Los personajes de Saint seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Toei Animation.


Capítulo 11: Golpe de realidad.


La primera vez que la vió se había escapado de su grupo de excursión, aburrido. La clase de historia siempre se le había hecho tediosa, idea que se había alimentado por la soñolienta voz de profesores que en ese momento ya deberían retirarse y trabajos basados en resúmenes. Ni siquiera la visita a un monumento tan importante para su país como lo era la Acrópolis logró animarlo, al menos no hasta que notó que estaba perdido.

Sentirse perdido le dió a Aioria algo de emoción y miedo, más miedo que emoción. Temeroso, caminó entre las ruinas viendo hacia todos lados, el lugar estaba lleno de extraños, personas que no eran confiables, que ni siquiera hablaban su idioma. Desde que era niño, Aioros se había encargado de instruirle sobre cómo era el mundo, lo peligrosas que eran las personas, en especial los desconocidos; Aioria había crecido escuchando historias espeluznantes sobre despertar en tinas con hielo y cientos de cosas más. Ese día caminó temeroso de que cualquier extraño se le acercara, buscando a sus compañeros, maestro o a alguien que trabajara en las ruinas, hasta que la vió.

Igual de pedida que él, pequeña, delgada, con una expresión clara que gritaba "no te metas conmigo" y una enorme mochila a sus espaldas.

Se hicieron unieron casi de inmediato, a pesar de ni siquiera vivir en la misma ciudad, guiados por el instinto de superviviencia que los regía en una situación tan apremiante; intercambiaron cuentas de correo y se mantuvieron juntos el resto del día hasta que se encontraron con su respectivo grupo y escuela. A partir de ese día, Aioria y Milo se volvieron amigos, amigos inseparables, casi hermanos. Varias veces Aioros le preguntó si lo que sentía por ella era pura fraternidad y no algo más serio, romántico, y Aioria, completamente seguro, lo negaba; quería a Milo como la hermana menor que siempre quiso tener, porque odiaba ser el hermanito consentido, no había nada más.

Y nunca lo hubo. Al pasar el tiempo, su amistad logró perdurar hasta ese momento, cuando eran adultos hechos y derechos, hasta el momento en que ella desapareció.

Aioria suspiró por lo bajo y le dió un sorbo a su cerveza, después la dejó sobre la mesa de centro y regresó su atención a la fotografía frente a él. La imagen había captado para la eternidad un paseo en bote por el cumpleaños número dieciocho de Milo; en ella estaban ellos, sus padre y Aioros, a punto de partir a altamar, sonriendo para el capitán que había tomado la foto. Todo parecía en orden, todo excepto que ahora Aioria podía recordar el día a la perfección y sabía que el rubio a su lado en la imagen estaba fuera de lugar, él reemplazaba a la pelirroja de corto cabello que lo había acompañado desde la infancia.

—Es impresionante —murmuró—siento que estoy en un sueño…

—Así me sentía yo, te comprendo.

Casi al lado de Aioria, en un sillón individual, Milo asintió lentamente, omitiendo que en realidad todavía se sentía así, atrapado.

Estaban de vuelta en Grecia, en su departamento. El mundo se movía como siempre y en la televisión no dejaban de hablar del atentado contra Julio Sólo. Milo había encendido la televisión apenas llegaron, había esperado a que sus amigos tomaran asiento y había abierto un par de cervezas para ellos; después se sentó con ellos en su sala, bajó el volumen de la televisión sólo para tener un poco de ruido en caso de que se formara mucho silencio incómodo y comenzó a explicar, lento, lo más claro posible, todo lo que había pasado después de encontrar a una mujer en su cama diciendo que era Milo Sargas.

Habló hasta que se le secó la garganta. Después se tomó una lata casi de un trago y buscó un álbum de fotos que su madre había olvidado en una de sus visitas.

