Capítulo ocho: El Encuentro.
...
No sabía si el frío que le recorría la espalda era porque el lugar estaba helado o eran escalofríos por recuerdos desagradables. Ese lugar le recordaba a su casa durante la oscura época del tercer reich. ¿Qué lugar era ese? Se preguntaba, a la vez que se cuestionaba si debió cruzar con algún arma, aunque ahora ya no portaba nunca un revólver siquiera. Sintió como si hubiera viajado al pasado, especialmente al ver los símbolos en las paredes, era como si en cualquier momento un alto miembro del SS aparecería y lo saludaría, o que algún miembro de las camisas negras le rendiría honor. Se sentía muy, muy incómodo.
Alemania siguió caminando con cautela, atento por si escuchaba la voz de Italia o cualquier otro ruido. Con sus sentidos agudizados, el único ruido que percibía eran sus pisadas.
Antes de terminar el pasillo sintió algo bajo sus pies, miró hacia abajo y vio un cuchillo. Se agachó para observar y vio que tenía restos de sangre. Preocupado, pensando que podía ser sangre de Italia, avanzó un poco más deprisa. Se acercaba a cada puerta a escuchar si había algo, pero todo estaba demasiado silencioso.
Demasiado para su gusto
…
-¡Mmh! ¡Mmh!
Gimoteaba un hombre de cabello castaño claro atado a una silla. Estaba amarrado de pies y manos, lo peor es que lo habían silenciado con una cinta americana.
-Algo mejor, al menos no me revientas los tímpanos -declaró aún fastidiado, frotándose los ojos.- Tus gritos me tenían harto.
-¡Mmh! ¡Mmh! -siguió insistiendo, con los ojos llenos de lágrimas.
Una súbita cachetada lo paralizó.
-¡Cállate maldita sea! ¡Me tienes harto! ¡Harto! ¿Seguro que no lo puedo matar? -preguntó a su compañero, un fornido rubio de ojos violetas, que observaba la escena con apatía.
-Sí, seguro. A no ser que quieras morirte tú también.
El hombre esquivó con gracia el gorro que había lanzado el furioso muchacho.
-¡Me tienen harto todos aquí! ¡Tú y tú! -apuntó tanto al secuestrado como a su compañía.- ¡Yo estoy lidiando con este inutil bueno para nada y tú estás lo más tranquilo!
-Me pediste que me quedara aquí contigo.
-¡Agh! -pateó una silla cercana.- ¡Así no estaba planeado!
El Italia fascista estaba iracundo. Había visto que su contraparte era muy pacífico y hasta infantil, pero jamás se imaginó lo ruidoso que podía ser al estar apresado. Desde que lo habían apresado en el otro mundo no había dejado de gritar y llorar, y ya de eso llevaba como una hora.
-Deberíamos dejarlo solo, como te plantee -comentó el alemán con calma.
-Algo me dice que no me fie de él -espetó cruzándose de brazos, mirando con rabia a su contraparte.
El Italia castaño claro seguía temblando y emitía algunos sollozos ahogados por la cinta. Se veía tan vulnerable que el alemán dudó que pudiera hacer algo por sí mismo.
-Míralo, el idiota está que se orina de miedo, ¿crees qué podrá hacer algo? Lo mejor será que te cambies, hay que ir a buscar al otro Alemania antes que se de cuenta que este inútil no está.
-Mh -musitó el Italia de ojos rojos, encontrándole la razón a su compañero.- Pero antes necesito hacer algo.
"Si lo conozco tan bien como creo, sé lo que hará" pensó para sí mientras se encogía de hombros, porque de tantas cosas que tenían que hacer ahora, lo que sospechó era completamente innecesario.
Lo vio tocarse el pecho varias veces, cómo buscando algo.
-¿Viste mi cuchillo? Creo que se me cayó en el camino.
Durante el forcejeo para traer al otro italiano a ese lugar, probablemente a Italia se le resbaló el cuchillo con el que lo amenazaba, ya que el muchacho era demasiado escurridizo.
-No, pero toma -le entregó uno que tenía en un bolsillo especial del pantalón.
Lo recibió con gusto y caminó hacia su contraparte, que había vuelto a gemir súplicas inentendibles. Se agachó para quedar a su altura y acercó el cuchillo.
-Yo no me movería si fuera tú, ¿o acaso quieres decorar tu carita de porcelana con una cicatriz?
El italiano se quedó estático, aunque sin dejar de llorar y de llamar a su Alemania. Con suavidad, el secuestrador pasó el cuchillo por las lágrimas de su víctima, intentando recolectarlas.
-¿Sabes que odio más que un mal vino? -le preguntó apartando un mechón del rostro del joven con el cuchillo.- A los débiles como tú -y en un abrir y cerrar de ojos le enterró el cuchillo en el brazo izquierdo, para luego deslizarlo hacia abajo, cortándole la ropa y piel del borde externo del brazo.
