Hola!
Yo de nuevo por aquí! :D Quise actualizar el viernes pero tuve una comida familiar que se alargó mil así que llego hoy por aquí.
¿Tan emocionados como yo por la Temporada 6? Estoy in love con la nueva opening y el ending. Ganas de ver lo que se avecina O.o
Muchas gracias a las bonitas palabras del guest y a Soledad Manticora por apoyar este fic (aun cuando sé que se te resiste el Kacchaco jajaja). Me animan muchísimo a seguir publicando y actualizando. Gracias también a los anónimos que leéis y a todos los que estáis siguiendo esta historia. Aviso que se acerca el final. Éste es el penúltimo capi y si la semana que viene me acompaña el ánimo, publicaré el último ^^
Este capi aviso que hay DRAMA. Trato diferentes temas y espero que nadie se sienta ofendido con el punto de vista. Después de todo estoy intentando ser muy canon y los personajes no son las personas más Mentally Healthies que se puedan encontrar. Y como dos adolescentes que apenas están siendo jóvenes (porque se dedican a salvar el mundo) he reflejado en este capi cómo gestionar los celos, las inseguridades o los sentimientos se les hace cuesta arriba. Por no hablar de que tienen una profesión y aspiraciones complicadas para ello.
Sin más, os dejo leer y abajo hablamos. Hay sorpresa final de capi jajaja
¡Nos leemos!
.
¿CÓMO HEMOS LLEGADO A ESTO?
.
.
.
.
Ochaco Uraraka tenía una gran perturbación.
Una de pelo verde y sonrisa tímida. Una que le venía una y otra vez a la cabeza mientras hacía el amor con el rubio, culpable. Obviamente, se obligaba a sí misma a encerrarlo en un lugar oscuro de su mente. No quería pensar en Izuku teniendo a Katsuki dentro de ella, rozándola con su cuerpo, bebiendo de sus senos…
Uff qué rápido había aprendido a conocerla tan bien, a explorar sus puntos sensibles, a hacerla explotar.
Luego llegaba la parte menos placentera: el camino de regreso a su habitación culpable, pensando en Izuku y oliendo a nitroglicerina.
Ante todo aquello, al menos Uraraka tenía una cosa muy clara:
NO iba a ser la prota de un triángulo amoroso tóxico de adolescentes.
Si es que todo era tan cliché que hasta le hacía gracias. Dos amigos rivales… por una mujer. Quería reírse hasta vomitar de ansiedad.
Ahora lo más importante es que ella se aclarara. ¿Le seguía gustando Izuku? Al menos… ¿de la misma manera que antes?
No lo sabía.
La distancia y el tiempo le habían hecho ver que aquel sentimiento era en parte infundado por la gran admiración que sentía hacia su amigo, pero también le había hecho ver que Izuku era eso: un gran amigo. Un amigo que no estaba dispuesta a perder. ¡¿De verdad había estado a punto de confesarse por teléfono apenas dos noches atrás o eran imaginaciones suyas?! ¿Seguirían siendo amigos si ella le decía que no? ¿Quería decirle que no?
Estaba hecha un lío.
Si se lo hubiese dicho meses atrás, su respuesta hubiese sido un SI entre lágrimas. Ahora dudaba, porque había algo más en esa ecuación:
Lo que tenía desde hacía casi un año con Bakugo Katsuki.
¿Amistad? Bueno… ¿Amor? Eso eran palabras mayores. Y Bakugo no parecía un ser capaz de amar.
A veces esto trastornaba la mente de Uraraka. Pensar que a lo mejor el rubio solo estaba con ella por sexo. No obstante, entrando en ese razonamiento, ella también estaba con él por esa misma razón. Si era fría, así era. Si lo meditaba con calma, la cosa cambiaba. Y entonces se sentía tonta, pero realmente le gustaba Katsuki.
Le gustaba su honestidad desmedida, su seguridad, su confianza y valentía para tomar decisiones… aunque eso lo podía ver cualquiera. Lo que más le gustaba de él era realmente lo que la gente no veía, lo que él no solía mostrarle a nadie: su lado vulnerable.
Bakugo era frágil y lo mostraba delante de ella, sin complejos, cuando estaban solos. También era bondadoso a su manera, inteligente y extrañamente cariñoso y tierno en la intimidad. De hecho, ahora se reía cuando pensaba que las chicas llegaron a creer que Bakugo era un fetichista en la cama que le pagaba. Nada estaba más lejos de la realidad.
Solía ser él el de las caricias, el de los besos detrás de las orejas, el de los abrazos en las despedidas y el que le deseaba buena suerte cuando estaba nerviosa con algo. Era protector, pero distante. Siempre la protegía en la retaguardia, confiando plenamente en que ella no lo necesitaba y eso la hacía sentir bien.
Toda esa generosidad de Bakugo Katsuki la hacía temblar y la hacía estremecerse. Eso y su sonrisa callada, esa que solo mostraba con los ojos. Su extraño agradecimiento cuando hacían el amor, las palabras que no decía cuando se abrazaban.
Pero él no quería estar con ella. Ambos habían pactado eso. No querían tener una relación con nadie. No se gustaban. No querían estar juntos. Sólo tenían… una relación física. Y todo estaba bien. Eran libres.
Libres.
Esa palabra nunca le pesó hasta aquella mañana.
Esa mañana que se encontró en la entrada a Mina y los demás.
–¿Qué hacéis ahí? –preguntó curiosa al verlos a todos reunidos y semiescondidos detrás de unas columnas.
–¡Tía es un evento histórico! –gritó pletórica la peli rosa.
–¿Por qué?
–¡Porque Sakura la de primero se está declarando a Bakugo! –chilló.
Aquello partió su mundo en dos.
¿Cómo?
Se giró rápida para ver lo que ellos veían y se quedó fría al ver que efectivamente la chica rubia estaba coqueteando con Katsuki. Él tenía su misma cara de mierda de siempre, con la salvedad de que para ser él estaba siendo muy amable con ella.
–¡Ahí va!—narró Mina cuando vio a la rubia acercarse sensual a su oído y pegar su cuerpo con él.
–Yo apuesto a que le dice que sí –dijo Sero.
–Sakura no es su tipo, chicos–negó Kirishima.
Por alguna extraña razón, compartió una mirada con Ochaco, pero rápidamente la evitó.
–¡Hacen una pareja estupenda! –opinó Mina–. Sus hijos serían rubios, altos y súper apuestos.
–No te puedes basar en eso–se opuso Denki–. De padres guapos, hijos feos.
–Tus hijos serán preciosos entonces… –lo miró hastiada Jirou.
–¡Oye!
Ochaco dejó de escucharlos. Estaba demasiado perturbada por lo que estaba viendo. ¿Aquella chica se estaba declarando a Bakugo? ¿Aquella diosa en la tierra quería salir con él? En cierto modo sí que eran la pareja perfecta… Sakura era alta, rubia, esbelta y preciosa y tenía el don superpoderoso de controlar los temblores de tierra. Estaba despuntando como la mejor de su curso y físicamente recordaba mucho a una versión musculosa, kawaii y más lista de Camie. Además, había sido seleccionada para hacer prácticas en la agencia de Endeavor y en tan solo unos meses había protagonizado varios rescates heroicos.
Vamos, que era una diosa a ojos de Uraraka y de media escuela.
Katsuki miró a la rubia extrañado mientras ella se reía en su oído. Uraraka lo imaginó con su cara de pasa gritándole en consecuencia, pero no. Nada más lejos de la realidad, Bakugo la tomó del brazo y se la llevó de allí, lejos de la vista de todos.
Mina aplaudió, celebrando la victoria de la rubia y Ochaco se largó corriendo a darse una ducha fría.
Su corazón había dejado de latir.
Se repetía mentalmente una y otra vez que Katsuki y ella eran amigos, que no pasaba nada sí salía con otras chicas. ¿No? Ellos sólo… ¿Se acostaban? Pero no eran nada más. No podía reclamarle nada. Él no era nada suyo, no le debía nada.
No obstante, eso no significaba que no doliese igual.