—... ¿Quién se despidió de mí cuando estábamos en… Londres? —preguntó Aioria, curioso, dejando la foto sobre la mesa.

—Shaka, él es… él es… como ella.

—Sí, pero, ¿por qué se despidió de mí?

—Tal vez son amigos —respondió Milo, sin entender por qué Aioria le daba tanta importancia—. Tenemos… conexiones, como el hilo rojo, ya sabes, gente que estás destinado a conocer en todas las dimensiones.

—Dimensiones… —Aioria asintió, parecía reflexivo y sin poder evitarlo, sonrió con algo de burla al pensar en las palabras de Milo— Del… multiverso, como en Matrix.

—En realidad se llama El Mosaico —Interrumpió Milo.

—Y en Matrix no hay un multiverso —señaló Shura, rodando los ojos.

—Disculpe, experto cinéfilo, algunos no tenemos tanto tiempo como para desperdiciarlo frente a una pantalla.

Sin poder evitarlo, Milo rió por lo bajo, recordando a su amigo, su Aioria. Eran tan parecidos pero tan diferentes, ahora Milo podía verlo con más claridad.

Shura, por el contrario, sólo suspiró. Podía recordarlo todo; recordó la primera vez que la vió, en España, recordó esa conexión inmediata y todo lo que sucedió entre ellos. Incómodo, le dió un trago a su lata de cerveza e intentó no mirar al rubio, sabiendo que por su mente pasaban todos esos momento que había vivido con la pelirroja, sintiendo cuánto la quería y por qué se sentía tan extraño cuando estaba con Milo, como durante todo ese tiempo lo que sentía era su amor intentando salir a flote, su amor por Milo, que ahora era un hombre.

—¿Dónde está ella? —preguntó, interrumpiendo la discusión entre Aioria y Milo sobre películas que hablaban de diversas dimensiones y Matrix.

—En mi dimensión, ocupando mi lugar —dijo Milo, regresando a la seriedad de siempre.

—¿Y esto…? ¿Nos quedaremos así para siempre?

A pesar de ahora contar con sus recuerdos exclusivos de ella, sin la necesidad de discutirlo, Aioria y Shura estaban de acuerdo de que estaban en un momento complejo. La recordaba a ella, pero también a él y lo tenían con ellos. No podían evitar preguntarse si ella estaba bien, si lo sabía todo como ellos, si quería regresar a su hogar o prefería al otro Aioria más entusiasta y el aparentemente inexpresivo Camus, quien quiera que fuera.

—¿Ella lo sabe? ¿Está bien?

Milo alzó ambas manos, deteniendo el próximo bombardeo de preguntas.

—Ella está bien, sabe lo que está pasando y no nos quedaremos así, debemos intercambiarnos… Lo haremos, ya es un hecho.

—¿Cuándo?

Milo se llevó la mano derecha a la nuca, nervioso, esa era una excelente pregunta.

—¿Pronto…?

—¿No lo sabes, Milo?

—No es que queramos presionar —explicó Aioria—. Somos nuevos en esto, necesitamos saberlo todo.

Lo entendía, claro que lo entendía, pero Milo también sabía que se necesitaba un tiempo para digerir todo lo que había pasado y lo que sabían. Le sorprendía la velocidad con la que ellos estaban absorbiendo información, preguntando y sacando conclusiones; cuando conocieron a su versión femenina Aioria se había puesto a ver películas y Camus había citado un montón de libros que ni siquiera él, ávido lector, conocía.

—Deberían ir a sus casas.

—¿Qué? —cuestionaron ambos, sorprendidos— ¿Por qué?

—Necesitan detenerse un momento y reflexionar en todo lo que les he dicho, y lo que sucedió esta tarde… con Julián Solo…

—¡Mierda! ¡Lo había olvidado! —Aioria se llevó las manos a la cabeza— ¿Y si nos llama la policía para declarar? ¿Qué decimos? ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo sobrevivimos a eso?

