Holaaa
Disculpadme la tardanza con el último capi y con haber estado tan desaparecida, pero suelo tener bastantes altibajos en Fanfiction, más de los que me gustaría. No obstante, ¡ya estoy por aquí!
Tengo que avisaros que este final se me ha ido de las manos y ha quedado MUY LARGO. Así que haceos un café, un té o un chocolate y poneos cómodos para leer. ¡Espero que os guste el final de esta mini-historia!
Yo, siendo sincera, nunca fui muy fan del Kacchaco, pero estos dos me han terminado enamorando. He intentado huir de clichés, porque ellos dos ya son raros de por sí, pero aviso que he sido SUPER intensa y DRAMÁTICA con el capítulo jajaja Al fin y al cabo, los personajes son adolescentes. Es la época para ser maravillosamente intenso y dramático.
ALERTA: Hay sangre, violencia, situaciones que reflejan problemas de salud mental y temas adultos. Hay una leve mención a la prostitución. Por favor, leer con responsabilidad.
Sin más, os dejo leer. Nos vemos abajo!
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EL MAL QUERER
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—Katsuki, lánzame—dijo Uraraka sin ápice de duda en su voz.
Katsuki la miró horrorizado, en aquel panorama de humo, fuego, sangre y metralla.
—¿Qué? ¡Ni de coña! —se negó para enfrentarla—. Es un suicidio, ¿estás loca?.
—La va a tirar… —rebatió Uraraka, con una mezcla de lágrimas e ira en la mirada.
Tenía los puños apretados. Muy apretados.
—No voy a dejar que te mates—casi le gritó el rubio.
—Voy a saltar, con o sin tu ayuda.
Katsuki jamás había visto a Ochaco tan convencida de nada en toda su vida. Tal vez por eso y aunque llevaban toda la misión discutiendo y en desacuerdo, decidió escucharla. Si había aprendido algo en los últimos tiempos, es que a Uraraka no solía fallarle la intuición.
Ni el corazón.
La chica se preparó para tomar impulso sin esperar a que el rubio se decidiera. No tenía tiempo.
—¡Joder!—fue lo único que dijo Katsuki, corriendo tras ella y agarrándola de la mano para que ambos pudieran coger carrerilla.
'Qué no escape' le suplicó Ochaco con la mirada, apretando la mano que de repente se habían agarrado.
—Más te vale no equivocarte, mochi…
Aquello lo dijo casi temblando, apretando la mano de ella y esperando su señal. Le hubiese gustado decir algo más, pero la vida no es una novela con frases épicas de despedida o confesiones de amor de última hora. Ambos estaban demasiado concentrados en que aquello no saliera mal. No podía salir mal.
— ¡Ahora!
Katsuki sabía que aquello era un puto suicidio, pero obedeció. Pegó el cuerpo de Ochaco contra el suyo, la agarró con todas sus fuerzas por la cadera y la lanzó al vacío de un empujón. Por suerte o por desgracia, Uraraka tuvo razón en su predicción, así que atrapó en el aire a la chica que arrojaron desde último piso del rascacielos justo a tiempo. Justo en cuanto se abrió un terrible fuego campal sin control. Ambas impactaron contra la ventana del edificio de enfrente y Bakugo, que no tenía tiempo ni de vacilar, saltó hacia arriba como dictaminada el plan original. Porque no… no podían dejar escapar a ese otro hijo de puta que seguía en el tejado. Al menos tenía que asegurarse de que el sacrificio de aquella insensata sirviera de algo mientras rezaba todo lo que sabía y a todo lo que conocía porque aquello saliera bien.
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Desde el día en que regresó Izuku, Katsuki y Uraraka no se habían atrevido a hablar el uno con el otro.
Uraraka se sentía demasiado confusa y Katsuki un iluso idiota. Y un cretino.
La llegada de Izuku supuso además un gran revuelo en la academia, así que tampoco es que tuviesen mucha intimidad ni tiempo libre para hablar.
Ahora que Izuku había vuelto, Uraraka pasaba muchas horas con él, Iida y Tsuyu, poniéndose al día de todo y disfrutando a pleno pulmón de su bonita amistad. Una que a Katsuki le daba arcadas. ¿Envidia? Tal vez...
Por otro lado, habían empezado los preparativos para la graduación así que toda la residencia se había llenado de extras, charlas nocturnas y trabajos colectivos que no le dejaban ni un respiro.
Luego estaba el tema 'Izuku'.
El idiota seguía siendo igual de encantador que cuando se fue y aunque Katsuki odiara pensarlo, realmente lo había echado de menos. Eso y la rara amistad que tenían. Al final él y Todoroki realmente eran un trío confuso en el que se sentía cómodo y a gusto. Tal vez no eran los mejores amigos, pero Katsuki no sé sentía mejor acompañado por nadie en lo que a una misión se trataba. Se conocían tan bien que en todo momento sabían los movimientos del otro. Era una especie de telequinesis del trabajo, una que el rubio había echado secretamente de menos.
No obstante, ver a Izuku con Uraraka le quemaba las entrañas. Celos se quedaba corto para describir cómo se sentía. No obstante, a diferencia de cómo pensó que actuaría, se comportó con una calma que hasta lo desconcertó. ¿Por qué? Tal vez porque se había rendido, o porque sabía que no tenía posibilidades desde el principio.
No podía cambiar los sentimientos de Uraraka pero la quería demasiado cómo para hacerla sufrir. No iba a complicarle la vida a la chica que le gustaba. Ella había elegido. Tal vez desde el principio. Y él no iba a entrometerse. Era cuestión de tiempo que esos dos empezaran a salir y él… Él estaba cansado de hacer sufrir a Uraraka inútilmente por su mal juicio y comportamiento. Así que se tragaría su orgullo y se conformaría con verla feliz. En el fondo eso le bastaba. Verla sonreír, aunque esa sonrisa preciosa... no fuera para él.
De hecho, desde que Izuku había regresado la chica estaba muy sonriente… radiante, resplandeciente y brillante.
Aquella semana, Bakugo estuvo más callado y sereno que nunca. Incluso amable. Y eso preocupó muchísimo a Kirishima.
—Bakubro, ¿todo bien? —le preguntó un día mientras salían de las duchas, después del entrenamiento.
—Oi—se limitó a decir el otro, impenetrable, recogiendo sus cosas.
Kirishima suspiró, algo abatido. Decidió tocar el tema prohibido.
—¿Es por Izuku? —bajó la voz, casi susurrando, comprensivo —¿Has hablado con Ochaco-chan?
El rubio se giró para enfrentarse, cansado. Sin soltar ni una palabra.
—Me dijiste que le ibas a pedir salir formalmente la semana pasada— dijo el pelirrojo—. ¿Te dijo que no? Si se nota que tú también le gustas…
Katsuki ni se molestó en cambiar el gesto sereno y triste que tenía.
—No hizo falta que le preguntara… creo que ella ya tiene claro lo que quiere—explicó—. Y no estoy en la ecuación. Fin de la historia. No le des más vueltas.
Bakugo terminó de recoger sus cosas y se largó del aseo, dejando a Kirishima bastante desconcertado.
Porque sí, Bakugo le había contado lo suyo con Uraraka a Kirishima. Y él había sido un templo, aún cuando Mina tenía sus sospechas y se lo había intentado sonsacar. No obstante, el JAMÁS revelaría el secreto de un amigo. Y menos ese tipo de secreto. No sería varonil.
Bakugo se lo había contado muy al principio, cuando apenas se había besado dos veces con la chica. Y por suerte Kirishima resultó ser un confidente maravilloso. Siempre tenía un buen consejo 'varonil' sobre cómo gestionar a las mujeres.
—Las mujeres no tienen ningún misterio —le había dicho al rubio —. Tú solo tienes que tratarlas como si fueran hombres, como cuando hablas conmigo. Y listo, ya verás como todo es más fácil así.
Y por muy burro que fuera el consejo, Katsuki pensó que no le faltaba sabiduría. El otro sexo deja de ser complicado cuando se lo deja de etiquetar precisamente como 'el otro'.
Y con Uraraka todo era muy fácil. Ella era pura alegría, corazón y patosismo. Un libro abierto. Transparente. ¿Cómo no iba a ser fácil entregarse en cuerpo y alma a esa mujer? Si era tan divertida, tan resolutiva, tan amable, tan despistada, tan sincera, interesante, tan valiente y constante, tan guapa, tan atrevida, tan sexy, tan caliente…
Ufff Bakugo la había cargado pero bien.
Porque Uraraka era la única persona que lo había tocado. Tocado en el corazón.
Ese que tenía hecho de piedra y enredado en espinas.
Y por esta razón, una parte de él quería evitarla a toda costa pero la otra no podía evitar querer encontrarla en cada esquina para decirle que no quería haberle gritado, que pensaba aceptar sus condiciones y que le diese una maldita segunda oportunidad. Claro que eso sería arrastrarse y su orgullo superlativo no le daba tregua.
Tal vez el maldito destino acudió en su ayuda cuando, a una semana de la graduación y después de dos semanas evitándose, llegó la gran crisis.
—Vamos—les dijo Endeavour en cuanto saltaron las alarmas.
Aquello les había pillado en la agencia, cuando Todoroki e Izuku discutían la mejor forma de actuar en no sé qué tipo de situación que a Katsuki le importaba un pimiento.
Se pusieron los trajes en medio segundo y el otro medio lo usaron para llegar hasta el sitio de la emboscada.
Porque de eso se trataba.
En aquella ocasión era la agencia de Ryuku la que estaba bajo la investigación de aquel criminal. Uraraka le había contado una vez algo por encima al rubio, pero Katsuki no recordaba los detalles. Se trataba de un traficante de personas sin dones que se dedicaba a vender armas, drogas y prostitución en toda la bahía de Tokio, teniendo como tapadera un negocio de venta a domicilio de cosméticos para mujeres.
En lo alto de aquella estafa piramidal estaba el mafioso y su amante, una chica muy joven y guapa que utilizaba para captar menores.
La cosa no podía ser más turbia hasta que se les fue de las manos. Le debían dinero a la Yakuza y en vez de pagar su deuda, habían secuestrado y asesinado a uno de los cabezas en una emboscada. Entonces había intermediado la policía y ahí se había disparado todo. Ahora, tras una batalla campal entre Yakuza, policías y aquel mafioso que se había cobrado tres manzanas de edificios, había llegado el momento de los héroes.
El don de aquel mafioso era el manipular la mente de las personas a las que tocaba. De esa forma había estado huyendo de la ley haciendo que otros cometieran sus crímenes por él. No obstante, había llegado demasiado lejos y más cuando empezó a manipular a todo aquel que tocaba en su huida para que la gente se pusiera en peligro e intentara quitarse la vida.
Esto mantuvo muy entretenidos a policías y héroes, ya que lo primordial era salvar la vida de la gente.
Y sólo dejó una opción para todos, una que se trataba de un código rojo: capturar a aquel tipo vivo… o muerto.
—Uraraka-san— gritó Izuku en cuanto la vio en mitad de aquella batalla campal llena de humo, disparos y gente atentando contra su propia vida mientras la policía y héroes perseguían al mafioso.
Ella estaba ayudando a sacar a unas personas de debajo de unos escombros.
—Deku-kun, rápido se está alejando. Va en aquella dirección—señaló hacia unos edificios—. Ryuku lo está siguiendo, pero está herida. No llegara a tiempo.
—¿Por qué va hacia la Torre de Toranomon? —preguntó Todoroki, sin comprender—. Ahí es donde se concentran la mayoría de agencias de héroes…
—Mochi, ¿qué cojones está buscando ese tarado? —terminó por preguntar Bakugo, que aterrizó al lado de los otros dos.
—No lo sabemos, pero creemos que lo espera un helicóptero arriba. Tenemos que llegar cuanto antes. Tememos que tenga a todo el edificio como rehenes.
—Vamos— dijo Todoroki.
El chico bicolor se alzó con una rampa de hielo y salió despedido.
—Esperad, llevadme con vosotros—pidió Uraraka, agarrándose al brazo de Izuku antes de que este también saliera despedido.
—Es muy peligroso...—se apresuró a decir Izuku.
Ella arrugó el gesto, molesta. Odiaba cuando los chicos hacían eso…
—Se viene con nosotros. Cárgala— se limitó a ordenar Katsuki, haciéndole un gesto a Deku—. Pero no perdamos más tiempo, maldita sea.
—Agárrate bien—pidió el peliverde con su amabilidad natural.
Uraraka se subió a la espalda de Izuku y se agarró con fuerza cuando el chico activó el látigo negro y salieron despedidos. Por suerte cuando llegaron Tsuyu también estaba allí, colgada de la fachada del edificio de enfrente.
El mafioso y su amante habían secuestrado prácticamente todo el edificio. Habían ordenado que si alguien se acercaba, los civiles fueran saltando por la ventana. Era una torre de oficinas en hora punta, así que de repente saltaron todas las alarmas. Además, había gente armada. Gente de la policía y la Yakuza que habían sido tocados por ese loco y que de repente disparaban a diestro y siniestro a todo aquel que se acercaba.
Desde la sala de operaciones de la misión, pidieron que los estudiantes de la UA se dedicaran a rescatar a la gente de forma cautelosa, mientras que los mejores héroes ideaban cómo parar aquello en un intento de negociación. No obstante, la misión de Bakugo y Deku era la de llegar hasta el edificio más alto de enfrente, para en el momento de la huida, pillarlo desprevenido.
Uraraka subió con ellos, mientras que con la ayuda de Tsuyu y Todoroki rescataban gente y la despertaban del control mental.
La situación era muy tensa y tras varios rescates y pisos de subidas, empezaron a ponerse tensos entre ellos. Y a discutir, porque desde control les daban ordenes contradictorias todo el tiempo y cuando se cortaron las comunicaciones eran ellos mismos los que no se aclaraban. Porque… ¿cuál era la prioridad? ¿Detener al villano lo antes posible o salvar las máximas vidas posibles? ¿Y si no se podían hacer ambas? ¿Y si había que hacer ambas para que funcionara?
Katsuki y Uraraka discutieron más que nunca. Como si toda la complicidad adquirida en meses de entrenamiento la hubieran perdido en un día. Y era terrible, porque de alguna forma estaban a contra reloj y estaban siendo muy torpes.
Cuando llegaron al penúltimo piso, escucharon el megáfono de la policía intentar negociar desde un helicóptero mientras una luz deslumbrante apuntaba al villano y su amante. Ambos estaban agitados, armados y esperando que sucediera algo que todavía no había pasado.