Y le dolía tanto… ¿Por qué le dolía tanto? ¿A Katsuki le gustaba esa chica? ¿Por qué no se lo había dicho? ¡Si se lo contaban TODO!
Una vez Uraraka le preguntó si le gustaba alguna chica y él le dijo sí (aunque omitió su nombre). ¿Aquella chica de la que hablaba era Sakura? Tendría sentido, porque hacían las prácticas juntos y la chica era una monada. Aunque, por otro lado, Katsuki nunca había mostrado una actitud cariñosa o enamoradiza con la rubia. Tal vez sólo le atraía, porque es cierto que era guapísima. O a lo mejor sólo quería acostarse con ella.
Esa idea la perturbó de sobremanera.
Sobre todo porque si lo pensaba fríamente, Sakura estaba en primero y era menor, ¿no?
Vamos, como ellos hace poco. No, no era eso lo que la perturbaba. ¿Qué era?
Ah sí...
Era más bien por imaginar a Bakugo en brazos de otra mujer, compartiendo sus besos… entre las piernas de otra…
.
Salió a correr.
Literalmente.
Necesitaba no pensar.
No sabía cómo enfrentar esa posibilidad.
Se puso su música favorita y corrió durante dos horas y medias alrededor de la academia. Llegó prácticamente de noche a la UA y en vez de irse a su habitación, pidió un permiso nocturno y estuvo entrenando en el gimnasio hasta que casi salió el sol. Puso la excusa de que tenía una exhibición de kárate pronto y el profesor Shizo de materiales aprobó la solicitud sin mucho cuestionamiento.
Cuando salió del gimnasio, tomó una ducha, durmió tres horas y luego se fue a la agencia.
Lo mejor del estado zombie es que el cerebro se ralentiza, así que agradeció que ese día sólo hiciera papeleo de ofimática y no pensara en nada.
Nada.
Qué maravillosa paz.
Ni siquiera pensó en Izuku ni en lo que tuviera que decirle.
Sólo rellenó papeles y archivó registros de villanos locales.
Una fantasía. ¡Una oda a la paz mental!
El camino a la residencia, cuando cayó la tarde, fue mucho menos placentero. Estaba agotada, le dolía el cuerpo y tenía varios mensajes de Bakugo.
Le decía que quería verla y que si estaba todavía por el centro la invitaba a cenar, que había salido tarde de su agencia y estaba cerca de ella.
Lo ignoró.
Como una villana.
Por mucho que le apeteciera, decidió que aquello le hacía mal al corazón. Se tenía que acabar y ella tenía que aclararse. No podía verle, no podía enfrentarle. ¿Tal vez aquella cena era una señal para decirle que ya no quería verla nunca más? Qué el rubio quería… ¿empezar una relación con la tal Sakura? Tampoco aquello era nada malo… ¿No? Ufff pero le dolía tanto de forma inexplicable. Ante ello, optó por la opción más fácil y más cobarde: poner distancia.
Se marchó a la UA, se puso las zapatillas y estuvo corriendo 3 horas. Nuevo récord.
Al día siguiente, Katsuki le volvió a escribir, preguntándole si estaba bien, por qué no le había contestado. 'Perdona, lo vi tarde' puso una excusa de mierda y se fue a la agencia. Al regresar, siguió con su táctica de evitarlo. Volvió a salir a correr, pese a la lluvia e hizo cuatro horas nocturnas de gimnasio. Cayó agotada en la cama.
Bakugo volvió a escribir y ella lo ignoró.
Los días siguientes fueron agotadores. Y Ochaco era consciente de que su cuerpo no aguantaría más días aquella rutina programada para no pensar. De hecho, fue su cuerpo el qué paró aquella locura a tiempo.
La mañana del jueves, se levantó ardiendo en fiebre.
Fue a la agencia, como persona responsable que era, pero la dejaron salir a medio día al ver que no se encontraba bien.
Cuando llegó a la UA tenía escalofríos, sudores, fiebre y un terrible dolor en el cuerpo. Se sentía como una gripe, una que se había autoinfligido a base de agotamiento.
Iida la acompañó a la enfermería como el buen y preocupado amigo que era y la enfermera le dijo que estaba bien, pero necesitaba reposo.
Y eso hizo. Se metió en la cama para no salir de ella en todo el día. Dos días enteros estuvo en cama.
Se despertó prácticamente el viernes noche a las diez y media de la noche, con una llamada perdida de Bakugo y varios mensajes más, tanto de él como de sus amigos. Uraraka hizo amago de inventarse una excusa para Katsuki, pero lo vio en línea y dejó de escribir. Optó por la opción de la semana: lo ignoró, aunque sabía que aquel era el límite.
Porque Bakugo podía ser el hombre más orgulloso de la tierra, pero también el más obstinado del mundo. Y ya se conocían. Uraraka lo conocía y estaba segura que aquello le iba a explotar pronto en la cara.
Por eso cuando al rato alguien llamó a su puerta, no tuvo que preguntarse quién era. Pensó en hacerse la dormida, pero ante la insistencia, se levantó de la cama envuelta en sábanas.
Obviamente se arrepintió al ver al rubio parado en su puerta con cara de mala leche.
–Oi, ¿por qué me estás ignorando?
Directo al grano. Ochaco ya lo había esperado. Así era él. Directo y conciso.
–No te estoy ignorando –mintió, terriblemente cansada.
Bakugo la examinó de arriba a abajo, obviamente pillando su mentira. Sacó su teléfono y le mostró la conversación entre ellos, que era básicamente un monólogo de mensajes diarios de Bakugo sin respuesta.
Uraraka se puso nerviosa. De repente era como despertar de un largo sueño para descubrir que estaba actuando como una novia manipuladora y tóxica, jugando a un juego mental muy peligroso con alguien que además era su amigo.
–Lo siento —se disculpó.
—Tsh– gruñó el rubio—. No he venido a por una disculpa, he venido a saber por qué mierdas no me hablas.
—Katsuki, no es nada. Simplemente…—no sabía ni qué decir—. Pensé que tal vez un poco de espacio entre nosotros no estaría mal. Tú tienes tu vida y yo… la mía. Y… el curso termina en tres semanas y…
Uraraka podía leer en la mirada de Katsuki que aquella excusa barata le estaba pareciendo una ' tremenda mierda.'
—¿Es por la graduación? —la interrumpió— ¿Es eso? ¿Por lo que pasará al terminar la maldita UA?
Uraraka se puso muy nerviosa. Se sentía tan horriblemente mal y vulnerable. De repente se había quedado desnuda frente a Katsuki y no sabía cómo defenderse. Cómo no sentirse como una tonta redomada, una cría caprichosa, una torpe enamor…
–¿Qué te pasa? —interrumpió sus pensamientos la voz del rubio, más calmado, en ese tono tranquilo y dulce que sólo usaba con ella—. Tienes mala cara, mochi.
Efectivamente Uraraka no estaba en su mejor momento. Estaba pálida, despeinada, ojerosa, con la nariz inflamada de tanto sonarse los mocos, las mejillas rojas y los ojos llorosos de la fiebre.
—Estoy bien.
Él bufó.
Miró a ambos lados del pasillo y sin pedir permiso, la hizo a un lado con suavidad y se coló en la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Cuando se quedaron solos, se acercó a ella y acunó su cara entre las manos.
—Estás ardiendo — dijo, mirándola a los ojos—. Tienes fiebre.
'Y dolor de corazón', añadió mentalmente Uraraka.
—No me encuentro bien desde ayer—se sinceró agotada.
—¿Y por qué no me lo has dicho? ¿Has cenado algo? —le preguntó Katsuki.
Ella negó con la cabeza.
—Tienes que comer algo, maldita sea, siempre te pasa igual—la regañó.
—No tengo hambre…—negó Uraraka contra su pecho, sin saber en qué momento se había abrazado a Katsuki.
Qué bien olía.
—¿Y una sopa al menos? — insistió el chico, conciliador, acariciándole la espalda con suavidad en ese abrazo improvisado—. Te la hago en un momento.
Ella no sabía qué decir.
—Te prometo que luego me largo—añadió rápidamente Bakugo—. No me importa si después quieres mandarme a la mierda y no volver a hablarme, pero al menos cena algo, cara mochi.