El italiano apresado gritó fuertemente, aunque la cinta mitigaba el ruido. El corte no era profundo ni muy largo, de apenas cinco centímetros, pero había logrado algo que quería, infundir más miedo.
-Si sigues gritando, te haré más de estos, ¿vas a seguir? -el castaño claro respiraba agitado, el dolor le había sacado más lágrimas y ya no veía tan bien producto de ellas. En ese momento, el Italia de ojos rojos jaló algunos mechones de su cabello para que lo mirara.- Porqué podré no matarte, pero podría cortarte un dedo, arrancarte las uñas, quemarte la piel, tengo muchas otras opciones para que de una maldita vez te calles. ¿Vas a cooperar ahora?
El castaño claro asintió rápidamente, aunque sin poder evitar quejarse por el dolor. El dueño de casa se apartó del muchacho, respirando aliviado.
-Bien, iré por la tintura -miró al germano-. Cuídalo en tanto, o las amenazas que le hice a él las aplicaré en ti.
Y sin decir más, se retiró de la sala. El germano se dirigió a un frigobar que había y sacó una botella de cerveza, la abrió haciendo presión contra una mesa, para luego tomarla silla que su compañero había pateado, la enderezó y se sentó con las piernas bien extendidas, apoyando el codo libre en un muslo. La visita se sentía intimidada al ver que Alemania no le apartaba la vista, incluso mientras bebía; es más, casi no parpadeaba.
-Mmhh -intentó hablarle, pero el rubio solo se llevó un dedo a los labios.
Mentalmente llamaba a su Alemania, rogando que fuera a rescatarlo de ese horrendo lugar.
Luego de una hora y fracción, y de unas cuantas botellas de cerveza, regresó el dueño de casa, sin su chaqueta militar ni corbata, ahora tenía el cabello del mismo tono de su contraparte. No se veía cómodo para nada.
-Me siento horrible -espetó mirando con disgusto su cabello.
-Para mí te ves bello, aunque, mmh -se apuntó a los ojos.
Claramente el color de los ojos era un tema. Ese Italia sopló hacia arriba, moviendo sus cabellos.
-No hubo caso, no me puedo acostumbrar a esas malditas cosas -respondió, haciendo alusión a los lentes de contacto para cambiar su color de ojos.- Quítale los pantalones.
Alemania respondió con mirada fastidiada, hizo una mueca y obedeció la orden. El Italia del otro lado iba a volver a llorar pero observó cómo su contraparte alzaba un cuchillo, respondió a la amenaza quedándose tranquilo.
Una vez vestido con los pantalones y zapatos del muchacho, se dispuso a salir nuevamente de la sala.
-Iré a por él, avísale al resto para que empecemos.
El alemán le hizo un gesto de "ven" que el italiano acató; le dio un escueto beso, extrañando al mediterraneo.
-¿Y eso?
-De despedida, ¿no puedo?
-Despídete bien entonces -lo sujetó de la camiseta y comenzó un beso apasionado, pero Alemania lo apartó.- ¿Me rechazas? -preguntó ofendido.
-Se te va a hinchar esa boquita y serás más evidente. Cuando vuelvas con el idiota celebramos cómo te gusta.
El italiano le encontró la razón, asintió a gusto, le dio una suave caricia y luego un golpecito con sus manos.
-No te emborraches.
Alemania rió ante la orden, él podía tomar litros de cerveza como si fuera agua y no sentir ningún mareo. Lo vio irse y le deseó éxito en su mente.
…
-Ok, Veneciano, tú puedes -se daba ánimos a sí mismo mientras avanzaba por el pasillo.- Solo recuerda ser un idiota y tener los ojos cerra… mierda -se calló al ver a la distancia a un fornido hombre rubio con la camisa manchada de aceite.- ¿Qué hace él aquí? -se escondió en la pared, sintiendo cómo el aire se le escapaba del pecho. El plan era que él iba a cruzar como el otro Italia y llamaría a Alemanía para que fuera a su casa, así, lo engañaría para aturdirlo y cruzarlo al otro lado.
Sin embargo, ya verlo en su casa significaba que tendría que improvisar, y odiaba improvisar. Además, podía haber cruzado con un arma. Menos mal andaba con la navaja suiza en el bolsillo ya lista para atacar, puesto que los bolsillos para sus cuchillos estaban en su chaqueta militar. Soltó un suspiro y se dio el último de los ánimos.
-ALEMANIAAAAA -gritó con los ojos cerrados, moviendo sus brazos hacia todos lados, en dirección al rubio.
Internamente, sintió asco de sí mismo, pero el fin justifica los medios.
-Italia -respondió preocupado el germano, dirigiéndose hacia el muchacho.