En mitad de la negociación, ambos empezaron a discutir. Él le apuntó en la cabeza a ella mientras la morena se echaba a llorar. Luego se abrazaron, como dos amantes de una tragedia. Se había acabado el juego. Estaban atrapados y se rendían.
O eso pensaron todos, todos menos Uraraka.
Sólo ella pareció darse cuenta de que algo no estaba bien. Obvio que no los dejarían escapar. A menos que hubiera una gran distracción. Una que solo podía tratarse del mal querer.
Todo sucedió muy rápido.
Cuando parecía que iban a entregarse, el mafioso empujó a su amante al vació, desde el noveno-sexto piso del rascacielos y activó el control mental. Y el muy maldito se dio a la fuga. Cerca de cien personas intentaron lanzarse por la ventana. Por suerte la policía y los héroes estaban preparados para ese caso. No obstante, nadie estaba preparado para la caída de ella. Sólo Uraraka, que la atrapó en el aire en aquella caída mortal.
Luego, por la inercia del impulso, ambas impactaron contra la cristalera del edificio de enfrente, antes de que cundiera el caos.
Nadie sabe muy bien qué pasó entre ellas, sólo que encontraron a Uraraka cubierta de cortes, ensangrentada y con varias puñaladas, cargando a la otra chica a cuestas, quien se había desmallado. En cuanto el primer héroe las encontró, Uraraka también se desplomó inerte.
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Ochaco pasó toda esa noche y todo el día siguiente en el hospital, con diagnóstico reservado. Solo al caer la tarde, anunciaron que estaba fuera de peligro y que estaba bien. No obstante, la familia de la chica pidió que no dejarán pasar a nadie a verla al hospital y que no pensaban dar más declaraciones.
Bakugo, al igual que el resto, lo comprendió, aunque no por ello no se dedicó a mandar cientos de mensajes a Uraraka como un poseso hasta saber si estaba bien. Sin embargo y como era de esperar, no obtuvo respuesta.
Durante varias horas, antes de saber su diagnóstico por la televisión, Katsuki casi sufrió un infarto. Uno cargado de terror y culpa. Primero, porque de alguna manera, él la había empujado al vacío (aunque ella lo hubiese pedido) y segundo, porque además la había estado evitado descaradamente durante las dos últimas semanas y le aterraba que sus últimos momentos juntos hubiesen sido discusiones. Se sentía tan idiota... y muy MUY culpable. Incluso había deseado días atrás, con todas sus fuerzas, por un momento de fragilidad, que la chica desapareciera de su vida y le dejara de doler el corazón.
Obviamente, no así.
Uraraka no podía desaparecer así.
Porque si lo hacía Katsuki estaba seguro de que se moriría. Al menos su corazón se moriría para siempre.
La televisión y la insistencia de la prensa le ahorraron el infarto. Uraraka estaba bien, estaba VIVA y recuperándose. Y esa fue la mejor noticia de su corta existencia. Aquella noche lloró sin restricciones, sin saber ni qué nombre ponerle a aquel llanto confuso y tremendamente complicado. No obstante, el chat con ella siguió en blanco durante días, sin respuesta, sin esperanza. La chica no le contestó personalmente hasta la quinta noche de su ingreso. Ni a é ni a nadie.
Katsuki, que había dejado desde entonces el teléfono en modo sonido, se levantó de la cama de un salto en cuanto oyó el tono del mensaje en mitad de la noche.
Agarró el teléfono temblando, sudoroso, imaginando cualquier cosa. Le había escrito cientos de mensajes a la chica, en todos reprochándole que casi se mata la muy idiota, rebajando luego el tono en los últimos a un 'por dios, dime que estás bien, solo necesito saber que estás bien'. Al final la chica, después de una semana de silencio mediático y ausencia, le respondió con un escueto:
'Mochi: estoy bien, Katsu. Tranquilo. Y perdona, no he podido escribiros antes'.
Obviamente aquello no lo dejó tranquilo. ¡Aquello hizo que se lo llevaran los demonios! ¿Cómo que tranquilo? ¡Tranquilo! ¡Si casi la palma! Respiró doce veces como su psicóloga le había enseñado antes de contestar.
'Lord explosivo: ¿Seguro que estás bien, Ocha?'
Ochaco se tiró literalmente 'escribiendo' en el chat unos doce minutos eternos.
Doce minutos de reloj en los que aparecía y desaparecía el icono de escritura. Doce minutos en los que Katsuki se esforzó en respirar y practicar su inexistente paciencia. En el fondo solo quería saber si estaba bien y qué había pasado. Nadie decía nada y realmente estaba preocupado por ella. ¿Y si le habían dejado secuelas? ¿Y si necesitaba meses para recuperarse? ¿Y si...? ¡Joder! Ya podía ser un buen resumen… Estaba mojando hasta la cama de sudor frío.
Bakugo estuvo a punto de llamarla desesperado cuando, al fin, tras esos doce minutos eternos de 'escribiendo', Ochaco terminó su respuesta y la envío:
'Mochi: sí :)'
Obviamente, Bakugo tuvo que tomar aire para no lanzarse a maldecir. ¡Cómo odiaba cuando Ochaco le quitaba importancia a sus problemas y hacía como que estaba bien! ¡AHHHH! ¡Por supuesto que no lo estaba, joder! Y menos cuando se había pasado dos días en cuidados intensivos y no habían dejado que nadie fuera a visitarla. ¡Si hasta el titular de las noticias era que le habían dado cuatro puñaladas y varios golpes en la cabeza! ¡Cómo era posible que 'sí :)' estuviera bien! ¡AHHH!
Se levantó de la cama nervioso y tiró el teléfono al escritorio. Tenía que calmarse. Respirar hondo y pensar... Tal vez Ochaco no quería hablar con él. No después de discutir y de que se hubiesen ignorado. ¿Por qué cojones la había ignorado? Ah claro... porque estaba enfadado con ella por... ¿porqué ella le dijera que no era nadie relevante en su vida, nadie especial? Sí eso. 'Nadie relevante'. Que título más triste para la persona con la que habían estado compartiendo todas sus primeras veces, sus inseguridades, charlas infinitas en la cama, entrenamientos cómplices, secretos y confesiones.
¡Maldita sea!
Respiró hondo, agarró el teléfono y se sentó en la cama, releyendo su mensaje.
No quería agobiarla. Y menos después de todo lo que había pasado. No tenía derecho...
El caso no había parado de sonar en televisión, al igual que las imágenes de Uraraka impactando contra la cristalera del edificio con aquella chica en brazos. No se lo podía quitar de la cabeza. La imagen de ella, impactando contra la ventana. Una y otra vez. De ella, siendo apuñalada. Una y otra vez. De ella, desvaneciéndose en sus peores sueños. Una y otra y otra vez. Tomó aire y comenzó a escribir:
'Lord explosivo: Okey, descansa entonces. Por favor, cuídate. Come bien y coge fuerzas. Les has dado un buen susto a todos.'
Más bien ÉL se había llevado un susto de muerte.
'Mochi: Claro, tranquilo . Todo está bien. No te preocupes.'
Que no se preocupara…
Katsuki quería escribirle un millón de cosas más, llamarla, decirle lo mucho que significaba para él y lo mucho que sentía que hubiesen discutido o que no se hablaran cuando el accidente, que no hubiese estado para ella, que se moría de celos con solo imaginarla con Deku. Que no se hubiese dado cuenta él de lo que estaba pasando, que ojalá haber saltado en su lugar...
No consiguió escribirle nada. Sólo una despedida cordial.
'Lord explosivo: Eso espero. Te veo mañana por la noche en la graduación.'
Miró la pantalla y echó valor para escribir algo más. Algo que jamás se había atrevido a verbalizar en voz alta pero que tenía la necesidad de decirle, de hacérselo saber aunque fuese ridículamente tarde. Se quedó observando esas dos palabras varios minutos antes de dar a enviar. Esas dos palabras de amor que le sabían a una terrible derrota. Las miró y las miró, inseguro. Tanto, que no fue capaz.
Lo borró y escribió en su lugar algo que no le implicara emocionalmente. Más en su estilo.
Borró, reescribió, suspiró y le dio a enviar.
'Lord explosivo: Buenas noches.'
Iba a guardar el teléfono móvil e intentar irse a dormir cuando la pantalla de su teléfono se iluminó con un mensaje más de la castaña.
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Media hora más tarde, Bakugo estaba escalando silenciosamente por las ventanas del hospital hasta la doceava planta.
Había entrado por la recepción del hospital como una persona normal y preguntado por Ochaco Uraraka. No obstante, el horario de visitas había terminado hacía horas y además la paciente había pedido expresamente que nadie ajeno a la familia la visitara. Obviamente él ya lo sabía. Solo quería enterarse de en qué maldito cuarto estaba. Ya podían ocultar mejor la información esos extras…
No le resultó muy difícil contar sobre la fachada pisos y habitaciones hasta que dio con la suya. Lo difícil fue subir allí de manera silenciosa, sin despertar a medio edificio a base de explosiones.
Uraraka se llevó el susto de su vida cuando oyó que tocaban a la ventana en la oscuridad.
—¡Dios! —gritó llevándose la mano al pecho en cuanto vio la silueta a contraluz de Katsuki en la ventana. Apagó la tele que estaba viendo y se levantó de la cama.
Él dio varios toques más con suavidad al cristal y ella, aún con el susto en el cuerpo, se cubrió con una manta y abrió la ventana.
—Oi—dijo a modo de saludo.
Estaba sudando del esfuerzo de llegar hasta ahí arriba prácticamente a pulso. Al menos pudo intuir la silueta de Ochaco en ese cuarto oscuro y no la de una extraña. Su voz de caramelo era inconfundible, incluso cuando estaba molesta.
—¿¡Se puede saber qué haces?!— gritó entre susurros Uraraka, agarrándolo de la sudadera y tirando de él para que entrase y no se quedase ahí suspendido en el vacío— ¿¡Estás loco?!
Y con una caída de doce pisos.
—¿Cómo que no vas a ir a la graduación? —fue lo único que dijo él, cogiendo aire y buscando sus ojos en aquella oscuridad espesa, agarrándola de las manos que lo tenían preso.
Ella agachó la mirada y lo evitó, tapándose.
Ese había sido el último mensaje que habían compartido.
'No voy a ir a la graduación, Katsuki'
—Ocha—insistió para que contestara.
Ella negó silenciosa.
—Si has venido para esa tontería, por favor, márchate—se alejó de él, volteándose.
—No me voy a ir de aquí hasta que me digas por qué cojones no quieres ir a la maldita fiestas que tanta ilusión te hacía. ¿No habías dicho que estabas bien? ¿Acaso no lo estás?
Uraraka bufó, angustiada y molesta.
—Estoy cansada… no me… apetece. Fin—dijo—. Y ahora márchate, por favor.
Pero eso no le bastó al rubio y más cuando ella se separó de él como si quemara.
—Y una mierda—sentenció—. No conozco a nadie que tuviera más ganas de esa ridícula fiesta que tú.
Uraraka se dirigió a la entrada y abrió la puerta de la habitación para echarle.
—Pues ya no quiero ir…
—No me lo creo —negó él.
—Por favor, vete—le pidió Uraraka señalando la puerta, en un hilo de voz.
—No me voy a ir de aquí hasta que me digas que irás a esa ridícula fiesta.
—No voy a ir.
—¿Pero por qué? Si han dicho en la tele que te dan el alta mañana—expuso—. ¿O no es cierto? Porque te recuerdo que es la única fuente de información que hemos tenido de ti en una semana. ¿Sabes lo preocupados que están?
—¿Tú no? —preguntó Uraraka, con cierto rencor.
Uno que hizo que Katsuki se molestara. ¿Cómo podía cuestionar eso?
—Ven.
—No voy a ir—se le atragantaron las palabras.
—¿Por qué?
—Pues porque no.
—¿Y por qué no?
—Vete, no lo entenderías.
—Genial, porque yo nunca entiendo nada, ¿no?
—Katsuki, vete.
—Ocha…
—¡Qué te vayas, Bakugo! —lo cortó.
Oír su apellido hizo que a Katsuki se le bajaran todos los humos. Hacía un año que Uraraka no lo llamaba así. No en la intimidad. No cuando estaban solos.
Aquello le cayó como un jarro de agua fría. Se hizo el silencio. Un silencio muy grave.
—Perdón… —pidió lo más suave que pudo, bajando la mirada. De repente despertó—. Joder, lo siento Ocha.
Se quedó un buen rato en silencio, esperando una respuesta de Ochaco que no iba a llegar, mientras que en su cabeza se le atropellaban las palabras.
—Te juro que no he venido a molestarte—siguió hablando, llevándose las manos al tabique de la nariz—. Te prometo de verdad que no quería discutir contigo. No había venido a eso. Es… es de hecho lo último que quería esta noche, maldita sea. ¿Qué clase de tipo hace eso? Estás herida y yo… yo en realidad... yo sólo quería verte—se le cortó la frase en los labios—. Verte y saber que vendrías a esa pesadilla de fiesta con la que llevas ilusionada medio año. Si no quieres ir por mí... te juro que yo no iré.
Tragó saliva, apuñalado por su silencio hostil.
—Tranquila, ya me voy, lo siento— concluyó—. Sé de sobra que tú no quieres que esté aquí, que no querías verme… te juro que no iba a venir, no quería molestarte, me lo había prometido a mí mismo, pero es que joder, siempre la acabo cagando cuando se trata de ti.
Ochaco se giró despacio para mirarle, sin soltar el pomo de la puerta.
—Yo solo quiero saber que estás bien—siguió Katsuki, con todo el esfuerzo que podía hacer para que no le templara la voz—. A eso había venido y si me dices que estás bien y que no quieres ir a esa maldita fiesta porque de verdad no quieres, pues me largo ahora mismo y no te molesto más.
Uraraka cerró la puerta con cuidado, se apoyó en la pared opuesta y de repente se hizo muy pequeñita. En el más absoluto silencio. Acabó sentada en el suelo, completamente en frente de él. Estaba tan oscuro que apenas se intuía su rostro.
Tragó antes de hablar.
—¿Por… por qué piensas que no quería verte?
Katsuki esperaba muchas respuestas, pero no esa. Se encogió de hombros.
—Es evidente.
Ochaco negó, con lo que se intuía una sonrisa triste.
—Ilustra a esta servidora—dijo medio en broma, para rebajar la tensión.
Una de la que Katsuki no sabía cómo librarse.
—Pues porque soy un cretino que te ha tratado fatal—resumió.
—¿Eso piensas?
