Buenas!
Hoy llego con dos días de retraso, pero de nuevo estoy por aquí para dejaros nuevo capi ^^
No sé si os gustó el anterior, pero aviso sobre este que vienen curvas. ¡Un millón de gracias a Soledad Manticora por dejarme siempre una review!
Aprovecho para dejar también un AVISO ya que este capi, a parte de contenido sexual y smut, hay ciertas menciones a la salud mental y se habla de un suicidio (por favor, si estos temas son sensibles para vosotros, leed con cuidado).
Por lo demás, la semana que viene no habrá actualización.
Estoy un poco desanimada con la poca acogida de la historia y con mundo fanfiction en general, así que quiero darme tiempo para cerrar bien el último capi que sigo escribiendo. Igualmente, el siguiente capi ya está escrito y el final está a punto (simplemente quiero darme un poco de tiempo de aquí).
Para los fans de mis Izuochas, tengo buenas noticias (pero no me quiero adelantar, que estoy bajonera y no quiero prometer cosas que no cumpla), pero se vienen cositas
Sin más, un abrazo! Nos leemos abajo.
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HÚMEDA
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Uraraka no sabía en qué momento aquello se les había ido de las manos.
Bueno, sí que lo sabía, pero le daba demasiada vergüenza admitirlo en voz alta. Admitir que aquello, muy a su pensar, había comenzado en el mismo instante en que Katsuki metió las manos en sus bragas.
¿Se sentía orgullosa? Pues claro que no… pero no sabía cómo pararlo.
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Los acontecimientos se habían ido desarrollando de la manera más arbitraria y desconcertante posible. Tanto, que seguían sin entender cómo habían llegado al punto actual.
La noche en que se besó con Katsuki por primera vez, fue sin duda un gran hito en la vida de Ochaco Uraraka. No sólo porque fuera la primera vez que se besaba con un chico, —que también—, sino porque se juró a sí misma que pasase lo que pasase, aquello no podía volver a pasar.
No podía hacerlo.
Se lo debía a su propia integridad como heroína y como mujer. No podía perder el tiempo con esas cosas, tenía que estar concentrada en su carrera. No tenía tiempo que perder. No podía perder la cabeza con esas cosas.
No obstante, como ser humano que era, aquello le afectó. Obvio que le afectó y se pasó ese mismo domingo encerrada llorando, dándole vueltas una y otra vez a qué quería hacer con su vida. Si no tener valor para confesarle sus sentimientos a Izuku había sido un golpe a su autoestima, besarse con Katsuki había sido golpearse la cabeza con un bate para descubrir que no estaba cuerda del todo.
No salió de la habitación en todo el día.
Sólo cuando al caer la noche, Tsuyu fue a buscarla preocupada.
—¿Estás bien, Ochacho-chan? —le había preguntado—. No has salido en todo el día. ¿Hiciste las paces con Bakugo?
Ella asintió.
—¿Seguro que no discutisteis? Pareces triste.
—Segura.
Le dio pena, pero la echó de la habitación con la excusa barata de que estaba acatarrada y de que no le había pasado nada con Bakugo.
'Sólo hemos comido mandarinas' dijo casi de broma, sin pensar que aquello sonaba terriblemente a eufemismo barato de taza de cereales.
Desde ese día y hasta que terminaron las dos semanas de castigo de Katsuki, ambos se trataron con una cordialidad estricta. Se saludaban por las mañanas, en el almuerzo y en la cena. Compartían palabras educadas, algún gesto cortés y poco más.
Absolutamente nada más.
Porque ambos habían pactado de buena gana que lo que sea que hubiera pasado entre ellos aquella noche, había sido un error que no se debía volver a repetir. E iban a poner de su parte para borrarlo del mapa.
Luego, por el orden natural de las cosas, Bakugo volvió a las clases y aquello instauró un poco más la normalidad entre ellos. Al fin y al cabo, no podían dejar que aquel desliz salpicara su brillante carrera escolar. Así fue como volvieron a hacer misiones juntos y a entrenar.
Por supuesto y casi como norma silenciosa, no volvieron a entrenar nunca a solas, pero al menos volvió a dejar de ser raro hablar o pasar un rato juntos. Ratos que se alargaban de forma inexplicable hasta que alguno de los dos se sentía raro y se marchaba. Eso empezó a pasar muy a menudo, torciendo un poco la maravillosa confianza que habían tejido en todos aquellos últimos meses.
El segundo evento que torció las cosas fue el cumpleaños de Mina.
Tuvo lugar tres semanas después del fatídico beso. Lo celebraron en una bolera y pidieron permiso a la UA para llegar tarde. Así que después de aquello salieron a cenar y a beber a un karaoke. Uraraka tuvo que reconocer que se lo pasó en grande, aunque el alcohol se le subió un poco a la cabeza. Como a todos, porque nadie bebía. Era su primera fechoría como adolescentes tardíos. Y Uraraka, como todos, se emborrachó con una cerveza y media.
De ninguna otra manera hubiese acabado cantando a pleno pulmón con Jirou una terrible balada de los 80's sobre el desamor y la desdicha. No se sentían orgullosos como jóvenes héroes que eran, pero con la ayuda de un exalumno también acabaron colándose en una discoteca y de ahí en adelante la noche se fue un poco de madre. Varios de ellos acabaron vomitando y todo fue un despropósito. Mina acabó medio desnuda en la pista de baile, Denki y Jirou discutiendo por alguna cosa, Mineta expulsado por toquetear a unas mujeres, Kirishima potando y Shoto dormido en una mesa…
—Me llevo a éste a la residencia—acabó por dictaminar Bakugo, saliendo del baño agarrando a Kirishima—. Y a ese… —señaló a Shoto.
—Nos vamos contigo—dijo entonces Uraraka, que llevaba un buen rato consolando a Jirou, que no paraba de llorar.
No era la primera vez que la morena discutía con Denki, pero por alguna razón sí la primera vez que se abría con Ochaco y le contaba cómo se sentía. Y Ochaco, aun borracha como una cuba, era una buena amiga. La ayudó a limpiarse el rímel corrido y junto con Bakugo pidió un taxi para llevarse a la residencia a los caídos en combate.
Tras acostarlos, se encontraron ambos por casualidad en la cocina.
—¿Agua? —ofreció Katsuki con la jarra en la mano al verla aparecer.
Él ya estaba en pijama como el hombre eficiente y carca que era, pero Uraraka seguía con la ropa puesta, el maquillaje un poco corrido y el pelo despeinado de tanto bailar y reírse como una loca.
—Medio litro de agua y una aspirina, por favor —dijo cómplice.
Luego, sin saber por qué subieron a la azotea, a ver el amanecer. Ninguno tenía sueño y había demasiado de lo que hablar como para irse a la cama. ¿Por qué la azotea? Tal vez porque inconscientemente era el sitio que los había unido.
—Me da pena Jirou—le confesó entonces a Bakugo, después de un rato de cháchara.
Uraraka había descubierto que, aunque a Katsuki no le interesaba la vida de nadie y era cero cotilla, era muy bueno escuchando y analizando las cosas de los demás.
—Creo que realmente están enamorados, pero no se hacen bien juntos. Jirou es como… si siempre estuviera a la defensiva y Denki…
Bakugo, con una infusión caliente en la mano, contestó sin mirarla:
—Denki es un poco capullo a veces—se limitó a decir—, pero realmente la quiere. Lo que tiene es que dejar de hacer el imbécil o la perderá, porque Jirou es una tía lista y cualquier día tomará una decisión y no mirará atrás.
A Uraraka a veces se le olvidaba que Jirou y Katsuki eran amigos (incluso aunque el rubio no quisiera admitirlo). No se lo diría, pero lo había visto abrazarla y darle ánimos al bajarse del taxi.
—Supongo que a veces es difícil hablar las cosas, dar el paso… —meditó Uraraka.
—No es difícil, es querer hacerlo y punto—resolvió Katsuki—. Todo tiene un riesgo, pero si quieres algo tienes que enfrentarlo. ¿Quieren estar juntos? Pues que hablen sus malditos problemas. No sirve de nada quedarse toda la vida mirando las riendas que quieres coger. ¿Quieres algo? Lo haces y punto.
Uraraka no sabía si aquella frase la había motivado o si era más bien un efecto secundario de todo el alcohol que llevaba en el cuerpo, del precioso amanecer de nubes moradas o de la ensoñación de toda la noche sin dormir, pero… cuando Katsuki posó sus ojos rojos en ella, brillante por el sol, se lanzó a besarlo sin pensarlo.
