Capítulo nueve: El Mensaje.
...
Dos jóvenes rubios estaban resguardándose del frío dentro de una casa, jugando ajedrez. El más alto e histriónico disfrutaba bastante la jornada, aunque llevara cinco derrotas consecutivas.
-Noru, ¡eres muy bueno!
-Mh -contestó el otro muchacho, botando la pieza del rey.
-¡Hay que jugar otra vez?
-¿Y si mejor hacemos otra co…? -iba a sugerir, cuando algo llamó su atención. Cerró los ojos, concentrándose mejor.
-¿Qué pasa?
-Siento magia -contestó con calma, manteniendo los ojos cerrados.- Y un troll me está hablando.
-¿Y qué te dice? -preguntó con curiosidad.
Noruega mantenía su semblante calmo, recibiendo el mensaje, hasta que su mirada cambió a aturdida, abriendo los ojos de golpe y mirando inquieto al danés. Dinamarca se sorprendió al ver el cambio en su rostro, Noruega era la nación menos expresiva de los nórdicos.
-¡¿Qué te dice?!
-Finlandia y Suecia están en problemas -respondió preocupado.
Dinamarca se levantó en un santiamén, tomando su abrigo para dirigirse lo más rápido posible a las islas.
-Espera -llamó Noruega, volviendo a cerrar los ojos.- Mh, mh, mmm…
-¡¿Qué dicen?!
-Hay que llevar armas.
…
La noche anterior
Para Suecia la pandemia no había cambiado tanto su estilo de vida. En general, se llevaba un distanciamiento social de forma cultural desde antes de declarada la emergencia. La gente confiaba en las instituciones públicas así que no fue necesario instaurar el uso de mascarilla. Como las noches eran cada vez más cortas, decidió pasar el rato construyendo muebles para luego enviarlos a Dinamarca.
Estaba tan concentrado en lo que hacía que no notó los golpes en la puerta de su taller.
-Hmm, Suecia -escuchó una voz que lo llamaba.
Alzó la vista y vio a un joven bastante abrigado. Cubría su cabello con un gorro, parte de su rostro con una bufanda y su ropa era de exterior.
-¿Finlandia? -preguntó a secas el sueco, mirando a la nación.
El joven no se movió, seguía mirándolo fijo. El sueco le devolvió una mirada confundida.
-Mh, vine a verte -contestó un poco rasposo, se le veía algo incómodo de estar ahí.
Suecia dejó lo que hacía y se acercó al joven a una distancia prudente. Por un momento pensó que estaba enfermo el chico, pero luego notó que algunos mechones blancos escapaban del gorro. Inmediatamente se alejó.
-Tú no eres Finlandia.
-Sí, sí lo soy -respondió sin acercarse ni moverse.
Suecia se llevó la mano a su propio cabello y el finés notó qué quería decir.
-Un cambio de look -expresó con apatía.
-Tú no eres mi Finlandia.
-¿Mí? -preguntó el chico, confundido y algo asqueado.
-Es mí Finlandia -aclaró por detrás alguien idéntico a él.
Suecia quedó aturdido al verlo, el hombre sonreía ante la situación.
-¿Quién…?
-Tú mejor versión -respondió el sueco de ojos rojos antes de golpearlo con una tabla de madera.
El golpe lo aturdió, derribándolo, pero no fue lo suficientemente fuerte para dejarlo inconsciente. Se levantó, dispuesto a dar batalla. Finlandia se quitó el gorro y la bufanda, a la vez que sacaba un cuchillo de su chaqueta, preparado para pelear. El sueco de ojos azules detuvo el ataque del finlandés colocando una tabla delante de él, no obstante su contraparte lo sujetó por detrás, inmovilizándolo con la bufanda del albino.
-Diste más batalla que el otro Finlandia -le comentó el sueco de ojos rojos, divertido.
-Fuiste algo más divertido -agregó el albino.
