Capítulo seis: La Visita
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Al otro lado de la frontera, España estaba tranquilo. Su jefe había decidido darle vacaciones, ya que, por la fiebre tuvo algunos despistes que habían arruinado un par de informes. Para no aburrirse, pasaba las tardes leyendo en su biblioteca personal, tenía libros incluso desde la época del Califato de Córdoba.
-Antonio, ¿se puede? -golpeó la puerta un empleado del palacio.
Él había pedido que todos le llamaran por su nombre humano, le gustaba sentirse cercano a la gente y, también, así se olvidaba a ratos de las grandes responsabilidades que tenía. Se permitía sentirse un humano más en la tierra.
-¿Qué pasa?
-Te llaman -le ofreció un celular.
-Vale -agradeció mientras tomaba el teléfono.-Diga -el alegre semblante de España empezó a cambiar mientras escuchaba atentamente a quien hablaba del otro lado de la línea.- ¿Eh? ¿Qué Portugal ha estado causando problemas en el centro? -le parecía curioso por decir lo menos, Portugal y él desde el siglo pasado habían logrado limar todas sus asperezas y ahora eran amigos, tanto que se visitaban frecuentemente para disfrutar de las playas y comida.- Eh, vale… iré en camino.
Colgó a la vez qué suspiraba, devolvió el celular, tomó una chaqueta para resguardarse del frío del invierno y se dirigió al centro de Madrid para resolver el conflicto.
-¡Portu! ¿Quihu…? -se calló al instante cuando el joven extranjero volteó a verlo.
Era un hombre de tez morena, cabello castaño oscuro atado en una coleta y con algunas cicatrices en su rostro. No era Portugal -aunque cualquier humano podría confundirlo, pues Portugal también tenía el cabello largo y recogido. Lo peor era que tenía una mirada apagada, como si viera la vida con un lente de recelo. Le recordó a cómo se veía él mismo durante la invasión napoleónica y la independencia de sus colonias americanas.
El extranjero lo observó de pies a cabeza sin cambiar su semblante serio.
-Ya veo -declaró con ronca voz.- Tú eres el otro España.
¿Había oído bien… "el otro España"? ¿Qué significaba eso? Masculló algunas palabras sin sentido sin saber qué hacer o decir, pues no entendía nada de lo que ocurría. Sentía que aquel desconocido era una nación, pero no lo conocía, jamás lo había visto. Lo que más le sorprendía era que hablara con su mismo acento, no había logrado que ninguna de sus colonias lo adquiriera, así que le era más extraño aún.
-¿Puedes decirle que me den un café como Dios manda? Joder -le "pidió" o mejor dicho, exigió, el joven de coleta a España, apuntando al vaso de café con leche que tenía enfrente.- Es el tercero que pido y siguen trayéndolo así.
-¿Así…cómo? -En su casa era muy común tomar café de esa forma, no le veía lo extraño.
-Pues en taza, ¿no? ¿Quién toma café en un vaso y con hielo? Estais locos -espetó al final soltando un bufido y cruzándose de brazos.- Me tienen hasta los cojones.
Notando que lo mejor que podía hacer era cumplir con las peticiones del hombre, España entró directamente a la cafetería para hablar con el encargado y resolver el conflicto.
Ni siquiera con una docena de churros, chocolate caliente y café en taza, el hombre se veía feliz, o conforme. Sin mirar a su contraparte, comía en silencio, formando una pared invisible con el dueño de casa.
-Vale... cuéntame, ¿qué haces aquí? -España realmente no sabía cómo entablar una conversación con el sujeto.- Vale, también eres España pero no este España, porque ese España soy yo y no tengo un gemelo, aunque bueno, Portugal y yo somos casi idénticos así que podríamos pasar por gemelos, pero tú dices ser España, entonces tienes tu propia España, ¿no? ¿Y dónde está? ¿Cómo llegaste aquí?
-Cállate -ordenó sin más, dejando helado al joven de ojos verdes.
-¿Eh? Pero si tú…
-Cierra el pico -insistió.- Te pareces a Romano.
¿Romano? Inmediatamente asoció la palabra al Romano que conocía, que muy hablador no era a no ser que se tratara de insultar o de coquetear con chicas.
España, sintiéndose terriblemente incómodo, guardó silencio. Algo le decía que era mejor que acatara la orden.
Luego de comer una docena de churros, diez rosquillas de distintas variedades, tres cafés -en taza, miraba con desagrado si le traían el café en vaso- y media docena de pestiños, ese España por fin esbozó una leve sonrisa.
-Estuvo bien -comentó cortando el incómodo silencio que había entre ambos. Miró al dueño de casa, causándole nerviosismos por lo penetrante de su mirada.- Hazme un tour.
-¿Cómo dices? -La petición le había sonado tan extraña, dentro de todo lo insólito de la situación. Mas, el otro España no repitió, tan solo lo observó en un penetrante silencio.- Vale, entiendo. Iremos en taxi.
Recorrieron el centro de Madrid en un taxi. Al principio España, deseoso de eliminar esa incomodidad que había en el ambiente, intentó ser amigable al explicar los monumentos; no obstante, de la boca del otro español salió un firme y simple "cierra el pico". Aunque el silencio se vio interrumpido cuando pasaron por fuera de la casa de gobierno.
-¡¿Ese es el…?!
-¿El Palacio de la Moncloa? -completó la frase el dueño de casa. El visitante asintió sin apartar la vista de la ventana.- Sí, ese mismo, ¿por?
-Lo reconstruyeron -comentó incrédulo.
