Capítulo siete: La Pérdida.


...

Un joven rubio observaba el desolado escenario que tenía frente a sí. Vidrios esparcidos por doquier, ventanas y espejos rotos, paredes con agujeros, esculturas rotas, aunque lo que más le dolía era ver sus banderas y símbolos patrios destrozados.

En el jardín había restos de lo que parecía ser una fogata, mirándola bien, habían quemado pinturas, libros, algunos muebles de madera y otra bandera.

Sintió una fuerte punzada en el pecho, se llevó las manos a su corazón como si algo dentro de él se estuviera rompiendo, ¿quién pudo haber hecho esa aberración?

Toda su casa estaba destruida y era más que obvio que alguien la había destrozado. Encontraría al responsable.

-¡¿Quién fue?! -le gritaba a un grupo de personas, entre ellas había policías, oficiales del FBI y personal de la casa. Estaban revisando varias pantallas y computadoras, analizando cada cinta para descubrir qué había pasado.

-Estamos averiguando -le respondió uno del FBI. Todos, menos Estados Unidos, usaban mascarillas.

Realmente estaban todos desconcertados, además de no encontrar nada, nadie se había percatado del atraco, ¿acaso habían sido los mismos que habían asaltado al Capitolio?

-¡Alto! ¡Ahí se ve a alguien!

Estados Unidos empujó a algunas personas para poder ver bien. Había un sujeto de cabello castaño rojizo, que vestía una chaqueta de aviador como la de él y cubría sus ojos con unos lentes de sol oscuros. Estados Unidos vio cómo el desconocido usaba un bate de béisbol contra sus pertenencias y daba saltos de alegría al romper todo a su paso.

-¿Q-Quien es e-ese tipo? -masculló preso de la ira, estaba tan pero tan enfadado que quería golpear algo. Apretó tan fuerte sus manos que empezó a clavarse sus propias uñas en la piel.

-No podemos identificarlo, señor -respondió el del FBI mientras tecleaba.- El programa de inteligencia artificial no asocia su rostro a nadie, es alguien que no está en nuestros registros.

-¡¿Por dónde entró?! ¿¡Cómo nadie lo vio!?

Eran muy pero muy pocas las veces que Estados Unidos se enojaba a ese nivel, en general se tomaba la vida con despreocupación y risas; no obstante, ahora le habían dado donde más le dolía.

-Lo averiguaremos -respondió el policía, revisando en la computadora una lista de delincuentes extranjeros, filtrando por los rasgos del hombre del video.

Iracundo, necesitaba desahogarse y conocía a la mejor persona para eso. Tomó su teléfono y marcó a Inglaterra…

Pero nadie le contestó.

Volvió a llamar y nuevamente nadie le contestó.

Chasqueó la lengua y marcó a Japón…

Tampoco le contestó.

-¡¿Qué le pasa a la gente?!

Empezó a llamar a los primeros que se les pasara por la mente. Siguió Francia, tampoco le contestó; luego Italia, menos aún, después a Canadá.

Nada.

-¡¿Acaso cortaron la señal de teléfono?! -les gritó a sus empleados, quienes lo miraron preocupados y asustados.

-No, señor, no hemos cortado nada.

-¡¿Y ese idiota no cortó la señal?! ¡Nadie me contesta!

-No, señor, todas las telecomunicaciones están bien.

Hastiado, salió de la sala refunfuñando. Se le vino un país a la mente, el que, por lo general, era su saco de boxeo.

-Bueno -se escuchó al otro lado de la línea.

El pobre México, solo por contestarle, recibió el griterío de su vida.

-Eh, eh, cálmate gringo. ¿Qué chingados te pasa? -le preguntó mientras le echaba salsa a unos tacos que se había comprado en el Zócalo.

Siguió escuchando más y más gritos, en su mayoría inentendibles. El taquero miró al joven aturdido, pues hasta él escuchaba la voz del americano. El mexicano le hizo un gesto de locura mientras rodaba los ojos, a la vez que hacía muecas con la boca como queriendo replicar en silencio los gritos que oía.

Cuando Estados Unidos dejó de gritar, solo se escuchaba su agitada respiración.

-¿Ya te calmaste, pinche gringo? Me dejaste sordo. Todo el Zócalo escuchó tus dramas existenciales.

-Quiero romper algo -respondió en un jadeo.