-¡¿Dónde está Finlandia?! -exigió, intentando liberarse de los brazos de su contraparte.
-Oh, ya lo verás -respondió exclamando una risa burlesca.
Finlandia se acercó con un espejo y lo colocó en el suelo. El dueño de casa observó la situación confundido, pero, antes de preguntar cualquier cosa, su contraparte lo empujó directo al cristal.
En vez de sentir el vidrio en su rostro, sintió agua. Al abrir los ojos estaba en otra casa.
-¡Suecia! -escuchó el grito del Finlandia que conocía. Eso lo hizo incorporarse con rapidez, aun con las manos atadas, notando que su vecino estaba amarrado y vestía apenas una bata.
No alcanzó a moverse más, pues ambas naciones nórdicas del otro lado lo apresaron y comenzaron a golpearlo para inmovilizarlo. El Finlandia de ojos castaños comenzó a rogar a gritos y a lágrima viva que por favor lo dejaran, que no lo lastimaran más, pero sus gritos fueron en vano.
Recién se detuvieron cuando el sueco de ojos azules quedó inconsciente por la golpiza. Tarareando y manteniendo una amplia sonrisa, el sueco de ojos rojos lo cargó y se lo llevó a otra sala.
-¡¿A dónde se lo llevan?! ¡No! ¡Suecia! ¡No le hagan más daño por favor! ¡Déjenlo!
El finlandés albino rodó los ojos, hastiado, para luego seguir a su compañero.
…
El sol había desaparecido, se podía sentir el frío viento invernal entrando por los cristales de las ventanas rotas. La habitación se iluminaba tenuemente gracias a unas pocas bombillas encendidas.
-¿Y? ¿Qué tal? ¿Me parezco a ti o no? -con una sonrisa, el joven británico se tocaba el cabello recién retocado, se lo había teñido rubio para parecerse a su contraparte. Además, había cambiado algunas prendas de su vestimenta, ya no usaba el chaleco sin mangas rosa, sino uno beige, se quitó el corbatín celeste y, en vez de eso, se colocó la corbata verde de su contraparte. Las pecas que los diferenciaban ya no se veían, se ocultaban bajo varias capas de maquillaje.
El aludido no lo miró, tenía los ojos rojos por haber llorado luego de las duras palabras burlescas que le había dedicado el Inglaterra de ese universo. Le abrumaba notar que en todas esas horas no había logrado hacer nada más que ser la burla de todos ellos, se cuestionó cómo rayos había podido escapar de todas las veces que fue prisionero de guerra a lo largo de su historia y ahora no había sido capaz siquiera de liberarse de esas rudimentarias amarras.
-Oh, vamos, sabes que es de mala educación no responder cuando te hablan -lo observaba con esa tétrica sonrisa que avecinaba un nuevo arrebato, pero algo lo distrajo.
Como un resorte, el norteamericano de cabello castaño se sentaba en el sillón. Se estiró profusamente.
-¡Esa fue la mejor siesta de la historia! Hace décadas que no dormía tan pero tan bien.
-Sabes que en mi casa siempre podrás descansar, mi niño -cambió su semblante para hablarle con dulzura al norteamericano.
"Claro, si te drogan es fácil dormir como bebé" pensó el británico arrestado.
-¡Oye! ¿Por qué estás vestido así?
-Ah, ¿esto? Es el plan de Italia, corazón.
-VERDAD QUE ESE MALDITO NO ME CITÓ A LA REUNIÓN -preso de la rabia, exclamó tan fuerte que despertó de sopetón al francés que dormía, quien soltó algunas frases en su idioma del puro susto.- ¡Ya verá! ¡YA VERÁ!
-Mi niño -lo llamó dulcemente Inglaterra, preocupado de lo que podía hacer.
Sin embargo, Estados Unidos tomó su bate y se largó de la habitación. Inglaterra lo siguió por todo el pasillo.