Y no es que Katsuki se apartara precisamente, porque al rato tiró de ella y se la subió a su regazo.
Como la vez anterior, la percepción del tiempo se desvaneció. En algún momento, decidieron bajar de la azotea e irse a la habitación de Katsuki. Fue un camino silencioso que recorrieron de la mano, donde ninguno habló por si las palabras les hacían cambiar de opinión. El sol ya había salido cuando se encerraron en la habitación de Bakugo a devorarse, como si de repente hubiesen despertado de un sueño para darse cuenta de que habían hecho el idiota ignorando las ganas que tenían de la compañía del otro, de besarse, de abrazarse, de callar un rato a la vocecilla impertinente de la responsabilidad en sus cabezas.
La cosa no es que llegara a palabras mayores. No pasó de los besos torpes y desesperados, del manoseo pueril y de la búsqueda de un cariño raro y ajeno. Se estuvieron besando en la cama de Bakugo básicamente hasta que se quedaron dormidos.
Uraraka recuerda perfectamente cómo fue despertarse al día siguiente, con un pijama de Katsuki, siendo abrazada por él, en su cama. Eso más la terrible resaca.
Fue la sensación más rara de toda su vida. La fechoría más satisfactoria y remordida que recuerda.
Intentó marcharse sin despertarlo, pero fue imposible. Lo único que acordaron al verse con la luz de la tarde y despeinados, fue lo siguiente:
—Esto ha sido un error, Katsuki, perdóname, no sé qué me ha pasado…
—Lo sé. No puede volver a pasar—dijo seco—. No quiero distraerme con esto, ni distraerte a ti.
—Yo tampoco, lo siento.
—Deja de pedir perdón, tonta, que hemos sido los dos—respondió algo cómplice, bajando luego de la nube—. Y ahora lárgate a tu habitación antes de que nos pillen.
Y lo cumplieron. Aunque sólo les duró una semana.
A la semana siguiente se encontraron por la mañana, casi de madrugada. Ambos habían salido a correr y por casualidad se habían cruzado a medio camino. Se sonrieron como dos tontos que parecen estar predestinados a encontrarse en situaciones raras y terminaron el paseo liándose en los matorrales de los jardines de la UA. Luego, con el chándal cubierto de tierra, volvieron a jurar:
—Oi, esto no está bien. Ninguno queremos esto. Tenemos que pararlo.
—Estoy de acuerdo. Esta ha sido la última vez, te lo prometo, Katsuki.
Pero se repitió una vez más, una noche en la cocina. Aquella vez, para ser sinceros, Katsuki la había estado esperando a sabiendas que ella había dicho que se había olvidado algo. Y aunque al principio se hizo el duro, acabó cayendo a sus pies. Tal vez por eso, y como compensación, la noche siguiente fue Uraraka la que lo sorprendió a la salida de las duchas.
—La última vez.
—Se acabó.
—Esto es una distracción.
—Ni siquiera me gustas.
—Tú a mí tampoco.
En algún momento de ese punto, acabaron por discutir una noche. ¿Por qué? Pues ninguno sabría decir exactamente por qué. Seguramente por una tontería. Era más fácil discutir por eso que por el hecho de que no eran capaces de discutir sobre sus sentimientos o lo que estaban haciendo. Así que se dijeron cosas que no pensaban y se gritaron.
—¡Eres insufrible!
—Y tú una mocosa metomentodo. ¡Me desesperas!
No se sintieron orgullosos, pero al menos, funcionó para cortarlo de raíz. Porque se dejaron de ver. Y regresó la cordialidad, los silencios y la distancia.
Por suerte, había pasado medio año de su tercer y último año de carrera, así que empezaron las prácticas internas en las agencias y eso les dio cierto respiro. Era maravilloso poder volver a estar concentrado y en labores heroicas. Shoto y Bakugo siguieron con Endeavou mientras que Uraraka prácticamente ya estaba contratada en la plantilla de Ryukyu.
Estaban cerca de cumplir un mes y medio sin complicaciones ni saliva de por medio cuando hubo un accidente.
Un exejecutivo desquiciado de una multinacional secuestró un restaurante de la zona de oficinas y casi se lleva por delante la vida de cientos de personas. Por suerte, los héroes actuaron rápido y gracias a la intervención de Shoto y Bakugo aquello no acabó en desastre. No obstante, hubo bajas. Muchas bajas de transeúntes y de varios clientes del restaurante para los que la ayuda no llegó a tiempo.
Uraraka vivió todo aquello pegada al televisor de su agencia, con un terrible e inconmensurable terror en el cuerpo que nunca antes había sentido. Un miedo terrible cuando vio a Katsuki en mitad de todo aquello.
Cuando todo acabó, Uraraka se fue corriendo para el hospital a buscar a Katsuki. El chico no le cogía el teléfono y aunque en la tele lo había visto salir por su propio pie de allí y dar declaración a la policía, no obviaba que tenía un brazo cubierto de sangre. Corrió lo más rápido que pudo y entre todo el caos de ambulancias y policías consiguió entrar a la recepción del hospital a buscarle.
Y por suerte, no le costó encontrarlo.
Allí estaba, con el brazo metido en un cabestrillo, hablando con la policía y otros héroes. Cuando Bakugo vio entrar, la cara se le descompuso, pero actuó con normalidad.
—Un momento, por favor—le pidió al teniente con el que estaba hablando.
Se acercó con calma a ella, que aunque aparentaba normalidad, estaba temblando.
—¿Qué haces aquí? —preguntó serio y desconcertado, con una emoción contenida.
Uraraka solo vio derrota y tristeza en sus ojos.
—Estaba preocupada, no cogías el teléfono y te vi sangrando por la tele…—se limitó a decir, sin valor ni para tocarlo—. ¿Estás bien?
—Oi…—soltó Katsuki con un nudo.
No se dijeron mucho más. La despidió cortés y le dijo que ya le escribiría.
Uraraka sabía que aquello era normal. Por protocolo además Katsuki tenía que dar testimonio y ella no quería entorpecer nada de aquello. Sin embargo, con sólo mirarlo sabía que no estaba bien.
Ya que estaba en el hospital, visitó también a Shoto. Había salido mejor parado que Katsuki, pero como se había dado un fuerte golpe en la cabeza lo tenían en observación.
Salió del hospital una hora más tarde, con una gran angustia. No obstante, mientras vagaba por los pasillos hacia la salida, una mano la tomó del brazo y la arrastró con brusquedad por los pasillos, llevándola a una zona alejada y poco iluminada. Allí Katsuki la besó sin decir palabra y con desesperación. Desesperación y tristeza. Una que Uraraka no supo descifrar. Luego la abrazó con toda la fuerza que le permitía el brazo que no tenía vendado y se fue de allí sin decir nada.
Ninguno dijo nada. Y el silencio volvió a perseguirles.
La noticia de aquel accidente fue muy sonada en la prensa. Uraraka la seguía a diario en televisión. Aquello se hizo debate público. Había quienes empatizaban con el asesino por haber sufrido despido improcedente y otra larga lista de abusos. No obstante, otros jamás podrían defender la perversión de sus actos. Fue por la televisión que Uraraka se enteró de que aquel criminal se había quitado la vida a sí mismo en el lugar de los hechos. Entonces entendió por qué les habían dado dos semanas de permiso a Katsuki y Shoto para ausentarse de las prácticas y la residencia. Al principio pensó que era para que pudieran recuperarse de sus heridas, pero luego aceptó que realmente era para darle tiempo a sanar otras cosas.
Porque aquel hombre se había matado delante de ellos.
Cuando Uraraka lo entendió intentó llamar a Katsuki, pero el chico no le cogía el teléfono ni le respondía a ningún mensaje desde su beso silencioso y desesperado en el hospital. Así era Bakugo. Alguien que cuando no sabía cómo gestionar sus emociones, las ocultaba.
Hasta que explotaba.
Ochaco lo meditó toda la noche, llegando a la conclusión de que tenía dos opciones: quedarse angustiada en su cuarto y mantenerse al margen del rubio, o pasar a la acción y hacer caso a sus sentimientos.
Llamó por teléfono a Izuku.
Él también estaba al tanto de la noticia, había llegado incluso a Estados Unidos.
—A mí tampoco me responde a los mensajes—confesó Izuku al otro lado del teléfono, en videollamada con ella—. ¿Qué quieres hacer?