-¡Qué bueno que viniste! ¡Estaba tan aterrado! -expresó aferrándose a su camisa, temblando algo exagerado, manteniendo los ojos cerrados.
-¿Cómo terminaste aquí? Fui a tu casa porque me llamaste y vi cosas raras -el germano, preocupado, lo sujetó de los hombros.
-Tengo mucho miedo -se tapó el rostro y simuló que sollozaba.- Salgamos de aquí, ¡Salgamos!... antes que venga alguien -agregó al recordar que no debía dar órdenes.
El alemán no se movió, causando nerviosismo en el mediterraneo. No debía abrir los ojos para que no notara el cambio de color.
"¿Habrá sido mi tono de voz?" Se preguntó, así que se limitó a temblar, respirar agitado y fingir sollozos.
-Averiguaré qué está pasando, tú regresa.
-Ehh es que… ¡Es que no sé cómo estoy aquí! -gritó, realmente odiaba improvisar, su Alemania siempre lo ayudaba a salir de estos apuros.- Me voy a perder y, quedaré atrapado, y moriré, moriré, no quiero morir -volvió a cubrirse el rostro porque realmente deseaba abrir los ojos y ver la reacción de ese Alemania.
Volvió a percibir que el alemán no se movía. "Mierda, esto está más difícil de lo que pensé". Separó un poco sus dedos para poder abrir los ojos sin que el otro se diera cuenta, y notó que Alemania miraba hacia ambos lados del pasillo, no lo estaba mirando. Eso le causó alivio y, por unos momentos, dejó de temblar.
-Tú no eres Italia -le escuchó decir.
Y antes de responderle, el germano lo estrelló contra la pared, tomándolo desde el cuello. Italia abrió los ojos y ahí Alemania confirmó sus sospechas.
-¿C-Cómo lo n-notaste? -le preguntó jadeando.
-Conozco demasiado bien a Italia, él nunca me ha jalado la ropa -contestó con severidad.- ¿Dónde lo tienes? ¡Habla!
El mediterraneo soltó una risilla con dificultad, producto del ahorque. Mientras el blanco hombre le contestaba, él había deslizado su mano hacia el pantalón.
-Q-Qué pena -respondió para luego atacar con la navaja suiza que había escondido, cortándole la camisa y la piel del abdomen. El alemán inmediatamente lo soltó para cubrirse la herida; era superficial pero aun así ardía mucho.- Me estabas empezando a caer bien -agregó directo a apuñalarlo, pero el hombre tenía buenos reflejos.
Alemania lo esquivó e Italia enterró el cuchillo en la pared, producto de la fuerza quedó incrustado. Iba a tratar de sacarlo cuando percibió un ataque, el alemán iba directo a golpearlo con su puño; iba a deslizarse al costado pero el otro fue más rápido, golpeándolo directamente en el rostro.
Por la fuerza, debería haber caído al suelo, pero el italiano era resistente. Se incorporó lo más pronto posible, sintió cómo la sangre corría por su boca y mentón.
Quedaron frente a frente.
-¿Dónde está Italia? -exigió alzando sus puños. El italiano sonrió con malicia, limpiándose la sangre con su mano.
-Bien cuidado, los italianos somos hospitalarios -le contestó manteniendo la sonrisa.
Alemania fue directo a golpearlo, enfrentándose en una batalla cuerpo a cuerpo. Italia del norte contaba con desventaja al ser más bajo y menos musculoso, pero al mismo tiempo era más ágil. El problema era que le faltaban los cuchillos, se sentía cojo al no poder usarlos. Al alemán le pasaba algo similar, se había entrenado para luchar si no tenía armas, no obstante, siempre prefería usar un revólver.
Aprovechando una patada mal dirigida del alemán, Italia tomó los restos de un estante destruido y lo usó como lanza, hiriéndolo en la pierna. Buscaba inmovilizarlo pero no lo conseguía, los pedazos astillados le golpearon de frente. Unas pocas astillas le lastimaron la piel, pero donde más le había dolido era en la rodilla, el palo le dio justo en el hueso.
-Verdammter hurensohn! (*)-exclamó iracundo (* maldito hijo de puta)
Se lanzó al joven castaño, pero Italia fue más rápido, lo sujetó del brazo y logró torcerlo, para luego lanzar al alemán al suelo y apresarlo bajo su peso. Sin embargo, al no tener con qué atarlo, el germánico se zafó del agarre, dándole un puñetazo en el rostro, luego un codazo en el estómago, dejando al italiano a cuatro patas. Antes de que Italia se incorporara, le propinó una patada en la cadera, derribándolo.
El italiano quedó boca arriba, quejándose de dolor, sin poder incorporarse.
Alemania se colocó arriba de él, jalándolo de la camisa.