—Esa es la realidad y tú lo sabes—sentenció—. Soy inaguantable, no me soporto ni yo… No hago más que discutir con todo el mundo y hasta tú que no discutes con nadie acabas discutiendo conmigo. Te grité. Te grité como un crío inmaduro y celoso. Te llevo evitando dos semanas. El otro día en clase ni te saludé. Me fui antes del ensayo de la graduación para no hablar contigo. Te he tratado como la mierda y no lo merecías y todo porque me sentía inseguro.
—¿Inseguro por qué?
—Da igual... —cambió de tema Katsuki por vergüenza—. El caso es que no quiero discutir más contigo.
Aquello sacó una sonrisa a Uraraka.
—No hemos sido el mejor ejemplo estas últimas semanas. Yo también... te he estado evitando—confesó Uraraka—. Tengo que reconocer que has sacado una parte de mí oscura que desconocía, pero no me molesta.
—Tsu.
Katsuki la imitó y se dejó caer por la pared hasta quedar sentado en el suelo. Completamente a la máxima distancia que esa habitación les permitía estar separados.
—Lo digo en serio Katsuki—siguió Uraraka—. Siempre he sentido… que tenía que ser perfecta. Bueno, tú ya lo sabes, te lo he dicho mil veces—se explicó—. Alegre, educada, bondadosa, bonita... Una heroína brillante que hace siempre lo correcto. ¿Y qué es lo correcto? Al final siento que evitar el conflicto con una sonrisa solo me ha hecho parece tonta y sumisa.
—Tú eres de todo menos sumisa—respondió irónico Katsuki.
Ella le sonrió en la oscuridad, limpiándose unas lágrimas negras.
—Lo sé, lo he descubierto peleándome contigo un año entero—bufó, llorando pero con una sonrisa en los labios—. Supongo que siempre he pensado que si me enfadaba con alguien o no contentaba a los demás, que si no mediaba o ponía de mi parte… que los decepcionaría a todos. Que no le gustaría a nadie. Y por eso llevo toda la vida evitando tener conflictos con nadie, aun cuando sabía que yo tenía razón o que eso me acarrearía sufrimiento—explicó—. Pero oh Katsuki, a ti la gente te quiere y tienes un carácter terrible, perdona que te lo diga—añadió rápidamente cómplice—. A veces... aaggg, ¡no te soporto!
Él se quedó de piedra.
Entendía a dónde quería llegar Uraraka. La inseguridad, el miedo, la perfección… contentar a la gente significa a veces reprimir las propias emociones, las opiniones, el pensamiento. Ochaco hacía mucho eso. Izuku también.
—Katsuki tú me conoces tal y como soy realmente—se sinceró entonces Uraraka—. Me conoces más que incluso mis padres y eso a veces me aterra. Tanto como… me gusta—soltó con timidez—. ¿Sabes? Eres la persona con la que más he peleado en mi vida, en todos los sentidos.
—Lo siento…
—No lo sientas, en el fondo me tranquiliza—se explicó Uraraka—. Ha sido… liberador. Jamás pensé que sería capaz de gritarle a o decirle ciertas cosas a un chico. Y menos a un chico al que querría gustarle.
Aquello aceleró el corazón de Katsuki.
—Pero es que… contigo puedo realmente enfadarme. Y llorar y gritar... Saber que puedo ser sincera. Contigo no siento que esté mal desnudarme.
Katsuki alzó una ceja, sorprendido y extrañamente alagado.
—Con desnuda me refiero a emocionalmente—se explicó la chica—. No solo a enseñar la barriga después de cenar, que también.
Katsuki rodó los ojos.
—¿Otra vez estás con la mierda esa de la 'barriga'?
—¡Katsuki me sale una barriga horrible después de comer y lo sabes! Me salen hasta tres barrigas cuando estoy sentada.
—¡Eso es mentira, eres una exagerada! Todos tenemos barriga después de comer, sino donde te piensas que se meten las tripas.
—Eso lo dices tú porque no tienes ni una gota de grasa en el cuerpo.
—Pues porque yo no me atiborro a mochis después de cenar.
—¡Eso no es verdad!
—Mochi, los dos sabemos que tienes una caja de reserva en la mesita de noche.
—¿Y cuándo me has visto comerlas?
Katsuki se mordió el labio. 'Después de follar', pero prefirió ahorrarse el comentario.
Ella siguió hablando, intentando reconducir el tema inicial.
—Mira Katsuki… lo que intento decirte es que sé que discutimos muchísimo y más en la última misión. Bueno, en general en los últimos meses… en… en la noche que llegó Izuku.
Katsuki volvió a tensarse al oírla. Al recordar aquella noche. Al dibujar de nuevo la imagen de Ochaco e Izuku sentados por la noche juntos en el banco del patio. Tan cerca, tan sonrientes, tan iluminados como ángeles. 'Alguien especial'. Ella con la chaqueta de él y él prácticamente respirando de la boca de ella.
Katsuki se largó como una bala esa noche cargando la maleta del idiota, tal vez porque lo que más temía era verlos besándose. Asistiendo al bonito reencuentro de una bonita historia de amor dónde él era 'el otro', ese por el que nadie siente ni un segundo de pena.
—Te dije muchas cosas que no pensaba —consiguió verbalizar Ochaco, sacando a Katsuki de su trance—, yo también me sentía insegura y tenía miedo de sentirme tonta. Pensé que podía hacer como si nada, pero lo primero que pensé cuando me desperté hace unos días… fue en ti. En si tú estabas bien, si te había pasado algo en la misión. Sólo podía pensar en que estuvieras a salvo, porque para mí… tú realmente eres alguien muy especial—consiguió decir al final—. ¿De verdad has pensado por un segundo que no quería verte?
Aquello hizo tropezar al pobre corazón del rubio. 'Alguien especial'.
—Supongo… que soy idiota—consiguió verbalizar.
Uraraka se levantó del suelo y se acercó a Katsuki, recortando la enorme distancia entre los dos. Luego se agachó a su altura y lo rodeó con sus brazos por el cuello. Él, por supuesto, se entregó con arraigo al abrazo. Volver a tener a Uraraka entre sus brazos, tan cálida y cercana, era como medicina para el alma. Y pese al olor a hospital y antibiótico, seguía oliendo maravillosamente bien a vainilla y rosas. A ella. La apretó contra sí casi desesperado, pero sin ejercer demasiada fuerza.
Aquella versión de la castaña se sentía muy frágil entre sus brazos por alguna razón. Tal vez por el collarín que llevaba en el cuello.
—Katuki…—lo llamó Uraraka sin romper el abrazo, contra su oído—. Lo siento.
—Yo también lo siento.
—Lo que te dije aquella noche…
—Olvídalo—pidió Katsuki, aferrándose más a ella. Clavando la nariz en su pelo.
Ella también se aferró con más fuerza al abrazo.
—Sé que te parecerá superficial y que te enfadarás—dijo entonces la chica—, pero no quiero ir a la fiesta no porque siga recuperándome, sino porque me veo fea.
Katsuki arrugó el gesto sin comprender, aflojando el agarre de su cintura.
—¿Pero qué dices?
Ella rio y lloró por igual, luchando por no dejarle mocos en la sudadera.
—Que estoy horrible, parezco un monstruo.
Katsuki la empujó con delicadeza, para romper el abrazo.
—¿Por qué dices eso?
Ella se encogió de hombros.
—Es evidente.
—Déjame verte, anda—pidió con su voz grave, aterciopelada por la cercanía.
—Estoy espantosa— se resignó Uraraka, sin fuerzas.
—Lo que eres es una exagerada—intentó quitarle hierro al asunto, besándola en el pelo y separándose un poco para mirarla.
Ella se dejó, dócil y triste. Y entonces Katsuki acunó su rostro en la oscuridad, escrutando con detenimiento su cara. Estuvo un buen rato mirándola, sus ojos iban de un lado a otro de sus facciones sin decir nada, en aquella oscuridad iluminada por las farolas de fuera.
Ochaco tanteó su silencio y aunque se echó a llorar, sonrió mirándolo a los ojos.
—Se ve muy desagradable ¿verdad?
Él sonrió, rodando los ojos.
—Te sobrevaloras, cara de ángel. He visto cosas peores.
Él se quedó un rato más mirándola de arriba abajo. Y como no tenía nada que decir, volvió a abrazarla. Uraraka por supuesto se dejó hacer, acomodándose mejor entre las piernas del rubio. De repente ya no tenía que hacerse la fuerte y la positiva. Ya no estaban los médicos, ni la prensa, ni sus padres. Sólo estaba Katsuki. Y con él aquello siempre era fácil.
Lloró bajito contra su hombro, aunque se apresuró en recomponerse. Estaba harta de llorar. Era agotador y aburrido.
—Parezco un monstruo—siguió ella, esta vez algo más alegre, intentando rebajar la tensión mientras se separaba un poco de él sin romper el abrazo.
Ese abrazo raro que los había acomodado en el suelo.
—No seas tonta, ni aunque quisieras podrías ser un monstruo—luego se corrigió—. Bueno, sí que podrías. De hecho, ya eres el monstruo de la diabetes.
Ella no pudo evitar reír entre lágrimas. Le dio un golpe en el brazo.
—Te odio.
—Eso no es verdad—rebatió Katsuki.
—Pues… te, te… ¡te detesto!
—Eso sí… Y es mutuo, mochi.
—Qué amable…
—Has empezado tú.
Katsuki no sabía muy bien cuándo habían empezado ese tonto flirteo o cuando había vuelto a ponerse nervioso en presencia de ella. De repente le temblaban las manos con las que la rodeaba por la cintura. El corazón le latía después de semanas. Estaba hasta mareado de tanta sangre bombeándole por las venas.
—Eres preciosa— dijo de repente, sin pensar, volviendo a abrazarla —. Deja de preocuparte por gilipolleces—terminó en su oído—, quien no quiera, pues que no mire.
Uraraka se sobresaltó al oírle. Tal vez porque no esperaba esa reacción en él. O porque no pensó que él se pudiera haber asustado tanto con su accidente. Porque eso lo que había visto en el chico:
Miedo.
Estaba aterrado, Uraraka lo notaba en cómo la abrazaba, tan extrañamente suave y apegado. Suspiró, rodeándolo también.
—Katsuki, se te dan bien muchas cosas, pero mintiendo eres malísimo—intentó bromear, sorbiéndose los mocos—. Perdona.
—No tienes que pedirme perdón por nada—negó Katsuki—. Soy yo el que se ha colado en tu habitación de noche a molestarte.
—Oh, por supuesto—dijo alegre ella, aferrándose a su sudadera—, deberé llamar a la seguridad del hospital para que te echen.
—No esperaba menos—se envalentonó Katsuki.
—El monstruo de la diabetes es todo menos dulce.
Katsuki chistó entre dientes, sin saber cómo ocultar la sonrisa. Eso y lo mucho que la había echado de menos.
—Eres idiota, mochi.
—Tú más.
Katsuki la miró con la sonrisa boba, sus ojos brillaban y a punto estuvo de besarla, casi en piloto automático. Tal vez aquello lo hizo despertar del ensueño.
Porque ellos no eran nada.
Era la única conclusión a la que había llegado hace tres semanas. Y aunque no fueran indiferentes para el otro, Katsuki sabía que estaba jugando con fuego y se iba a quemar. Además, de alguna forma ya había empezado a jugar siendo el tercero en discordia en un juego en el que, a su parecer, ya había perdido antes de empezar a jugar. Siempre era el segundo cuando se trataba de Deku.
La soltó y tomó algo de distancia entre ellos, consciente de estar haciendo el idiota. De estar realmente jugando a machacarse el corazón con una piedra. Porque 'ser alguien especial' también era una forma amable y cordial de poner distancia con alguien. Un premio de consolación muy elegante.
Ochaco pareció darse cuenta de su reacción, porque hizo uso de lo que mejor se le daba: ayudar a los demás. En este caso concreto, a que Bakugo lidiase con esas emociones que no entendía y que gestionaba peor que un gato el agua.
—¿Cómo están los demás? —preguntó poniéndose en pie y ayudándolo a levantarse—. ¿Kiri está bien?
Bakugo asintió, aliviado de cambiar el foco del tema. La lejanía de Ochaco le había dado un respiro, pero la ausencia de su calor era la peor recaía de un drogadicto. Porque eso es lo que era. Un adicto de Ochaco Uraraka.
—Sí, sólo fue un rasguño. El peor parado fue Denki, va a tener que ir a la graduación con cabestrillo y un ojo morado. Con lo presumido que es…—se metió las manos en los bolsillos. Luego echó un vistazo a la habitación de hospital y se acercó a la cama. Frunció el ceño—. ¿En serio? ¿Ya estabas comiendo basura y viendo películas de mierda?
—¡Katsuki!
El chico cogió con mala cara una bolsa de patatas picantes que Uraraka tenía abierta sobre la cama y un DVD del año la patata. Puso mala cara, sin poder creérselo. ¡Qué mujer!
—¡Qué estoy convaleciente! —se defendió Uraraka.
—Por eso mismo no deberías comer estas mierdas.
—Katsuki un caprichito de vez en cuando sienta bien—siguió ella su discurso, intentando quitarle la bolsa a Katsuki.
—De vez en cuando sí—intentó escapar de su agarre Katsuki—, pero tú eres siempre. Que si estoy triste, que si es para celebrar, que si estoy con la regla…
—¡El periodo no cuenta! —saltó Ochaco—. Ahí te domina a ti, no tú a él.
—No me vengas con milongas, Kirby.
Después de un rato absurdo de discusión y conscientes de que iban a despertar a medio hospital si seguían así, Ochaco le pidió que se quedara y aunque él sabía que aquello era un segundo round en el juego de jugar con fuego, acabaron los dos tumbados juntos sobre la apretada cama del hospital viendo el final de la película 'Kárate a muerte en Hong Kong III'.
Uraraka adoraba las películas de artes marciales con toda su alma. Katsuki tenía que reconocer que aquello era una de las cosas que más le había sorprendido de la chica. No sólo que Ochaco hubiese visto tantas pelis como para hacerse doctora cinematográfica en el género, sino que además sus preferidas fueran tan chorra… ¿Cómo se llamaba esa que tanto le gustaba? Si hasta lo había obligado a verla dos veces. Ah, sí. 'Kung Fu Hustle'. La primera vez que la vieron se quedó dormido y la segunda Uraraka casi le hace hacer un examen teórico de por qué la película era tan genial siendo prácticamente una serie 'B'.