-¿Qué pasó? -preguntó el Francia desaliñado a los secuestrados. Luego de unos segundos de silencio se llevó la mano a la cabeza.- Claro, no pueden hablar, quel bête -en eso miró su teléfono y vio que Italia había mandado un correo electrónico a todos los citados. (N/a: qué estúpido).
"Espero todos hayan cruzado, es tiempo de empezar"
Soltó un suspiro, no tenía ganas de hacer "eso".
-No hubo caso, se fue -espetó el británico, regresando solo.
-Te pasa por contarle todo, ahora no quiero ni pensar qué hará. Por eso nadie lo toma en cuenta, es un imbécil.
-Ey, ojo en cómo hablas de él -le reprochó.
-Es la verdad, que tú no quieras verlo es cosa tuya -en eso lo miró mejor y notó el cambio de apariencia.- ¿Vas a cruzar?
-¿Por? -preguntó de vuelta.
-Preguntaba, pensé que nos íbamos a quedar aquí con ellos.
-No, Italia dijo que nos infiltremos y eso voy a hacer.
El francés lo miró de pies a cabeza.
-Si te descubren no pienso hacer nada por ti, te aviso.
-¿Eh? Pensé que éramos un equipo -Inglaterra lo sujetó de las solapas de su abrigo, pero el hombre lo apartó de un manotazo.
-Olvídalo, yo ni quería estar aquí. Si quieres, cruza, yo me quedaré con estos idiotas y esperaré a que tu ex colonia no haga alguna estupidez, pero dudo mucho que le dé el cerebro para eso.
-Ya verás que no, lo hará bien -indicó molesto.- Espero que tú no arruines esta parte.
-¿Yo? Yo no arruino nada.
Y siguieron en un bucle de discusión por unos cuantos minutos. Las naciones del otro lado se dieron cuenta que, en el fondo, tan diferentes a ellos no eran.
…
-¿Alemania? ¡Alemania!
-Calma, idiota, no te puede escuchar.
El alemán de ojos violetas llevaba al arrastra a la nación italiana hacia el calabozo, tal cual cómo le había dicho a su compañero. Durante todo el trayecto Italia fue llorando e implorando que lo dejaran irse, pero parecía que sus súplicas le resbalaban al germánico. Cuando vio en la otra celda a su Alemania lo empezó a llamar a gritos. Se asustó de verlo atado con varias cuerdas junto a los barrotes y totalmente inconsciente.
-Tú te quedarás acá -indicó, empujándolo a la otra celda. Ambas naciones quedaban separadas entre sí por una celda vacía.
-En serio, no haré nada, puedes dejarme libre por favor, te juro que no haré nada, me comportaré, por favor déjanos ir. Alemania no hará nada tampoco, es una buena persona, tiene corazón, sé que se ve rudo como tú pero es tranquilo, no haremos nada, nos iremos y todo estará bien, por favor -como le había quitado las amarras para cambiarlo de lugar, Italia movía profusamente sus manos al hablar.
-Tus ruegos no me interesan -comentó buscando una silla para sentarse.
-Soy un buen italiano, tengo familia en Bayern, de verdad, me gusta el Wurst y el Soccer, puedo cocinar para tí, soy bueno cocinando. A Alemania le encanta mi comida y sé que te gustará a ti…
El germánico tomó su teléfono, se colocó audífonos y empezó a ver la liga de fútbol de su país. Claramente, a él no le afectaba los nervios el bucle histérico de su preso. No así a su Italia, que cualquier ruido muy alto lo ponía de muy mal humor.
Viendo que sus súplicas carecían de efecto, Italia se colocó en un rincón y empezó a sollozar. Si Alemania estaba detenido, ¿quién podría ayudarlos?
…
Unas horas después se escucharon unas fuertes pisadas bajando al calabozo. El nor-italiano se dirigía donde su colega, con una mano en el bolsillo y la otra sujetando un coldpack en el borde de su ojo lesionado. Resoplaba molesto, tanto por la paliza que había recibido como por los gritos que se escuchaban. El otro Alemania se había despertado y le gritaba a su contraparte que lo liberara o que sino los peores castigos le haría, como al mismo tiempo intentaba calmar a su Italia, que lloraba con ganas.