Uraraka, aun con sus dudas sobre aquello, se lanzó al vacío.
—Deku-kun, ¿tú podrías darme la dirección de su casa?
Izuku sonrió al otro lado.
—Pues claro, te la envío ahora mismo—dijo amable. Luego recordó alfo—. ¡Por cierto, creo que querrás saber una cosa!
La casa de Katsuki le pareció un palacio comparado con el piso donde ella había vivido con sus padres. ¡Si hasta tenía jardín! Cruzó el porche con toda la valentía que pudo y agradeció que estuviese ya atardeciendo para evitar que mucha gente la viera. Había comprado mapo doufu picante y unos pasteles de calabaza y cereza como ofrenda. Lo cierto es que no sabía nada de la familia de Katsuki y le daba miedo causar mala impresión. Sólo había visto a sus padres cuando el conflicto con Shingaraki y tampoco es que hubiese cruzado palabra con ellos. Sólo recordaba que Katsuki se parecía mucho físicamente a su madre.
Llamó a la puerta echándole valor y esperó temblorosa mientras intentaba calmarse. Volvió a tocar el timbre pasado un rato, pero al ver que nadie abría se puso nerviosa y decidió marcharse. No obstante, cuando estaba a punto de salir, la puerta se abrió.
—Oi… —sonó la voz de Katsuki—. ¿Qué haces tú aquí?
Uraraka se giró angustiada. Angustiada hasta que vio a Katsuki y se cruzó con su mirada. Parecía agotado, estaba pálido y con ojeras. Al menos veía que ya no llevaba cabestrillo, sólo una ligera venda en el codo.
—Había venido… a verte—confesó—. No contestabas a los mensajes y… quería saber que estabas bien. Sólo eso.
Katsuki no contestó.
—Perdona—se disculpó rápidamente Uraraka—. Entiendo que tal vez no querías que te molestaran. Toma—alzó la mano con la bolsa—. Te he traído esto.
Bakugo se acercó a ella silencioso y serio, le quitó la bolsa de la mano y sin dejar de mirarla le dijo:
—Tú nunca me molestas, cara de ángel—resolvió—. Sólo espero que no sean mochis.
Aquella tontería la relajó. Y sonrió alegre.
—Los mochis sólo los uso como ofrenda de paz—dijo cómplice—. Que yo sepa todavía no nos ha dado tiempo a discutir.
Katsuki mostró un atisbo de sonrisa.
—Anda, pasa.
La casa era tan bonita por dentro como por fuera. Tenía un estilo que mezclaba perfectamente lo occidental con la tradición oriental y olía a flores secas perfumadas. Bakugo la condujo hasta al salón y le dijo que se sentara.
—¿Y tus padres?
—No están—respondió Katsuki desde la cocina, que colindaba con la estancia principal—. Celebran veinte años de casados y se han ido de viaje al extranjero. Llevaban meses con esa mierda.
A Uraraka le sorprendió aquello. 'Qué suerte' pensó. Los padres de ella siempre estaban trabajando y jamás se habían podido permitir el lujo de viajar al extranjero.
—¿Y te han dejado solo?
—Tsu, obviamente ya soy mayor como para no quemar la casa y esas cosas.
—Ja, ja, muy gracioso.
Katsuki bufó divertido.
—Has sido tú la que ha preguntado—sirvió el mapo tofu en dos platos y lo puso a calentar—. Voy a hacer un poco de arroz para acompañar.
Uraraka quiso ayudar a Katsuki en la cocina, pero lo cierto es que no la dejó hacer nada. De hecho, acabó agarrándola y subiéndola al poyete de la cocina, diciéndole que se quedara ahí y no molestara.
—No soy una niña pequeña, ¿sabes? —se quejó Uraraka, sorprendida por aquel contacto tan cercano.
—Lo sé, pero eres terrible cocinando—dictaminó el rubio—. Y de verdad que le he prometido a mis padres no quemar la casa.
Katsuki hizo un poco de arroz para acompañar la comida que había traído Uraraka y además cocinó huevo, setas y unas verduras salteadas. Lo preparó tan rápido que la castaña no tuvo tiempo ni de replicar. Al menos la dejó poner la mesa.
Era raro estar en casa de Katsuki, sobre todo porque a pesar de que Uraraka hubiese entrado en su territorio privado, parecía bastante relajado. De hecho, hasta parecía animado de verla y eso que la última vez que se despidieron con aquel beso Uraraka pensó que definitivamente las cosas volverían a ser raras entre ellos.
Charlaron animadamente mientras cenaban. Bueno, la que hablaba era principalmente Uraraka quien le puso al día de las clases, sus prácticas y demás. Después Bakugo fue a la cocina por los pasteles y dos cervezas de limón. Al llegar al salón se sorprendió de que estuviesen las luces apagadas. Luego vio que Uraraka lo esperaba con una vela de cumpleaños encendida.
—¿Qué haces? —preguntó confuso y levemente sonrojado.
—¡Sopla y pide un deseo! —dijo animada Uraraka, con su enorme y bonita sonrisa—. Y date prisa que se está derritiendo y quema.
Él no supo qué decir. O más bien no supo cómo sentirse.
—Venga, vamos.
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó extrañado, luego ató cabos rápidamente—. Ha sido el idiota ¿no? Ya… ya me parecía raro que supieras dónde vivía.
Aún cuando intentó ser huraño, no le salió demasiado bien. Se le notaba de alguna forma emocionado. Dejó los pasteles encima de la mesa y se acercó a Ochaco.
—Tómala si quieres—le ofreció la vela—. Por si quieres pensarlo con detenimiento.
Katsuki se alejó rápido.
—¿Estás loca? —dijo sorprendido—. Por si no te acuerdas, te recuerdo que prácticamente estoy hecho de nitroglicerina. Yo y el fuego no nos llevamos bien.
Uraraka se puso roja. Sí, a veces obviaba ese detalle.
—¡Bueno sopla de una vez y pide un deseo! —resolvió.
A su pesar, Katsuki obedeció como un corderito, rojo de la vergüenza. Una vez se apagó la vela, ambos se quedaron a oscuras, mirándose de frente.
—¿Has pedido el deseo? —preguntó con inocencia Uraraka.
Su voz era inocente, pero su mirada no. No con el chico tan cerca y con sus afilados ojos rojos mirándola.
—Sí—dijo seco.
—Bien… pues—se quedó cortada—. ¿Has traído los pastelitos?
Katsuki recortó toda la distancia entre ellos dos.
—A mí me ha entrado hambre de otro postre—dijo contra su boca, sensual—. ¿Y a ti?
Katsuki a veces podía ser un depredador experto en hacer caer a su presa. Y lo peor es que en este caso, su presa era un lobo con piel de corderito.
Uraraka quiso mantenerse fuerte, de verdad que lo quiso. No había ido a la casa de Katsuki con esa intención ni de lejos, pero se precipitó al vacío como las miles de veces que caían en ese juego que tenían. Y eso que sabía que ambos estaban jugando con fuego y que algún día alguno terminaría quemándose.
O explotando.
Katsuki no lo pensó mucho más. Besó a Uraraka con ganas y ella se dejó hacer, derretida en su boca y en su calor. Al menos se sintió un contacto abrasador y no helado, como su último beso. El problema estaba en que como cualquier fuego, no tardó en propagarse y las cosas no se quedaron sólo en un beso.
Empezaron a besarse con ferocidad, devorándose, a agarrarse. Acabaron sobre el tatami del salón besándose sin control alguno. Solían perder la razón de esa manera, pero siempre encontraban alguna excusa a la cordura a la que aferrarse para no continuar, como: que estaban en la residencia, que era tarde, que al día siguiente tenían clase, entrenamiento, agencia, que los podía escuchar alguien, que si los pillaban los podían echar de la UA, que lo que hacían estaba mal y ninguno de los dos quería eso…
Hitos que ahora no estaban como bote salvavida para la tormenta.
Uraraka reconocía que sus encuentros con el rubio siempre habían ido subiendo de nivel. Tal vez por eso ya no se le hacía tan raro rodear a Bakugo entre sus piernas y notar su cuerpo contra ella.
Las primeras veces, se habían limitado única y exclusivamente a besarse. Como mucho, habían acariciado la espalda del otro como muestra de afecto o cercanía, pero nada más. Besarse ya era bastante excitante y estimulante por sí sólo. Luego, algo se fue encendiendo dentro de ellos poco a poco, algo que no les saciaba y que se fue intensificando a cada encuentro.
