Aleksei se despertó en una cama ajena, las paredes blancas y la pequeña estancia que no conocía de nada hizo que se levantase sobresaltado hasta que sintió el doloroso tirón de una aguja en su muñeca que le conectaba a una máquina de dialisis, una de sus piernas reposaba en alto en un cabestrillo ya ensellado y sentía como si su caja toráxica fuera empujada hacia dentro; le costaba respirar. Apretó los dientes y reposó la espalda hacia atrás al mismo tiempo que una enfermera entraba en su pequeña habitación.

—Aleksei Crowley ¿cierto? —él solo respondió con un resoplido, mientras ella miraba una pequeña tablilla colgada a los pies de la cama—. Has estado durmiendo por dos días enteros.

—¿Qué leches es esto? —preguntó levantando el brazo, su voz estaba completamente tomada y apenas salió un ronco sonido casi imposible de entender.

—Un calmante, para el dolor. Tuviste un accidente en un duelrunner ¿lo recuerdas? De milagro estás vivo, tienes la pierna fracturada, así como varias costillas rotas —eso explicaba por qué le costaba respirar—, quemaduras varias…

Cuando Aleksei dejó escapar una bocanada pesada de aire la enfermera detuvo aquella lista, que poco a poco le iba pareciendo la lista de la compra. Debía haber muerto, era lo obvio. Había escapado por los pelos, pelos que gracias al casco no se había quemado pero desde luego no iba a necesitar cuchilla para algunas áreas con sus nuevas quemaduras. Una semana, sentenció la enfermera, una semana para que le dieran el alta.

Mientras trataba de recordar el momento exacto en que perdió el conocimiento recordó la carta que había robado; Ankuriboh, que encontró descansando en una pequeña mesita que tenía al lado. Estiró su brazo derecho pero en vez de tomar la carta se dio cuenta de que algo había cambiado.

Dibujado en un rojo intenso sobre su piel, la marca de la cabeza de algún tipo de criatura, o incluso una pinza si se le echaba imaginación, dibujada en trazos rectos. Pasó sus dedos por encima, dándose cuenta de que las marcas se sentían exactamente igual que tocar la piel. Repasando sus recuerdos se dio cuenta de que era la zona donde le dolía en su último duelo. Resopló y con pesadez dejó caer el brazo cerrando los ojos, volviendose a dormir.