-Fue un arduo trabajo, se tardaron cuatro años, pero valió la pena. Yo vivo ahí, junto con el presidente.
El visitante lo observó intrigado.
-Eres República -no fue una pregunta, sino una afirmación.
-No, exactamente, sino más bien una Monarquía Parlamentaria.
-¡¿Qué coño dices?!
Por cosa del destino, les tocó esperar por un semáforo en rojo. Ambos se miraban aturdidos, aunque el más sorprendido de toda la situación era el taxista. No todos los días tenías la suerte de toparse con la representación humana de tu país y, menos aún, con su doble.
-¿M-Monarquía? -la palabra parecía causarle terror.- ¿N-No hubo repúblicas?
Esto se iba a poner incómodo.
-Y deberíamos -para agregar incomodidad, el taxista habló.- Ha habido demasiado gasto y escándalos, algunos se han aprovechado de la situación como la infanta Cristina y su…
El taxista aprovechó de desahogar sus pensamientos políticos, creyendo de forma ilusa que la personificación de su nación podría hacer algo. Mas, solamente causó mayor incomodidad, más de la ya había. España no sabía cuánta incomodidad podría albergar, pero sentía que ya estaba rozando el límite.
Luego de un paseo de dos horas, lejos de ser grato, regresaron al palacio. El otro España observó la fachada sorprendido y en completo silencio. "Si al menos él hablara, esto sería menos incómodo" pensaba el dueño de casa.
-Antonio, qué bueno que has regresado, necesito hab… -interrumpió el paseo el jefe de España, quien siempre lo llamaba por su nombre humano. No obstante, detuvo su oración al ver quién lo acompañaba.- Bienvenido João, Antonio no me había dicho que vendrías.
-Pedro, él no es Port… -intentó aclarar España pero fue interrumpido.
-¿Por qué lo llamas por su nombre? Qué falta de respeto -indicó molesto el joven de coleta al jefe de Estado.
-¿Ah? -fue lo único que pudo espetar el Presidente.
La cuota de incomodidad fue rebalsada, ya no podía tolerar más.
-¿Nos disculpas? -y dicho eso, España se llevó a su visitante a una sala lo más rápido posible.- ¡¿Pero qué te has creído, hombre?! ¡¿Cómo le hablas así a mi jefe?! ¡¿Qué haces aquí en primer lugar?!
Sobrepasado, España dejó atrás su semblante alegre y despreocupado para sacar fuera la incomodidad en forma de rabia, zamarreando el hombro de su visita. El otro, sin embargo, le respondía con silencio.
-Vale, pensé que sabrías.
-¿Saber qué? -respondió todavía molesto, sentía que le temblaban las manos del enojo.
-Pero eres demasiado gilipollas como para darte cuenta -continuó a la vez que apartaba las manos de su ropa.
-¡Joder! -exclamó ya hastiado.- ¡Habla claro que me pones de una mala hostia!
-¿Al menos te diste cuenta que el tiempo estuvo distorsionado?
Y, en ese momento, antes de que el español articulara una palabra más, una seguidilla de ruidos se escucharon en el pasillo principal.
-¡SPAGNAAAAA! ¡MALDICIÓN IDIOTA DONDE ESTÁ TU MALDITO TRASERO! ¡SPAGNAAA! ¡AYÚDAME MALDITA SEA! ¡ANTONIOOOOO! ¡ESPAÑAA!
-¿Romano? -susurró el dueño de casa con el enojo completamente desvanecido.
-¿E-ese es tu Romano? -el otro España estaba bastante aturdido, tanto que le costó hablar.
Antes de que el ibérico pudiera responderle, la puerta se abrió de golpe, producto de una patada.
-¡ALEJA TUS MANOS DE MI ESPAÑA O TE MATARÉ MALDITO!
No se podía saber cuál de los dos españoles estaba más confundido. Como nadie reaccionó, Romano tomó un candelabro que estaba cerca de él, pretendía usarlo como arma.
-¡D-DEVUÉLVETE A T-TU MUNDO, I-INFELIZ! -gritó con nerviosismo. Todos sabían que Romano tenía de valiente lo mismo de amable; aún así, intentando controlar el miedo, se colocó delante de Antonio para protegerlo, alzando el candelabro en señal de ataque, aunque eso implicara temblar constantemente.- T-TE LO ADVIERTO, T-TE MATARÉ S-SI LE H-HACES ALGO, MALDICIÓN.
El dueño de casa no daba crédito a la valentía del italiano.
-Me agradas, chaval -comentó con una leve sonrisa la visita.
-¿Ah? -replicó el italiano, bajando la guardia.
-Romano, ¿me explicas qué pasa? -pidió España, viendo que la visita no lo haría.
-¡Estos idiotas son malos! -se volteó para hablarle
-No todos -interrumpió el español de coleta.
-¡CÁLLATE MALDITO BASTARDO!
-Romano, calma, él no es malo -hizo una pausa.- Solo… algo raro.
-¿No te ha hecho nada? -el español negó.
-No, solo pidió comida y conocer Madrid -el semblante defensivo del italiano fue cesando, volteando a ver al otro España.
En ese momento, la visita soltó un suspiro a la vez que asentía.
-Ya sé a qué te refieres. Dime, Romano agradable, ¿tuviste la desdicha de conocer al Veneciano de mi mundo?
-¿Ita-chan? -susurró España.
-¡¿Fue tu idea cierto?! Maldito infeliz ¡ Ese bastardo secuestró a mi hermano! ¡Trataron de matarme!