Uraraka dudó, pero terminó por aceptar.
—Vale, pero te acompaño a la cocina.
Como imaginaron, a las once de la noche ya no había nadie en la cocina. Uraraka bajó envuelta en una manta y se sentó en la mesa a esperar, viendo cómo Bakugo troceaba algunas cosas que ponía a hervir. Le daba vergüenza decirle que no le gustaba demasiado la sopa de algas, pero lo cierto es que sabía que era buena para la fiebre (o eso decía siempre su madre).
A veces Bakugo también era un poco paternalista con ella. Eso no le gustaba normalmente, sólo cuando se sentía enferma como en aquel tipo de ocasiones.
Lo dejó cocinar en silencio, ninguno quería hablar.
Ochaco se sentía fatal por haberlo ignorado toda la semana. Tal vez debería enfrentar el problema como la adulta que era, hablar las cosas y no evitarlas. Porque Bakugo, aunque parecía un ser vil y sin corazón, tenía sentimientos. Y a pesar de haberle mostrado su mosqueo monumental de manera directa, Uraraka sabía que le ocultaba una extraña tristeza.
Se levantó, envuelta en su mullida manta de pandas de colores y lo abrazó por la espalda. A su manera, él también le devolvió el abrazo de forma silenciosa, mientras removía la sopa. Olía tan bien…
—Ey, Bakubro.
Uraraka se sobresaltó al escuchar la voz de Kirishima, apartándose rápidamente de Bakugo. Aun así, claramente la había pillado abrazándolo, pese a que hiciera como que no había visto nada.
—Oi—dijo el otro, a modo de saludo, sin inmutarse.
—Hola Uraraka—la saludó a ella también, dirigiéndose a la nevera para coger un refresco—. ¿Estás bien? Tienes mala cara.
—Está con fiebre—contestó el rubio por ella.
Asintió.
—¡Caray no tenía ni idea! —se sorprendió el pelirrojo, como si tuviera que disculparse—. Ya decía yo que olía a la famosa sopa milagrosa de Bakugo.
—Cállate idiota—balbuceó Katsuki, metido en sus cosas.
Uraraka notaba que, pese a sus palabras, Katsuki siempre era cercano con Kirishima. Se le notaba tranquilo y cómodo en su presencia.
—¡Cuidar de otros es tan varonil! —siguió exagerando Kirishima, sacando una ligera sonrisa al rubio que rodó los ojos.
Uraraka sí sonrió abiertamente. La verdad que Kirishima era un amor.
El chico rebuscó algo más en la nevera y se lo dio a Ochaco.
—Toma—le puso en la mano media tableta de chocolate negro—. Para vosotros. El chocolate todo lo cura.
—Ay mil gracias Eijiro Kun, no es necesario.
—Acéptalo boba, ya verás que te sienta bien.
—Una caries es lo que le va a salir —se quejó el rubio.
Kirishima se rió, abriendo la lata del refresco que acababa de coger.
—No sé cómo lo aguantas —bromeó con Uraraka cómplice, mientras retomaba el camino a las habitaciones—. ¡Qué te mejores Ochaco-chan! Si necesitas algo, llama a mi habitación. Chao Bakubro, ¡Cuida bien de ella!
—¡A mí no me dices lo que tengo que hacer!
Uraraka acabó riéndose todo el camino a la habitación, con la sopa de Katsuki entre las manos y el careto de mal humor del otro mientras se quejaba de que Kirishima era un metomentodo que no cuidaba su salud, tomando batidos basura después de la cena. Sin pensarlo mucho, terminaron ambos en su habitación. Katsuki no hizo amago de irse hasta que ella se terminó la sopa.
—A ver si te cuidas más, joder—la regañó él—. Qué clase de heroína no sabe cuidarse, es de primero de la UA.
—¿De primero? —rio ella irónica—. ¿Te recuerdo quién te ayudó a aprobar primeros auxilios el semestre pasado?
—Tsh.
Uraraka dejó los palillos sobre el bol y miró pensativa el suelo.
—Muchas gracias Katsuki, estaba riquísima—dijo casi en un susurro.
Katsuki bajó también el tono, escrutándola detenidamente. A ella y a su silencio. Leyéndola.
—¿Te sientes mejor? —preguntó entonces.
—Mucho mejor, gracias. Creo que hasta me ha bajado la fiebre.
Uraraka sonrió, pero no se atrevió a mirarlo a los ojos, esos que la buscaban desesperado. Luego se hizo el silencio. Un silencio raro e incómodo.
—Bueno—carraspeó Katsuki—, yo ya me voy, no quiero molestarte —se puso en pie el rubio, cortando el silencio.
Uraraka lo vio marcharse.
—No me molestas—dijo rápidamente.
Él pareció dudar, volviendo a la serena y contradictoria expresión que tenía con ella.
—Lo sé, pero no quieres que me quede—dijo con tranquilidad.
Ella no sabía ni qué excusa poner.
—No es eso… o sea… —debatió internamente—. Es que no me siento bien y prefiero estar sola.
Katsuki hizo un amago de risa, una que, aunque pudiera parecerlo, no era cruel sino triste.
—Tsh, ambos sabemos que eso no es verdad—dijo, abriendo la puerta—. Mira, lo que sea que te pase conmigo… ya lo hablamos en otro momento. Ahora procura descansar y mejorarte.
Ella bajó la cabeza y él salió de la habitación.
Obviamente ambos sabían que aquello era mentira porque Uraraka siempre buscaba el calor de Katsuki cuando se encontraba mal. Era algo tácito que habían empezado a hacer. Desde cuando la chica tenía un mal día a cuando le sacaron, por ejemplo, la muela del juicio hace dos semanas. O como cuando tuvo un periodo súper doloroso meses atrás o la sacaron mal en una foto de prensa. Siempre iba a él, porque odiaba estar sola cuando se rompía. Y Katsuki siempre la había acogido entre sus brazos, sin hacer preguntas ni comentarios, quejándose abiertamente contra sus enemigos o de 'lo floja que era' y secretamente bendecido por su compañía. Él también la buscaba en sus malos días, con la diferencia de que nunca le hacía saber a la chica que estaba mal. Hasta el sexo era a veces una excusa para estar con ella un rato, para dormir a su lado.
Uraraka, en el silencio de verse sola, sintió una bofetada. Una que la hizo levantarse y correr hacia la puerta. ¡No podía ser tan infantil e injusta! ¿A qué estaba jugando con Katsuki?
—¡Katsuki, espera! —salió tras él.
Katsuki abrió los ojos al verla, incrédulo.
—¡No grites mi nombre, idiota!—gritó él entre susurros—, que no puedo estar aquí a estas horas. ¿Quieres que me expulsen?
Pese al momento drama adolescente, aquello también era una realidad adulta.
—Perdona…—susurró, haciéndole una señal para que se acercara y entrara a la habitación.
Él bufó, puso mala cara y obedeció.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó de mal humor cuando ella cerró la puerta.
Ochaco tomó aire, sin saber cómo afrontar el tema. Se apretó el tabique y con valor miró a Katsuki.
—Estaba celosa, ¿vale? —dijo sin pensar.
¿Estaba celosa? Se preguntó a sí misma, sin saber ¡POR QUÉ NARICES HABÍA DICHO ESOOO! ¡Por qué le había dicho eso? Se puso más roja si es que eso era posible y la fiebre le subió hasta las orejas. ¿Y ese arrebato de sinceridad de dónde le había salido? ¿Por qué no había pensado una buena excusa?
—¿Celosa? —fue lo único que consiguió sacar de los labios el rubio, terriblemente confuso y extrañado—. ¿Qué? ¿Por qué?
—No me hagas decírtelo… —pidió Uraraka, mirando hacia otro lado—. Ya me siento bastante penosa así.
Aquello provocó una enorme sonrisa en la cara de Katsuki, una que disimuló con altanería.
—¿Estás celosa… por qué he sacado la mejor nota de inglés del curso? —bromeó.
Ella se tapó la cara, roja, ardiendo. ¡Qué idiota era!
