¡Llegamos!
Advertencia: OOC. Mucho. Perdón.
Capítulo 11
.
Hinata despertó con un terrible dolor de cabeza y el cuerpo pesado. No sólo por la postura o las horas que llevara durmiendo, sino por el atuendo. Reconoció la tela blanca, la vaporosidad como efecto primero. Luego, descubrió que no estaba en su cama, ni siquiera en una casa. Se encontraba en la limusina que habían alquilado para la boda.
Se incorporó lo mejor que pudo y golpeó la ventana que separaba la parte trasera con la del chofer.
—¡Déjame bajar!
—Lo siento, señorita. —La voz llegó desde el altavoz más abajo del cristal—. Su madre nos ha dado la orden estricta de no obedecer sus peticiones. Oh, y por favor, no intente saltar. Las puertas están todas cerradas.
—¡Esto es secuestro! —acusó golpeando de nuevo el cristal—. ¡Denunciaré a la empresa!
El hombre se echó a reír.
—Suerte con eso. Será su palabra contra la empresa y su madre, quien nos avala.
Hinata estuvo muy tentada a levantar el dedo corazón mas no serviría de nada. Se sentó, mareada y miró a través de la ventana. Conocía esas calles. Conocía el lugar al que la llevaban.
No tenía ningún móvil con el que pedir auxilio. Ni siquiera las ventanillas respondían a sus esfuerzos por bajarlas. Observó los tacones. No. Era más probable que se rompieran antes que el cristal.
Maldiciendo, no le quedaba otra cosa que esperar.
Pensó en Naruto, en su conversación a cuenta de Boruto. En este mismo. El pequeño que nunca pensó que sería capaz de amar tanto.
No sabía hasta qué punto su madre había decidido atacarles. O quizás solo a ella y a ellos los había dejado en paz. Podía ser feliz con la seguridad de su hijo. Con que se lo quitaran; no.
Se llevó las manos al rostro. No le podía importar menos estar maquillada o no. Su madre la estaba obligando a esto, que no esperase que fuera en buenas condiciones. Empezó a deshacerse del tocado, a frotarse la cara con las manos y limpiarlas en los sillones.
Cuando la limusina se detuvo estaba seriamente tentada a romper el vestido como pudiera. Aunque era una verdadera pena.
Fue Neji quien abrió la puerta, con su ceño fruncido y su traje ajustado. Esa vez, llevaba el cabello recogido en una coleta.
—Por favor…
No tenía muchas esperanzas. Neji nunca se despegaba de su madre. Nunca le importaba cuánto la maltrataba. Hinata había llegado a pensar incluso que podría disfrutar. Porque ahora pensaba mal de todos ellos y sentía que no podía perdonarles más.
Neji no respondió. Extendió su mano tras mirar a su alrededor.
—Ven conmigo, Hinata.
—No quiero —se negó cruzándose de brazos.
—Konohamaru está esperándote —puntualizó—. Vas a querer verle.
Dios, nunca había sido una chica rebelde. No de esa forma.
—Pues mira que no quiero —respondió.
Neji suspiró y decidió meterse dentro de la limusina. Era más alto y más fuerte, así que domarla no fue tan difícil. Comprendió entonces que sentarle fue más cosa de él que de ella.
Pero si pensaba que iba a irse sin luchar… Oh, no, amigo.
Abrió la boca y mordió. Le escuchó sisear su nombre con impaciencia, pero continuó ignorándola.
Iba por el cuarto bocado cuando atravesaron una puerta aislada de la iglesia. La que antes le había parecido realmente hermosa, ahora le parecía una condena.
—¡Al fin! —exclamó una voz conocida.
Neji la giró para que pudiera ver a su hermana. Los ojos se le llenaron de lágrimas al instante.
—Madre mía, Hinata. ¡Deja de morder al pobre Neji! —exigió Hanabi pálida.
—¿Fobre? —Retiró la boca y le miró, luego a su hermana. Neji la dejó suavemente en el suelo, más seguro de que no iba a atacarle.
—Sí, pobre —repitió Hanabi cerrando la puerta rápidamente con pestillo—. Tenía la misión de traerte y le has mordido.
—Varias veces —recalcó Neji frotándose el brazo—. Tiene buenos dientes, de eso no cabe duda.
Empezó a sentirse avergonzada de sus actos pero demasiado confusa para ello.
—¿Qué hace él aquí?
—Como dije —repitió Hanabi acercándose para chasquear la lengua al ver su desorden—. Él era el perfecto para recogerte y que mamá no sospechara de nada. ¡Todavía no puedo creerme lo que te hizo!
Hinata recorrió la habitación con la mirada hasta detenerse en un diván. Caminó a pasos torpes y se sentó, con el vestido soltando aire a su alrededor.
—No comprendo nada.
—Por supuesto —concedió Hanabi—. Te durmieron tras que llegaras a casa y le plantaras cara. Sabes que a ella no le gusta nada eso, así que tenía preparado un plan de contingencia por si decidías rebelarte.
—Y por eso me he despertado vestida de novia en una limusina.
—Sí —confirmó Hanabi—. No nos dejó a ninguno llegar a ti. Ni siquiera a Konohamaru.
—Eso no responde qué hace su perro faldero aquí —reprochó mirando a Neji con desconfianza.
Hanabi suspiró.
—Neji está tan harto de ella como lo estamos nosotras, Hinata —dijo Hanabi—. Lleva tiempo queriendo detener esto, pero ella siempre lo chantajea. ¿Sabes que se a enamorado de una chica pobre? A mamá eso le da un pánico terrible, así que no cesa de chantajearlo y de exigirle cosas. Pero como tú, toda persona tiene un límite y esto ya ha rebasado el vaso de todos.
—Podría haber actuado antes —murmuró enfurruñada. Aunque no podía enfadarse mucho con él. Se levantó hasta llegar a su altura—. Lo siento. Por no darme cuenta de tu propio sufrimiento.
—Tú no tienes la culpa —descartó él moviendo una mano—. Es nuestra madre la causante de todo. Fui cobarde esperando que todo se solucionara y esperé demasiado. Hasta el punto en que…
Se mordió el labio inferior para acallarse.
—Hasta que casi la pierdes —dedujo.
Neji parpadeó, sorprendido por su deducción.
—Sí. Ella no puede soportarlo más tampoco y llegó a un ultimátum conmigo. Anoche estaba a punto de explotar cuando tú llegaste. Claro que no me excusa de mi comportamiento. Me preocupé por mí y por nadie más.
—Eso desde luego —afirmó sin reparos Hanabi—. Sabías todo lo que hacíamos nosotros y te callaste todo. En vez de unirte a nosotros…
—No se lo contaba a vuestra madre —interrumpió—. Callé muchas cosas e hizo otras a sus espaldas.
Hanabi extendió las manos para cerrarlas una y otra vez.
—A ver. Ilústrame.
Neji pareció dudar.
—El que te ayudó con tu embarazo en las sombras fui yo. El dinero. El contacto… Evité que ella se diera cuenta. No pude evitar lo que pasó con tu bebé. Eso es cierto.
Hinata apretó los labios. Necesitaba sentarse de nuevo. Todo el esfuerzo que pensó que fue suyo de nuevo estaba en manos de otra persona.
—Sin embargo, fue inevitable que se enterase y no fue por mí —continuó Neji—. Tiene ojos y oídos por todos lados. La gente cree que soy yo. No pueden estar más equivocados.
