Estuvieron charlando minutos, minutos que se convirtieron en horas, horas tan rápidas que pasaban como segundos.

El Sol, aunque todavía en lo alto, brillaba menos. Casi parecía que, sabiendo que le quedaba varias horas para su muerte, decidía marchitarse de antemano. El Sol moría envenenado, imposible de ser salvado.

Sin la posibilidad de ser molestados por el fuerte fulgor del Sol, el grupo de amigos decidieron trasladar la conversación al jardín interior.

Era un lugar perfecto para disfrutar de la brisa marina que además de salar el ambiente, lo refrescaba agradablemente. Era una amplia parcela, con yerba verde y amarilla, casi sin ninguna flor salvaje. No era como aquel jardín que antes Sans, vio de su vecina: este parecía vacío.

Él sintió algo parecido al desagrado al ver los altos muros que esta vez si separaban ambas propiedades. Quiso suspirar por ello. Debería sentirse agradecido, ya no tendría que ver los molestos ojos de Chara, ni siquiera sentía su odiosa presencia detrás del blanco muro de gotelé.

Sans puso sus brazos detrás de su cabeza. Estaba recostado sobre la típica silla de metal de exterior, en pocas palabras, incómoda. Él sabía que no tardaría demasiado en que la parte desnuda de sus muslos fuera decorado una marca roja del metal. Pero tendría suerte, sin demasiada calor no tendría que pegarse a la silla, eso sería fastidioso.

Con discretas ojeadas, miró como el muro solo estaba decorado por discretas enredaderas de flores amarillas, mas, no habían ningún brillo en ellas. Le faltaba aquella vida de las que las plantas de Chara rebosaban.

-No tienes que preocuparte demasiado por ella, Sans. No hará nada...

-¿Eh? No estoy preocupado. Nadie tocará a mi hermano.

Undyne se sentó enfrente suya. Con sus ojos anaranjados fieros y las manos hechas puños, giró también el rostro para fijarlos en la pared. Fueron movimientos muy firmes para alguien como ella, una policía. Realmente, parecía que la propietaria de la otra casa, fuera una asesina de carne y hueso.

-Creo que la insegura aquí, podrías ser tú.

La mujer se mantuvo estoica. Sin gestos apenas.

Sans sonrió por lo bajo. Ciertamente no estaba confundido cuando supo que ella era alguien muy molesta, a Chara parecía gustarle causar tanto caos como era posible. A sus pasos, dejaba solo, odio y más odio.

-Aquellos tiempos no fueron nada más que días difíciles, y que hablar del veneno. Todas las pistas apuntaban hacia una dirección, fue normal equivocarse.

-No recuerdo haber escuchado nada de veneno.

Sans la observo. Undyne estaba casi decaída, con los hombros y ojos gachos, como si hubiera más que una simple errónea acusación de asesinato.

Aquello en su mayoría podría arruinar toda la vida del inocente inculpado, mas, Chara no parecía estar abatida por ello. Sus ojos brillaron con diversión solo al hablar del crimen, incluso se regocijaba como si fuera demasiado inteligente para haber sido atrapada por algo como eso. Era un juego. Un cruel juego de Cluedo en la vida real.

Ella parecía ser completamente insensible a los muertos, si es que hubiera habido alguno. Ni siquiera pestañeo por burlarse de dos policía, siendo una de ellos el jefe de policías que lo trataba de una leve manera frívola. Pero tendría que haber más para que la siga estuviese sobre su cuello, Undyne no era tan ingenua.

-Apareció en todas las noticias Sans, no puedes ser tan ajeno a ello.

-No prestaba atención. Ni siquiera tenía los huesos enterrados aquí. ¿Debería saberlo?

-No... Es verdad.

Undyne se revolvió el cabello con pesadez. Aunque estaba menos rígida que momentos anteriores, chistó molesta mientras seguía con la mirada fija en el muro.

-Bueno, aunque fue importante no me esperaba que llegase más allá de los noticiarios de los alrededores. ¿Por donde empiezo?
Fueron algunos meses atrás, cuatro o cinco como muchos. Hacia frío, bastante frío para ser un lugar cercano al mar. Caía una incómoda gota fría que se hacía imposible salida la calle bien envuelto, de la cabeza a los pies con varias capas si era posible. Todos llevábamos los horribles suéteres de las navidades, azules y rojos..., verdes como los llevaba Chara,. Era alguien quien resaltaba mucho a la vista, aunque parezca lo contrario. No era por sus ojos rojo, ni siquiera por fría sonrisa que era capaz de congelar más que el tiempo adverso. Su sola presencia solo era una señal de alarma... eso siempre ha sido así...

