Diclamier: Akagami no Shirayuki hime no me pertenece.


La verdad de las cosas

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Lo verdadero es siempre sencillo, pero solemos llegar a ello por el camino más complicado.- George Sand


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Si debe ser honesto, ha soñado con esto antes: por alguna epifanía, el amo Zen entra en razón y le pide a Obi que le acompañe para hablar claramente sobre porqué lo echará a la calle como el perro sarnoso que es, pero que le dará la oportunidad de ganarse el lugar que ambos saben que no merece si gana un sueño de espadas.

Entonces Zen ataca con violencia y sin descanso. Obi, incluso inmerso en el sopor del sueño, sabe que no se trata del verdadero Zen por la forma tan descarnada en la que arremete una y otra vez con su espada a alguien que no tiene el entrenamiento adecuado ni suficiente en el arte. Al final, y justo antes de despertar, él ha caído al suelo y ve desde abajo, paralizado de la impotencia y el temor reverencial que le provoca el príncipe, cómo el amo se prepara para asestar el último golpe.

Obi despierta de ellos en ese mismo instante, respirando con pesadez y alivio de que en realidad ha sido un sueño. O más bien, una pesadilla.

Ahora, sin embargo, por mucho que se parezca demasiado a una de sus pesadillas más recurrentes, sabe que lo de ahora es muy real para su gusto. Puede sentir la brisa marina meciéndole las puntas del pelo, las gotas saladas humedeciéndole el rostro y cómo su peso cede ante la arena de la playa.

−Por favor, no te veas tan tenso− comenta Zen con aire jovial para distender el ambiente.

En algún rincón de su ser, agradece que Zen se vea tan despreocupado; le tranquiliza: no puede ser tan terrible si él está de humor para bromear.

−Lo siento, amo, es imposible no pensar que estoy en problemas− responde en un intento de imitar su tono.

−Tranquilo, no lo estás.

−¿No? Oh, cuánto me alegro− hace un esfuerzo por sonar contento, a pesar de que sigue nervioso, pero es verdad que también se siente más liviano—Entonces, usted dirá.

Sabe que dejar el balón en la mitad del campo para que Zen haga el primer movimiento no es la jugada más valiente o audaz, pero sí es lo más sensato que puede hacer por el momento. Uno no puede ir y decirle al príncipe que está enamorado de su novia así sin más: tantear un poco el terreno nunca es algo malo.

Zen exhala con cansancio, como si hubiese estado conteniendo la respiración todo este rato. Obi se da cuenta de que para él tampoco debe ser fácil.

−Hombre, ni siquiera sé cómo empezar− dice como pensando en voz alta−. ¿Recuerdas esa vez que una tormenta nos atrapó a la mitad del camino y tuvimos que refugiarnos en esa posada?

−¿Esa de los baños grandes y bonitos?− Zen asiente−. Claro, sí.

−¿Recuerdas de lo que hablamos esa vez?

A Obi no le estaba gustando mucho eso de una conversación sobre la base de preguntas; de alguna manera, se sentía como si le estuvieran poniendo a prueba. Pero el tono ligero de la charla le estaba dando una buena sensación. Además, la situación en particular a la que aludía Zen le sonaba de algo, como un sueño lejano, uno que ha tenido en más de una ocasión, sin saber exactamente cómo iba.

−Algo− dijo con vaguedad−, solo lo recuerdo a usted desnudo.

Zen se ruborizó, recordándole a Obi una ocasión similar.

−Lo siento− rio el mayor−, la verdad es que lo veo lejano; algo sobre el maestro Mitsuhide y la señorita Kiki juntos, y que eso estaría bien.

−Claro, algo de eso es− afirma el otro. Ésa es una buena base para empezar−. Porque, en aquella ocasión dije que, si ellos eran felices estando juntos, yo estaría feliz por ellos− hizo una pausa para tantear la reacción de Obi−… y que lo mismo se aplicaba a ti.