-¡¿Dónde está Italia?!
Recibió como respuesta una seguidilla de risas. Primero partieron suave, para después acrecentarse en un tétrico tono.
Fastidiado, iba a golpearlo pero lo noquearon por detrás, al pegarle en la cabeza con la culata de una pistola.
Alemania cayó desplomado hacia adelante, aplastando al italiano.
Detrás de él, se encontraba el Imperio Alemán que, alertado por los ruidos fue a auxiliar a su camarada. Antes que se lo pidiera, le quitó de encima al visitante, para después ayudarlo a levantarse.
-Ahora quién es el hijo de perra -susurró al desmayado, escupiéndole entre saliva y sangre. Miró a su aliado.- Maldita sea, Alemania, ¿por qué te tardaste tanto? -le preguntó mientras se limpiaba la sangre que seguía brotando de su nariz y boca.
-Me di cuenta de que algo iba mal cuando escuché el insulto, pensé que le estabas dando una paliza -respondió preocupado.
Italia del Norte estaba realmente malherido, tenía la nariz chueca, hacía muecas producto de la sangre que tenía dentro de su boca, un moretón en el costado del ojo izquierdo y no podía estar erguido, su otra mano estaba apoyada en las costillas del lado izquierdo.
Alemania llevó su mano al rostro de él queriendo limpiarlo, pero el italiano la apartó de un manotazo. No iba a permitir que le tuvieran lástima, claro que no.
-Hay que llevarlo a la sala especial, este gorila fácilmente se puede escapar -ordenó con seriedad, hablaba mientras llevaba su cabeza hacia arriba para frenar la hemorragia nasal, cubriéndose con un pañuelo que llevaba en el bolsillo de la camisa.
Se sentía mal por haber sido derrotado por ese tipo, pero le había caído como patada en sus partes nobles que su Alemania lo hubiera rescatado como si fuera una damisela en peligro, además de notar su evidente lástima. En su mundo lograba casi siempre ganar las batallas cuerpo a cuerpo, por lo que se sintió un debilucho y odiaba a los débiles. El odio empezó a consumir cada centímetro de su cuerpo, sintiendo desprecio por sí mismo.
Alemania decidió no decir nada más, cargó al hombre inconsciente a su espalda y se dirigieron a la planta inferior, a paso algo lento porque el nor-italiano cojeaba un poco. Allí, tenían un calabozo, por lo que lo dejarían encerrado en ese lugar.
Regresaron a la planta superior y Alemania se sentía preocupado por su aliado, estaba callado, evidentemente molesto. Al menos ya se había detenido la hemorragia.
-Hay que curarte.
-Déjame.
-No puedes llevar a cabo el plan así.
-¡Qué me dejes maldita sea! -le gritó hastiado, para luego sentir una desagradable opresión en el pecho. Y no, no era por tener costillas rotas. Ya había experimentado ese dolor y no era el mismo.
Sentía que se ahogaba en odio hacia sí mismo. Le empezó a costar respirar, como si una pelota de tenis llena de pinchos se hubiera alojado en su garganta, rasgándose por dentro ante cada inhalación. Empezó a sentir que le ardían los ojos, obligándolo a cubrirse el rostro para tapar las lágrimas que querían salir. Se sentía tan humillado, tan enclenque, tan pequeño. Recordó a su yo de niño, apresado por Austria, siendo ultrajado por él al haberlo conquistado y tenerlo como sirviente en su casa, recordándole cada día que su gente sufría a causa de su debilidad.
-Tienes que curarte, acuérdate que tienes que seguir el plan. Llevaré al otro Italia para abajo y los custodiaré -espetó con seriedad, para luego alejarse.
Estaba preocupado, sí, pero jamás lo consolaría, no era parte de su esencia. A los débiles se les consuela, a los fuertes se les recuerda su deber.
Italia, ya solo, intentó controlarse pero seguía respirando agitadamente. Se dirigió a otra sala, donde enrabiado rompió lo que pilló, para luego derramar toda su angustia en amargas lágrimas
…
-¿Alguien quiere más té? -preguntó el británico con una sonrisa tiesa.
Su contraparte lo miró y le recordó la película de Alicia en el País de las Maravillas, se parecía al sombrerero loco, tenía la misma expresión de locura. Inevitablemente se preguntó si él se veía tan mal cuando tenía sus arranques emocionales.
Las tres naciones de ese mundo estaban sentadas en los gastados sillones del palacio, frente a tacitas de té y pastelitos. Francia y Estados Unidos se miraban con recelo, ambos tenían bolsitas de verduras congeladas para bajar la hinchazón; Francia en el ojo, Estados Unidos en la mano derecha, pues habían discutido a los golpes y el americano era más fuerte. Inglaterra había observado el conflicto sin entrometerse ni preocuparse, su atención estaba enfocada en los países secuestrados, especialmente en el galo. Le llamaba la atención lo afeminado que era, que tuviera el cabello tan sedoso, la piel tan brillante y suave y que apestara a flores. Lo miraba sin parpadear, por lo que Francia se sentía muy incómodo.
