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—¡Diego! —gritaron Sofía y Daniel cuando llegaron al parque, encontrando a éste con lágrimas en los ojos plantado en el sitio, impotente por no haber podido hacer nada.
—Desapareció delante de mí… —apretaba tanto los dientes que la mandíbula comenzó a dolerle.
—Daniel, ¿sabes donde está su guarida? —preguntó Sofía.
—Creo saber donde podría estar, pero no lo entiendo ¿por qué Dorumon y no otro?
—Eso confirma que Dorumon es Alphamon —respondió ella.
—¿¡Qué!? —gritó Diego—. ¡Tú lo sabías! ¡Diana Sofía qué te dijimos sobre los secretos!
—¡Yo tampoco lo sabía hasta que me abrazó! —gritó elevando el tono por encima de Diego.
Daniel no esperó a que aquello se saliera de lugar y cortó la discusión de raíz. No había tiempo que perder, y les condujo a las afueras de su barrio bajo un puente que conducía a un sistema de alcantarillado en desuso. Las grandes tuberías aunque secas, todavía seguían teniendo algo de moho en las paredes cilíndricas y un increíble hedor que penetró en las fosas nasales, pero poco a poco aquello cambió gracias a una tenue niebla que los tres supieron en seguida que era con el olor cambiando poco a poco a incienso.
Tras atravesar la niebla, se encontraron dentro de una construcción con forma de semicírculo lleno de raíces de las que brotaban hojas con luz natural propia. En medio de la construcción se alzaba un monstruo de figura antropomorfa, de extremidades delgadas y fibrosas con enormes garras en las superiores y corvejones en las inferiores. Vestía pieles de animales, como si fuese alguien de una época antigua, potenciando su imagen gracias a la calavera de carnero que cubría su rostro. Golpeó el báculo contra el suelo, mientras Diego se deslizaba por la pared.
—Hijo del corazón de oro y el indestructible diamante, y vosotros hijos de la perla de la pureza —gritó el digimon en tono melodioso, cantando.
—¿¡Dónde está Dorumon!? —preguntó Diego cada vez más histérico.
—¡Ahí está, joven! —señaló hacia una pared y el compañero de Diego salió de entre las raices. Diego no dudó en ir a sacarlo tratando de arrancar las raíces.
—Wanyamon, ¿por qué haces esto? —preguntó Daniel.
—Os necesito para que despierte —fue su respuesta.
Otro golpe con su bastón y las raíces taparon el conducto por el que llegaron.
—Dices… ¿Qué digievolucione? —Sofía echó la vista hacia Diego, que cada vez que arrancaba una raíz aparecían dos más dispuesto a impedírselo.
Algo comenzó a arder en el bolsillo de Daniel y sin pensarlo sacó la extraña carta azul que desapareció de sus manos disolviéndose como un diente de león y reapareciendo en las manos de Diego, y él… no dudó en pasarla por el scanner disolviéndose tras ello.
Con un estallido de luz y un rugido ensordecedor, el tierno Dorumon dejó paso a una criatura de tamaño gigantesco. De un color azul oscuro con un patrón de rayas zigzageantes en su pelaje, alzó sus enormes alas mientras sacaba sus enormes garras rojas de sus zarpas.
Dorugamon rugió tan enfadado como su tamer.
—¡Este es el comienzo de su despertar! —anunció Wanyamon alzando los brazos y elevándose en el aire.
—¡DORUGAMON, ATACA!
Ninguno de los dos se lo pensó. El Dorugamon batió las alas y voló con rapidez contra el digimon empujándolo y tirándolo contra el suelo. Una, dos, tres… hasta seis veces lanzó cañonazos de metal que al impactar en su presa sonaban como múltiples truenos sonando a la vez y levantaban una cantidad de polvo y escombros descomunal.
—¡MAGNÍFICO! —gritó Wanyamon saliendo bocaabajo lentamente de las raíces del techo, reincorporándose en el aire con una mano agarrando una raíz. Le habían hecho daño; su bastón estaba roto, su máscara rescrebrajada y un pequeño hilo de sangre corría por su pecho—. ¡Regresa con toda tu gloria, Señor del Asiento Vacío!
Dorugamon se giró, cada vez más molesto con aquel digimon, y de nuevo embistió pero esta vez con las fauces abiertas y las garras con intención de agarrar su garganta. Escasos metros de encontrarse aparecieron en el parque donde Wanyamon había hecho desaparecer a Dorumon. Era un digimon de las islas Sin Nombre. Daniel llevó a Sofía a casa, pero Diego tuvo que esperar un poco más antes de que Dorugamon volviera a su fase anterior, y a recomendación de Daniel Dorugamon estuvo haciendo el pino un buen rato antes de regresar.
En una terraza un tanto alejada de un quinto piso, una persona observaba a los primos con unos prismáticos y como se iba cada uno por su lado.
—Una familia de tamers, vaya, vaya. Hace sentir a uno un poco desplazado ¿verdad?
—Supongo —expresó una voz más grave y que provenía más cerca del suelo. Al tiempo sonó un teléfono—. Voy yo. No soy un digimon contestador —explicó sereno a su interlocutor—. Sí, vale —la llamada se colgó y volvió a dejar el teléfono sobre la mesa—. La señorita Aura la espera al anochecer.
—¿Le dejan salir a esas horas? —susurró mientras dejaba caer los prismáticos sobre su pecho, al haber desaparecido los tamers de su vista—. Es incómodo hablar con ella.
—Le aconsejo hacerlo lo más rápido y menos incómodo posible.
—No siempre es fácil, Ryudamon.
El anochecer llegó y el chico salió con cierta prisa esperando no cruzarse con su padre borracho, como casi todas las noches, y por la mañana como si no pasase nada mientras su madre adquiría un nuevo manchón violeta sobre su piel. Lo peor es que era idéntico a él, y se daba asco.
Su cita llegó, sorprendiéndose por ver una chica de tez morena, con el pelo rosa y ojos azules, vestida con piel de animales.
—¿Quién eres tú?
—Espera aquí, por favor —dijo la chica antes de desaparecer con extrema facilidad.
"Aquí". Una pequeña rotonda con el suelo lleno de pequeños baldosines, con una pequeña fuente donde algunos pájaros se bañaban por las mañanas pero que en ese momento estaba apagado. Cuatro árboles situados a los lados de los cuatro caminos daban una sombra agradable de día pero por la noche la sombra de las farolas lo convertía en un escenario un tanto tétrico y abandonado.
—A ti también te citó —habló una chica mientras llegaba por uno de los caminos, con un acento inglés y un extraño pelo verde oscuro—. Me llamo Elizabeth, y él es Ludomon.
A su lado, una pequeña criatura recubierta por una armadura y unos escudos verdes, con algunos manchones rosados, caminaba a su lado. Pero al mirar hacia abajo el chico se dio cuenta de cierto detalle.
—¿Sabes que llevas los calcetines desparejados?
Ella rápidamente miró hacia abajo y masculló un "OH MY GOD!", pero no tuvo tiempo de sentirse avergonzada puesto que notó como Ludomon se puso en guardia a la vez que Ryudamon.
Aparecía un digimon.