Y empezaron a curiosear en cuerpo ajeno.
Después de todo, no dejaban de ser dos adolescentes con las hormonas por las nubes. Excitados, confusos, necesitados.
Uraraka recordaba perfectamente la primera vez que Katsuki le pidió permiso para tocarle el culo. Ella se limitó a asentir, tomándose la libertad de actuar en consecuencia. Y resultó ser bastante placentero. Tanto, que fueron paulatinamente dejando de pedirse permiso para tocarse. Lo empezaron a consensuar de manera silenciosa, lícita, mediante suspiros y sonidos que no se sentían orgullosos de saber emitir. Y se habían tocado, se habían lamido en el cuello y se habían frotado. Incluso Katsuki se había animado a masajear los pechos de Ochaco por encima de la ropa, tanto como ella a pasar la mano por encima del bulto de su pantalón. Ese que solía frotarse contra ella y ella contra él hasta sentir que se mojaba. Entonces era cuando se separaban, por miedo a continuar.
Porque aquello era terreno peligroso y tierra de nadie.
Los días que hacían esas cosas, solían marcharse del cuarto del otro con la promesa de que era 'la última vez' y de que aquello 'no se podía repetir'. Se sentían fatal de tomarse esas confianzas y luego al día siguiente saludarse como si nada. No obstante, por más que se lo habían dicho, nunca lo habían conseguido cumplir.
Y aquella noche, solos en casa de Katsuki, no parecía la noche en que fueran a cumplirlo.
Sin meditarlo mucho, Uraraka se puso encima de él, tomando la iniciativa. Bakugo solía ser bastante dominante, pero no iba a negar que adoraba cuando ella tomaba el control. Lo besó perdida en sus caricias, mientras él le masajeaba el trasero y la pegaba contra su erección. No iban a esconderse, a los dos les gustaba aquella sensación de sofoco. Fue entonces que Uraraka dio un paso más allá. Uno que nunca antes habían cruzado, pero que en ese momento se sintió con la libertad y la confianza de tomar.
Se quitó uno a uno los botones de la camisa.
Katsuki la miró al principio perplejo y con algo de timidez, pero se le fue enseguida. Una duda fugaz. Una que se cambió por un desmedido deseo al ver el tono rosado de su piel.
—Joder—blasfemó cuando Uraraka se abrió por completo la camisa.
—No maldigas—rio la chica, con cierto pudor, tapándose levemente el sujetador—. ¿Tan mal me veo? Qué vergüenza…
Katsuki negó como un bobo enamorado. Maldijo que estuvieran a oscuras. Quería verla más y mejor. Deseaba hacerlo.
—Eres una puta diosa en la tierra—concluyó, irguiéndose para quitarse con maestría su propia camiseta—. Nunca podrías verte mal.
Uraraka lo abrazó, más por vergüenza que por otra cosa, sintiendo la calidez de la piel con piel. Un abrazo que Katsuki correspondió de inmediato. Querían abrazarse, lo necesitaban. Era la forma más inmediata y fácil de pedirse perdón por aquella lejana discusión ya olvidad y decirse lo que querían. Algo que no sabían hacer con las palabras porque si algo estaba claro en la rara relación que tenían, es que las palabras les entorpecían más que ayudaban.
Se quedaron bastante rato así en esa postura, mientras el chico le acariciaba la espalda. Tal vez los dos estaban dialogando consigo mismo sobre qué demonios estaban haciendo o hasta dónde querían llegar.
—Eres preciosa—se atrevió a decir entonces el rubio, besándola en la clavícula.
—Katsuki…—lo nombró Uraraka en la oscuridad, al oído, con sus labios de caramelo—. Y si… ¿tú quieres…? Y si me… bueno…
—Lo que sea, dilo ya—soltó bruto como era, pero sin mala intención.
—Y si… me lo quito.
Se hizo el silencio. Uno que removía las tripas.
—Sólo si quieres—añadió casi tartamudeando.
—Claro que quiero—no dudó ni un segundo el rubio—. ¿Tú quieres?
Ella dudó de vergüenza, pero luego asintió, enterrando la cabeza en su hombro, en su cuello.
Katsuki obedeció, obvio que obedeció, dócil y complaciente. Todo lo dócil y manso que era siempre con ella. Tardó un rato en apañárselas con el sujetador de la chica. Peleó, maldijo, ella se rio y al final Uraraka le ayudó con el abroche. Luego tiró aquella prenda lejos de ellos y contempló sin tapujos a la chica.
—Qué vergüenza, no me mires así Kastuki… —llegó a decir Uraraka.
—¿Y cómo quieres que te mire? —se quejó el rubio—. Si son… jodidamente preciosas.
Obviamente Uraraka se rio, se puso roja y se tapó cuando lo oyó decir aquello. Y Katsuki se enfadó.
—¡No digas eso! ¡Pareces un pervertido!
—¿Y qué quieres que te diga? —siguió quejándose—. Si me gustan tus tetas, te lo digo y punto.
—¡Katsu!
No hubo mucha más conversación. Siguieron besándose y tocándose. Katsuki contorneando con sus manos las curvas de ella y Ochaco perdida en el casi el escaso vello que el rubio tenía en el pecho. Acabaron dejando el salón y se fueron al cuarto de Bakugo, concretamente a su cama. Era más cómodo que el suelo. Una vez ahí intercambiaron posturas y Katsuki acabó sobre ella, con una postura bastante habitual en sus noches escondidas de la UA.
Sin duda ese había sido el fatídico momento que hizo que Uraraka perdiera la cabeza.
El momento en que Katsuki le separó las piernas, le levantó la falda y rozó con sus dedos su centro de gravedad.
Ochaco nunca antes había gemido de placer, pero notar sus dedos en ella fue demasiado. Y Bakugo siguió friccionando sobre sus bragas, escrutando la cara sonrojada de ella hasta que notó como la mano de la chica lo paraba.
—Perdona—se disculpó Katsuki al verla temblar, pensando que se había propasado.
—No, no pasa nada…
—Lo siento—siguió Katsuki, retirando la mano.
—De verdad, no te disculpes… qué vergüenza.
—Perdona, he sido un bruto. No quería propasarme.
—No… tranquilo, no ha estado mal.
Mal. Ja. Obviamente se había sentido maravillosamente bien. No sólo 'no mal'.
—¿Te… te gusta? —preguntó Bakugo ronco.
Uraraka, tomando la mano del chico que tenía entre sus piernas, se armó de un valor que no sabía ni de dónde le había salido.
—Sí—dijo rotunda—. Puedes… seguir tocándome si quieres.
El estómago le dio un vuelco al soltar la frase, pero mayor fue el ardor cuando notó que Katsuki se abría paso y colaba esta vez los dedos por dentro de sus bragas.
—Si querías que te tocara—dijo áspero el rubio, al oído, contra ella—sólo tenías que pedírmelo, cara de ángel.
Uraraka se preguntaba qué demonios estaba haciendo con Bakugo.
En qué momento aquello había escapado de su control.
¿Cuándo había pasado de un beso tonto casi por error a tenerlo metido en sus bragas? No lo sabía.
No obstante, con los dedos del chico sobre su sexo, ya se podía ir todo al infierno. Ya se arrepentiría luego de aquello. Ahora sólo quería que la tocara. Que la tocara hasta que extinguiera ese fuego dentro de ella o la hiciera explotar.
Con el paso de sus encuentros, Ochaco había llegado a reconocer que Bakugo era tan virgen como ella. Sin embargo y a diferencia de ella, él se esforzaba mucho en no parecerlo. Así era Bakugo Katsuki, alguien que había nacido para ser el número uno en todo. Aprendía con rapidez y enseguida dominaba nuevos conceptos. Y eso lo hacía un amante sobresaliente, porque, aunque no supiera lo que estaba haciendo, se había propuesto ser el mejor haciéndolo.
—¿Te gusta así? —empezó a acariciarla, palpando sus pliegues—. ¿Cómo te lo hago?
Uraraka no tenía mucha experiencia tocándose a sí misma ya que siempre había sentido cierta culpabilidad. Su primer orgasmo había sido por accidente con la alcachofa de la ducha a los quince años y desde entonces pocas veces se había explorado. No obstante, aquello no tenía más truco que el ensayo y error. Y ya no tenía quince años, sino dieciocho. Ya no era una cría para con su cuerpo. Y Katsuki tampoco.