-Mmh -musitó el francés de cabello color ceniza, ni siquiera había tocado la taza.
-¡Yo! Me encanta tu té -pidió Estados Unidos acercándole la taza.
-Mi niño, te he dicho mil veces, la taza se deja en la mesa -le recordó manteniendo la expresión, para luego servir más té.
-¿Italia te contactó? -preguntó el francés, a lo que el británico negó.
-England, ¿sabes por qué no me citó? -preguntó para luego beber un poco de té.
-Ni idea, cariñito.
-Porque eres un inútil bueno para nada.
-Haha, ¿dices eso después de que te reventé a golpes? -respondió con desdén, aun sosteniendo la taza.
-Muchachos, estamos en la hora del té -llamó con suavidad Inglaterra.
-¿Sabes a quién sí llamó? -preguntó insidiosamente, con una sonrisa maliciosa.
El americano lo miró fijo, Francia seguía con la sonrisa. De pronto, las pupilas de Estados Unidos se dilataron.
-¡¿Qué?! ¡¿Citó a Canadá?! -gritó, dejando caer la taza por la sorpresa. Inglaterra se tensó, pero no dijo nada, mantuvo la forzada sonrisa. El francés asintió.
-Sí, bola de manteca, llamó a tu hermanito en vez de a ti. Para nadie eres de fiar.
-Yo discrepo -comentó Inglaterra, todavía tenso, respirando lo más profundo que podía.
-¡Te voy a partir la ca…!... ra -empezó gritando pero luego bajó el tono, sintiéndose relajado. De pronto, su cuerpo se sentía ligero como una pluma, el enojo que lo había invadido se había esfumado y se dejó acurrucar en el sillón. Se sentía como si Dios hubiera bajado de su trono y le hubiera quitado todo tipo de sentimiento negativo y preocupaciones. Miró a su ex tutor, que bebía té en completa calma.
Decidió que no valía la pena discutir más, por lo que se dejó embriagar por ese estado repentino de relajación, ni siquiera cruzaba un pensamiento en su mente, todo era paz absoluta. Inglaterra sonrió, dejando la taza en la mesita de centro.
-¿Qué le hiciste? -preguntó Francia desconfiado.
-¿Yo? A mi niño nada.
-Mentiroso, lo dopaste.
-No, el té lo relaja -comentó con tranquilidad.- Anda, bebe el tuyo.
-Olvídalo.
-Qué te tomes tu té -insistió, aun con calma, remarcando las palabras.
-No, Inglaterra, no lo haré.
En ese momento, el británico se levantó bruscamente y enterró un tenedor en la mesa, ya estaba dejando de lado su aparente calma. Estados Unidos tenía los ojos semiabiertos y en total abstracción con el mundo.
Las naciones rubias estaban en completo silencio, asustados por la escena.
-Tómatelo -ordenó, apuntándolo con un cuchillo.- O te lo daré a la fuerza.
Francia lo miró aturdido, eran muy pocas las veces que el lado siniestro de Inglaterra salía. Miró a la ex colonia, que se veía muy tranquilo y sereno. Decidió hacer lo que le ordenaba.
-Quiero que te lo bebas todo, cada gota -insistió, aún apuntándolo. Su rostro se había deformado, sus ojos estaban excesivamente abiertos y quietos.
Efectivamente, Inglaterra había colocado ansiolíticos en el té, en parte porque necesitaba relajarse y otra para calmar al resto, había algo que quería hacer y no podía con ellos despiertos. Sin embargo, como él consumía con frecuencia esas sustancias, las dosis no le hacían lo mismo que a sus invitados. Estados Unidos terminó recostado en la orilla del sillón, mirando al techo y con un brazo y una pierna colgando. Francia, luego de unos minutos, también empezó a sentirse relajado, solo que se quedó dormido en su lugar. La diferencia radicaba en que Estados Unidos no consumía ninguna sustancia, de hecho él se alimentaba bastante sano; en cambio, Francia al ser un gran bebedor, los ansiolíticos reaccionaban con el alcohol, deprimiendo más al sistema nervioso, llevándolo a quedarse dormido.
El inglés pelirrojo suspiró, satisfecho. Se levantó de su puesto, con cuchillo en mano y se dirigió hacia los secuestrados, específicamente hacia su contraparte. El hombre rubio comenzó a suplicar con la mirada que por favor no le hiciera nada.
