Lázaro era un chico de ojos azules y pelo rojo revuelto, con cierto aspecto intimidante, cercano a los dieciocho años. Pasaba por la relojería donde consiguió su reloj y a su compañero; un Tukaimon, que no tardó en evolucionar a una Witchmon. Y habría pasado de largo de no ser por el llamativo color rubio de un muchacho que conocía y que se encontraba dentro, por lo que decidió entrar haciendo que éste se erizara y molestara por campanita que para él era irritante.

—¡Diego! —saludó Lázaro animado y de buen humor—. ¿Tú también tienes un reloj como este? Creo que el mío es mejor que el tuyo —exclamó sonriente. Por supuesto se refería al Tukaimon que dormitaba en su interior. Diego le dirijó una mirada tan llena de fastidio que Lázaro dio un paso hacia atrás—. Bueno, era una broma. No hace falta que me asesines con la mirada.

—¿Qué quieres? —le preguntó seco.

—Estoy buscando a la encargada… oh, ahí está.

Kaede entraba por la puerta trasera en ese momento.

—¿Qué desean?

Diego y Kaede se miraron y la tensión subió enormemente mientras se encontraba cada vez más, y más incómodo. Lázaro buscó una ventana con la mirada, sin éxito, ignorando los escaparates. Diego preguntó algo, que Lázaro trató de no escuchar.

—No puedo decirte de donde lo conseguí, lo siento.

—¿Son familia? —cortó Lázaro de repente, incapaz de contener su lengua.

—¡NO! —gritó Diego, marchándose con un portazo.

—Estoy saliendo con su padre —respondió Kaede, aquello no hizo que todo se volviera mejor. Lo hizo más incómodo.

—Ah —fue lo único que el muchacho pudo gesticular en un buen rato, haciendo círculos con los ojos hasta que su bocaza volvió a abrirse—. Mis padres también están separados…

No había sido inteligente decir aquello, formándose un silencio aún más grande hasta que Kaede le preguntó porqué había ido ¿Cuánto había pasado? ¿Una hora? ¿Media hora? No lo sabía a ciencia cierta y no quería mirar el reloj para saberlo. Se fue de ahí avergonzado por su incapacidad para mantener la boca cerrada, y hubiera seguido linchándose así mismo sino hubiera chocado con una chica de extravagantes cabellos lila, y aunque protestó la joven no se giró por un solo segundo mientras corría a toda prisa. Y de nuevo fue distraido por la vista de otra persona que conocía.

—¡Ey, niño rico!

—¿El qué? —preguntó Arturo levantando una ceja.

—Acabo de ver a tu novio hace un rato —Lázaro esperaba un enrojecimiento masivo que no llegó—. ¿Estás bien? —le preguntó al poco rato.

—¿Novio? ¡Ah! ¡Diego!. Sí, estoy bien ¿por qué?

—No te enrojeciste ni…

—¡Oh, vamos. Éramos unos niños!

—Que aburrido. Oye, ¿sabías que sus padres estaban divorciados? —la cara le cambió por completo. Arturo se demacró a una velocidad que por unos segundos parecía un muerto. "Si, bueno…" salió de sus labios como un susurro—. ¿Ocurre algo?

—No, es que algo me sentó mal de repente… Tengo que irme ¿vale?

Pero Lázaro creyó que mentía. Escurría el bulto. Sus padres se habían divorciado cuando su hermana apenas tenía un año, y comprendía como podía sentirse Diego en cierta forma pero al menos él tenía una hermana. Él podría cruzarse con su madre o con su hermana por la calle y no la reconocería.

Pero por el momento quería calmar su sed así que cruzó la calle hecha de baldosas grises para cruzar a una calle central cuyos bordes tenían árboles altos y espesos que daban siempre sombra y un aire fresco, también gracias a las flores que separaban los árboles. En los días de primavera Lázaro solía sentarse en los bancos de madera de aquella calle central y disfrutar de la brisa que a veces llevaba el olor de la flores. Era su pequeño secreto. Cocacola en mano, abrió su botella y le dio un largo sorbo olvidando todo por un segundo y quedándose mirando los pájaros silvestres que habían anidado en los árboles.

—¡Oye, idiota! —cortó de repente una voz provininiente de su pulsera, pero su calma era inquebrantable y observó al pequeño digimon morado moviendose de un lado a otro totalmente acelerado—. Déjame salir, hay un digimon cerca.

El pequeño Tukaimon salió del digivice ni bien Lázaro lo tocó y se subió a la cabeza de su compañero. Siendo guiado por él corrieron por varias calles hasta que se toparon con un domo de niebla atrapando varios edificios en obras un parque infantil. Por inercia, o quizás por estupidez, entraron en el domo sin detenerse observando como un ser naranja se materializaba poco a poco al comerse los coches, el chirriar de los colmillos partiendo las chapas como si fueran nada impactó a Lázaro, que se quedó clavado en el sitio.

—Hazme evolucionar —susurró Tukaimon.