A veces la odiaba. Y obviamente acabó él mismo atrapado en sus redes y comiendo patatas picantes mientras veía a los dos protagonistas de 'Kárate a muerte en Hong Kong III' matarse a golpes a base de honor, acrobacias de circo y cámaras lentas sin un sentido lógico. Miró a Uraraka cuando al fin salieron los créditos. Ella miraba la diminuta tele hospitalaria con su cara de fascinación y sueño. Mordiéndose el labio, como cuando está decidiendo si le ha gustado el final o no. Siempre hace lo mismo y Katsuki lo encuentra adorable. Aunque en secreto, porque eso no lo ha dicho en voz alta jamás. Tal vez hay demasiadas cosas que se ha callado y tenía que haberle dicho antes. Antes de que se impusiera el abismo entre ellos dos. Uno que parecía ficticio ahora que estaban físicamente tan cerca, después de tres semanas sin hablarse. ¿Si no la hubiesen herido habrían hecho las paces? Bakugo temía que no... porque en el fondo era un poco cobarde cuando se trataba de ella.
Estúpidamente cobarde.
En algún momento de aquel trance, la chica agarró su teléfono porque la estaban llamando.
Era Deku.
Tan oportuno como siempre.
—¿Te importa si lo cojo? —preguntó.
Él negó, sin saber cómo sentirse.
—Tranquila, contesta—dijo—. Él también estaba muy preocupado…
Y eso era verdad.
Sin más, Uraraka salió de la habitación, dejando a Katsuki sólo en ella. Con el final de unos créditos de fondo, sintiéndose más ridículo que en toda su vida. ¿Estarían saliendo? Sólo habían pasado tres semanas desde que llegó de Estados Unidos, pero tampoco sería tan raro. Habían sido 'inseparables'. Izuku era el amor platónico de ella y quién no querría estar con Ochaco Uraraka… En fin, prefería no saberlo. Al menos no esa noche.
Todavía se preguntaba qué cojones hacía allí, en un hospital a las 2 de la madrugada abrazado hacía un instante a la chica que le había roto el corazón y que obviamente estaba enamorada de otro. Quizás debería irse…
Se bajó de la cama y buscó sus zapatos en la oscuridad.
Uraraka entró antes de que le diera tiempo a poner su plan en marcha.
—¿Todo bien? —preguntó al verla tan extrañamente seria, con el teléfono en la mano.
—Sí, todo bien. Siento haberos preocupado tanto a todos—dijo.
Katsuki negó.
—No te martirices… Estás bien, que es lo importante.
Uraraka asintió, dejó el teléfono en la mesa supletoria y se tumbó junto a él en aquella cama. Katsuki no pudo evitar mirarla de reojo, sintiéndose muy raro. Por un lado, estaba deseando salir de allí corriendo, pero a la vez una fuerza sobrehumana lo empujaba a permanecer a su lado, silencioso. Deseando morirse en sus labios, aterrado de que ella verbalizara y confirmara que entre ellos ya no había nada. Que ella no podía corresponderle, porque nunca habían sentido lo mismo. ¿Por qué Izuku la había llamado justo ahora? A las… 2 de la madrugada. ¿Y esa confianza?
Joder… de nuevo los celos. ¡Cuándo iban a parar!
Definitivamente tenía que irse.
—Katsuki—habló ella antes de que él dijera nada, muy seria.
—¿Sí?
—¿Puedo pedirte un favor?
Él tragó, con un nudo en el estómago.
—Claro…
Ella tomó aire antes de hablar.
—¿Me ayudas a desnudarme?
Él la miró confundido y extrañado, sin entender la naturaleza de su petición. No obstante, la vio tan fuera de sí y ausente, que accedió sin rechistar.
—Sí, claro, te ayudo.
La chica se sentó en la cama despacio y Katsuki la ayudó a desatarse el nudo de la bata que tenía sujeta del cuello. Luego la ayudó a sacarse la camiseta por la cabeza y quitarse los pantalones. En ese proceso entendió por qué Uraraka le había pedido ayuda. Realmente le suponía un esfuerzo desvestirse. Y las razones eran obvias, aunque a simple vista no lo parecieran.
Tenía el cuerpo molido a golpes y cortes. Cientos de cortes y arañazos. Era escalofriante, sobre todo porque conocía a la perfección la textura y el color de su piel y en nada se parecía a lo que tenía delante de los ojos…
La ayudó a desvestirse al completo, salvo por las bragas y los calcetines. Lo hizo con mucho cuidado, a un tempo más lento del que acostumbraba a desnudarla, callado como una tumba.
—Ya está, ¿no? —preguntó cuando terminó de doblar el pantalón de ella sobre la cama.
Ella se metió en el baño de la habitación un rato, mirándose al espejo, con la puerta entreabierta. Luego salió y lo miró de frente, inescrutable. Él había permanecido todo aquel rato de pie en la oscuridad, expectante.
—Siéntate ahí y mírame—demandó la chica entonces, señalando la cama—. Y sé sincero, por favor.
Katsuki obedeció, se sentó y la miró, mientras Uraraka encendía la luz.
Después de la penumbra, verla con tanta luz fue bastante impactante.
Ya le había visto la cara de cerca y había podido ver el enorme golpe que debían haberle dado en la cabeza. Tenía la frente hinchada por la derecha y con varios puntos. También la barbilla amoratada y con una fea costra de sangre, por no hablar de la ceja partida y los pequeños cortes que tenía por toda la mejilla, tan hinchada que no podía abrir demasiado bien el ojo derecho.
Sin embargo, verla desnuda fue peor. Debía haber caído ligeramente sobre el costado derecho, porque lo tenía completamente morado en un hematoma que le iba desde la rodilla hasta la cadera. Los brazos estaban magullados, al igual que la espalda. Llevaba el hombro y el pecho vendados, seguramente por una costilla rota, aunque había algo más. Por la mancha de sangre que se intuía, Katsuki comprendió que debían haberla apuñalado con algo en el hombro. Varias veces. Y había sido profundo. El collarín tampoco le hacía flaco favor.
—¿Me veo muy mal? —preguntó con confianza—. Sé sincero por favor, no quiero preocupar a la gente…
Con toda la confianza que tenía su extraña relación. Toda la que tenían como para que no fuese extraño desnudarse delante del otro de esa manera. Total, el cuerpo ajeno ya no era un secreto para ninguno de los dos. Se habían visto desnudos más veces de las que estuvieran orgullosos de contar. No obstante, en aquel acto había además un extraño lazo de intimidad.
Para Katsuki fue muy doloroso verla así.
—Sí—fue conciso.
—¿Crees… que se preocuparán si voy así a la graduación?
—Pues claro, sería raro que no lo hicieran—respondió Katsuki.
—¿Y crees que será… muy desagradable de ver?
—¿Y eso qué más te da?—resolvió el rubio.
—No quiero… incomodar a la gente o… darles asco. Se ve horrible y lo sabes.
Katsuki rodó los ojos.
—A quien te mire con asco le saco los ojos—soltó como amenaza.
Una que hizo sonreír a Ochaco.
— ¿Qué pasó? —preguntó entonces el chico—. En la tele no han dado detalles.
Ochaco se sentó a su lado en la cama y Katsuki le lanzó la bata hospitalaria por encima, para cubrirla un poco.
—Caí sobre un montón de cristales y la chica a la que salvé… no era precisamente una víctima en apuros—explicó—. Estaba muy nerviosa, me apuñaló y me golpeó con varias cosas. Tuve también unas cuantas malas caídas y me partí una costilla, pero estoy bien con eso, de verdad—quiso aclarar rápidamente—. Recovery girl vino a verme y los médicos me trataron con nano cirugía. Se supone que salvo el hombro y la sien, lo demás no debería dejarme marca… Sin embargo, es lento, han tenido que sacarme uno a uno un montón de cristales... me han dicho que tengo que tener paciencia.
Él asintió, comprendiendo y asimilando todo.
—Al menos la salvaste—fue la última conclusión—. No voy a ser yo quien juzgue si lo merecía o no… pero la salvaste. No todos el mundo lo hubiera hecho. Fue muy valiente.
Ella asintió, con una sonrisa.
—¿Cómo lo supiste? —preguntó entonces Katsuki.
—¿El qué?
—Que la iba a tirar—expuso—. Se supone que eran amantes, llevaban horas escapando juntos. No tuvo ningún sentido que la tirara.
Uraraka negó, triste.
—Quien te quiere, no te mira de esa manera, con ese asco y ese odio—explicó, muy seria, rememorando aquel momento—. Ese hombre no la quería y ella… No justifico sus actos, pero me dio mucha pena. Cuando caímos, se culpaba incluso de no estar muerta, como si se lo mereciese. Su plan era... ¿morir por amor? Me culpaba de no haberlo conseguido, se puso muy nerviosa. ¿Cuánto daño en nombre del amor te han hecho para que te creas eso? Tal vez no sea una experta, pero sé lo que es el amor y no es eso. Fue muy triste.
El caso había salido mucho en la prensa. De hecho, gracias a que Uraraka le había salvado la vida a esa mujer, el caso se había resuelto con mayor agilidad. Las cuentas bancarias, los fondos falsos y todos los negocios del mafioso estaban a nombre de ella. Así que si ella moría, él podría echarle toda la culpa y salvarse de varios cargos (ya que un muerto no puede defenderse). La mujer estaba eso sí en tratamiento psicológico y aunque iba a ir a la cárcel igualmente por trata de personas y prostitución, al menos la justicia se iba a repartir como correspondía. Y de alguna forma, Uraraka la había librado de una prisión aún más oscura.
—Joder… —fue lo único capaz de decir Katsuki.
Uraraka se dejó caer sobre el colchón, como si se hubiese quitado un peso de encima. Katsuki la recorrió despacio con la mirada, contemplando su cuerpo sin ropa, tan herida que hasta dolía verla. La imitó sin saber muy bien por qué, tumbándose a su lado con delicadeza. Se quedaron en absoluto silencio, mirando el techo.
—Uraraka yo…
—Shhh —lo calló ella—. No digas lo que creo que vas a decir.
Él tragó saliva.
—¿Qué crees que voy a decir?
—Vas a pedirme perdón otra vez y vas a preguntarme algo que no quieres saber esta noche.
—¿Y eso cómo lo sabes?
Ella sonrió y se giró para mirarle.
—Pues porque te conozco, Katsu.
Él volvió a imitarla y clavando sus ojos en ella. Con cariño le apartó el pelo de la cara y le colocó mejor la gasa que le cubría la herida de la frente.
—Te he echado de menos—dijo ella, sin duda alguna, en un susurro muy bajito.
Él apretó los labios.
—Y yo a ti.
Ochaco sonrió y llevó una mano a la mejilla de Katsuki, en una cercana y familiar caricia. En esa piel casi de imberbe, áspera y húmeda. Perdida en sus ojos rojos, como dos rubís que arden en la oscuridad. Siempre lo acariciaba así cuando se tenían cara a cara. En las charlas nocturnas, antes de besarse o después del sexo. También lo acariciaba así las noches en las que Katsuki venía a su cuarto con ganas de guerra —válgase el eufemismo— pero acaba quedándose dormido porque en realidad estaba agotado y lo único que quería era verla. Y también cuando, rara vez, era ella la que se despertaba primero. Eso le gustaba. Porque cuando dormía, Katsuki parecía un ángel y a veces Uraraka tenía la necesidad de tocarlo para comprobar si era real. Y lo era, porque aún dormido siempre le besaba la mano.
—Te quiero mucho, Katsuki—materializó en voz alta ella, con una sonrisa torpe, mirándolo a los ojos.
La cara de Katsuki pareció sufrir un espasmo. Uraraka jamás le había dicho que lo quería. Él tampoco, aun cuando horas antes había luchado por hacerlo. No obstante, y pese a todos sus sentimientos y pensamientos confusos, no le tomó ni un segundo darle una respuesta.
—Yo también te quiero, mochi—consiguió verbalizar, sin dudas.
Como si se hubiese quitado un enorme peso de encima.
Sin saber muy bien por qué, se echaron a reír. Al principio muy suave y contenido, nerviosos; luego algo más altivos, confusos. Y se abrazaron con fuerza en esa minúscula cama de hospital en una postura que habían entrenado millones de veces.
—Y anda, vístete que encima vas a coger frío—le regañó Katsuki al notar que la chica tenía la piel de gallina.
Ochaco le pidió que se quedara a dormir y Katsuki, sin voluntad sobre sí mismo, obedeció. No tenía pijama, pero tampoco lo necesitó. Se desvistió, se quedó en calzoncillos y se metió en la cama con ella.
—Yo tengo que dormir bocabajo—explicó Uraraka, colocándose en una postura muy rara, semiapoyada en una almohada de refuerzo—. Pero tú ponte todo lo cómodo que puedas.
—Oi—acató Katsuki, adaptándose a ella—. Si te molesto puedo dormir en la butaca.
—Cállate y ven aquí.
Bakugo apagó la luz y se abrazó a ella con todo el cuidado y el mimo que pudo poner en ello. Le daba demasiado miedo hacerle daño, pese a que Uraraka no mostrara ni un ápice de preocupación.
Estaba concentrado en dormirse cuando la escuchó reír.
—¿De qué te ríes? —le preguntó entre divertido y confuso.
Nunca sabría de dónde sacaba Uraraka tanta energía. Él estaba agotado y no tenía ni un solo rasguño.
—De mi vestido de graduación—explicó—. Es… un palabra de honor muy muy escotado con la espalda al aire. Es rosa, hasta el suelo y con un corte para llevar la pierna fuera.
Katsuki meditó aquello.
—Una muy buena elección para disimular y pasar desapercibida—dijo sarcástico.
—Quería impresionar al chico que me gusta.
Ella siguió riéndose y él se abrazó a ella con un nudo horrible en el estómago. Se había olvidado del estúpido fuego con el que llevaba toda la noche jugando y quemaba. Se sentía un poco patético, pero al menos tenía aquella última noche para abrazarse a ella antes de que todo lo que habían compartido se esfumara.
—Buenas noches, Katsuki.
—Buenas noches, Ocha.
Dormir juntos se sintió tan natural como respirar. Tenían muchas cosas que hablar y aclarar todavía, pero ya habría tiempo de ello. Ya hablarían con calma como los dos adultos que eran. No obstante, al menos había una tímida esperanza de que pasase lo que pasase entre ellos, todo iba a estar bien.
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A Katsuki lo despertó un terrible ruido de alarma con la opening de un anime horrible de cazadores de demonios. Alias, la alarma de la reina del karate y los shonen malos. También conocida como Ochaco Uraraka.
Había oído tantas veces esa maldita canción que, como si de un castigo psicológico se tratase, se despertó al cuarto segundo de la melodía. Las 8:00 am. El sol le pegaba además con fuerza en la nuca y Uraraka desprendía un calor insoportable. Pospuso la alarma con su mala leche habitual al ver que la castaña ni se había inmutado, se destapó y se giró para seguir durmiendo tapándose el sol de la cara con la mano. Se moría de sueño, habían dormido si acaso cuatro horas.