-¿CÓMO MIERDA NO ENTIENDEN QUE TIENEN QUE ESTAR CALLADOS? -gritó tan fuerte que se resintió su garganta
El Imperio Alemán se quitó un auricular y apreció la escena. Ahora su contraparte insultaba a su compañero, que ya había perdido todos los estribos y le había lanzado el coldpack. El nor-italiano estaba buscando las llaves para abrir la jaula y volver a pelear con el rubio. Soltó un suspiro y notando que habría más caos, sujetó a su compañero y lo sacó de la sala.
-SUÉLTAME, LE DARÉ LA PALIZA DE SU VIDA, ¿VISTE COMO INSULTÓ A MI MAMA? NADIE PERO NADIE SE SALE CON LA SUYA.
-Sí, le daremos una paliza, ahora hay que seguir con nuestro plan.
-TE ARRANCARÉ CADA UÑA DE TU CUERPO MALDITO INFELIZ.
Fue lo último que se escuchó en el calabozo cuando el otro Alemania cerró la puerta.
…
Alemania había lidiado varias veces con Italia completamente fuera de sí y, lo único que lo calmaba era el sexo rudo. En el pasado había probado varias otras técnicas, todas fracasando miserablemente, incluso la comida; pero cuando descubrió que colocándolo en cuatro y penetrándolo mientras lo tenía en absoluta restricción de movilidad, se tranquilizaba; fue un descubrimiento que ameritaba registrarse en su disco duro natural.
En ese momento no le apetecía en realidad, solo quería seguir disfrutando del buen partido que había entre el Bayern München y Borussia Dortmund. Pero deber era deber, y, para un buen trabajo, había que tener la mente fría, aunque eso implicara tener el cuerpo muy caliente.
Hubiera deseado que la comida sirviera en ese momento, pero sabía perfectamente lo que ocurriría.
Recordó un episodio cuando combatían en Egipto.
-¡No quiero pasta! ¡Quiero sangre! -gritaba el italiano exasperado, había derribado de un manotazo los planos con figuritas de juguete que usaba para planificar y describir las estrategias de cada batalla. Habían tenido que retirarse de la batalla contra la tropa inglesa por problemas con el armamento. Italia quería seguir peleando, aunque fuera cuerpo a cuerpo, pero Alemania consideró que era más prudente retirarse que sufrir más bajas.
-Usa sangre como salsa para la pasta, pero cálmate de una vez -mencionó Alemania con apatía.
Sin embargo, Italia siguió gritando y despotricando. Los generales se mantenían lo más lejos posible de la tienda de su nación, temerosos que los asesinara en su ataque de ira.
…
Dos días atrás, China.
Un joven asiático de amplias cejas caminaba molesto por los pueblos de China. Iba camino a la capital del país para hablar seriamente con China; ya estaba cansado de las represiones que ejercía el gobierno central a sus ciudadanos, sí después de todo él era una región administrativa especial. Ahora, por el covid lo evitaba diciendo que la emergencia lo tenía vuelto loco y claro, él lo entendía, ¿pero no tenía tiempo para escuchar lo que tenía que decir?
Por ser él tenía derecho a pasar los estrictos controles por la pandemia, solo bastaba con mostrar su identificación especial y los guardias chinos inmediatamente se hacían a un costado. Sin embargo, las cosas fueron diferentes llegando a la sede del Partido Comunista en Pekín.
-¿Cómo que no puedo pasar?
-El Señor China dijo que está muy ocupado y no puede recibir a nadie.
-Yo soy Hong Kong -insistió, haciendo énfasis en su credencial. El guardia no cedió.
-Sé quién es usted y reitero, no puedo dejarlo pasar. Ni siquiera el Secretario General puede verlo.