—Aioria, no entres en pánico, todo estará bien, si no nos han llamado dudo mucho que lo hagan, y si la policía aparece les diremos la verdad.

—¿Y cuál es esa? —preguntó Shura alzando una ceja y evitando mirar los ojos de Milo sintiendo que su corazón explotaría si lo hacía.

—Estábamos comiendo, aparecieron esos sujetos armados, escapamos, nos escondimos, nos encontramos con esos chicos y Julián Solo, salimos cuando la policía llegó —Milo alzó los hombros—. Básicamente eso fue lo que pasó. Ahora, de verdad tienen que irse, tómense un día o dos… mediten lo que les dije, lo que recuerdan, y si tienen más preguntas, sólo llamen.

Aioria y Shura salieron del departamento en silencio, cada uno pensando en lo que acababa de pasar sin creer siquera que fuera posible.

Aioria pronto se despidió de Shura y partió rumbo a su departamento. No vivía tan lejos de Milo, podía llegar caminando y cuando sus discusiones con Marín escalaban más de lo normal, el sofá de su amigo, o amiga, se convertía en el lugar perfecto para pasar sus penas. No podía dejar de darle vueltas al asunto, y entre más pensaba más recordaba y por consiguiente se percataba de más detalles en torno a su Milo.

Los recuerdos lo mantuvieron distraído mientras entraba a su edificio, subía por el elevador y llegaba hasta la puerta de su departamento. Incluso tardó en abrir la puerta debido a que inicialmente había utilizado las llaves equivocadas. Al entrar, la luz de la sala y la televisión encendía lo recibieron; Marín estaba en el sofá, mirando las noticias, y volteó justo en el momento en el que Aioria colgó su chaqueta al lado de la puerta, con una expresión apagada.

—Le dispararon a Julián Solo —dijo, logrando que el recién llegado la mirara—. ¿En donde dijiste que ibas a comer con los inútiles de tus amigos?

—Milo cambió de opinión y fuimos a otro lugar —Aioria mintió de inmediato. Jamás le mentiría a la policía, pero Marín era un delicado asunto aparte.

—Que estúpidos, pudiste salir en televisión, ser entrevistado, obtener algo de fama.

—¿Basado en un hecho horrible contra una persona que no hizo nada? No lo estarás diciendo en serio, él es uno de los hijos favoritos de la nación.

—No existe la mala publicidad, papá siempre ha dicho eso —respondió Marín, indiferente—. Y justamente por el aprecio del pueblo griego a Julián Solo, no existe mejor manera que hacerse notar que hablando de él.

Ahora que podía recordarlo, sentía que no sólo se le había caído una venda con respecto a Milo y sus múltiples variantes, sino también con Marín.

Marín, dulce Marín. La quería tanto…

Antes de que armase una pelea, Aioria mencionó haber olvidado comprar algo de la tienda, así que se puso de nuevo la chaqueta y salió, en silencio, meditativo. Había tanto por reflexionar, mucho más por digerir y un nuevo rumbo de acción. Sus pies lo llevaron hasta la cafetería donde trabajaba Lithos y al ver a la joven en el lugar, no dudó en entrar, sintiendo la calidez del lugar y de la sonrisa de Lithos cuando ella notó que él acababa de entrar y se acercaba.

—Hola Lithos —saludó en cuanto se paró frente a ella—. Un café, por favor, cargado, extra cargado.

—¿Problemas en el trabajo? Nunca te había visto en este horario.

—Nada del trabajo, pero tengo mucho en qué pensar.

Aioria se recargó contra el mostrador y observó a Lithos preparar su café justo como le gustaba. Ver a la joven moverse con tanta maestría en su trabajo le hizo preguntarse si ella también existía en el mundo de Milo hombre, si también trabajaba en una cafetería, si ellos se conocían. Milo le había hablado de miles y miles de mundos, miles y miles de variantes, miles y miles de posibilidades de que la vida de uno de ellos sea diametralmente opuesta a lo que conocían en ese momento. Tantas posibilidades, Aioria no podía dejar de pensar.