—Sí, por eso… —dijo molesta, abrazándose a sí misma—. Da igual… lo que quiero decirte… es que lo siento. No quería ignorarte toda la semana, ni hacerte sentir mal. Ha sido injusto por mi parte.
Él tomó aire, analizándola.
—No me gusta Sakura—fue al grano Katsuki—. Es eso lo que te pasa, ¿no? Tú también me viste con ella el otro día. Me pidió de salir y le dije que no.
—No tienes que darme explicaciones, Katsuki.
—Te las doy por que me da la gana—expuso.
—Eres libre de hacer lo que quieras y con quien quieras—intentó explicarse Uraraka, verbalizando el discurso mental que había tenido consigo misma los últimos días—. Yo no voy a entrometerme, no tengo ese derecho. No me parece justo. Entre nosotros… no hay nada.
Tras decir eso último, hubo un largo y prolongado silencio. Uno muy incómodo.
—¿Te daría igual que saliera con otras chicas? —preguntó Katsuki, siguiendo el razonamiento de Uraraka.
Ella se encogió de hombros, sin atreverse a enfrentarle. Él asintió, extrañamente dolido.
¿Hay gente que puede tener relaciones abiertas, sanas y armoniosas? Por supuesto. Y cuando se encuentran, consiguen ser realmente felices fuera del sistema opresor monógamo. ¿Eran ellos a sus 18 años recién cumplidos y una escasa experiencia vital más allá de la UA ese tipo de personas? Tal vez no.
Obviamente no.
—¿En serio te da igual? —insistió Katsuki.
Ella tomó aire, indecisa.
—Si es lo que quieres… —trató de decir, con un nudo en el estómago—. Lo único que querría es… saberlo. No me gustaría sentirme tonta. Eso sí, tendríamos que protegernos… ya sabes a qué me refiero. Que habláramos las cosas, somos amigos después de todo ¿no? Podemos seguir acostándonos si nos apetece, hasta que alguno de los dos no quiera o nos cansemos, o encontremos a alguien especial…
'Alguien especial'
La definición de diccionario de la palabra 'irascible' tenía la foto de Bakugo impresa. No obstante, en vez de explotar como era de prever, se le cortó el aire al oírla.
'Alguien especial'
De hecho y contra su voluntad, se le humedecieron los ojos, sin cambiar la cara de cabreo. Apretando la mandíbula.
'Alguien especial'
Uraraka ni se dio cuenta, estaba demasiado metida en su discurso confuso, intentando aclararse.
—Lo que quiero decir es que si te gusta una chica, puedas decírmelo con confianza. Y yo te prometo que me lo tomaré bien. Y si a mí me gustase alguien, pues poder decírtelo a ti también… ¿Será raro? Puede ser, aunque hay gente que lo hace y le va bien. Supongo que es normal sentir celos a veces y está bien, siempre y cuando lo hablemos. Pero en este caso, como no somos nada y ninguno quiere tener nada serio con el otro, no quiero sentirme insegura con algo que no va a ningún sitio, en el sentido de que te considero un buen amigo y no quiero que nos hagamos daño con algo así…
Uraraka se dio cuenta tarde de la reacción del rubio, tal vez porque no era capaz de mirarlo a la cara mientras refugiaba sus sentimientos en ese discurso tan vacío de realidad.
—¿Qué te pasa? —preguntó espantada al verlo a punto de llorar.
Hizo amago de acercarse, pero él la apartó.
—Parezco un idiota ¿no? —dijo ronco y seco.
Uraraka sintió perder la gravedad al oírle.
—¿Qué? —se quedó en shock, helada—. No… ¿por qué dices eso?
Él se limpió las lágrimas e hizo amago de abrir la puerta. Ella lo tomó del brazo con suavidad, deteniéndolo.
—Katsuki, ¿qué te pasa? Espera, no te vayas. ¿He dicho algo que te haya molestado? Lo siento…
—No me pasa nada—zanjó seco.
Ella lo obligó a mirarla, molesta y preocupada.
—Eso no es verdad —sentenció—. ¿Es por lo que he dicho?
—Aparta.
Katsuki se veía extrañamente agitado y contrariado. Quería marcharse de la habitación, pero la insistencia de Ochaco lo estaba sacando de sus casillas. La insistencia por hacerlo parecer un idiota, que es como se sentía en ese momento.
—Vamos Katsuki, puedes decírmelo ¿O acaso de repente ya no confías en m…
—Ochaco, —la cortó Bakugo, temblando—, yo me volvería loco si tú estuvieras con otro.
Esa frase congeló a Uraraka. No sabía cómo sentirse. Le ardía el corazón y a la vez pensó que sería capaz de vomitar nerviosismo. ¿Qué estaba queriendo decir Katsuki?
—Y me da igual que te parezca tóxico o que no seamos nada. ¿Quieres que seamos sinceros? Voy a ser sincero—expuso agitado—. Yo no quiero estar con nadie más que no seas tú y menos mientras estoy contigo. No soy así. No me interesa nadie. No necesito más—fue tajante—. Ahora bien, si tú quieres estar con alguien más, dímelo y me apartaré. Acabamos con esto y punto. Estás en todo tu derecho, no eres nada mío ni de nadie. Lo respetaré, me callaré, me tragaré mi maldito orgullo y me haré a un lado, pero no puedo compartirte.
Ochaco sintió que se le venía el mundo encima al oírlo.
—Me conozco y no puedo soportarlo—siguió Katsuki demasiado enfadado y roto como para humillarse llorando delante de ella—. Habrá gente guay que lo haga, pero yo no soy ese alguien. Y tú me conoces. Creo que lo suficiente como para saber que yo jamás jugaría contigo ni te engañaría con otra a tus espaldas sin decirte nada. Eso y que no puedes pedirme esta mierda. ¿En serio te ha parecido que ignorarme toda la semana era la mejor manera de resolver esta puta basura? —escupió enfadado—. Ah, sí, supongo que me olvidaba que para todos soy un capullo sin sentimientos.
—Katsuki… eso no es verdad… yo…—no sabía cómo expresar lo que quería decir. Estaba temblando—. Yo tampoco quiero estar con nadie más. Es sólo… sólo que quiero que hablemos las cosas y que te sientas con la libertad de que… si te gusta una chica, pues puedas decírmelo. Okey si no te gusta Sakura, pero…
—Ochaco, la chica que me gusta eres tú—la cortó.
Se le paró el corazón. Se le secó la lengua. Se le quedó la mente en blanco.
—Y no hace falta que digas nada—dijo él al verla balbucear—. Ya sé que no sientes lo mismo y que sigues enamorada del idiota. Queríamos acabar con esto, ¿no? Pues creo que es buen momento. Así cada uno es libre de hacer lo que le salga de los cojones.
—Katsuki… —lo llamó por su nombre Uraraka, sin saber cuándo había empezado a llorar ella también—¿En serio te piensas marchar y dejarme así? ¿A qué ha venido lo de Izuku? ¿Cómo puedes querer hacerme daño con eso?
—Qué bien saber que lo único que has escuchado ha sido eso…
—¿Qué? Katsuki, espera, vamos a hablarlo —intentó agarrarlo sin éxito—. No te vayas, por favor.
—¡Déjame joder!
—Pero Kastu…
—¡Que no quiero hablar contigo, joder! Se acabó, me largo—anunció.
No tuvo fuerzas para retenerlo y Bakugo no tuvo voluntad para quedarse en esa habitación después de haber estallado de esa manera.
Dio un fuerte portazo y Uraraka se quedó en shock. De repente no podía pensar.
Se había quedado sola en esa habitación, fría, las lágrimas corriéndole por las mejillas. Luego todas las ideas estallaron de golpe.
¿Por qué…?
¿¡Por qué diablos Katsuki era así!? ¿Por qué no podían hablar como las personas adultas que eran? ¿A qué había venido eso? ¿Y por qué había metido a Izuku en todo aquello? ¿O por qué se había puesto a llorar? Ella solo trataba de ser comprensiva, adulta. ¡Si hasta le había ofrecido poder estar con Sakura a la vez que con ella! ¿Qué más quería? ¿Qué le pasaba? ¿Por qué los hombres eran tan complicados? ¿A caso ese no sería el sueño del cualquiera? Sin compromiso, sin ataduras, cero emocional. Sólo confianza y amistad. ¿Qué narices quería Bakugo?