-Pues ya me rompiste los tímpanos, que te baste. ¿Qué te enojó tanto? No entendí ni madres con todo el griterío que armaste.

-Alguien entró a mi casa y rompió todo.

-¿Qué es "todo"?

-Todo, México, ¡TODO! Tenía un maldito bate y rompió todo lo que encontró, quemó hasta mis banderas…

-No inventes -comentó sorprendido a la vez que se comía uno de los tacos.

Estados Unidos siguió descargando su enojo con el latinoamericano, quien aprovechó de seguir comiendo. Era tanto lo que hablaba el norteamericano que México pidió otra ronda de tacos y seguía hablando.

-Oye, calma las pasiones -intentó interrumpirlo porque ya había oído por cuarta vez que un tipo castaño había entrado y le había quemado las banderas.- Oye, ey, oye ¡pinche gringo usa tus benditas orejas!

-¿Qué?

-¿Por qué me llamaste a mí?

-Porque nadie más me contestó.

-¿Neta? ¿Nadie más? -preguntó confundido.

-No, ni siquiera Inglaterra, que siempre me contesta cualquier llamada.

-¿No les habrá pasado algo? ¿No le queda más salsita verde?

-¿Qué dijiste? No entiendo mexicano.

-No seas ignorante, yo hablo español -respondió hastiado.- Y a lo que iba, quizás les pasó algo. Es decir, raro que nadie te conteste. Están pasando cosas raras.

-¿A qué te refieres?

-¿No te fijaste en el tiempo? Hablé con otros países latinos y todos coincidieron que por un buen rato el tiempo se detuvo.

-¿Cómo que se detuvo? -le preguntó el taquero.

-Oiga usted no escuche conversaciones ajenas.

-No, no me di cuenta -confesó Estados Unidos, tuvo que haber sido en el lapso que entrenaba. Le habían dicho que estaba pasado de peso y no quería que Inglaterra se burlara -otra vez- de él.

-Recién se restableció un poco, aunque igual se buguea un poco, nosotros somos los únicos que lo notamos.

-Iré a ver a Canadá -comentó con algo de preocupación.

-Ok, bye -le respondió México, colgando la llamada.- Mh, taquitos al pastor, mis favoritos.

Así, Estados Unidos se dirigió al norte, a la casa de su hermano.

Pero algo estaba mal, muy mal. Se veía a los canadienses dando vueltas como sin rumbo, desorientados. En general eran mucho más tranquilos que los norteamericanos, pero esa vez era excesiva tranquilidad, ya no era despreocupación sino confusión pura. Como si algo les faltara.

-Oh no, Matt -susurró, dirigiéndose a Langevin Block, donde estaba la oficina del Primer Ministro Canadiense.

Cuando llegó, todos parecían correr de un lado a otro, hasta que uno de los empleados lo miró.

-¡Acá está! -exclamó apuntándolo.

-¿Eh?

-¡Acá está! ¡Ya lo encon…! Espera -detuvo sus gritos el empleado y se acercó a la nación.- Tú no eres Canadá.

-¡Claro que no! Soy Estados Unidos -lo miró desafiante. Nunca, en sus más de 200 años, le había pasado que lo confundieran con su hermano.

-Lo siento, es la desesperación -confesó el hombre deprimiéndose.

-¡¿Dónde está?! -se escuchó unos gritos a la distancia, llegando pronto varios empleados y, entre ellos, el Primer Ministro.

-¿Qué haces aquí, Estados Unidos? -le preguntó el jefe de Canadá.

-Busco a mi hermano.

-Nadie sabe dónde está, lo estamos buscando.

-¿Qué? ¿Cómo que no saben?

-Desapareció, solo está Kuma y no nos sabe explicar qué le pasó, solo apunta a la pared -el jefe de Canadá se llevó una mano a su nuca.- ¿No te dijo algo de casualidad? Sé que el encierro lo tuvo complicado, pero es que no entendemos cómo se fue así sin más.

-No, no he hablado con él -aclaró sintiéndose un poco culpable. Le había prestado poca atención y quizás Canadá se sintió solo en el confinamiento. En una casa tan grande, es más fácil sentirse tan solo.

-¡Hay que seguir buscando! -ordenó el Primer Ministro y todos los empleados siguieron en la misión de encontrar a Canadá.