No obstante, un tiempo indefinido después volvió a sonar el teléfono de Uraraka, aunque esta vez con una canción que desconocía. ¿Nueva alarma?
—Mmmm—dijo ella, intentando formular una frase.
—Es tu teléfono—maldijo Katsuki—. Apágalo joder, te está sonando otra alarma.
—Esa no es mi alarma… será tuya.
Ochaco se acomodó mejor en la almohada, con la respiración acompasada. Luego dio un salto sobre sí misma y se incorporó como recién exorcizada.
—¡Oh, no! —gritó.
Le dio un empujón a Katsuki para despertarlo, pero le dio tan fuerte que lo tiró de la minúscula cama.
—¡Qué haces! —le gritó enfadado.
Ella sólo le mandó que se callara y le hizo un gesto con la mano. Katsuki no entendió nada hasta que la chica le mostró el teléfono.
—¡Son mis padres! Corre y vístete—ordenó acelerada, luego descolgó la llamada—. Hola mami, buenos días. Sí, perdona, es que me he quedado dormida. ¿Ya estáis de camino?
Katsuki tenía que reconocer el don maestro de Uraraka para ponerse la careta de hija intachable.
—¿Cómo que estáis ya aquí? —preguntó agobiada, haciéndole una seña a Katsuki para que se diera prisa y se vistiera.
Menos mal que Katsuki era un hombre ordenado y había dejado toda su ropa perfectamente doblada en una silla. Se puso los pantalones casi de un salto, se los abrochó como pudo y corrió a ponerse camiseta y sudadera. La peor parte sin duda fue ponerse los zapatos y más con Uraraka hablando de fondo.
—¿Qué habéis comprado tortitas? No teníais que haberos molestado… —empezó a peinarse ella mientras miraba a Katsuki y le demandaba con la mirada que se diera prisa—. ¿Cómo que el ascensor? ¿Oye y habéis comprado chocolate? —. Pidió rezando porque sus padres le concediesen el capricho de dos minutos más—. Si no os importa os lo agradecería, me vale el de máquina. Claro, ahora nos vemos.
Colgó casi temblando y miró a Katsuki sin saber si echarse a reír o llorar.
—Mis padres están aquí—anunció.
—Ya me he enterado—respondió sarcástico Katsuki intentando peinarse—. He perdido un calcetín.
—¿Y dónde lo has puesto?
—Si lo supiera no te diría que lo he perdido—rodó los ojos.
—Da igual, ven, corre—pidió Uraraka—, ayúdame a ponerme el pantalón antes de que vengan.
Porque sí, después de abrazarse amorosamente como dos adolescentes (que es lo que eran), Katsuki le había dicho que se vistiera y no cogiera frío, pero a Uraraka le había dado un poco igual. Se había puesto la camiseta, pero había dormido en bragas enredada en las piernas del rubio.
El chico agarró el pantalón hospitalario del suelo, se agachó frente a ella como si buscase ponerle un zapato de cristal y la ayudó a ponerse el maldito pantalón con la premura de su poca paciencia sumado al estrés de que los padres de Uraraka lo pillaran allí agachado, entre las piernas de su hija. Mientras tanto, Uraraka intentó peinarlo un poco, aunque eso era un caso perdido en el rubio.
—¡No seas bruto! —pidió Uraraka sujetándose a él cuando la alzó de la cama para pasarle el pantalón por el culo.
La chica se agarró a su espalda en una postura un tanto rara, como de esposa vikinga raptada o de saco de patatas al hombro. ¡Por dios que no entraran sus padres!
—Perdona, momotaro.
Ochaco se puso roja, odiaba cuando Katsuki compara su culo con un melocotón gigante.
—¡Katsuki!
Él solo la miró con malicia, mientras suavizaba el movimiento para no hacerle daño.
—Me voy—dictaminó en cuanto Uraraka estuvo lista, sentándola de nuevo con suavidad sobre la cama y dándole un abrazo corto—. Te veo luego en la graduación y no quiero 'peros'. Vas a estar guapa vayas como vayas. Además, todos quieren que estés allí. —Luego añadió—: Yo quiero que estés.
—Y allí estaré—le devolvió el abrazo.
Después de eso salió despedido hacia la ventana, pero nada más abrirla se abrió también la puerta. Porque aparte de ser el día de su graduación… hoy iba a ser también su día de suerte.
—¡Buenos días, Ochita! —saludó con alegría una suave voz femenina.
—Buenos días, cariño—dijo la voz de su padre que se entrecortó al ver que su hija no estaba sola.
Katsuki se giró sobre sus pasos, mirando primero a Uraraka y luego a sus padres. Al final, la castaña hizo uso de sus mejores dotes de heroína para salvar a Katsuki.
—¡Buenos días! —dijo ella radiante, con mucha alegría—. Mamá, papá, éste es Bakugo Katsuki un compañero de clase—lo señaló—. Ha venido a hacerme una visita esta mañana—. Luego lo miró a él—. Gracias Bakugo-kun por abrir la ventana. ¿No hace mucho calor hoy?
Sus padres se miraron entre sí confusos y luego miraron al susodicho, vestido con unos vaqueros negros y una sudadera negra que parecía un pijama, despeinado, los cordones de las zapatillas semiatados y con cara de acabar de levantarse.
—Un placer Bakugo-kun—respondió la madre de Uraraka por inercia, intentando quitarle hierro al asunto—. ¡Qué madrugador! Nos alegra mucho que hayas venido a visitar a nuestra hija, qué buen amigo. Espero que no te hayan puesto muchos problemas para entrar. ¿Has desayunado? Hemos comprado tortitas y chocolate.
La familia de la diabetes, pensó para sí Bakugo. Se acercó algo rígido a ellos y se inclinó a modo de saludo y respeto. ¡Y eso que él jamás hacía eso con nadie!
—Un placer conocerles—dijo escueto.
El padre de Uraraka se quedó más serio y miró a su hija.
—¿Tú eres…? —meditó—. Tú eres el chico contra el que peleó Ochaco en el festival deportivo, ¿no?
'El chico que le dio una paliza a tu hija… sí, el mismo' pensó para sí Katsuki avergonzado. Que la tierra se lo tragara, por dios.
—Sí, es él—respondió Ochaco más rápida—. Katsuki es también quien me ayudó en la última misión—añadió entonces.
Su madre pareció comprender, como si hubiesen tenido una conversación sobre él que al rubio se le escapaba.
—Ah, claro, es el chico que decías. Te estamos muy agradecidos de que cuidaras de nuestra Occhan—se apresuró en decir su madre—. ¿Queréis que os dejemos un ratito a solas y así os contáis vuestras cosas?
Ochaco negó, poniéndose roja.
—¡No!—dijeron al unísono.
—Yo ya me iba—sentenció Katsuki—. Pasaba por aquí cerca y he venido a saludar, pero no quería molestar.
—Y no molestas, hombre—negó su madre, acercándose a su hija y dándole un beso en la frente—. Venga, que seguro que tenéis un montón de cosas que contaros. Tú también te gradúas hoy, ¿no?
—Podemos darnos un paseo mientras—añadió su padre—. Tu madre quería visitar a su amiga la que tuvo el bebé. ¿No?
Uraraka le lanzó una mirada asesina a sus padres que se habían compinchado leyendo entre líneas. Katsuki analizó un segundo la situación y no pudo evitar pensar que Uraraka tenía mucha suerte. Se notaba que sus padres la adoraban, la consentían y la querían. Aunque sobre todo se notaba que la respetaba y eso le parecía tan extraño como bonito.
—Yo ya me iba, de verdad—aclaró Katsuki—, pero muchas gracias por el ofrecimiento. Les dejo desayunar tranquilos.
Se despidió con una leve inclinación y miró a Ochaco antes de marcharse.
—Mejórate pronto Uraraka-san—dijo cordial—. Espero verte esta tarde— luego se despidió de sus padres—. Un placer conocerles. Buenos días.
Sin más se marchó de allí, con las orejas ardiendo del bochorno. Aquello era lo que le faltaba esa mañana para ser más nerd. ¿Desde cuándo había empezado a parecerse a Deku? Maldita sea… hablando del idiota… ¡Tenía que hablar con ella de él!
Cruzó todo el pasillo caminando acelerado y llamó al asesor. ¿Debería haberse quedado? ¡Obvio que no! ¿En qué cojones estaba pensando? Lo que se parecía Uraraka a su madre… eran como dos clones. ¿Y tortitas con chocolate? ¿Qué clase de desayuno era ese para una chica que había estado en cuidados intensivos hacía dos días? Además, que anoche ya se atiborró a basura… ¡qué mujer! No tenía remedio. Y anda que no querer ir a la graduación por verse fea. ¿Era idiota? Se merecía más que nadie graduarse por todo lo alto, además Uraraka era preciosa incluso con un ojo morado. Lo sería incluso vestida con una bolsa de patatas. En qué cabeza cabe que la gente pudiera verla mal, si todos la adoraban. ¿Cómo iban a graduarse sin ella?
El ascensor se abrió, Bakugo entró y pulsó el '0'. Un segundo antes de que se cerrara, una mano se interpuso en medio.
—¡Qué haces! —gritó Katsuki al ver que Uraraka se colaba por los pelos dentro del ascensor.
La chica estaba tan acelerada que tardó en responderle, sujetándose el pecho para coger aire.
—¿Estás loca? No deberías correr en ese estad…
Sin embargo, Katsuki no tuvo tiempo de terminar la frase, porque Ochaco lo sujetó de la sudadera y lo besó con ahínco en cuanto se cerraron las puertas, como si no hubiera un mañana. Al principio puso un poco de resistencia, una que provenía de su incomprensión, pero luego se entregó al beso de la misma manera, desesperado.
Uraraka se aferró a su espalda y lo agarró con fuerza contra ella en aquella combustión espontánea. Aquella en la que Katsuki se había encontrado enredado en su lengua. La agarró de la nuca con cuidado y profundizó el beso, con un hambre que lo iba a consumir si no se enterraba en ella.
Un pitido reveló que habían llegado a la planta '0'. El ascensor se abrió y Uraraka se apartó, con las mejillas rojas de la falta de aire y los labios hinchados. Con los ojos encendidos y la sonrisa tonta.
Katsuki no pudo ni hablar.
—Te habías dejado esto—resolvió la chica.
—¿Un… un beso? —preguntó confundido.
Ella se rio. Y Katsuki bajó entonces la vista para ver cómo ella sostenía un calcetín. Katsuki lo sujetó, todavía aturdido.
—Tengo que irme corriendo, que les he puesto una excusa tontísima a mis padres y me están esperando—dijo ella, pulsando el ascensor—. Te veo que esta noche.
—Te… te veo esta noche.
Y sin más, Katsuki salió del ascensor y la vio marcharse. Luego miró a todas partes, por si alguien los había visto. Sólo una enfermera, que sonrió coqueta. Katsuki se enfadó y salió de allí echando humos, maldiciendo, más confuso que nunca y con una erección que no le cabía en las piernas.
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La fiesta de graduación de los alumnos de la UA era el evento histórico del año. No sólo porque fuese una escuela prestigiosa con en el relevo de los próximos 'héroes del país', sino porque además aquel año se graduaban la generación más brillante, precoz y que más veces había estado a punto de morir de la historia.
Todos eran ya famosos sin apenas haber hecho carrera. De hecho, nadie en aquella promoción se había quedado sin agencia. Algunos incluso estaban todavía decidiendo con cuál irse, ya que les llovían las ofertas (como era el caso de los tres grandes de aquel año: Bakugo, Deku y Todoroki).
Por aquella razón, no sólo se golpeó la prensa y la televisión en las inmediaciones del edificio, sino también una larga lista de héroes veteranos que querían asistir al evento.
Todos iban con sus mejores galas, preparados para aquel momento que marcaría sus vidas. Los familiares de todos también estaban por allí por no hablar de profesores y amigos. No faltaba nadie… nadie salvo Ochaco Uraraka.
Bakugo la estuvo esperando fuera del edificio, hasta que los obligaron a entrar. Aun así, la siguió esperando en el salón de actos, sin quitar el ojo al asiento con su nombre que estaba vacío.
—¿Nervioso? —le preguntó Izuku, que estaba sentado a su lado.
Él lo miró con mala cara.
—No.
Izuku lo conocía demasiado bien como para conformarse con eso, así que siguió la dirección de su mirada y comprendió.
—Vendrá, no te preocupes—le susurró, muy bajito, poniéndole una mano en la rodilla.
Esa que no paraba de mover.
—Tsu…
Bakugo le evitó la mirada a ese metomentodo. Las últimas semanas no había sabido cómo comportarse con Izuku. Su relación había pasado por muchas fases: amistad, camaradería, burla, desprecio, bullying, enfrentamiento, envidia, ira, admiración, respecto, cercanía, confianza, amistad… ¿Y ahora?
Celos.
Pero celos raros, celos que no sabía gestionar. En el fondo no estaba enfadado con Izuku… lo estaba contra el mundo.
—Me dijo que vendría—aclaró Izuku.
¿Y ahora se lo contaban todo? Katsuki quería romper algo, pero no sabía qué ni por qué. Respiró, porque ya no era un crío como para saber que Izuku no era su enemigo. ¡Sólo el maldito interés romántico de la chica que le gustaba!
No sabía qué se traía con Ochaco, (aunque ni él mismo sabía qué se él traía con ella), pero fuera lo que fuese, lo iba a afrontar como el adulto que era. Respiró hondo.
—Y a mí, pero no ha venido—respondió Katsuki.
Izuku torció el gesto, preocupado.
—Quizás llega más tarde… pero vendrá, estoy convencido—opinó el peliverde.
—¿Quién? —entró en la conversación Todoroki.
Siempre el tercero en discordia.
—Uraraka-san—respondió Izuku.
—Callaos—pidió Bakugo.
—¿Y por qué no iba a venir? —preguntó Todoroki—. Si es nuestra graduación.
Katsuki quería matarlo.
—¿Pues por el puto accidente de hace una semana, por ejemplo? —escupió con veneno y obviedad.
Todoroki lo razonó a su manera.
—Bueno, pero ya está bien—resolvió—. Ochaco es más fuerte de lo que la gente piensa. Tú deberías saberlo, lleváis un año entero entrenando juntos por las noches.
Ahora el que quería morir era Katsuki.
—¿Habéis estado entrenando juntos? —preguntó con inocencia Izuku.
—Todas las noches—explicó Todoroki.
—¡Que te calles idiota!