—Suave… en círculos —intentó explicarse Uraraka—. Así… aquí.
Tomó su mano y empezó a guiarlo. Estaba sofocada y al borde del éxtasis. La piel le ardía, temblaba y el aire no le llegaba al cuerpo. También pensó que debería sentirse avergonzada, pero nada más lejos de la realidad estaba muy tranquila. El descaro de Katsuki solía hacerla sentir así: cómoda, relajada, excitada.
Y ella de repente se sentía tan poderosa... La mujer más poderosa del planeta sobre él y todas las cosas.
—¿Así? —empezó a moverse él, regresado a su nueva labor de besarla en el cuello.
—Sí… así—se mordió el labio para no gemir.
No le iba a dar esa satisfacción.
Para su sorpresa fue él el que gimió de placer al meter el dedo índice dentro de ella y notarla así de suave, mojada y caliente. Se hubiese corrido en los pantalones si no fuera por su propio autocontrol. La tocó sin tregua guiado por ella, rozándola, acariciándola, jugando con sus pliegues, palpando su clítoris, metiendo un dedo algo torpe dentro de ella…
Uraraka pensó que sería capaz de desmayarse ante semejante calor en su vientre. El propio sonido de golpeteó la mareaba, al igual que la visión semidesnuda de él y de sus dedos moviéndose sin compasión dentro de sus bragas. No es que fuese un experto, pero el hecho de que fuera otro quien la tocara en aquel lugar tabú de cuerpo la excitó como el fuego. Y quemaba. No podía contenerlo más.
—Katsuki—anunció, como señal.
Levantó la cadera y él, provisto de un conocimiento casi primitivo, aumentó el ritmo hasta notar cómo la chica se contraía bajo él, gemía espasmódica y succionaba sus dedos con su intimidad.
Y ella terminó, eléctrica, convulsa, espasmódica, contenida, extasiada. Gimiendo muy bajito, culpable y en el más maravilloso de los cielos terrenales.
Uraraka tardó un rato en retomar el aire, sin poder creerse que de verdad se hubiese corrido delante de él.
Katsuki aprovechó para contemplarla fascinado. Para ver el cuerpo semidesnudo de Ochaco Uraraka, sin sujetador y con la falda levantada, en su cama, con su piel cálida, sonrojada, sexy… con su mirada feroz para él.
Sacó despacio el dedo y luego la mano de sus bragas, observando aquel líquido pegajoso en su dedo. Uraraka se había corrido. Se había corrido en sus dedos. O más bien…
Él la había hecho correrse.
Y nada, absolutamente nada, jamás, en toda su vida, lo había excitado como aquello.
Estaba ardiendo.
—Qué vergüenza—se tapó la cara Uraraka.
Él arrugó el gesto.
—¿Vergüenza por qué? —preguntó saliendo de su trance.
—No sé… —intentó decir ella.
No obstante, no tuvo tiempo de lamentarse mucho más porque Bakugo le robó el aire con un beso. Uno apasionado. Uno que le decía que todo estaba bien. Que no tenía que avergonzarse de nada porque cada poro de ella era jodidamente perfecto. Que le encanta hacerla sentir placer.
Eso por cierto, le recordó algo a la chica…
—¿Quieres… —empezó la dulce voz de Ochaco, tímida pero ronca, llevando la mano a la entrepierna de Bakugo, esa que torpemente había palpado algunas veces—, quieres que yo te haga lo mismo?
Katsuki la contempló un minuto expectante y luego asintió. Y al ver que evidentemente no había nada de duda en Ochaco, se empezó a quitar los pantalones y bajarse los calzoncillos.
Ver desnudo a Katsuki la dejó muy intimidada.
No es que fuese nada raro o antinatural, pero era la primera vez que veía a un hombre desnudo. La primera vez que veía un pene en persona. Y no es que el de Katsuki fuese nada del otro mundo. De hecho, Uraraka no sabía qué había esperado ver. Después de todo, el pene de Bakugo era como él: blanquito, rubio y con las venas que le salían al chico cuando se enfadaba. Y aunque para nada era pequeño, tampoco se trataba de una monstruosidad pornográfica. Y estaba erecto. MUY erecto. Uraraka pensó que para lo feo que era un pene, el de Katsuki podía considerarse bonito. No obstante, la visión de él no dejaba de ser perturbadoramente intimidante. Intimidante y sexy. Se estremeció.
El sofoco volvió a ella.
—¿Estás bien? —le preguntó él al verla así de confusa—. Si no quieres, dímelo. De verdad.
Uraraka lo miró a los ojos y negó con una sonrisa, una que se tornó traviesa y tímida.
—Ven… —se limitó a decir.
Katsuki se tumbó a su lado y la besó. Hasta ese entonces Uraraka no había percibido lo nervioso que estaba él.
—¿Cómo… cómo te lo hago? —preguntó roja y temblorosa como una gelatina. Sin atreverse a tocar 'ESO'.
El chico la tomó de la mano y con suavidad la condujo hasta su miembro. Gruñó al verse envuelto por ella, por una mano mucho más pequeña que la de él.
—Así—empezó a guiarla.
No fue difícil aprender a darle placer. Ochaco era una alumna excelente y en menos de dos minutos lo tenía rendido a su merced. Era maravillosa la sensación de poder sobre él, de su dureza entre las manos, de la textura del tímido liquido lubricante que empezó a emanar de él.
Al principio Ochaco fue despacio, pensando que tal vez le podía hacer daño, pero terminó aumentando el ritmo a petición de él. Con un movimiento de vaivén incansable, cada vez más rápido, cada vez más apretado, más escurridizo y latente entre sus dedos…
—Espera— la detuvo abruptamente el chico, sujetándola de la mano mientras se apretaba la base del pene.
Uraraka paró en seco, pensando que le había hecho daño o algo por el estilo. No obstante, la cara de Katsuki decía algo muy diferente. Algo que ella no tardó en reconocer y contra la orden que le había dado, continuó furtiva.
—Joder—blasfemó incontenible mientras Uraraka retomaba sin permiso el ritmo, sujetando con firmeza a Katsuki, que se había puesto más duro si es que eso era posible.
Quería hacerlo gemir, aunque fuera entre maldiciones y gruñidos. Quería hacerlo explotar de una vez.
Notó enseguida un líquido caliente empaparle la mano y el vientre, acompañando de un sonido de satisfacción gutural del rubio. Uno que sonó demasiado bien en sus oídos. Uno que jamás había escuchado en su boca.
—Mierda…—intentó recuperar el aire él, con las mejillas ardiendo, perlado en sudor—.Ah, joder...
Eso había sido bastante sexy.
—Perdona—se apresuró Bakugo incorporándose, jadeando—. Mierda, no quería mancharte, lo siento.
Uraraka se miró. Tenía semen de Katsuki en la mano, el vientre y también en la falda. El semen era más pegajoso y blanco a como se lo imaginaba. 'Qué extraño que eso pudiera salir de un hombre' pensó.
—No pasa nada—resolvió con tranquilidad y una sonrisa tímida—. ¿Te… te ha gustado? No sé si lo estaba haciendo bien.
Katsuki buscó su boca, dando por zanjado el asunto. Luego la ayudó a limpiarse con un pañuelo y se limpió a sí mismo. Terminaron tumbándose en la cama de Katsuki, compartiendo una especie de abrazo silencioso y tímido. Y se sentía raro, pero también extrañamente bien.
—¿Quieres ducharte? —le ofreció Katsuki casi en un susurro, más tímido que de costumbre.
Era raro ducharse en casa ajena, pensó Uraraka, pero teniendo en cuenta que estaba sudada, pegajosa y con nitroglicerina por todo el cuerpo… tampoco le pareció tan descabellado.
—¿Juntos? —preguntó tímida y algo avergonzada.
—La duda ofende, cara de ángel.
Se puso algo nerviosa.
—¿Qué te pasa? —la caló rápidamente Katsuki, para quien Uraraka era transparente como el agua.
—Es que… no estoy… presentable.
—¿Cómo? —preguntó Katsuki sin vacilar.
—Que no estoy… depilada—confesó—. Me da vergüenza.
Katsuki rodó los ojos.
—Ya lo sé—se encogió de hombros—. Te recuerdo que he metido la mano ahí. Pero si te da vergüenza te dejo sola, no pasa nada—añadió después—. ¿Te quieres duchar primero?
