Diego estaba entre la espada y la pared, por un lado un digimon acechaba en cualquier esquina que podría matarlos y por otro lado no le apetecía tener la idea de que su padre supiera que se metía en las cosas más peligrosas que podía haber tras las trincheras de una guerra. Se ponía nervioso, apretaba los dientes y comenzaba a ponerse más y más pálido. Pero lo más importante, ¿Dorumon se había recuperado? Esa era la pregunta más importante en la mente del humano.
—Hijo, ¿te ocurre algo?
—¿Qué? No, no, no realmente. Solo pensaba —volvió a rascarce la ceja—, ¿qué tal si vamos por ahí? Hay más sombra… —señalaba una pequeña calle peatonal de aspecto limpio y que tenía una buena sombra gracias a las casas de casco antiguo que habían tapando el sol.
Su padre aceptó y según llegaban a la esquina de la calle empujó a su hijo mientras se lanzaba a un lado, sabiendo que eso no era propio de su padre ni de una persona en sus cabales miró el impacto en las baldosas de piedra: el humo se elevaba mientras las baldosas circundantes al área se habían derretido. Cuando Diego se levantó y se enteró de que Dorumon había salido del reloj dio un respingo de la impresión.
—¿En serio te asustas en un momento como este de mi? —preguntó con obvia molestia el digimon.
Pero lo más sorprendente fue cuando su padre invocó a otro digimon desde su teléfono móvil. De aspecto pequeño y regordito, casi adorable, un reptil recubierto de escamas negras no mucho más grande que un perro de tamaño medio había salido. Su cuerpo casi esférico hacía ver sus rollizas y cortas extremidades aún más pequeñas, su cola gruesa iba acorde al resto del cuerpo. Levantó su cara alargada, con cierta apariencia de geko, abriendo sus inmensos ojos negros. El cristal rojo de su frente se encendió y todas las escamas pasaron de un negro oscuro a relucir, mientras las alas de su espalda se estiraban tímidamente recordando una apariencia similar a manos humanas.
—¿Qué diablos es esa cosa? —preguntó Diego.
Pero lo que más sorprendió al muchacho fue cuando el digimon saltó sobre un segundo rayo y lo bloqueó por completo con una de sus alas, cayendo al suelo como un enorme bloque al punto de llegar a hacer temblar la calle.
Fue cuando un ente completamente nuevo y desconocido para Diego salió de entre unas nubes bajas. Era como si un Devimon y un Angemon se hubieran mezclado: iba de blanco, pero sus garras eran las de Devimon; no poseía un símbolo del mal, pero tampoco un anillo sagrado; no tenía cuernos, pero su cabello era gris; sus alas eran negras, pero aún mantenía el plumaje y su número; su casco era negro, pero era de metal. Y el manto que cubría a un Angemon normal se había extendido por todo el cuerpo del digimon dándole un aspecto más divino, y a la vez más cercano al área oscura al ser de un color rojo intenso.
—Si tanto lo quieres saber, soy Nefilmon —dijo con una voz grave, profunda, pero a la vez tan suave que resultaba hipnotizante. Un escalofrío pasó por la espalda de sus oyentes.
—Diego, reacciona —pidió Dorumon.
El chico agitó la cabeza, y cuando se dio cuenta aquel pequeño digimon luchaba contra el ángel. Tras apretar sus sienes con una mano, soltó aire y Dorumon saltó al ataque. No tenían ni idea de qué era, pero aquel pequeño dragón de roca era capaz de aguantar sus golpes levitando a unos metros sobre el suelo, daba igual los golpes con las garras que le diera, parecía no poder tener efecto en él. Quizás fuera la presión, quizás fuera querer impresionar a su padre en ese momento, o algo en su subconsciente latiendo con fuerza, Diego no lo sabía, pero en una fracción de segundo Dorumon abrió sus fauces y se lanzó contra el ángel convertido en Dorugamon mientras su reloj brillaba con una fuerte luz morada. Nefilmon ascendió con un aleteo y ambos digimon le siguieron detrás a distintas velocidades.
—Hijo, Onymon es un poco lento volando y no tiene el mejor ataque, pero es capaz de parar ataques de un perfecto. Necesito que seas mi ofensiva —Diego accedió mientras su padre apuntaba a su compañero con el teléfono, lanzando un rayo negro que impactó en él e instantáneamente hizo crecer sus alas—. Esto hará que pueda seguir el ritmo, pero es todo lo que puedo hacer en mi situación.
—¡Dorugamon! ¡VAMOS!
Su padre confiaba en él, la adrenalina subía por su cuerpo y el brillo del reloj se hacía más y más intenso a medida que pasaba el tiempo. Dorugamon invocó una alabarda de entre sus manos con un círculo mágico y con ella intercambiaba rápidos golpes con el Nefilmon mientras daba ágiles giros y Onymon cubría los rayos negros que era capaz de soltar por los pocos huecos que Dorugamon era capaz de darle.
Nefilmon aleteó con fuerza. Parecía cada vez más cabreado.
—Un digimon infantil y un campeón oponiéndose a mi, ¡al perfecto Nefilmon! ¡No voy a tolerar tal osadía!
Nefilmon se rodeó de energía blanca y negra y se lanzó contra ambos digimon con clara sed de sangre, pero Dorugamon estaba preparado. Tomó a Onymon bajo sus brazos y ascendió como un misil hasta perderse por las nubes al punto en que los dos humanos apenas eran capaz de verlos como manchas moviendose a gran velocidad.
—Diego —habló Dorugamon por el reloj—. Mándame todo tu poder.