—¿Todas las noches? —repitió Izuku, como si no hubiese entendido bien.
—Al menos casi todas, ¿no? Bakugo—meditó tranquilo Todoroki—. Al principio la gente se pensaba que estaban saliendo.
—¿Ah sí? —siguió preguntando Izuku.
—¡No! Nadie pensaba eso—negó Katsuki.
—Claro que sí, ¿no te acuerdas? —Preguntó confuso el bicolor, luego miró a Izuku—. Bakugo se pegó en el baño una vez con Monona por eso y luego ya nadie sacó el tema…
—¿Te pegaste con Monoma?
—¡No!
—Sí que se pegó.
—¡Bueno sí, pero a quién cojones le importa! —gritó entre susurros.
—¿Por qué no me lo dijiste, Kacchan?
—¿Para qué cojones iba a decírtelo?
—No sé, pues porque somos amigos—dijo con obviedad Izuku.
Katsuki bufó, eso es lo que le hacía falta… que encima Izuku se comportara como el mejor amigo del mundo. ¿Por qué brillaba tanto el idiota? ¿Por qué tenía que ser tan jodidamente perfecto? ¿Por qué se había enamorado Ochaco de él? Era imposible competir con ese tipo.
Competir.
Lo que llevaban haciendo toda la vida…
Estaba cansado de competir y perder contra Izuku.
—Da igual, fue hace mucho…—dijo taciturno.
—A veces Monoma es muy cruel—pareció comprender Izuku—. Lo que te dijese, olvídalo. Seguro que no vale la pena, Kacchan.
—Oi…
—Además, se ha tragado sus palabras—añadió Todoroki—. Al final Ochaco y tú estáis juntos.
Aquello volvió a disparar la ira de Bakugo Katsuki.
—¡PERO QUÉ DICES IDIOTA!
Alguien intentó callarlos desde la fila de atrás, pero no surgió efecto.
—¿Estás saliendo con Ochaco? —preguntó muy serio Izuku, meditabundo y confuso.
—¡NO! —negó Bakugo que empezó a hiperventilar.
—Tío, lleváis meses juntos, no pasa nada. Hasta yo me he dado cuenta—explicó tranquilamente Todoroki—. Cuando fue a verte al hospital te vi besándola. Cuando lo del oficinista del restaurante, ¿te acuerdas?
Definitivamente, iba a matar a Todoroki.
—PUES VISTE MAL.
— No pasa nada, si además hacéis muy buena pareja, ¿No Izuku?
Izuku estaba muy callado.
—¡No somos pareja! —insistió Bakugo—. Deja de inventar mierdas o te mato, bastardo mitad-mitad.
Katsuki agarró a Shoto del traje, quien ni se inmutó. Estuvo a punto de ponerse a gritar como un loco cuando un halo de luz los señaló, seguido de una horda de aplausos.
'The big three'
Los mejores de la promoción.
Se recolaron bien la ropa y entre aplausos y vítores salieron a leer el maldito discurso de mierda que les habían hecho escribir. Luego Izuku, como el alumno de honor de la UA dijo unas palabras entre taquicardia y taquicardia y finalmente llegó la puesta de insignia.
Se organizó por apellidos y por tanto Bakugo fue de los primeros. Salieron de uno en uno, se hicieron fotos con los profesores, con sus padres y luego se sentaton de nuevo en su sitio. Katsuki estuvo esperando hasta que llegó la 'U' en el alfabeto. Miró el asiento de Ochaco, vacío.
Suspiró.
Sólo los aplausos lo hicieron salir de su trance.
—Te lo dije—le tocó el hombro Izuku, con una sonrisa amable.
Bakugo redirigió la mirada al escenario y efectivamente Ochaco Uraraka había salido de entre bastidores para que le pusieran la banda.
Ochaco llevaba efectivamente el vestido que le había descrito a Katsuki, solo que se notaba que le había hecho unos cambios de última hora. Bajo aquel vestido con la espalda al aire y un escote de infarto, se había puesto un body de manga larga blanco, a juego con unas deportivas.
Obvio nadie se esperaba que apareciese recién llegada del hospital en tacones.
Llevaba además un recogido muy sencillo y elegante, un poco de maquillaje suave a tono con su piel y la mejor arma: su enorme y preciosa sonrisa, a juego con el collarín.
Fue Aizawa quien le puso la beca, lleno de orgullo.
Present Mic hizo algún tipo de chiste sobre lo conjuntada que iba la gasa de la frente con el vestido y Uraraka respondió con otra tontería que hizo que todo el mundo se lanzara a aplaudirla y a gritarle bonitas palabras.
'Heroína'
Eso fue lo que más se escuchó. Palabras llenas de amor a una chica que había demostrado desde el segundo uno qué era ser una heroína. Y ahí de pie en el escenario, magullada, dolorida, radiante y sonriente, solo pudo demostrar la valentía con la que Ochaco Uraraka enfrentaba la vida.
Después de los aplausos, Ochaco subió hasta las gradas y se sentó al fin en su asiento vacío, llenando la silla y el corazón de Bakugo, a quién dirigió una mirada alegre. Y un susurro:
—Estás muy guapo—leyó Bakugo en sus labios, en aquella frase silenciosa y cómplice.
—Tú también—le respondió él de la misma manera.
Porque era verdad, aún con las vendas marcadas en la espalda, la pierna morada y la mejilla hinchada y con cortes, Uraraka no podía estar más guapa.
Después de aquello se hicieron una foto todos juntos con los profesores y las familias, se hizo una pequeña fiesta en la escuela y hubo varios espectáculos. Luego se fueron todos juntos a cenar a un sitio de sushi que habían reservado para todos.
Fue una gran noche, una que cambiaría sus vidas, porque de repente eran adultos y héroes.
Bebieron champán, cerveza y sake y además se atiborraron a canapés, sushi, soba frío y fruta bañada en una gran fuente de chocolate. Durante la cena intercambiaron además regalos, anécdotas y palabras bonitas. En ese sentido, Uraraka fue la protagonista de la noche. Todo el mundo la felicitó por su rápida actuación en el rescate de la villana. También obligaron a Izuku a dar unas palabras dado su puesto como joven promesa y portador-protector del One for all. All Might también le dedicó unas palabras muy bonitas, tanto a él como a Bakugo.
Katsuki no supo cómo gestionar tanta amabilidad y elogios, así que se encerró en sí mismo y sólo después de cuatro cervezas fue capaz de darse un abrazo con Izuku y All Might, por todo lo que habían compartido juntos.
Después de aquello los profesores se retiraron a descansar y todos ellos se fueron a un reservado. Ahí la fiesta ya se fue de madre. Todos iban muy bebidos (sobre todo porque nadie acostumbraba a beber y la mayoría acababa de cumplir la mayoría de edad). Y bailaron, hicieron el idiota y empezaron a jugar a pruebas y juegos absurdos.
Ochaco y las chicas estaban súper metidas en un juego de verdad o heroicidad que las tuvo muy entretenidas, entre risas y confesiones que ninguno llegó a entender muy bien. Y luego se lanzaron a cantar karaoke y a la pista a bailar. Bakugo había cruzado varias miradas furtivas con Ochaco, con quien estaba deseando hablar, pero la chica estaba tan rodeada de gente y feliz que no quiso entrometerse.
Estaba allí, eso era lo único importante.
Después de una conversación larguísima con Kirishima por una fumada de campeonato, acabó saliendo a la terraza que daba a la calle a que le diera el aire. Estaban en un decimonoveno piso, así que las vistas de Tokio eran impresionantes.
—Ey, Kacchan, ¿qué haces ahí solo?
La voz de Deku lo asustó un poco.
—Nada, sólo quería tomar el aire.
Izuku sonrió con la sonrisa boba de borracho y salió con él, sentándose a su lado. Imitó la postura del rubio, dejándose caer en la silla, mirando el infinito skyline.
—Da miedo, ¿eh? —dijo entonces Izuku, cómplice.
Bakugo no lo entendió.
—¿Ahora te dan miedos las alturas? —soltó sarcástico.
Izuku negó.
—El futuro.
El futuro.
Sí, el futuro es terrorífico.
—Ya—coincidió con él Katsuki—, pero bueno, hemos enfrentado mierdas peores.
Izuku le sonrió, de acuerdo con él. Luego cerró los ojos y respiró hondo, atesorando el presente.
Bakugo lo observó en la oscuridad nocturna, iluminado por los leds de la discoteca y las luces de los edificios continuos. El futuro. Izuku iba a tener un futuro brillante. Él también, pero… ¿había merecido la pena? Ambos tenían lesiones de por vida con tan solo 19 años, apenas habían hecho otra cosa más que trabajar desde los 16 y eran unos inexpertos en la vida. Al menos serían ricos de aquí a unos años, aunque qué más daba. Tal vez la verdadera fortuna estaba en otro sitio. Uno que se estaban perdiendo.
—¿Puedo preguntarte algo? —habló de repente Katsuki, rompiendo el silencio.
Izuku abrió los ojos y lo miró, ebrio de noche pero completamente lúcido.
—Claro, Kacchan.
Katsuki se removió en la silla incómodo antes de hablar, serio.
—Tú… ¿has hablado con Ochaco?
Izuku arrugó el gesto sin comprender.
—Sí—dijo—. Bueno, en general hablamos mucho. Llevamos toda la noche discutiendo si son mejores los cócteles dulces o los que pican. ¿Por? ¿A qué te refieres?
Katsuki se sintió un poco idiota. A veces le molestaba lo inocente que era Izuku para todo, aunque en eso le recordaba a la propia Ochaco.
—Me refiero a si… si ella… te ha dicho algo sobre mí.
Izuku clavó sus ojos en Katsuki y se incorporó en la silla para hablar.
—¿Sigues dándole vueltas a lo que ha soltado hoy Todoroki-kun?
—Oi, contéstame—demandó Katsuki.
Izuku se pasó la mano por el pelo, ordenando sus pensamientos.
—Sí—afirmó entonces—. Sí que hemos hablado de ti. Hemos hablado de… de muchas cosas estas últimas semanas. ¿Por qué quieres saberlo?
La ambigüedad de Izuku lo puso de los nervios.
—Mira, es igual—se levantó hastiado de la silla, dispuesto a volver dentro.
—Espera—lo detuvo Izuku, agarrándolo de la manga de la camisa—. Espera, Kacchan. Siéntate.
Y él, aunque odiaba que le dijeran lo que tenía que hacer, obedeció.
—Verás… el día en que llegué de Estados Unidos—empezó a hablar Izuku, mordiéndose el labio—. Me encontré a Ochaco camino de los dormitorios masculinos llorando.
Katsuki se quedó frío al oírle. Primero por lo extrañamente directo que estaba siendo Izuku y lo segundo por oír aquello. ¿Acaso Ochaco había ido a buscarle?
—No me quiso decir el por qué—siguió el peliverde—. Estaba muy angustiada, pero no quería que yo lo notara. Me enfadé mucho contigo esa noche, porque en el fondo sabía que eras el responsable, que habías discutido con ella—confesó entonces—. Por un momento tuve… una vuelta al pasado. Y no quería que hicieras sentir a Uraraka-san como me hiciste sentir a mí.
Katsuki no sabía cómo gestionar el cúmulo de emociones que se le cruzaron en ese momento.
—Luego llegué a mi habitación y vi la maleta en la puerta… —siguió Izuku— y supe que habías sido tú. Y entonces me sentí muy mal conmigo mismo, pero me alivió recordar que ya no eres esa persona, que somos adultos ahora.
—Lo siento.
Izuku negó, con su bonita sonrisa. No había dicho eso esperando una disculpa y a Katsuki se le había escapado casi en automático.
—Este tiempo que he estado fuera, he pensado mucho en ti—dijo sin rodeos Izuku—. No podía evitar pensar que te merecías tanto como yo esa beca, aunque te habría horrorizado la comida en América.
—Ya, basura yankee…
Izuku asintió, sonriente.
—También he pensado mucho en Uraraka —remarcó entonces—. Ella es muy importante para mí. Es… mi mejor amiga.
Bakugo sentía que perdía el aire a cada frase.
—Cuando me fui de aquí, estaba muy confuso—se explicó—. Ni siquiera sé por qué te estoy contando esto, quizás estoy algo borracho.
—Pues entonces cállate, estás a tiempo de no decir algo que ninguno de los dos quiere oír—suspiró Katsuki.
—Me gusta mucho Uraraka-san.
El corazón del rubio se paró, como una terrible premonición del destino.
—Creo que me gusta desde siempre—se explicó—, pero no me di cuenta hasta estos meses atrás, cuando era tarde y… empecé a… a conocer a alguien.
Bakugo volvió a respirar, pero esta vez más confuso que otra cosa. ODIABA cuando Izuku le daba tantas vueltas a las cosas. Entre eso y el alcohol no se estaba enterando de nada, sólo que se sentía un perdedor.
—¿Has conocido a alguien?
Izuku asintió, esta vez rojo de la vergüenza.
—Sí, algo así. Bueno, es complicado… pero esta persona… —intentó decir—, sentí que tenía que aclarar mis sentimientos primero, porque me sentía muy raro... Y bueno, Uraraka-san… O sea, yo… nosotros…
—Al grano, Deku.
—La noche que llegué, Uraraka me confesó que estaba enamorada.
Aquello rompió el corazón de Katsuki. De alguna forma ya lo presentía. Ya intuía que la había perdido para siempre.
—Ah… —fue lo único que salió de los labios de Katsuki.
Izuku solo le sonrió.
—Kacchan—lo llamó Izuku, tendiéndole la copa que tenía en la mano—. No es lo que te piensas… Creo que esta conversación no la deberías tener conmigo, sino con ella.
Katsuki suspiró agotado, agarró la copa que le ofrecía y se la terminó de un trago.
—Me siento gilipollas—dijo dolido, sin saber por qué se estaba rompiendo delante del pánfilo del Deku, del tipo que le había quitado todo, que lo había convertido en un perdedor.
Izuku acercó su silla a la de él y lo miró con sus bonitos ojos.
—Eso es porque eres un poco idiota.
Pese a la frase, las palabras de Izuku eran cálidas. Muy cálidas y reconfortantes. Si ambos fueran de otra manera o sus vidas hubiesen sido distintas, Katsuki se hubiese abrazado a él en ese momento.
Obviamente no lo hizo.
Y tampoco los dejaron, porque en ese momento apareció Kaminari.
—¡Chicos! ¡Pero qué hacéis ahí! —se quejó—. ¡Vamos! Está potando el DJ y se ha puesto a pinchar Jirou, Kirishima está sin camiseta, Iida está tope pedo, ¡es una locura! Y tenéis que ver a Todoroki, ¡quién habría dicho que podía bailar así! ¡Encima de la mesa!