Uraraka tomó aire, se sacó la falda y con valor se bajó las bragas, quedando completamente desnuda ella también, frente a él. Luego miró a Bakugo y éste la miró embobado, con aquella sonrisa robada que tanto se esforzaba en ocultar.
Después de todo, pese a los complejos, Katsuki era un 'safe place' para Uraraka. Tal vez era bruto y deslenguado, pero también honesto y sincero. Alguien de fiar. Y eso la hacía sentir de alguna forma segura, cómoda. Él nunca la juzgaba.
Se abrazaron, ahora completamente desnudos los dos y se sintió tan bien…, tanto que se olvidaron todo aquello que no fuera ellos dos.
La ducha fue cero erótica. De hecho y sin saber por qué, fue bastante torpe y ridícula. Katsuki solía ser un hombre práctico y como además sus encuentros acababan siempre de forma violenta con los dos arrepentidos por sus actos, nunca se dejaban llevar. Sin embargo, estar solos en casa de Bakugo les dio algo de tregua.
Ya se arrepentirían al día siguiente, pensaron.
Así que se ducharon juntos en aquel cuarto de baño alicatado sin un minuto de parón en su charla. Se enjabonaron el uno al otro con la vergüenza pueril del cuerpo ajeno y Katsuki acabó lavándole le pelo a Uraraka, quien estaba asombrada de que aquello se le diera tan bien. De que Bakugo pudiera ser tan suave y delicado haciendo algo.
—De pequeño jugaba a lavarle el pelo a la bruja.
—¿Te bañabas con tu madre?
—Cuando era muy pequeño, sí, siempre.
Uraraka la escuchaba embobada, sentada en las losas del suelo, con Katsuki tras ella en aquella labor. Se sentía tan bien… tanta paz…
—¿Te estás quedando dormida? —preguntó haciendo un mohín el chico.
Ochaco ni siquiera se había dado cuenta de cuándo había cerrado los ojos.
—No—negó no muy convencida—. Sólo estoy cansada… está siendo una semana muy larga entre las prácticas y la UA.
—¿A qué hora empiezas mañana? —le enjuagó la espuma.
—A las 15:00.
—Ah…
Bakugo se quedó en silencio, terminando de quitarle la espuma del pelo. Uraraka había empezado a entender muy bien los silencios de Katsuki, esos que a veces se prolongaban cuando quería decir algo y no sabía cómo. Se dejó caer levemente contra él, apoyándose en su pecho y él no tardó en envolverla entre sus brazos.
—¿Quieres que me quede? —preguntó la castaña, añadiendo—: Puedes ser sincero conmigo, de verdad. No pasa nada si no quieres. Lo entendería.
—Oi —dijo entonces, después de un largo rato de duda—. Quiero que te quedes.
Uraraka podía notar el nerviosismo y esfuerzo que había tenido que hacer el chico para decirle eso.
La verdad que su intención no era quedarse, pero le apetecía mucho hacerlo. Realmente le apetecía estar con él. Quería pasarse horas abrazada a él, hablando de tonterías, haciéndolo de rabiar, oliendo a nitroglicerina… Además, era su cumpleaños, no quería dejarlo solo.
Bajaron a terminar de comerse el postre que habían olvidado y luego volvieron a subir a la habitación, donde volvieron a quitarse la ropa hasta quedarse completamente desnudos. Se abrazaron dentro de la cama como antes de la ducha, ahora arropados por el olor a champú.
Aquello era lo más íntimo que habían hecho con nadie. Incluso si no tenía nada de sexual.
—¿Estás mejor del brazo? —le preguntó Uraraka acariciándole el codo que se había vuelto a vendar tras la ducha.
—Sí, fue sólo un esguince—explicó—. A veces mi don me sobre carga las articulaciones con el retroceso. Es igual que disparar un arma, pero menos controlado.
Uraraka se abrazó más a él, apoyando la cabeza en su pecho y jugueteando con el vello rubio bajo su ombligo.
—¿Por lo demás estás bien? He leído sobre lo que pasó y… —dudó.
Bakugo bufó.
—Fue una mierda—sentenció, cortándola—. Y sé lo que estás pensando.
—¿Qué estoy pensando? —preguntó Uraraka.
—Que me siento responsable y culpable porque no llegamos a tiempo para salvar a toda esa maldita gente, entre ellas al psicópata que se voló la cabeza.
Uraraka digirió todo aquello como pudo, quedándose un momento en silencio. Lidiar con los sentimientos de ese chico explosivo a veces era complicado.
—¿Y te sientes realmente así? —preguntó de corazón, sin ápice de juicio o pena en su voz.
Él tomó aire y luego se hundió un poco más entre las sábanas, escondiéndose ahora en el pecho de ella para no enfrentarla. Uraraka por supuesto lo abrazó y le acarició el pelo con cierta ternura.
—No lo sé… —dijo al fin el rubio, con algo de esfuerzo—. Es una puta mierda. Todo es una puta mierda.
Uraraka lo besó en la cabeza y siguió acariciándole el pelo. Lo más frustrante para alguien como ellos era no llegar a tiempo. Ver morir a gente a la que no puedes salvar. Gente que se queda grabada en tu memoria. Gente con familia, trabajo, sueños y aspiraciones… Gente que ya no está porque no llegaste a tiempo. Aunque ese pensamiento sin duda era muy MUY peligroso. Y al final de cuentas, un espejismo.
—No fue tu culpa Katsuki… ¿lo sabes verdad?
Él asintió.
—Eso no significa que no sea una mierda—rebatió.
—¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor? —preguntó Uraraka, cercana.
Él negó.
—Estás aquí, eso es suficiente.
En algún momento, se quedaron dormidos. Fue un sueño tan profundo que Uraraka no soñó nada esa noche. Sólo se despertó cuando escuchó que la llamaban por teléfono. Era Tsuyu preocupada, porque no había regresado a dormir a la UA.
Uraraka se inventó una excusa barata, diciendo que había ido a ver a sus padres, sintiéndose una amiga pésima y una mentirosa de campeonato. Luego volvió a meterse en la cama con el rubio. Él también se había despertado, pero prefirió hacerse el remolón y tirar de ella para tenerla un rato más en la cama.
—¿Eso es…? —preguntó Uraraka cuando Bakugo la abrazó y notó aquella prominencia contra su culo.
—Es mi pene, sí—resolvió el otro sin darle importancia—. Es por la mañana y hay una tía desnuda en mi cama, qué esperabas.
—¿Te pasa mucho?
—¿Levantarme empalmado o tener una tía desnuda en mi cama? —dijo con cierta sorna.
Ochaco se giró para mirarlo a la cara, compartiendo una amplia sonrisa de cabreo que no le salió demasiado bien.
—¡Serás!
Forcejearon, hicieron como que se pegaban y acabaron de nuevo liándose, repitiendo un poco la misma dinámica de la noche anterior, con la salvedad de que esta vez los dos no habían dudado en darle al otro lo que quería.
Luego desayunaron algo rápido, se vistieron y Uraraka se despidió, sin saber cómo sentirse.
—Gracias por venir—le dijo muy bajito Bakugo al despedirse—. Me… yo… te agradezco que vinieras, cara pan.
Ochaco le regaló una de sus bonitas sonrisas.
—Para eso estamos, ¿no? —dijo cómplice—. En lo bueno y en lo malo, siempre. Eso hacen los amigos.
'Los amigos'. ¿Eso eran ellos? ¿Amigos? Bueno, claro que lo eran. Aunque Ochaco no iba por ahí durmiendo abrazada y desnuda con sus amigos.
Se arrepintió en el mismo momento en el que lo dijo, así que se apresuró en añadir algo rápido:
—¡Además era tu cumpleaños! ¡Por qué no me dijiste nada! —lo regañó—. ¡No puedes pasar tu cumpleaños solo! ¡Eso debería ser ilegal!
Él sonrió, extrañamente sereno, con una mirada bastante apaciguada y tranquila. ¿Agradecido? ¡Qué le pasaba! Ochaco no entendía nada.
—Anda, cara pan… largo—le dijo divertido—. Vas a llegar tarde.
—¡Katsuki!
Luego miró la hora y efectivamente iba a llegar tarde. Se despidieron con un abrazo rápido y luego Uraraka salió corriendo para coger el tren.