—Bueno, pues hoy no podrá salirse con la suya —aseguró Hanabi dando una palmada—. Esta vez, todo será público y no podrá armar un escenario. Será tarde, eso sí, cuando pueda.
Hinata miró a su hermana como si estuviera escupiendo cucarachas por la boca.
—¿De qué estás hablando? —cuestionó—. Porque no voy a casarme.
—Hinata —nombró Hanabi firme—. Piensa en Konohamaru.
El recuerdo de su cara sonriente fue como una bofetada. Una que después se disipó con el rostro amable de otro hombre, tan rubio como el sol y ojos del cielo.
Se cubrió el rostro con ambas manos y su hermana chasqueó la lengua.
—Vamos. Ponte en pie. Volveré a arreglarte —indicó—. Hay una boda que celebrar.
Con menos ganas y pocas fuerzas se levantó para dejar que su hermana la adecentara. Neji salió, avergonzado, cuando Hanabi le levantó la falda de más para arreglarle las medias.
—No me fijo de él, Hanabi.
—Y haces bien. Porque es natural. Después de todo, no hemos tenido contacto de hermanos y siempre nos ha dado repelús lo perrito faldero que ha sido de mamá. Pero démosle una oportunidad —propuso—. Como se la dimos a Konohamaru.
Hinata apretó los labios recién pintados.
—¿No me odias?
—¿Por qué? —cuestionó sorprendida Hanabi. Cuando comprendió, notó la risa en su voz—. Para nada. Sabes que te admiro de sobras y Konohamaru te quiere mucho. Respeto mucho ese cariño que tiene por ti.
—Pero tú le amas y yo no.
Hanabi sonrió y le acarició las orejas para asegurar sus pendientes.
—¿De qué sirve amar a un hombre imposible? ¿Por qué tiene que corresponder por el hecho de que yo le ame?
Hinata no pudo evitar pensar en Naruto. En sus palabras, en la forma tan dolorosa que la echó de su oficina. En aquellas palabras que sabía que no fue imaginación suya.
—¿Estás pensando en él?
Dio un respingo y sintió que enrojecía. Hanabi sonrió cómplice.
—¡Mira que esto es el chisme perfecto de una boda!
—¡Hanabi! —aseveró avergonzada—. Por favor, no compliques más las cosas.
—Oh, hermanita. Voy a complicarlas mucho —prometió—. Ya estás lista.
Unos golpes en la puerta provocaron que ambas volvieran la cabeza hacia ella. Se abrió levemente y la voz de Konohamaru llegó tímidamente.
—¿Esta visible?
Hanabi se echó a reír y caminó hacia la puerta para abrirla.
—Claro que sí, pasa —invitó—. Yo iré a asegurarme que mi madre no venga a interrumpir.
—Gracias. —Konohamaru le guiñó un ojo en agradecimiento.
Esperó a que Hanabi cerrara la puerta para acercarse a ella y abrazarla. Hinata le devolvió el abrazo, aliviada de alguna forma.
—Lo siento. Siento mucho no haber podido detenerla. No sabía que llegaría a este punto.
—No te disculpes. No tienes la culpa —descartó—. ¿Te ha dicho algo?
—Sí —respondió él soltándola suavemente—. Quiere que nos casemos sin duda. Me ha amenazado con cosas que ni yo mismo sé que pasan. —Soltó una carcajada—. Tu madre se olvida de a qué familia pertenezco. El deseo que tiene por este enlace la hace enloquecer.
Sarutobi frunció el ceño.
—Ha mantenido en secreto de mí lo que te hizo. Fue Hanabi la que me contó todo. Lo siento por no estar más tiempo contigo, Hinata.
Ella sacudió la cabeza.
—No tiene importancia. Me has permitido ver a Boruto y eso es la mejor felicidad que podrías darme, Konohamaru.
Él volvió a abrazarla.
—Te mereces ser feliz. Nadie puede vivir siempre bajo el yugo de otra persona sin enloquecer.
—Sí, pero… seguimos siendo peones. No sabes la atrocidad que ha hecho para quitarme a Boruto esta vez. Su padre… lo ha puesto contra las cuerdas y…
—Lo sé —interrumpió él tocándole los labios con los dedos para acallarla—. Hanabi me ha contado todo.
—No todo —murmuró apartándose y apretándose las manos—. Yo tengo la cabeza muy llena de Boruto, Konohamaru. No voy a poder concentrarme en otra cosa. Y también…
La idea de decirlo en voz alta la estremecía. ¿Cómo podía hablar de otro hombre delante de él?
—De Naruto.
Dio un respingo, girándose con la cara como un tomate.
—¡Konohamaru no es…!
Pero él sonreía afablemente.
—Es el padre de tu hijo. Es normal que pienses en él. Lo que hagas hacia Boruto le afectará a él. Pero déjame decirte que Naruto no es un hombre débil. No al menos, como a tu madre le gustaría. Tiene la cabeza bien amueblada comparado a como era antes. Te lo aseguro.
—Su hijo es su prioridad —confirmó.
—¿Por qué noto un deje de tristeza o envidia?
—¡No la hay! —prometió abriendo mucho los ojos—. ¡Para nada! Admiro que sea más fuerte que yo en eso. Y quizás es eso lo que me da envidia. Ojalá tuviera esa fortaleza, esa capacidad de decisión…
Konohamaru posó una mano sobre su cabeza tiernamente.
—Eres más fuerte de lo que crees, Hinata. Sólo que aguantas, aguantas y aguantas hasta que no puedes más.
Bajó la mirada y cerró los puños.
—¿De qué sirve ser fuerte si voy golpearme contra una pared?
—Bueno, hoy esa pared va a caer. Tengo un poco de fe en tus compañeros —indicó Konohamaru guiñándole un ojo. Miró el reloj—. Mierda, tengo que irme al altar. Te espero allí.
—Konohamaru…
—Por favor —insistió acariciándole la mejilla. Se inclinó, besándole la frente.
Konohamaru se fue y poco después, su madre entró. Hanabi le guiñó un ojo detrás de ella, pero Hinata continuaba sin comprender qué estaba ocurriendo.
—Ah, menos mal. Estás decente —dijo su madre cruzándose de brazos—. Espero que no pienses escaparte. Ya he puesto vigilancia para evitarlo. Konohamaru está esperando en el altar y dado que no tienes un padre, Neji será el que te lleve hasta él. Compórtate y no hagas una escena, Hinata. Es la última cosa que te permitiré.
—¿Y qué harás si no? —preguntó en un acto de rebeldía.
—Puedo encerrarte en un convento, Hinata —dijo suspirando irritada—. Un hospital psiquiátrico incluso. No me pongas a prueba, mocosa.
Le dio la espalda, irritada, abrió la puerta para llamar a Neji. Este entró en silencio y tras dirigirle una mirada de ánimo, se acercó a ella. Su madre desapareció tras dedicarle otra mirada de advertencia, más helada incluso que la anterior. Neji se mantuvo impasible hasta que ella se marchó, inclinando la cabeza hacia Hinata.
—Ten fe —susurró.
Le ofreció su brazo. A Hinata no le quedó más remedio que aceptarlo.
Salieron al exterior para seguir un estrecho pasillo que la llevaría hacia la puerta exterior. La novia debía de entrar por ella. Los invitados seguramente estarían vueltos, en espera, para volverse hacia ella nada más que la música comenzara.