-Cuéntame, ¿estás cómodo? ¿te gustaría una taza de té? -el británico negó.- Oh, vamos, ambos disfrutamos de la hora del té -alzó el cuchillo y lo pasó con suavidad por su rostro.- Me gustaría conocerte mejor, saber cómo lograste mantener tu poder -aumentó la sonrisa.- ¿Sabes? Yo también fui Imperio, ¿lo creerías? -el rubio no le quitaba la mirada aterrorizada de encima.- Sí, tuve el mundo a mis pies, fue una época gloriosa… ¡Pero el maldito chino arruinó todo! -gritó, provocándole sin querer un corte en la cara.
Exclamó una seguidilla de gritos, luego volvió donde el británico. Le jaló el cabello y lo miró con furia.
-¡¿Cómo tú tienes todo lo que yo perdí?! ¡¿Cómo?!
El rubio inglés no entendía cómo ese tipo que le causaba terror podía ser el mismo que había dado vergüenza ajena antes. Era demasiado volátil e impredecible.
-Te odio, te odio con toda mi alma maldito -acercó el cuchillo ahora a su cuello. Inglaterra cerró los ojos para evitar que las lágrimas de miedo escaparan, pero no pudo evitar que algunas rodaran por su rostro.- Te odio tanto como me desprecio a mí mismo, ¿creerías eso posible? Jajaja -dejó escapar una amarga risa.- Te mataría para liberar todo este odio que tengo -en ese momento le soltó el cabello y se alejó, para sentarse al lado de su dormido Francia.- Pero ¿qué sentido tendría hacerlo? -le preguntó, colocando ahora el cuchillo en su propio cuello.- ¡Dime! ¡¿Qué sentido tendría si me matara a mí mismo?! Nadie nos extrañaría, ¿o sí? Dime -alejó el cuchillo y lo usó como puntero.- ¿A ti alguien te extrañaría, Inglaterra? -el rubio británico se quedó helado.- ¿Tus hermanos te extrañarían? ¿Tus amigos te extrañarían? -se rascó la cabeza con el cuchillo.- ¡Ah! Cierto, no tienes amigos y tus hermanos te odian jajaja -rió al final de buena gana.
Las palabras de su contraparte lo llevaron a repasar toda su memoria en breves segundos, sus hermanos lanzándole flechas, sufriendo el rechazo de todos los europeos, el alejamiento de Estados Unidos y Canadá, la necesidad que tenía que demostrar lo grandioso que era solo porque se sentía profundamente solo. Bajó la cabeza, sintiendo cómo las lágrimas brotaban de sus ojos, reflejo de los pedazos de su roto corazón.
Satisfecho de ver cómo había quebrado a su contraparte, fue directo al Francia del otro lado. Se apoyó en el pilar donde estaba atado el galo.
-Y tú, ¿qué puedo decir de ti? Mmmh -se llevó el contrafilo del cuchillo a sus labios, dando ligeros golpecitos.- Te jactas de ser el país del amor, ¿no es así? Dime -se agachó para quedar a su altura.- ¿Alguna vez has amado a alguien? ¿Alguna vez te han amado? ¿O solo te la pasas molestando al resto?
Francia recordó un momento durísimo de su vida y, en especial, a una humana que había amado con todo su corazón, cuya vida fue tan efímera como una mariposa.
El francés trató de evadir la mirada del secuestrador, pero el inglés pelirrojo no lo permitió.
-¡¿Quién te dio permiso para no mirarme?! -le gritó, sujetándolo del cabello y forzándolo a mirarlo.- Sí, así mismo quiero verte. Maldito infeliz, de seguro eres un idiota como él -apuntó al francés de cabello ceniza.- Podría aprovechar de matarte, así ustedes dos por fin se morirían y dejarían de molestarme -colocó el cuchillo justo en el pecho del galo. El francés comenzó a negar con su cabeza y a suplicar, no se le entendía qué decía por tener el trapo en la boca. Inglaterra rió.- No me interesa lo que tengas que decirme, de las bocas francesas solo salen mentiras -presionó un poco y deslizó hacia abajo, buscando romperle la ropa pero no llegar tan profundo como para cortar piel.- Yo no me movería si fuera tú, ¿o quieres un recuerdito de nuestra charla? ¿Mmh? -se colocó arriba de las piernas del francés, mirándolo fijamente, gozando las lágrimas que había causado. Manteniendo el cuchillo en el pecho, el inglés se acercó tanto que su nariz se topó con la de él; el francés, para poder seguirlo, quedó bizco. Inglaterra esbozó una sonrisa más profunda y le dio un escueto beso, como gesto de burla.- Aunque… -comentó, levantándose.- ¿Qué recuerdos podrán quedar de todo esto? Ustedes ya no regresarán a su mundo, serán nuestros prisioneros para siempre.
Volvió a carcajearse, dichoso de haber herido a ambos sin dejar marcas visibles.