−¿Quiere que esté con ellos?

−¡Obi, sé serio, por favor!

−Lo siento− Obi tuvo la decencia de parecer avergonzado. Le estaba costando trabajo no disfrazar su nerviosismo con payasadas.

Pero después de un pie como ése, tampoco puede fingir que no entiende por mucho tiempo.

−¿Y si− comenzó Obi con cuidado−… eso significara que te hago daño a ti?

Eso parece ser suficiente para satisfacer a Zen, porque sus hombros se soltaron y exhaló con alivio, como si se hubiese quitado de encima parte de un gran peso. Pero aún faltaba algo más.

−No estoy diciéndote que no me importa lo que hagas; lo que digo es que ojalá tuvieras la confianza suficiente como para hablar de eso conmigo, sin importar lo que fuere.

Una pausa demasiado significativa se produjo entre ambos, como si realmente necesitara un tiempo para procesar la nueva declaración del príncipe.

−¿Incluso si se trata de Shirayuki?− propone Obi con timidez.

Sobre todo si se trata de Shirayuki.

Obi suspira, como agarrando valentía. No hay forma fácil de hacer esto.

Primero inhala hondo…

CreoquemeheenamoradodelaseñoritaShirayuki− exhala.

Por su parte, Zen lo mira con los ojos abiertos para, acto seguido, echar la cabeza hacia atrás en una carcajada que luego lo dobla de la risa.

Obi se fuerza a sí mismo a no verse ofendido por eso, a pesar de que así se sienta. Un poco. ¿Así se sentirá el resto cuando hablan con él?

−Lo siento, lo siento− se disculpa Zen con los lagrimales humedecidos. Sin embargo, no puede sentirse del todo culpable; necesitaba quitarle todo ese plomo de encima al asunto, y esa carcajada le ha sentado de maravilla−. Lo siento− repitió, ahora respirando con normalidad−, ¿puedes repetirlo?

−Que− comenzó de nuevo, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no perder el impulso−… amo a la señorita.

No es que haya sido algo nuevo, es decir, al parecer, todos ya lo descubrieron en algún momento: ¡literalmente lo sabía ya toda la corte! Pero oírlo de boca de Obi le tranquiliza más allá de lo imaginable. Y porque, sí, debió haberlo sabido también. Las señales estaban ahí; el solo recuerdo de lo molesto que estaba Obi cuando oyó que besó a Shirayuki durante su convalecencia debió haber sido suficiente para que se diera por enterado, como si su dinámica cercana y precisa no lo hubieran sido, tampoco.

Tal vez no quiso darse cuenta. Tal vez sí lo sabía y quiso aceptarlo. Tal vez amaba tanto a Shirayuki que su egoísmo le impidió hacerse a un lado y evitarles a todos tantos pesares.

No era tan tarde, sin embargo. Aún podía remediarlo. Porque amaba demasiado a Shirayuki y a Obi, le pondría fin a este calvario.

−¿Y qué piensas hacer sobre eso?

−¿Qué podría hacer?− responde el moreno con otra pregunta, molesto−. No es como si pudiese hacer algo para competir con un príncipe.

−¿No se lo has dicho a ella?− pregunta con cierta sorpresa, como si no acabara de creerlo.

−¿Cómo podría habérselo dicho, si yo mismo acabo de enterarme?− puede "ver" los signos de interrogación en su oración, pero su vergonzosa indignación los hace pasar desapercibidos.

Zen reprime las ganas de largarse a reír nuevamente en su cara. Oh, pobre Obi, no puede evitar pensar con gracia, pero tampoco puede evitar sentirse un poco agradecido de, realmente, no ser el último en darse cuenta de todo esto.

−Bueno, ése es un buen punto de partida− comenta Zen como una obviedad.

−¡Pero…!

Una exhalación es suficiente para interrumpirlo.