—Oye, Lithos… —Aioria dejó de mirar su vaso humeante de café y observó a la joven frente a él— ¿Algunas vez has pensado en todo eso del multiverso y dimensiones paralelas?

—¿Dimensiones paralelas? ¿Cómo en las películas? —preguntó Lithos, sin dejar su tarea de limpiar su lugar de trabajo.

Aioria estaba sentado justo frente a ella, en una de las sillas junto al mostrador para los solitarios como él que no querían abarcar mucho espacio. Solo estaban ellos dos en el establecimiento, y por como ella estaba acomodando las cosas, parecía que él sería el último cliente.

—Sí… como en las películas —afirmó Aioria, desconociendo el tema por completo.

—Creo que es fascinante —Lithos sonrió después de tomarse algunos segundos para pensar—. Imagina que exista una versión de ti que sea presidente, o actor, o músico, sin limitantes, puedes ser todo lo posible y lo inimaginable.

—No lo había pensado así.

Hasta ese momento, Aioria solo había pensado en la fatalidad, en todos los problemas que había, en su amiga pedida e intercambiada por una versión masculina. En lo extraño que se había vuelto el mundo de repente, o mundos.

—Bueno, estamos hablando de mundos paralelos, ¿no? Se me hace lo más obvio —observó Lithos, regresando a su tarea de limpieza—. ¿Por qué una pregunta tan intrigante?

—Estaba viendo una película.

Aioria le dió un sorbo a su café y miró al frente, pensando. Se quedó en la cafetería hasta que Lithos le dijo que ya debía cerrar. Después caminó de nuevo a su edificio y se sentó en las escaleras de emergencia; intentando ordenar sus ideas, organizar y clasificar los recuerdos que tenía de ambos Milo, cosa que le tomaría más que esa única noche.

Shura, por su parte, tampoco la estaba pasando bien. A él, más que llegarle recuerdos de golpe, le llegaban emociones, emociones golpes, de alegría, molestia, tranquilidad, amor y dolor, mucho dolor. Shura no podía recordarlo, pero sentía que Milo lo había lastimado de una forma inimaginable, se sentía traicionado.

Si tuviera que elegir una emoción predominante, sin duda la tristeza sería la elegida, aún más que el amor o la traición. Después de esa noche podía recordar con más claridad a la pelirroja con la que salía. Recordaba que no era muy alta, que su cabello tomaba un fuerte tono rojizo cuando la luz del Sol le daba directamente, que maldecía en voz alta y cantaba mientras cocina. También estaba casi seguro de que había algunos recuerdos que estaban mal, como si alguien hubiera puesto a Milo hombre sobre la mujer.

Y había recuerdos que directamente no eran reales, o él sentía que no lo eran. Por ejemplo, toda la mañana del día siguiente, Shura estuvo pensando que existieron noches en las que él se había quedado a dormir con ella, noches dónde según recordaba él iba de regreso a su casa, después de despedirse de su rubio amigo.

Todo era tan extraño, tan borroso pero a la vez real, todo fundido en un fondo azul, como si la verdad estuviera oculta en el lecho marino, como un barco hundido con muchos secretos en su interior.

—Shura —el nombrado frunció el ceño y miró a su compañero de trabajo, Afrodita, molesto después de que este le golpeara la cabeza con una carpeta—, cuando dejes de soñar despierto te esperaremos en el techo.

Tenía por costumbre reunirse con algunos de sus compañeros de trabajo para fumar en su zona designada. Era un hábito terrible que había tomado de su tiempo en la universidad, un hábito que a Milo no le gustaba. Shura se detuvo antes de encender su cigarro, pensando en ese detalle. En el pasado, en algo que ya se sentía como otra vida, Shura había intentado dejar su mal hábito porque Milo no lo dejaba quedarse en su departamento cuando olía a tabaco.