Llegó por los pelos. Fue un día duro de patrulla, aunque lo agradeció. Por suerte no tuvo mucho tiempo de pensar. Lo malo fue el camino de regreso a la UA. Durante todo el trayecto, sólo pudo pensar en una cosa: ¿Qué eran ella y Bakugo?
¿Amigos? ¿Amantes? ¿Pareja?
Obviamente ninguno de los dos quería una relación en ese momento de su vida y tampoco se gustaban… ¿no? Ambos sabían que se trataba de un asuntillo hormonal.
Sí, debía ser sólo eso.
Uraraka siempre lo achacaba a eso. Aunque bueno, las hormonas no hacen que compres expresamente la comida favorita de la otra persona, vayas a su casa a darle una sorpresa por su cumpleaños y duermas desnuda abrazándolo como si fuese la última persona en la tierra, consolando sus pesadillas. Además, sus encuentros siempre terminaban en una cosa: arrepentimiento y vergüenza. No obstante, no se había sentido así esa mañana —y tenía motivos de sobra—. Se había sentido tan bien, tan a gusto, tan en calma… Bakugo hasta le había hablado de sus padres y de sus sesiones con la psicóloga, le había hecho tortitas para desayunar e incluso le había enseñado una foto que guardaba de él e Izuku de pequeños jugando en un parque con unos cromos de All Might.
¿Eso es a lo que se le podía llamar 'sólo sexo por atracción hormonal'? Prefería no pensar la respuesta.
Luego justo estaba ese otro asunto: S.E.X.O.
Oh dios… ¡Qué diantres había hecho!
Una vez llegó a la UA, se encerró en su habitación y se echó sobre la cama derrotada.
Había perdido la virginidad con Bakugo. ¡Con BAKUGO!
Obviamente no habían llegado al final estándar o a la penetración, pero sin duda después de lo que habían hecho no se podía considerar virgen. No después de correrse dos veces en las manos de Bakugo, de tener sus dedos dentro de ella… Y ella no había sido una modosita precisamente. ¡AHHH! Quería gritar. Tenía que parar aquello, cortarlo de raíz. Sí, eso haría. Aquello no se iba a volver a repetir.
No, no y no.
Sin embargo, una semana después, Bakugo y Shoto regresaron a las clases y todo el plan de castidad y puritanismo impostado de Uraraka se fue a la mierda; —como diría el rubio.
No habían podido pararlo.
Cada vez que se veían a solas, se entregaban al otro sin duda alguna. Y empezaron a experimentar, a subir las cosas poco a poco de nivel.
Tuvieron muchas primeras veces.
Tantas como se tienen cuando uno no tiene mucha idea de lo que está haciendo. Uraraka descubrió un lado oscuro de ella, uno en el que le encantaba darle placer a Katsuki, verlo contraerse en el orgasmo. Le ponía mucho verlo en el límite. Y Bakugo no se quedó atrás, porque lo que más le gustaba era escucharla gemir su nombre.
Un viernes noche, cuando la mayoría se marchaba a ver a sus familias durante el fin de semana, se prepararon de forma natural para 'hacerlo'.
Ya le habían estado dando vueltas al tema y total, era sólo un trámite más a lo que ya estaban haciendo. Y, para sorpresa de Ochaco, Katsuki era el más nervioso de los dos. Sudaba por todas partes, temblaba y se mostraba torpe, algo muy raro en su personalidad.
—¿De verdad que estás segura? ¿Y si te hago daño? —llegó a cuestionarle ya encima de ella, con el preservativo puesto—. Se supone que os duele.
—Katsuki, el otro día entrenando me diste una patada que casi me partiste una costilla y no te vi tan preocupado—le recordó Uraraka—. No creo que esto duela más.
—No es lo mismo—negó él—. Esto es distinto.
—¿Y eso por qué, bobo? —le acarició la cara con ternura.
—Porque… porque quiero que te guste—dijo con algo de timidez.
Uraraka se sonrojó, como si aquello tuviera una connotación más profunda que el rubio no fuera capaz de expresar. Así que lo abrazó, pegando sus cuerpos desnudos, sintiendo su calor.
—Tranquilo, tú ve… despacio—le pidió Ochaco al oído.
—Avísame si te duele y quieres que pare—pidió también Katsuki mirándola a los ojos.
—Claro.
Tener a Katsuki dentro fue raro.
Al principio sintió una ligera molestia que se fue agudizando a medida que el rubio entraba dentro de ella. No obstante, tampoco fue nada del otro mundo, nada que no pudiera soportar.
—¿Así bien? —se quiso asegurar él—. ¿Quieres que pare?
—No, tranquilo… puedes seguir—afirmó Uraraka, abrazándose a su espalda cuando lo notó avanzar aún más dentro de ella.
La molestia creció y ardió, hasta que se fue pasando poco a poco y finalmente… no sintió nada. Sólo que tenía algo duro y ardiendo entre las piernas donde nunca antes había entrado nada. Eso y al rubio encima sudando.
Para Katsuki no debió de ser lo mismo, porque al minuto de estar dentro de ella y sin apenas moverse demasiado, se contrajo y gimió, como si hubiese hallado la mejor sensación del puto universo. Uraraka lo abrazó y le acarició el pelo hasta que se calmó.
—Perdón, me he corrido—suspiró enterrado en ella con vergüenza, buscando el aire, jadeando—. ¿Te ha dolido? ¿A ti te ha gustado?
—Sí… ha estado bien—resolvió Uraraka.
Katsuki alzó una ceja, la miró y analizó la situación con su gran habilidad para leer entre líneas. Bufó, con la sonrisa ladina de gato.
—Ha sido una mierda, ¿no?
—¡No! —negó Uraraka.
No quería hacer sentir mal a Katsuki. Él negó.
—No te has corrido—afirmó el chico explosivo—. No pasa nada, puedes decírmelo, cara pan.
Uraraka dudó, pero al final se sinceró. Le dijo que no es que no le hubiese gustado, es que no había sentido nada. Al principio una ligera molestia, pero nada más. Tal vez sí que estaba nerviosa, más de lo que pensaba.
Katsuki, como igualmente no concebía la idea de dejar a Uraraka insatisfecha, se lanzó a besarla y a comérsela. Total, conocía otras maneras de hacerla disfrutar. Si no era con su pene, al menos sabía cómo penetrarla la lengua. Y en eso sí qué era un maldito experto.
Tras una interesante sesión de sexo oral que terminó en un violento orgasmo de la chica, se tumbaron en la cama a hablar. Y hablaron toda la noche, de todo y de nada. Y Uraraka se sintió mejor, mucho mejor.
—No tenemos que volver a hacerlo si no quieres—le dijo entonces Bakugo cuando ya casi era de día—. Siento si te he presionado y tú no querías o no estabas preparada.
Uraraka no entendía cómo Katsuki podía hablar de aquellas cosas de manera tan directa, pero al menos se sentía bien a la hora de aclarar malentendidos entre ellos.
—No me has presionado Katsuki, yo también quería… hacerlo—se sinceró Ochaco.
—¿De verdad no has sentido nada? —preguntó el chico, ahora con curiosidad.
Estaban abrazados en cucharita, apretujados en la cama individual de Uraraka.
—No sé… Sí que lo sentía, pero… muy poco creo.
—¿Te ha dolido mucho?
—No—se encogió de hombros—. Un poco tal vez…
Luego sonrió pícara y se giró para mirarle. Katsuki sonrió por inercia, entreviendo lo que estaba maquinando aquella 'niñata'. Aquella mujer del infierno.
—Tampoco he tenido tiempo… es que has sido muy breve, Katsu—bromeó.
Y por supuesto él estalló. Sólo que estalló cómo solía estallar con ella. Y se puso a vengarse haciéndole cosquillas.
—¡Para por favor! —gritaba Uraraka entre risas—. ¡Retiro lo dicho!
—Aquí nadie retira nada—gruñó él—. Y ríete más bajito cojones, que haces mucho ruido y nos van a pillar.
Pero ella no podía parar. Ni tampoco estarse quieta sin buscar su propia venganza, aferrándolo con las piernas en una especie de llave del 'Mortal Combate'.
Sin saber ni como, terminaron volviendo a hacer el amor. Esta vez sin la prisa ni el nerviosismo de la primera vez. Gracias a eso, todo se dio más natural. Uraraka se sentió más mojada y relajada que antes y Katsuki acabó entrando con más facilidad y aguantando algo más en el interior apretado y caliente de ella.
—Uff… eres tan perfecta—le dijo al oído mientras la penetraba a ritmo suave—. ¿Quieres que te toque?