−Mira, no es fácil para mí decirte esto porque a mí, después de todo, también me gusta Shirayuki. Pero tanto como Mitsuhide, Kiki y tú, ella también es mi amiga, y su resulta que ella te quiere a ti y no a mí, es bien poco lo que yo puedo hacer al respecto, salvo apoyarla (por mucho que me pese), ¿sabes?

Sus palabras parecen tener un peso inesperado en ambos; como si el mismísimo Zen no hubiese sido consciente de su significado hasta que las hubo pronunciado. Y del mismo modo, para Obi, oírlas fue como sacarse un tremendo peso de encima, y poder respirar con fluidez. Tener la venia de Zen, aunque sea solo para confesarse, ya era hablar de otra cosa.

−Pero nada sucederá si no se lo dices.

Las palabras se Zen suenan enteras y honestas, a pesar de la triste resignación que hay en sus ojos azules. Es tan clara y evidente, que el mismo Zen puede verla reflejada en la mirada culpable de Obi, y eso, de alguna forma, le molesta: por alguna razón, desde aquella conversación ene l baño de la posada, quedó con la sensación de que, en lo sucesivo, su relación consistiría en mirar con compasión a este hombre de aspecto despreocupado y recordarle cada cierto tiempo que él sí merece cariño de apoyo, tanto como cualquier otra persona. Pero justo ahora, en un giro brutal e inesperado de los acontecimientos, mientras le dice justo eso, es él quien le mira con compasión.

¿Qué clase de broma era ésta? ¿Acaso ahora tenía que elegir entre su propia felicidad y la de sus amigos? Porque una cosa era pasearse a Obi, parado frente a él, abriéndole su corazón por primera vez desde que lo conoció, bajo la excusa de que Shirayuki le corresponde y que, teniendo eso en consideración, no hay más nada que hacer: mejor suerte para la próxima. Pero tampoco es así de fácil, ¿cierto? Por supuesto que no, porque, así las cosas, ni siquiera él puede decir con toda propiedad que Shirayuki le corresponda; y de ser así, que lo condenen si va a hacer a dos de sus amigos infelices de una sola vez.

Está molesto y frustrado, y aunque sabe que nada de esto es culpa de Obi, y que no es justo hacerlo sentir culpable, sobre todo cuando él estaba dispuesto a renunciar a todo por su príncipe, no puede evitar querer castigarlo un poco por lo mal que se siente. ¡Como si su horrible expresión de culpa no fuera suficiente!

De solo pensar en eso se siente mezquino y egoísta.

Se siente como un niño taimado al que le han dicho que el postre se come después de la cena; puede entender que eso es así por una razón, pero como es contrario a lo que quiere, igualmente hace un berrinche.

Y un berrinche es lo más cercano a lo que está haciendo ahora: ha dejado a Obi en la playa y él le ha dejado marchar, siendo el adulto de la conversación y entendiendo que necesita espacio. Pero se ha ido lejos y a solas, en donde nadie le vea hacer una pataleta, aunque sea lo más tonto que puede hacer. Porque en el fondo quiere que lo consuelen. Se hace ovillo en el mirador desde el que él y Kiharu vieron la playa esa mañana; se ve completamente diferente ahora que atardece, se ve un poco triste a pesar de ser todo tan bonito, y se pregunta si en realidad no será que está sesgado.

Un gemido escapa de su garganta; un sonido gracioso y lastimero, como si se hubiese golpeado en el dedo meñique del pie.

−Qué sonido tan poco aristocrático− la voz de Kiharu a sus espaldas le hizo querer saltar de su piel−. Pensar que vería al príncipe Zen quejarse como un niño.

No estaba de humor; casi ni siquiera tenía ganas de volverse a verla.

Casi.

−Bueno, los príncipes también lloran, ¿sabes?− respondió con un gesto tan gracioso como contenido.

−Oh, ¿entonces tu conversación con tu amigo no fue bien?

Zen hace una pausa para pensar en eso.