Entraron a regañadientes, guiados por el rubio y su desorbitada euforia. Katsuki los despidió con la intención de ponerse otra copa, cuando Izuku lo agarró de la manga de su camisa. Había mucho ruido y estaba oscuro, pero pudo leerle los labios.
—Habla con ella—le susurró entre las luces de discoteca, con una sonrisa—. No seas tonto.
Y él, mareado de emociones confusas, asintió y se largó a la barra.
Allí se bebió dos whiskies, como si fuese un cuarentón divorciado. Estaba pensando largarse de la fiesta cuando alguien le tapó los ojos.
—Oi—dijo sin mucho ánimo.
Algo que cambió en cuanto oyó su voz risueña.
—¡Katsu! —saboreó cada letra de su nombre Uraraka—. ¡Qué haces aquí solo!
Él se giró para mirarla, confuso y extrañamente iluminado por los ángeles.
—Creo que me voy a casa… —dijo algo alicaído.
—¡Eso jamás! —rio ella, con las mejillas rosadas—. He venido a esta fiesta arrastrada por ti, ahora no te vas a ir. Venga, vamos.
Sin un atisbo de duda, lo agarró de la mano y lo sacó a bailar. Para nada era un baile romántico, la música que pinchaba Jirou era bastante estrambótica, una mezcla entre tecno vocaloid y ritmos latinos a ratos. No obstante, Katsuki se sintió extrañamente feliz.
A veces Izuku tenía razón y él era un poco idiota.
No sabía qué mierdas pasaba con él y Uraraka, pero ¡joder! Estaba en su maldita fiesta de graduación, había barra libre, buena música y estaban todos sus amigos reunidos haciendo el tonto. ¡Qué más daba una tonta rayada de amor! Maldita sea, quería divertirse. Quería estar ahí. Y Ochaco… cuando la miraba y ella le sonría con esa sinceridad… se le acababa el mundo.
Bailaron e hicieron el idiota durante horas. Básicamente hasta que cerraron el lugar y tuvieron que irse a otro. Por el camino tuvo que acompañar a Kirishima a potar y hacer de escudo humano para Mina, quien se puso a mear en una equina de la calle.
—Como me multen por tu culpa te mato—la amenazó Katsuki.
—Tú vigila que no venga nadie—le pidió la otra, con la risa tonta.
La discoteca en la entraron estaba mucho más oscura, pero la música era una pasada. En esa parte de la noche, muchos desaparecieron. Con muchos Katsuki se refería a las parejas. Algunas se fueron misteriosamente al baño para no regresar y otras volvieron un par de horas después, despeinados y felices.
En ese punto de la noche él iba tan borracho que sólo se dejaba llevar por las luces. Esas que lo mecían en la multitud sudada a ritmo de sintetizador. Qué paz más tonta…
Necesitaba otro chupito.
A lo lejos, las luces iluminaban a Uraraka, que se había sentado en unos sillones del reservado al fondo del local. Normal… debía estar dolorida. Pensó en evitarla, pero como si de un magnetismo estratosférico se tratase, la mirada de ella lo llamó y él no pudo evitar cruzar la maldita pista de baile hasta ella.
—Ahora vengo—le dijo a Tokage y Ojiro, que bailan algo zombies su lado.
Con un poco de esfuerzo consiguió llegar hasta ella, que se encontraba sentada junto a la montaña colectiva de chaquetas y bolsos.
—Oi, qué haces ahí sola—soltó, sentándose a su lado.
En un acto casi reflejo y porque estaba algo mareado, se dejó caer, apoyando la cabeza en el hombro de ella.
—Esa es mi frase—dijo ella cercana, acariciándole el pelo—. ¿Te lo estás pasando bien?
—Sí, ¿tú?
—Sí—asintió sonriente—. Sólo estoy algo cansada y me duele un poco el cuerpo. El sujetador me está matando.
—Pues quítatelo—dijo con obviedad el rubio.
—¿Y si se me marcan los pezones?
—Ocha, a nadie le importan tus pezones a estas horas de la noche—respondió.
Luego se miraron y se echaron a reír torpemente. Bakugo se sentía muy muy borracho.
—¿Me acompañas al baño? —pidió Ochaco.
Todos los demonios de Katsuki le dijeron que NO lo hiciera. ¡Que tenía una maldita dignidad que proteger! No obstante, cuando quiso darse cuenta, ya iba de la mano de ella al baño. Sin mucha dificultad se colaron en el baño de chicas y se metieron en un cubículo.
Un maldito cubículo ridículamente pequeño, como aquel maldito cuarto de baño del tercer piso de la UA, donde se habían quedado atrapados un año atrás.
—¿Me ayudas? —pidió Uraraka, poniéndose de espaldas.
—Claro—Katsuki dejó su copa en el suelo, bajándole torpemente la cremallera del vestido.
Sin mucha dificultad le desabrochó el sujetador y la ayudó a quitárselo, primero por una manga y luego por la otra. Era una tarea sencilla, sino fuera porque Uraraka estaba bastante dolorida y tenía unas marcas espantosas en la espalda. Al menos el alcohol era un buen analgésico, pensó Katsuki. Luego su mente pareció despertar del trance.
—¿Estás con antibiótico? —preguntó con cierta lucidez en aquel estado.
—Sí, claro—respondió Uraraka, recolocándose un poco el vestido—. ¿Por qué lo preguntas?
Katsuki la miró extrañado, flotando y torpe, mientras le subía la cremallera del vestido con mucho cuidado.
—Pero… no deberías beber entonces.
Uraraka no pudo evitar reírse.
—Y no he bebido ni una sola gota de alcohol esta noche.
Aquello fue como un jarro de agua fría para Katsuki. De repente estaba súper borracho y vulnerable delante de una Ochaco radiante y fresca como una rosa a la que llevaba evitando toda la noche por miedo a una terrible conversación. ¡Joder! Estaba en un callejón sin salida, (o más bien un cubículo sin salida) sudando como un cerdo, atrapado con ella en un espacio ridículamente pequeño. Desnudo aun con ropa. ¿Y ahora qué le decía? Si estaba seguro de que no sabría ni usar la lengua bien, la tenía dormida por el alcohol. Como los brazos y las piernas. Aturdido, en una extraña ensoñación, una donde Ochaco brillaba frente a él, casi duplicada. ¿Y qué iba a hacer con dos Ochacos completamente abstemias? Si ni siquiera podía con una...
—Tú me da que llevas un par de copas de más, ¿no? —dijo atenta, girándose para mirarle, con el sujetador en la mano—. ¿Qué hacemos ahora con esto?
Katsuki se mordió el labio. Estaba mareado y tenía un calor insoportable.
—No lo sé, pero yo no quiero estar sin ti— soltó Katsuki, con la mayor sinceridad que había profesado en su vida.
Uraraka abrió los ojos con cierta sorpresa. Obviamente ella se refería al sujetador, no a ellos.
—Ya sé que estás ahora con Izuku, que os confesasteis vuestro amor y esas mierdas. Y yo sé que siempre has estado enamorada de él—siguió—. Y si tú eres feliz, lo acepto—expresó—, pero es que no quiero perder sin haberlo intentado. Siempre pierdo.
—Creo que no es una cuetsión de perder... — intentó razonar Uraraka, confusa.
Él ni la escuchó.
—Cuando… cuando me besaste esta mañana en el ascensor, supe que era una despedida—se intentó explicar, respirando con cierta dificultad—. Joder, pero duele mucho.
Katsuki empezó a sudar, mareado y algo agobiado. Tanto que Uraraka le pidió amable que se sentara en el váter.
—Anda, siéntate.
—Joder… —se quejó Katsuki, obedeciendo—. Estoy sudando, perdona. No llevas nada inflamable ¿no?
Ella negó con una sonrisa.
—Joder… por qué ahora… mierda.
—No pasa nada.
—Mierda… joder, perdona, tengo… mucho calor.
—Lo sé, tranquilo—respondió ella amable, desabrochándole un par de botones de la camisa, para que respirara. Se puso a soplarle con cariño—. ¿Mejor?
—Sí, mejor.
Uraraka sacó los hielos medio derretidos de la copa de Katsuki y los escurrió levemente. Luego, con cercanía y cuidado, se los pasó por el cuello.
—¡Coño! Están helados… —se quejó él.
—Claro, son hielos, Katsu—respondió alegre Ochaco, haciéndose un hueco entre las piernas de él, acariciándole la cabeza con ternura.
—Lo siento… no quería joderte el final la noche.
—Y no lo has hecho, Katsuki—negó Uraraka alegre—. ¿Sabes? Yo también llevo toda la noche queriendo hablar contigo. ¿Por qué piensas que estoy saliendo con Izuku?
Él se encogió de hombros.
—Pues porque estáis asquerosamente enamorados el uno del otro y sois la puta pareja perfecta. Y yo soy imbécil.
—¿Eso piensas de verdad?
—Sí.
Ella tiró de su barbilla, para que la mirara.
—Un poco tonto sí que eres entonces—resolvió—. Katsuki, no estoy saliendo con Izuku.
—Pero a él también le gustas—dijo con obviedad el rubio.
—Pero es que a mí me gustas tú—sonrió Uraraka—. Tú… tú eres el chico que me gusta.
Katsuki pensó que iba a explotar. Lo sabía. Lo presentía. Conocía esa sensación desde que tenía cinco años. Ese cosquilleo inminente, el calor, la tensión. Sabía perfectamente cómo era explotar, notar en sus dedos la vibración, el impacto, el retroceso, la energía desbordante, el éxtasis químico y abrasivo en la punta de los dedos.
Claro que nunca antes lo había sentido en el corazón.
Se llevó la mano al pecho, que le dolía.
—¿De verdad? —fue lo único que alcanzó a decir.
Ochaco sonrió y asintió. Lo abrazó con cariño y él se dejó abrazar.
—Pues claro, pensé que era obvio—resolvió Uraraka.
—Joder, pues no me he enterado de nada. ¿Por qué no me lo dijiste anoche?
—No preguntaste.
—Me dijiste que no preguntara—se defendió Katsuki—. No sé, me confundes y me confundo.
—Ayer te dije... lo que sentía—se explicó Uraraka, algo nerviosa—. Te... te dije que te quería. ¿Te pareció confuso?
Katsuki bufó, agobiado. Ella tenía razón, pero igualmente la noche del hospital había sido rara.
—No sé, tampoco me dijiste nada más. No hablamos nada, ni de ti, ni de mi, ni de Izuku, ni de la noche que discutimos... Esa noche... tú me dijiste básicamente que solo éramos amigos que follan—resumió.
Uraraka bajó la mirada, algo culpable. Luego clavó sus ojos castaños en él, con una sonrisa triste.
—Katsuki, todo lo que te dije aquella noche… te lo dije porque estaba confusa y no entendía tus sentimientos. Tampoco los míos. Yo pensaba que sólo veías en mí una amiga con la que te gustaba… experimentar y pasarlo bien, pero que no estabas interesado en nada más y yo… pensaba que ser adulta consistía en poder acostarme con alguien sin que tuviese ninguna implicación emocional—explicó—. Ahora me doy cuenta de que eso no es verdad. Ser adulto es aceptar los sentimientos, los tuyos y los del otro. Tanto si no hay absolutamente nada como si sí lo hay. Y entre nosotros hay sentimientos y yo no hice bien en no cuidarlos.
Katsuki estaba sorprendido de lo verdaderamente confiada que se veía Uraraka.
—Katsuki tú me gustas, me gustas mucho. No sé desde cuándo, pero me gustas—aclaró—. Y fui tonta por fingir que no era así y no confesártelo por miedo a que me rechazaras. He caído dos veces en la misma trampa. Me gustas y me gusta lo que tenemos.
—¿Pero Izuku…?
—Katsuki, Izuku me gusta, pero no como me gustas tú. Y yo… yo le gusto pero sólo queremos ser amigos. Además, él está conociendo otra persona.
—Ya… ya me ha dicho esa mierda… —intentó recordar, sin saber en qué momento se había enterrado en la cintura de Ochaco—. ¿Te ha dicho quién es?
—Es un secreto.
—Es un tío ¿no?
—¡Katsuki!
Se quedaron en silencio un momento, mientras Uraraka le pasaba los hielos por el cuello y él se abrazaba ella.
—Katsu—susurró entonces ella, risueña.
—¿Qué?
Ochaco empezó a reír bajito, alegre.
—Vaya manera más poco romántica de terminar nuestra historia—rio, abrazándose a él con fuerza—. No me la habría imaginado en un baño público de una discoteca aleatoria. En los mangas siempre es más épico.
—Tsu.
Katsuki no pudo evitar sonreír, con la risa galante y confiada.
—¿Y qué quieres? ¿Quieres purpurina y ñoñerías cursis y horribles?
—También quiero otras cosas… —dijo poniéndole la mano en la entrepierna a Katsuki—, pero me da que estás muy borracho.
Katsuki casi da un salto en el sitio, descubriendo al fin a la Uraraka cómplice y cercana de siempre. También a la atrevida.
—No es el día, no… —aceptó él, lanzándose a besarla.
¡Cómo había echado de menos su boca! ¿Cómo podía haber subsistido toda la noche sin ella? Sin su olor a vainilla, su piel aterciopelada, su cuerpo curvo y mullido… Su risa. Qué alivio para el alma oírla reír. Esa risa que se escapaba de entre los labios de ambos.
—Eres un viejo, Katsuki, sabes a Whisky —anotó Uraraka, tomando la iniciativa del beso, sentándose sobre él.
—Y tú una villana—remarcó él, agarrándola del culo para rozarse contra ella—. Te gusta jugar conmigo.
—Pues claro—le sonrió ella, aprovechando la postura para acariciarle la cara—. Estás muy guapo.
—Tú también.
—¿Incluso con el ojo morado?
—Incluso con el ojo morado—afirmó Katsuki, dándole ahora un beso suave en la cara, cerca del párpado—. Venga, habla de una vez, qué mierda ñoña y romanticona quieres hacer para cerrar la noche. Estás deseando decirlo.
—¿Quieres que hagamos... alguna guarrada? —casi le susurró al oído, coqueta.
Él la miró desafiante y sorprendido.
—No pienso echarte un polvo cutre en este sitio asqueroso.
—¿Desde cuando eres tan sofisticado? —bromeó Uraraka.
—Desde que llevas un ojo morado y collarín, cuando te lo quites hablamos—se explicó—. Aunque puedo hacerte otras cosas si quieres...
Katsuki, que tenía a Uraraka sentada en cima a horcajadas, la movió un poco, lo suficiente para abrirse paso con la mano entre las piernas. Ella se mordió el labio, mientras se dejaba acariciar.