-México tenía razón, algo raro está ocurriendo aquí.

Un día atrás

Canadá miraba cómo la nieve caía fuera de su casa, podría ser una imagen romántica del invierno sino fuera porque ya estaba cansado del frío y de las largas noches. Recién era enero y le quedaban varios meses de invierno por lidiar, mientras bebía su taza de café imaginaba cómo sería pasar la cuarentena en los países del hemisferio sur, disfrutando la playa, piscina, tomando un poco de sol.

No atrapado en un iglú.

Tenía tantas ganas de ir a una de sus cabañas en medio del bosque, hacer senderismo, sentir el aire fresco en su rostro mientras hacía ciclismo de montaña, andar en bote en los parques nacionales para observar los osos; también quería disfrutar de los festivales de verano en Vancouver y, en general, ver algo de sol.

Se rodeó con una manta hasta la cabeza y se acomodó como un capullo en un cómodo sillón para terminar su café, con la otra mano comenzó a hacer zapping por si encontraba algo interesante que ver en la televisión, no quería quedarse dormido y despertar a las ocho de la noche, desvelándose y alterando su ciclo de sueño.

Sin embargo, todos los programas estaban tan aburridos que terminó quedándose dormido sosteniendo la taza vacía.

-Kuma… déjame -susurró dormido, pasando una mano por su cara.

Sentía que algo le tocaba el rostro y pensó que era su osito. Se acomodó, alejando el mentón para que lo dejara de molestar; no obstante, ahora sentía una tibia brisa frente a él, como si le estuvieran respirando encima.

Se quejó, de seguro su oso quería comer. Respiró profundo y lentamente empezó a salir de su sueño. Abrió un poco los ojos y, en vez de ver a su oso polar de mascota, vio a un hombre similar a él, de cabello dorado y expresión poco amigable.

El susto lo hizo despertar de golpe y el hombre, con ágiles reflejos, le cubrió la boca.

-Surprise -le dijo burlonamente, disfrutando de la expresión de miedo del joven. Canadá trató de quitárselo de encima, pero el hombre tenía mucha más fuerza que él y la manta con la que se había cubierto, lejos de ayudar, fue un estorbo para liberarse.

El hombre aprovechó eso y le sujetó ambas manos con una de las suyas, para luego levantarlo del sillón, sin dejar de cubrirle la boca. Canadá intentaba zafarse, pidiendo ayuda a gritos ahogados. El intruso lo arrastró hacia la pared y Canadá cerró los ojos, pensando que lo iba a estrellar contra un espejo que había ahí.

Pero no sintió el impacto contra el frío vidrio, sino que sintió un golpe directo con una superficie de cerámica.

Abrió los ojos y se descubrió a sí mismo tirado en el suelo de su casa.

Aterrorizado, se levantó adolorido, miró a todos lados y no vio al hombre que lo había apresado, tampoco a Kuma.

¿Qué clase de sueño había sido ese? Le dolía la mandíbula, las mejillas y las manos, como si realmente le hubieran enterrado los dedos ahí para apresarlo. Se llevó una mano al pecho para regular su respiración, tratando de calmarse.

-Solo fue un sueño, solo fue un sueño -se repetía incesantemente, pero algo no cuadraba.

En todas las paredes de su casa había fotografías preciosas de los paisajes naturales de Canadá, y ahí no había ninguna. De hecho, no había ningún cuadro.

-¿Estás perdido? -escuchó la voz del intruso a sus espaldas.

Volteó asustado y se topó frente a frente con el sujeto. Tenía el cabello rubio dorado largo, atado en una coleta, en su cabeza llevaba unos lentes de sol. No usaba gafas como él. Vestía una camisa roja de leñador y jeans desgastados, ahora entendía por qué pudo con tanta facilidad apresarlo, tenía más musculatura que él. Poseía un aura intimidante, cargaba un palo de hockey en sus manos.

-Por favor, no me hagas nada -le rogó, retrocediendo y extendiendo sus manos pidiendo clemencia.- No me hagas nada, déjame ir por favor, por favor.

El joven parecía deleitarse con las súplicas, se mordía el labio a la vez que sonreía. Avanzaba golpeteando su mano con el palo de hockey, infundiendo más temor.

Rápidamente, el hombre de coleta lo empujó contra la pared y usó el bastón de hockey para cortarle la respiración al muchacho, aprisionando su garganta.