-¡¿Secuestrar?! ¡¿Matar?! -preguntó España sumamente preocupado.
El otro español tensó los labios y se encogió de hombros.
-Cuando Veneciano se propone algo, nadie lo puede controlar y él quería conquistar este mundo.
-Y tú eres su secuaz ¿no es así maldito infeliz? -Romano se acercó amenazante al otro España y lo sujetó de la camisa, pero el semblante serio lo intimidó y terminó soltándolo, para luego esconderse detrás del dueño de casa, quien ya no sabía ni cómo sentirse.
-No, yo no estoy interesado en eso. He cruzado solo para conocer este España y probar la comida.
-¿Cruzar? -preguntó España.
-Sí, por alguna razón, desde hace dos días, todos los espejos son portales y sé que varios hemos cruzado. Tengo entendido que algunos están siguiendo las órdenes de Veneciano, pero otros solo teníamos curiosidad.
-¿Por qué no me dijiste eso antes? -inquirió el dueño de casa molesto.
-Nunca preguntaste.
-¡¿Cómo que n…?!
-¡Maldición España! -interrumpió Romano, hastiado.- ¡Mi tonto hermano fue secuestrado! ¡Haz algo!
España miró a su otro yo, esperando que lo ayudara. No obstante, el otro bostezó y comenzó a mover los hombros para estirarse. La tranquilidad con la que había explicado el problema no ayudaba en nada, solo demostraba que al otro España no le interesaba nada a su alrededor.
-El viaje me ha dejado agotado, regresaré a mi casa.
-Eh, eh, tío, espera -España lo sujetó de la camisa para detenerlo. La visita lo observó con fastidio.- No puedes irte después de todo esto, tienes que ayudarnos.
-¿Tengo?
-MALDICIÓN IDIOTA, MI HERMANO ESTÁ EN PELIGRO Y TÚ NO AYUDAS.
-No tengo porqué.
-Pero tú sabes qué está pasando.
-Ya os he dicho, Veneciano quiere conquistar este mundo y algunos le han seguido. Yo no, no me interesa. De todas formas -dirigió su mirada a Romano.- Veneciano no le hará nada a tu hermano, no puede matarlo.
-¡Explícate!
-Si lo mata, se muere él. Al menos eso dijo el Alemania de mi mundo.
-¿Cómo? -preguntaron las dos naciones de ese mundo. El español de visita se llevó ambas manos a su rostro y dejó escapar el aire fuertemente, como forma de liberar la frustración y el hastío.
-¿Vosotros dos sois gilipollas o qué coño? Somos la misma persona. Si tú -apuntó al dueño de casa- me hicieras daño, te haces daño a ti mismo, porque somos lo mismo; ambos somos España, solo que en otro universo. Entonces, si me matas, indirectamente te estás matando. Así que, bola de acéfalos, ningún país de mi mundo os hará daño a los suyos… -hizo una breve pausa-, bueno, Veneciano es algo… mh, sociópata así que puede que sí, pero no matará a tu Veneciano.
-Trató de matarme a mí.
-Es que odia a Romano, no se perdería la oportunidad de deshacerse de él de forma indirecta. No lo culpo en todo caso.
-¿Eh? -preguntó el anfitrión.
-¿Alguna vez habéis conocido a alguien tan irritante que solo deseariais que desapareciera? -les preguntó con una mirada hastiada.- Bien, Romano es alguien que entra en esa categoría.
Tanto España como Romano permanecieron en silencio, ni siquiera el italiano encontró en su amplio repertorio de insultos alguna palabra para describir cómo se sentía luego de escuchar a ese España hablar tan fríamente de su contraparte, ¿acaso tan desagradable podía llegar a ser?.
Ya cansado de la situación, el español de visita buscó el espejo más cercano y se acercó a él.
-¿Qué podemos hacer? -le preguntó el ibérico preocupado, era demasiada información por procesar; mas, había algo más importante, Italia estaba en peligro y quizás cuántos más.
-Usad vuestros cerebros, que de adorno no los tenéis -aclaró mientras pasaba su mano por el espejo.
-¡NO! NO TE IRÁS.
Romano corrió para alcanzar a ese España, pero el hispano fue más rápido -y más ágil, le pegó una patada para alejarlo- y cruzó el portal.
Ambos miraron como el espejo vibraba, como cuando una piedra cae en el agua.
-¿Qué haremos? -se preguntó España confundido.
Romano, en tanto, lanzaba maldiciones e improperios en medio de sollozos. Tenía miedo, mucho miedo de lo que podría pasarle a su hermanito.
-¿Antonio?
Durante toda la escena, la puerta de la sala había quedado abierta, gracias a la patada de Romano, y el jefe de España observó en silencio. Cuando juró ante el Parlamento, nadie le informó que tendría que lidiar con ese tipo de situaciones tan bizarras; no obstante, se mantenía sereno e impávido.
-Lo siento -se disculpó España, soltando a Romano.- Yo…
-Quería decirte que hay un joven en el palacio que dice ser Italia del Sur y que necesita hablar contigo urgente.
¿Se podía sentir uno más perturbado luego de todo lo anterior? España creía que ya no, que había alcanzado el punto más alto; no obstante, como dice el dicho "siempre puede ser peor".
En la sala de reuniones se encontraba un atractivo joven rubio vestido de forma muy elegante y a la moda, un traje blanco de pies a cabeza, una camisa rosada pastel y mocasines color camel. Sentado con una pierna cruzada, tranquilamente leía una revista de prensa rosa, se le veía muy interesado. La única similitud entre él y el Italia del Sur que irrumpió en el palacio a gritos, era ese particular rulo.
