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Un campo digital con forma de domo se alzó no muy lejos del lugar, a unas pocas calles de la plaza donde se encontraron. Aun cuando el manto de niebla tapaba la estructura ellos sabían que se trataba de una plaza de toros, y lo confirmaron cuando entraron al recinto y se colaron dentro de la estructura, cuyas pisadas crugieron al notar la tierra del centro de la plaza bajo sus pies.
—¿Por qué una plaza de toros? —se preguntó Elizabeth.
Una palmada en su hombro le llamó la atención y se giró cuando escuchó un resoplido que le puso los pelos de la nuca de punta.
—Oh, mierda…
El digimon resopló ladeando la cabeza mientras se despertaba. Su armadura azul y sus cuernos de oro relucían en medio de la niebla como faros en la oscuridad. Soltó un mugido, provocando que Ryudamon y Ludomon se pusieran en guardia.
Bullmon. Nivel: Armor. Mamífero. Vacuna. Digimon Mamífero que evolucionó con el poder del digimental de la esperanza. Posee un tremendo poder destructivo al cargar. Sin embargo y debido a que carga a máxima velocidad, no es capaz de girar. Se enfada con facilidad y se vuelve loco al ver algo rojo.
—Subid a las gradas —pidió Ryudamon—, si carga contra vosotros no podremos prometer pararle.
Pero el movimiento de los humanos alertó al digimon toro y cargó contra ellos con una velocidad que apenas dejó margen de error a los digimon. Ludomon se convirtió en un escudo de gran tamaño y Ryudamon lo lanzó como un disco al costado de Bullmon, provocando su desvío y el choque contra una de las barricadas, arrastrando consigo hasta llegar a un muro de hormigón donde quedaron sus cuernos clavados hasta llegar a la cabeza.
—¡Gracias, chicos! —gritó el tamer de Ryudamon mientras seguían subiendo las escaleras de las gradas.
Aquello no le hizo especialmente gracia a Bullmon, que al poder salir del hormigón cargó contra los digimon con aún más furia que antes. Elizabeth tomó una carta y la pasó rápidamente por su digivice.
—Ludomon; Modo escudo. Incremento de defensa.
—¡Sí!
Ludomon tomó su forma de digimon y saltó a los brazos de Ryudamon, transformándose en escudo nuevamente. El efecto de la carta fue inmediato y resplandeció en un leve color azul por un segundo antes del choque de los digimon. Ryudamon se vio arrastrado varios metros tratando de mantener el embite.
—¡Ryudamon, aquí te va ayuda! ¡Piel Pétrea!
Con un fuerte y grave sonido el peso del digimon samurai se multiplicó y Bullmon se detuvo en seco a tal punto en que la inercia le hizo levantar sus patas traseras. Los ojos de Ludomon aparecieron al frente del escudo y se fijaron en el Bullmon, que había agachado la cabeza.
—Ey ¿qué estás haciendo? —le preguntó inocentemente. Pestañeó varias veces antes de ver como Bullmon usaba su cabeza como palanca y provocó que los dos digimon principiantes salieran despedidos por los aires—. ¡Eso hacía!
—¡Iaijin! —gritó Ryudamon, y un aluvión de cuchillas salieron despedidas de su boca, pero todas parecían rebotar en su armadura.
—Ryudamon, ¿aún no está listo?
—¡No! —gritó este.
—Necesitamos más potencia ofensiva, y nuestros digimon son completamente defensivos —argumentó Elizabeth—. Necesitamos más potencia.
"Potencia". Esa palabra se le quedó clavada en la cabeza al joven, que tras rebuscar una carta en concreto la pasó por el lector de su digivice. Ryudamon comenzó a brillar en una hermosa y cálida luz blanca, alargando el cuerpo de este y transformándolo a su siguiente fase.
—Compañero, préstame tu poder —le pidió.
Ludomon accedió y se acompló al brazo izquierdo de Ginryumon mientras una lanza salía gentilmente de su boca para armarse. Ambos tamer pasaron otras dos cartas por su lector.
—¡Bloqueo al 60%!
—¡Contraataque!
Bullmon había perdido la paciencia rápidamente, y cargó contra los digimon nuevamente. Ginryumon clavó las garras en el suelo y tensó el cuerpo. El estallido no se hizo esperar, y la onda de choque fue suficiente para tirar a los chicos al suelo desde las gradas y hacer temblar todo el estadio. Polvo, arena, ninguno de los dos podía saber qué había pasado con los digimon hasta que una voz aguda gritó con fuerza.
—¡BOUJINHA!
El primer estallido fue seguido de otro aún más fuerte que destrozó las primeras fila de las gradas. Con todo el poder que le había dado su técnica de contraataque, Ginryumon había empalado de lado a lado al digimon mamífero con un golpe certero de su lanza desmaterializándolo en apenas unos segundos.
La sensación de peligro desapareció y ambos digimon pudieron volver a su forma base para sacar a sus humanos del montón de sillas que se había formado.
—Eso estuvo estuvo cerca… —suspiró Elizabeth bajo el cuerpo del chico.
—En efecto… —en aquel preciso momento un mensaje llegó al joven a su digivice "Lo siento, no pude ir ni enviar a alguien en mi lugar. R.A."—. ¿Entonces quién era esa mujer?
Elizabeth negó con la cabeza. Lo mejor era irse de allí cuanto antes.
Al mismo tiempo, lejos de allí, Diego podía ver a su hermana abrazando a Dorumon preocupada por su estado físico, lo que extrañó al muchacho de que ella supiera algo de eso. ¿Alguien se habría ido de la lengua? ¿Daniel, Sofia? Pero ¿por qué avisarle? Algo estaba seguro, y es que ella había cambiado; se había vuelto más fría, distante. No era propio ese comportamiento en ella. Algo le preocupaba, podía sentirlo.
—Diego, ey. ¿Te ocurre algo? —preguntó Rosa chascando los dedos delante del rostro de su hermano, provocando que este mirase a todos lados al salir de su mente buscando una excusa.
—Pensaba que era hora de irse a la cama —la cara de Rosa cambió radicalmente a un gran fastidio, casi hinchaba las mejillas.
Antes de que la niña replicase la puerta de la entrada se abrió, entrando un hombre cercano a los cuarenta de cabello y ojos castaños. Rosa gritó "Papá" antes de correr a abrazarle y este la saludó con una caricia en su cabeza.
—Hola, Rosa, ¿no deberías estar durmiendo? Bueno, casi mejor —los ojos del padre giraron por el pasillo mientras Diego salía de su habitación. Se produjo un silencio incómodo cuando detrás de él pudo ver a una mujer joven, asiática. Su pelo negro y sus ojos oscuros ya habían sido vistos anteriormente por él—. Hola, hijo —él no respondió—. Quiero presentaros a Kaede oficialmente, mi pareja.
—Papá, pero es muy joven —dijo Rosa.
—Tengo treinta y siete —respondió Kaede alegremente.
Algo creció en el estómago de Diego, no lo entendía. Ira, rabía, rencor. Un amasijo de emociones horribles que hicieron que su párpado derecho comenzara a palpitar sin control ninguno. Hizo un ademán con su cabeza y dio media vuelta por el pasillo, entrando en su habitación y dejándose caer cuando sus piernas fallaron. Las manos le temblaban de rabia, y dentro de su cuerpo un sabor amargo comenzaba a subir por su garganta. Dorumon se acercó y sin saber muy bien que decir reposó el cuerpo en las piernas de su compañero, no tardando en ser abrazado por él mismo.
