Capítulo tres: La Idea
...
A unos kilómetros de allí, se apreciaba una desolada vivienda de lo que alguna vez fue el epicentro del comercio de Europa, la antigua república de Venecia.
Ahora, dominada por la tiranía, la mayoría de los habitantes habían migrado al sur a la fértil, agradable y democrática tierra de Roma. Sin embargo, eso no preocupaba a Veneciano; le gustaba el silencio y tener lejos a su odioso, glamoroso y ateo hermano mayor. Además, lo mejor de estar desocupado, era que podía divertirse de la manera que tanto le gustaba.
Un potente gemido se pudo escuchar desde una de las habitaciones.
-No te entendí, ¿podrías ser más claro? -susurró con malicia a su acompañante.
-P-por f-favor…
-Por favor… ¿qué? -insistió a la vez que deslizaba su índice humedecido por toda la extensión del pene de su acompañante. El pobre hombre jadeó.
-M-maldito p-psicópata
Como respuesta al insulto, Italia dejó escapar una risa.
-No haré nada que tú no pidas, mi querido Alemania -canturreó, burlándose del estado de excitación del robusto hombre, que jadeante y sudoroso, estaba atado de manos a la cama de visitas sin poder defenderse.
Todo era un juego de dominación y ambos lo sabían. Su retorcida relación había iniciado con el pacto de acero en el siglo pasado y se mantenía a la fecha.
-S-súbete, h-hazlo ya.
Italia debía reconocer que ver el extasiado rostro de su amante lo estimulaba de sobremanera, ¿cómo no? Esas hermosas cicatrices que adornaban su cara lo hacían verse un rudo maleante, pero bajo su yugo y más aún con los ojos semicerrados y ligeramente llorosos le daba una apariencia tan sumisa que lo hacía babear. Sin embargo, también era consciente que estaba impaciente y deseoso.
Sin más preámbulos, se acomodó arriba de la región vital del alemán para lentamente empezar a introducirlo en su cuerpo, a la vez que le quitaba las amarras. Soltó un jadeo al sentir lo bien dotado que estaba y sonrió al escuchar el quejido de respuesta por recibirlo. A Italia le encantaba llevar el ritmo, dominar a la nación nazi, aquella que se jactaba de ser una raza superior, destinada a subordinar al resto; lo tenía justo abajo de él pidiéndole más y más, arañándole las caderas para que se apresurara con su vaiven, sintiendo cómo sus movimientos de pelvis lo acusaban de su necesidad y lujuria.
También el ambiente de su casa ayudaba a aumentar el deseo. Las cortinas rajadas, por las que entraba suavemente el sol, permitía la entrada justa de luz. Los restos de madera de los marcos de pintura esparcidos por el suelo acusaban la anterior pelea que había tenido con el alemán; sus encuentros siempre eran violentos, al punto que si no se dejaban alguna nueva cicatriz era como si no se hubieran visto. Italia sonrió al ver el rostro de placer de su amado, esa preciosa cicatriz que le cruzaba un extremo de la cara justamente se la había hecho con uno de sus cuchillos en un juego previo. Sintió tantas ganas de sujetar algún pedazo del destruido jarrón de vidrio que había existido en su mesita de noche, pero Alemania no lo dejaba moverse con libertad.
Fuertemente sujetado, lo subía y bajaba a un ritmo frenético. Necesitaba liberar frustraciones; en su casa el regimen nazi, que había cumplido 87 años en el poder, sufría una fuerte revuelta, la gente protestaba por mayores libertades y eran reprimidos de forma brutal. El enojo colectivo se le había contagiado y, la mejor forma que conocía para canalizar esos desagradables sentimientos era desahogarse en los brazos -y cuerpo- de Italia.
Era tanta su necesidad que se abstrajo del mundo, ni siquiera escuchó el timbre del celular del italiano. Pero el dueño de casa sí que lo había hecho.
Con destreza, se inclinó para tomar el equipo y aprovechó de sujetar también ese pedazo de vidrio que deseaba.
Era Francia, sonrió de una forma que el mismísimo Maquiavelo estaría orgulloso. Le encantaba fastidiar al galo y una de esas formas era la obscena, pues sabía que odiaba tanto el sexo como un mal vino.