-Ustedes los humanos no entienden -persistió en sus declaraciones.- Es muy diferente las relaciones que ustedes forman con nosotros que la que tenemos entre nosotros, ¿nota la diferencia? -preguntó, dejando de lado la cortesía inicial.
-Vuelvo a repetir, no puedo dejarlo pasar.
Hastiado, Hong Kong tuvo que recurrir a otros métodos. Empujó al guardia y entró simplemente a la sede. Las naciones, regiones o micronaciones, tienden a ser más fuertes, resistentes y rápidos que los humanos, por lo que el guardia no lo pudo alcanzar.
Abrió la puerta de la recamara de China de un golpe.
-¡Ya me tienes harto, China! ¡¿Qué te pasa?!
-¿Y esos modales?
Hong Kong se paralizó al ver a un hombre usando un changshan rojo sin mangas, dejando al descubierto un enorme tatuaje de un dragón chino en su brazo izquierdo.
-¿C-China? -preguntó confundido, jamás en toda su existencia le había visto los brazos descubiertos, y no hablamos de unos pocos años sino que estamos hablando de milenios, desde el 214 a.c para ser exactos. El sujeto lo miró de arriba a abajo.
-Sí, ese soy yo -su voz era suave como la seda y bastante sutil, como hablando en susurros, diferente a la eufórica que conocía, ¿tanto lo había cambiado la pandemia? Bueno, después de todo habían fallecido cientos de miles, no es algo para estar contento.- ¿Qué quieres?
-¿Por qué no querías ver a nadie?
-¿Debo dar explicaciones? -le preguntó de regreso apretando el entrecejo.- Si no te importa, estoy ocupado -el chino iba a cerrarle la puerta en la cara pero Hong Kong lo impidió, entrando de todos modos.- ¿Disculpa?
-Llevo semanas tratando de hablar contigo y me ignoras, tuve que cruzar todo China de sur a norte para verte, ¿y me cierras la puerta?
-Mira, niño, no quiero ser brusco, pero necesito que te vayas.
-¿Niño? -y jamás, en los dos milenios, China lo había llamado así.
En eso, un ruido llamó su atención, parecían quejidos ahogados a la distancia.
-Última advertencia, muchacho -insistió el asiático de coleta.- Vete o tendré que ponerme serio.
-¡Impostor! ¡¿Qué hiciste con China?! -espetó, colocando una postura de ataque. El asiático mayor suspiró.
-Tú te lo buscaste.
Y en ese instante atacó, tan rápido que Hong Kong no alcanzó a esquivar el puño. China era muy hábil en el combate cuerpo a cuerpo. El muchacho se repuso y se lanzó al ataque otra vez, aplicando todo lo aprendido durante esos años, aun así, no era suficiente. Parecía como si ese China pudiera leerle la mente, porque predecía todos sus ataques, derribándolo antes de poder hacerle un mínimo de daño. Aunque la perseverancia del joven era admirable para la nación oriental, no tuvo piedad alguna, llegando a propinarle una seguidilla de golpes hasta que lo finiquitó con una patada en el abdomen para lanzarlo unos metros lejos.
Hong Kong trató de levantarse, pero estaba bastante magullado. Ese China lo había golpeado en todos los lugares posibles, sintiendo un profundo dolor que le impedía sostenerse en pie.
-Te lo advertí.
-¿Q-Quién e-eres? -preguntó apoyándose en una pared para poder levantarse, aunque solo podía estar semi hincado por el dolor físico.
-Soy el nuevo China, acostúmbrate a mí. Ahora, vete de una vez antes de que realmente te aniquile.
Hong Kong se recargó en la pared para poder darse impulso. Si ese tipo estaba suplantando a China, significaba que algo le había hecho al original y él no podía irse tranquilo sabiendo que su "maestro" estaba en peligro. Apoyándose en la pared, alzó los puños.