Canadá comenzó a jadear ante la falta de aire y por el dolor, intentó quitárselo de encima, sin éxito.

-Quién diría que mi contraparte sería tan debilucho.

El joven de lentes lo miró entre aterrorizado y confundido.

-Tranquilo, nenita, no te haré tanto daño.

Entre jadeos, intentó decir "¿tanto?" pero el aire no le salía. Siguió forcejeando para liberarse, sin éxito. El otro Canadá no aflojaba la presión, pero tampoco la aumentaba, solo estaba ahí, observando agraciado cómo su víctima con lentitud adquiría un tono pálido y los labios se volvían tenuemente cianóticos. El joven de lentes notaba como segundo a segundo perdía fuerza por la falta de aire, jadeaba más profundo, buscando aspirar algo de oxígeno que pudiera mantenerlo con vida. Y, al parecer, sus gestos desesperados divertían al secuestrador.

Canadá, ya en las últimas, estiró una de sus débiles manos hacia el pecho de su contrario, buscando empujarlo, claramente sin éxito. Le dedicó una mirada suplicante, buscando algo de empatía. El hombre no cedió.

-Bienvenido a mi casa.

Fue lo último que Canadá escuchó antes de desmayarse.

En ese momento, el hombre de la coleta lo soltó y Canadá cayó al suelo. Por el impacto las patitas de sus lentes se rompieron.

El otro Canadá lo inspeccionó, vió las marcas que le había dejado en el cuello y le tomó el pulso. Estaba presente, aunque débil. Tomó su cabeza y lo giró, para poder colocar el índice bajo la nariz, podía sentir que respiraba.

-Justo como quería.

Dejó su bastón de hockey apoyado en la pared y cargó el cuerpo inerte de su contraparte para llevarlo a otro rincón de su casa.

-Qué extraño, no le falta ninguna pieza ni se ven desgastadas o rotas, ¿por qué no anda?

Alemania estaba estudiando el motor del tren detenido en plena vía ferroviaria.

Preocupado por la situación del covid, había pedido reportes a todos los estados para coordinar ayudas y a las ciudades más afectadas había tramitado cargas de medicamentos, insumos y vacunas con urgencia. Por lo que reconoció al tren que estaba detenido en plena ruta como uno de los que transportaba los insumos, ¿cómo lo vio? Prusia le había "sugerido" que saliera a andar en bicicleta para liberar tensiones, pues con el trabajo extra estaba ""algo"" tenso.

Preocupado de que se estropearan los insumos por la pérdida de la cadena de frío, había dejado la bicicleta tirada y fue directo a ver el tren.

Se frotaba sus sienes con ambas manos, sin importarle que quedara su rostro algo sucio por la manipulación de tuercas.

-Era más fácil arreglar estos trenes cuando no eran computarizados -se dijo frustrado, golpeando el suelo con la llave inglesa.

"Capitano! Cuando te sientas estresado debes descansar! Eso ayuda a pensar mejor" pudo escuchar la voz melodiosa de Italia en su mente. Eso le hizo recordar que el italiano lo había llamado diciendo algo del agua y la pasta. La verdad no había entendido bien qué le ocurría, pero era evidente que aquello no era una emergencia.

-Italia y sus prioridades.

Sin embargo, siguió el consejo e hizo una breve pausa para recobrar aire. En ese momento le llamó la atención un detalle…

Estaba solo arreglando el tren.

Siempre que algún desperfecto ocurría, un humano lo acompañaba para ayudar. Ya fuera el encargado, el dueño o simplemente alguien que iba de paso, ¿por qué el maquinista no aparecía?

En primera medida, ¿por qué nadie le pidió ayuda?

Se levantó para ir a la cabina y tremenda sorpresa se llevó al ver al humano encargado completamente congelado. Y no, no por frío, sino inmóvil.

-¿Eh? ¿Se encuentra bien? -lo llamó educadamente, sin recibir respuesta.- Disculpe, ¿está usted bien? -con cautela, acercó su mano al hombro del sujeto y lo movió sutilmente, ya que en Alemania se apreciaba bastante el resguardo del espacio personal.

El hombre jamás se movió, ni siquiera pestañeó. Alemania lo miró fijamente y… ni siquiera parecía respirar.

