberley jugando con todos sus perros.

A la mañana siguiente, el señor Darcy se levantó muy temprano pero no salió de su cuarto. Desde allí, y casi oculto tras la cortina, vio a Elizabeth abordar el carruaje que la llevaría a su casa. Se sintió aliviado porque pensaba que ahora que no tendría que verla y oírla diariamente, podría por fin concentrarse en lo que había venido a hacer. Él ya le había comunicado a su amigo que después del baile en honor de su esposa, volvería a Londres donde tenía muchos asuntos pendientes.

Cuando vio el carruaje alejarse sintió una mezcla de alivio y desesperación, y no pudo evitar decir "Adiós, señorita Bennet."

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Gracias a todos los que dejan comentarios y siguen la historia con entusiasmo ya sea leyendo directamente o a través del traductor.

¡Nos vemos pronto!

Saludos,

YO