Sentimos la tardanza, el "reescritor" (yo) padece de depresión y a veces se hace una bolita en la cama y no quiere hacer nada.
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Había pasado una semana desde el primer incidente con los digimon y la relación entre Diego y Dorumon no parecía haber mejorado. El digimon no paraba de quejarse de todo lo que hacía el humano, incluídas ciertas cosas cotidianas como sus horarios de dormir, roncar y despertarse como su forma de comer así como su rendimiento contra otros digimon, habiendo otro incidente dos días después de aquello y tres días tras el segundo.
No solo eso, también se había quejado de la poca resistencia del muchacho al correr por lo que el mismo digimon le había obligado a comenzar a ejercitarse todas las tardes, pero ese día ya había corrido para llegar lo más pronto posible al campo de realización de un digimon y tuvo que detenerse a mitad de camino. Tomó su botella de agua y le dio un pequeño sorbo, enguajándose la boca y escupiéndola cerca de unas flores.
—¡Diego, cuánto tiempo! —exclamó una voz detrás de él que le erizó la nuca. Nunca había pensado en que escucharía de nuevo esa voz—. ¿Estás bien? Pareces agitado.
Había sido amigo de aquel chico en su infancia pero al llegar a la adolescencia sus caminos dieron un giro: él se volvió popular por su atractivo temprano en la adolescencia para el sexo opuesto, dejando de lado su amistad con Diego. Lo miró amargamente. Su sedoso cabello castaño y sus ojos canelos que casi llegaban al rojo eran odiados por Diego. ¿En qué estaba pensando? No, no fue así realmente la cosa. Él fue quien se alejó, no Arturo. Él era un lastre a su creciente popularidad y por ello decidió abandonarlo.
Era un cobarde.
—Hola, hace mucho. Sí. Estoy con una rutina de ejercicios, me ha gustado verte —mintió—. Hablemos otro día ¿vale?
Y retomó la marcha tan rápido como pudo. Cada par de pasos aceleraba tratando de que su mente no le gritase "cobarde", y cuando se quiso dar cuenta el aliento le había abandonado hace rato y, por si fuese poco, se había perdido.
—Maldita sea… —masculló—. Debería evitar que me afecte tanto…
—¡Coincido! —dijo Dorumon desde el reloj—. Era tu amigo a fin de cuentas, ¿no?
—¿Cómo sabes tú eso?
Se dio cuenta de que había llegado a la relojería por lo que su pregunta quedó en el olvido. Apoyó su mano en el escaparate, pensativo: ella le había dado el reloj ¿y si conocía a los digimon? Quizás ella le podría decir porqué están asaltando el mundo humano con tanta… desesperación. Sí, era era la palabra. Todos los digimon con los que se había enfrentado hasta ahora eran como toros en una plaza; desconcertados, asustados y agresivos.
Cuando se quiso dar cuenta la relojera le miraba a través de la puerta de cristal con cierta sonrisa, provocando su sobresalto.
—Diego ¿vas a pasar?
—¿¡Cómo sabes mi nombre!?
—Conocía a tu madre, Rosalía. Yo me llamo Kaede, iba a cerrar y a hacer un poco de té ¿quieres?
Diego asintió con la cabeza. Quizá eso fuese lo mejor para calmar sus ideas. Avanzó con la mujer hacia el interior de la tienda una vez ella colocó el cartel de cerrado, llegando a una pequeña pero coqueta cocina donde el olor al té de grosellas no tardó en llenarla por completo. Cuando le dejó una pequeña taza de té delante de la pequeña mesilla donde se habían sentado los labios de Diego se movieron solos:
—¿Podría decirme cómo consiguió mi reloj?
Kaede se lo tomó como si hubiese esperado aquella pregunta desde el principio, ella le ofreció una pasta y respondió cuando mordió la suya.
—No, lo siento. Pero puedo decirte que ese día no fuiste el único. Dos niñas y un joven después de ti, y hace una semana un chico de aproximadamente tu edad, ¿cómo se llamaba…?
—¡Percibo un digimon! —gritó Dorumon desde el reloj—. ¡Diego, es de los peligrosos!
Más malas noticias. Diego sintió como su camiseta se iba adheriendo a su espalda producto del sudor frío que bajaba por su columna.
—Debo irme…
—¡Cuídate! —respondió Kaede sonriendo.
Pero antes de irse tomó otra pasta y se la llevó a la boca mientras caminaba hacia la puerta. Diego salió de la relojería y Dorumon del reloj, comenzando a correr hacia el centro de la ciudad olvidando las miradas de las demás personas. La frase de Dorumon, "Es de los peligrosos", retumbaba en su mente. Afortunadamente la gente parecía estar más en alerta por el gran domo de humo blanco que se había formado que por un monstruo perruno del tamaño de un caballo pequeño corriendo como si fuese un dinosaurio carnívoro al lado de un muchacho.
Aún no había llegado la policía ni los bomberos, pero las sirenas les hizo indicar que no tardarían en llegar. Era normal que se confundiese con un incendio. Torcieron varias calles antes de entrar en el domo que encerraba un parque principal de la zona. Diego se sorprendió al ver que a diferencia del primero todas las cosas de dentro se veían casi perfectamente salvo por la suave bruma que aún salía de algún lado.
