Cuatro días encerrado en aquel lugar, levantándose cada poco tiempo para dar algún paseo por el pasillo acompañado de una enfermera y usando dos muletas para caminar por culpa de su pierna. No le importaba demasiado caminar con ellas, lo que le molestaba era el picor que llegaba justo al límite del yeso, más de una vez uno de los enfermeros le golpeó la mano para que se estuviera quieto.

No hubiera reparado en aquel día sino llega a aparecer una mujer oronda y bajita por la puerta de su habitación. Su pelo dividido entre el negro y el blanco y rizado, así como su piel canela, era lo primero en lo que Aleksei se fijaba.

—Jefa, ¿qué hace aquí? —preguntaba mientras intentaba urgar bajo el yeso de la pierna.

—Visitar a mi repartidor. Me contaron lo del accidente, no me lo creía del todo..

Aleksei levantó la ceja, a su perspectiva su jefa era un cielo de persona pero se preocupaba demasiado por la gente. Podia ver como su respiración era entrecortada y acelerada, unas ligeras gotas de sudor caían por su frente y su cara se había vuelto blanca cuando le vio.

—Si, debió ser un fallo de la moto. Algo habré hecho mal

—¿Con el mimo que le echas? No he visto mecánico mejor que tú en toda Satellite —demasiado perspicaz—. Eso no tiene pinta de tatuaje ¿es una quemadura? —demasiado lista.

Aleksei miró su antebrazo derecho sabiendo exactamente que se refería a la extraña cabeza de dragón de color carmesí. Asintió con la cabeza tapándola con la mano. Podía sentir como la mirada de la mujer le examinaba de arriba abajo, cada gesto, cada movimiento involuntario, cada transpiración. Era un sabueso buscando pistas. Poco a poco fue haciéndose el silencio y cuando cerró la puerta tras de ella comenzó el interrogatorio.

—No fue un accidente —declaró él sabiendo que era inútil ocultarle nada.

Dorothea Gonzales, 60 años, excomisaria de policía. Regentaba una pequeña panadería-repostería llamada "El Perro Feliz" en Satellite en la que Aleksei trabajaba desde hacía cinco años, poco después de jubilarse de forma anticipada. Su pasión por la repostería, la insistencia de su hija y el dinero de la jubilación le dieron suficiente empuje para hacerla una de las mayores reposteras de la ciudad.

—De alguna forma una persona me forzó a tener un duelo con él, y los ataques de sus monstruos hacían daño real. La moto explotó por eso

Dorothea no dejaba de examinar al chico pudiendo ver cada reacción que tenía: la mirada perdida, el mordisco en el labio inferior, como sus dedos apretaban la marca. Ella no lo sabia pero el recuerdo de aquel monstruo dragón se había quedado grabado a fuego con las llamas de la misma criatura.

Apoyó la mano en el hombro del chico reconfortándole. En sus ojos no había miedo, era lo que más la sorprendía, era una mirada que había visto mucho en su época de policia: venganza.

—Prometeme que no harás locuras.

—No prometo nada —respondió él con una sonrisa. Aunque quisiera, no podía hacerlo, no tenía cartas ni motocicleta—, ¡Oh! ¿Qué harán con el puesto en lo que estoy fuera?

—Decidimos no hacer más repartos a domicilio, así que recupérate con tranquilidad y si necesitas algo ya sabes donde llamar, ¿vale, Alek?.

La mujer se despidió tras echarle un vistazo al reloj, cerrando la puerta tras ella.