-Admiro tu entereza, muchacho. Deberías ser más cuerdo y cooperar conmigo, es inutil que te pongas en mi contra.
-¿D-Dónde está C-China? -preguntó, ignorando la propuesta.
-Te puedes ir olvidando de ese inútil, yo soy su versión mejora…
-¡Ayiaaaaa!
Gracias a que Hong Kong no tenía expresiones faciales, el otro China no pudo ver la sorpresa en sus ojos al notar al China que conocía de toda la vida acercarse con un wok gigante. El chino le propinó un golpe tan, pero tan fuerte con el wok de acero, que lo derribó de un solo movimiento. El hombre del tatuaje cayó en seco al suelo y un hilo de sangre brotó de su cabeza.
-Hong Kong -susurró el dueño de casa con una sonrisa, agotado por el esfuerzo físico.- Qué bueno verte.
Dicho esto, se desmayó.
Horas antes, mientras el joven de pobladas cejas caminaba en dirección a Pekín, China fue invadido por su contraparte; al ser mucho más fuerte, lo había derribado en pocos minutos. Cuando sintió la voz de Hong Kong intentó levantarse para ayudar, pero su cuerpo no respondía como le hubiera gustado ante las graves heridas internas. No obstante, ver la paliza que su contraparte le propinaba le hizo aflorar un sentimiento de protección tan fuerte que le renovó las energías. Afortunadamente para él, justo logró alcanzarlo cuando le hablaba a la región administrativa, permitiendo derribarlo de esa forma.
El exceso de esfuerzo, por desgracia, conllevó a que se desmayara.
-¡Ayuda! ¡Ayuda! -comenzó a gritar Hong Kong, rogando que algún empleado lo socorriera. Mantuvo su fuerza vital hasta que vio a un empleado, apenas entró el hombre, perdió el conocimiento.
…
Una ventaja de ser una nación era poseer una rápida recuperación física. Claro, se había enfrentado por milenos a diversas guerras, una paliza no iba a dejarlo postrado en una cama. En general, existía un pequeño grupo selecto de médicos especializados en la fisiología de ellos, capacitados para curarles desde un resfrío hasta heridas que se veían mortales; dependiendo de la nación, algunos tenían desde un solo médico de cabecera a un grupo pequeño. China, en su caso, tenía cuatro, dos con enfoque de medicina occidental y los otros dos especialistas en la medicina china.
China tardó con suerte una hora en recuperarse con la medicina correcta, lo mismo ocurrió con Hong Kong, por lo que, ya ambos curados, fueron a por respuestas.
-¿Qué haces aquí? -preguntó el chino, alzando una espada de madera directo al rostro de su contraparte.
El otro China estaba encerrado en un cuarto especial de prisioneros de guerra. Ninguno de los trabajadores tenía idea de la existencia de esa sala, aunque claro, no habían ni nacido cuando fue la Segunda Guerra Mundial, época en la que se usó bastante.
El "visitante" se sentía bastante mal al ver la desdicha en la que estaba metido. De un momento a otro, preso de su soberbia, se encontraba al otro extremo de la moneda. No respondió, otra vez, la pregunta. Mantendría bien alto su honor.
Y, de todas formas, necesitaba algo de tiempo para descubrir cómo salir de allí, no había lugar ni trampa capaz de detenerlo por más de unos días.
-Te apareces en mi casa, me atacas, ¿y ahora no dices nada?
Siguió sin responder.
-Mira -intervino Hong Kong sin alzar la voz.- Solo dinos qué querías y te dejaremos ir.
-¡Hong Kong! -exclamó el dueño de casa desconcertado.
El asiático visitante alzó la vista.
-Nadie quiere estar aquí, no lo hagas más difícil -insistió el muchacho. El otro China siguió mirándolo, se le veía hastiado.- Si buscas algo en especial, solo dilo y veremos qué podemos hacer.
Una idea cruzó por su mente, vio toda la secuencia cómo una película y sonrió ligeramente.
