Capítulo dos: El Descuido.
...
-¿Y es segura? -preguntó Inglaterra al comité, sosteniendo con extrema fuerza su taza de té. Las muertes hace unos meses ya habían superado el millón, y la cantidad de contagiados a nivel mundial iba en más de 50 millones.
-Sí, ya pasó por todas las fases y consideramos que es segura para la población.
-¡Mi casa hace buenas vacunas! -exclamó con entusiasmo Estados Unidos.
-¡Cállate idiota! -le reprochó Inglaterra.- Tus científicos no son los únicos que trabajaron en ella.
-Pero fue en mi casa -le respondió sacándole la lengua.
Los científicos y representantes se miraron con incomodidad y más de alguno tragó en seco.
-Si es segura, deberíamos proceder -retomó la conversación la Reina, devolviendo la cordura a la nación británica.
-Eh, sí, si Su Majestad está de acuerdo, yo también lo estoy -confirmó Inglaterra, sintiéndose un poco tonto por caer en las infantilidades de su ex colonia.
Durante esos meses, Inglaterra aun sentía la extraña presencia, sin embargo se obligó a ignorarlo, llegó a pensar que quizás alguno de sus "queridos" hermanos, aburridos de la cuarentena, decidió jugarle una bromita lanzándole un hechizo y que, por eso, solo sentía esa extraña sombra en Buckingham -que es donde él dormía- y no en otros lugares reales.
Se estaba sintiendo mejor, aunque seguía preocupado por su gente y por su reina, afortunadamente ella aun no se había contagiado.
"Debería retomar el hechizo"
Recolectó los papeles que había encontrado en abril y regresó a su sala especial, se concentró en lo que iba a hacer y realizó el conjuro.
O al menos intentó hacerlo, porque algunas palabras estaban algo borrosas debido a que los papeles ya no estaban protegidos en su biblioteca, sino que estaban en su habitación. Mientras conjuraba, soltaba algunas maldiciones, tartamudeos y correcciones. Sintió una poderosa energía brotar del centro que, con su mano izquierda, intentó impulsar hacia arriba; pero antes de acabar, todo terminó de forma abrupta.
-¿Ah?
Así como repentinamente había agarrado fuerza, repentinamente declinó y se disipó como si nada. La sala estaba despejada, sin siquiera una sutil neblina, o aura, o algo.
Nada.
-¡Maldición! ¡Estos papeles no sirven! -los lanzó al suelo, enojado.- De seguro el imbecil de Gales los escribió y los escondió en la biblioteca para que yo cayera como idiota.
Pisando fuerte, salió de la habitación refunfuñando y cerrando la puerta de un portazo, los papeles volaron por la fuerza del portazo… pero no volvieron al suelo en un buen rato, pues una energía magnética invisible parecía mantenerlos en el aire.
Inglaterra estaba demasiado enojado y frustrado como para haber prestado atención a una risilla que sonaba a la distancia.
El chico que miraba por el espejo se divertía al ver que ahora su mano atravesaba el vidrio.
…
-¿Se puede saber por qué mierda me llamas?
-Sweetie, no me hables así que dañas mi pobre corazoncito.
-¿Tú tienes corazón? -respondió irónico. El pelirrojo solo le devolvió una tiesa sonrisa.
-Tengo que contarte algo que te va a gustar.
-¿Viniendo de ti? Solo si es que te vas a morir -Inglaterra rió coquetamente.
-Ay, Francia querido, sin mí no podrías vivir.
El aludido soltó una risa amarga, como si fuera un escupo.
-Creeme, me harías tan feliz como cuando se restableció la monarquía francesa.
-¡Tengo un doble!
Francia lo miró entre aturdido y asqueado.
-No pienso hablar con un drogadicto de mierda -iba a colgar pero Inglaterra empezó a gritar para evitarlo.