Aturdido, miró el panel de control y todo, absolutamente todos los controles de la máquina estaban estáticos, no apagados sino que nada cambiaba de lugar, las luces no parpadeaban, los números no subían ni bajaban. Miró su reloj y notó que todas las manecillas estaban inmóviles.

-¿Qué está ocurriendo? -se preguntó desconcertado.

Hizo memoria de la llamada de Italia y recordó una frase "el fuego está congelado". Por eso lo había llamado histérico, no podía cocinar y con lo miedoso que era, estaba más que claro que iba a reaccionar así.

Dejó el tren en calma, si todo estaba detenido la cadena de frío también, por lo que regresó hacia su bicicleta y se dirigió rumbo a Italia. No le prestó atención a que la casa de Austria estuviera vacía.

-¡Italia! -abrió la puerta de un golpe.- ¡No tengas miedo!

Nadie apareció. Ni un alma.

-Esto está mal -se dijo para él mismo, preocupado.- La casa de Italia jamás, pero jamás está silenciosa.

Podía haber silencio porque la gente no se movía, no hablaba, no tocaba música, no cocinaba. Pero si él podía moverse, significaba que Italia también podía y, por ende, podía correr hacía él, gritarle, cantarle, llorarle, lo que fuera.

Y seguía sin aparecer.

-¡Italia! ¡Soy yo! ¡Vine a ayudar!

Recorrió la vivienda, partiendo por la cocina. El mesón estaba lleno de harina y, al centro, la masa de la pasta. Ahí notó lo que Italia le había dicho, se veía el fuego estático como una fotografía. Salió de la cocina, recorriendo otras partes de la casa, apreciando cada detalle, algo que pudiera dar pistas del italiano.

Entró a la sala principal y todo parecía estar como siempre.

Todo excepto por un pequeño detalle, había una bala inmóvil en el aire.

-¿Qué es esto?

El alemán se acercó a la bala, observándola detenidamente. Era de un revólver de 10 mm, los conocía bien, él tenía de esos en su casa.

-¿Por qué hay una bala aquí?

Viendo la trayectoria, había sido disparada desde el lado norte de la sala, cerca de un espejo. Y ahí pudo apreciar otro detalle, había rasguños en la pared, al costado de ese espejo. La dirección de los trazos iban directo a él.

Observó la escena con bastante confusión, ¿qué significaba? Se acercó al espejo y percibió el tercer detalle.

No se veía su reflejo, ¿acaso no aparecía porque el tiempo estaba detenido?

-Qué espejo tan raro -musitó acercando su dedo al cristal.

Se paralizó al ver que nunca tocó el vidrio, sino que sintió como si el vidrio fuera agua y estuviera empapando su mano en un lago. Aunque lo más chocante fue ver que su mano completa atravesó el espejo.

-¿A-Acaso…?

Se hizo la siguiente imagen mental, por muy loco que sonara, por los tres detalles. Pensó "y si algo cruzó de ese lado, amenazó a Italia con el revólver, el italiano escapó pero lo que fuera que sea, lo sujetó y lo arrastró a esa dimensión? Bueno, habían lidiado con unos extraterrestres que convertían las ciudades en papel.

Decidido, cruzó para averiguar si su hipótesis era la correcta.

Arriesgándose a quedar varado en medio del aire producto de la alteración en el tiempo, Estados Unidos viajó a Europa para comentarle al inglés que Canadá había desaparecido, que alguién entró a su casa, había destruido todo y nadie sabía quién era, que algo pasaba con el tiempo y que cualquier plan que el inglés hubiera tramado él tendría una mejor estrategia.

Pero su llegada a Londres le hizo ver que algo mucho peor estaba ocurriendo.

Al igual que en Toronto, la gente caminaba desorientada aunque se notaban más esas alteraciones que México le había comentado. Era un paisaje desolador.

-Realmente se ven bugeados -dijo para sí.

Corrió al Palacio de Buckingham llamando a su ex tutor.

-¡Inglaterra! ¡Inglaterra!

Los guardias reales tenían estrictamente prohibido hablarle a la gente, pero uno lo miró y le dirigió la palabra, se le veía muy preocupado.

-N…No sabem…sabemos do… st… Tod-dos l… bscan.

-¿Eh? No te entiendo.

El hombre no podía hablar fluidamente debido al error en el tiempo, era como escuchar una llamada con mala señal, sin embargo él no parecía notar la falla.