—Está casi por completo en este mundo —aseguró Dorumon—. ¿Dónde está?
Miraron en todas direcciones, pero no vio nadie; ni digimon ni humanos. Pero sí había visto la destrucción que había causado el digimon arrancando algunos cajeros, destrozando algunos coches con lo que parecían mordidas y arrasando con una pequeña tiendita. Dorumon se fijó ente los árboles del parque y en ese momento una pantalla holográfica apareció dándole los datos del digimon:
Boogiemon. Nivel adulto. Demonman. Tipo Virus. Digimon que contiene numerosos conjuros y maleficios gracias a sus tatuajes. Es un cobarde que prefiere atacar por la espalda.
—¿¡Por la espalda!? ¡Dorumon, cuidado es una emboscada!
Tarde. El digimon apareció de la nada atacando la zona entre las alas de Dorumon con su tridente, afortunadamente Dorumon era rápido de reflejos y pudo saltar hacia un lado a tiempo para ver como las baldosas del parque saltaban por los aires por la potencia del choque, al darse cuenta Dorumon juntó sus manos y al separarlas invocó su espada corta y se enzarzó en una pelea a corta distancia contra el tridente y Boogiemon en donde, a pesar de la diferencia de nivel, Dorumon abrumaba al demonio con una increíble habilidad.
Pero justo al momento de darle la estocada final un tridente salió volando de entre los árboles. Diego, pudiéndolo ver en perspectiva, pasó rápidamente la primera carta de su mazo sin si quiera verla con la esperanza de que le ayudase. El Brave Shield apareció en su espalda y paró el choque del segundo Boogiemon.
—Con razón el domo era tan grande —pensó Dorumon para si, girando para meter su extremidad superior en los amarres del escudo haciendo que este tomase un tamaño más fácil de manejar para él.
Escudo y espada contra dos tridentes, Diego pronto vio que por muy bueno que fuese Dorumon con la espada había una brecha de poder entre dos adultos y una etapa infantil. Tomó varias cartas y al echarles un rápido vistazo decidió pasar una de aumento de fuerza y otra de velocidad que llegaron a Dorumon justo en el momento en que ambos atacaron a la vez y él se tuvo que defender con ambas armas. Estaban en tablas, pero ganaban terreno y esta vez era él el desesperado comenzando a pasar cartas por el lector una tras otra.
—Una más… ¡Capa de Dukemon, aumento de victoria de 60%!
La capa roja se materializó en seguida y con ella Dorumon comenzó a expulsar ingentes cantidades de energía morada, al punto en que Diego se tuvo que proteger los ojos con el brazo. Por si fuese poco su reloj no paraba de hacer un ruido de alerta y de tener la palabra OVERLOAD por toda la pantalla.
Los Boogiemon retrocedieron y Dorumon exhaló una bocanada de humo morado mientras sus ojos se contraían como los de un gato abandonando su aspecto tierno por el de un verdadero depredador. Desapareció de la vista y cuando regresó a pocos metros de su posición original uno de los Boogiemon había sido cortado en dos con una facilidad exagerada.
—¿He-hermano? —gesticuló el Boogiemon viendo como Dorumon absorvía los datos, sintiendo una lágrima caer por sus mejillas.
Trató de escapar del domo, volando a toda velocidad en lo que Dorumon absorvía los datos pero fue rápidamente alcanzado por la bola de cañón producto del estallido de un trueno. Y con la desaparición del último Boogiemon el humo blanco comenzó a disolverse.
—Diego, vámonos de…
Dorumon cayó al suelo convertido en nada más que una pequeña parte de si mismo, aunque no hubo desprendimiento de datos Diego estaba seguro de que la energía que había usado le había llevado a tomar esa forma. No tardó en recogerlo en brazos y regresar a casa con el pequeño Dorimon y echar a correr tratando de esquivar a todas las personas que pudiera, aunque afortunadamente ninguno pareció darse cuenta de su existencia.
Cuando regresó a casa Daniel, su primo materno de dieciocho años, le echó en cara haber dejado sola a una niña pequeña como lo era su hermana y sin avisar. Sintiéndose mal se asomó al cuarto de Rosa preguntándole cómo estaba según abría.
Rosa estaba jugando con un peluche de Viximon, su favorito, que tenía desde los cinco años.
—¿Y ese Dorimon que llevas en los brazos? —preguntó a modo de "respuesta".
—Lo vi y lo compré —respondió rápidamente tratando de parecer convincente. El reloj se había roto y además Dorumon había vuelto a una de sus fases primarias, pero Rosa no se mostró conforme con la pregunta sobretodo cuando el Dorimon abrió los ojos y al ver la situación los cerró de nuevo tratando de parecer otro peluche—. Es mi compañero, ¿vale? No se lo digas a nadie…
—De acuerdo. No se lo diré a nadie.
Diego cerró lentamente la puerta aunque una pequeña presión impidió que lo hiciera del todo.
—Diego, me alegro por ti.
—¿Gracias?
Rosa cerró la puerta y Diego se marchó a su habitación con idea de buscar ese maldito manual de instrucciones del reloj.