Hanabi le arregló la cola y levantó los pulgares en afirmación.
La música comenzó nada más poner un pie en la entrada. Los invitados se volvieron. Estaban todos. Familiares, amigos, incluso jefes importantes de las empresas. El clan de Konohamaru por completo. Su madre sonreía hacia ella afablemente e inclinó la cabeza. Hinata no era capaz de mirarla a los ojos, porque sentía que, como madre, sería incapaz de perdonar a una mujer que se aprovechara de su hijo igual que ella estaba haciendo con Sarutobi.
—Tranquila —susurró Neji.
Notó en el altar a Konohamaru, sonriente y al sacerdote, que mantenía el ceño fruncido. Neji la soltó al llegar a la altura del primero y asintió, alejándose.
—¿Está segura de esto? —cuestionó el sacerdote acercándose a ellos.
—Sí —respondió algo dudosa. Confiaba en Konohamaru y en su hermana.
Intentó no volverse. Podía sentir la mirada amenazante de su madre en su espalda. El sacerdote asintió tras observarla un momento más.
—De acuerdo.
Volvió a su puesto y Konohamaru se inclinó para susurrarle.
—Creo que después tendré que hacer una buena donación a esta iglesia —le dijo—. El sacerdote es un buen hombre.
Hinata estuvo de acuerdo.
El hombre carraspeo y ambos separaron un poco. Escuchó las palabras del sacerdote, demasiado de prisa para su gusto, demasiado directas a las ataduras de sus muñecas. Sabía que su madre continuaría manipulándola aún casada.
Entonces, llegó las palabras típicas, aquellas que hacían volar la imaginación de una novia que no deseaba casarse.
—Si alguien está en contra de este matrimonio: que hable ahora o calle para siempre.
Tragó y cerró los ojos. ¿Cómo sería gritar que ella estaba en contra?
—¡Yo!
Parpadeando muy rápido, se volvió. Escuchó a la gente tomar el aire, sorprendida. En la puerta había dos hombres. Mejor dicho, tres. Uno, el más pequeño, caminó por el pasillo hasta llegar a ella. Se aferró a sus caderas, pisando sin cuidado el vaporoso vestido.
—¡Boruto! —exclamó.
El niño levantó la mirada hacia ella y luego a Konohamaru, frunciendo el ceño.
—No puedes casarte con ella. Es mía.
Konohamaru sonrió, satisfecho.
—Tranquilo, que no voy a hacerlo.
—¿Qué diablos es esto?
La voz de su madre interrumpió el momento. Se acercó a ellos taconeando la alfombra y con la cara tan roja que bien podría explotarle la vena que palpitaba en su cuello.
—Mamá…
Tiró de Boruto hacia atrás para alejarlo de sus intenciones, pero su madre estaba enfocada más en ella. Con los ojos muy abiertos y los dedos tensos en garras.
—Te dije que no hicieras nada. Ni un numerito de…
—Esto es cosa mía, señora Hyûga.
Su madre se giró casi como un león enjaulado. Al encontrarse con la madre de Konohamaru se puso pálida, retrocediendo.
—Señora Sarutobi, deje que le explique…
—¿Explicarme? —cuestionó la mujer dándose toquecitos en los labios—. Empiece, sí. Por ejemplo, en el hecho de que usted sedó a mi nuera para traerla a esta boda en contra de su voluntad. Que ha tenido engañado a todo el mundo con el hecho de que ella fue madre. O su secreto —añadió entrecerrando los ojos—. ¿Sabe una cosa? Lo más gracioso de todo esto. Que usted no puede amenazarme a mí, pues el clan Sarutobi tiene mucho más poder monetario, gran importancia política y hasta enlace con la realeza, mucho más grandes que el chan Hyûga.
Hinata comprendió entonces la sonrisa cuando caminaba hacia el altar. Los ojos se le llenaban de lágrimas a medida que hablaba.
—Ha llegado a mis oídos que usted ha amenazado a una mujer hecha y derecha con encerrarla, con castigarla severamente si no se casaba con mi hijo. También, de quitarle a su hijo. Oh, y tenemos una grabación donde amenaza al padre del niño. ¿Señor…?
Entonces se percató de que Naruto estaba allí. Su rostro tan frío como recordaba, el ceño fruncido y la mirada clavada en su madre.
—Uzumaki. Naruto Uzumaki.
Su madre levantó los labios y siseó. El desprecio que sentía por Naruto estaba claramente plasmado en su rostro. En un loco deseo, pensó en colocarse frente a él para protegerlo, pero Boruto quedaría expuesto y eso, jamás lo permitiría.
—Te advertí que te quedaras fuera…
—Oh, sí. Lo hizo —respondió la señora Sarutobi en lugar de Naruto—. Pero da la casualidad de que conozco a este chico desde hace muchos años, señora Hyûga. Cuando supe que él era el padre del hijo de mi nuera y que querías destruirlo, no podía permitirlo. Así pues, le ofrecí un contrato para él de mucho más de lo que podrías quitarle y así, puedo apostar por ello, no tendrá que ver cómo se llevan a su hijo. Un muchacho realmente encantador, tengo que añadir —dijo sonriendo hacia el pequeño—. Hemos tenido una charla interesante mientras esperábamos que Hinata fuera puesta en libertad. Porque sí, no hay otras palabras para describirlo.
Hinata tragó. Nunca había visto a esa mujer mostrarse de ese modo. Siempre afable, simpática y muy maternal. La había aceptado desde el primer día y nunca dudó en ayudarla cuando era necesario. Tampoco se inmiscuyó entre ella y Konohamaru. Estaba segura de que sabía más cosas de las que era capaz de decir.
—Exponerme así delante de mis invitados… ¡Cómo os atrevéis! —exclamó Hana Hyûga echándose hacia atrás.
—¿Tus invitados? —cuestionó Konohamaru—. Creo que está preocupándose por lo que no debe. Una disculpa a Hinata no debería de ser menos.
—¿Disculparme? —cuestionó escupiendo en el suelo. Levantó la mano—. ¡Lo que debería de hacer con ella es lo que…! ¡Suéltame!
Hinata se había cubierto con ambos brazos el rostro, así que hasta que no los bajó no fue capaz de ver qué estaba ocurriendo.
—¡Cómo te atreves a tocarme con esas manos sucias tuyas! ¡Suéltame!
Naruto estaba sobre ella. Su rostro enrojecido por la furia. La mirada azulada brillante de ira y la boca tensa.
—No vuelva a tocarla. Jamás. En su vida. Si vuelve a golpearla, seré yo quien se la devuelva.
—¡ERES UN PORDIOSERO!
—Lo soy —reconoció soltándola—. Comparado a los clanes importantes como los Hyûga, Sarutobi o Uchiha. Mi clan no prosperó y sólo quedaron mis padres. Boruto y yo somos lo último que queda de él. Pero trabajé y estudié como un condenado para poder levantar los cimientos de mi empresa, alimentar a mi hijo y estar hoy aquí. Oh, y además, le guste o no, Boruto es un Hyûga y su madre es Hinata Hyûga.
Levantó la voz ante esto último, alto y claro. Los murmullos aumentaban cada vez más a su espalda. Algunos más pudorosos se habían marchado, dejando sobre las manos de Neji y una joven de cabellos recogidos en cocos, tarjetas y negativas.