No sabía si estaba aturdido por la abismal diferencia con el Romano que conocía de toda la vida, porque el joven italiano era muy atractivo, o por cómo había hablado de él el España de visita… o las tres anteriores. España carraspeó involuntariamente, llamando la atención del invitado.
-¡Spagna! -saludó el joven de manera muy alegre, dejó la revista en la mesa y se incorporó.- Qué gusto poder conocerte -caminó hacia el español como si estuviera en una pasarela, causando sentimientos de repulsión en el italiano.
España permaneció estático, incluso cuando el visitante se acercó a centímetros de él y le besó una mejilla. Bueno, la idea del rubio era besarle ambas, pero una fuerza lo alejó de golpe.
-¡Aléjate de él, bastardo! -lo apartó Romano muy molesto.
El rubio se acomodó sus lentes de sol y movió un poco la cabeza para liberar tensión.
-Chi non muore si rivede (*) -su tono ya no era tan amigable, pero mantuvo la cordialidad-. Veo que tú eres Romano de este mundo. Te imaginaba más… -hizo una breve pausa para mirarlo de pies a cabeza-... estiloso. (*n/a: mira quien anda por aquí)
-Ma che cazzo dici?! (*). Dame una razón para no golpearte. (* n/a: ¿Qué c0ño dices?)
-Vale, Romano, detente -España lo frenó, sujetándolo de los hombros.- Recuerda a tu hermano, quizás él nos puede ayudar.
Eso detuvo el farfulleo del mayor de los italianos; sin embargo, se le veía muy molesto. Se cruzó de brazos y respiraba fuerte, como si quisiera sacar humo desde su nariz.
-En realidad quería conocerte -aclaró la visita.- Estás más guapo que mi España y eso es decir bastante -esa oración causó algo de vergüenza en la nación hispana, provocando que se sonrojara.- Pero, si gustan, les puedo contar qué está pasando -le guiñó un ojo al dueño de casa.
Romano no vio con buenos ojos el gesto, soltando un bufido de enojo.
-Por favor, toma asiento.
El italiano sonrió y aceptó la invitación. Con paciencia, les fue explicando todo lo que sabía de la situación. Lo malo, es que hablaba como si estuviera contando chismes, por lo que agregaba detalles que no venían al caso.
-Y lo primero que hizo Inglaterra fue contarle a Francia, ¿cómo no? Si está perdidamente enamorado de él, realmente no entiendo qué le ve si Francia ni se baña y apesta a alcohol, es un alcohólico que no quiere asumirlo, bueno, Inglaterra cuando quiere también se emborracha así que quizás por eso le gusta tanto. Sin embargo, es horroroso toparse con Francia en las reuniones de verano, deja toda la sala apestosa, yo le digo pepe le puf y he tratado de instarlo a que use perfumes, pero el muy cerdo no quiere. En fin, la cosa es que se le ocurrió la brillante idea de contarle a mi hermano para que lo ayudara. Francia tiene una historia militar horrorosa, supieras todos los fracasos que ha tenido, ¿su Francia es igual?
-¿Dónde tienes el botón de omitir intro para que vayas al grano? -respondió Romano hastiado. España le pegó un codazo en las costillas y se ganó una serie de insultos en italiano que lograron ruborizar a la visita.
-Realmente tienes una bocota sucia. Bueno, la cosa es que mi "querido" hermanito, por favor quiero remarcar la ironía -aclaró haciendo comillas en el aire-, llevó a su perrito faldero, Alemania, para que Francia le explicara todo lo que estaba pasando. Yo no entiendo qué le ve ese saco de papas al loco de mi hermano, por su salud mental debería alejarse de él. Es mi hermano, claro, pero no me agrada para nada, está loco y me perturba; antes no era tanto pero cuando conoció a Maquiavelo le metió unas ideas que lo cambiaron para siempre. Bueno, sí, antes igual tenía actitudes raras por decirle, cuando fue parte del Imperio Austrohúngaro, le dejaba animales muertos en la recámara a Austria para que le diera la independencia, yo creo que eran amenazas; aunque claro, a Austria esas cosas no le importaban, ¿su Austria también es un descuidado?
-Es un aristócrata -respondió España, sorprendiendo al rubio italiano.
-Che sorpresa -comentó asombrado.- Realmente acá todos somos opuestos… ¿dónde iba?
-En cómo llegaron a invadirnos -contestó Romano con profundo hastío y empezó a comprender porque el otro España hablaba así de él; además, le molestaba que le hiciera ojitos al anfitrión, que fuera tan poco serio, que se moviera tanto al hablar, que tuviera gestos tan afeminados, que cada vez que hablaba tratara de tocar a su España, que le coqueteara directa e indirectamente, ¿qué se creía?
-Es que a eso voy, pero eres muy impaciente. Bueno, emm… en fin. Nadie sabe cómo ni porqué, pero un día pudimos cruzar. Yo esto lo supe porque estaba tranquilamente en mi casa diseñando ropa cuando llegó el loco de mi hermano, me dijo "a qué no adivinas" y a mí no me gustan las sorpresas, él lo sabe pero igual lo hace para molestar. Le dije que no me fastidiara y no saben qué hizo ¡Me empujó al espejo! Y estaba en tu casa, Romano. Me di cuenta al momento por el horroroso estilo que tienes para decorar, deberías tener un diseñador, ¿no te das cuenta que Italia es tan majestuosa y tu casa es una basura? No tienes ni un cuadro de algún artista destacado.