-¿Saben qué quiero? -preguntó con expresión poco amigable. Los otros lo miraron con interés.- Quiero qué maten a Japón.
-¡¿Japón?! -exclamó China consternado.
-Sí. Si lo matan, me iré.
-No, no podemos hacer eso -empezó a negar con sus manos, preso del aturdimiento. Es cierto, después de la guerra China y Japón tenían algunas rencillas, ¡pero mantenían la diplomacia! ¿Cómo iba a matarlo? Y… dentro de todo, China aún le guardaba cariño, recordándolo cuando era solo un niño que se expresaba con dibujos.
-Me refiero al Japón de mi mundo -aclaró fastidiado.
-¿Mundo? -preguntó China, confuso, irritando a su contraparte.
-Por favor, ¡¿tan idiota eres?! Soy tu versión de otro universo, vine a conquistarte pero en realidad iba a aprovechar la instancia para matar al Japón de mi mundo usando a tu armada.
-¿Eeeeh?
-Necesitaba que salieras del camino, me haría pasar por ti y daría la orden, ¿en serio eres tan idiota? No entiendo cómo has logrado mantenerte vivo todo este tiempo.
-¡¿Eeeehh?! -espetó completamente ofendido, Hong Kong decidió tomar el mando, calmando a su maestro.
-Podemos hacer eso si nos explicas qué está pasando.
El otro China dejó escapar un suspiro y decidió explicar con lujo de detalles el plan de su Italia. Ambos asiáticos quedaron aturdidos al oírlo, todo parecía tan irrisorio, tan sacado como de una mala película de Hollywood, pero el rostro impávido del otro chino les aclaró que no bromeaba.
-¿Y tú Japón cruzó? -preguntó China luego de escucharlo.
-Estoy seguro que sí, incluso apostaría que en este instante está atacando al Japón de tu mundo, si es que ya no lo mató.
-¿M-Mató? P-pero…
-Y recomiendo que se den prisa -interrumpió, manteniendo el tono de susurro-, que el siguiente en su lista eras tú.
Aquello era verdad, aunque habían acordado muchas cosas en la reunión, ambos asiáticos sabían que no respetarían ningún acuerdo y que se sacarían los ojos en esta realidad. No necesitaban mencionarlo a los occidentales, ellos jamás lo entenderían.
-¿Quién nos asegura que dices la verdad? -preguntó Hong Kong desconfiado, ese China soltó un suspiro y movió un poco su cuello y hombros, buscando liberar tensión.
-¿Tengo opción? Si me traen una prueba de que el otro Japón está muerto, les diré cómo deshacerse del resto de los países de mi mundo.
Los dueños de casa se miraron confundidos, ¿por qué razón ese China traicionaría a sus compañeros? Lo que no sabían era que era parte de su estrategia; si no podía contra ellos, los usaría para concretar sus planes; lo único claro era que los días del Imperio Japonés estaban contados… y eso le bastaba.
…
Los dos hombres respiraban agitados, enfrentados frente a frente. Aprovechando un descuido, el dueño de casa corrió a buscar su fiel katana; sin embargo, la pausa sirvió para que la visita pudiera recuperar su sable. Ambos sujetaban su arma con firmeza, el extranjero en la mano derecha, el anfitrión en su mano izquierda, como si del reflejo de un espejo se tratara.
Habían luchado bastante tiempo y eso se notaba en el estado de la casa del japonés, pues cada rincón del lugar había sido campo de batalla. Todos los muebles estaban destruidos al igual que los bonitos noren que, alguna vez, habían sido fabricados por hábiles artesanos durante el periodo Sengoku, una pérdida que después tendría tiempo de lamentar.
El asiático de ojos negros había sufrido algunos cortes en su cuerpo por la katana; sino fuera porque tenía buenos reflejos, estaría gravemente herido. No obstante, la ropa rota y la sangre le daba una apariencia más magullada. Su contraparte, en cambio, permanecía de punta en blanco.