-¡No, no, no! Honey escúchame. Es en serio, a través de los espejos veo a otro Inglaterra y no sabes qué, tiene dinero ¡Es una potencia!
El hombre de cabello oscuro lo miró en silencio, reflejando su desagrado con una maleducada mueca.
-Tendrías que venir a mi casa para que lo veas -canturreó con coquetería, a lo que el hombre francés respondió con una queja.
-¿Y por qué rayos pisaría tu asquerosa tierra?
-Para verlo.
-Tengo cosas más interesantes que hacer que hablar con un adicto.
-Si puedo verlo a él, deben haber más, debe estar tu doble, ¿no te gustaría volver a tener dinero?
Francia estuvo a punto de cortarle el teléfono hasta que escuchó la palabra mágica, "dinero".
Odiaba reconocerlo, pero estaba quebrado. Después de perder la Segunda Guerra Mundial, había quedado debiendo más dinero del que podía generar, teniendo que recurrir a préstamos de nada más y nada menos de países del sur de América, lo cual ya era bastante degradante, y estaba apresado desde los años 50 a una deuda eterna con el más mafioso de los sudamericanos, el odioso de Argentina, digno ahijado de Italia. De hecho, apenas podía pagar los intereses de la deuda. Qué rabia sentía, esos malditos países solo se habían enriquecido de sus necesidades durante la guerra y ahora eran la potencia, junto con los de Asia Central. Una locura.
Si el idiota de Inglaterra tenía razón, podría haber una opción de recuperar su antigua gloria y saldar esa esclavizante deuda.
-¿Sabes? -cambió el tono a uno más armónico y espetó una forzada sonrisa, tenía un plan.- Si es verdad lo que me dices, hace algún truquito de magia y tráeme algo de valor de allá, para pagarle al imbécil de Argentina.
-¿Y qué gano, cariñito?
Antes de responderle, soltó un largo suspiro. Debía ser razonable, era obvio que el pelirrojo estaba drogado y él estaba cayendo en su odioso jueguito, no debía tomarlo tan en serio, así que mejor le seguiría la corriente.
-Un beso -respondió a secas, la coquetería jamás iba con él.
Tuvo que colgar debido a los escandalosos gritos del británico que amenazaban con dejarlo sordo de un oído.
-Maldito enfermo de mierda.
Durante meses, desde el descubrimiento, Inglaterra estuvo haciendo todo tipo de intentos para cruzar los espejos… sin resultados positivos.
Probó todas las técnicas de las malas películas de su ex colonia adorada y todos resultaron ser una farsa.
Empujó cada espejo con sus manos, hombros y hasta pies, los colocó en agua y se sentó arriba de ellos, corrió hasta estrellarse en ellos, lanzó algunas palabras como "ábrete sésamo" "ábrete Buckingham", hizo algunos movimientos graciosos de muñeca con una ramita frente a cada uno de ellos; porque sí, había que probar todo en cada espejo de las decenas que le quedaban.
Y nada funcionaba.
Incluso intentó meterse a cada armario por si encontraba allí la clave, también probó atravesar paredes, como pasaba en un ridículo libro que había escrito una inglesa.
Nada.
Cada cierto tiempo lanzaba cupcakes a algunos espejos para liberar la frustración, no obstante, recordar la recompensa que tendría le hacía volver a intentarlo.
-¡Ábrete maldita sea! -gritó mientras le propiciaba un cabezazo al espejo, cortándose la frente.
Sintió la sangre recorrer su piel y, en vez de asustarse, una sonrisa tétrica apareció en su rostro. Sin preocuparse por limpiarse, se sentó frente al espejo que estaba en plena sala de reuniones importantes de la reina. La sangre le causaba cosquillas divertidas, se sentían como caricias cálidas en medio de ese gran vacío que lo rodeaba. Debía cruzar, obtener esos maravillosos botines, él también tenía deudas, sin embargo, el obtener un beso de su amado era un motor más fuerte para lograr hasta el más mínimo intento.