—... Shura, te juro que si sigues ignorándome voy a patearte.

Al escuchar la amenaza, Shura terminó de encender su cigarro y miró a su amigo con un gesto de disculpa.

—Tengo mucho en qué pensar —se explicó, metiendo una mano en el bolsillo de su pantalón mientras con la otra sostenía su cigarro—. Necesito hacerles una pregunta, y deben tomársela en serio.

—No digas más —Arthur, el encargado de recursos humanos, sonrió—. Te acepto tal y cómo eres, eres mi amigo, no voy a despedirte.

—Ya era hora de que te percataras, creí que este día nunca pasaría —completo Afrodita, mirándolo como si hubiera algo que lo enorgulleciera.

—¿Disculpen?

—Vas a preguntarnos si no tenemos problemas con que seas homosexual, ¿no? —le dijo Arthur, dándole una calada a su cigarro.

—Creí que primero nos retiraríamos antes de que tú lo aceptaras, estoy orgulloso de tí.

Shura aplastó su cigarrillo apenas encendido contra el cenicero y miró a sus compañeros con sorpresa. Él había pensando en hacerles una pregunta estúpida y completamente razonable considerando todo lo que había vivido en las últimas horas: ¿qué opinaban de las dimensiones paralelas? Ni más, ni menos.

—¿De dónde sacaron eso? —preguntó con voz ahogada, sintiendo que el resto de sus preguntas morían antes de atravesar su garganta.

—Milo.

—De cómo miras a Milo —Afrodita sonrió burlón—. ¿La fiesta de Navidad del año pasado? No podría ser más obvio.

—Parecías embobado cada vez que se acercaba a charlar con nosotros —explicó Arthur—, y eso que el muy idiota se puso a coquetear con Yufa de contabilidad…

Shura entrecerró los ojos, tratando de recordar la dichosa fiesta. Tenía en mente al menos dos versiones de ese día. En el primero, él había llevado a Milo porque Aioria estaba en una reunión con Marín, ambos chicos habían llegado juntos y tan pronto como pusieron un pie en la fiesta, Milo se alejó para conocer a sus compañeros de trabajo y buscar alguien que le contara historias vergonzosas de Shura; esa noche, Milo había usado un traje rojo y había conseguido el teléfono de Yufa después de casi una hora de charla, eso había sido todo, cada uno se había ido a su casa y Shura nunca se había molestado en averiguar si su amigo había hecho algún movimiento extra con su compañera. En la segunda versión, una bañada en azul, él había llevado del brazo a una pelirroja enfundada en rojo que no se había separado de él, excepto cuando fue al baño y regresó hablando con Yufa sobre un montón de cosas que él ya no recordaba; al final de la velada, Shura la había llevado a su departamento y se había encargado el mismo de quitarle su sensual vestido.

—¿Entonces no estás enamorado de Milo?

Shura miró a Arthur con confusión.

Enamorado de Milo.

—No —negó, pensando en el rubio, su amigo. Sin embargo, al pensar en la pelirroja, un golpeteo en el corazón lo entristeció—. Ya no.

Afrodita y Arthur intercambiaron una mirada, ambos intrigados por el cambio de actitud de su amigo y su declaración.

Shura en cambio, adoptó una postura relajada y comenzó a hablar de otras cosas, cosas del trabajo, lo que sea con tal de pensar en temas que no estuvieran relacionadas con Milo. En ese sentido, Shura pasó el resto de la semana trabajando como si no tuviera más vida fuera de la oficina, no dejaba que nada lo distrajera de su área de trabajo. Pero después del trabajo, cuando la jornada terminaba y básicamente lo echaban del edificio, Shura se la pasaba pensando en Milo, en ellos.

Tal vez estaba perdiendo la cabeza. O tal vez ya lo había hecho.