—Sí, tócame—se limitó a decir ella, besando su cuello.
Pensar que alguna vez algo así saldría de su boca… No obstante, había dejado de tener filtro con Katsuki.
Estuvieron meses así, acostándose a escondidas.
Al principio los encuentros eran algo torpes, pero poco a poco la cosa fue mejorando. Tal y como decía Katsuki, la clave estaba en hablar. En decir las cosas 'sin malditos complejos retrógrados de los cojones':
—¿Te apetece follar esta noche? —resumía la mayoría de las veces el chico.
—Sí, ven—ella también sabía ir directa al grano.
—¿Te gusta así? ¿Quieres probar arriba?
—Déjame llevar el ritmo a mí.
—Joder, más despacio que me corro, cara pan.
—Katsuki tócame las tetas.
—¿Probamos a perrito?
—¿Cómo?
—A cuatro patas, mochi.
—¿A los hombres os gusta lo del dedo… ahí?
—No sé, prueba… pero si te digo que pares, para.
—Que sí, Katsuki.
—Qué bien la chupas, joder...
—No te corras en mi boca.
—Tú sí puedes hacerlo en la mía.
—No me des cachetadas… tan fuertes.
—Muérdeme.
—No vamos a tener sexo anal.
—Vale, pero déjame que te abrace.
—Hoy estoy en mis días.
—Lo entiendo, pero si apetece a mí no me importa.
—¿Te gusta de lado?
—¡Ah, sí! Más rápido, más fuerte... ay dios Katsu, ahí, ¡ah!
—Tócate mientras te follo.
—¿Te pone?
—Toda tú me pones.
—Bésame.
—Estoy deseando besarte, cara de ángel.
Y Uraraka empezó a disfrutar de aquello… MUCHO.
Llegó un punto en que ambos dejaron de cuestionárselo demasiado. Eran jóvenes adultos, mayores de edad, solteros, con una profesión en la que podían morir en cualquier momento… No le hacían mal a nadie. (Tal vez a la UA si alguien se enteraba, pero en fin…) Por lo demás, no tenía nada de malo follar con un compañero si se protegían y no había sentimientos de por medio. ¿No?
Tal vez el problema estaba ahí.
En los días es los que Uraraka se vestía corriendo y se marchaba de la habitación de Katsuki por la ventana. Esos días en que los ojos del otro la miraban y su corazón se ponía a mil.
Y no era la única, a veces Katsuki también se largaba sin dar explicación alguna, con cara de pasa.
Esos días eran malos.
Otras noches en cambio, dormían juntos abrazados como si nada.
El caso es que llegó un punto en el que ambos volvieron a aceptar que tenían que parar aquello. Cortarlo de raíz.
'La última vez' se repetía Uraraka en su cabeza cuando salía de la habitación de Katsuki, oliendo a él.
'Deberíamos dejar esto…' verbalizó una vez el rubio poniéndose los calzoncillos.
'Esto no está bien, Ochaco. ¡En qué clase de mujer te has convertido!' se reñía ella mentalmente.
Pero era muy difícil pararlo o ponerle nombre. Más aún cuando Uraraka tenía a Katsuki en su habitación para ella sola. Tan extrañamente cercano y cariñoso, tan elocuente, tan sereno, tan caliente y apasionado, tan sucio y dominante, tan dócil y tan ángel. Tan sonriente con ella que a veces el chico tenía que mirar a otro lado avergonzado de sí mismo.
Y ella se derretía, su corazón se ablandaba y sus piernas perdían toda convicción. Y lo buscaba voraz, porque quería abrazarlo y besarlo y tenerlo entre las piernas. Quería tener su sexo dentro de ella y que él la lamiera y la penetrara y se hiciera uno con ella. Deseaba bailar con sus caderas y guerrear con su boca. Quería follárselo y algunas noches hacerle el amor.
Lo quería todo él para ella.
Lo quería todo.
Lo quería.
—¿Ochaco-chan estás bien? —resonó la voz de tsuyu—. Te están llamando.
Uraraka bajó a la tierra de su ensoñación mental. De su guerra diaria en la que se preguntaba cómo había llegado a ese punto con Bakugo. Esa en la que intentaba recordarse a sí misma por qué no lo cortaba de raíz.
¿Cuándo se le había ido de las manos?
—Ay sí, perdona—volvió a la realidad de los entrenamientos—. ¡Gracias!
Ochaco estaba segura que Tsuyu sospechaba algo, pero de ser así, su amiga nunca le había dicho nada.
El entrenamiento de ese día fue tremendamente agotador y dado que hubo además un pequeño accidente, acabó acompañando a Iida a la enfermería. Cuando se aseguró de que su amigo estaba bien, regresó a su habitación sin energías ni ganas para cenar. Se tumbó en la cama derrotada y encendió su teléfono.
Katsuki no le había escrito.
Bien.
Tenía que ser fuerte.
Si ella no caía, conseguirían hacer una semana sin encuentros.
No le iba a escribir. Tenía que ser fuerte.
Fue entonces que vio en su teléfono que tenía una videollamada perdida de Deku. Estaba exhausta, pero hacía tanto que no sabía nada de él que le devolvió la llamada. El chico le respondió al tercer tono, disculpándose por las horas.
Al parecer no se encontraba demasiado bien y necesitaba hablar con alguien. Terminaron entre risas una hora más tarde, cada uno comiendo patatas de bolsa y mochis en la otra punta del mundo mientras conversaban de trivialidades.
—¿Seguro que Iida está bien entonces? —preguntó Deku antes de despedirse.
Él tenía que ir de prácticas en aquella franja horaria.
—Sí tranquilo, ha sido sólo un esguince.
—Intentaré llamarle luego—sentenció el peliverde—. Tengo que irme, hablamos pronto Uraraka-san.
—Claro, ¡cuídate mucho! Y llama a Aisawa sensei para lo de los papeles, ya verás que no hay problema.
Hasta ese momento, no se había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos de Deku-kun. A su amigo, a su primer amor. Ya casi había olvidado esa parte de su vida sentimental, cuando Izuku dijo lo siguiente:
—Ah y… Uraraka-san hay… hay algo que quiero decirte… No por aquí claro—se puso rojo—. Es algo importante que quiero que sepas, aunque no tienes que decir nada al respecto, pero para mí es importante decírtelo y que lo hablemos.
'Decírtelo' ¡Decirle qué! Ay no, la vida no le podía estar haciendo eso... Empezó a hiperventilar y a ponerse nerviosa.
—¡Perdona tengo que dejarte! —se autocensuró Izuku—. ¡Hablamos pronto!
Y sin más colgó.
Uraraka flotó por la habitación, maldijo con palabras que había aprendido de Bakugo y pataleó en la cama. ¡¿Aquello era una especie de declaración?! ¿Quería Izuku declararse y estar con ella? ¿Qué fueran novios? ¿Quería pedirle de salir? ¿Quería ella? ¿Qué sentía por su amigo? ¿Lo seguía queriendo?
El teléfono vibró, cortando sus pensamientos. Era un mensaje de Katsuki:
'Lord explosivo: ey, he comprado mandarinas'.
Tembló. Tecleó rápido, sin ni siquiera hacerle esperar.
Ya habían hablado de lo tóxico que les parecía dejar en visto a la gente o hacer tiempo para hacerse el/la interesante. Si estaban, siempre respondían.
'Mochi: ¿me estás invitando a cenar? *Gif glotón*'
Escribiendo…
'Lord explosivo: te estoy invitando para cenarte, cara de ángel'.
¿Cómo habían llegado hasta ahí? No lo sabía, pero antes de cuestionarse nada, ya estaba cruzando el pasillo en dirección a la habitación de Bakugo Katsuki.
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Hola! Mil gracias por leer ^^
Espero que os haya gustado el capi. No suelo escribir mucho smut porque por lo general nunca me creo 'las primeras veces' que se relatan en los fandom.
Aquí he querido hacer un guiño a la torpeza y la confusión, que suele ser lo más habitual. Me parecía además que iba muy acorde a los personajes, por cómo son y por el tipo de relación extraña que han generado entre ellos. ¿Qué os parecido a vosotrxs?
Como decía más arriba, estoy algo bajita de ánimo y con dificultad para cerrar el último capi, así que la próxima semana no actualizaré. Vuelvo por aquí el 23!
Sin más, quedo atenta a vuestros comentarios.
Un abrazo!
11/09/22