Diego no sabía a qué se refería en cierta forma, pero de manera subconsciente apretó todos los músculos de su cuerpo y el haz de luz morada comenzó a hacerse presente en la gema de la frente de Dorugamon. La alabarda comenzaba a brillar en un fuerte tono dorado, Onymon procediendo a bloquear el camino del digimon enemigo para hacer que este pudiera cargar su ataque. Letras de código mágico aparecieron flotando alrededor de Dorugamon, atraída por la intensa luz de su frente.
—No puedo usarla en esta forma, pero… esto tendrá que bastar —susurró Dorugamon—. Seiken GradAlpha.
la alabarda se retorció sobre si mismo formando una lanza de cruz que parecía plegaba sobre el propio espacio, era inestable, se podía ver como palpitaba y parecía querer desplegarse de nuevo para volver a su sitio pero Dorugamon no dejó que eso ocurriera al agarrarla con ambas manos y lanzarse sobre Nefilmon con una velocidad que apenas había podido ser observada por su enemigo, dándose cuenta de que había sido empalado un par de segundos después del hecho. Nefilmon trató de sacarse la lanza del pecho de manera infructuosa. Cuando los ojos carmesi del Dorugamon atravesaron los ocultos en su casco dejó de forcejear y sus brazos se relajaron.
—No pude cumplir el sueño del diseño mi maestro —se quejó con una sonrisa—, pero podré ir a verle ¿verdad? —Dorugamon asintió antes de sacar la lanza y dejar que Nefilmon se desintegrase en silencio, dándole un último vistazo al cielo—. Valió la pena —fueron sus últimas palabras antes de desaparecer por completo.
Las piernas del joven tamer flaquearon cuando Dorugamon y Onymon volvieron con sus compañeros humanos, el primero volvió a su etapa principiante cuando tocó tierra, a tiempo para proteger la pelvis de su humano con la cola.
—Tu padre es el diamante irrompible.
—Pensaba que eran tonterías de ese viejo digimon loco.
Apenas podía mantener los ojos abiertos, por lo que Dorumon reaccionó lamiéndole su mejilla para su desgracia, aunque reaccionase levantándose de un salto casi revitalizado por completo.
—¡POR DIOS, QUE ASCO!
Dorumon se reía, Diego no paraba de frotarse la cara. Su padre veía aquella escena mientras el sentimiento de nostalgia inundaba su mente recordándole a su viejo amigo Kyosuke y su compañero. Llegaron a casa entre risas y bromas, para Diego era muy difícil tener ratos en los que se sentía a gusto con su padre así que esos recuerdos se quedarían en su mente a fuego durante el resto de su vida. Poco después de su llegada Rosaura entraba covierta de barro y heridas, algunas todavía abiertas, producidas por algo cortante y su pelo estaba cubierto por ramas y hojas.
—¿Qué estáis haciendo? —preguntó la niña al verlos—, yo estoy muy cansada, creo que iré a darme una ducha y a dormir…
No permitió preguntas, aunque en la mente de nadie se le ocurría que preguntar. Diego levantó una ceja y miró a su padre encontrando la misma cara de desconcierto.
—Tiene razón, es tarde, y debes descansar.
No estaba en condiciones de presentar una propuesta formal, Diego también quería ducharse y dormir desde hacía un buen rato ya que aquella batalla le había dejado agotado por alguna razón que desconocía. Pero se sentía liberado, Dorumon ya no tendría que pasar desapercibido para nadie de su hogar, podría estar de aquí para alla sin ningún problema.
—¿Vienes? —preguntó a su compañero.
—No, me gustaría zanjar unas cosas antes.
Dorumon se sentó en el sillón, esperaron a que ambos jóvenes se fueran a su habitación y el padre sirvió dos copas de whisky a petición del digimon. Estiró sus patas tronando los dedos al moverlas para poder relajarlas.
—Que horrible es que no hagan calzado deportivo de mi talla —dijo el digimon, medio en broma medio en serio.
El padre de Diego bebió un sorbo de su copa, se sentó al lado del digimon y paladeó su preciado licor antes de dejarlo en la mesita de cristal rectancular frente a ellos.
—Y bien, ¿qué te trae por aquí, Alphamon? ¿Y por qué esa forma?
—A la primera, digamos que unos conocidos míos dirían que son "vacaciones temporales forzozas" antes de que se forme la fiesta —respondió Dorumon con calma tras darle él un sorbo a su vaso, el humano preguntó sobre la fiesta pero él no respondió—. Esta forma es debido a salvarle el digiculo al compañero de tu sobrina.
—Solo te pido que no metas a mi hijo en líos —dijo él con asperesa tras haberse bebido su licor y levantado del sillón.
—Créeme, jefe, si pudiera evitarlo no habría venido.
Ambos se dirigieron una última mirada. Onymon hacía un buen rato se había ido a dormir al teléfono, pero Dorumon tenía la mente inquieta. Habría aceptado volver a ser el tamer de cualquier otro niño, menos el de Diego, como había aceptado, aunque a regañadientes, ser el digimon de Doumoto Kouta de forma temporal. No podía soportar la idea de hacerle daño al chico que le vio crecer, que le hizo nacer y le cuidó casi como a su hijo mientras el resto de los jóvenes de su edad no eran más que datos e imágenes cutres en una pantalla LCD. Haciendo un alto, llegó a la conclusión de que "quizás" así empezara su retitencia con los humanos.
Apuró el último sorbo, moviendo los hielos del vaso con ambas manos. Suspiró.
No sabía si Diego habia superado que le dejase solo, pero él si que no lo había hecho. Con cuidado abrió la puerta de la habitación, el chico roncaba débilmente como siempre y aunque nunca le importó esa noche le quizó una de las almohadas y alzó su cabeza ligeramente callando los ronquidos por completo. Con cuidado subió a la cama y se acostó en el otro lado con la almohada que le había quitado.