−No, de hecho: fue bastante bien− contestó con seriedad, como si de verdad hubiera que ponderarlo.

−¿Entonces por qué esa cara?− propone la otra, pero su próxima frase muere en su garganta cuando la frente de Zen se apoya con delicadeza sobre su hombro con un aire tan cansado comod desolado−. Zen…

−Kiharu… ¿me escucharía si le cuento algo?

Ella debe obligarse a ignorar cómo su aliento le hace cosquillas en el cuello, y a su vez, eso le produce un estremecimiento que debe mantener a ralla. Solo una vez que es capaz de controlar su sorpresa y salir de su estupor, es que puede contestar:

−Sí, por supuesto.


Shirayuki da un largo suspiro mientras muele yerbas secas en un mortero. Menos mal que es una tarea mecánica, porque de lo contrario, ya lo habría estropeado, con lo desconcentrada que está.

No puede tener la cabeza tan en otro lado; la jefa de farmacéuticos ya la apercibió para que pensara libremente en sus cosas siempre que no interfiriera en su trabajo.

¿Qué es lo que está pasando entre ustedes?− le pregunta Garack a propósito de escopeta mientras hacían otra cosa, lo que provocó que la pelirroja tuviera que detenerse.

¿Qué quiere decir? No pasa nada entre Obi y yo contesta con toda la entereza que puede reunir en tan poco tiempo.

¿Oh? Pero, Shirayuki, yo no dije nada sobre Obi el rubor de la chica hace que combine con su pelo.

Pe-pero…

Ése es tu subconsciente llenando los espacios, querida sonríe con picardía la jefa.

Entonces Shirayuki se cansa de luchar consigo misma y con sus pensamiento, y le cuenta toda su pelea con Obi y su conversación con Torou en el pueblo y sobre su mala sensación de últimamente.

¿Cómo es que algo tan jugoso como eso ha estado sucediendo bajo mis narices y yo recién me estoy enterando? celebró la mayor. Un gemido de la pelirroja le hacer volver a lo importante, así que, colocándose en todo su rol de madre orientadora, comienza−: lo siento, Shirayuki, pero para mí que estás celosa.

La declaración de Garack la deja paralizada, como si no acabara de comprender, y mucho menos, creer lo que le acaban de decir como si fuera la más grande obviedad de todas.

¿Qué?

Eso.

Pero si yo no… yo nunca…

Exacto− la interrumpe la otra, apuntándola con un dedo, como si hubiese dado en el blanco con un dardo metafórico−. Tú nunca has pensado sobre eso. ¿Bueno? Hazlo: piénsalo.

y por supuesto que lo pensó. Largamente, por cierto. Ciertamente, nunca antes se había sentido inclinada a mirar al sexo opuesto como tal, por el contrario; estar desde siempre detrás del mostrador de una ex cantina remodelada como una botica no le permitió ver a la gente como algo más allá de vecino o pacientes.

Su experiencia con el príncipe Raj fue la primera vez que sintió que era llamativa para el otro género, por terrible experiencia que hubiere resultado ser.

Así que tampoco ha estado celosa antes: ni siquiera sabía que eso era posible. No hubo nunca nadie por quien ella pudiera sentirse así, pero de pronto, ¡resulta que está celosa! ¿Y lo peor de todo? Que no estaba celosa de quien se suponía que debía estarlo. Se pone pálida de solo pensar en Zen, a quien genuinamente adora y admira, pero no de la manera en que sabe que debería.

Zen es uno de sus mejores amigos, pero no consigue verlo como nada más que eso, por más que trate de imaginárselo con otra chica; alguien se la Isla, muy lejos de su alcance, u otra princesa, muy por encima de ella. Por otro lado, su cuello se calienta con agresividad de solo recordar las palabas casuales de Torou al entregarle a Obi su prenda extraviada. Y si lo piensa de esa manera, ¡por supuesto que iba a sentirse enfadada con él, después de todo!