Neji le guiñó un ojo al notar que le miraba, incluso levantó su mano, enlazada a la de la mujer, para hacerla comprender que era ella. No pudo contener el llanto, sonriéndole.
Pero ese leve momento bastó para que su madre levantara las manos y se tirara sobre Naruto, arañándole la cara.
—¡Por tu culpa todo se ha ido al desastre! ¡Andrajoso perro de la calle!
Naruto no se defendió, ni siquiera cuando le golpeó sus partes, aunque sí se agachó de dolor.
—¡Suficiente! —ordenó la señora Sarutobi—. Creo que has avergonzado lo suficiente a tu familia. Y sí, me temo que tenemos suficientes pruebas para encerrarte.
Hinata sintió que el estómago se le contraía.
—Además, tenemos una boda que celebrar. Y doble, por lo que puedo notar —puntualizó mirando hacia la puerta.
Entonces, su madre los vio. A Neji y a la muchacha, que se había llevado las manos a la boca y estaba sonrojada, rompiendo en llanto antes de gritar un hermoso sí y lanzarse a sus brazos (1).
—No. No. No. Tú no…
—¡Madre! —interrumpió al notar que iba a correr hacia ellos. La asió del codo—. Deja que Neji sea libre. ¡Llevas abusando de él desde que era un niño! No le has dejado conocer a sus hermanas, que somos nosotras, y le has mantenido como un perro. ¡Él no es como yo!
Su madre se volvió hacia ella, con los ojos muy abiertos.
—¿Te atreves a darme órdenes?
—Sí —contestó levantando el mentón—. Te lo dije antes que me sedaras. Estoy realmente harta de todo esto. Es suficiente —recalcó con la voz tirante—. ¡Me agotas! Y agotas a todo el mundo. Incluso a ti misma. No sé qué te ha hecho tanto daño para que seas así, pero no puedes movernos como si fuéramos títeres. Si dejaras de hacerlo, te habrías dado cuenta de que la mujer que está enamorada de Konohamaru es mi hermana y no yo. Que Hanabi lleva sufriendo con esto desde que nos obligaste a prometerlo. Y no solo a mí…
Miró a Konohamaru con tristeza.
—Te lo agradezco de corazón, pero sé que también la amas y que habéis hecho lo imposible para evitarlo, pero Hanabi y tú tenéis que ser felices juntos. Y creo, que esto hasta la señora Sarutobi se ha dado cuenta.
La mujer le devolvió una sonrisa y levantó la mano.
—Por eso he dicho que hay que celebrar una boda.
Konohamaru se quedó con la boca abierta, mirándolas alternadamente.
—Esta parte del plan nunca os la conté —protestó.
—No necesitabas hacerlo —descartó su madre—. Ahora, señora Hyûga. Puede quedarse a ver lo que es la felicidad o marcharse mientras idea una forma de vengarse o de marcharse del país, la cual es la que le recomiendo.
Su madre apretó los labios y levantó el mentón. Recogió la cartera que había tirado al suelo y tras alejarse de ellos, se sentó en primera fila, mohína.
Sarutobi sonrió, satisfecha. Dio unas palmadas.
—Vamos, vamos. Que continue la boda.
Los presentes empezaron a sentarse. Quizás ya por llevarse el chisme completo a casa, por esperar los resultados o simplemente, con la idea de llenarse el estómago después. Hinata iba a alejarse de ellos, pensando que Hanabi querría el vestido, pero se detuvo para acercarse a Naruto.
—¿Estás bien?
—Lo estoy —aseguró—. Pero creo que después tenemos que hablar. Mucho.
—Sí, por favor —rogó.
Ambos se quedaron observándose un momento. Fue como si el mundo dejara de existir.
—¿Tenemos que celebrar una boda triple? —cuestionó Sarutobi sonriente.
Ambos dieron un respingo.
—No, no —descartaron a su vez, nerviosos—. No, claro que no…
Hinata tragó, nerviosa, tocándose los labios. Naruto suspiró y se rascó la nuca.
—¿No?
Levantó la mirada hacia él, sonrojándose. ¿De verdad estaba preguntándole eso?
—Bueno, a ver… en realidad nos conocemos de hace poco, tenemos un hijo en común y quizás sólo he sido yo el que ha visto cosas donde no las hay pero…
Hinata se echó a reír y dulcemente, le tomó la mano.
—Gracias, pero no —dijo claramente, aunque su corazón parecía estar bailando ante la idea y su cerebro guardar esa negación para repetírsela mil veces más tarde—. Necesitamos hablar de todo. Solos. Sin presión.
—Menos mal que ella es la serena, chaval —bromeó Sarutobi divertida. Luego, se inclinó hacia Boruto—. Oye, campeón. Ya que tu tío va a casarse y eres el único hombretón de esta familia. ¿Qué te parece llevar a tu tía al altar?
Naruto pareció dudar, pero a Boruto se le llenaron los ojos de estrellas, de esa forma en que los ojos de los niños brillan de emoción.
—¿Puedo? —preguntó alternando la mirada entre ambos.
Hinata se quedó en ascuas. ¿Realmente estaba preguntándole a ella?
—¿Qué te parece? —cuestionó Naruto con el ceño fruncido—. ¿Le dejamos? No creo que pueda arruinar más las cosas.
Hinata se echó a reír. Y dios, eso era satisfactorio.
—Sí. Que la lleve.
Cuando Naruto recibió la llamada de Konohamaru esa tarde pensó que podía mandar al demonio a cualquiera. Hasta que Konohamaru le explicó todo.
—Voy a casarme con Hinata —le dijo—. Aunque es algo que ya sabías. O al menos intenté decirlo diversas veces, pero algo me interrumpía. En fin, senpai, que no voy a hacerlo.
Deseó estrangularle de mil formas. Luego se sintió aliviado. De nuevo, con ganas de meterle un hierro por la boca a ver si reventaba.
—Hanabi, mi madre y yo pensamos que esto ya es suficiente. Ella escuchó una llamada hacia ti.
—Sí. Esa mujer fue clara y concisa con el hecho de querer quitarme a Boruto.
De recordarlo se le revolvían las tripas de terror.
—Me lo imagino. Me gustaría hacer un trato contigo. En realidad, mi madre.
—¿Qué trato?
—Ofrece respaldarte de ser necesario y asegura proteger los datos contra ti y aumentar tus beneficios si nos apoyas en esto. Con lo cual, no perderás a Boruto. Además, el clan Uchiha está de acuerdo.
Pensó en Sasuke y en la forma en que se quedó pensativo. Ese cabrón se había movido rápido por él. Quizás le invitaría a una buena mariscada uno de esos días. O se quedaría con Sarada durante mucho tiempo.
—¿Qué gana Hinata?
Konohamaru se había reído de él de tal forma que se sintió avergonzado.
—Libertad. Total libertad y apoyo monetario. Además, su madre no puede negarle la herencia y, de habérsela gastado, debe de costeársela. Está ya todo resguardado, Naruto. Sólo necesito que me digas que estás en esto.
Pensó en Boruto. Si Hinata era libre podría pasar tiempo con ella. Podían caminar juntos por la calle, compartir un hogar durante un tiempo. Podía disfrutar de todo lo que se perdió.
Podría encontrar un nuevo amor…
Apretó los labios.
Le había dolido tanto despacharla en su despacho. Tener que elegir entre uno y otro. Y no fue hasta ese momento en que se percató de que Gaara y Sasuke tenían razón. Estaba más enfocado en ella de lo que nunca estuvo en una mujer. Después de tanto tiempo sin ellas, ahora su centro era una mujer a la que conoció de casualidad. No. El destino se la llevó hasta él de alguna forma.