—Ahhh…. Idiota…—dijo par sí, tirándose contra la cama, tapándose los ojos.
Encima no podía parar de llorar y la fiebre le estaba volviendo a subir sólo del disgusto.
¡Qué te pasa Bakugo Katsuki! ¿Qué diablos quieres? ¡Dijimos que no queríamos nada serio, que queríamos concentrarnos en nuestras carreras profesionales! Seguía bronqueando Uraraka con sus pensamientos.
¡Se supone que somos amigos! ¡Que lo que tenemos no tiene compromiso justo para evitar estas malditas cosas! ¿Acaso se te ha olvidado? Sí, la relación que habían pactado era justo esa, para evitar ese dolor en el pecho que ella ahora sentía. Aunque bueno… pactar pactar… Nunca habían pactado nada. Ni siquiera le habían puesto nombre o etiqueta a lo que tenían.
—Idiota, idiota, idiota…
Comenzó a hipar.
—Qué idiota eres…
Luego repasó mentalmente la discusión. Entendía el punto de vista de él. Entendía que no supiera gestionar ese tipo de celos. De hecho, por ese tipo de celos ella lo había evitado una semana entera.
Ahí… ahí había sido muy injusta con él. Injusta y terca. Y eso ya lo sabía ella, no hacía falta que él se lo dijera…
¿A quién quería engañar? Ella tampoco quería que Katsuki estuviera con otras chicas. Se mordió las uñas.
Tal vez no eran los adultos que pensaban, sino sólo dos adolescentes jugando a serlo.
Suspiró agobiada.
¿Por qué Katsuki se había puesto a llorar? ¿A qué había venido eso? Ella también estaba dolida. ¡Si había sido él el que le había gritado! Siguió pensando, enfadada. Entonces le vino su propia frase:
Podemos seguir acostándonos si nos apetece, hasta que alguno de los dos no quiera o nos cansemos, o encontremos a alguien especial…
Alguien especial…
Se incorporó de la cama de un salto, con un nudo en el estómago. Se le cortaron las lágrimas.
¡Cómo le había dicho eso!
—Ochaco eres idiota… —se culpó, agarrándose las manos y juntándolas sobre el pecho. Ahí dónde le dolía.
¿Por qué le había dado a entender a Katsuki que para ella no era alguien especial?
No, no, no…
Si Katsuki era la persona más especial con la que había compartido su último año. La que la había escuchado reír y llorar. El que la había consolado por las noches, la había ayudado con los exámenes y había luchado codo con codo con ella en todas las misiones. Quién le había dado un empujón cuando le había hecho falta o le había dado un alto cuando no había visto las cosas con claridad. La única persona que la había visto desnuda, en todos los planos en los que una persona puede estar desnuda frente a otra. Y la había aceptado tal y como era, con sus defectos y sus virtudes, sus luces y sus sobras.
¿Y ella?
Ella le había dicho que él no era alguien especial para ella.
No al menos como Katsuki había dejado claro que la chica era para él. Porque entonces, de entre toda la marabunta de palabras en su discusión, Uraraka recordó una cosa que él había dicho y que por alguna razón todavía no había procesado:
'Ochaco, la chica que me gusta eres tú'
—Oh dios…
Uraraka salió corriendo de la habitación.
Ni siquiera reparó en que estaba mal peinada, en pijama, llorando y con fiebre. Solo corrió y corrió por los dormitorios y pasillos, bajando las escaleras que daban al comedor y el patio central.
Si se daba prisa, sería capaz de alcanzar a Katsuki antes de que llegara a su habitación.
Porque no podía ser TAN SEMEJANTE IDIOTA de haber dado por echo aquella frase. ¿A caso estaba sorda? ¿Cómo se había quedado parada y callada cuándo él le había dicho eso?
El corazón le latía fuerte en los oídos… Bajaba las escaleras de dos en dos.
Tic, tac, pum, pum. Tic, tac, pum, pum.
'La chica que me gusta eres tú'
Quería llorar de torpeza. ¡Qué torpe y qué tonta!
Tropezó al girar la esquina y consiguió agarrarse a la pared para no caer. Luego saltó por la barandilla de las escaleras y usó su don con una maestría que nunca había mostrado en ningún un ejercicio de clase.
Dejó de flotar con habilidad y siguió corriendo hasta salir al comedor en dirección 'los dormitorios masculinos'. No obstante, antes de seguir corriendo una imagen la detuvo: había mucha gente reunida en el comedor de repente. ¿Y toda esa muchedumbre?
—¡Chaco! —gritó Mina al verla—. ¡Corre! ¡Mira quién está aquí!
—¿Cómo? —dijo extrañada.
—¿Estás bien? —se acercó corriendo Mina al verla—. Oye… ¿estás bien? —repitió luego realmente preocupada cuando se detuvo junto a ella.
Ochaco sólo respiraba agitada, en shock. No entendía nada. ¿Qué hacían todos ahí? ¿Por qué había tantos alumnos de primero y segundo? Si hace media hora no había ni un alma allí… Daba igual, no podía perder el tiempo. ¿Y Kastuki? No se le veía por ahí, debía haberse ido. Tenía sentido, porque no era muy sociable. ¡Su habitación! Tal vez si se daba prisa…
—¡Ochaco! —la llamó de nuevo Mina, muy preocupada—. ¿Estás bien? ¿Has llorado? ¿Qué te pasa?
—¿Has visto a Katsuki?
Mina arrugó el gesto.
—Me lo he tropezado antes, está de un humor de perros. ¿Por qué le buscas? Le he escrito para que baje, pero no sé si me ha leído…
—Ahora vengo, tengo que hablar con él—dijo sin más.
No obstante, Mina siguió hablándole casi a gritos.
—¡Pero Ocha! ¿No has visto el grupo de clase?
Ella no hizo ni caso y siguió corriendo con disimulo, para no llamar la atención del resto. ¡Le importaba una mierda el chat de clase! No obstante, cuando se disponía a subir las escaleras hacia las habitaciones masculinas, tropezó con Iida bajando.
—¿Uraraka qué haces corriendo en una dirección ilegal a estas horas? —la regañó.
—¡Iida! ¡Lo siento! ¡Es urgente! ¡Mañana me echas la regañina!
Sin embargo, Iida la sujetó por los hombros para que no siguiera corriendo.
—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? Tienes muy mala cara. ¿Sigues con fiebre? Te llevo a la enfermería ahora mismo.
—¡NO! —gritó—. O sea, no, tranquilo estoy bien.
—¿Segura? ¿Has visto el chat de clase?
—No, no he visto el maldito chat, ¿qué pasa? —escupió enfadada. No con Iida, sino con ella misma y con lo mal que se sentía en ese instante—. Tengo mucha prisa, por favor déjame pasar. Es muy muy importante.
Iida tragó saliva y la miró comprensivo, como el buen amigo que era. Bueno e inteligente, porque sabía más de lo que Ochaco había querido contarle y ya se imaginaba quién era el responsable de esas lágrimas.
—Está aquí Izuku—se limitó a decir el peliazul.
—¿Izuku?
Iida le señaló con la mano y Uraraka siguió aquel dedo, conmocionada. Porque efectivamente, entre toda la marabunta de alumnos de primero y segundo pidiendo autógrafos y gritando, estaba Izuku. Él mismo en persona. Con una sonrisa enorme, un brillo maravilloso en la mirada y una maleta de 40 kilos envuelta en plástico de facturación.
Pareció que aquel dedo de Iida lo había invocado, porque se giró en dirección a ellos y los vio, ensanchando la sonrisa aún más si eso era posible. Se disculpó con todos alumnos que eran fans suyos y salió corriendo alegre hacia su dirección.
Porque sí, en todo aquel año en el extranjero Izuku se había hecho muy MUY famoso. Era sin duda un referente para el resto de alumnos de la UA. Eso y alguien muy querido para sus amigos, que estaban saliendo de sus habitaciones a darle la bienvenida, incluso cuando eran casi las 1:00 de la madrugada. Una llegada de todo menos discreta— como seguramente no planeó el pecoso.