—No puedo —respondió él—, no recuerdo como lo hicimos la última vez…

Lázaro intentó recular, y al dar un paso atrás sintió como se golpeaba contra algo blando e inmovil. Sin girar la cabeza palpó la niebla dándose cuenta de que no podían salir de ahí sin derrotar al digimon, cuya cola sin terminar les permitía ver parte del esqueleto base de la criatura compuesto por diminutos cuadrados verdes a los que poco a poco se les iba adhiriendo huesos, músculos y, finalmente, piel.

Finalmente Greymon se dio cuenta de su existencia al identificar un curioso olor. Soltó el coche que tenía en sus fauces y caminó lentamente hacia el humano y su compañero sin ninguna prisa, y no aceleró hasta que Tukaimon hinchó su pecho y soltó un ensordecedor grito que detuvo al agresor en seco.

—¡Corre! —gritó a Lázaro tras el chillido embistiendo al desprevenido Greymon con su cuerpo, que si bien no le causó daño fue lo suficiente para hacerle tambalear. Sus talones tampoco habían terminado de construirse.

Pero era demasiado grande como para detenerse por un solo golpe así, y golpeó a Tukaimon con un revés de su garra, desviado por la potencia de una bola de metal.

—A tiempo —suspiró Dorumon con cierto alivio.

Lázaro estupefacto, pudo apreciar los reflejos del otro joven al pasar una carta por su reloj tan rápido como Greymon disparaba una enorme bola de fuego y se materializaba un escudo. El impacto causó chorrós de fuego en todas direcciones pero el escudo del valor se mantenía intacto.

—Déjanos el resto a nosotros —grito Diego.

Cartas en mano, el nivel de habilidad entre ambos parecía un abismo. Diego se mantenía todo el tiempo al lado de su compañero, protegiéndolo y dándole apoyo con el enorme escudo, que agarraba por las correas, y las balas de cañón. Greymon no tardó en darse cuenta de que contra ellos no iba a poder en sus condiciones y se giró contra Tukaimon corriendo hacia él a toda velocidad con la boca abierta para comerselo de una vez.

—¡Ni se te ocurra! —gritó Dorumon, lanzando el escudo como un disco que impactó en el cuerno del Greymon y le desvió llegando a tirarle al suelo.

—Doru, nueva carta —y la pasó por el lector.

Mientras Greymon se levantaba el brazo derecho del Dorumon comenzó a absorber datos como un loco hasta que una armadura con la cabeza de un Garurumon metálico cubrió todo su brazo.

¡Garuru Cannon!

Una única bala de energía azulada salió disparada a tal velocidad que el sonido tardó un segundo en llegar a su destino mientras una explosión blanca congelaba el area del impacto y construía pilares de hielo de más de dos metros como una ola que rompía en el digimon, y la niebla se marchó llevada por el viento en un instante. Lázaro pudo apreciar como el digimon de Diego jadeaba tras aquel disparo y apenas se podía mantener en pie, ambos parecían conversar acerca de eso y cortaron su conversación cuando Tukaimon y Lázaro se acercaron.

—Yo … Gracias.

—Tened más cuidado si no saben pelear —le espetó Dorumon.

—Lo tendremos —respondió Tukaimon bajando la cabeza.

—Debemos irnos, mi hermana está a punto de llegar a casa. ¡Hoy no se me escapa!

Lázaro aún no se podía creer la situación. Diego había estado sonriendo por todo el combate y su sonrisa aún estaba presente cuando se despidieron, pero no era algo de sus labios sino de sus ojos. Lo podía ver: las batallas le daban vida.

Diego marchó por el camino que usaba su hermana para llegar al centro de la ciudad con cierta prisa por encontrarla. No solía darle vueltas cuando estaba de buen humor pero ni los ronquidos provenientes del perro violeta del reloj le podían quitar el humor, o eso pensó hasta que vio a su padre salir de una tienda con una pequeña bolsa. Su padre solía hacer horas extra, así que la pregunta obvia revoloteó por su cabeza ¿qué hacía a esa hora fuera de la oficina? Mantuvo una distancia que pensó era de seguridad y le siguió cuando se dio cuenta de que no había ido a comprarse algo de comer.

Tras unos diez minutos caminando por las amplias y pobladas calles de la capital tomó su teléfono, y al instante el movil de Diego comenzó a sonar. Era su padre el que le llamaba. Tomó la llamada.

—Admiro tu perseverancia pero ¿por qué me sigues? —y se giró mirando a su hijo.

—Solo… me parecía extraño que no estuvieras trabajando.

—Pensé que era buena idea hacer la cena para variar —argumentó levantando la bolsa—. ¿Vamos a casa?

Diego no podía enfadarse con su padre mucho tiempo, y no sabía si era porque fuera su padre o porque de verdad le tenía aprecio. Se rascó la ceja y accedió pero fue detenido de caminar demasiado por el vibre constante de su reloj. "Digimon encima, Cuidado" leyó Diego de un texto que aparecía debajo de su digimon, y comenzó a mirar a todas direcciones buscando la niebla.

Todo a la vez, ni un momento de relax…