-C-Ciao -gimió al contestar. Alemania abrió los ojos, enojándose al ver a su amante hablando por teléfono mientras tenían sexo. Intentó arrebatárselo, aprovechando que Italia lo había desamarrado antes del coito, pero el italiano respondió clavándole el vidrio en la mano.
-M-Maldito hijo de…
En el otro lado de la línea, Francia suspiró con bastante desagrado. No entendía como a la gente le podía gustar tener sexo, sentir el sudor de otro en la piel, la humedad, los olores corporales, que partes sucias entraran en otros lugares sucios -y anda a saber si se lo lavaron antes-, que te dijeran palabras ridículas de dominio al oido como "eres mio" y otras estupideces más.
Odiaba el sexo.
-Te llamo en otro momento.
-¡Ah! -exclamó el italiano al sentir cómo el alemán, de un momento a otro, se lo quitaba de encima para dejarlo bajo su dominio, con la cabeza pegada a la almohada.
-No soy tu juguete -reclamó para luego penetrarlo con fuerza.
-¡Maldito nazi! -Italia intentó forcejear para quitárselo de encima, odiaba cuando estaban en esa postura, se sentía humillado.
-Te voy a colgar.
-N-No te atrevas -lo amenazó aun sosteniendo el teléfono.- T-Te haré s-sufrir si… ¡N-No seas tan b-bruto m-maldición! -reprochó al final, girando la cabeza para ver al alemán que le respiraba en la nuca.
-S-Sé lo bien que te g-gusta -respondió jalándole el cabello, sacándole un intenso grito.
-Cuando termines de revolcarte con el patatas me llamas -espetó para luego colgar, no necesitaba seguir sometiéndose a esa tortura.
Para despejar la mente, abrió otra botella de vino y se lanzó a su amado sofá, uno bastante roñoso y manchado de vino, donde varías veces había pasado la noche por ser incapaz de incorporarse luego de beber litros y litros de ese dulce néctar. Mientras bebía pensaba en ese nuevo y desconocido universo ¿Cómo será su otro yo? ¿Cómo vivirá? ¿Será igual de rico que la otra versión del inglés acosador o ambos serán pobres? ¿Qué tal serán sus vinos? ¿Cuál tendrá mejor viñedo?
Las preguntas existenciales lo inundaron hasta que se quedó dormido en el sillón, derramando lo que le quedaba, decorándose así con nuevas manchas.
…
-¿Te robaron? ¿Estás bien? -el hombre de lentes lo miraba con preocupación, llevaba un coldpack en su frente y cabeza y, aunque estaban por videollamada, Inglaterra pudo escucharlo jadear por hablar.
Uno de los síntomas del covid era sentir que te faltaba el aire con cualquier actividad que realizaras, y aunque las naciones no morían por una enfermedad -a no ser que mataran todos sus ciudadanos- sí podían manifestar los síntomas.
-Afortunadamente nadie fue lastimado -aclaró, sin poder evitar sentirse mal por el infortunio.- Estoy preocupado, Estados Unidos, la gente está muriendo y un idiota irrumpe en mi casa, menos mal no le hizo daño a nadie de la realeza, no sé que haría sin mi Reina.
-Quizás fue alguien enojado -comentó el yankee llevándose la otra mano al mentón.
-¿Eh? -Inglaterra espetó aturdido. No, eso sería impensado, su gente amaba la monarquía.
-Puede ser una posibilidad, hay rumores que mi gente quiere hacer algo contra mi nuevo jefe, una locura -hizo una pausa para recuperarse de la falta de aire y se reacomodó el coldpack.- Siempre hay problemas después de una pandemia, ¿no? Tú me hablabas de esas cosas.
Ambos guardaron un silencio incómodo, nunca tocaban nada referente de la época en que Estados Unidos había sido colonia británica.
-¿Qué piensas hacer? -reanudó el tema el mismo que causó el silencio.
-No sé, la Reina es reacia a colocar cámaras dentro del palacio. Supongo que tendremos más seguridad en las afueras. Nadie de la policía se explica cómo pudo entrar alguien sin forzar nada.
-Yo podría ayudarte, tengo la mejor tecnología para seguridad -trató de sonar entusiasta como siempre, pero era difícil lograrlo al sentir que faltaba el aire solo al hablar.- Después de todo, ¡soy el héroe!