-E-England… cállate -susurró Estados Unidos con los ojos semiabiertos, era tal su estado de relajación que se podría decir que estaba durmiendo. Solo había escuchado la estridente risa de su ex tutor, nada más.
Los secuestrados, presos del dolor que sentían porque les habían metido el dedo justo en la herida más profunda que tenían, sollozaban en silencio. Ni siquiera prestaron atención a cómo Inglaterra se aprovechaba del cuerpo del francés de cabello ceniza.
…
Contemplando cómo caía la nieve, se encontraba un hombre de cabello negro vestido con una cómoda tenida deportiva. Aunque se había acostumbrado a sociabilizar por las demandas del siglo XXI, le era sencillo regresar al enclaustramiento. Se había mudado a la ciudad de Kioto para pasar la cuarentena en su antigua casa, la tradición le traía paz en tiempos complicados. Japón acariciaba a su gatito, sin quitarle la vista al paisaje.
De pronto, como un sensor, algo se activó en su ser. Un sexto sentido que le avisaba de peligro, rodó velozmente hacia la derecha, esquivando justo un pulcro ataque de una katana.
Volteó, sorprendiéndose de ver quien era.
Un hombre, también de cabello negro liso y ojos rasgados pero rojizos, había irrumpido en su hogar. Vestía una versión en negro de su uniforme militar imperial.
-Aún queda agilidad en ti -comentó con soberbia el extraño.
-Ikiryō -susurró el dueño de casa. Ese debía ser la manifestación de las personas que deseaban que el antiguo Imperio Japonés regresara, ese antiguo pasado que estaba agradecido de dejar atrás por lo ruin que había sido.
El extraño se carcajeó.
-¿Tú crees que soy un fantasma? No, Japón, soy tu mejor versión -indicó para luego volver a atacar.
Iba a mandar al mismísimo demonio las indicaciones de los occidentales, él no creía que sus contrapartes fueran parte de sí mismos, sino seres completamente diferentes en un multiverso cambiante. Ese Japón era una deshonra, era la versión que había quedado de errores garrafales en la guerra; él, en cambio, era la versión triunfadora, en la realidad de qué tan grande era el Imperio Japonés.
Era claro quién ganaría.
Sin embargo, Japón se había entrenado en una gran variedad de artes marciales durante la edad media japonesa. Su cuerpo tenía memoria muscular y comenzó a defenderse aplicándolas, logrando arrebatarle la katana al otro de una patada, quedando lejos de ambos.
-Vaya, nada mal -espetó él de uniforme, viendo cómo habían esquivado todos sus ataques. Japón estaba en posición de defensa.
-¿Qué quieres?
-Pensé que estaba claro -respondió volviendo a atacar; él también sabía artes marciales.
Se enfrascaron en una dura batalla, entre destreza, control de la respiración, habilidad y fuerza de puños y patadas. El dueño de casa entendió lo que ese tipo buscaba, quería matarlo.
Estando en Kioto, lejos de la capital, nadie lo podría auxiliar.
…
El ambiente estaba húmedo y caliente, el joven rubio de ojos castaños jadeaba y soltaba algunos suaves gemidos al sentir los golpes en su cuerpo; las gotitas de sudor que recorrían su cuerpo le hacían cosquillas.
-Todo el estrés se va en un buen sauna -dijo para sí Finlandia, disfrutando de una sesión en solitario en él. Dejó las ramas de abedul en el asiento, sintiendo cómo los golpes le habían relajado los músculos. Volvió a sentarse para seguir disfrutando del vapor, cerró los ojos y soltó un suspiro, olvidando todo el caos que había fuera de esas cuatro paredes.
No le gustaba usar el sauna del Parlamento porque lo solían involucrar en las decisiones políticas y él sentía que los funcionarios deberían cumplir con las expectativas de la gente; así que tomaba el de su propia casa.
Cuando ya sintió que había sido suficiente, salió del sauna, sintiendo cómo el frío del invierno nórdico le penetraba cada centímetro de piel. Porque, claramente, él también entraba al sauna desnudo y salía de él con una toalla atada a la cintura.
No obstante, no se esperaba encontrar a alguien inmediatamente fuera de la puerta.
-¿Suecia? -preguntó confundido.
Frente a él estaba un hombre rubio de ojos entre castaños y rojizos, era un color bien peculiar que jamás le había visto. Aunque lo más extraño no era eso, sino que sonreía amigablemente. Finlandia nunca lo había visto sonreír, a no ser que intentara una mueca tétrica. El hombre vestía un abrigo rojo y pantalones de invierno negros.
-Hola, Finlandia -saludó el hombre con su mano, manteniendo la sonrisa cálida. Aun sonriendo, tenía un aura algo atemorizante.
-¿Q-Qué haces aquí? ¿Cómo pasaste? Hay cuarentena.