—Estuve investigando… tal vez es posible, Shura, tu lo viste, ese sujeto… cuando nos miró… y entonces…

Aioria ilustraba sus palabras moviendo las manos de un lado al otro. No era necesario añadir más, Shura lo comprendía, sabía a lo que se refería.

—Cuando dices investigar te refieres a sustentar tus ideas en teorías científicas reales, ¿verdad?

—Pasé toda la semana viendo películas —afirmó Aioria, entrecerrando los ojos—. Me duele la espalda, ¿cómo alguien puede pasar su tiempo sentado frente a una pantalla sin hacer nada más?

Shura alzó los hombros y miró inexpresivo a su amigo. Ciencia ficción, sus fuentes de consulta eran la ciencia ficción.

—El punto es que es posible —continuó Aioria, después de su pausa para beber café—. ¿Recuerdas que Milo nos habló de un tal Camus? Pues lo investigué, y a menos que Milo se haya vuelto un acosador de franceses, tiene razón en todo, excepto que este francés no es pelirrojo, sino peliazul.

Recordar esas explicaciones provocó que Shura pensara en más preguntas que no había querido analizar. Si ese tal Camus era su reemplazo en el mundo del Milo rubio, ¿entonces ahora su Milo estaba saliendo con él? ¿o Camus era un amigo más? ¿o ambas cosas?

—¿Qué tal si todos morimos ese día y este es un infierno? Uno donde dudas hasta de tu propia existencia.

—Shura, por favor, estamos hablando de cosas serias.

Shura bufó.

—Estamos hablando de viajes en el tiempo o lo que sea, nada de esto es serio —explicó, mirando con molestia a Aioria.

—Es… difícil de creer, pero no imposible —pensó Aioria—. Y sabes que es verdad, la has visto, la recuerdas.

Ambos se sumieron en un largo silencio, sumidos en sus pensamientos, dándole razón a las palbras de Aioria, intentando comprender lo que sea que sucediera.

—Hay que ir a ver a Milo —señaló Aioria—. Esto es real, y tenemos que apoyarlo, no por él, por ella, para que la traigan de vuelta, ¿no quieres verla, Shura?

Shura desvío la mirada. No sabía por qué, pero no quería, no quería verla.

—De acuerdo —terminó por aceptar—. Creamos que todo esto es verdad.

El dúo fue a buscar a Milo al día siguiente. Ninguno lo había visto en días, ni siquiera habían hablado con él, así que no sabían qué esperar cuando volvieran a verlo, Shura teorizó que Milo los estaba engañando y cuando llegaran a su departamento el rubio se burlaría de ellos, inventando que los había drogado o algo por el estilo.

Estaba casi seguro de eso, pero sus afirmaciones se fueron al caño cuando tocaron el timbre del departamento de Milo y frente a ellos apareció un Milo completamente diferente al que conocían. Había algo en sus facciones indiferentes y mirada vacía que le causó un escalofrío a Aioria, quien sabía perfectamente cómo era la mirada de su amigo; esa mirada que transmitía calidez y alegría natural ahora parecía haber desaparecido, dejando sólo un frío vacío que congelaba hasta los huesos. También parecía más alto, no sabían cómo pero se veía imponente y un poco aterrador.

—Dijo que podrían venir —inició Milo, cuando el silencio en la entrada se alargó.

—¿Quién? —preguntaron Shura y Aioria, ligeramente atemorizados por la falta de emoción de Milo, en su rostro o en su voz. Se veía robotizado, a falta de mejores palabras.

—Ustedes saben quién.

Milo se dió la vuelta y entró de nuevo a su departamento, dejando la puerta abierta. Shura y Aioria intercambiaron una mirada, ambos decidieron aceptar la muda invitación, sabiendo que no habría vuelta atrás, acababan de firmar una sentencia.

Era hora de enfrentar la verdadera realidad.