¡Oh! Casi siente vergüenza de su ignorancia en ese momento. Pero ahora ya era demasiado tarde: fue terrible con Obi antes de comprender sus sentimientos y le hizo culpable de algo que no era, ni por asomo, su responsabilidad. Ni siquiera sabe qué es peor, el hecho de estar tan alejados el uno del otro que ni siquiera importe el hecho de que está enfadada con él, o que al volver, puedan hacer las paces, pero con la certeza de que él podría irse con Torou o alguien más porque tiene la libertad de hacerlo, o que su lealtad para con Zen sea tanta, que decida quedarse y ella tuviera que verlo hacer su vida con otra persona.

Un suspiro pesado sale nuevamente de su garganta, dejando sus pulmones con el aire suficiente para aguantar otra respiración.

Va a volver a hacer su tarea mecánica de moles yerbas hasta convertirlos en polvo, pero ahora con concentración, cuando oye el sonido de pasos afuera, y luego varios más, como si el servicio se apresurara todo junto a una misma dirección o en direcciones contrarias, lo suficiente como para llamar la atención de los ocupantes del laboratorio, justo antes de que alguien abriera la puerta y anunciara:

−Ya están de vuelta− dice la criada con una alegría bastante correcta antes de desaparecer y dejar la puerta abierta, permitiendo que los del interior pudieran ver el ajetreo del exterior.

A ella le invadió una abrumadora sensación, como si su corazón dejara de latir por un instante, y su cara se calentara y luego de enfriara de golpe. Nervios. Shirayuki puede identificarlo como nervios; se sintió así cuando vio a su padre por primera vez, escondida detrás del mostrador del bar de sus abuelos, cuando era tan solo una niña, y hace poco más de un año, cuando llegó a Clarines por primera vez en compañía de Obi.

Ahora, al que vería, no por primera vez, pero sí luego de un tiempo, sería a Obi, y sus nervios se ponen de punta de solo pensar en qué le dirá, cómo la mirará y qué le responderá.

Casi le cuesta respirar de la expectación.

Con una sola mirada, pide permiso a la jefa, quien se lo concede con un solo asentimiento, y ella sale corriendo sin dudarlo un segundo. Deja su polvo de yerbas en el interior del mortero y sale por la puerta que alguien más dejó abierta, con un trote torpe e indeciso, pero imparable. Solo encontrando el verdadero rumbo hacia adelante.

Imágenes y recuerdos aparecen fugazmente en la parte de atrás de sus párpados, como la luz de una vela a través de los ojos cerrados; pudiendo sentir el calor en su piel y atesorando la luz suave y gentil. Salvo que las imágenes que vienen a su memoria se sienten como una hoguera: caliente e incandescente.

El adorno de vidrio pulido que Obi le dio durante su primer y último paseo por Tambarun tintinea al rebotar contra su cabello, ahora lo suficientemente largo como para tener que recogerlo para que no se metiera en el camino de su trabajo.

Cuando llega al lugar en que el personal le da la bienvenida a la caravana, ésta ya se está desarmando; los recién llegados han partido cada uno por su lado a cumplir con sus responsabilidades o fueron a refrescarse luego de un largo viaje. Shirayuki se acerca un poco para bajar el ritmo y calmar su respiración acelerada, y oye de por casualidad la conversación entre dos criadas que no se molestan, en absoluto, por mantener un volumen moderado.

−¿Lo viste?

−Sí, santo cielo, era espantoso− responde la otra con entusiasmo.

−Estaba colorado como una cereza: debe dolerle un montón.

−¿Una quemadura de sol, dijeron que fue?

−Sí. ¡Qué fuerte debe pegar el sol allá en las islas!

−¿Y cómo es que solo le sucedió a él?

−Parece que se quedó mucho tiempo bajo el sol.