-Ah, sí -respondió despreocupadamente.- ¿Entramos? Te puedes enfermar.
-Ah, claro -musitó confundido.
El hombre lo escoltó a la entrada. Finlandia se sentía inquieto. Sí, era verdad que Suecia lo intimidaba pero no de esa forma.
-¿Pasa algo, Suecia? -le preguntó antes de entrar a la casa.- ¿Por qué viniste?
-Solo quería verte, hace días que no te veía -le respondió con la misma amabilidad.
-Ah, claro -volvió a repetir, sin saber qué más decir. Era cierto que le costaba mantener conversaciones largas con el hombre, pero era porque él otro no le respondía más que monosílabos. Ahora era él el que no sabía cómo continuar una conversación.
Entraron a la casa del finlandes, el dueño de casa quería irse a su cuarto a cambiarse de ropa pero el sueco lo detuvo, tomándole de la muñeca.
-Ven, traje algo y quería que lo vieras.
-¿Construiste un mueble nuevo? No te he enviado ningún diseño -le preguntó curioso. Suecia dejó escapar una ligera risilla, perturbando al finés.
-No necesito diseños, tengo mucha creatividad -respondió guiñandole el ojo.
-E-Espera, t-tú n-no -intentó zafarse del hombre. Era claro que ese no era el Suecia que conocía, jamás le había hecho ese gesto. El visitante lo sujetó con más fuerza y sin dejar de sonreír.
-¿Por qué reaccionas así? ¿No estás contento de verme?
-¡Suéltame! -exigió, dándole golpecitos en el brazo.
-Oh, qué tristeza -el sueco lo miró con pena, apretando todavía más su brazo.- Me pone triste que me rechaces, Fin.
-¡Déjame! ¡Tú no eres Suec…!
No alcanzó a decir más ya que un botellazo en la cabeza lo noqueó. El sueco miró la escena aturdido, más aún a quien había propinado el golpe.
-¿Por qué hiciste eso? Íbamos tranquilamente a la sala -preguntó inquieto Suecia, señalando al finlandes desmayado y luego a la sala.
-Mucho ruido, dolor de cabeza -respondió el joven albino de forma escueta, lanzando la botella de cerveza al suelo.
El Finlandia del otro lado tenía tanto el cabello como la piel extremadamente blanca, ojos rojos, y ninguna expresión en su rostro. Vestía una chaqueta roja y pantalones negros, a juego con su compañero, solo que él usaba una boina roja.
Suecia cargó al joven desmayado para cruzar al otro lado, a ninguno de los dos países nórdicos le importó que producto de todo al joven se le cayera la toalla y quedara completamente desnudo.
Cruzaron el espejo, entrando a la casa del albino. Suecia dejó al muchacho sobre un sillón, confundiendo al dueño de casa, quien solo lo miró con una mueca.
-Voy a buscarle una bata, se resfriará si está desnudo -Finlandia respondió alzando las cejas, expresando su disgusto.
Mientras Suecia lo vestía, el joven empezó a despertar, quejándose por el dolor.
-Agh, me duele… ¿Dónde estoy? -miró al sueco e intentó alejarse de él.- ¡Quítate! ¡No me hagas daño!
-¿Hacerte daño es abrigarte para que no te enfermes? -le preguntó con una sonrisa.
-¿Pero qué? -miró a su alrededor.- ¿Qué lugar es…? ¡Aaaah!
El albino lo apuntaba con un rifle.
-¡N-No! ¡Por favor no! -rogó el finés rubio.
-Fin, baja eso por favor, lo asustas.
-Qué se calle -indicó con una tétrica tranquilidad.
-Lo mejor que puedes hacer es quedarte en silencio, así no enojas a Fin -aclaró Suecia, terminando de colocarle la bata. El finés rubio miraba la escena completamente aterrado.- No pasará nada si nos haces caso, ¿si?
-A la silla -ordenó.
Finlandia miró aterrado la situación, pero al final hizo caso. Se entregó a sus secuestradores.
-Listo, tenemos uno, hay que ir por el otro.
-¿Otro? -preguntó asustado el rubio Finlandia.
-Calla, blanco -ordenó apuntándole otra vez con el rifle.
-Listo Fin -dijo Suecia cuando terminó de amarrar a la nación visitante.- Vamos por mi contraparte.
-Mmh -respondió, bajando el arma.
Finlandia, en absoluto desconcierto, vio como ambos cruzaban un espejo.
"¿Qué está pasando?" se preguntó preso de la ansiedad. Iban a capturar a Suecia, iban a matarlos juntos, iban a morir. Su gente, no, su gente, todos morirían si él moría. Oh no, eso era horrible, una calamidad. Empezó a rogar que Suecia pudiera evitarlos y salvarse. Comenzó a rezar, desesperado.