Encima, era la madre de su hijo y por más que lo pensara, no podía imaginarse a ninguna mejor.
Mierda.
Estoy enamorándome de ella. Si es que no lo estoy ya. ¿Fue en ese momento? ¿En el hospital?
Porque creer en el amor a primera vista, creía. Vivirlo, era otra cosa. Ahora lo hacía real.
Claro que tampoco era como que fuera a pedirle que se casara con él.
—¿Entonces? ¿Te unes?
—Sí —respondió finalmente—. Voy con todo.
Y ahora estaba ahí, sentado en un condenado banco en una iglesia. Con la cara magullada y el corazón latiéndole desbocado porque… ¡Al final sí que le había pedido que se casara con él! Y ella se había negado. Entendía las razones. No era el momento. No podían dejarse llevar por algo así.
Además, Hinata buscaba a su hijo, no al padre de este.
Sintió que alguien se sentaba a su lado y le ofrecía un pañuelo.
—Ah, gracias.
—Vas a manchar todo de sangre.
Reconoció la voz al instante.
Gaara se cruzó de brazos y piernas, mirando hacia el altar. Iba de traje y demasiado repeinado para su gusto. Casi le sacó una carcajada.
—No te atrevas a reírte —amenazó con cierto rubor en las mejillas—. Lee me ha peinado y se siente muy orgulloso de sus dotes.
—¿Ha venido? —cuestionó mirando hacia atrás.
—No. Esto es un evento diplomático. Si se puede llamar así. —Suspiró y se sacudió de los hombros algo de polen de las flores—. Tu amigo. Konohamaru. Me llamó y me preguntó si estaba interesado en protegerte a ti y a Boruto.
—Gaara…
—No tienes que darme las gracias —descartó—. Ya te avisé de que esa mujer te iba a traer problemas y que estabas más enganchado de lo que creías. Te dejé y no pudiste dejar de pensar en ella, así que estaba todo dicho.
—En realidad, pensé mucho en ti. ¿Sabes? —dijo sonriendo—. Como, por ejemplo, no sabía dónde estaba el cortaúñas o el jabón de repuesto.
—Idiota —insultó avergonzado y irritado—. No cambias.
Le vio mirar hacia Hana Hyûga. La mujer estaba sentada muy recta, con las piernas cruzadas y las manos en su regazo. No se volvió cuando la música comenzó. Se percató de que el novio era Neji Hyûga, el hermano de Hinata, y la mujer llevaba el mismo vestido que Hinata antes. La habían arreglado demasiado rápido y, aún así, estaba hermosa. Para Neji más, porque hasta abrió la boca y Konohamaru, su padrino, se la cerró.
—Las bodas siempre deberían ser felices, no dramáticas —protestó Gaara sentándose junto a él cuando la mujer llegó al altar—. ¿Eres un imán para ello?
—No digas eso o en mi propia boda habrá drama.
—Si quieres me ofrezco para gritar que yo me opongo.
—No, gracias-ttebayo —ordenó firme. Notó que Gaara sonreía, más relajado, más amable—. Lee te viene bien.
—Muy bien —reconoció carraspeando—. Y Hinata lo hará para ti.
—¿Sabes que me ha rechazado hace un momento?
—Lo tengo grabado.
—¡Gaara! —protestó.
La sala empezó a chistarle en busca de silencio. Avergonzado, descubrió que todos le miraban, pues se había puesto en pie. Se sentó, disculpándose, mientras Gaara hacia un esfuerzo terrible por no reírse.
—Bórralo.
—Ni hablar. Esto tiene que verlo Lee —puntualizó.
Se cruzó de brazos para zanjar el asunto y Naruto se rindió.
—Gracias.
Gaara sólo gruñó.
La boda fue realmente corta. Unos votos preciosos, dolorosos, pero que no movieron ni un músculo del rostro de Hana. Esa mujer parecía de hierro.
Después que los novios se apartaran tras recibir felicitaciones y silbidos, fue el turno de Konohamaru de colocarse en el altar, una vez más. Esa vez, dispuesto a casarse.
La música se repitió y una muchacha parecida a Hinata, la cual iba detrás arreglándole la cola, caminó con la cabeza alta y pasos cortos. Boruto, a su lado, intentaba no pisar el vestido y mantener un gesto adulto. Algo que estuvo a punto de sacarle una carcajada sonora. En su lugar, sacó el móvil y como buen padre adorador, se puso a hacer fotos y videos que esperaba en un futuro usar para avergonzarlo frente a su chica o chico.
Cuando llegaron al altar, se sentó junto a su abuela, inesperadamente.
Naruto sintió un cosquilleo de alerta, pero Hinata levantó la mano desde el altar, tranquilizándolo.
—Confía un poco en él y en ella, Naruto —recomendó Gaara.
—Confío —aceptó cruzándose de brazos.
—Pues estás tan tenso que podrías romper el traje.
—Es que he estado haciendo pesas —mintió.
Porque estaba por estallar. Como Hana osara tocar a su hijo, arañarle o hacer cualquier cosa dañina, entonces no habría persona capaz de pararlo. Ni siquiera Hinata.
Sin embargo, Hana no hizo más que mirarlo cuando le hablaba. Boruto susurraba cosas. Señalaba objetos y fruncía el ceño concentrado cuando la escuchaba.
Al terminar la boda, Hana se puso en pie porque él se lo pidió y aplaudió como los demás. Hanabi y Hinata se abrazaron intensamente y luego, la primera corrió para estrechar a su sobrino y darle un montón de besos de carmín por la cara.
Su madre, sin embargo, les dio la espalda y caminó por el pasillo hacia la salida, deteniéndose a su altura. Naruto, que se había levantado para salir, enderezó la espalda.
—Ha hecho usted un gran trabajo, señor Uzumaki —felicitó—. Mil veces más competente que mi hija, desde luego.
Luego, se dispuso a salir.
Naruto apretó los dientes y decidió seguirla. La atrapó en las escaleras.
—¿Por qué odia tanto a Hinata? —cuestionó.
Hana estaba quitándose los anillos y tirándolos dentro del bolso. Le miró una vez y luego a sus movimientos.
—Porque no nació varón y me sentenció.
—¿Qué? —Naruto estaba atónito.
Hana esbozó una tirante y gélida sonrisa.
—¿Sabe por qué Sarutobi es capaz de hablar de esa forma? Porque el mayor índice de natalidad de su familia son hombres más que mujeres. Los Hyûga son todo lo contrario. Pero les gusta mantener la línea sanguínea. Me casé con un marido severo que me odió en el momento en que supo que iba a ser una niña. La segunda vez, cuando concebí a Hanabi, fue tan cruel conmigo que cuando me enteré de que sería niña decidí que haría lo posible para no volver a defraudar a nadie.
—Y por eso lo engañó.
Ella elevó el mentón.
—Hice lo mejor para sobrevivir. Su hermano gemelo. Me acosté con él y me quedé embarazada de Neji. Mi marido era incapaz de hacer niños. Su hermano sí. Obviamente, mi marido lo quitó de en medio cuando se enteró y luego, quedé yo bajo su tortura hasta que falleció.
