Algunas quemaduras se quedarían en su cuerpo toda la vida y, aunque habían sanado, varias no tenían un aspecto agradable. Dorothea le había traído ropa de su casa el día anterior, y colocarse las prendas fue alto tortuoso para él con el roce de las cictrices. Salió de la habitación con una muleta y cerró la puerta detrás de él con las riendas de una mochila cruzando su torax. El yeso había sido removido el día anterior y cojeaba debido al sentimiento de debilidad que penetraba hasta sus huesos.
De alguna forma sentía que comenzaba algo nuevo para él, no necesariamente bueno, pero nuevo. Sin Dwheel, sin cartas, con quemaduras por su cuerpo, se preguntaba qué iba a pasar con él mientras trataba de caminar lentamente por un pasillo vacío hasta las escaleras para bajar de piso. Se plantó delante de ellas y por un segundo miró el ascensor, levantando el brazo como gesto para alcanzarlo. Rabia nació de él, indescriptible y fugaz, golpeó la barandilla de madera de las escaleras con su puño para luego agarrarlo y bajar por la escalera con una ligera mueca de dolor al apoyar en su pierna debilitada.
Una, dos, tres. Fue contando las escaleras una a una, respirando en el descansillo por unos segundos para seguir bajando.
—Supongo que debería coger transporte público —dijo en voz baja a los pies de la escalera, tras haber bajado un par de pisos.
La gente iba y venía en todas direcciones, las conversaciones en voz baja se agolparon en su cabeza una a una y por unos momentos su respiración se cortó. Podía sentir las miradas penetrantes de la gente curiosa. Su respiración se reanudó, acelerada, agitada. Cuando se dio cuenta se sujetaba la cabeza con una mano mientras la otra frotaba la pierna débil tras sentarse en las escaleras por instinto. Las púrpuras llamas del dragón calavera recorrían su mente como un remolino, aunque no tardaron en ser engullidas por llamas naranjas. No iba a rendirse ante eso. Ankuriboh estaba en el bolsillo de su pantalón, al sacarlo y verlo detenidamente la opresión de su pecho se fue y practicamente se levantó de un salto y salió del hospital con un radiante sol golpeando sus globos oculares.
—Mierda —masculló tapandose la cara con la mano libre mientras se acostumbraba al destello.
Dino le esperaba con un cigarro entre los labios, sobre su dwheel en el aparcamiento de motocicletas del hospital, cercano a la puerta. Cuando se vieron el chico dinosaurio sonrió y levantó el brazo para llamar su atención, aunque no hacía falta. Aleksei caminó hacia él.
—Vengo a llevarte a casa.
—¿Cómo sabías…? —salió de la boca de Alek.
—Te llamé al teléfono varias veces, y cuando me enteré del accidente pregunté al organizador del torneo. Él me dio la dirección de tu trabajo, hablé con tu jefa y ella me dijo cuando ibas a salir. Siendo sincero estuve esperando toda la mañana.
Dino dejó caer el cigarro y lo apagó con el pie, tendiéndole un casco al otro indicándole con un gesto que se lo pusiera.
—¿Tienes idea de lo extraño y raro que suena todo eso? —dijo Aleksei, levantando una ceja—. No me irás a hacer nada raro, ¿verdad?
—No eres mi tipo —respondió el otro, divertido—. Los prefiero bajitos y tú me sacas una cabeza de altura. Vamos, sube.
Había algo en ese chico que no podía evitar confiar. Un brillo, un fulgor. Una luz. Su carácter. Aleksei se colocó el casco y acopló la muleta donde le dijo Dino, sentándose a su espalda y abrazándolo por encima de la cintura. Dino encendió el motor de su Dwheel y condujo hacia la carretera, lejos de las autopistas de duelo.
Tardaron un par de horas en llegar. Lejos de las áreas importantes de Sattelite una pequeña casa con garaje se encontraba en medio de ninguna parte, sin que ningún muro limitase su terreno.
—¿Vives solo? —preguntó Dino.
—Sí… Espera, el garaje está abierto. Apaga el motor.
Dino no hizo esperarse, apagó el motor y Aleksei fue cojeando por al menos cien metros con la muleta en la mano a modo de garrote. Se escondió en una esquina del garaje y al girarse con la muleta en alto se detuvo en seco.
Allí estaba, como nueva, con un blanco mate reluciente diciendole "Buenos días". Behemoth. Su Dwheel.
La muleta cayó de sus manos y caminó hasta el vehículo, acariciando las líneas perfiladas y la carrocería nueva. Los materiales eran de primera calidad, lo podía sentir bajo la yema de sus dedos, no era algo que se recogiese de la chatarra. Las llaves estaban en el contacto así que no dudó en encenderlo y darle al acelerador con las manos temblando como un niño ante un juguete nuevo. Tragó saliva y montó la Dwheel, chascando su columna en el proceso debido al sillín. Conectó el Duel Mode y dejó su espalda reposar en lo que podría ser lo más cómodo que había tocado su cuerpo. Acariciando la goma del acelerador y jugueteando con la palanca del freno miró hacia la puerta; Dorothea, Dino y la mujer del museo estaban a unos metros de la puerta en un círculo abierto. Bajó de la Dwheel y caminó hacia ellos.
—¿Has sido tú? —preguntó a Amsu.
Ella afirmó con la cabeza entregándole una libreta vieja y doblada, con algunas hojas sueltas, que reconocía muy bien.
—Tu jefa lo tomó prestado. Gracias a tus apuntes he podido mandar a hacer una réplica.
—¿Por qué?
—Aquí no. Mañana vendrá alguien a recogerte a primera hora, querrás disfrutar de tu Dwheel.
De nuevo, era como si mirase hacia arriba en vez de en frente. Con un teléfono móvil en la mano, Amsu se había metido en su mundo mientras un coche negro venía a recogerla a cien metros de la puerta. En aquel mismo instante no solo se había enterado de que había sido ella quien rehizo su Dwheel desde cero, sino que había pagado sus facturas médicas… Y algo le decía que era por la marca de su brazo.