-Francia se los robó, idiota -respondió mientras apretaba los puños. En una escala del uno al diez, Romano quería golpearlo un quince.
-¡Qué horror! -espetó escandalizado.- ¡¿Y cómo no has hecho nada?! ¡¿La Monalisa está en Francia?!
-Sí.
-¡¿COMO PUEDES CONTESTAR UN SIMPLE SÍ A ALGO TAN TRÁGICO!?
-Es mejor que os calmeís, gracias -pidió España, sentando al Romano de visita, que lucía pálido.- Entonces, tu hermano te empujó y terminaste en la casa de Romano -retomó el relato para invitarlo a continuar.
-S-Sí -respondió apenas, reponiendose de la noticia.- Pero antes de que yo pudiera volver, Veneciano cruzó de nuevo a nuestro mundo y rompió todos los espejos de mi casa. Él siempre ha querido apoderarse de Italia del Sur y unificarse bajo su espantosa tiranía, sin embargo, hemos logrado resistir. Por lo que pensé en acudir a España para que me ayudara a volver a mi mundo, aunque no lo encontré, supuse que había venido para acá y pensé "podría aprovechar de conocer al otro España" -le sonrió al dueño de casa.- Así que un ticket listo -hizo el gesto de dar visto en el aire. El italiano de ese mundo tenía tan apretados los dientes como sus manos.- De todas formas, vi varias casas vacías, no solo la de España. Sospeché que habían cruzado, porque no sé si dije que Veneciano quería conquistar este mundo…
-Sí, mil veces -respondió Romano hastiado, con los dientes bien apretados, no obstante, su contraparte lo ignoró.
-Y que le había hablado de esto a otros. Creo que para él es más importante este mundo que mi casa y por una parte me alegro, porque realmente sería catastrófico para mi gente si eso pasa. Muchos italianos del norte emigraron al sur para estar mejor y sería terrible que se vuelvan a topar en una dictadura.
-¿Y cómo podemos detenerlo? -preguntó España.
Todos guardaron silencio.
-No sé -respondió el rubio encogiéndose de hombros.
-¿COMO PUEDES DECIR QUE NO SABES DESPUÉS DE TODO ESTO? MI TONTO HERMANO ESTÁ EN PELIGRO Y TÚ SOLO SABES DECIR QUE NO SABES.
Acompañado del griterío, Romano se levantó de su posición para ir directo a su contraparte y zamarrearlo, liberando todo el enojo que sentía. El otro Romano respondía con gritos desesperados y torpes movimientos de mano para apartarlo.
-¡Romano basta ya! ¡Calma!
-¡Quítate! ¡Quítate! ¡Mi ropa! ¡La estropeas!
-¡Voy a romper algo más que tu ropa si no nos ayudas!
-¡Es que no sé qué hacer! ¡Quítate ya!
España tomó a Romano de las axilas para alejarlo, mientras el italiano seguía lanzando insultos.
-¿No tienes ninguna idea para ayudarnos? -preguntó España todavía sujetando a Romano, que se movía como si fuera una bestia peligrosa que tratan de calmar.
-N-No -respondió la visita acomodándose los lentes y la ropa.- Lo único que se me ocurre es que los fuercen a volver y que rompan los espejos, pero es imposible, ¿cómo van a romper todos los espejos del mundo?
Eso era cierto, debía haber otra forma.
-Romano rubio -llamó España, no se le ocurría otra forma de diferenciarlo de su Romano, que aun tenía aprisionado en sus brazos.- En tu viaje hasta acá, ¿qué casas viste vacías?
-Mmh -musitó pensativo.- La de mi hermano, la de Austria, la de Alemania y la de Francia. Suiza estaba todavía, no sé si ya habrá cruzado, no lo creo en todo caso, no le gusta salir de su casa.
-¿Cómo es tu Suiza?
-Un sujeto muy agradable, pero algo huraño -respondió, recordando lo complicado que fue pasar por su casa.
...
-SI NO TIENES VISA NO PASAS.
-Suiza, por favor, entiende, esto es un tema diplomático.
-Ir a acosar a tu noviecito no es diplomacia. No puedes pasar por mi casa sin visa.
-Vamos, Suiza, solo está vez, es para no darme la vuelta por Alemania.
-O SACAS LA VISA O TE MANDO DE VUELTA A ITALIA DEL SUR DE UNA PATADA.
...
-Es amigable mientras no trates de entrar a su casa, en las reuniones internacionales lleva siempre chocolate.
Las naciones de ese mundo estaban aturdidas escuchando la tranquilidad con la que Italia del Sur explicaba el percance, parecía estar acostumbrado a esos niveles de violencia. Ya, a esas alturas, Romano se calmó por lo que España pudo soltarlo sin miedo a que apaleara a la visita.
-También estaba en casa Liechtenstein, Luxemburgo y Andorra. No creo que ellos van a cruzar, y aunque lo hicieran, son tan tranquilos como mi España así que no creo que causen problemas.
Romano lo miró con duda, ¿se podía llamar "tranquilo" a alguien que deseaba que te murieras y no sentía ningún remordimiento al decirlo? Quizás esa pobre criatura no tenía idea de cómo su España lo veía.
-¿Conoces a alguien que nos pueda ayudar?
El rubio italiano se llevó una mano al mentón y miró al techo, rebuscando en su memoria.