—¡Iida, Uraraka-san! —gritó feliz.
Los segundos que tardó Izuku en llegar hasta ellos, fueron los segundos más raros de la vida de Ochaco.
Sin dudarlo, el chico se lanzó a abrazarlos con ganas y fuerza. Toda la que tenía sin que llegara a ser peligroso e Iida, cálido y alegre, cerró con sus largos brazos aquel abrazo a tres.
—¡Chicos! —gritó Izuku feliz—. ¡Qué alegría veros! Pensé que estaríais dormidos a estas horas. ¡Qué ilusión veros! ¡Os he echado tanto de menos!
—¡Imposible estarlo con semejante noticia! —respondió obvio Iida—. ¡Cómo se te ocurre llegar a esta hora! ¡Menudo jaleo has montado!
Izuku solo se rio, alegre.
—Sinceramente no quería llamar la atención, pensé que estaríais durmiendo—dijo sincero—. Pero en el fondo me alegro de que estéis despiertos, tenía tantas ganas de veros…
Luego miró a Ochaco y su sonrisa se encogió. Sus ojos la escrutaron un segundo, analizando la situación.
—Uraraka-san… —la nombró, rozándole el hombro—. ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
Y ahí, cuando la cálida y reconfortante voz de Izuku la llamó con esa dulzura y temple, se quebró y se echó a llorar.
—Ey, ey… —la abrazó Izuku con fuerza.
Y Uraraka se abrazó a él como quien se aferra a un clavo ardiendo, inconsolable. Rota como nunca.
Iida, más resolutivo, tomó el rol que su amiga más necesitaba: poner orden y mandar a todos a la cama. Y más porque los curiosos habían empezado a mirar y hacer fotos.
—¡Venga todo el mundo a dormir! ¡Mañana hay clase extraescolar a primera hora! ¡Aquí no hay nada que ver! —gritó, acercándose al grupo—. ¡A la cama todos ahora mismo! ¡Nuestro compañero ha hecho un viaje muy largo y necesita descansar! ¡Vamos! ¡En orden! ¡Primero los de primero, segundo los de…
Mientras tanto, Izuku pasó un brazo por los hombros de Ochaco y la alejó de allí, sacándola al jardín por las cristaleras de salón.
—Vente, ven por aquí—la condujo amable, mientras le ofrecía un pañuelo que se sacó de la chaqueta.
Como sensible y llorica que era, siempre estaba preparado para esas ocasiones.
—Perdona, Izuku—se le atragantaron las palabras a Ochaco, sin dejar de hipar y llorar.
—Tranquila, no pasa nada—le acarició la espalda, conciliador—. Tranquila, llora todo lo que necesites.
Y ella siguió llorando, intentando calmarse sin mucho éxito. Se sentaron en uno de los bancos más cercanos e Izuku le dio su chaqueta para que se la pusiera por encima, porque aunque era principios de verano, seguía refrescando por las noches y haber salido en pijama y tener fiebre no ayudaba.
Al rato llegaron Iida y Mina.
—¿Está mejor? —preguntó la pelirrosa.
—Voy a por un vaso de agua—resolvió raudo Iida.
Mina se acercó a su amiga cauta, poniéndose de cuclillas frente a ella para mirarla.
—¿Estás bien, Ocha? —le preguntó dulce, frotándole las rodillas en un gesto cariñoso.
Ella asintió, incapaz de hablar.
—¿Te ha pasado algo? —siguió indagando la chica.
Uraraka negó. Sorbiéndose los mocos.
—¿Segura?
Asintió.
—¿Tiene algo que ver con Katsuki? Lo estabas buscando antes.
Negó de nuevo, esta vez mintiendo como una bellaca.
—¿Segura?
Asintió.
—¿Podemos hacer algo por ti?
Uraraka volvió a negar. En ese momento, regresó Iida con el vaso de agua. Y ella, agradecida, se lo bebió de un sorbo.
—También te he traído un té de mango y una soda con gelatina de Aloe—añadió, con su voz robótica—. Y una pastilla para fiebre.
Aquello al menos la hizo reír.
—Muchas gracias, Iida-kun—soltó en un roto hilo de voz.
—¿Estás mejor? —preguntó amable Izuku, quien no había dejado de acariciarle la espalda en todo momento, preocupado y atento.
—Sí, gracias a todos—dijo conciliadora, limpiándose los restos de lágrimas y mostrando una sonrisa algo forzada—. No quería preocuparos, perdonadme. No sé qué me ha pasado.
Por supuesto, todos fueron cálidos y amables con ella, diciéndole que no se tenía que preocupar por nada.
—Voy a subir a mi habitación, pero lo que necesites escríbeme—pidió Mina—. Si necesitas hablar, llámame. Sea la hora que sea.
Ochaco quería seguir llorando ante tantas atenciones.
—Muchas gracias, Mina.
—Tú también deberías irte, Iida—añadió entonces la chica rosa, agarrándolo del brazo.
—¿Eh? ¿Y eso por qué? —preguntó el chico.
Mina solo sacó la lengua, coqueta y más lista que el hambre.
—¡Porque los de primero siguen en el salón! ¡Mira! ¡Alguien tendrá que decirles algo!
A Iida se le dilataron los ojos.
—¡Alguien tiene que decirles algo! —anunció—. Nos vemos mañana Izuku, espero que descanses. Y tú Uraraka, tómate la medicación, bebe agua y duerme bien.
—Claro que sí, Iida-Kun—asintió la castaña—. Muchas gracias.
Mina e Iida se alejaron, aunque antes de irse, su amigo le gritó:
—¡Y sea lo que sea eso que era urgente, puede esperar hasta que te encuentres mejor!
A Ochaco se le inundaron los ojos y asintió. Luego se quedó sola con Izuku, muda, sin saber ni qué hacer de la vergüenza que tenía de haber llorado delante de todos ellos.
—¿Seguro que estás mejor? —preguntó amable Izuku, para romper el hielo.
—Sí, perdona, no quería preocuparte ni arruinarte la llegada—se recogió el pelo detrás de las orejas, más calmada—. Te prometo que no era un plan para robarte protagonismo—intentó bromear.
Él negó, con una sonrisa.
—Al contrario, estaba agobiado de tantos autógrafos. Me ha costado casi veinte minutos llegar hasta el comedor desde la entrada.
—¡Ala! ¿Presumiendo de ser famoso? —bromeó ella, mientras se sonaba los mocos.
Él se puso rojo.
—¡No! ¡Qué vergüenza! —negó—. En serio, veros me ha salvado—confesó.
—Pues vaya misión de rescate más vergonzosa—rio Ochaco—. Encima estoy horrible y me ha visto media academia así.
—¡Anda ya! Tú jamás te verías mal—negó él, aunque luego se trabó al darse cuenta de lo que le había dicho.
Luego se hizo el silencio, uno raro que Izuku aprovechó para bajar el tono de voz.
—¿Puedo… puedo preguntarte qué te ha pasado?
Uraraka se mordió el labio, sin saber cómo sentirse. Sobre todo, porque lo de Izuku la había pillado con la guardia baja. De hecho, seguía asimilando que su amigo estuviera allí, allí de verdad, de carne y hueso, frente a ella en ese mismo instante. Sonriéndole con esa bonita sonrisa de ángel.
—¿Te ha pasado algo con Kacchan? —volvió a preguntar, con algo de reparo—. Mina ha dicho que lo estabas buscando…
Ochaco tampoco se esperó aquello, pero la propia sorpresa en sus ojos debió darle alguna pista a Izuku; que otra cosa no, pero era muy analítico.
—¿Os habéis peleado o algo?
Uraraka le apartó la mirada, arrugando y destrozando entre los dedos el papel que tenía en la mano. Con los nervios a flor de piel.
—Algo así… —confesó muy muy bajito, casi inaudible.
Él suspiró, cómplice. Casi temblando, pero intentando ser cercano, le puso una mano en la rodilla.
—Sea lo que sea, seguro que mañana se le pasa—resolvió—. Kacchan tiene muy mal pronto, pero tal y como se enfada se le pasa al rato. Seguro que está arrepentido de que hayáis discutido.