Poco duró la aparente tregua, ya que el asiático de uniforme volvió al ataque. Era despiadado, violento y completamente silencioso al atacar. A Japón le estaba empezando a cobrar factura las décadas que estuvo sin entrenar, ya no tenía la misma resistencia que en la época de la guerra y el otro Japón lo notó, sonriendo internamente. Tenía ventaja y la aprovecharía, claro que sí, no se quedaría tranquilo hasta hacer desaparecer a esa versión tan deshonrosa que tenía al frente. Luego de que ese sujeto dejara de existir, iría a por China y, luego, tomaría el control de toda Asia. Esbozó una sonrisa al pensarlo.
Ambas katanas chocaron, comenzando una lucha de fuerza bruta. Ambos asiáticos tensaron sus brazos para lograr desarmar al otro, el dueño de casa jadeaba por el cansancio, mientras que el invasor se mantenía con el ceño fruncido. Sin embargo, el invasor logró lanzar lejos la espada para, al mismo tiempo, apresar a su contraparte contra la pared y sujetarlo firme desde el cuello. Indefenso y exhausto, Japón quedó entre la espada y la pared. El hombre de ojos rojos esbozó una pequeña y maliciosa sonrisa.
-Sayonara -susurró antes de empuñar su espada directo al pecho.
Japón sabía que las naciones tenían resistencia, pero algo universal era que cualquier ser vivo moría si le detenían el corazón y él temió que su existencia culminara de aquella forma.
Pero la daga nunca se sintió.
Vio aturdido cómo el japonés de ojos rojos perdía el equilibrio hacia el lado y luego volteaba para ver quién había irrumpido en su momento de gloria.
-China -susurró el asiático de ojos negros, sorprendido al notar que su vecino lo había salvado de ese fatídico destino.
-Deja en paz a Japón, impostor -espetó alzando dos espadas.
El semblante del Imperio Japonés había cambiado a ira. Con los dientes y manos apretados, lanzó ofensiva contra el país del sol poniente. El dueño de casa intentó hacer algo, pero estaba tan cansado que la única reacción de su cuerpo fue recargarse en la pared y respirar para reponerse.
-Me estoy empezando a cansar de ustedes -declaró molesto el intruso.
-Lo mismo digo.
Era impresionante la resistencia del nipón del otro lado, pues con todo lo que había batallado aún no había ningún indicio de cansancio. Ambas naciones dieron batalla con todo lo que tenían, aun cuando China tenía dos espadas y las usaba con gran habilidad, Japón lograba esquivar cada estocada.
Ya hastiado de ver cómo sus planes se estaban retrasando, comenzó a acorralar al chino hacia una pared para matarlo de una vez y terminar con lo que había empezado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, le propinó una fuerte patada para acorralarlo. El país del sol poniente se cruzó de brazos, cruzando sus espadas de manera vertical a su rostro para protegerlo.
El Imperio Japonés le propinó una pulcra estocada directo en el estómago, cortándole el aire al chino. El dueño de casa miró la escena sintiéndose desolado y enormemente culpable.
-Se acabó -indicó el intruso con una sonrisa triunfante.
-N-No aun -susurró el chino, quien, aprovechando la posición, abrió sus brazos con gran fuerza, decapitando al invasor de un solo corte, matándolo al instante.
El cuerpo del Imperio Japonés cayó de forma abrupta al suelo.
El aire escapó con fuerza del cuerpo de Japón, como si le hubieran arrebatado el aliento desde los pulmones, miró la escena preso de la impresión, con los ojos tan abiertos que dolían. Sin embargo, sintió que el aire no volvía, como si una pata de elefante le aplastara el pecho. Quería gritar pero no podía, quería moverse pero su cuerpo no respondía, como si se hubiera desconectado cada nervio de su cuerpo de la torre central.
Tal cual como si lo hubieran decapitado.
La sangre de su contraparte teñía el tatami de la casa.