−Oh, por todos los cielos. Shirayuki se congela de solo pensar en una quemadura de sol de las características que describen esas chicas. Lo peor de todo es que solo puede pensar en alguien lo suficientemente descuidado como para quedarse tanto tiempo al sol como para ganarse una insolación así. ¡Casi puede ver a Obi durmiendo en la playa durante las horas en que el sol es más fuerte!

Shirayuki corre en sentido contrario. Al único lugar en que sabe que un paciente puede ir a aliviar sus dolores. Debe estar tremendamente adolorido y las costuras de la ropa deben escocerle de forma horrible; ni siquiera echarse de espaldas y estar quieto debe aliviarlo, ya que el simple roce con cualquier superficie es agresivo para la piel quemada.

Shirayuki piensa y piensa y corre a todo lo que dan sus piernas cortas para acudir a la farmacia, sabiendo que, aunque siempre hay alguien de turno para atender a quien llega intempestivamente, no la encontrarán a ella si anda corriendo por el palacio.

Cuando abre la puerta de la farmacia jadeando como una loca, sin detenerse un segundo a respirar antes de entra, los ocupantes de la habitación se voltean a verla con la sorpresa escrita en todo el rostro, no esperando verla ahí, y mucho menos así.

La jefa Garacj está sentada frente a un Zen sin camisa, aplicándole un ungüento refrescante que ella y Ryuu fabricaron hace algunos meses para aliviar quemaduras en la cocina. Ambos la miran sin esconder su estupefacción, al mismo tiempo que ella ve la escena un poco ridícula y un poco extraña. La quemadura se Zen le cubre la cara, el cuello y los brazos, dejando blancas todas aquellas partes que claramente estuvieron cubiertas por la ropa, provocando una composición de colores y contrastes tan cómica como aparentemente dolorosa.

Shirayuki está conteniendo las ganas de suspirar de alivio (y reír, porque, por mucho que no sea Obi el que está insolado, Zen debe estar pasándolo realmente mal y no sería amable de su parte carcajearse frente a él), cuando la jefa le saca de su transe:

−Oh, Shirayuki, volviste, ¿encontraste lo que fuiste a buscar?

Ella solo puede negar torpemente con la cabeza, un poco tupida con la imagen del príncipe Zen con esas líneas de bronceado tan poco aristocráticas.

Pero justo antes de que la conversación continúe, otra voz familiar habla desde la puerta a espaldas de la pelirroja, ignorante de lo que ocurre en el interior.

−Amo, éstas fueron las púnicas que encontré, pero va a parecer que anda en pijama todo el día…

Obi, quien viene con un par de prendar en las manos, se detiene tanto en su andar como en su pensamiento en voz alta en cuanto ve frente a quién está parado. Tiene las mejillas y la nariz coloreadas de rosa por el sol, que es algo normal y esperable de quien ha pasado tantos días en el mar y las islas, pero no se ve afectado de otra forma; ni en su postura, ni en su forma de caminar, ni en su expresión de pasmosa sorpresa por verla después de tanto tiempo.

La escena causa a Shirayuki una convulsión imposible de soportar. Un alivio y una gracia tan abismales que no se molesta por el momento o el lugar, y se larga a reír. Se ríe con una soltura tal, que por mucho que a todos los presentes les cause extrañeza su comportamiento poco usual (porque, Shirayuki es, ante todo, una muchacha correcta y educada), a ellos no les queda otra que sonreír también, contagiados con la frescura de su risa veraniega.

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¡Uh! ¿Les digo qué? Este es el último capítulo. Lo que falta es un epílogo que espero tener listo en poco tiempo (aunque ni yo misma me tengo mucha fe). Ha sido todo un desafío este fic, lo empecé hace muuuuucho tiempo y me han pasado muchas cosas entre medio que han impedido que lo termine en el tiempo en que yo lo planifique. Pero eso también está bien, supongo; eso me dio tiempo de revisar y volver a escribir cosas de las que no estaba segura ni convencida, así que al final fue bueno.

Díganme qué les parece.