Uraraka dudaba de eso último, aunque la calidez de Izuku la reconfortó.
Izuku…
Qué cambiado estaba.
Su piel estaba un poco más bronceada que cuando lo vio un año atrás, por no hablar de que llevaba el pelo un poco más corto, una ropa muy occidental y parecía algo más alto (o al menos eso sintió Uraraka cuando lo abrazó). También estaba más tonificado y su cara se había vuelto algo más masculina, aunque no había perdido la dulzura inocente que tenía.
—No sé… —se limitó a decir Uraraka—. Es… muy largo de explicar.
Izuku sonrió a su amiga.
—Tengo un Jet Lag terrible, podría oírte toda la noche—bromeó.
Eso consiguió animarla. Él siempre conseguía animarla.
Sin pensarlo, lo abrazó. Y cuando lo hizo descubrió lo muchísimo que lo había echado de menos.
—Te he echado de menos, Deku-kun—pensó en voz alta.
—Y yo a ti, Uraraka-san—respondió en el mismo tono.
Luego se separaron y Uraraka se limpió unas últimas lágrimas furtivas.
—Le he hecho algo muy feo a Katsuki y luego él se ha enfadado mucho—soltó de repente, como si hubiese descubierto que estaba desesperada por confesarse con alguien—. Y seguro que no quiere verme nunca más. He sido muy cruel e injusta y no sé cómo podré volver a mirarle a la cara.
Porque aquel secreto a voces la estaba consumiendo por dentro.
La estaba destrozando.
Le estaba pudriendo el corazón si seguía ocultando sus sentimientos de aquella manera.
—Seguro que no son tan horribles—intentó animarla Izuku—. Kacchan a veces puede ser muy… Kacchan—pensó, sin encontrar otra palabra para definirle—. Pero seguro que si lo habláis se resuelve. Puede ser un cabezota, pero siempre es justo con la gente que le importa. ¡Por cierto! ¿Qué tal la sorpresa de cumpleaños? —recordó—. Que al final nunca te pregunté.
Uraraka sintió que las piernas le temblaban al recordar aquello, pero se las arregló para responder con toda la sinceridad que le quedaba. Porque después de todo aquel mal rato, no quería seguir mintiendo.
—Pues creo que le hizo mucha ilusión—confesó—. Nunca lo había visto tan feliz. Y ya sabes cómo es su felicidad contenida…
—Cara de pasa fingiendo que no le importa nada y por dentro una sonrisa, ¿no?
Uraraka asintió. ¡Qué fácil era hablar siempre con Izuku! Durante todo aquel año que habían estado separados, se había convertido en su confidente más cercano vía telefónica. Por supuesto, Uraraka no había entrado en detalles del tipo de relación que mantenía con el rubio. No obstante, Izuku podía ser de las pocas personas a las que Uraraka le había confesado la cercanía de su amistad con Katsuki.
Luego empezó a despertar de la ensoñación emocional y se encontró con otro drama del que había estado huyendo toda la semana: sus sentimientos por Izuku.
Había enterrado ese tema para más adelante, pero de repente le había explotado en la cara.
Porque Izuku estaba ahí, delante de ella. Con mil cosas para hablar y algo que quería confesarle. ¡Y se habían quedado solos! ¡De hecho, Mina la muy perra vieja los había dejado solos!
No obstante, tampoco tuvo mucho tiempo para digerirlo, porque Izuku siguió hablando:
—Es raro, pero las últimas veces que nos hemos escrito estos meses, Kacchan siempre me hablaba de ti—dijo—. Sinceramente creo que le gustas mucho.
Uraraka sintió que el estómago se le retorcía. Y despertó. Y se le disiparon todas las dudas. De repente lo entendió todo de golpe.
—Izuku… ¿qué es eso que querías contarme?
Él sonrió, muy tímido y rojo como una manzana de caramelo.
.
.
.
Katsuki había salido de la habitación de Uraraka hecho una furia.
Hecho una furia y con el corazón completamente roto. Ese que a veces todos olvidaban que tenía.
Bakugo no había montado un numerito barato para esperar nada de Ochaco, pero durante un instante, realmente creyó que ella reaccionaría, que diría algo, que saldría tras él.
Pero no.
No había sido así y él se había quedado roto e irreparable. O al menos en ese instante le dolía como si fuera a ser para siempre.
Bajó por el pasillo rápido, cabizbajo, limpiándose orgulloso las lágrimas que había derramado.
La mala suerte debía estar de su lado aquella noche, porque nada más llegar al salón empezó a ver a una panda de extras ir hacia la salida.
Tsh, vaya pedazo de mierda. Pensó mientras se ponía la capucha de la camiseta que llevaba, se terminaba de secar las lágrimas y se metía las malos en los bolsillos para disimular.
—Oi, cuidado por dónde vas—dijo al chocarse contra una extra.
—¡Ay Katsu, qué desagradable eres, hijo! —sonó la voz de Mina—. ¿Qué haces despierto tú a estas horas? ¿También te has enterado?
Katsuki pensó que no podía tener peor suerte esa noche. MINA. La que le faltaba. Gruñó, evitando mirarla porque no quería que se diera cuenta de que había estado llorando.
—A ti qué más te da—soltó—. No me interesan tus cotilleos de mierda, me voy a mi cuarto.
—¡Pero Bakugo, que éste sí que te interesa, créeme! —dijo alegre dándole un golpe en la espada, amigable.
Sentir la alegría y calidez de Mina lo hizo sentirse aún peor.
—¡Que no me interesan tus mierdas de chismes, joder! —le dijo de malas maneras, acelerando el paso y girando hacia las escaleras que subían al cuarto de chicos—. A ver si dejas de meter las narices en la vida de la gente y te preocupas más de tu maldita vida.
Mina paró en seco y dejó a Katsuki irse.
Ok.
Bakugo estaba de muy MUY mal humor, aceptó la chica. No obstante, llevaban siendo amigos demasiado tiempo como para saber que sólo había pagado con ella algo que le pasaba. Algo que lo había hecho explotar. Y llorar. Porque Mina no era tonta y sabía ver que Katsuki estaba llorando. Se encogió de hombros.
Total, ya se le pasaría.
—Bueno, pues te lo dejo por mensaje—dijo más para sí que otra cosa, sacando el teléfono para escribirle al rubio explosivo.
Katsuki subió las escaleras de tres y tres, evitando a todos los malditos extras que salían hacia el salón. Luego se metió en su habitación como si se lo llevasen los mil diablos y se tiró sobre la cama.
Joder, sí que dolía esa mierda. ¿Le estaría dando un infarto o algo? Obviamente no, pero dolía igual.
Allí en la oscuridad de su habitación, se echó a llorar como un maldito idiota. Porque la había cagado. Un poco. Mucho. Muchísimo.
—Puta mierda—apretó la mandíbula para no seguir llorando—. Joder.
Kastuki estaba muy enfadado. Pero no con Ochaco Uraraka, sino consigo mismo. Y no por lo que le había dicho a la chica. Había sido sincero diciéndole todo lo que pensaba y sentía, pero no en cómo se lo había dicho.
Había vuelto a explotar con ella y sin duda esa era la peor de las derrotas.
Joder, por qué le has gritado, idiota. Se repetía una y otra y otra vez, como si no hubiese avanzado nada en todos los meses que había trabajado por enmendar esos arrebatos. Porque obviamente no entraba en sus planes ni: uno, echarse a llorar delante de ella; ni dos, gritarle todos esos sentimientos e ideas como si tuviese el mayor cabreo de la historia.
Porque no. No estaba cabreado con ella. No había ningún motivo para ello aún cuando la chica llevaba evitándolo toda la semana. Entendía perfectamente que ella quisiera espacio. Él era el primero en ser un lobo solitario.
Lo que le pasaba es que estaba dolido. Le había dolido demasiado oír en sus bonitos labios que a ella le daba igual lo que tenían y que podían seguir así hasta que encontrasen a alguien especial.
Recordar esas palabras lo puso de nuevo a llorar.
—Maldita sea…
Porque para él lo que tenían era lo más especial que le había pasado en años. En toda su vida.