-Hungría podría ayudarles si es que cruzó, se lleva fatal con Austria y detesta a mi hermano. Otro país que podría ayudar es Grecia, le gusta pelear y siempre busca alguna excusa para hacerlo, tiene demasiada energía. También está Canadá, pero tienen que tener cuidado si se acercan a él.
-¡¿Canadá?! -se preguntaron ambos, llamando la atención del visitante.
-Sí, ¿por qué? ¿Cómo es su Canadá?
-Mh, no lo conozco -respondió Romano castaño.
–Sí lo conoces, es el que anda siempre con el oso polar en los brazos.
-¿Qué oso polar?
-¿Nunca has visto a Canadá?
-Ni sabía que existía un país así.
-Está en América.
-Pero en América está el idiota de Estados Unidos y tus ex colonias, no hay nadie más.
-Y Canadá.
-¿En serio?
-Sí, Romano, está al norte.
En ese momento, Romano sacó su celular y buscó el mapa del continente americano, se sorprendió que al norte de Estados Unidos hubiera más masa de tierra y que estuvieran divididas por frontera.
-Nuestro Canadá es muy conocido -comentó Romano rubio aturdido.- Es violento, le gusta mucho pelear. Francia tiene que salir arrancando cada vez que lo ve porque si no le da una paliza, no entiendo por qué Canadá es así si Francia fue un buen tutor con él, quizás Estados Unidos lo ha manipulado desde siempre, Estados Unidos y Francia se llevan horrible desde lo de Luisiana. Es difícil saber qué pasa por la mente de Canadá, es demasiado impredecible.
-¿Y qué tal es EEUU? -preguntó Romano castaño.
-Un idiota yankee -respondió con simpleza el rubio.
-Al fin coincidimos en algo -agregó Romano castaño, sacándole una risilla a la visita.
Una tregua se formó entre los dos Romanos… la que lamentablemente no duraría mucho.
-¿Cómo qué se va a quedar aquí? ¿Estás loco?
El Romano castaño sacó a la rastra a España de la sala luego de que el anfitrión le ofreciera al Romano del otro mundo pasar la noche en su casa al escucharle que no quería cruzar "porque estaba cansado y tenía sueño".
-Él viajó mucho para poder ayudar.
-No seas idiota, España, dijo que quería conocerte, no ayudar. Listo, ya te conoció, ahora se larga.
-¿Y cuál es el problema, Romano?
El joven italiano se sonrojó y se colocó a la defensiva.
-P-Podría ser una trampa, ¿y si el desquiciado de su hermano viene y te secuestra a ti también? ¿Y si te hace daño? Dime, tonto España, ¿por qué querría conocerte? ¿Ah? De todos los que estamos aquí, ¿por qué tú?
Eso no lo había pensado. El joven ibérico se rascó la barbilla mientras pensaba, a la vez que Romano estaba colorado como un tomate, le daba vergüenza demostrarle preocupación a su ex tutor.
-Creo, Romano, que tú no deberías dejar tu casa sola. Veneciano no está, tú tampoco, y esos portales están abiertos, podría pasar cualquier otro que vea la casa sola y hacerle daño a tu gente.
-P-Pero España…
-El deber de una nación es primero para con sus ciudadanos; cómo Ita-chan no está, tú debes asumir ese deber ahora. Yo cruzaré con él para salvar a Ita-chan mañana, tienes que estar tranquilo.
-¡¿Y por qué él se queda aquí?!
-¿Qué tiene que se quede?
-¡No quiero que te haga algo! -espetó furioso y ruborizado.
-¿Qué me va a hacer? No me va hacer daño. Ni siquiera fue capaz de defenderse cuando lo atacaste.
-Maldición, España idiota, ¡te ha coqueteado todo el rato! ¿Estás ciego o qué?
Celos. Eso era. Los celos afloraron del cuerpo del italiano causándole leves temblores. Estaba tan pero tan enojado, enojado con España por ser tan incrédulo, enojado con su Romano alterno por ser un aprovechador acosador y enojado con sí mismo por sentirse así. España permaneció en silencio, confundido por la declaración.
-Romano…
-¡Sabes qué! España idiota me tienes harto -espetó con el rostro tan rojo como un tomate maduro.- Haz la mierda que quieras, que se quede ese imbécil bonito, si te lastima es cosa tuya, no pienso ayudarte. Mi hermano está en peligro, a mí casi me matan y a ti te preocupa que ese idiota esté cansado, ¡eres de lo peor! -le gritó conteniendo las lágrimas de frustración para luego alejarse.
-Eh, Romano -intentó seguirlo alzando la mano para sujetar su brazo pero el italiano le propinó un fuerte golpe en el dorso de la mano.- Auch.
-Vete a la mierda, España. Non ti sopporto più, va' a cagare! (*) (n/a: no te soporto más, vete a la mierda).
El anfitrión observó con pesadez cómo Romano se alejaba por el pasillo, en dirección a la salida. En un día su habitual rutina se había ido al carajo, mundos alternos, secuestros, psicópatas sueltos, dos Romanos con los que lidiar y, la guinda del pastel, debía pensar una estrategia para salvar a Ita-chan. Era cierto que se sentía un poco mal en postergar el cruce, pero sin la visita era casi una misión suicida. Estaba preocupado por Italia, claro que sí, sin embargo él debía priorizar su seguridad en estos casos; si a él le pasaba algo, su nación desaparecía y su primera prioridad siempre serían sus ciudadanos. Era algo que Romano no entendía porque él no era nación.
-No le caigo bien, ¿cierto? Es algo mutuo en todo caso -espetó la visita, saliendo de la sala, había escuchado todo el griterío.