Entró al Palacio, aprovechándose de que el guardia no se movía con fluidez para impedírselo.

-¡Inglaterra! ¡¿Dónde estás?!

Se le acercaron varios empleados caminando erráticamente, lo que más le impactaba al norteamericano es que esos humanos caminaban hacia delante y de un segundo a otro estaban muchos metros detrás, sin alterar su corporalidad, otros, viceversa, se adelantaban como si sus pies flotaran.

Empezaron a hablarle en fragmentos, explicando que Inglaterra no estaba, que nadie lo podía encontrar. Notó que dos llamaban por teléfono y logró entender que estaban revisando cámaras por si lo habían visto. Uno de los que hablaba por teléfono mencionó algo que llamó su atención:

"Manchas de sangre" "sala oeste"

Corrió por el palacio -aunque inevitablemente se perdió porque el palacio era muy grande y él muy impulsivo, ni siquiera prestó atención hacia donde era el oeste- y encontró las manchas que le habían dicho.

-Ay, Inglaterra, ahora sí que necesito tus dotes detectivescos -susurró para sí, mirando la evidencia.

No entendía qué significaba, porque tenía más sentido que alguno de los corgis de la Reina se hubieran herido ahí que a que esa sangre fuera de su ex tutor, ya que las manchas estaban en el suelo y en el borde inferior de la pared. Se acercó más al suelo y vio que algunos restos de sangre formaban un tenue camino que no llevaba muy lejos, solo unos pasos más al este.

Alzó la mirada y lo único que había cerca era un amplio y muy decorado espejo.

-Francia quizás sabe algo.

Fue a la casa de Francia sin éxito, tampoco estaba el galo y el ambiente estaba igual que en las islas británicas.

-¿Nnnno has v…sto a … ancia?

-¿Qué?

El empleado del Palacio del Elíseo no contestó, se quedó congelado unos largos segundos, impacientando al norteamericano.

-¿No? mh -volvió a hablar y moverse con fluidez.- Nadie sabe ddd… -y nuevamente a tener interferencias.- sta.

Decidió preguntarle a Alemania, pero él tampoco estaba. Ya empezaba a preocuparse. Veía cómo los alemanes hablaban por teléfono y apuntaban papeles en los escritorios, le sorprendió ver que habían perdido la compostura, ya que se veían bastante inquietos. Siempre había pensado que ellos tenían nervios de acero, no obstante, se notaba a leguas su intranquilidad.

-¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer? -se frotaba los costados de la cabeza con sus puños, despeinandose. Había regresado a su casa para no preocupar a sus ciudadanos y le sorprendió el enorme despliegue de seguridad que había.- Yo soy un héroe, ¡siempre sé lo que tengo que hacer! -golpeó la mesa y se enderezó, pero luego volvió a echarse sobre ella, colocando su cabeza arriba del teclado de la computadora personal.- Pero ahora no sé qué hacer. Aún no saben quién era el desconocido que entró en mi casa.

Se quedó unos momentos en silencio, desganadamente mirando la nada. Hasta que tuvo una idea.

-Veré yo los videos, a ver si descubro algo.

Fue a buscar un vaso gigante de gaseosa para su misión y, aunque ya los federales habían visto todo y no habían llegado a nada, nadie sabía quién era y cómo entró, decidió que ÉL como héroe, era el único que podía resolver el problema.

Pasaron horas y horas de análisis cada cinta donde habían visto al hombre, la policía las había separado de las que no se veía nada, ahorrándole trabajo.

-¿Por dónde entraste?

Frotándose la mandíbula, ni siquiera despegaba los ojos de la pantalla para comer o beber, no quería perderse ni un segundo que pudiera ser la clave.

De pronto notó algo raro, vio que la cámara había captado en la esquina izquierda de la pantalla el bate del sujeto cayendo de la nada al suelo, para luego ver la mitad superior de él aparecer. No aparecía de lado, como si estuviera caminando y entrando a ese cuadro… sino, como apareciendo desde el frente, como si en la esquina izquierda hubiera una ventana invisible.

Sacó la cinta y vio que era de la sala norte 14. Se dirigió hacia allá y buscó la cámara que estaba estudiando, no había nada raro en el sector. Había una pared con varias pinturas, unos estantes, un espejo y luego venía una esquina donde estaba apoyada una estatua.