Inglaterra bufó al oírlo pero luego se preocupó cuando lo escuchó toser. El grito le provocó a Estados Unidos una fuerte seguidilla de tos que no quería ceder aunque se golpeara el pecho y se abanicara con la mano libre.
-¿Estados Unidos? ¡Oye! ¿Estás bien? ¡Oye idiota! -gritaba el británico inquieto al ver como su ex colonia se ahogaba en la tos.
De la tos pasó a la apnea, como si por dentro la garganta se le cerrara y no permitiera entrar el preciado aire. Los jadeos agónicos en conjunto con la tos rasposa lo hacía más desesperante para ambos. Inglaterra vio por la pantalla como la nación americana hacía gestos desesperados con su brazo a alguien que él no podía ver, pidiendo ayuda; luego, le dedicó una mirada agónica para después cerrar la pantalla.
Inglaterra veía su reflejo en la negra pantalla, su mirada era aturdida y angustiosa, realmente estaba preocupado por él y, lo peor, era ver como alguien que aprecias la pasaba mal y no poder hacer nada para ayudar porque los dividen miles de kilómetros.
…
-¿Qué querías, Francia? Espero que sea algo bueno.
El galo tragó en seco al ver a Italia apoyado en el marco de la puerta de su casa. Su mirada castaña era fría, sombría, carente de cualquier emoción positiva y vida. Se daba golpecitos en la mejilla con una navaja suiza cerrada, sin embargo ahí estaba, dándole la señal a Francia que en cualquier momento la abriría.
-¿Qué hace él aquí? -preguntó el hombre de barba descuidada al joven italiano, con un evidente tono de desagrado.
Detrás de Italia, estaba Alemania con un pequeño vendaje en el cuello y en la mano derecha, ya se imaginaba a qué se debían los nuevos cortes. Su mirada parecía perdida, como si realmente no estuviera prestando atención a lo que había delante suyo.
-Me pregunto lo mismo -respondió con frialdad Italia apuntando con la navaja suiza al atemorizado pelirrojo inglés, quien estaba sentado en el sillón favorito de Francia sin mover un músculo.
-¿Vas a pasar o no? No tengo todo el día.
El italiano bufó, mirándolo detenidamente por unos largos segundos; la sola presencia de Italia en cualquier lugar generaba un ambiente inquieto.
…
-¿Un mundo… alterno? -preguntó una vez que escuchó toda la historia del inglés.
Inglaterra asintió, nervioso, tan nervioso que sorbeteó el té que Francia le había preparado, ya que no le gustaba el vino.
Italia miró fijo al inglés, luego al francés, después a la copa de vino que tenía enfrente y, después al alemán.
-Pruébala -ordenó a su acompañante.
-¿Eh? -los tres se miraron aturdidos.
-Ese idiota -Italia apuntó al británico- es un drogadicto y tú -apuntó al francés- no eres de fiar. Si me quieren envenenar con su mierda de opio están muy equivocados que cederé.
-N-No I-Italia, no hay v-vene… -iba a aclarar las cosas Inglaterra, pero no sirvió de mucho.
-¡Te di una orden! -le gritó a Alemania, golpeando la mesa con su puño.
Con nerviosismo, Alemania frunció sus labios y se llevó la copa a la boca para probar el vino.
-Trágatelo -insistió Italia.- No quiero que solo te mojes los labios, tengo que estar seguro que estos imbéciles no me quieren matar.
Acatando la orden, bebió la mitad de lo servido de un trago. No estaba nada mal, incluso se relamió sus labios para aprovechar cada gota.
Italia no le despegó la mirada de encima, estudiando cada movimiento. Pasaron los segundos en ese incomodo silencio.
-¿Me lo puedo tomar todo? -Alemania le preguntó a su compañero mostrándole la copa.
Italia observó inmutable al alemán y asintió. No se hizo de rogar.
-Bene, bene -musitó mientras se golpeaba los labios con la navaja suiza cerrada.- Entonces, existe un mundo donde somos ricos y poderosos y tú lo pudiste cruzar, trayendo esas joyas.
-S-Sí, eso mismo.
-¿Y la idea de ustedes es robarles?
-Sí.