-Mmh… -musitó, no sabía realmente qué decir. Estaba bastante confundido.
-Y bien… ¿dónde dormiré?
-Romano…
Era extraño llamar a esa versión del país italiano cuando en su mente al pensar en "Romano" pensaba en el Lovino que acaba de insultarlo, que le había sacado canas verdes por poco más de seis décadas y que llevaba otros varios siglos insultándolo cada vez que podía.
-Dime, guapetón -le sonrió con coquetería.
El español era alguien carismático, despreocupado, alegre y jovial, pero en esos momentos se sentía demasiado abrumado como para responder cómo siempre lo hacía. Se llevó una mano a su rostro y entró a la sala. Italia del Sur lo siguió y observó cómo el anfitrión prácticamente se desplomaba en el sillón. Lo escuchó soltar un profundo suspiro, a la vez que se cubría los ojos con el codo.
Y al sur-italiano no se le ocurrió nada mejor que sentarse en la orilla del sillón, al lado de sus piernas.
-Ey, ¿por qué te pones así? ¿No te gusta que te piropeen? No puedo evitarlo, es parte de mi esencia apreciar lo bello y tú eres divino -le decía mientras jugaba con su cabello.
-¿Por qué eres así? -preguntó sin mirarlo. En realidad España lo pensó en voz alta.
-¿Eh? ¿Así cómo? -le preguntó de vuelta, sintiéndose perplejo.
España inmediatamente se incorporó y desahogó todos sus desvarios mentales.
-Así tan… qué no te importa nada. Tu hermano ha mandado a conquistar mi mundo, han capturado a Ita-chan y quizás a quienes más, no entiendo la mente de Romano y no entiendo porqué siempre me insulta y a la vez se preocupa por mí. Todo se ha vuelto un caos y yo estoy dentro de ese caos de repente, tengo que hacer algo pero no sé qué y tú, qué podrías ayudar, solo has estado coqueteándome. ¿No te importa el sufrimiento de los demás?
Italia del Sur lo miró aturdido. España jamás le gritó ni se veía enojado, cómo si lo hacía su España cuando estaba fastidiado. Bajó la mirada, incómodo.
-Perdón -susurró, bajando las revoluciones.- Es que… eres muy diferente a mi España -respondió un poco apenado, jugando con sus dedos y sin mirar al español.- Él jamás habría tolerado esto, me habría echado a empujones, con él debo ser de una forma para que me tolere. Creí que contigo podría ser… como soy realmente, sin esforzarme en crear una máscara -hizo una pausa para ver el semblante del dueño de casa, que seguía aturdido.- Lo siento, di una imagen atroz, quizás qué piensas de mí -se levantó del sillón, luego se abrazó a sí mismo y le dio la espalda al ibérico.- Si me importa lo que mi hermano está haciendo, solo… quería distender las cosas… me comporté como un tonto… con razón Santi me detesta…
España pudo escuchar cómo el sur-italiano empezaba a tener una respiración más agitada.
-Hombre, ya -indicó España, levantándose del sillón.- No debes avergonzarte por ser quien eres. Perdóname a mí también, no he reaccionado de la mejor forma. Todo esto fue muy repentino. Romano me ha endosado este problema y, bueno, siempre he estado ahí para ayudarlo, pero hoy no sé qué hacer. Y tengo frente a un Romano que no es el Romano que conozco y se me cruzan los cables.
Aun así, el italiano no volteó. Siguió en la misma posición, sintiendo vergüenza de sí mismo y se recriminó sus actitudes. España caminó hacia el joven y colocó su mano en el hombro del chico. Italia del sur, inmediatamente giró su cabeza para mirarlo.
A priori, España calculó que ambos Romanos medían lo mismo, pues ese Romano también era un poco más bajo que él. Le sonrió con amabilidad y le acarició el cabello, como muchas veces había querido hacerlo con su Romano. El chico se ruborizó al acto y, como era más blanco, se le notó de inmediato. En vez de reaccionar empujándolo, respondió riendo. El ambiente, por fin, había dejado de ser incómodo.
-Flavio.
-¿Cómo? -preguntó España.
-Me llamo Flavio -aclaró sonriéndole.- Así no se te cruzan los cables cuando pienses en Romano, ¿o nos llamamos igual?
-No, él se llama Lovino, pero no le gusta que le digan así.
-Entiendo, ¿y tú?
-Yo soy Antonio.
-Encantado.
-Antonio tengo sueño, ¿no podemos ir mañana? -se quejó Italia del Sur, subiéndose al automóvil del español.
-No puedo dormir sabiendo que Ita-chan está en peligro -respondió España.- Llegaremos pronto, acá hay libre tránsito entre países y, si quieres, te puedes ir a tu casa a descansar.
-No me refería a eso -reclamó, cruzándose de brazos.
Aun cuando él no quería regresar a su casa de noche, se fue hablando todo el viaje. El italiano le estaba contando a España chismes de su mundo y el español estaba divertido escuchándolo, era un gran relator.
-Y Francia le dice a Santi "¿nos dejas pasar? Es que queremos invadir Portugal" y él les dice "sí, destrózalo por mí" porque a Santi aún le duele que Portu se haya separado de él. Y resulta que Portugal hizo papilla a la tropa de Napoleón y terminó invadiendo España y Francia. El pobre Santi no sabía qué hacer, jamás se esperó que Portu lo fuera a invadir. Al final, estaba Francia y Santi peleando contra Portu. Y lo más chistoso fue que Francia fue a decirle a Napoleón que fueran contra Portu porque Inglaterra le dijo que Portu era débil -rió al final mientras aplaudía divertido-. El drama se formó todo porque Inglaterra le hizo la broma del siglo a Francia. Francia es taaan idiota.