Colocó la mano sobre el frío vidrio.
-Dime, querido, ¿qué debo hacer para atravesarte? ¿Pedirte permiso? -rió con un tono macabro.- Está bien, tú ganas. Espejito bonito, ¿me das permiso de atravesarte por favor?
Justo coincidió con el hechizo frustrado de su doble y, por arte de magia, su mano atravesó el cristal.
No se asustó, no se sorprendió, solo se quedó con la mano fija. Movió un poquito sus dedos, notando cómo el vidrio se sentía agua. La sonrisa tétrica que tenía antes de pedir permiso se mantuvo y, poco a poco, empezó a crecer hasta deformar su pecoso rostro. Una risilla espeluznante brotó de sus labios.
…
Esperando que ese Palacio de Buckingham fuera igual que el suyo, atravesó el espejo para dirigirse a una de las salas donde la reina guardaba sus joyas. Por lo que había visto en los meses anteriores de estudio y vigilia, el palacio era enormemente similar, excepto como cuando miras algo a través de un espejo, lo que en teoría debía estar a la derecha, ahí estaba a la izquierda. Esperó a la noche para cruzarlo y, sigilosamente, llegó a la sala. Había sido más fácil de lo que pensaba, como un pez en estanque conocido apareció frente a la imponente puerta. Luego de décadas de decadencia, Inglaterra había aprendido a abrir cada puerta de sus palacios sin requerir llaves, pues todas las cerraduras estaban oxidadas. Claramente, no era el caso de su doble, no obstante, las puertas eran tal cual las suyas, mismo material, misma forma de cerradura, mismo todo, así que no tuvo problemas con su artimaña.
Sin embargo, no hay plan que salga perfecto a la primera.
Una serie de ladridos resonaron por cada rincón del palacio, "las malditas bestias" susurró el intruso. Abrió los cajones más próximos y tomó todo lo que pudo caber en sus manos, para luego lanzarse a uno de los espejos que había analizado meses atrás.
Como ventaja para él, y desdicha para el Inglaterra de ese mundo, todos los espejos servían de portal.
Segundos antes que las alarmas sonaran, el rubio británico despertó aturdido. Había escuchado en sueños una macabra risilla. Sudaba helado, su corazón latía con extremada fuerza, sentía escalofríos en la espalda mientras en su mente resonaba la desconocida risilla. Y, segundos después, volvió a sobresaltarse con la alarma.
-¡Inglaterra! ¡Inglaterra! -entró a su habitación el secretario general de la Reina. El británico se incorporó lo más rápido que pudo, el tono desesperado del hombre le causó pánico, ¿acaso…? No, no podía ser.
-No me digas que…
-¡Entraron a robar!
No sabía si preocuparse o angustiarse más. Su primera reacción fue de un ligero alivio, pues pensó que las alarmas indicaban que la Reina había muerto abruptamente. No obstante, cuando procesó la noticia, la inquietud volvió a su cuerpo, ¿cómo era posible aquello? Se colocó la bata y salió detrás del empleado. Los corgis estaban totalmente inquietos, daban vueltas por todo el palacio, corriendo lo más rápido posible y siguiendo aparente un rastro de olor, por lo que detrás de cada corgi corrían tres o cuatro empleados.
-¿Qué se robaron?
-No tenemos claro, la primera alarma sonó en una de las salas de la corona.
-¿Q-qué?
Por breves segundos, se quedó paralizado, para luego retomar la marcha. Solo la familia real, el secretario de la Reina y él sabían de la existencia de esas salas, ¿cómo alguien pudo entrar allí? ¿cómo alguien pudo penetrar la defensa del palacio de Buckingham? No tenía sentido nada de lo que estaba pasando.