—Quiero algo como… —intentó explicarse, con la mano de Katsuki en aquel lugar tan peligroso—...como en las pelis.
Katsuki alzó una ceja y paró lo que estaba haciendo, muy sorprendido.
—¿Quieres que me pelé a muerte contra alguien? —preguntó confundido.
—¿¡Qué!? ¡No! —gritó entre risas ella.
—Pues esa son las pelis que te gustan.
—Hablo de clichés tontos… quiero… no sé—intentó meditar—. Colarnos en algún sitio, que nos llueva encima, besarnos en un portal, que me grites que me quieres delante de mucha gente…
—No voy a gritar eso delante de nadie… —negó Katsuki.
Ella solo se rio.
—Y tengo hambre.
Él también. De ella, de noche y de comida.
—¿Quieres que siga o quieres que nos larguemos de aquí?
Ella se rio y él captó el mensaje mental. La besó hambriento y luego la levantó consigo de aquel asiento blanco y ridículo.
—Pues nos largamos ahora mismo a por una sobredosis de azúcar.
Katsuki y Uraraka salieron del cubículo del baño donde habían estado abrazados y se lanzaron a la pista a despedir a sus amigos, o lo que quedaba de ellos. No dieron explicaciones a nadie, pero se fueron de allí cogidos de la mano.
Afuera estaba clareando, señal de que pronto amanecería. La noche se marchaba con una brisa fresca y los animales nocturnos dejaron de hacer ruido para escuchar a los pájaros. Por el camino hablaron bien las cosas, se dijeron cómo se sentían y lo tontos que habían sido. Uraraka le explicó que la noche que discutieron fue a buscarlo, pero se encontró con Izuku e Iida, que la detuvieron. Luego no tuvo valor para hablar con él y de ahí el resto de la historia. Katsuki aceptó que él había sido un poco cretino y que prometía mejorar todo lo que pudiera ese carácter suyo; aunque bueno, Uraraka lo conocía lo suficiente como para saber leerlo entrelíneas. Además, en el fondo le gustaba Katsuki con todos sus defectos y virtudes.
Luego deambularon por la ciudad como dos adolescentes enamorados, se colaron torpemente en un parque y se tumbaron a intentar ver el amanecer desde la colina más alta. Sin embargo, les saltaron los aspersores y aunque se parecía al deseo de Uraraka de llover, poco tuvo de romántico ni erótico. Sólo se rieron con ambos trajes manchados de barro.
De hecho, lo de subir a la colina no había sido muy buena idea. A Uraraka le empezó a doler horrores el costado y Katsuki acabó cargándola en volandas cuesta abajo. Menos mal que la chica era ingrávida.
Acto seguido, pararon a desayunar en una crepería ambulante mientras el sol se colaba por los edificios. Esos cristales de luz que bañaban Tokio.
Finalmente, Katsuki acompañó a Ochaco a su casa, cediéndole su chaqueta, como el galán de película que era. Por el camino hablaron del futuro laboral de Uraraka, a quien Ryuku había ofrecido un contrato indefinido.
—Te lo mereces.
—Lo sé, pero estoy muy nerviosa.
—Lo harás genial.
—¡Qué emoción!
Cuando llegaron a la urbanización de Uraraka, estaban tan metidos en la charla que se sentaron en los columpios del parque infantil de la zona y hablaron un rato más hasta que llamaron por teléfono a la castaña.
Eran sus padres. Y era normal, porque era muy tarde. O más bien temprano.
—Ya voy, estoy aquí al lado de casa—dijo antes de colgar—. Sí, estoy bien, apenas me ha dolido nada, lo prometo.
Luego miró a Katsuki, que se balanceaba levemente a su lado en el columpio contiguo.
—¿Te vas ya?
—Sí, mis padres estaban preocupados—explicó—. Querían saber que estaba bien. Y sorpresa… ¡Han hecho crepes!
—No me lo puedo creer… —bufó Katsuki—. Lo vuestro no es normal. ¿Piensas volver a desayunar?
Uraraka hizo amago de despegar los labios, pero Katsuki se le adelantó.
—Por supuesto que sí—afirmó el rubio, poniéndose en pie—. El monstruo de la diabetes nunca descansa.
No la acompañó hasta la puerta, por miedo a que sus padres los pillaran, así que se despidieron en la equina de la escalera. Uraraka vivía en los típicos pisos de hormigón de nueve plantas y cuatro apartamentos por piso.
—Hablamos mañana—dijo Katsuki, rodeándola con los brazos.
—Hablamos mañana—se cobijó en él la castaña.
Adoraba los abrazos con Katsuki. Siempre se sentían perfectamente reconfortantes, cálidos, húmedos y extrañamente tiernos. Le encantaba abrazarlo. En la calle, en la cama, en el parque, furtivamente en los entrenamientos, sudado, duchado, sin ropa, en pijama… Que bien se sentía que aquello volviese a estar bien.
Luego se despidieron con un beso. Un beso suave que se tornó apasionado.
—Joder, no me quiero ir…
—Y yo no quiero que te vayas…—coincidió ella—. A ver dónde nos vamos a ver ahora que dejamos la UA.
Aquello último lo dijo con cierta picardía.
—Porque... creo que hemos dejado algo a medias...
—La bruja hace yoga los sábados por la mañana… y mi padre aprovecha para huir de casa.
—Katsuki me da vergüenza profanar tu casa— dijo coqueta.
—No te hagas la íntegra, no sería la primera vez.
Lucharon por terminar aquello de alguna manera, con un último beso que no quería huir de sus bocas.
—Te quiero, Ocha.
—Y yo a ti, Katsu.
Luego se miraron cómplices y sonrojados.
—Esto es muy raro… —expresó Uraraka, rompiendo el abrazo.
—Sí que lo es… sí.
Sin más, Katsuki le dio un beso corto y se largó.
Así era él.
Se habían prometido verse el lunes, cuando fueran a la UA a recoger sus pertenencias. No había más plan, pero no les hacía falta.
Desde la barandilla de la novena planta de edificio colmena en la que vivía, Uraraka lo vio marcharse. Él la despidió con la mano, le gritó algo que no entendió y desapareció entre los edificios. Ella solo le sonrió como una tonta enamorada, abrumada por el cúmulo de emociones, pero aliviada de alguna manera por haber sido sincera, sobre todo consigo misma.
Después de todo, eso es lo que le había confesado a Izuku aquella noche. Aquella noche en que al fin había aclarado sus sentimientos.
—Izuku... ¿qué es eso que querías contarme? —le había preguntado.
—Ah... sí... —se puso nervioso.
Él sonrió, muy tímido y rojo como una manzana de caramelo.
—Cuando nos fuimos... quise decírtelo, pero estaba muy confuso—se explicó—. Verás, tú siempre has sido una gran amiga para mi, Uraraka-san—se confesó—. Y... todo este tiempo te he ocultado un secreto.
Uraraka meditó aquello y sin pensar, comenzó a hablar, tomándolo de la mano.
—Izuku, tengo algo que decirte—había empezado—. Yo también te llevo ocultando algo durante meses... creo que es muy obvio y quizás ya lo sabes.
—Soy todo oídos—había respondido el otro, cercano, con una sonrisa.
—Creo que estoy enamorada de Katsuki—dijo sin rodeos—. Sé qué es irracional y una locura y que somos super diferentes y Katsuki tiene un carácter de mierda y es un poco idiota pero... me gusta mucho. Llevamos saliendo a escondidas unos meses.
Izuku sonrió. Se guardó sus sentimientos para sí mismo y sonrió. Con todas sus fuerzas. Sonrió, amplia y llanamente, porque en el fondo era feliz si su amiga era feliz.
—Creo que ya lo sabía... —confesó—. Se te notaba en cómo hablabas siempre de él.
—¿En serio?
—Sí—afirmó. Luego cambió el gesto a uno más serio—. ¿Es por eso que estabas llorando? ¿Habéis discutido?
Ella asintió.
—Hoy le he dado a entender que no le quería... me siento fatal.
—¿Y por qué le has dado a entender eso?—preguntó inocente Izuku.
—Pues porque tengo miedo de decirle lo que siento y que me mande a la mierda.
—Te entiendo—dijo cómplice—. Pero es peor la pérdida que el miedo a no ser correspondido.
Volvió a sonreír, apretando la mano de ella.
—Quizás tienes razón.
—La tengo—dijo cómplice, en un susurro.
—¿Qué era ese secreto que querías decirme? Perdona, que te he interrumpido con mi arrebato.
Izuku cambió el gesto. Obviamente no quería incomodarla ni confundirla, así que guardaría sus propios sentimientos para él. Esos que se llevaría en secreto a la tumba, compartidos únicamente con Katsuki irónicamente. Como todos los grandes secretos de su vida.
—He... conocido a alguien que me gusta mucho en América— y de alguna forma no mentía—, y quería que lo supieras porque... estoy hecho un lio y necesito el consejo de una buena amiga.
—¡Pues marchando un buen consejo sentimental de una desastre amorosa!
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.
.
—¿Por qué no le has dicho a tu novio que podía pasar? —sonó de repente la voz de su madre tras ella, desde el interior del piso de Uraraka cuando todavía estaba asomada por la barandilla, viendo marchar a Katsuki.
Uraraka, por supuesto, sufrió un infarto al oírla.
—¡Mamá! —gritó, luego vio a su padre también asomado a la puerta—. ¡Papá! ¿Qué hacéis ahí? ¿Habéis estado espiándome?
—No, cariño—negó su madre.
—Sólo un poco—añadió su padre.
—¡Pero qué hacéis! ¡Qué vergüenza! ¡¿Por qué sois así!?
—Ay hija, que no es para tanto—se rio su madre, entrando en casa seguida de una Ochaco roja como un tomate—. Todos hemos tenido tu edad antes.
—¡Pues peor me lo ponéis! —se defendió Uraraka.
Uraraka se sentó a desayunar a la mesa mientras discutía con sus padres, los cuales no paraban de reír y de hacerla rabiar.
—Es muy guapo el chico, ¿no?
—Un novio muy formalito, sí.
Sólo cuando se metió en la cama, con la resaca emocional y física, se dio cuenta de que efectiva y tácitamente eso era Katsuki, ¿no? Su 'novio'. ¿Le habían puesto nombre a lo que tenían? No sabía si 'novio' era la mejor palabra para calificar a Katsuki, pero de alguna forma se sentía extrañamente feliz. Qué raro sonaba. Qué rara era aquella idea.
Abrió su teléfono, donde tenía un mensaje del susodicho:
No ha habido lluvia, kárate a muerte, ni declaraciones vergonzosas en público, pero me alegro mucho de haber cerrado la noche contigo. Escribir mierdas cursis no se me da bien y lo sabes, pero me alegra que hayamos hablado hoy. Lo mejor que me ha pasado este año ha sido quedarme encerrado en el baño aquella tarde contigo. No tengo ni puta idea de lo que será de nosotros después de la UA, pero sea como sea, quiero que estés. Te echaba de menos, mucho de menos. Buenas noches, Mochi. Te veo el lunes.
PD: Cuidado con las sobredosis de azúcar, no quiero que me salgan caries de chupar caramelos tan dulces.
Obviamente lo último fue un eufemismo muy en el tono de Katsuki. Un conocido calor le subió por el vientre. Ella también lo echaba 'físicamente' de menos. Releyó un par de veces más su mensaje, le contestó como una tonta enamorada y después se quedó en la oscuridad con una sonrisa, dispuesta a dormirse.
Que suerte más tonta haberse quedado encerrados en un baño, pensó.
No tenía ni idea de lo que le deparaba el futuro, pero le gustaba la idea de tener a Katsuki en él.
A Katsuki.
Qué raro. Abrió la conversación con él y miró su foto de perfil.
Él.
Qué suerte de acontecimientos más extraña.
Bakugo Katsuki.
Tenía que ser precisamente Bakugo Katsuki.
En su foto de perfil salía con Mina y Kirishima haciendo el idiota. Salía muy guapo.
Esa foto la hizo ella, durante un entrenamiento. Tal vez por eso solo ella sabía que el Katsuki de la foto sonreía porque la estaba mirando a ella.
La vida es extraña. Jamás pensó que se enamoraría de ese idiota.
—Tenías que ser tú...
Sonrió.
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.
.
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FIN
Holi! Espero que os haya gustado el capi final. Sé que es largo e irregular, con un ritmo raro y sin giros clásicos, pero me apetecía escribir algo así. He dejado a los personajes vagar por la realidad y ha salido esto. Espero que no os haya defraudado o que al menos os haya hecho sentir un poco adolescentes.
Sin más, me despido de esta historia. Me ha costado mucho terminarla porque últimamente me cuesta mucho escribir aquí y sacar ánimo para publicar. No sé por qué, pero siento que el fandom se apaga y que cada vez la gente se vuelve más anónima leyendo. Es un poco desesperanzador, pero al menos me alegra saber que si este relato acompaña a alguien y le saca una sonrisa, habrá valido la pena.
Tengo más historias cortas, si tengo ánimo las publicaré pero no prometo nada. Son dos izouchas, un Kacchaco y un Bakudeku. También retomaré mi historia HTTYD. Todo se verá jajaja
Si os ha gustado esta historia, os invito como siempre a entrar en mi perfil y leer alguna otra. Y por supuesto, ¡soy toda oídos a recomendaciones!
Muchas gracias a todes por estar y seguir esta historia. :D ¡Nos leemos!
REVIEWS
Soledad Maticora: un millón de gracias por tu maravillosa y extensa review. Me dio la vida y me animó mucho. Y SÍ, Ochaco estaba divida en el capi anterior pero es normal. Cualquier lo estaría. Siempre se idolatran los sentimientos platónicos y el 'qué hubiera pasado si me hubiese confesado'. A parte, ¿quién no estaría enamoradx de Izuku? jajaja No la culpo. Y sí, Katsuki siempre lo he visto como un personaje fuerte pero creo que su autoestima se queda siempre mermada por Izuku, así que el tema le iba a afectar xD ¡Y explotó! Pobre... tiene que gestionarse mejor. Menos mal que en esta historia va al psicólogo jaja E Izuku, si has llegado hasta el final de este capítulo, creo que sí que se guarda sus sentimientos para sí y les ha dado un empujón a los otros dos. Es así de bondadoso. Ahora bien, sobre quién es la otra persona que le gusta... eso lo dejo a vuestra imaginación.
Guest: ¡GRACIAS POR TU REVIEW! Estaba en un bache con la historia y me animó mucho a terminarla. Espero que te haya gustado el final.