En ese momento recordó que le habían dicho en Canadá que Kuma apuntaba la pared cuando le preguntaban por su hermano, decidió dirigirse al espejo para tocarlo.

llevándose un susto de muerte cuando vio que sus dedos cruzaron el cristal como si estuviera tocando agua.

Iba a gritar del susto pero justo se contuvo, llevándose las manos a la boca. No quería llamar la atención de nadie extra, ya veía que lo trataban de loco y no sabía si producto de toda la alteración temporo-espacial los humanos podrían notar ese cambio.

Escribió una nota y cruzó el espejo.

"Fui a buscar a mi hermano, no se preocupen. Volveré antes de que se den cuenta. América."

...

Cruzar se sentía como sumergirse en el agua por un breve periodo, al salir se tocó y su ropa estaba completamente seca. Sacó la pistola que siempre cargaba y la sostuvo fuerte en su mano. Con sigilo caminó por el desértico pasillo, se veía como un lugar normal aunque austero. A lo lejos, escuchó unas voces y se apegó a un estante, unos empleados del aseo caminaban en dirección a un pasillo perpendicular a donde estaba.

-No entiendo porqué Allen rompe su casa durante la purga, nos hace a nosotros limpiar su desastre.

-Él no puede salir durante la purga, así que es su manera de desestresarse.

-Sí, pero nosotros limpiamos todo esto.

-Anímate, sobreviviste este año, a mí casi me mata Fred, de operaciones.

-Haha, siempre te dije que le caías mal.

"¿La purga?" Se preguntó Estados Unidos, en su casa se había grabado una serie de películas que hablaban de que una vez al año los norteamericanos tenían derecho a matar a cualquiera sin repercusiones ante la ley, ¿acaso en ese lugar la purga era una realidad?

Espero que se alejaran lo suficiente para seguir su camino, siguió observando el lugar con desconfianza y en un momento objetos en un mueble, ya que destacaba que ninguna mesa o estante tenía objetos encima. Era una seguidilla de marcos con fotografías, algunas eran en blanco y negro, otras a color y otras más nítidas.

Se veía al hombre que había destruido su casa en distintas situaciones: En las pirámides de Egipto, dándose un abrazo con un pelirrojo que se parecía a Inglaterra, una en blanco y negro posando con un avión muy antiguo que parecía ser de la guerra mundial -no sabía decir si era de la primera o segunda-, otra en sepia donde aparecía junto a otras personas y todos vestidos como militares.

-Este tipo… es como yo…

...

Con más dudas que respuestas, recordó a su hermano así que salió de la casa buscando el norte. Le costó salir porque la típica salida que tenía su casa no estaba ahí, tuvo que ir al otro extremo para poder abandonar la casa.

Lo primero que le llamó la atención era que Washington no era tan moderna como la suya, los edificios eran más bajos, no existían rascacielos, no había banderas norteamericanas por todas partes, se veía algo anticuada, le recordó a como era en los años 70. Pidiendo indicaciones, llegó a la frontera sorprendiéndose ante las enormes diferencias de ese país con el suyo. Al llegar a Canadá notó que la gente era muy desagradable, lo ignoraban e, incluso, se burlaban de su acento; algo que jamás le había pasado cuando iba a ver a su hermano.

La residencia de Canadá tenía una puerta que solo ambos conocían y, de hecho, la casa de él mismo también tenía una puerta oculta. La usaban para entrar a deshoras sin que nadie los descubriera, las crearon antes de la época independentista.

-¿Matt? ¿Matthew? -entró al Palacio del Primer Ministro por esa puerta oculta, era la misma fachada de la casa de su hermano, pero mucho más oscura.

Sigilosamente avanzó, volviendo a sacar su arma. Parecía estar desierto y esperaba que así fuera por la hora, aun así se preocupó de causar el menos ruido posible. Era un lugar con escasa decoración y poco acogedor.

-¿Matt? -preguntaba cerca de una puerta y luego la abría un poco para revisar. Encontraba todas las habitaciones vacías.

Llevaba unos 40 minutos y todavía no encontraba al joven, ¿y si no estaba ahí? ¿Y si quizás cruzó por su cuenta a investigar? No, Canadá no era así, no era un aventurero como él. Eso era lo que justamente él haría. Canadá más bien se quedaría en su casa tranquilo, tomando chocolate caliente.