-Qué curioso -reía España.- A mi me invadió realmente Francia con esa excusa, nunca fue a Portugal.
El semblante alegre del italiano cambió drásticamente.
-Ay no, perdón, perdón, no quería ofenderte ni hacerte sentir mal -pidió moviendo los brazos de un lado a otro, angustiado.
-No, no, calma, pasado pisado -respondió España haciendo un gesto de "olvídalo" con su mano.
-¿En serio? Santi se enoja mucho si le recuerdo momentos dolorosos -dijo Romano afligido.
-¿Qué es Santiago para ti? -preguntó España de curioso, recordando lo cruel que fue al hablar de su Romano. La pregunta causó nerviosismo en el joven italiano, balbuceaba cosas incoherentes sin dejar de mover las manos. España lo captó.- Ya veo, te gusta.
Italia del sur suspiró.
-Todos dicen que soy un idiota por tener estos sentimientos por él, Santiago no es como tú. Tú eres amable, divertido, risueño, relajado.
-No somos idiotas porque nos gusta alguien que no nos corresponde.
-No lo entiendes -declaró Romano, bajando el tono de voz.
-¿Flavio?
-Accedí a ser una especie de "amigos con derechos" solo para estar con él, aun sabiendo que para él yo soy… bueno, ya me entiendes.
El semblante animado de Romano se perdió en una triste mirada. En ese momento, el automóvil se detuvo abruptamente, quedando varados en Suiza.
-¿Eh? ¿Qué pasa? -se preguntó España, mirando el tablero.
-No me mires a mí, no sé nada de autos -se excusó el italiano con la voz algo quebrada.
-¿Nada? -preguntó confuso. El muchacho rubio negó.
España se bajó del auto para abrir el capot del auto, usando la linterna de su teléfono comenzó a inspeccionar el motor para descubrir la razón por la cual el auto quedó varado.
-Flavio, ¿me alcanzas la caja de herramientas que está en…? -pidió a su visita, pero guardó silencio cuando lo vio con las manos cubriéndose el rostro.- ¿Flavio? -dejó el capot abierto y caminó hacia el asiento del copiloto.
Italia del Sur estaba llorando amargamente. Preocupado, España abrió la puerta del copiloto y lo acogió en un cálido abrazo. El italiano, lejos de reaccionar como lo haría Lovino, comenzó a sollozar en su hombro.
-¿Qué pasa, Flavio?
-Soy un idiota -respondió sollozando.
-No, no lo eres -lo reconfortó dándole caricias en el cabello.
-No entiendes. No entiendes lo que es ser la burla de todos, todos saben que él no me quiere y yo sigo ahí como imbécil, pensando que algún día cambiará. Sé que se ríen a mis espaldas, especialmente Veneciano. Él domina a Alemania como quiere y yo soy…
-No seas duro contigo, Flavio -lo consolaba España, acariciándole la espalda suavemente.- Tus sentimientos son tuyos, no te vuelve tonto querer a alguien, lo importante es qué hacer con ellos. Si no estás cómodo ahí -se separó un poco del italiano para verle el rostro y así secarle las lágrimas- tienes el poder de irte. Con lo poco que te conozco encuentro que eres alguien agradable, ¿sabes? -le sonrió mientras jugaba con los mechones de su fleco.- Es difícil tener amigos, porque hoy te puedes llevar bien, pero mañana las cosas pueden cambian, no hay lealtades eternas. Contigo me siento realmente cómodo.
-Antonio -susurró Romano cambiando su carita triste por una sonrisa. Luego, se apegó a él en un confortable abrazo.
-No quiero sonar mala persona… pero es un poco incómodo estar así -mencionó España, ya que el pobre tenía que estar hincado para quedar a la altura del asiento del auto.
Italia del Sur soltó una risa con algunos hipos por las lágrimas.
-Vamos para atrás, si el auto está parado no hay nada que podamos hacer hasta mañana.
Era de noche y nada en Suiza funcionaba a esas horas.
España accedió, cerró el capot y se fue hacia atrás con Italia del Sur. Hacía frío, era invierno, así que se apegaron el uno contra el otro. Italia del Sur se quitó las gafas de sol y apoyó su cabeza en el pecho de España, mientras que él acomodaba su cabeza sobre la del italiano. Era una sensación extraña para ambos.
Italia del sur sabía que ese no era el España que amaba y que deseaba que lo tratara con cariño, pero aun así el abrazo se sentía muy reconfortante y cálido. Para el español, en tanto, una parte de él no entendía porque le entristecía su situación y, por otra, le nació una sensación de querer cuidarlo del mundo y que fuera feliz. Era diferente al cariño que le tenía a su Romano, lo de Lovino era una sensación de querer cuidar a un hermano menor.
Aun así, ninguno quiso separarse. Era tanta la paz que ese España le transmitía que Italia del sur se quedó dormido en sus brazos. El hispano notó que su visita respiraba más calmado, le corrió unos mechones para ver su rostro y pudo ver que dormía plácidamente.
"Se ve bastante lindo al dormir" pensó el español, sintiendo unas cosquillas en su estómago. Se acomodó para descansar, tomando inconscientemente la mano del italiano.
…
notas: perdonen si el acento español no quedó bien o fue muy forzado. Soy latina y me guié por las series de netflix.