Por supuesto, aunque lo que menos quiso en un principio era involucrarse sentimentalmente con nadie, no había podido evitar hacerlo con ella. Porque esas cosas no se eligen. Lo supo desde la primera vez que charlaron en la azotea, cuando se quedaron encerrados en el baño.
Cuando Uraraka habló desde el corazón con esa valentía suya, esa que fascinaba a Katsuki. O como cuando lo enfrentó por defenderla. ¿Podía existir ser más cabezota y testarudo que esa mujer? Porque Uraraka lo guerreaba todo, desde sus ideas y convicciones hasta sus sentimientos. Y era transparente y cristalina como el agua. Y eso, a ojos de Katsuki, sólo lo hacían las personas verdaderamente fuertes. Y ella tenía esa fortaleza. ¡Joder! La admiraba tanto por ello. Aún cuando se quebraba y se hacía pequeña, seguía siendo de diamante. Dura, pura, peligrosa, brillante y hermosa.
Y aunque al principio solo compartieron unos besos tontos adolescentes, la cosa había cambiado mucho. O al menos para él había cambiado. El día de su cumpleaños sin duda supuso un antes y un después para Katsuki. No recordaba haberse sentido tan bien en toda su maldita vida con nadie, ni siquiera consigo mismo.
Y es que esa noche, cuando se abrazaron desnudos en su cama y ella lo rodeó entre sus brazos, se sintió bendecido por primera vez en toda su existencia. Como si lo hubiese tocado un ángel y le hubiese prometido que toda esa ira, esa ansiedad y esa desesperación que le habitaban podía marcharse para dejar espacio a algo más. A algo cálido, a un sentimiento que no quemaba pero calentaba, a algo bonito y con muchos nombres que crecía en su pecho cuando estaba con ella.
Porque ella era luz y él la había cagado para siempre.
Las palabras de Monoma volvieron a su mente como una maldición bienaventurada:
—Yo solo quiero que no te rompan el corazón, si es que tienes. Sé sincero contigo mismo. Tú eres el primero que sabe que ni en tus mejores sueños te merecerías a una tía como esa. Ochaco no se merece estar con un animal.
Un animal… sin duda eso es lo que era. Y por supuesto que no se merecía que Ochaco quisiera estar con él. Con alguien irascible, huraño, colérico, orgulloso, vanidoso, malhablado, explosivo, violento… ¿Podría tener más malditos defectos, joder? Si es que era una red flag con patas.
No hacía falta que Monoma se lo recordaba, él solito sabía de antemano que jamás en diez vidas merecería el amor y la atención de alguien como Ochaco, de un ángel como ella, de una valkiria hermosa y poderosa a la que había dejado llorando en su cuarto por ser retrasado y subnormal.
De hecho, no entendía ni cómo podía gustarle a la pánfila de Sakura. Que la chica era valiente y esas mierdas y tenía un potencial de la ostia. Por eso mismo, ¿a qué cojones venía que le pidiera de salir a un cretino como él? ¿Por qué de repente parecía interesarle a las chicas? Tsh, si ni entendía a veces que compartiera el aire con Ochaco.
¿De verdad la castaña había pensado que él querría salir con esa pánfila de primero? ¿Acaso después de casi un año viéndose lo conocía tan poco? Si era obvio qué sólo tenía ojos para ella.
Lo único que le sirvió de su charla con Sakura fue que le dio el valor de tomar otra decisión: hablar con Ochaco de lo que sentía.
Quería decírselo. Necesitaba hacerlo. Si de hecho por eso le había propuesto cenar fuera aquella semana. Quería hablar con ella y decirle que lo que tenían era especial para él y que no quería que se acabara cuando se graduaran. Que ya se las arreglarían. Que iría al fin del mundo por ella. Que estaba total y absolutamente enamorado de la cara mochi.
Pero eso daba ya igual, porque la había cagado.
Se había echado a llorar como un idiota sensiblero y le había gritado cuando ella le había pedido hablar como los adultos que eran. Lo peor es que Uraraka había dejado clara su posición: sólo veía a Katsuki como un amigo con el que se lo pasa bien.
Fin de la historia.
Al menos, le alegraba haberse enterado antes de hacer más el ridículo. Peor hubiese sido que él le hubiese dicho que la quería y que ella le hubiese dicho que sólo quería ser su amiga.
Suspiró agobiado y sacó el teléfono del bolsillo, para ver si ella le había escrito. Obviamente no, pero sí tenía un mensaje de Mina.
Con mala gana lo abrió. Qué pesada era…
Mapache Rosa:''Katsuki, no sé qué te pasa, pero si has discutido con Ocha, —y me lo imagino porque soy una maldita cotilla como bien sabes (y porque os oigo por las noches)—, habla con ella. No seas tonto.
PS: lo que te quería decir antes es que está aquí Izuku. Acaba de llegar de EEUU. Vamos todos a recibirle. Lo hemos puesto en el grupo de clase. Besos rosas *gif de mapache guiñando ojo*
Katsuki bloqueó la pantalla del teléfono y suspiró.
El que le faltaba.
El idiota había regresado.
Su corazón terminó de partirse.
Tomó aire despacio y se irguió en la cama.
Sin mucho ánimo, se lavó la cara y le escribió a Todoroki, para anunciarle que Izuku había regresado. El bicolor estaba haciendo una ronda nocturna con su padre, por lo que no estaba en la academia. Bakugo al principio dudó, pero finalmente se cambió de sudadera y bajó al salón a darle la bienvenida a Izuku.
En el fondo, muy en el fondo, tenía ganas de ver al idiota, aunque éste fuera el objeto de todos sus males. Lo había echado de menos a su manera y aunque lo odiaba y quería a partes iguales, también sentía curiosidad por ver qué tal le había ido en Yankeelandia. Tal vez aquello lo distraía.
Cuando llegó a la sala principal todo estaba a oscuras y vacío, aunque se notaba que había habido revuelo. Izuku no estaba, pero sí su enorme maleta de All Might de 40 kilos plastificada.
—Puff… vaya idiota—pensó en voz alta Katsuki.
¿Quería que le robaran o qué? ¿Por qué se dejaba la maldita maleta en mitad de las zonas comunes? Ese idiota despistado y bobalicón… Nunca cambiaría.
En ese momento escuchó unas risas suaves venir del patio. Y entonces los vio a través de la cristalera… A Izuku sonriendo y riendo suave y Ochaco sentada a su lado, con la chaqueta de él puesta sobre los hombros.
Y se la veía contenta y feliz. Radiante y bonita. Alegre y brillante. Tan preciosa como la más bella de las constelaciones que adornan la noche. Y todo parecía tal y como debía ser. El final feliz. El cuento bien acabado. Las malditas perdices en su sitio.
—Tss…
Se sorbió los mocos, se tragó el orgullo y para rematar la escala de lo idiota que podía ser, cogió la maldita maleta del puto conejo verde afortunado y la cargó escaleras arriba hasta la puerta de su habitación.
Luego él se fue a la suya, tácito y silencioso, como el fuego que se apaga.
Derrotado, vencido y sin fuerzas para pelear más.
.
Siento dejaros con el corazón roto. Yo lo tengo jajaja
¿Han manejado bien la situación? Cada uno lo ha intentado a su manera… pero no les ha salido muy bien. Es lo que pasa cuando no se materializan los sentimientos. Siempre hay que hablar las cosas y hacerlo desde el corazón.
He sentido algo de pena por todos. El capi ha sido algo flojo, pero es necesario para la continuación. ¿Y qué le habrá dicho Izuku? Aggg
El siguiente capi será el último y espero que os sea gratificante como final de historia.
Me gusta mucho el formato de historia corta y si esta funciona bien tenía pensado publicar un Izoucha de duración similar (aunque algo más bizarro, porque hay… ¿viajes temporales?). No obstante, no sé si habrá mucha acogida, así que tengo que meditarlo con la almohada. ¡Ya os contaré!
Como siempre, os agradecería un comentario. Es lo único que recibo por escribir y me haría ilusión saber que os está gustando la historia y sobre todo si hay algo que pudiera enriquecerla.
Sin más, nos leemos pronto. Besos!
02/10/22