—¿Y qué culpa tiene Hinata de todo eso? Ella no eligió ser mujer y, de hacerlo, lo hizo para que usted pudiera sentir que no estaba sola rodeada en un mundo en que querían más a los hombres que a las mujeres.
Como si fuera la primera vez que esa idea pasara por su mente, la mujer fría y estirada, dejó pasó a la incredulidad, la sorpresa e incluso sus ojos se aguaron. Su boca tartamudeó algo que no llegó a captar y bajó la mirada.
—Boruto es un chico excelente. Hinata hizo un buen trabajo.
—No me lo diga a mí.
—Jamás podría decírselo a ella —gesticuló, irritada.
Naruto se percató de que, esa vez, no era con Hinata, sino consigo misma.
—Olvídelo.
Negó y abrió la puerta para ella.
—Ya sabe dónde vivimos. Mi hijo y yo. Le gustan los parques de atracciones y dado mi trabajo, tengo poco tiempo para llevarlo. Las vacaciones de oro están por comenzar.
Luego, esperó a que ella entrara y cerró. La ventanilla bajó. Pese a que la mujer no le miraba, notó que tenía las orejas enrojecidas.
—¿Puede comer de todo?
—De todo.
Luego, cerró la ventanilla y el coche se marchó.
Naruto se quedó pensativo, cruzado de brazos y con las piernas abiertas, tenso.
—Estaba enfadada con su hija por haber tenido un varón —reflexionó Gaara a su lado.
Dio un respingo.
—¡Joder, Gaara-ttebayo! —exclamó—. ¡Pareces mi sombra y me va a dar un paro cardiaco!
Gaara le dio una palmada en el pecho y se alejó, satisfecho. Naruto gruñó mientras lo veía marcharse.
Tuvo que quitarse de en medio cuando dos limusinas aparecieron en la entrada. Los chóferes descendieron para abrir las puertas y la gente comenzó formar filas a los costados de la entrada. Las dos parejas salieron, recibiendo arroz y confeti por encima.
En el primer coche se montaron Neji y su esposa. En el otro, Hanabi y Konohamaru. Este se detuvo antes de entrar, dándole un fuerte abrazo.
—Por favor, cuida de Hinata. ¿Vale?
—Nos vamos a ver ahora en el restaurante.
—Lo sé, pero quizás luego estoy demasiado borracho.
Naruto suspiró.
—Recuerda que emborrachándote no triunfarás.
Konohamaru se echó a reír y tras darle más palmadas, subió al coche.
Hinata se reunió con él junto a Boruto poco después.
—¿Vamos al restaurante? —cuestionó.
—La verdad, no tengo muchas ganas de ello —confesó Hinata. Boruto hizo un mohín.
—Si no os importa, me gustaría llevarme a Boruto —intervino Sarutobi acercándose a ellos—. En mi familia hay otros niños y más tarde podrían llevarlo a su casa.
Boruto le rogó, dando saltitos, emocionado con la idea.
—Pórtate bien —advirtió.
—¡Lo haré!
—Gracias —agradeció Hinata a la mujer. Ella lo descartó.
—No te preocupes. Sé que tienes que estar agotada y poner en orden las cosas entre ustedes. Un convite con todo el mundo gritando o bebiendo no es el mejor lugar. Además, los socios contentos aportan más beneficios que los descontentos.
Naruto sonrió, afirmando con la cabeza.
La mujer terminó llevándose a Boruto y él a Hinata.
—¿Dónde quieres ir? —preguntó mientras salía del parking.
—¿Podríamos ir a casa? —preguntó con gesto cansado—. ¡Quiero decir… tú casa!
Naruto no pudo evitar sonreír, con el corazón danzando como un loco. Apretó los dedos en el volante.
—También es tu casa. Siempre que quieras.
Ella bajó la mirada hacia sus manos. Guardó silencio hasta llegar. Se mantuvo mirando las calles moverse, la tarde oscurecer y a la gente caminar, indiferente a todo cuanto ocurría.
No volvió a hablar hasta que subieron al piso, excusándose para ir al baño. Naruto utilizó el contrario, inquieto.
Cuando salió, Hinata estaba en el balcón, sujetando las cortinas en sus manos, abiertas como si fueran alas tras ella. Se había soltado el cabello, que caía lacio por su espalda, meciéndose al compás del aire que entraba por la puerta.
—¿Hinata?
La escuchó gritar a media voz, cerrar y volverse colorada.
—¡Perdón por el atrevimiento!
—Hinata —calmó—. Ya te he dicho que estás en tu casa. Puedes abrir y cerrar lo que quieras. Menos el cajón del agujero negro. Ese no se lo recomiendo a nadie.
Ella parpadeó, curiosa.
—¿Qué es un cajón del agujero negro?
—Es el cajón donde metes algo y nunca, pero nunca, vuelves a encontrar nada. Y no hay nada roto, ni mal colocado. Simplemente, desaparece y aparece otra cosa en su lugar. Y no tiene fondo.
—¿Es… broma?
—No, qué va.
Caminó hacia el aparador junto a la puerta de la cocina y abrió el tercer cajón. Lo sacó para que lo viera. No había nada en él. Lo volvió a colocar, cerrar, abrir y metió la mano. Sacó un tenedor.
—¡Imposible!
—¡Eso mismo hemos dicho todos! —Exclamó a su vez.
Ambos retrocedieron del mueble con cierto temor.
Naruto se dejó caer sobre el sofá y suspiró, quitándose la corbata y abriéndose los botones de la camisa, deteniéndose antes de llegar al pecho.
—¿Quieres tomar algo?
—No, por favor. Me gustaría hablar —dijo sentándose junto a él—. Siento, primero que nada, que te hayas visto envuelto en todo esto —se disculpó.
—No era tu culpa.
—No, pero tampoco soy inocente. Podría haber hecho mucho más. Los demás tuvieron que actuar a mis espaldas porque… no confiaban en mí.
—No. Porque sabían que te negarías —corrigió—. Mira, Konohamaru me llamó justo cuando te marchaste de mi despacho y me contó todo. El plan y las teorías. El no decírtelo era para protegerte, porque empezarías a preocuparte por todos ellos y querer luchar de nuevo sola, cosa que, claramente, no estaba dando frutos.
Notó que agachaba la cabeza avergonzada. Naruto extendió su brazo y posó su mano en su rodilla.
—No te estoy regañando ni infravalorando. ¿Te digo algo? La gente cree que puede hacer las cosas solas y no es cierto. Siempre necesitas a otra persona. Hasta para las cosas más simples y cotidianas. ¿Sacar dinero? Oh, mira, una persona en ventanilla. ¿Hacer la compra? Oh, mira, un reponedor al que preguntamos dónde está algo. Y menos, en el caso en el que te encuentras. ¿Vale?
Ella cabeceó. Notó que las lágrimas caían sobre su mano, sorprendido. Ella le tomó la mano para limpiarlas, preocupada. Él se soltó para tomar su mentón y, con la misma camisa, la limpió. Porque de hacerlo con sus labios la asustaría y él sería incapaz de detenerse.
—De todas maneras, todo ha cambiado —puntualizó cuando dejó de llorar—. Creo que conocer a Boruto a tu madre le ha dado otro punto de vista y, aunque no justifica sus acciones, ella tampoco lo ha pasado mal.
Hinata le miró fijamente.
—Konohamaru y Hanabi han sacrificado mucho porque por fin seas feliz. ¿Sabes cómo puedes pagarles? Siendo feliz. Y creo que es hora de que lo seas. Que sigas tus propios pasos y decidas qué quieres hacer.