-Vaya mierda de plan -espetó echándose para atrás, apoyándose en el respaldo del sofá, para luego levantar los pies y colocar sus botas arriba de la mesa.
Inglaterra soltó un gemido ahogado, Francia un suspiro contenido, tenía que mantener la calma.
-Tú también tienes deudas -le recordó el galo, buscando su cajetilla de cigarrillos.
En ese momento, como un flechazo, la navaja suiza terminó en el pecho del francés.
Por unos segundos, todo se paralizó. Cuando volvió en sí, Inglaterra estuvo a punto de lanzarse sobre Italia por atacar a su amado, al mismo tiempo que Alemania se preparaba para golpearlo por atreverse. Francia detuvo al británico con su brazo, mientras la otra mano sacaba la navaja, la que había roto su descuidado traje pero le indicaba donde estaban los cigarrillos. Italia había lanzado la navaja directamente a donde estaba la cajetilla, en señal de advertencia o llamado de atención.
-Por eso son una bola de mediocres perdedores -declaró en seco el italiano, con la mirada igual de sombría.- Perdedores sin ambiciones, básicos de mierda -todos estaban en silencio, exasperando a la nación de la bota. De un bolsillo interno de su chaqueta, Italia sacó uno de sus cuchillos favoritos y lo clavó directamente en la mesa del francés.- Por eso jamás pudieron colonizar África -trazó una línea con el cuchillo, arruinando la mesa de centro del francés-, por eso Estados Unidos y Canadá lograron la independencia en apenas unos meses, porque no ven más allá de sus estúpidas narices -siguió trazando líneas con el cuchillo, como si la mesa fuera un plano de estrategia.- Tienen al frente un mundo nuevo y solo piensan en pagar sus putas deudas, en vez de conquistarlo como se debe. Eso me enoja.
Dejó de destruir la mesa de centro y, sin parpadear, miró fijo a las naciones del frente. Ambos tragaron en seco, ni Inglaterra ni Francia se animaban a decir algo. Italia los siguió mirando con la misma mirada inquisidora.
-¿Y bien? ¿Se quedarán callados como retardados?
-¿Q-Qué ideas tienes? -el británico no tenía cómo había logrado decir palabra alguna.
Italia comenzó a juguetear con su cuchillo, en actitud pensativa, se pinchaba suavemente la yema de los dedos sin llegar a causarse daño.
-Creí que era evidente -comenzó a decir sin mirarlos, infinitamente más interesado en el filo de la hoja que en ellos-, hay que cruzar el umbral y matarlos.
"¿Matar?" Francia e Inglaterra se miraron con un nudo en la garganta, Alemania, en cambio, suspiró agotado; tenía que lidiar con la rebelión de su pueblo y más encima Italia le pedía matar a su otro yo, qué cansancio.
-Italia -lo llamó en un susurro, el aludido volteó a verlo y arqueó una ceja.- Si Inglaterra tiene razón y lo que vio es su doble, es un Doppelgänger, y no se deben matar.
-Ilústrame -exigió la explicación.
-O sino te mueres tú.
Italia lo observó con detenimiento, su mirada sádica se había perdido y solo había vacío. Le había quitado la posibilidad de cometer uno de los actos que más le gustaba, frustrándolo. Sin embargo, Alemania tenía que decírselo; aunque tuvieran la relación más insana posible, no se imaginaba vivir sin él.
-¿En serio, Alemania? -preguntó Inglaterra, dubitativo. El nombrado asintió.
-Bien -Italia suspiró, liberando su desilusión.- Como tú sabes de esos doppengengar* o como se llamen, averigua sus puntos débiles para poder trazar un plan -se levantó del sillón y miró al dueño de casa.- Dame vino y quiero verte sirviéndomelo.
Sin nada más que decir, Francia guió a Italia a sus cavas, mientras Inglaterra se quedaba a solas con Alemania.
-¿Quieres uno? -le preguntó con amabilidad Inglaterra, ofreciéndole sus cupcakes.
-Nein, tienen veneno, te conozco. Vayamos al grano.
Y aunque odiaba trabajar, Alemania odiaba más lidiar con la ira de Italia.
notas finales: en alemán doppelgänger se pronuncia similar a "dopelgengear" y por eso Italia podría entenderlo como "dopengengar"