Ahí estaba lo que buscaba Sans. Undyne parecía conocerla de mucho antes del crimen. Además, aunque Chara lo había mencionado con anterioridad, no se iba a creer todas las palabras que saliesen de su lin..., de su boca. Era peligroso confiar tanto.

-Yo la había visto caminar por la calle. Muy raro ya en si. No se le ve a menudo, por las mañanas a la caída del alba o durante la semi oscuridad del anochecer, nunca cuando el sol brilla en las alturas. Sin razón alguna, sin motivo, no podría darme el lujo de perseguirla aunque aquello fuera insólito para mi.
Pocos días después, un pequeño turismo de cuatro plazas rojo estuvo causando molestia por las carreteras. Era una pareja de dos hombres que conducía a una velocidad peligrosa, casi arrollando a ciclistas, peatones y otros coches que se entrometían en su camino.
No estaba de servicio pero no podía dejarlos ir. Al conseguir pararlos, después de varios kilómetros fuera del pueblo, abrí la puerta con fuerza. Iban a perder bastantes puntos en el carnet.
Pero no fue así.
El tapizado canela de los asientos, estaba decorado por grandes manchas de sangre roja. Era fresca, no solo por el color, ni siquiera por el metálico aroma que inundó mi nariz... Al meter la cabeza al interior del vehículo, sentí como una fría gota caía en mi cabello hasta resbalarse por todo mi rostro. ¡Incluso había sangre que caía del techo!
Miré atónita a ambos hombres. Tenía mi pistola lista en mi cintura. La sujete con fuerza.
No sabía como había llegado la sangre allí, como tal cantidad sangre había podido ser derramada.
Grite que salieran del coche, que era policía y que estaban bajo arresto hasta que descubriéramos a quien perteneció toda la sangre. Ellos se quedaron quietos, con sus manos ensangrentadas cubriendo sus rostros. Temblaban.
Antes de que alguno pudieran hablar, escuche como agudos quejidos de salón de detrás. Fui a quitarle sus llaves, no los iba a dejar irse. Caerían entre las rejas.
Tampoco fue necesario. Aquel que iba en el asiento del conductor, agarró mi mano. Sentía la pegajosa sangre escurrirse de su mano a mis dedos, en mi palma también. El volante estaba como todo el coche, manchado de rojo.
Vi sus ojos, estaban abiertos como platos, desorbitados y brillando de una manera loca. En ese momento no supe si eran marrones o verdes, su pupila estaba tan dilatada que cualquier color estaba opacado por una inmensa oscuridad.
No pude evitar ver como la piel oscura del hombre estaba raramente grisácea, sin color alguno; falto de vida. Labios que deberían tener un saludable color, estaban resquebrajados, rotos como piezas de cristales ensangrentados.
Fui incapaz de apartar la mirada de sus desastrosas apariencias. Tanto aquel hombre como quien lo acompañaba estaban también irreconocibles. Camisetas y pantalones tintados de escarlata, sucios de sangre fresca y coagulada formando un espantoso cuadro abstracto, todo rojo.
Y eso era lo único que veía. Rojo, rojo y rojo. ¡Solo rojo! Era imposible ver otro color que no fuera el rojo...
Tarde flemáticos segundos en pensar con claridad. Tenía saber que es lo que pasaba, pedir una ambulancia si era necesario para salvar la vida a ambos. Mas, no veía ninguna herida externa, ni moretones, ni algún signo de agresiones. Desconocía de donde salía la hemorragia.
El hombre de asiento del copiloto, de la nada, cayó tendido en el cristal de la ventana del vehículo. Fue un ruidoso golpe seco que marcaba el final. Un ruido que terminó en el absoluto silencio.
Su acompañante, se aferró a mis manos aún más fuerte, moviendo los labios sin pronunciar ni un solo sonido.
No habló...
Nada...
Murió...
Ojalá hubiesen sido solo aquellos hombres los únicos que sufrieron.