Le acarició los cabellos y amplió su sonrisa.
—Te hablo de esto cuando yo me he comportado como un idiota y no he sido capaz de protegerte.
—Pero sí a Boruto —reaccionó ella rápidamente, asiéndolo de la muñeca—. Y eso no voy a tener jamás suficientes palabras para agradecértelo. Jamás.
Ambos bajaron la mirada hacia su mano. Hinata comenzó a hacer suaves círculos sobre su piel, maravillada por la diferencia entre sus pieles, al parecer.
—Te dije cosas crueles en mi oficina. Lo siento —se disculpó—. Sólo podía pensar en que me iban a quitar a Boruto y que estaba enganchándome a ti mucho. Tenía que romper una de las dos cosas y le escogí a él. ¿Te herí?
Ella tardó en responder. Había subido de la muñeca por la camisa, descubriendo partes de su piel que iba dejando expuesta. Notar sus dedos, finos y suaves, recorrerla no era incómodo, pero tampoco iba a ser capaz de controlarse por mucho tiempo. Dios. Llevaba mucho sin nada y a saber cómo era capaz de reaccionar.
—Sí. —La claridad de sus palabras fue una bofetada—. Entendí por qué y me enfurecí mucho. Más con mi madre que contigo, por supuesto. Pero me dolió tanto y me sentí caer, como si estuvieras alejándote. La idea de perder a Boruto me torturaba. Pero… —Bajó la voz tanto que casi le costó escucharla—… también el hecho de perderte a ti.
El aire se le cortó por un instante.
—Hinata… —masculló liberándolo todo de golpe.
Ella levantó la mirada y enrojeció.
—¡Quiero decir…! ¡Ay, madre! —se cubrió la boca, el rostro, hasta le dio la espalda—. Pensarás que soy una loca, una descarada…
—No. No soy capaz de pensar eso —negó. Llevó su mano hasta su cabello y suavemente, lo echó hacia un lado—. ¿Puedes mirarme? Necesito decirte esto a la cara.
—Yo… yo no sé… no sé si puedo —tartamudeó.
Tomó aire y lo soltó lentamente.
—Vale. Entonces lo diré sin más. Creo que después de todo, este día de locos y dado que no sabemos cuanto tiempo tendremos para estar solos, lo haré.
Se pasó una mano por los cabellos, preocupado. Igual hablar era crear una barrera y extender las distancias.
—Igual es cosa mía, ¿eh? —recalcó—. Pero el día que nos conocimos o mejor dicho, el momento en que te sujeté, fue como si algo despertara y conectara. Si recuerdas, te conté que he mantenido una distancia fría con las mujeres tras lo que sucedió, así que eres la primera mujer por la que siento algo así desde entonces. No puedo sacarte de mi cabeza y no sólo por ser la madre de mi hijo. Porque esa faceta, no es que fuera nuestra en sí… Mierda. No sé ni qué estoy diciendo. —Carraspeó y apretó los puños. ¿Cómo era esta cosa de declararse? ¿Cómo se ligaba? —. Lo que quiero decir, es que… bueno, sé que va a sonar a una serie adolescente y que te vas a reír, pero…
—No voy a reírme —susurró ella. Se percató de que temblaba—. Por favor, dilo.
—Estoy interesado en ti.
Hubo un momento de silencio incómodo.
—¡Lo que quiero decir…! Muy, muy interesado… Claro, es que… no puedo sacarte de mi cabeza, hasta te sueño… yo… ah… ¿Cómo diablos podía hacer esto antes? —cuestionó irritado y frotándose la cara, las manos en la pernera, nervioso—. ¡Me gustas!
Bufó. Maldita fuera difícil soltarlo. Estaba seguro de que si Boruto estuviera ahí estaría o bien mirándole con cara de asco o descojonándose de la risa por su patetismo.
Al menos, esa vez Hinata se volvió. Mucho más lento de lo que gustara, pero lo hizo. Le miraba con los ojos brillantes y muy abiertos. La boca ligeramente arrugada y las mejillas muy rojas. ¡Hasta las orejas!
—¿No… lo dices de mentira?
—¡Para nada! —respondió—. Te juro que se ha olvidado como se hace eso de ligar. Es decir… dicen que es como montar en Bici, pero es que ni de eso me acuerdo así que…
Ella le tomó de las manos.
—No, eso no —descartó—. Lo otro.
Él frunció el ceño, concentrándose.
—¿Lo de que me gustas?
—S-sí.
—Lo es. Es cierto —confirmó—. No hablo de estas cosas en broma, Hinata. Mira, para mí es muy delicado volver a abrirme de nuevo y sé que para ti creer que alguien pueda quererte, pero sabes que existen las personas que te quieren. Hanabi, Konohamaru… Boruto. Y yo.
Le acarició las mejillas.
—Ahora puedes rechazarme que no pasa nada. ¿Vale?
—No quiero rechazarte —negó sorprendida—. Yo… a mi me pasa igual. Es cierto que negué todo cuanto tuviera que ver con los hombres y fue a causa de buscar a Boruto. No podía pensar en otra cosa. Ni siquiera en Konohamaru. Aunque ya sabía que él sentía algo por mi hermana y que…
—¿Se veían a escondidas?
—Sí —afirmó avergonzada—. Lo sabía y no me importaba. Porque, Konohamaru es un cielo, de verdad que sí, pero… pero él no… me hacía sentir lo que tú. Cuando me echaste fue doloroso y me di cuenta de la importancia que tenías en todo y no sólo como el padre de Boruto.
Naruto se echó a reír.
—Creo que ambos estamos diciendo lo mismo.
Hinata sonrió nerviosa y afirmó con la cabeza.
—¿Puedo abrazarte?
—Sí.
Lo hizo. Suavemente. Bajó sus manos de sus mejillas a sus hombros. Pasó sus brazos hasta rodearla con ellos y la afirmó ahí, sintiéndola. Con su aroma llenándole la nariz, pegándose a su ropa. Notó sus manos, temblorosas, queriendo hacer lo mismo con él.
—¿Puedo besarte?
Esa vez, la respuesta tardó más en llegar.
—Sí.
Se separaron un poco, lo suficiente como para poder alcanzar sus labios. Suaves, firmes y delicados. No fue invasivo. No lo necesitaba. No necesitaba esa clase de pasión en ese momento. Fue sorprendente llegar a ese nivel de empatía, de consentimiento y de convicción de que ir despacio no parecía ser lo incorrecto.
Cuando se separaron, ella escondió su rostro enseguida contra su hombro. Él le acarició la espalda, lamiéndose los labios, sintiendo el cosquilleo de necesidad en ellos pero la calma sosegada de su pecho.
—¿Qué harás ahora?
Hinata pareció rumiarlo.
—Pues… ¿Cenar?
No pudo evitar echarse a reír.
—Perdón —se disculpó—. Es que ahora que me he relajado me ha dado hambre.
—Pidamos algo.
—Oh, no, ni hablar —descartó ella apartándose y remangándose, aunque el jersey era más pequeño de lo normal, se percató—. Sé cocinar. Déjame que haga uso de la cocina.
—Toda tuya —aceptó siguiéndola cuando se dirigió allí. Le entregó el delantal de Gaara, que era más pequeño que él solía usar, colocándose el suyo propio a la vez—. Pero no era a esto a lo que me refería.