-¿Matt? -volvió a llamar en otra puerta de una sala alejada, para luego abrirla.- ¡Matt!

En un rincón estaba acurrucada la nación del norte de América. Estados Unidos corrió hacia su hermano y le tomó el rostro. Tenía las manos atadas con cinta americana, pero lo peor eran las marcas en el cuello, se notaba que había sido asfixiado. El joven respiraba tenuemente y estaba inconsciente. Estados Unidos trató de despertarlo con golpecitos en el rostro y sacudiéndolo, sin éxito.

-¿Reunión familiar? Qué adorable.

Como un relámpago, Estados Unidos se incorporó y sacó su pistola, listo para atacar. Vio al hombre de cabello dorado riéndose, llevaba en sus hombros su palo de hockey con el que había ahorcado al muchacho canadiense.

-Baja eso, niño, puedes causar un accidente.

-¿Qué le hiciste a mi hermano?

-Jamás imaginé que alguno de ustedes cruzaría voluntariamente.

-¡Contesta la maldita pregunta!

-Nada, solo está durmiendo. Nuestra "charla" lo cansó mucho.

-Maldito miserable -enrabiado alzó la pistola, dispuesto a disparar.

-Si me disparas, él muere, ¿quieres eso para tu hermano? -le preguntó con una sonrisa maliciosa.

-¿Por qué?

-Porque yo también soy Canadá -le respondió con una macabra sonrisa.- Por eso él sigue vivo, no tengo ganas de morir todavía. Tengo asuntos pendientes.

El dueño de casa se acercó a los hermanos y Estados Unidos se colocó delante del muchacho para protegerlo.

-Si te acercas, dispararé a tus piernas, no te matará pero te detendrá si pretendes hacerle algo -amenazó Estados Unidos, causando una amarga carcajada al anfitrión.

-Entras en mi casa y tienes el descaro de amenazarme, qué gracioso eres -se detuvo unos momentos y luego reanudó su marcha.- Pero eres pura boca, si estuvieras delante de mi hermano él ya te habría dado una paliza.

Estados Unidos disparó directo al hueso de la tibia pero el canadiense no se inmutó cuando las recibió, incluso empezó a reírse divertido.

-¿P-Pero qué?

-Vengo de jugar hockey -se golpeó las piernas y sonó hueco, no obstante no se veían las protecciones, debía tenerlas debajo del amplio pantalón.- Ok, mucha cháchara.

En ese momento apretó un botón y empezó a sonar una alarma. El ruido aturdió al estadounidense, qué guardó velozmente su pistola y se apresuró a rescatar a su hermano, tomándolo en brazos

Varios guardias con chalecos antibalas entraron a la sala antes de que Estados Unidos alcanzara a incorporarse con él muchacho.

-Este tipo tiene un arma, trató de matarme -les explicó a sus guardias, quienes fueron directo a detenerlo.

"Lo siento" dijo en su mente antes de sacar la pistola y empezar a disparar a diestra y siniestra a las personas. Lo único importante era sacar a su hermano de ahí. Sin embargo, lograron apresarlo y quitarle el arma. Como Estados Unidos tenía demasiada fuerza, los guardias optaron por golpearlo con un bastón eléctrico en el cuello. Cayó al suelo, aún consciente, pero debilitado.

-Tan impulsivo, tan sentimental, tan idiota -escupía esas palabras al tiempo que lo miraba con soberbia.- Tan diferente a mi hermano no eres.

Parpadeó un par de veces, luchando para mantenerse despierto. Sus músculos no respondían, ellos daban varios espasmos involuntarios por la corriente recibida, se sentía mareado debido a que el golpe eléctrico le dificultaba respirar. Trató de hablar pero tenía las cuerdas vocales paralizadas.

Canadá se sorprendió de ver su resistencia, alguien normal habría quedado inconsciente al instante. Le indicó a sus guardias que lo esposaran y lo dejaran al lado de su contraparte. El norteamericano no pudo oponer resistencia, su cuerpo era como el de un muñeco de trapo.

-Esto va a estar interesante, muy interesante.


Notas: Prefiero no encasillar a México en ninguna representación que se ha hecho por fans para evitar cualquier percance, así que pueden imaginarlo como el de latin hetalia, hetamérica u otro.