Efectivamente, la puerta estaba abierta y los primeros cajones abiertos. Faltaban algunos collares y anillos, cuyo valor era millonario. En cosa de minutos, la policía ya estaba ahí, mientras Inglaterra se agarraba la bata, abstraido por la impresión, llenándose de preguntas sin respuestas. En las cámaras no se veía a nadie rondando por los alrededores del palacio, ni acercándose a las ventanas. No había cámaras dentro por privacidad a la familia real, pues cuando Diana vivía con ellos tuvieron que deshacerse de cualquier material de ella por si algún empleado faltaba a su contrato y vendía las cintas; y después de su lamentable fallecimiento la familia decidió no colocar dentro para evitar filtraciones a la privacidad, solo estarían en lugares estratégicos.
Ahora hacían tanta falta, debido a que el ladrón había sido jodidamente hábil.
…
-N-no puede ser -el francés de cabello oscuro observaba atónito la belleza de joyas que el británico colocaba frente a sus ojos.
-¡Lo logré! ¡¿Ves que no te mentía?! ¡Él es rico! Puedo ir a buscar más si quieres, sweetie!
Francia estiró su mano para recibir las joyas, pero Inglaterra las alejó con tono burlón.
-No, no, mi cielito, tratos son tratos -estiró sus labios a la vez que cerraba sus ojos, esperando el anhelado beso.
Francia se frotó su rostro, frustrado, de haber sabido que era real lo que él decía no le habría propuesto algo tan desagradable. En fin, hay cosas peores, como tener que ver la cara de gozo de Argentina por no poder pagarle. Le dio un escueto beso y alcanzó a alejarse antes de que Inglaterra se le colgara del cuello para profundizarlo.
-¡Hey! ¡Noo!
-Tratos son tratos, dame -con brusquedad, le arrebató las joyas y sonrió.
-Te mataré -espetó Inglaterra en tono de amenaza, manteniendo una sádica mirada.
-Ya cumplí, idiota.
-¿Si traigo más, me besarás mejor?
-Realmente eres imbécil -la mirada de Inglaterra se volvió sombría ante los insultos.- Ya saben que alguien les robó, ¿acaso no piensas? Te apresarán. Debes ser más inteligente, tener una estrategia -soltó un suspiro al final.- Con razón perdimos las guerras, eres demasiado idiota para tener un plan.
-O-oye, yo no fui el único que metió la pata -reprochó con lágrimas en sus ojos y Francia soltó otro suspiro pesado a la vez que encendía un cigarro.
Era cierto, todos los aliados habían sido unos reverendos estúpidos al enfrentarse a las potencias del eje. Inglaterra huyendo a la más mínima amenaza, China capturado por Japón a la primera, Rusia que, en realidad, era un traidor y se alió a Alemania para no perder Moscú, él mismo perdiendo cada batalla contra el sádico fascista de Italia, el idiota que decía llamarse "héroe" fue lo suficiente imbecil para bombardear la península de Corea, por lo que Japón respondió lanzándole tres bombas atómicas -una en Nueva York, otra en Los Ángeles y la última en Atlanta- dejándolo knockout.
No obstante, como la guerra también quebró al eje, otros países terminaron aprovechándose del pánico y terminaron ganando mucho, mucho dinero. Ahora ellos estaban en los últimos eslabones de la cadena alimenticia.
-Cómo sea, debemos ser más inteligentes, podemos sacarles mucho.
-¿Y cómo podemos hacer eso? -preguntó con un tono de inocencia Inglaterra, como un niño pequeño que le comentan la mejor travesura a realizar.
Francia se tomó el tiempo para responder, aprovechando de aspirar otra vez su bendito humo.
-Hablaré con Italia.
La sola mención del país ítalo causaba estragos en el pelirrojo. El más sádico del eje, que todavía estaba bajo un gobierno dictatorial, el más impredecible de todos, pero que, por alguna razón, Francia era el único que podía controlar. Después de todo, un buen vino y comida puede apaciguar a cualquier bestia.
Incluso a esa bestia.