Le fue indicando dónde estaba cada cosa cuando fue preguntando, mientras a su vez, parecía sopesar mejor su respuesta. Finalmente, cuando empezó a servir los platos, respondió.
—No lo sé. ¿Qué hace uno con tanta libertad? —cuestionó—. Porque me gustaría hacer muchas cosas con Boruto. Muchísimas. Hasta dormir en una tienda campaña improvisada en su cuarto. Pero a veces pienso que es demasiado grande para ciertas cosas y… me estanco.
—Se quiere hacer el mayor, pero una acampada en la casa le gusta. Al aire libre, más. Podríamos ir a la playa donde nos conocimos en realidad.
Hinata se llevó la mano a la frente.
—¡Eras tú!
—Me acabo de acordar —reconoció echándose a reír—. Gaara pensó que te había matado. Menos mal no lo hice.
Le retiró la mano para sostenerla en la suya. Apoyándose contra la mesa y ladeando la cabeza para mirarla bien, sonrió.
—Harás cuanto quieras con Boruto. Ese niño comería en tu mano de quererlo. Cuando le dije que íbamos a detener tu boda se alegró muchísimo. Exigió ser el que dijera que no ibas a casarte.
Sintió que los ojos se le aguaban de nuevo.
—Perdona, no hago más que llorar.
Él chasqueó la lengua al recordar.
—Aquello que dije… Sabía que si no te detenías no iba a poder elegir y querría quedarme con los dos, Hinata —confesó abrazándola—. Lo siento.
—Es que… pienso que quiero quedarme. Contigo, que fui una idiota por no decir que sí antes o que… que no me merezco esto y que quitarme a Boruto fue una señal y…
—Espera. Espera.
Ella se detuvo mirándole enfurruñada por detener lo que tanto le costaba esclarecer.
—¿Querías casarte?
Abrió la boca. Balbuceó.
—No he entendido nada.
—¡Sí! ¡Sí! —exclamó repetidas veces—. Pero no era el momento ni hubiera sido bueno. Porque necesitábamos esto. Porque era el momento de mi hermana y Neji y porque… porque no quiero que me lo pidas así.
Eso último lo dijo con un toque infantil que fue sorprenderte hasta para ella, que se echó a reír.
—¡Pero qué cosas estoy diciendo! —exclamó.
—Puedo ponerme de rodillas.
—¡Oh, no, no! No vayas a ponerte de rodillas —advirtió atemorizada.
—No tengo un anillo —continuó pensativo—. ¿Podría abrir una bolsa de patatillas de esas de aros e improvisar uno? No, demasiado cutre. ¡Oh! ¿Qué tal una arandela-ttebayo?
Hinata no podía más y soltó tal carcajada que se dobló sobre sí misma. Satisfecho con su trabajo, se quedó observándola.
—Lo haré. Te pediré matrimonio —aseguró—. Porque te mereces tener todo lo que no has tenido y yo necesito ponerme al día con esto de tener una novia. Pero lo haremos juntos. ¿Vale?
—Vale —aceptó tomándole las manos cuando las extendió—. ¿Puedo besarte? —cuestionó casi en un pequeño susurro.
—¿Qué? —cuestionó él agachándose.
Vale. Debía de reconocer que lo hizo en broma. Pero jamás habría pensado que ella abandonara su timidez para besarle, soltándose de sus manos para aferrarle la cara y evitar así que se alejara.
Sonriendo contra su boca, la aferró de las caderas, pegándolo contra él y afirmó el beso, esa vez, más.
—Ven a vivir aquí —propuso.
—¡Sería demasiado…!
—Has dormido muchas veces con Konohamaru y aquí también. No sería raro. Tu madre estará en tu casa.
Y era cierto. Dudaba que Hana se marchara, al menos, no por mucho tiempo.
—¿Vas a denunciarla? La señora Sarutobi dijo que te apoyaría en eso y que había pruebas de extorsión y…
—No lo haré —negó soltándola—. No voy a denunciarla. Y creo que es porque quiero que Boruto tenga todo lo que no ha tenido hasta ahora. Si le toca una abuela cascarrabias, pues qué vamos a hacer: viene con el pack.
—Naruto… —farfulló sorprendida.
Su estómago volvió a romper el momento.
—Será mejor comer —indicó tomando uno de los platos antes de sentarse—. Todavía hay tiempo para reparar errores, arreglar las cosas y…
—Lo haré —interrumpió sentándose a su lado—. Viviré con vosotros. No quiero perderme nada de Boruto. Ni de ti.
Naruto sonrió, feliz. Como en mucho tiempo.
Era curioso como la vida enlazaba a todo el mundo. Un destino inesperado, especialmente. Porque nadie podría haberle dicho que saltara para saltar a un bebé que resultó ser suyo. Que podría enamorarse de la madre de su hijo. Que Gaara finalmente encontrara la felicidad en los brazos de otro hombre. O que todo comenzara por querer tener sexo con la mujer equivocada y su semilla perdiéndose en un bote de muestras.
Nos leemos en el epílogo…
Si queréis, claro :3
¡Y pues hasta aquí! No pensé mientras lo escribía que podría llegar. Es más, releyendo me doy cuenta de que he contado lo que quería.
El despertar de Gaara y madurar con que su relación con Naruto no era sana. Que llegaran a un punto en que puedan hablar como amigos.
Que Hinata sea libre y pueda rehacer su vida, con Boruto y Naruto. Irán enamorándose más profundo lentamente, pero es que ninguno necesita prisa ahora mismo y no siento que hasta el epílogo necesiten algo más.
Hana ha mostrado por qué era así, no la justifica, pero ha dado un paso al cambio. ¿Qué debió ser castigada? Pues personalmente creo que sí (Sarutobi también), pero no podemos olvidar la naturaleza evangelizadora del prota (yo antes era como tú… o era al revés xD). Igualmente, se verá más desarrollo en el epílogo de ella. O poco.
Y sí, era Konohamaru quien se casaba con Hinata, que siempre le cortaban y muchos creían que no xD. ¡Pero sí! Aunque no se dio, claro, porque todos urgían un plan. Espero y creo que lo he puesto, que Konohamaru llamó a Naruto y también a Gaara. Aunque la madre de Konohamaru es la que ha organizado todo a las espaldas xD.
He de decir que el capítulo iba a tener dos opciones cliché: 1: Naruto y Hinata se casaban. 2: Boruto interrumpía y lo que habéis leído en el capí (gracias a Bruxi por votar por el 2 y las chicas del wspp de Imaginación Fanfiction por volverme loca xD).
¿Qué más qué más? ¡Ah! También se cuenta lo de Neji y Tenten, el KonoHana que hubo de fondo pero no desarrollé porque era sorpresanosorpresa xD.
El Sasusaku no tiene mucho trasfondo aquí, así que no necesita aclararse nada, porque ellos están guays y Sasuke ayudó a Naruto también como clan.
Quedó en claro lo de la venta de bebés, que se arregló y cerró. Y como dice aquel, es un caso abierto pero no para los protas que les interesaba más sus hijos.
Igual puede que me olvide algo, así que se acuerdan, estaría agradecida que me digan :D
Sin más, gracias por leer aquí y nos vemos en el siguiente capítulo =D (y en otras actualizaciones)
(1): Lo siento, se me hizo gracioso que esto pasara en medio del drama xD Un toque de humor para un momento chirriante xD.
